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Pontifical Council for the Pastoral Care of Migrants and Itinerant People
People
on the Move
N° 108, December 2008
Mensaje del
Consejo Pontificio
para la Pastoral
de los EMigrantes e Itinerantes
con ocasión de la
Jornada Mundial
del Turismo 2008
(27 de Septiembre)
Tema: El turismo afronta el
reto del cambio climático
La Ciudad del Vaticano se ha convertido en el
primer Estado soberano con “emisión cero” de anhídrido carbónico (CO2)
al plantar, en 2007, un bosque de su propiedad en territorio húngaro.
Este plan, orientado a regenerar la vegetación, constituye un importante
compromiso ecológico con nuestro planeta, por parte de la Iglesia
Católica en su expresión apical. Un ulterior testimonio que revela el
interés de la Santa Sede hacia este problema es el proyecto de
construcción de una planta fotovoltaica con paneles solares que aportará
a la Ciudad del Vaticano una cantidad de energía cotidiana equivalente a
una significativa cuota con respecto al total de su consumo. Son dos
ejemplos concretos que nos invitan a reflexionar sobre el difícil futuro
ecológico, con respecto a los cambios climáticos del planeta, al flagelo
de la deforestación y al fenómeno del calentamiento del globo.
1. Con respecto a esto, tratando nuestro tema
específico, el turismo es uno de los vectores del actual cambio
climático, puesto que contribuye al proceso de calentamiento de la
tierra (cfr. Discurso del Secretario General de la OMT, marzo
2007). De hecho, al considerar que en la actualidad son más de 900
millones (y se prevé que en el 2020 serán 1.600
millones) las personas que
emprenden un viaje de turismo al extranjero, desplazándose en avión, por
mar y tierra, utilizan carburantes contaminantes, y alojándose en
hoteles, con equipos de aire acondicionado, causan emisiones de gases
nocivos.
Ciertamente, no es sólo una cuestión que atañe
al turismo, puesto que existen numerosas actividades que contaminan, que
causan el calentamiento global y un subsiguiente empobrecimiento de la
atmósfera, con consecuencias negativas para el clima y el medio
ambiente. Podemos afirmar, por tanto, que nos hallamos en una fase
precaria y delicada de la historia de la humanidad, es decir, en una
encrucijada. Nos encontramos ante los dos caminos proverbiales, el del
bien y el del mal, como nos enseña la Biblia (cfr. Dt 30, 15;
1Jn 3, 14).
Aunque los tratados que rigen en el mundo, en
este campo, probablemente fueron inspirados por el texto del Génesis
referente a la creación, éste, en realidad, se ha olvidado. Lo
demuestran las decisiones tardías, incluso las de los pueblos más
desarrollados en el campo de la ecología global, así como la reticencia
de aquellos que dudan en ratificar protocolos internacionales,
destinados a la conservación del medio ambiente y a la reducción de las
emisiones de anhídrido carbónico.
Si por el contrario escuchásemos la Palabra de
Dios en su verdad, belleza y poesía (Gn 1, 1-31), el Universo se
nos aparecería como un don que deberíamos conservar, un regalo, un “Edén”,
en donde todo se conjuga en la armonía y la alegría de vivir. La tierra
es un jardín, un lugar en el que las criaturas alaban el amor de su
Creador, y donde el equilibrio es la norma, en el éxtasis precisamente
de un jardín frondoso y lleno de frutos, de árboles y de vida.
Pero allá donde reinaba la belleza, contemplada
por el Autor sagrado inspirado, la puerta, en régimen de libertad sin
verdad y amor, permanece abierta al horror y al pecado: el desorden
ocupa el lugar del equilibrio, la paz es agredida por la violencia, la
tortura y la guerra, después de la vegetación exuberante llega la sequía
y la catástrofe, allá donde había luz, que se alternaba con las
tinieblas para marcar también los tiempos del trabajo y del descanso, se
producen excesos, confusión ritmada y caos, allá donde reinaba el
diálogo del amor entre hombre y mujer con la paz de los sentidos, han
encontrado lugar el pecado, la acusación de Adán a Eva, su esposa, la
enemistad, el fratricidio, el diluvio.
El jardín se ha transformado entonces en un
desierto, las flores han marchitado, el agua ha engullido y destruido
todo lo que ha encontrado en su creciente camino diluvial, mientras
tanto se han construido otros obstáculos, las bombas han formado
cráteres, la contemplación se ha convertido en usurpación, el diálogo se
ha vuelto monólogo de omnipotencia, los hermanos han esclavizado a los
hermanos y los pueblos ya no han encontrado el árbol de la vida en el
Jardín, porque han probado el fruto del árbol del bien y del mal.
2. ¿Pero cuál es el camino del bien ecológico
que debemos emprender para oponernos al cambio climático nefasto, tema
de nuestra Jornada de este año? El gran desafío parece ser la superación
de un determinado narcisismo insano, luchando contra el egoísmo y
observando, con lucidez y honestidad, la tierra que corre peligro de ser
destruida. Con ello, ciertamente, no significa que el hombre tiene que
dejarse oprimir por la desilusión, es más, significa por el contrario
asumir las propias responsabilidades, a nivel individual y colectivo,
para recrear la armonía, posible después del pecado original y dejar que
el planeta siga su propio ciclo vital, ayudándolo en esto. En concreto
significa no contribuir aún más al incremento del calentamiento global,
con acciones humanas acordadas o inconscientes, premonitoras de una
ruina prematura. El mal se encuentra en las estructuras o en las cosas
que aceleran la contaminación, sin escuchar la voz interior del hombre
que lo exhorta a tener en cuenta los límites, sin valorar las decisiones
que debe tomar en un horizonte de fraternidad y benevolencia
misericordiosa hacia las generaciones venideras y el bien común
universal, con una perspectiva de futuro, por tanto. No es justo que los
seres humanos provoquen el fin de la tierra y el transcurrir de las
generaciones por negligencia o a causa de decisiones egoístas y de un
exasperado consumismo, como si los demás y aquellos que vendrán después
de nosotros careciesen de valor. En definitiva, existe un egoísmo de
cara al futuro que se manifiesta en la ausencia de ponderación y de
perspectiva, en la indolencia y en el abandono.
3. Entonces, ¿cuál es el llamamiento que nace
aquí, para nosotros, para la pastoral del turismo, inspirados por el
tema que nos ha propuesto la Organización Mundial del Turismo y que
deseamos aceptar? Es el de cultivar la ética de la responsabilidad,
por parte de todos y para nosotros en particular, por parte de los
turistas. Este tipo de ética implica también el respeto por el futuro y
por las condiciones ecológicas y climáticas que lo harán realidad.
Asimismo, concretamente, deseamos la
contribución de todos, y también, por supuesto, la de los turistas, en
el ciclo de la tierra en la que vivimos, para que se preste atención a
comportamientos y acciones concertadas, que acarreen menos daños
posibles al planeta, por encima de cualquier queja, aunque legítima, a
cerca del desequilibrio, de los daños y de un posible naufragio.
El turista – a cuyo servicio ofrecemos una
pastoral específica – con su actitud puede de hecho contribuir a
mantener en vida el planeta y a frenar el incremento gradual de un
cambio climático, que nos alarma. Por tanto, es posible elegir – hay
todavía dos caminos ante nosotros – ser un turista contra la tierra o a
favor de ella, quizás yendo a pie, prefiriendo hoteles y centros de
acogida que estén más en contacto con la naturaleza, llevando menos
equipaje, para que los medios de transporte emitan menor cantidad de
anhídrido carbónico, eliminando los residuos de forma adecuada,
consumiendo alimentos más “ecológicos”, plantando árboles para
neutralizar los efectos contaminantes de nuestros viajes, prefiriendo
los productos de artesanía local a otros caros y nocivas, utilizando
materiales reciclables o biodegradables, respetando la legislación local
y valorizando la cultura del lugar que estamos visitando.
Hemos sido concretos, osando presentar
propuestas ideales y quizás no compartidas por todos, y soluciones
adecuadas que acarreen el menor daño posible a la naturaleza, o
escuchando la voz de Aquél que llama a la puerta, para animarnos a
realizar nuevas formas de hacer turismo, un turismo sostenible.
4. En esta lógica “ecológica” es muy importante
regresar al sentido del límite, contra el desarrollo
insensato y a toda costa, escapando de la obsesión de poseer y de
consumir. El sentido del límite se cultiva también cuando se reconoce la
existencia del otro y la transcendencia del Creador con respecto a sus
criaturas. Esto se obtiene cuando no se ocupa el lugar de aquél que está
a mi lado y se otorgan a los demás los derechos que se reclaman para uno
mismo. Esto significa que nos abrimos a la conciencia de la fraternidad
en una tierra que es de todos y para todos, hoy y mañana.
Cada ser humano - y más aún el cristiano - debe
rendir cuentas del planeta sostenible, de la calidad de vida de
nuestra tierra, que durante las próximas generaciones será suya. Todos
los turistas, así como toda la comunidad internacional, deberían por
tanto respetar y promover una cultura ‘verde’ respetuosa con el
medio ambiente, caracterizada, especialmente para nosotros los
cristianos, por valores éticos, además de morales. El libro del Génesis
habla de un inicio en el que Dios puso al hombre como guardián de la
tierra, para que fructificara. Nuestros hermanos musulmanes ven en él al
“mayordomo” de Dios.
Cuando, después, el hombre se olvida de ser un
fiel servidor de Dios y de la tierra, ésta se revela y se convierte en
un desierto que amenaza la supervivencia. Por consiguiente, es necesario
construir lazos fuertes entre las diferentes generaciones, para que
exista un futuro; es necesario desarrollar una austeridad gozosa,
escogiendo aquello que no es transitorio ni corruptible; es necesario
cultivar la caridad, incluso hacia la tierra, desarmando la lógica de la
muerte y fortaleciendo el amor para este querido espacio que nos
pertenece a todos, en la memoria del don, en la responsabilidad de cada
instante y en el servicio continuo de la fraternidad, incluso para
quienes vendrán después de nosotros. De esta forma se desarrollará
una cultura del turismo responsable, también con respecto a los
cambios climáticos.
Es nuestro deseo, es nuestro auspicio y por él
dirigimos nuestra oración en este año de gracia de 2008.
Renato
Raffaele Cardenal Martino
Presidente
X
Agostino Marchetto
Arzobispo
Secretario
Vaticano, 18 de Junio de 2008
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