 |
MISA DE
SUFRAGIO POR MONS. MICHAEL AIDAN COURTNEY NUNCIO APOSTÓLICO
EN BURUNDI
HOMILÍA DEL CARDENAL ANGELO SODANO*
Altar de la cátedra de la basílica de San Pedro Jueves 8 de enero de 2004
Señores cardenales y venerados concelebrantes; señores embajadores y
distinguidas autoridades; familiares del recordado monseñor Michael y amigos
irlandeses; hermanos y hermanas en el Señor:
El pasado día 29 de diciembre, una dolorosa noticia vino a turbar el clima de
alegría propia de las celebraciones navideñas: una mano homicida había atentado
contra la vida del querido y venerado nuncio apostólico en Burundi. Una vez más
Caín mató a Abel.
De nada valieron los amorosos cuidados de quienes intentaron ayudarle en esa
difícil circunstancia: gravemente herido, poco después, en la soledad del
hospital de Bujumbura, el arzobispo Michael Aidan Courtney entregó su hermosa
alma a Dios.
La comunidad católica de Burundi, conmocionada por ese trágico acontecimiento,
se congregó inmediatamente en oración, a fin de implorar del Señor el premio de
los justos para quien había dado un luminoso testimonio de compromiso apostólico
en los tres años de servicio prestado en esa nunciatura.
El funeral que tuvo lugar el pasado miércoles día 31 de diciembre en la catedral
de Bujumbura manifestó de una forma aún más elocuente la veneración con que era
considerado monseñor Michael en ese atormentado país.
Siempre se lee con emoción el mensaje que los siete obispos de Burundi hicieron
público con ocasión de esa dolorosa circunstancia: "Día y noche, sin descanso,
monseñor Michael Courtney ayudó a los burundeses a restablecer entre sí el
entendimiento y la concordia mediante el diálogo... No escatimó ningún esfuerzo
para fomentar la armonía entre todos los burundeses, sin excluir a nadie. De ese
modo, quiso mostrar que no existe otro camino para salvar a nuestro país fuera
del diálogo, de la concertación y del rechazo definitivo del homicidio y de los
asesinatos como medio político... Los obispos expresan su deseo de que la
herencia de este hombre de Dios ayude a todos los que ya colaboran para
poner en práctica los acuerdos logrados" (cf. L'Osservatore Romano, 2-3
de enero de 2004, p. 8).
Fue muy conmovedor también el recuerdo que el Santo Padre tuvo de él el pasado
día 1 de enero en esta misma basílica de San Pedro durante la celebración de la
Jornada mundial de oración por la paz. Su Santidad definió a monseñor Courtney
como testigo del Evangelio de Cristo, del Evangelio de la paz.
Luego, el sábado 3 de enero, los restos mortales de nuestro querido hermano
Michael fueron sepultados en su amada tierra irlandesa, en la isla verde que
tanto amó. Allí resonó la emotiva melodía de la liturgia de difuntos: "In
paradisum deducant te angeli, in tuo adventu suscipiant te martyres", "Al
paraíso te lleven los ángeles, a tu llegada te reciban los mártires".
Y estamos seguros de que ya se encuentra allí, en compañía de los ángeles y los
santos, mientras nosotros en la tierra lloramos su muerte.
Hermanos y hermanas en el Señor, en este momento de prueba quiero repetiros las
palabras que el sábado pasado dirigió el cardenal Arinze a los fieles que
llenaban la iglesia de Nenagh, en la diócesis de Killaloe (Irlanda): "Nuestra
fe nos ilumina, especialmente en momentos dolorosos como este" (L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 9 de enero de 2004, p. 3).
Sí, es la fe en la Resurrección, es la fe en la divina Providencia, es la fe en
el premio eterno que nos espera en el paraíso.
Este es el mensaje que nos ha dirigido el apóstol san Pablo en la primera
lectura: "Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, morimos para el
Señor" (Rm 14, 8).
Y este es el mensaje del salmo que hemos cantado: "Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela a la
aurora" (Sal 130, 5-6).
Esta es la fe que ilumina de un modo nuevo nuestra vida, hasta transformar el
ocaso de la existencia en una aurora de vida. Al respecto, siempre me ha gustado
la expresión del gran san Paulino de Nola, que escribía estas palabras a unos
padres que lloraban por la muerte de su hijo: "Flere iubet pietas, gaudere
iubet fides", "El amor nos lleva al llanto, pero la fe nos lleva al gozo"
(Carmen XXXI, 10).
Con esta serenidad de los santos, recordamos hoy a nuestro querido hermano
Michael. Su muerte no es más que un puente entre dos vidas, la terrena y la
celestial; no es más que un puente entre las dos riberas de la existencia
humana.
Sin embargo, queridos hermanos, en estos momentos de oración, no podemos olvidar
que todo sacrificio eucarístico es también "in remissionem peccatorum",
"para el perdón de los pecados". Todos necesitamos ser perdonados. Es san Juan
quien nos lo recuerda en su primera carta: "Si decimos que no tenemos pecado,
nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no estaría en nosotros. Si
reconocemos nuestros pecados, fiel y justo es él para perdonarnos y limpiarnos
de toda iniquidad" (1 Jn 1, 8-9).
Es lo que queremos hacer en esta santa misa, encomendando a nuestro queridísimo
hermano Michael al amor misericordioso de Dios. Esta es nuestra invocación,
llena de confianza en Cristo, el Cordero de Dios "que quita el pecado del mundo"
(Jn 1, 29).
Al mismo tiempo, en esta celebración eucarística, queremos también aceptar la
invitación que nos hace el Evangelio de hoy: "Estad, pues, preparados, porque a
la hora que menos penséis vendrá el Hijo del hombre" (Lc 12, 40).
Es una advertencia sobre la que también nosotros hoy queremos reflexionar, al
recordar en la oración la vicisitud terrena de nuestro venerado hermano Michael.
Es una advertencia a considerar nuestra vida como una misión que tenemos que
cumplir, un camino que debemos recorrer, siguiendo el itinerario que la
Providencia nos ha trazado, teniendo siempre ceñidos los lomos y en las manos
las lámparas encendidas. Esta es la visión cristiana de la vida, que nos
lleva a descubrir en "nuestra hermana muerte", como decía san Francisco, el
camino obligado hacia la eternidad.
El que no tiene fe aparta de su vida diaria la idea de la muerte. En cambio, el
cristiano se prepara sereno para el encuentro con su Señor, repitiendo con los
santos: "Es tanto el bien que espero, que cualquier pena me parece un gozo".
Cuando yo era seminarista, nos aconsejaban meditar en el libro de san Alfonso
María de Ligorio titulado: "El aparato de la muerte". Se trata de uno de los
numerosos libros que se nos proponían en el pasado para enseñarnos el ars
moriendi. Ya antes había encontrado gran eco el libro De arte bene
moriendi de san Roberto Belarmino. Tal vez esos libros hoy nos sorprenden,
pero lo que enseñaban era el arte de vivir bien, para poder morir bien. El
ars moriendi se transformaba así en el ars vivendi, el arte de vivir
a la luz del Evangelio de Cristo.
Nuestro querido nuncio apostólico nos enseñó este arte del vivir cristiano. Hijo
de la noble tierra irlandesa, por los caminos del mundo dio el testimonio de
su fe inquebrantable. Siguiendo el ejemplo de Cristo, buen Pastor, se sacrificó
por el pueblo de Burundi, al que el Papa lo había enviado como apóstol de paz.
En todos los lugares de aquel atormentado país, monseñor Michael hizo resonar
las palabras que el Papa había pronunciado con gran fuerza en su histórico viaje
a Burundi en septiembre de 1990: "¡Paz, paz! ¡Perdón y amor!". Y el nuncio
apostólico siempre dio ejemplo de amor a esas queridas poblaciones.
San Juan de la Cruz nos dijo que "al final de la vida se nos juzgará sobre el
amor". Precisamente por eso, monseñor Michael Courtney, que tanto amó al pueblo
africano, habrá escuchado las consoladoras palabras de Jesús: "Lo que has hecho
al más pequeño de mis hermanos, me lo has hecho a mí... Ven, siervo bueno y
fiel, entra en el gozo de tu Señor" (cf. Mt 25, 21. 23. 40).
Amén.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.3 p.8.
|