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SANTA MISA DE SUFRAGIO POR LAS VÍCTIMAS
DEL MAREMOTO EN EL SURESTE ASIÁTICO
HOMILÍA DEL CARDENAL
ANGELO SODANO
Lunes 24 de enero de 2005
La luz de la fe sobre el misterio del dolor
Ha pasado un mes desde aquella mañana del 26 de diciembre del
año pasado cuando recibimos, por sorpresa, la dolorosa noticia de la terrible
tragedia que afectó a varios países del sureste asiático, provocando más de
doscientos mil muertos.
Las diversas cadenas de televisión han introducido después en las casas de todo
el mundo las imágenes de las olas amenazadoras provocadas por el maremoto que se
desencadenó en las profundidades del océano Índico.
Al mismo tiempo, hemos visto la desolación causada en las costas de aquellos
Estados: Indonesia, Sri Lanka, India, Maldivas, Bangladesh, Myanmar, Tailandia
y Malasia, con repercusiones hasta en las costas africanas.
El término japonés "tsunami" se ha convertido en un término universal. Una vez
más, el hombre ha sentido su pequeñez ante la complejidad del planeta en el que
vivimos.
Así, ha surgido espontáneamente en nosotros el impulso interior de mirar al
cielo, buscando alguna respuesta a los numerosos interrogantes que se plantean
en los momentos de desconcierto.
Algunos se han preguntado incluso cómo es posible que el hombre, que ha
sido capaz de ir a la luna, que ha podido enviar una sonda a Titán, a más de mil
millones de kilómetros de la tierra, sea tan impotente frente a estos desastres.
Muchos también se han preguntado si la fe cristiana tiene una respuesta
iluminadora ante el enigma del dolor. Y la respuesta del creyente ha sido
inmediata: sí, Dios ama siempre a los hombres y siempre está cerca de ellos con
amor de Padre.
La luz de la fe
1. Queridos hermanos, la palabra de Dios que se ha proclamado en esta santa misa
resuena en el mundo con una fuerza aún mayor que la del "tsunami": Dios está
siempre cerca de nosotros. Se hizo hombre para compartir nuestra existencia,
tanto en los momentos felices de la vida como en los tristes.
A este respecto, es expresiva la respuesta que un conocido escritor ponía en
boca de Cristo, a quien se dirigió un pobre viandante después de haber caído en
el fango. "¿Dónde estás, Dios mío?", gritó el peregrino hundido en el cieno.
Pero enseguida oyó una voz misteriosa que le respondía desde lo alto: "Yo estoy
contigo en el fango".
Esta es la lección de la fe: Dios acompaña al hombre en todos los instantes de
su vida.
El mensaje de Job
2. Esta es la palabra de Job, que hemos escuchado en la primera lectura. Aquel
siervo de Dios, que vivía rico y feliz, fue sometido a las pruebas más
dolorosas, en sus bienes, en sus hijos, en su esposa, en sus familiares y
amigos. Agobiado por el dolor, pidió a Dios una respuesta a su tormento, y
reconoció de inmediato que había hablado insensatamente. Entonces, postrándose
en tierra ante Dios, nos regaló una profunda profesión de fe: "El Señor me lo
dio, el Señor me lo quitó: Sea bendito el nombre de Señor".
El autor inspirado del libro de Job concluye con una observación lapidaria:
"En todo esto no pecó Job, ni profirió la menor insensatez contra Dios" (Jb 1,
20-22).
Como Job, el hombre de todos los tiempos se hace la misma pregunta sobre el
sentido del dolor. El mismo san Agustín anotó en sus Confesiones: "Quaerebam
unde malum et non erat exitus", "Yo seguía buscando el origen del mal, y no
hallaba salida" (cf. Confesiones, VII, 7, 11).
Más tarde, encontrará una respuesta contemplando a Cristo, que vino al mundo
para decirle al hombre que Dios lo ama siempre, en todos los momentos de su
vida, tanto en la alegría como en el dolor. Ciertamente, muchas cosas escapan a
la comprensión de la razón humana, pero la mirada de la fe permite al creyente
ver que Dios está siempre a nuestro lado, más aún, que él es amor (cf. 1 Jn
4, 5. 16).
A este respecto, son siempre profundas las palabras contenidas en el Mensaje
enviado por el concilio ecuménico Vaticano II a los pobres y a los enfermos de
todo el mundo, que dicen: "Cristo no suprimió el sufrimiento; ni siquiera ha
querido desvelar completamente el misterio: lo tomó sobre sí y esto nos
basta para comprender todo su valor".
El mensaje de Cristo
3. Queridos hermanos, el evangelio de hoy también proyecta un potente haz de luz
sobre el sentido de la existencia humana. Para todos la vida es transitoria.
Para todos es una peregrinación hacia la eternidad. La muerte es la herencia
común, pero, como bien dice la liturgia de difuntos, "aunque la certeza de morir
nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad" (Prefacio
I de la misa de difuntos).
Las palabras que Jesús le dijo a Marta están grabadas en la conciencia de todo
creyente: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera,
vivirá" (Jn 11, 25).
Esta certeza interior nos sostiene durante nuestro camino en la tierra, sabiendo
bien que la vida es sólo un paso hacia la eternidad. Más aún, según la
espiritualidad cristiana, el creyente se considera un desterrado que espera
volver a la casa del Padre.
La cercanía del Santo Padre
4. Hermanos y hermanas en el Señor, en este momento de oración el Papa está
unido a nosotros, y con nosotros encomienda en las manos de Dios misericordioso
las almas de todos los fallecidos en el terrible maremoto del sureste asiático.
En cuanto conoció la noticia del trágico acontecimiento, ya en el Ángelus del
domingo 26 de diciembre manifestó toda su participación en el dolor de estos
hermanos nuestros. Además, invitó a todos a realizar obras concretas de
solidaridad con aquellas poblaciones, siguiendo luego personalmente todas las
iniciativas tomadas por la Santa Sede y por las distintas Iglesias particulares
esparcidas por el mundo. Durante su glorioso pontificado, Juan Pablo II ha
visitado personalmente aquellos países,
mostrando siempre gran interés por el progreso material y espiritual de sus poblaciones.
Hoy el Papa se une a nosotros en la oración de sufragio por quienes nos han
dejado, pidiendo también el consuelo divino para los que han permanecido en el
dolor. También a todos nosotros el Vicario
de Cristo sigue dirigiéndonos la invitación a la solidaridad para con nuestros
hermanos y hermanas, recordándonos las conocidas palabras de un santo: "A la
tarde te examinarán en el amor" (san Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor,
n. 59).
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