Nueva York
Miércoles 29 de septiembre de 2004
Señor presidente:
1. La Santa Sede tiene el honor de intervenir en el debate general de la
Asamblea general de las Naciones Unidas por primera vez después de que la
Resolución del pasado día 1 de julio formalizó y precisó los derechos y las
prerrogativas de su estatus de Observador permanente, de los que goza
desde 1964. Por eso, cumplo el grato deber de expresar viva gratitud a todos los
Estados miembros. Al aprobar esa Resolución, dieron relieve, una vez más, al
particular vínculo de cooperación entre la Sede apostólica y la Organización de
las Naciones Unidas, ya puesto de manifiesto por Juan Pablo II en su primera
visita a esta sede, hace exactamente veinticinco años. Es un vínculo, en cierto
sentido, connatural a ellas: tanto la Santa Sede como las Naciones Unidas
tienen una vocación universal; ninguna nación de la tierra es extranjera en
ellas. Y tanto la Santa Sede como las Naciones Unidas tienen como finalidad
suprema la paz: de hecho, la paz, un bien supremo, está inscrita en el acta de
fundación, en la Carta de las Naciones Unidas, y está en el centro del mensaje
evangélico, que la Santa Sede tiene la misión de llevar a todas las gentes.
En esta significativa circunstancia tengo el honor de transmitirle a usted,
señor presidente, y a todos vosotros, aquí reunidos para representar a vuestros
nobles países, el saludo deferente y cordial del Papa Juan Pablo II. En
particular, me complace transmitir su saludo al secretario general de la ONU,
señor Kofi Annan, y a sus válidos colaboradores. La labor que realizan, como
muestra el Informe anual del secretario general A/59/1, sobre todo con respecto
a la prevención de los conflictos y al mantenimiento de la paz en el mundo,
merece el aprecio y la gratitud de todos nosotros.
2. Varios de los temas del orden del día de esta Asamblea general pueden
considerarse esenciales para la consecución del objetivo supremo de la paz y
para el futuro de la humanidad. Por citar sólo algunos: Naciones Unidas y nuevo
orden humano mundial; búsqueda de los objetivos del milenio (Millennium's
goals); desarme completo y general; desarrollo sostenible; globalización e
interdependencia; migraciones internacionales y desarrollo; derechos humanos; y
clonación humana. Me limitaré a presentar brevemente la posición de la Santa
Sede sobre algunos de ellos.
3. Entre los objetivos del milenio (Millennium's goals) ocupa un lugar
primordial el tema de la pobreza y el desarrollo, porque afecta al
derecho a la subsistencia de centenares de millones de seres humanos, que
sobreviven -como pueden- por debajo del umbral de lo necesario, y de decenas de
millones de niños desnutridos e injustamente privados del derecho a vivir. Para
superar de forma duradera esas condiciones inhumanas es necesario llegar, bajo
la égida de la ONU, a un sistema comercial internacional más flexible y más
justo, y a estructuras económicas favorables al desarrollo y a la superación de
la deuda externa de los países más pobres, y a una generosa participación en los
resultados de las investigaciones científicas y de la tecnología, especialmente
en el campo de la salud. A este respecto, no necesito añadir nada, después de
que el mismo cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado, expuso una vez más la
posición de la Santa Sede en el encuentro de Nueva York contra el hambre y la
pobreza, el pasado día 20 de septiembre. Sólo repito: la urgencia en este campo
no admite retrasos. Es una cuestión de justicia, no de caridad, aunque esta
sigue siendo y seguirá siendo siempre necesaria.
4. Con respecto al bien supremo de la paz, el tema del desarme completo y
general es ciertamente de una importancia inmediata. Dado que la producción
y la venta de armas a otros países no carece de peligros para la paz, de ahí se
sigue la necesidad de un control internacional estricto y eficaz. Las diversas
Convenciones que ha promovido en referencia a las armas de destrucción masiva,
así como a las armas convencionales, ponen de manifiesto el compromiso de la ONU
en este campo. Pero se trata apenas del inicio de un largo camino, entorpecido
por gigantescos intereses económicos.
Desde luego, el problema de las armas de destrucción masiva es específicamente
diverso del de las convencionales; pero las armas convencionales tienen una
actualidad cruel e incesante en los numerosos conflictos armados que
ensangrientan el planeta, y en el terrorismo.
5. Los conflictos armados regionales son tantos que no hay tiempo aquí
para enumerarlos todos. Pero no puedo por menos de mencionar algunos.
Ante todo, el conflicto israelí-palestino, que ha marcado toda la segunda
mitad del siglo pasado. No es un conflicto circunscrito por sus límites
territoriales, de por sí estrechos. Directamente están implicados el Gobierno
israelí y la Autoridad palestina, que tienen el grave deber de demostrar que
quieren la paz. Para alcanzarla se ha trazado la Hoja de ruta ("road
map"), y también ellos lo han aceptado formalmente. Por consiguiente, es
necesario que lo sigan finalmente con determinación y valentía. Pero ese
conflicto es seguido también, con intensa participación y a veces con
sentimientos encendidos, por amplios estratos de la humanidad. La Iglesia
católica, presente en Palestina desde hace dos mil años, invita a todos a evitar
principalmente cualquier acción encaminada a destruir la confianza, a pronunciar
generosas palabras de paz y a realizar valientes gestos de paz. Y, si la paz es
fruto de la justicia, no conviene olvidar tampoco -como ha dicho Juan Pablo II-
que no hay justicia sin perdón. Sí, sin perdón recíproco. Ciertamente, el perdón
exige una valentía moral mayor que cuando se usan las armas.
Está luego el conflicto iraquí. La posición de la Santa Sede con respecto a la
acción militar de 2002-2003 es bien conocida. Es para todos evidente que no ha
llevado a un mundo más seguro ni dentro ni fuera de Irak. La Santa Sede
considera que ahora se debe sostener al actual Gobierno en su esfuerzo por
volver a establecer en el país condiciones normales de vida y un sistema
político sustancialmente democrático y conforme a los valores de sus tradiciones
históricas.
Es grave la preocupación de la Santa Sede por diversos países de África
(Sudán, Somalia, países de la región de los Grandes Lagos, Costa de Marfil,
etc.), ensangrentados por contiendas recíprocas, pero más aún por conflictos
internos. Necesitan la activa solidaridad internacional: más específicamente, y
de modo connatural, podrá ser la Unión africana quien haga valer su autoridad
para lograr que todas las partes legítimamente involucradas se sienten a una
mesa para negociar. La Unión africana ya ha demostrado en algunos casos que lo
puede hacer con éxito; por eso, es preciso manifestarle gratitud y darle apoyo.
6. He mencionado el tema del terrorismo. Se trata de un fenómeno
aberrante, totalmente indigno del hombre, que ha asumido ya dimensiones
planetarias: hoy ningún Estado puede presumir de estar a salvo. Por eso,
quedando firme el derecho y el deber de todo Estado de tomar todas las medidas
justas para proteger a sus ciudadanos y sus instituciones, resulta evidente que
sólo se podrá afrontar con eficacia con una concertación plurilateral
comprometida, respetando el ius gentium, y no con una política regida por
el principio de la unilateralidad. Nadie duda de que es preciso combatirlo ante
todo apagando los focos vivos. Pero son muchas y complejas sus causas:
políticas, sociales, culturales y religiosas; por eso, resulta aún más necesaria
una acción a largo plazo, que actúe, con previsión y paciencia, sobre sus
raíces, impida su ramificación espontánea, y apague su maléfica fuerza
contagiosa.
En esa acción, la Santa Sede y toda la Iglesia católica está activamente
comprometida, a través de sus instituciones educativas y caritativas, las
cuales, dondequiera que se encuentran, se esfuerzan por elevar el nivel cultural
y social de las poblaciones, sin ninguna discriminación, especialmente sin
ninguna discriminación religiosa; y también a través del diálogo interreligioso,
que, después del concilio ecuménico Vaticano II, se ha intensificado cada vez
más. Este diálogo tiene como fin un conocimiento mutuo objetivo, una sincera
relación de amistad y, en los campos donde sea posible, también una colaboración
libre al servicio del hombre. La Santa Sede siempre se sentirá agradecida a las
autoridades de las demás religiones que se muestran abiertas a ese diálogo, así
como a las autoridades civiles que lo apoyan, sin ninguna interferencia
política, respetando la distinción entre la esfera religiosa y la civil, y el
derecho fundamental del hombre, que es la libertad de religión.
7. El derecho a la libertad de religión está recogido, juntamente con los otros
derechos fundamentales, en la Declaración universal de derechos humanos,
aprobada por la Asamblea general de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de
1948. En realidad, esos derechos humanos fundamentales se mantienen en pie o
caen juntos. Y el hombre se mantiene en pie o cae con ellos.
Por eso, según la
Santa Sede, es necesario defenderlos con gran empeño y en todos los ámbitos.
Para que eso suceda, es preciso evitar en especial un peligro que hoy se
manifiesta en varios ambientes de diversos países. Es la idea de que los
derechos humanos fundamentales, tal como han quedado recogidos en la citada
Declaración universal, son expresión de una cultura determinada y, por tanto,
muy relativos. No; en su esencia, son expresiones del ser humano en cuanto tal,
aunque no deja de ser verdad que, según las diversas épocas y culturas, pueden
haber tenido y tienen también hoy una aplicación diversa, más o menos adecuada y
aceptable.
8. Entre los derechos fundamentales, más aún, como el primero de ellos, es
necesario poner, como hace explícitamente la Declaración universal, el
derecho de todo individuo a la vida. Sobre el derecho de todo individuo a la
vida la Santa Sede tendría mucho que decir. Sí, porque la esencia de su mensaje
es el "evangelio de la vida": precisamente se titula "Evangelium vitae" la
conocida encíclica del Papa Juan Pablo II publicada el 25 de marzo de 1995. En
este amplio tema se inserta también la cuestión de la clonación humana. Esta
Asamblea la debatirá dentro de algunas semanas.
A este respecto, la Santa Sede
desea reafirmar su compromiso de apoyar el progreso de la ciencia médica,
siempre que respete la dignidad humana, para el tratamiento y la curación de
diversas enfermedades. En este contexto, renueva su juicio favorable en lo que
atañe a la adquisición y al uso de células madre adultas. La Santa Sede
considera que el camino que es necesario seguir consiste en establecer y aplicar
una Convención que incluya, de manera inequívoca, una prohibición general de la
clonación humana.
9. "La libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el
reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e
inalienables de todos los miembros de la familia humana": con estas palabras
comienza el preámbulo de la Declaración universal de derechos humanos. Uno de
los muchos e innegables méritos de la ONU es haber propuesto a la conciencia de
toda la humanidad, hace ya más de cincuenta años, principios seguros para
caminar por la senda de la paz.
Sin embargo, la Organización de las Naciones
Unidas, como cualquier otra organización humana, a lo largo de los años ha
sentido la necesidad de adaptar sus normas de funcionamiento al desarrollo del
escenario político mundial para que su obra de promoción de la paz pueda ser
eficaz.
Los primeros resultados de la comisión de alto nivel instituida con ese
fin por el secretario general Kofi Annan se han hecho públicos el pasado mes de
junio. La Santa Sede podrá expresar alguna valoración explícita con ocasión del
debate que tendrá lugar sobre ese tema en la semana próxima.
Por ahora quisiera
simplemente recordar lo que dice el
Mensaje de Juan Pablo II para la Jornada
mundial de la paz de este año. Afirmaba que la humanidad se encuentra "en
una etapa nueva y más difícil de su auténtico desarrollo"; por eso, recomendaba,
en línea con sus predecesores, "un grado superior de ordenamiento
internacional" (n. 7: L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
19 de diciembre de 2003, p. 6). Eso podrá suceder, de modo especial, atribuyendo
a la ONU, por ejemplo, prerrogativas particulares que faciliten su acción en la
prevención de los conflictos en casos de crisis internacionales y, cuando no se
pueda aplazar, una "intervención humanitaria", es decir, una intervención
orientada a desarmar al agresor. Pero eso será posible, aún más, si la ONU sabe
elevarse de la etapa de "institución de tipo administrativo -por citar una vez
más a Juan Pablo II- a la de ser centro moral, en el que todas las naciones del
mundo se sientan en su casa, desarrollando la conciencia común de ser, por
así decir, una "familia de naciones"" (ib.).
10. Señor presidente, la ONU, en su camino presente y futuro, siempre podrá
estar segura de que la Santa Sede no sólo será un Observador permanente atento,
sino también un compañero de viaje siempre dispuesto a favorecer, de acuerdo con
su naturaleza y según sus posibilidades, su compleja y difícil actividad, así
como también a colaborar, con espíritu de libertad y amistad, con todos los
Estados miembros.
Gracias, señor presidente.