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CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA CON OCASIÓN DEL 1650 ANIVERSARIO DEL
NACIMIENTO DE SAN AGUSTÍN
HOMILÍA DEL ARZOBISPO GIOVANNI
LAJOLO
Catedral de Túnez Miércoles 5 de enero de 2005
Excelencias; queridos hermanos y hermanas:
Con gran alegría acepté la invitación de monseñor Fouad Twal, arzobispo de Túnez,
a visitar durante algunos días vuestro país, para encontrarme con las
autoridades civiles, con las cuales la Santa Sede mantiene excelentes relaciones,
así como con la comunidad cristiana. He venido asimismo para transmitiros la
bendición paterna y el aliento de Su Santidad el Papa Juan Pablo II, que no
olvida su visita a vuestro país, realizada el 14 de abril de 1996. En esa
ocasión oró con vosotros en esta catedral y en los lugares venerables donde los
santos mártires de la Iglesia de Cartago dieron su vida por Cristo, en
particular san Cipriano y las santas Perpetua y Felicidad. El Santo Padre sigue orando por todos los que hoy dan
aquí testimonio de su fe, viviendo un diálogo diario y fraterno con los miembros
de la comunidad musulmana.
El domingo pasado habéis celebrado en la diócesis de Túnez la fiesta de la
Epifanía, y nos encontramos todavía en el tiempo de Navidad, manifestación
suprema del amor de Dios, que "envió a su Hijo como salvador del mundo" (1 Jn
4, 14), como dice la primera carta de san Juan en el pasaje que acabamos de escuchar. "No
hay temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor" (1 Jn
4, 18), nos dice también el Apóstol.
Jesús invita a sus discípulos a tener esta misma seguridad y confianza cuando la
tempestad amenaza su barca, como relata san Marcos en el pasaje evangélico de
hoy: "¡Ánimo! Soy yo, no tengáis miedo". San Agustín, particularmente estimado
en vuestra Iglesia de Túnez, al que habéis dedicado una hermosísima exposición
en la antigua basílica de Cartago, comenta el episodio de la tempestad calmada
insistiendo en la confianza que nos proporciona la presencia de Cristo en medio
de nuestras dudas y dificultades. "Los discípulos -afirma en uno de sus sermones
(LXXV)- se habían turbado al verlo sobre el mar y pensaban que era un fantasma.
Pero al subir él a la barca, quitó la fluctuación mental de sus corazones, pues
peligraban en la mente por las dudas más que en el cuerpo por las olas. (...)
Pero mayor (que el viento) es que intercede por nosotros, porque en esa
fluctuación en que nos debatimos nos da confianza, viniendo a nosotros y
confortándonos".
Cristo, además de infundir confianza en sus discípulos, también confirma su fe,
y san Agustín, contra las herejías de su tiempo, establece un vínculo entre el
episodio de la tempestad calmada y el misterio de la Navidad, reafirmando la fe
de la Iglesia en la verdadera humanidad de Cristo.
Comenta así las palabras de
Jesús al subir a la barca con los discípulos: "¡Ánimo! Soy yo, no tengáis miedo.
Esto es, no os espante tanto mi dignidad que no queráis reconocer mi realidad;
aunque camino sobre el mar, aunque tengo bajo los pies el orgullo y ostentación
seculares, como oleaje rabioso, aparecí como hombre verdadero, y mi Evangelio
dice de mí la verdad al afirmar que nací de una virgen y que soy el Verbo
encarnado".
El argumento del evangelio de san Marcos, y el de san Agustín, me parece cercano
al tema que quiso abordar el Papa Juan Pablo II en su reciente
Mensaje para la Jornada mundial de la paz: "No te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al
mal con el bien". Confianza, esperanza, valentía ante la tempestad, ante el mal
que a veces inunda nuestras sociedades. Sólo si Jesús nos acompaña en la barca
de nuestra vida seremos capaces de luchar contra el mal y de tener la paz que
imploramos, que tantos pueblos piden a grandes gritos, a menudo gritos de dolor
y sufrimiento.
En estos días, escuchamos con urgencia esos gritos de dolor, esas peticiones de
ayuda que provienen de las poblaciones del sureste asiático, azotadas por una
catástrofe natural de dimensiones inauditas. La caridad de la Iglesia entera,
que no tiene fronteras religiosas o geográficas, y la caridad de vuestra
comunidad cristiana de Túnez está llamada a dar una respuesta generosa, en la
medida de las inmensas necesidades de este momento.
En su
Mensaje para la Jornada mundial de la paz de este año, el Santo Padre nos
recuerda nuestro deber ante el mal, ante la guerra, ante la injusticia y ante
todo sufrimiento del hombre que padece necesidad: "Ningún hombre o mujer de
buena voluntad -escribe el Papa- puede eximirse del esfuerzo en la lucha para
vencer al mal con el bien. Es una lucha que sólo se combate eficazmente con las
armas del amor" (n. 12: L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
17 de diciembre de 2004, p. 7).
Queridos hermanos y hermanas, esta lucha, motivada por el amor, la libráis en
este país, en nombre de vuestra fe. Queridos sacerdotes diocesanos y religiosos,
unidos a vuestro obispo, guiando, enseñando y administrando los sacramentos en
vuestras comunidades, aunque a menudo sean pequeñas, lucháis contra el mal y
hacéis crecer el bien. Queridos religiosos, religiosas y fieles laicos, a través
de vuestras responsabilidades en los ámbitos de la educación, la sanidad, el
desarrollo y la solicitud por los más pobres, anunciáis ya el nuevo reino, el
reino del amor, haciendo realidad las palabras de san Juan: "Si Dios nos amó de
esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros" (1 Jn 4, 11).
Así practicáis el más hermoso de los diálogos y, sin duda, el más eficaz: el de
la caridad.
La antigua Iglesia de Cartago siempre ha estado estrechamente unida a
la de Roma: basta pensar en los vínculos entre san Cipriano y el Papa
Cornelio, en el siglo III, sin olvidar los que existieron entre el cardenal
Lavigerie y el Papa León XIII, en el siglo XIX. La Iglesia en Túnez mantiene
siempre este mismo vínculo de comunión, que me complace destacar hoy al celebrar
esta eucaristía con vuestro obispo y con el nuncio apostólico. Que el Cuerpo de
Cristo compartido siga siendo la fuente de nuestra comunión y el fuego de
nuestro testimonio del amor de Dios a los hombres. Amén.
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