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HOMILÍA DEL CARDENAL ANGELO SODANO,
LEGADO PONTIFICIO,
EN EL 750 ANIVERSARIO DE LA CATEDRAL DE COLONIA


Sábado 15 de agosto de 1998

 

Hermanos y hermanas en el Señor:

«Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador» (Lc 1, 46).

Así comienza el Magníficat, es decir, el célebre himno que brotó del corazón de María santísima al entrar en la casa de Zacarías.

Y éste es el canto que hoy eleva toda la Iglesia a Dios, en la fiesta solemne de la Asunción de María, dando gracias al Todopoderoso por las maravillas que realizó en la Madre del Redentor. Y la última de esas maravillas fue, precisamente, el hecho excepcional de su Asunción al cielo, al término de su vida mortal, sin conocer la corrupción del sepulcro.

Con este mismo espíritu de agradecimiento a Dios, queremos celebrar hoy esta hermosa fiesta mariana, añadiendo otro motivo de gratitud a él, Señor de la historia, por haber suscitado en el corazón de la comunidad cristiana de Colonia esta insigne obra de arte y de fe, que es vuestra catedral.

El Magníficat que resonó un día en las montañas de Judea se difunde hoy en las riberas del Rhin y quiere celebrar ante el mundo la grandeza de la fe cristiana.

También el Santo Padre Juan Pablo II ha querido unirse desde Roma a vuestra alegría, encargándome que viniera hasta vosotros en este hermoso día, para dar gracias con vosotros al Todopoderoso por todos los tesoros de arte y de fe que vuestra comunidad cristiana ha sabido crear a lo largo de los siglos.

Así pues, en nombre del Santo Padre, os saludo a todos, queridos hermanos y hermanas de Colonia. Saludo a esta Iglesia venerada y querida, que en el decurso de los siglos ha dado tanto a la Iglesia universal. Saludo al venerado y querido arzobispo, su eminencia el cardenal Joachim Meisner, al cabildo de esta insigne catedral, al presbiterio diocesano y a todo el pueblo de Dios.

Siento el deber de manifestar los mismos sentimientos a las autoridades de esta insigne ciudad, encabezadas por el Oberbürgermeister señor Norbert Burger, y a las del Land, presididas por el señor Wolfang Clement.

Mi cordial saludo se extiende, asimismo, a toda la Iglesia en Alemania y a sus beneméritos pastores, los arzobispos y obispos de las diversas diócesis del país. Pongo este saludo fraterno en las manos del presidente de la Conferencia episcopal, el obispo de Maguncia Karl Lehmann.

Y también quisiera dirigir un saludo cordial, en nombre del Santo Padre, al señor canciller federal Helmut Kohl, que ha querido participar en esta celebración, ofreciéndonos la solidaridad de la nación entera.

Ante vosotros quisiera, asimismo, manifestar mi alegría por encontrarme hoy también yo bajo las espléndidas bóvedas de esta catedral, para celebrar sus 750 años de vida, para recordar la gloriosa historia eclesial de esta insigne archidiócesis y dejarme santamente contagiar por el clima de fiesta que aquí se respira.

En este himno de alabanza a Dios se unen a mí el nuncio apostólico en Alemania, el arzobispo Giovanni Lajolo, y el numeroso grupo de hombres de Iglesia que se han dado cita aquí desde varias partes de Europa para participar en vuestra fiesta. La presencia de numerosos cardenales es un testimonio elocuente.

En el decurso de los siglos, ¡cuántos han venido a Colonia para hacer oración en vuestra catedral! También yo, joven sacerdote, hace 45 años vine aquí atraído por la fama internacional de la catedral, aunque por entonces eran aún profundas las heridas que la guerra le había producido. Y me alegra volver hoy a ella, para cantar con vosotros las alabanzas del Señor.

En realidad, también el templo material tiene su importancia en la historia del pueblo de Dios. Lo testimonian numerosas páginas de la Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, desde la descripción de los primeros lugares sagrados hasta la descripción de la Jerusalén celestial, donde por fin ya no habrá templos, porque la presencia de Dios será directa y transparente a toda criatura.

Ahora bien, en la tierra somos peregrinos, como lo fue Jacob, quien, perseguido por su hermano, anduvo vagando hacia la tierra de sus padres. Y, en la soledad de la noche, tuvo el famoso sueño que nos relata el capítulo 28 del Génesis: «Soñó con una escalera apoyada en tierra, y cuya cima tocaba los cielos, y he aquí que los ángeles de Dios subían y bajaban por ella. Y vio que el Señor estaba sobre ella, y que le dijo: "Yo soy Yahveh, el Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac" (..). Yo estoy contigo» (Gn 28, 12-15). Entonces prosigue el libro del Génesis Jacob se despertó y dijo: «¡Así pues, está Yahveh en este lugar y yo no lo sabía! (...). ¡Esta es precisamente la casa de Dios y la puerta del cielo!» (Gn 28, 16-17).

Como recuerdo de esa visión, Jacob erigió el primer edificio sagrado. Tomó la piedra que había usado como cabezal, la erigió como estela, derramando aceite sobre ella, y añadió las célebres palabras: «Esta piedra será casa de Dios» (Gn 28, 22).

El relato de Jacob nos recuerda un aspecto esencial de un edificio sagrado: es el lugar de encuentro con Dios. Con razón Salomón, cuando terminó la construcción del grandioso templo de Jerusalén, lo llamó «casa de Dios», para subrayar el misterio de la presencia divina en medio de su pueblo.

Es siempre conmovedor releer la oración personal que Salomón dirigió a Dios en esa ocasión: «Si los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte, ¡cuánto menos esta casa que yo te he construido! Atiende a la plegaria de tu siervo (...). ¡Que tus ojos estén abiertos día y noche sobre esta casa!» (2 Cro 6, 18-20).

Por eso, cuando entramos en una iglesia, espontáneamente nos arrodillamos como signo de adoración, mientras Dios repite el mandamiento primero y fundamental del Decálogo: «Yo, Yahveh, soy tu Dios (...) No tendrás otros dioses fuera de mí. (...) Adorarás al Señor, tu Dios, y le servirás» (Ex 20, 2-5).

Y este sentimiento de adoración del Altísimo brota aún más espontáneo cuando entramos en las estupendas iglesias góticas que se construyeron en Europa durante los siglos XII y XIII y que en muchos países, desde Alemania hasta Francia, desde Inglaterra hasta Italia, desde la península Ibérica hasta la Europa central, constituyen auténticos «lugares del Infinito».

Alemania, a este respecto, ha ofrecido al mundo una página de arte y de fe que sigue hablando aún a nuestra generación. Ya las grandes catedrales románicas de Worms, Espira y Maguncia eran una fuerte invitación a adorar a Dios. Luego, con el nuevo estilo gótico, vinieron las catedrales de Colonia, Friburgo de Brisgovia, Francfort del Main, Nuremberg, Ulm, Ratisbona, por citar sólo las que más conozco.

Se trata de iglesias que, con sus agujas orientadas hacia el infinito, nos elevan al cielo y nos recuerdan el deber fundamental del hombre de reconocerse creatura frente a su Creador, hijo del Padre que está en el cielo. La casa del hombre

Hermanos y hermanas en el Señor, hay un segundo aspecto característico en toda iglesia que se yergue ante nosotros. Precisamente por ser la «casa de Dios», se convierte también en «la casa de los hombres». En ella los hijos del mismo Padre se sienten hermanos. Sienten que entre ellos «ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3, 28).

Me parece que podríamos aplicar a la iglesia lo que el Papa Juan Pablo II dijo del domingo en la carta apostólica Dies Domini del pasado 31 de mayo. En ese documento el Santo Padre nos recordó que el domingo, además de ser el día del Señor, es el día del hombre. Dies Domini et dies hominis.

Sí. La iglesia es también un lugar privilegiado en el que se construye la fraternidad entre nosotros. Aquí se realiza la comunidad cristiana, comunidad de fe y oración, comunidad de amor y solidaridad en nombre de Cristo. Aquí se alimenta en la mesa de la palabra de Dios y del Cuerpo del Señor, y de aquí parte para llevar a Cristo al mundo.

En torno al altar no podemos mantener divisiones. A este respecto, la palabra de Cristo es exigente: «Si, al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que un hermano tuyo tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda» (Mt 5, 23-24).

Y ¡cómo no recordar en esta solemne ocasión que la majestuosa catedral de Colonia, como las demás estupendas catedrales de Alemania, surgieron cuando la comunidad cristiana no se hallaba aún dividida por las laceraciones posteriores y podía reunirse totalmente unida en torno al altar del Señor!

Cuando el arzobispo de Colonia Konrad von Hochstaden colocó la primera piedra de esta catedral, el 15 de agosto de 1248, tenía a su alrededor una comunidad aún unida, como la quiso Cristo para su Iglesia.

Al recordar hoy, después de 750 años, ese momento solemne, no podemos menos de orar y trabajar para que pronto se restablezca la unidad eclesial.

Estos son los pensamientos que me han brotado del corazón en este día de fiesta de la Asunción de la Virgen María al cielo, fiesta de la Iglesia de Colonia que, en un día lejano como éste, vio el inicio de esta hermosa catedral, de la que se siente con razón orgullosa.

En este momento de alegría espiritual, no me queda sino dirigiros a vosotros, hermanos y hermanas de Colonia, la invitación que un anciano sacerdote de mi tierra dirigió a sus fieles, con un cartel que colocó en la puerta de su iglesia parroquial y que rezaba: «En este lugar santo se entra para amar a Dios; de aquí se sale para amar a los hombres». Así sea.

 

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