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Pontifical Council for the Pastoral Care of Migrants and Itinerant People
People
on the Move
N° 112, June 2010
Mensaje
PONTIFICIO
para la 96a
Jornada Mundial
del Emigrante y
Del Refugiado (2010)
“Los emigrantes y los
refugiados menores de edad”
Queridos hermanos y hermanas:
La celebración de la Jornada Mundial del
emigrante y del refugiado me ofrece nuevamente la ocasión para
manifestar la solicitud constante de la Iglesia por los que viven, de
distintas maneras, la experiencia de la emigración. Se trata de un
fenómeno que, como escribí en la encíclica Caritas in veritate,
impresiona por el número de personas implicadas, por las problemáticas
sociales, económicas, políticas, culturales y religiosas que plantea, y
por los desafíos dramáticos que supone para las comunidades nacionales y
para la internacional. El emigrante es una persona humana con derechos
fundamentales inalienables que todos deben respetar siempre (cf. n. 62).
El tema de este año -"Los emigrantes y los refugiados menores de edad"-
toca un aspecto al que los cristianos prestan gran atención, recordando
la advertencia de Cristo, que en el juicio final considerará referido a
Él mismo todo lo que se ha hecho o dejado de hacer "con uno sólo de
estos más pequeños" (cf. Mt 25, 40-45). Y ¿cómo no considerar
entre "los más pequeños" también a los emigrantes y los refugiados
menores de edad? El propio Jesús de pequeño vivió la experiencia del
emigrante porque, como narra el Evangelio, para huir de la amenaza de
Herodes tuvo que refugiarse en Egipto junto con José y María (cf. Mt
2, 14).
Si la Convención de los Derechos del Niño afirma
con claridad que hay que salvaguardar siempre el interés del menor (cf.
art. 3), al cual hay que reconocer los derechos fundamentales de la
persona de la misma manera que se reconocen al adulto, lamentablemente
en la realidad esto no siempre sucede. Aunque en la opinión pública
crece la conciencia de la necesidad de una acción concreta e incisiva
para la protección de los menores de edad, de hecho, muchos de ellos son
abandonados y, de varias maneras, corren el riesgo de ser explotados. De
la dramática condición en la que se encuentran se hizo intérprete mi
venerado predecesor Juan Pablo II en el mensaje enviado el 22 de
septiembre de 1990 al Secretario General de las Naciones Unidas con
ocasión de la Cumbre Mundial para los Niños. "He sido testigo -escribió-
de la desgarradora tragedia de millones de niños en los distintos
continentes. Ellos son los más vulnerables porque son los que menos
pueden hacer oír su voz" (L'Osservatore Romano, edición española,
14 de octubre de 1990, p. 11). Deseo de corazón que se dedique la debida
atención a los emigrantes menores de edad, que necesitan un ambiente
social que permita y favorezca su desarrollo físico, cultural,
espiritual y moral. Vivir en un país extranjero sin puntos de referencia
reales les genera innumerables trastornos y dificultades, a veces graves,
especialmente a los que se ven privados del apoyo de su familia.
Un aspecto típico de la emigración infantil es
la situación de los chicos nacidos en los países de acogida o la de los
hijos que no viven con sus padres, que emigraron después de su
nacimiento, sino que se reúnen con ellos más tarde. Estos adolescentes
forman parte de dos culturas, con las ventajas y las problemáticas
ligadas a su doble pertenencia, una condición que sin embargo puede
ofrecer la oportunidad de experimentar la riqueza del encuentro entre
diferentes tradiciones culturales. Es importante que se les dé la
posibilidad de acudir con regularidad a la escuela y de acceder
posteriormente al mundo del trabajo, y que se facilite su integración
social gracias a estructuras formativas y sociales oportunas. Nunca hay
que olvidar que la adolescencia representa una etapa fundamental para la
formación del ser humano.
Una categoría especial de menores es la de los
refugiados que piden asilo, huyendo por varias razones de su país, donde
no reciben una protección adecuada. Las estadísticas revelan que su
número está aumentando. Se trata, por tanto, de un fenómeno que hay que
estudiar con atención y afrontar con acciones coordinadas, con medidas
de prevención, protección y acogida adecuadas, de acuerdo con lo
previsto en la Convención de los Derechos del Niño (cf. art. 22).
Me dirijo ahora especialmente a las parroquias y
a las numerosas asociaciones católicas que, animadas por espíritu de fe
y de caridad, realizan grandes esfuerzos para salir al encuentro de las
necesidades de estos hermanos y hermanas nuestros. A la vez que expreso
mi gratitud por todo lo que se está haciendo con gran generosidad,
quiero invitar a todos los cristianos a tomar conciencia del desafío
social y pastoral que plantea la condición de los menores emigrantes y
refugiados. Resuenan en nuestro corazón las palabras de Jesús: "Era
forastero y me acogisteis" (Mt 25, 35); como también el
mandamiento central que Él nos dejó: amar a Dios con todo el corazón,
con toda el alma y con toda la mente, pero unido al amor al prójimo (cf.
Mt 22, 37-39). Esto nos lleva a considerar que cada intervención
concreta nuestra tiene que alimentarse ante todo de fe en la acción de
la gracia y de la divina Providencia. De este modo, también la acogida y
la solidaridad con el extranjero, especialmente si se trata de niños, se
convierte en anuncio del Evangelio de la solidaridad. La Iglesia lo
proclama cuando abre sus brazos y actúa para que se respeten los
derechos de los emigrantes y los refugiados, estimulando a los
responsables de las naciones, de los organismos y de las instituciones
internacionales para que promuevan iniciativas oportunas en su apoyo.
Que la Santísima Virgen María vele maternalmente sobre todos y nos ayude
a comprender las dificultades de quienes están lejos de su patria. A
cuantos tienen relación con el vasto mundo de los emigrantes y
refugiados les aseguro mi oración e imparto de corazón la Bendición
Apostólica.
Vaticano, 16 de octubre de 2009
Benedictus PP XVI
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