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Pontifical Council for the Pastoral Care of Migrants and Itinerant People
People
on the Move
N° 113, December 2010
Mensaje
PONTIFICIO para la 97a Jornada Mundial
del Emigrante y del Refugiado (2011)
(Tema: Una sola familia humana)
Queridos hermanos y hermanas:
La Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado
brinda a toda la Iglesia la oportunidad de reflexionar sobre un tema
vinculado al creciente fenómeno de la emigración, de orar para que los
corazones se abran a la acogida cristiana y de trabajar para que crezcan
en el mundo la justicia y la caridad, columnas para la construcción de
una paz auténtica y duradera. «Como yo os he amado, que también os améis
unos a otros» (Jn 13, 34) es la invitación que el Señor nos
dirige con fuerza y nos renueva constantemente: si el Padre nos llama a
ser hijos amados en su Hijo predilecto, nos llama también a reconocernos
todos como hermanos en Cristo.
De este vínculo profundo entre todos los seres
humanos nace el tema que he elegido este año para nuestra reflexión:
«Una sola familia humana», una sola familia de hermanos y hermanas en
sociedades que son cada vez más multiétnicas e interculturales, donde
también las personas de diversas religiones se ven impulsadas al
diálogo, para que se pueda encontrar una convivencia serena y provechosa
en el respeto de las legítimas diferencias. El Concilio Vaticano II
afirma que «todos los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo
origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la
faz de la tierra (cf. Hch 17, 26), y tienen también un fin
último, que es Dios, cuya providencia, manifestación de bondad y
designios de salvación se extienden a todos» (Decl. Nostra aetate,
1). Así, «no vivimos unos al lado de otros por casualidad; todos estamos
recorriendo un mismo camino como hombres y, por tanto, como hermanos y
hermanas» (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2008, 6).
El camino es el mismo, el de la vida, pero las
situaciones que atravesamos en ese recorrido son distintas: muchos deben
afrontar la difícil experiencia de la emigración, en sus diferentes
expresiones: internas o internacionales, permanentes o estacionales,
económicas o políticas, voluntarias o forzadas. En algunos casos las
personas se ven forzadas a abandonar el propio país impulsadas por
diversas formas de persecución, por lo que la huida aparece como
necesaria. Además, el fenómeno mismo de la globalización, característico
de nuestra época, no es sólo un proceso socioeconómico, sino que
conlleva también «una humanidad cada vez más interrelacionada», que
supera fronteras geográficas y culturales. Al respecto, la Iglesia no
cesa de recordar que el sentido profundo de este proceso histórico y su
criterio ético fundamental vienen dados precisamente por la unidad de la
familia humana y su desarrollo en el bien (cf. Benedicto XVI, Enc.
Caritas in veritate, 42). Por tanto, todos, tanto emigrantes como
poblaciones locales que los acogen, forman parte de una sola familia, y
todos tienen el mismo derecho a gozar de los bienes de la tierra, cuya
destinación es universal, como enseña la doctrina social de la Iglesia.
Aquí encuentran fundamento la solidaridad y el compartir.
«En una sociedad en vías de globalización, el bien
común y el esfuerzo por él han de abarcar necesariamente a toda la
familia humana, es decir, a la comunidad de los pueblos y naciones,
dando así forma de unidad y de paz a la ciudad del hombre, y haciéndola
en cierta medida una anticipación que prefigura la ciudad de Dios sin
barreras» (Benedicto XVI, Enc. Caritas in veritate, 7). Desde
esta perspectiva hay que mirar también la realidad de las migraciones.
De hecho, como ya observaba el Siervo de Dios Pablo VI, «la falta de
fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» es causa profunda del
subdesarrollo (Enc. Populorum progressio, 66) y -podríamos
añadir- incide fuertemente en el fenómeno migratorio. La fraternidad
humana es la experiencia, a veces sorprendente, de una relación que une,
de un vínculo profundo con el otro, diferente de mí, basado en el simple
hecho de ser hombres. Asumida y vivida responsablemente, alimenta una
vida de comunión y de compartir con todos, de modo especial con los
emigrantes; sostiene la entrega de sí mismo a los demás, a su bien, al
bien de todos, en la comunidad política local, nacional y
mundial.
El Venerable Juan Pablo II, con ocasión de esta misma
Jornada celebrada en 2001, subrayó que «[el bien común universal] abarca
toda la familia de los pueblos, por encima de cualquier egoísmo
nacionalista. En este contexto, precisamente, se debe considerar el
derecho a emigrar. La Iglesia lo reconoce a todo hombre, en el doble
aspecto de la posibilidad de salir del propio país y la posibilidad de
entrar en otro, en busca de mejores condiciones de vida» (Mensaje
para la Jornada Mundial de las Migraciones 2001, 3; cf. Juan XXIII,
Enc. Mater et Magistra, 30; Pablo VI, Enc. Octogesima
adveniens, 17). Al mismo tiempo, los Estados tienen el derecho de
regular los flujos migratorios y defender sus fronteras, asegurando
siempre el respeto debido a la dignidad de toda persona humana. Los
inmigrantes, además, tienen el deber de integrarse en el país de
acogida, respetando sus leyes y la identidad nacional. «Se trata, pues,
de conjugar la acogida que se debe a todos los seres humanos, en
especial si son indigentes, con la consideración sobre las condiciones
indispensables para una vida decorosa y pacífica, tanto para los
habitantes originarios como para los nuevos llegados» (Juan Pablo II,
Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2001, 13).
En este contexto, la presencia de la Iglesia, en
cuanto pueblo de Dios que camina en la historia en medio de todos los
demás pueblos, es fuente de confianza y de esperanza. De hecho, la
Iglesia es «en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de
la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Conc.
Ecum. Vat. II, Const. Dogm. Lumen gentium, 1); y, gracias a la
acción del Espíritu Santo en ella, «esforzarse
por instaurar la fraternidad universal no son cosas inútiles»
(Idem, Const. past. Gaudium et spes, 38). De un modo especial la
sagrada Eucaristía constituye, en el corazón de la Iglesia, una fuente
inagotable de comunión para toda la humanidad. Gracias a ella, el Pueblo
de Dios abraza a «toda nación, raza, pueblo y lengua» (Ap 7, 9)
no con una especie de poder sagrado, sino con el servicio superior de la
caridad. En efecto, el ejercicio de la caridad, especialmente para con
los más pobres y débiles, es criterio que prueba la autenticidad de las
celebraciones eucarísticas (cf. Juan Pablo II, Carta ap. Mane
nobiscum Domine, 28).
A la luz del tema «Una sola familia humana» es
preciso considerar específicamente la situación de los refugiados y de
los demás emigrantes forzados, que son una parte relevante del fenómeno
migratorio. Respecto a estas personas, que huyen de violencias y
persecuciones, la comunidad internacional ha asumido compromisos
precisos. El respeto de sus derechos, así como las justas preocupaciones
por la seguridad y la cohesión social, favorecen una convivencia estable
y armoniosa.
También en el caso de los emigrantes forzados la
solidaridad se alimenta en la «reserva» de amor que nace de
considerarnos una sola familia humana y, para los fieles católicos,
miembros del Cuerpo Místico de Cristo: de hecho nos encontramos
dependiendo los unos de los otros, todos responsables de los hermanos y
hermanas en humanidad y, para quien cree, en la fe. Como ya dije en otra
ocasión, «acoger a los refugiados y darles hospitalidad es para todos un
gesto obligado de solidaridad humana, a fin de que no se sientan
aislados a causa de la intolerancia y el desinterés» (Audiencia
general del 20 de junio de 2007: L'Osservatore Romano, edición en
lengua española, 22 de junio de 2007, p. 15). Esto significa que a
quienes se ven forzados a dejar sus casas o su tierra se les debe ayudar
a encontrar un lugar donde puedan vivir en paz y seguridad, donde puedan
trabajar y asumir los derechos y deberes existentes en el país que los
acoge, contribuyendo al bien común, sin olvidar la dimensión religiosa
de la vida.
Por último, quiero dirigir una palabra especial,
acompañada de la oración, a los estudiantes extranjeros e
internacionales, que son también una realidad en crecimiento dentro del
gran fenómeno migratorio. Se trata de una categoría también socialmente
relevante en la perspectiva de su regreso, como futuros dirigentes, a
sus países de origen. Constituyen «puentes» culturales y económicos
entre estos países y los de acogida, lo que va precisamente en la
dirección de formar «una sola familia humana». Esta convicción es la que
debe sostener el compromiso en favor de los estudiantes extranjeros,
estando atentos a sus problemas concretos, como las estrecheces
económicas o la aflicción de sentirse solos a la hora de afrontar un
ambiente social y universitario muy distinto, al igual que las
dificultades de inserción. A este propósito, me complace recordar que
«pertenecer a una comunidad universitaria significa estar en la
encrucijada de las culturas que han formado el mundo moderno» (Juan
Pablo II, A los obispos estadounidenses de las provincias
eclesiásticas de Chicago, Indianápolis y Milwaukee en visita ad limina,
30 de mayo de 1998: L'Osservatore Romano, edición en lengua
española, 19 de junio de 2010, p. 7). En la escuela y en la universidad
se forma la cultura de las nuevas generaciones: de estas instituciones
depende en gran medida su capacidad de mirar a la humanidad como a una
familia llamada a estar unida en la diversidad.
Queridos hermanos y hermanas, el mundo de los
emigrantes es vasto y diversificado. Conoce experiencias maravillosas y
prometedoras, y, lamentablemente, también muchas otras dramáticas e
indignas del hombre y de sociedades que se consideran civilizadas. Para
la Iglesia, esta realidad constituye un signo elocuente de nuestro
tiempo, que evidencia aún más la vocación de la humanidad a formar una
sola familia y, al mismo tiempo, las dificultades que, en lugar de
unirla, la dividen y la laceran. No perdamos la esperanza, y oremos
juntos a Dios, Padre de todos, para que nos ayude a ser, a cada uno en
primera persona, hombres y mujeres capaces de relaciones fraternas; y
para que, en el ámbito social, político e institucional, crezcan la
comprensión y la estima recíproca entre los pueblos y las culturas. Con
estos deseos, invocando la intercesión de María Santísima Stella
maris, envío de corazón a todos la Bendición Apostólica, de modo
especial a los emigrantes y a los refugiados, así como a cuantos
trabajan en este importante ámbito.
Castel Gandolfo, 27 de septiembre de 2010
Benedictus PP. XVI
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