Señor embajador;
queridos hermanos y hermanas en el
Señor:
El 25 de mayo de cada año, en coincidencia con su fiesta
nacional, nos invita a rezar por la República Argentina, y así en esta
celebración, pedimos a Dios que acompañe y bendiga el caminar de esta nación. La
historia de los últimos cinco siglos de esas tierras nos ofrece el testimonio de
la presencia permanente de Cristo en medio de sus habitantes, pues el Evangelio
fue sembrado en esa «terra argentea» a los pocos años del descubrimiento
de América, con las expediciones de Magallanes, Caboto, Mendoza, Almagro, Núñez
del Prado y otros. Por medio de la acción de los numerosos misioneros y
evangelizadores, la palabra y los sacramentos de Cristo no han cesado de
edificar la Iglesia en Argentina, en cuyas costas patagónicas se celebraron en
1519, durante el viaje de Magallanes, las primeras misas.
En los años de la presencia española, la religión católica fue
consolidándose como parte sustancial del alma de los argentinos y así, a las
puertas de la revolución de mayo de 1810, leemos en un Memorial del Comisionado
de la Junta Suprema de Sevilla en Buenos Aires, don Joaquín de Molina: «La
religión católica domina los corazones de estos habitantes» (Carta a S.M.,
Santiago de Chile, 19 de marzo de 1809, AGI, Aud. de Bs. As., 155). En los
casi dos siglos de vida nacional independiente, la evangelización se ha
afianzado en el país, abarcándolo todo, desde el extremo norte hasta la
Patagonia. Las grandes corrientes migratorias, provenientes de España, Italia,
Alemania, Francia, Suiza, Polonia, Ucrania, la antigua Yugoslavia, Armenia, el
Líbano, Siria, Turquía, sin olvidar algunos miembros de comunidades hebreas del
Este y del Centro de Europa, sumándose a los «criollos», no sólo han aportado su
riqueza cultural y su trabajo, sino que han dado una fisonomía cosmopolita a la
nación, confirmando su identidad cristiana, nacida de la fe bautismal de la
mayoría de los que han venido a habitar en el suelo argentino.
En consonancia con su espíritu católico, Argentina ha mantenido
siempre relaciones muy cordiales con la Santa Sede. Sería muy prolijo recordar
tantos hechos significativos que han demostrado la permanente y cálida relación
de los argentinos con el Papa. No puedo, sin embargo, dejar de evocar el
entusiasmo y la adhesión con que las autoridades y la nación entera acogieron al
Santo Padre Juan Pablo II en sus dos memorables visitas al país en 1982 y 1987.
Hoy el futuro de la evangelización en Argentina exige, como en
todos los lugares, una conversión continua a Cristo de los hijos de Dios que
forman parte de esta nación. Para afrontar los grandes retos de la hora presente
están llamados a participar cada vez más hondamente en los misterios
de Cristo, muerto y resucitado por la salvación de los hombres.
En las postrimerías del tiempo pascual, la Iglesia, que nos
transmite fielmente la buena nueva de Jesucristo, nos recuerda hoy, en el
evangelio que hemos escuchado hace unos momentos, la condición para
participar en el misterio de Cristo. Son sus mismas palabras las que nos lo
presentan: «permanezcan en mi amor. Si cumplen mis mandamientos, permanecerán en
mi amor» (Jn 15, 10). Y el mandamiento del Señor, necesario para
permanecer en él, no es otro que el del amor, que Jesús mismo, al
inicio del discurso (cf. Jn 13, 34) califica como «nuevo». «Ámense los
unos a los otros como yo los he amado» (Jn 15, 12). ¿En dónde está la
novedad de este mandamiento? En la antigüedad las personas se amaban porque
había un vínculo entre ellas, que podía ser de sangre, de amistad, de clase. Con
Jesús el término «otros» se alarga hasta comprender no sólo al cercano, aquel
con quien hay un vínculo, sino a todos, incluso al enemigo o al que nos causa el
mal. Es, pues, un mandamiento nuevo porque es nuevo su contenido.
Pero es también nuevo porque Jesús posibilita, con su gracia
y con su ejemplo, el que lo podamos cumplir. Es posible amarnos porque Jesús
nos ha amado primero y nos ha enseñado cómo hay que amar. Jesús, habiendo amado
a cada hombre y mujer de todos los tiempos los ha hecho amables, es decir,
dignos de ser amados. De ahí nace el deber de amar y el derecho a ser amado.
Para los cristianos, unidos a Jesús por medio de la observancia de su
mandamiento, el amor es una regla de vida en la que está en juego el propio
destino.
En tercer lugar diría que el mandamiento de Jesús es nuevo
porque renueva, es decir, cambia la faz de la tierra, modifica las relaciones
entre los hombres, crea una nueva civilización, la civilización del amor y de la
vida, de la paz y la justicia, de la vida y de la verdad. (...)
El amor al que Cristo nos llama tiene una de sus
manifestaciones, aunque no sea única ni exclusiva, en el amor a la propia
patria. (...). El amor al prójimo, a todo prójimo, que junto con el amor a
Dios sobre todas las cosas, constituye el núcleo de los mandamientos divinos,
lleva así a ser solidarios con todos los hombres, a comprometerse con las justas
causas de la humanidad, a empeñarse para que la patria sea cada vez más una
tierra donde se viva la fraternidad y la acogida. Por eso, quiero repetir hoy
las palabras del Papa en Tucumán: «¡Creced en Cristo! ¡Amad a vuestra patria!
Cumplid con vuestros deberes profesionales, familiares y ciudadanos con
competencia y movidos por vuestra condición de hijos adoptivos de Dios...
Argentina, que quiere abrirse a un futuro luminoso, cuenta con la promesa de sus
jóvenes, con el trabajo de sus hombres y mujeres, con las virtudes de sus
familias, alegría en sus hogares, el ferviente deseo de paz, solidaridad y
concordia entre todos los componentes de la gran familia argentina » (Homilía,
8 de abril de 1987).
Vuestra bandera, que se alzó por vez primera en 1812 en la
ciudad de Rosario por el general Belgrano, se distingue por los colores azul y
blanco, los de la Inmaculada Concepción, los de la Santísima Virgen de Luján. A
ella, Madre de todos los argentinos, presento los nobles anhelos y las legítimas
aspiraciones de todos los que trabajan por una nación mejor, más próspera, más
solidaria, empeñada en defender la paz, la concordia entre los ciudadanos, el
progreso y el bienestar integral de todos los argentinos.