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MISA CON OCASIÓN
DEL PRIMER CENTENARIO DEL NOMBRAMIENTO DE RAFAEL MERRY DEL VAL COMO
CARDENAL Y SECRETARIO DE ESTADO
HOMILÍA DEL CARDENAL ANGELO SODANO*
Altar de la tumba de San Pedro, en la cripta
vaticana Jueves 9 de noviembre de 2003
El Salmo 112 nos ha invitado a dar gracias a Dios omnipotente y misericordioso
por todos sus beneficios.
"Alabad, siervos del Señor, alabad el nombre del Señor", hemos repetido en coro.
"Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre: desde la salida del sol
hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor".
Con estos sentimientos nos hemos reunido hoy en esta espléndida basílica de San
Pedro y hemos bajado a esta cripta, donde, junto a los restos mortales de muchos
Papas y hombres de Iglesia, descansan también los del recordado cardenal Rafael
Merry del Val.
Nos hemos reunido para cantar la gloria de Dios, que siempre suscita en su
Iglesia pastores buenos y fieles, y para dar gracias al Señor, en particular,
por haber suscitado en la Iglesia del siglo XX una personalidad tan
extraordinaria como fue la del venerado cardenal que conmemoramos. Asimismo,
pediremos al Señor que, si forma parte de sus planes, veamos también elevado al
honor de los altares a este gran hombre de Iglesia, del mismo modo que ha sido
ya glorificado el Papa Pío X, a quien sirvió como secretario de Estado durante
once años, es decir, a lo largo de todo su pontificado, desde 1903 hasta 1914.
Recordamos hoy una fecha importante en la vida de este añorado purpurado. Hace
exactamente un siglo, el 9 de noviembre de 1903, fue nombrado cardenal por el
Papa Pío X, recién elevado a la Cátedra de Pedro. Con la muerte del Papa León
XIII, el secretario de Estado, cardenal Mariano Rampolla del Tindaro, terminó su
misión, después de dieciséis años de fiel servicio al Vicario de Cristo. El
patriarca de Venecia, Giuseppe Melchiorre Sarto, fue llamado a la sede de Pedro
el 4 de agosto de 1903, y ese mismo día el Papa nombró pro-secretario de Estado
a monseñor Merry del Val, de sólo 38 años, al que había conocido durante el
cónclave, del cual monseñor fue secretario. Sucesivamente, el 9 de noviembre, el
Papa creó cardenal a monseñor Merry del Val y lo nombró su secretario de Estado.
Creo que ha sido el secretario de Estado más joven a lo largo de los 350 años de
la existencia de esa oficina en la Curia romana. Sin embargo, su rica
personalidad se impuso pronto a la consideración de todos y reveló cuán acertada
fue la decisión de san Pío X.
En esta circunstancia no quisiera alargarme recordando los rasgos de la vida de
este gran eclesiástico. En el pasado se han publicado muchas biografías de él.
También se ha escrito mucho de él en las biografías de los Sumos Pontífices Pío
X y Benedicto XV, el Papa Giacomo della Chiesa, que, como sustituto de la
Secretaría de Estado, antes de ser nombrado arzobispo de Bolonia, fue hasta 1908
colaborador del secretario de Estado Merry del Val.
Yo personalmente he releído en estos días la conocida biografía de nuestro
cardenal escrita por José María Javierre (Juan Flores editor, Barcelona 1965).
Queda uno realmente edificado al ver cuán rica en humanidad y en profunda
espiritualidad fue la poliédrica figura de este hijo de la tierra española, o
mejor, deberíamos decir, de un hijo de la tierra europea. Ya su nombre completo
lo pone de manifiesto: Rafael Merry del Val y Zulueta-Wilcox.
En efecto, procedía de una familia irlandesa, que había emigrado primero a
Inglaterra y, luego, en 1700, a España. La madre de nuestro cardenal descendía
de una familia vasca -Zulueta- y de una familia escocesa -Wilcox-: el nuevo
purpurado era realmente un hijo de Europa, de la que conocía lenguas y
tradiciones culturales.
Precisamente por esto, el patriarca de Venecia, recién llamado a la Cátedra de
Pedro, había puesto su mirada en él. La elección se reveló plenamente acertada
durante todos los once años de su pontificado.
Los historiadores destacan la contribución del cardenal Merry del Val para la
solución de los problemas que tuvo que afrontar en aquel período el Papa Pío X:
la cuestión romana, el surgir del modernismo y la difusión del laicismo.
Otros subrayan su aportación decisiva a la renovación de la vida cristiana en el
seno de la Iglesia, con su gran interés por la santidad del clero, por la
formación de la juventud y por la renovación de la catequesis.
Esta tarde, sólo quisiera recordar su gran espiritualidad sacerdotal. Aunque era
de familia noble, vivía una vida sencilla y austera, con un gran amor a todos
los necesitados. En su testamento dejó escrito: "Dejo todo lo que tengo a la
Congregación de Propaganda Fide para las misiones más pobres". Aun teniendo grandes dotes intelectuales, se
hacía pequeño con los pequeños. Sin deseo de destacar, pedía al Señor el gran
don de una humildad cada vez mayor. Son conocidas a este propósito sus "Letanías
de la humildad", así como su apostolado oculto entre los jóvenes de Trastévere.
En su tumba, que se encuentra en esta cripta vaticana, leemos las sencillas
palabras que él mismo escribió en su testamento: "Deseo ser sepultado con la
mayor sencillez. Que en mi tumba se escriba solamente mi nombre con estas
palabras: Da mihi animas, caetera tolle, el anhelo de toda mi vida".
Era y es una frase muy familiar en muchos santos. Don Bosco mismo la había
adoptado como su lema. Indicaba e indica todo el espíritu apostólico que animó a
nuestro cardenal como ministro de Cristo. Y también es lo que puso de relieve el
cardenal Eugenio Pacelli, secretario de Estado del Papa Pío XI cuando, el 11 de
julio de 1931, inauguró este nuevo sarcófago, donde descansan los restos
mortales del cardenal Merry del Val.
En el evangelio que acabamos de proclamar escuchamos las palabras de Jesús: "No
me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he
destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca" (Jn
15, 16).
Hoy podemos muy bien afirmar que el cardenal Merry del Val correspondió a la
vocación que Cristo, el buen Pastor, le había confiado, dando muchos frutos para
bien de la santa Iglesia y del mundo entero.
Nos encontramos hoy reunidos aquí para dar gracias al Señor por habérnoslo dado,
para recoger su valiosa herencia espiritual y para comprometernos a caminar por
la senda que él nos trazó: la senda de un servicio generoso a la santa Iglesia
de Cristo.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 47 p.9.
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