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HOMILÍA DEL CARDENAL ANGELO SODANO
EN LA MISA CONCLUSIVA DEL I ENCUENTRO CONTINENTAL AMERICANO DE JÓVENES
Santiago de Chile Domingo 11 de octubre de 1998
1. «Veni Creator Spiritus,
Mentes tuorum visita, Imple superna gratia, Quae tu creasti pectora».
«Ven, Espíritu creador, visita las almas de tus fieles y llena
de la divina gracia los corazones que tú mismo creaste».
Con estas palabras de un antiguo canto litúrgico, desde hace
siglos, los fieles han implorado la asistencia del Espíritu Santo. Es la
respuesta orante al evangelio leído en esta celebración. A la promesa que Jesús
hace del Espíritu Consolador, que habla e intercede en favor nuestro, que nos
sostiene y protege, la Iglesia corresponde pidiendo con insistencia la presencia
y el auxilio del Espíritu.
Se trata del Espíritu que proclamamos en el Credo como «Señor y
dador de vida», que acompaña todos los acontecimientos humanos y, de manera
particular, los pasos de los discípulos del Señor en camino hacia la salvación.
La historia la hacen los hombres y mujeres de cada época, pero es conducida por
el Espíritu.
2. Me complace dirigir un saludo muy cordial a todos los
presentes. En primer lugar a mons. Francisco Javier Errázuriz Ossa, pastor de
esta arquidiócesis que acoge el Encuentro continental de jóvenes, y en su
persona agradezco todo el empeño que los miembros de esta Iglesia particular de
Santiago de Chile han puesto para la realización de este evento. Saludo asimismo
a los señores cardenales y obispos concelebrantes, que han venido acompañando a
los jóvenes de sus diócesis. Saludo cordialmente a los sacerdotes, religiosos y
religiosas, y a los responsables de la pastoral juvenil. Agradezco también la
presencia del señor presidente de la República y de las demás autoridades
civiles que han querido estar hoy aquí y les quedo reconocido por toda la
cooperaci ón que generosamente han prestado.
De forma especial, me dirijo cordialmente a ustedes, queridos
jóvenes de toda América: del norte, del centro y del sur; a todos ustedes, que
son esperanza de la Iglesia y de la sociedad. A ustedes, jóvenes llamados por
Cristo, que les da la vida, les enseña el camino, los introduce en la verdad,
animándolos a marchar juntos y solidarios, en el gozo y la paz, como miembros
vivos de su Cuerpo místico, que es la Iglesia.
Para todos soy portador del saludo y del afecto del Santo Padre
Juan Pablo II, que por mi medio les renueva su estima y les confirma su
confianza; que les recuerda cuánto espera de su compromiso cristiano y de su
testimonio valiente. A las puertas del gran jubileo del 2000, momento crucial
que nos disponemos a vivir, ustedes son la generación llamada a ser la
protagonista de los primeros decenios del nuevo milenio. Ante esa
responsabilidad, recuerden lo que el Papa les decía en su mensaje que ayer
escuchamos en la Vigilia: «¡Déjense guiar por el Espíritu del Señor! ¡No
tengan miedo!». Unidos a Jesús, guiados por su Espíritu, hagan «que
América sea un continente de hermanos y hermanas, iguales en dignidad, en
consideración y en oportunidades».
3. «Veni Sancti Spiritus, Veni Creator Spiritus».
En la primera lectura, tomada del profeta Isaías, hemos
escuchado la acción del Espíritu Santo sobre el ungido: dar la buena noticia,
vendar los corazones desgarrados, proclamar la liberaci ón de los cautivos,
proclamar el año de gracia, consolar a los afligidos (cf. Is 61, 1-3).
Esto fue anunciado como promesa y mantuvo durante siglos la esperanza del pueblo
elegido. Ahora nosotros lo podemos experimentar como realidad, como cumplimiento
pleno. Ese cumplimiento se realizó en Jesús de Nazaret. Por eso, él pudo decir
en la sinagoga, después de haber leído este texto de Isaías: «Esta Escritura que
acaban de escuchar se ha cumplido hoy» (Lc 4, 21). Se cumple en Jesús y
está llamado a ser realidad en cada uno de los que se unen a él por el bautismo
y perfeccionan esa incorporación con la confirmación y la participación en la
Eucaristía, la recepción de la reconciliación y los demás sacramentos que
configuran la vida del discípulo de Cristo.
El profeta Isaías, pues, nos ha descrito las maravillas que el
Espíritu Santo realiza en los fieles. Animando la difusión de la buena nueva,
consolando a los afligidos, liberando a los cautivos del mal, proclamando el Año
de gracia del Señor, se va construyendo ciertamente una sociedad nueva, «unos
cielos nuevos y una tierra nueva» (cf. 2 P 3, 13) en los que reina la paz
y la justicia, voluntad de Dios y aspiración profunda del hombre. Por eso, la
Iglesia pide insistentemente: «Veni Sancti Spiritus... Veni Creator Spiritus».
4. El evangelio proclamado forma parte de lo que podríamos
llamar el testamento espiritual de Jesús. Son pala- bras que san Juan pone en
labios del Maestro en el momento más solemne de su misión en el mundo, cuando se
dispone a pasar de su existencia terrena a la celestial. En esa hora decisiva,
Jesús nos promete el Espíritu Santo: «El Paráclito, el Espíritu Santo que
enviará el Padre en mi nombre, será el que os lo enseñe todo y os vaya
recordando todo lo que os he dicho» (Jn 14, 26). Es, pues, el Espíritu
Santo quien nos hace entender la palabra de Jesús, que es la palabra de Dios,
trayendo a nuestra vida esa palabra no como simple recuerdo, sino como una
realidad que ha de ser acogida en la fe y la alegría. Gracias al Espíritu
conocemos esa palabra y podemos llevarla a la práctica expresando así nuestro
amor a Cristo: «El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amar á y
vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14, 23), mientras que la
negación de Dios es el rechazo a observar sus mandamientos: «El que no me ama,
no guardará mis palabras» (Jn 14, 24).
5. Queridos jóvenes: ustedes han recibido el sacramento del
bautismo, por medio del cual Dios les reconoce como hijos suyos y ha hecho de su
existencia una historia de amor con él, en la que pueden realizar la vocación
personal. En el bautismo hemos recibido ya una unción especial, la del Espíritu
Santo con sus siete dones, que nos conforma con Cristo y embellece nuestra
existencia, transformando nuestra historia en una historia santa. Miembros del
Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, han sido llamados, elegidos por Cristo para
vivir en la libertad de los hijos de Dios, y han sido también confirmados en la
vocación bautismal y visitados por el Espíritu Santo para anunciar el Evangelio
a lo largo de toda la vida.
Hoy, un grupo de ustedes va a recibir el sacramento de la
confirmación, comprometiéndose a hacer crecer pacientemente el don del Espíritu
recibido. Congratulándose con los hermanos que serán confirmados, participando
en los sugestivos ritos litúrgicos que la Iglesia dispone para este sacramento,
cada uno está llamado a hacer memoria «del don recibido por la imposición de las
manos » (2 Tm 1, 6).
6. «El Espíritu Santo que enviará el Padre en mi nombre, será el
que os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho» (Jn
14, 26). Ese Espíritu enviado por el Padre .nos dirá san Pablo. «se une a
nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios» (Rm 8,
16). El Espíritu viene sobre nosotros y podemos obrar bajo su influjo mediante
sus dones, que presenta ya el profeta Isaías: sabiduría e inteligencia, consejo
y fortaleza, ciencia, temor de Dios y piedad (cf. Is 11, 2-3). La vida
moral de los cristianos está sostenida por esas «disposiciones permanentes que
hacen al hombre dócil para seguir los impulsos del Espíritu Santo» (Catecismo
de la Iglesia católica, n. 1830). Sin anular nuestra personalidad ni
privarnos de la libertad, los dones del Espíritu nos «disponen a seguir
prontamente la moción divina» (Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae I-II,
q.68, a.2). Queridos jóvenes: Dios nos ama, nos ofrece participar en su vida
divina ya desde esta tierra y para ello nos capacita abundantemente con los
dones del Espíritu. Podemos así mirar con optimismo el futuro y,
particularmente, la propia vida. Por ello no debemos temer, sino asumir con
valentía los ideales cristianos, es decir, conducir la propia existencia según
las normas morales del Evangelio propuestas por la Iglesia. Actualmente, por
desgracia, se difunden entre tantos jóvenes un relativismo moral y una falta de
identidad. El vacío que produce esto explica muchos males que rondan a la
juventud: la evasión, el recurso a las drogas, la sexualidad mal vivida, las
opciones de vida fundadas en el gusto o las actitudes egoístas, el oportunismo,
la falta de un proyecto serio de vida en el que no hay lugar para seguir una
consagración sacerdotal o religiosa o la vida matrimonial de forma estable, el
rechazo de la autoridad legítima.
Ante esas situaciones, el joven cristiano ha de ser consciente
de que está llamado y elegido por Cristo y vivificado por el Espíritu para vivir
en la auténtica libertad de los hijos de Dios. Ustedes son depositarios de
valores heredados de los mayores y que son expresión de las hermosas culturas
americanas, que desde hace cinco siglos se han enriquecido con el cristianismo.
Asuman el reto de vivir con Cristo en el Espíritu. Hagan realidad la sed de
verdad, de paz, de libertad que les distingue, la generosa capacidad de
servicio, las ganas de vivir y luchar abriendo horizontes nuevos para la Iglesia
y la sociedad.
Ante el don de Dios, con responsabilidad y alegría, opten en sus
vidas por Cristo: ¡Jóvenes, abran las puertas del corazón a Cristo! Él nunca
defrauda. Él es el camino de la paz, la verdad que nos hace libres y la vida que
nos colma de alegría (cf. Plegaria eucarística V/b). Él es la roca firme
(cf. 1 Co 10, 4) sobre la que edificar la propia existencia. Frente a
doctrinas falaces y destructivas del ser humano, él es la luz que viene de lo
alto (cf. Lc 1, 78). Ante la tentación de los ídolos opresores del poder,
del dinero y del placer, él nos hace libres (cf. Ga 5, 1). El Espíritu
nos hace decir ¡Jesús es el Señor y no hay otro nombre bajo el cielo por
el que podamos salvarnos! (cf. Hch 4, 12).
7. En el bautismo tenemos por Padre a Dios, pero se nos da
también una madre, la Iglesia, con la que crecemos espiritualmente para avanzar
en el camino de la santidad. Nos integramos en un pueblo y recibimos hermanos y
hermanas a los que amar, «ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Ga
3, 28). En la Iglesia no hay fronteras, sino comunión de todos en Cristo
bajo la guía del Papa y de los obispos, pastores del rebaño. Esta unidad es un
signo de riqueza y vitalidad. ¡Que en la diversidad que enriquece, brille la
unidad y la cohesión fraterna que permiten un sereno desarrollo personal y el
crecimiento armónico de todo el cuerpo!
El Espíritu que inspiró las Escrituras, es el mismo que guió la
vida de Jesús y descendió sobre los Apóstoles reunidos en el cenáculo y que
ahora anima y sostiene la vida de la Iglesia. No hay oposición en las
actuaciones del Espíritu. Acoger la voz del Espíritu es también acoger la voz de
la Iglesia. Dejarse guiar por el Espíritu es dejarse guiar por la Iglesia. Ser
fiel al Espíritu es ser fiel a quien habla y enseña bajo su influjo.
8. «Recibirán la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre
ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los
confines de la tierra» (Hch 1, 8). En la segunda lectura, hemos escuchado
que uno de los frutos de la venida del Espíritu Santo prometido es dar
testimonio de Cristo. Ahora, desde Pentecostés, esa promesa es una realidad. De
hecho, hoy, la fe en el Resucitado .y, por él, en el Padre y en el Espíritu. ya
ha rebasado los límites de Jerusalén, de Judea y Samaría, y ha llegado a todos
los confines del mundo. Y esto gracias al testimonio cristiano de los discípulos
de Cristo que, con su palabra y el ejemplo de su vida, han ido extendiendo su
mensaje en el decurso de veinte siglos. A este respecto, quiero recordar que la
historia cristiana de América está llena de nombres de gloriosos
evangelizadores. Ojalá que su ejemplo siempre les sirva de inspiración.
Queridos jóvenes americanos, discípulos del Señor: ésta es su
hora. Al haber sido bautizados y al haber perfeccionado su incorporación a
Cristo con la confirmación y la Eucaristía, han recibido la fuerza que necesitan
para ser testigos de Cristo en el umbral del tercer milenio cristiano. Esta es
su hora, su momento, el día que el Señor ha preparado para ustedes. Ojalá que su
generosa respuesta a esta llamada sea fuente de alegría y gozo (cf. Sal
118, 24).
Si no escuchan continuamente al Señor en la oración personal, si
no participan en la liturgia de la Iglesia y si no meditan asiduamente en su
palabra, no podrán «conocer» al Señor. Podrán conocer algo acerca de él, pero no
podrán amarlo y ser sus discípulos hasta el punto de compartir su vida, su
misión, su destino y, algún día, su gloria. La escucha del Señor está en el
centro de todo apostolado y, por consiguiente, es la condición para ser sus
discípulos.
Es verdad que a veces resulta difícil dar testimonio de Cristo.
El Papa lo subrayó en Camagüey, durante su visita a Cuba. «Los cristianos, por
respetar los valores fundamentales que configuran una vida limpia, llegan a
veces a sufrir, incluso de modo heroico, marginación o persecución, debido a que
esa opción moral es opuesta a los comportamientos del mundo. (...) Una vida
plenamente humana y comprometida con Cristo tiene ese precio de generosidad y
entrega. Queridos jóvenes, el testimonio cristiano, la .vida digna. a los ojos
de Dios tiene ese precio. Si no están dispuestos a pagarlo, vendrá el vacío
existencial y la falta de un proyecto de vida digno y responsablemente asumido
con todas sus consecuencias» (n. 3: L'Osservatore Romano, edición en
lengua española, 30 de enero de 1998, p. 10). Ante esas dificultades, las
palabras del Señor, que el Espíritu Santo nos recuerda, son palabras de
consuelo: «En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al
mundo» (Jn 16, 33). Con Cristo, en el Espíritu, la victoria es segura
para quienes se adhieren a él.
9. Los jóvenes en América tienen una madre muy especial que les
acompaña en su camino, que guía sus justas opciones, que les anima en sus
propósitos: la Virgen María, invocada en América con los títulos más bellos.
María, como ha puesto de relieve el Papa en su carta apostólica Tertio
millennio adveniente (cf. nn. 43. 48. 54), es modelo de fe vivida, mujer de
esperanza en las promesas divinas, ejemplo perfecto del amor a Dios y al
prójimo. María ha sido tenida siempre por el pueblo de Dios como el modelo
supremo de coherencia en la fe, como la mujer que proyecta hacia el infinito las
esperanzas más nobles y como el modelo de un amor sin límites. Es la perfecta
cristiana, mujer adulta, modelo y madre de todos los creyentes. Ella es un
Evangelio vivo y vivido, la primera y perenne evangelizadora de su Hijo en las
tierras americanas, ya que ella, presente desde el primer momento de la llegada
de la buena nueva a este continente, es transparencia de Cristo, síntesis de las
enseñanzas del Maestro, memoria viva de su vida y de sus palabras, a las que
remite continuamente, como en Caná, diciendo: «Haced lo que él diga » (Jn
2, 5). Que ella acompañe su camino, fortalezca su fe, impulse su esperanza y les
anime a vivir en el amor. Amén.
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