 |
DISCURSO
DEL CARDENAL ANGELO SODANO EN LA CUMBRE DE JEFES DE ESTADO Y DE GOBIERNO
DURANTE LA 60 ASAMBLEA GENERAL DE LA ONU*
Nueva York, ONU
Viernes 16 de septiembre de 2005
Señor presidente:
Tengo el honor de transmitir los más cordiales saludos de Su Santidad Benedicto
XVI a usted y a los jefes de Estado y Gobierno aquí reunidos, así como a los
demás representantes de los Estados miembros de la Organización.
Mi voz quiere ser también un eco de los católicos de todo el mundo, que ven a
las Naciones Unidas como una institución cada vez más necesaria para la paz y el
progreso de toda la humanidad.
Han pasado sesenta años del ya lejano 26 de junio de 1945, cuando nacía esta
Organización con el fin de llevar a cabo los cuatro grandes fines enunciados en
el preámbulo de su Estatuto. Ha sido mucho lo que se ha hecho durante estos años
al servicio de la humanidad. Sin embargo, este organismo, como toda realidad
humana, ha sufrido muchos desgastes en el transcurso de estos años. Hay ahora
una común convicción de que debe renovarse, afrontando los grandes retos del
momento presente.
Actualidad de la ONU
La ONU no es, ciertamente, un supergobierno. Es más bien el resultado de la
voluntad política de cada uno de los países miembros. La gente común, los miles
de millones de personas que componen el "we the people" de la Carta de
las Naciones Unidas reclaman, sin embargo, a los responsables de las naciones:
"Dadnos una institución moderna, capaz de tomar determinaciones y de hacerlas
respetar". Este es un llamamiento apremiante que llega hasta nosotros por parte
de hombres y mujeres decepcionados por promesas hechas y no cumplidas, por
resoluciones adoptadas y no respetadas. Este grito debe infundirnos la
determinación necesaria para emprender una reforma institucional de la ONU, una
reforma que esté atenta a las exigencias reales de nuestros pueblos más que a
los equilibrios de poder.
A este respecto, se puede decir que los mecanismos establecidos en los capítulos
VI y VII del Estatuto de las Naciones Unidas conservan todo su valor y contienen
los criterios necesarios para prevenir las amenazas contra la paz y para
garantizar la seguridad colectiva. Pero hoy este marco jurídico debe completarse
con los instrumentos jurídicos internacionales necesarios para el desarme y para
el control del armamento, para la lucha contra el terrorismo y el crimen
transnacional, y para la cooperación efectiva entre las Naciones Unidas y los
organismos regionales, a fin de resolver las situaciones de conflicto.
Responsabilidad de la ONU
La larga historia de las operaciones de paz (peacekeeping), con sus
éxitos y fracasos, ofrece un rico acervo de experiencias para desarrollar
parámetros de acciones futuras para la solución de los conflictos. A tal fin, la
Santa Sede es favorable a la creación de un organismo para llevar de nuevo la
paz a los países que sufren enfrentamientos armados. La Santa Sede es favorable
a la Peacebuilding Comission, que podría planificar y poner en práctica
una ambiciosa estrategia para superar aquellos factores de rivalidades étnicas
que son la causa de los conflictos y que pueden volver a serlo en el futuro.
Las tragedias acaecidas en los Balcanes, en Oriente Medio y en África nos deben
hacer meditar. Ahora es importante el compromiso que asumamos para fomentar una
cultura de prevención de los conflictos, pero también será necesario profundizar
bien en el problema del uso de la fuerza para desarmar al agresor. La
"Responsabilidad de proteger" trae su origen desde un concepto político y
jurídico muy importante, desarrollado progresivamente en los sesenta años de
existencia de la ONU. Ello nos recuerda, esencialmente, la preeminencia de la
dignidad de cada hombre o mujer sobre el Estado y sobre todo sistema ideológico.
Ante esta reforma de la ONU, la Santa Sede pide a los Estados que tengan la
valentía de continuar los debates sobre los modos de aplicación y las
consecuencias prácticas del principio de la "Responsabilidad de proteger", con
el fin de poner remedio de manera oportuna, a través del Consejo de
seguridad y siguiendo las indicaciones del capítulo VII del Estatuto de la
ONU, a aquellas situaciones en las cuales las autoridades nacionales no quieren
o no pueden proteger a sus propias gentes, frente a las amenazas internas y
externas. El Estatuto de las Naciones Unidas, en su proemio, dice precisamente
que las Naciones Unidas han nacido "con el fin de salvar a las futuras
generaciones del flagelo de la guerra".
Para ello, la consecución e incluso la superación de los Millennium
Development Goals sigue siendo un deber de justicia al servicio de la
dignidad humana y, al mismo tiempo, una condición indispensable para la
paz y para la seguridad colectiva, incluida la eliminación o reducción
sustancial del peligro del terrorismo y de la criminalidad internacional.
Compromiso por el desarrollo
Dirigiendo, pues, la mirada al gran tema del desarrollo, debemos reconocer que
en los últimos años hemos sido testigos de varios gestos prometedores por parte
de los gobiernos. Por ejemplo, la propuesta de nuevos mecanismos para financiar
el desarrollo (el US Millennium Challenge Account, la International
Financial Facility, los Nouveaux mécanismes de taxation
internationale propuestos recientemente por el Gobierno francés, y por otros
Estados, etc.) y, particularmente, las últimas decisiones tomadas en Gleneagles
por el G-8, son muy apreciadas por la Santa Sede. Pero aún queda mucho que hacer
para lograr una movilización económica y financiera solidaria. Esa no puede
dejar de tener en cuenta la solución del problema de la deuda de los países más
pobres y también de aquellos países de renta media con graves dificultades de
endeudamiento externo, fomentando de nuevo la ayuda pública al desarrollo (ODA,
Official Development Assistance) y una generosa apertura de los mercados
en favor de los países pobres.
Ciertamente, esta actuación de los países desarrollados debe ir acompañada de
una nueva asunción de responsabilidades por parte de los gobiernos de los países
en vías de desarrollo, que tienen el deber de combatir la corrupción, garantizar
la legalidad (rule of law) y sobre todo comprometerse en los aspectos
sociales del desarrollo, como la educación, la seguridad en el empleo y la
asistencia sanitaria básica para todos. A la humanidad expuesta a las actuales
pandemias y a otras peligrosamente en acecho, a las masas de seres humanos
privados de acceso a la salud básica, a la aspirina y al agua potable, no
podemos ofrecerles una visión ambigua, limitada o, sin más, ideológica de la
salud. Por ejemplo, ¿no sería mejor hablar claramente de "salud de las mujeres y
los niños" en vez de usar el término "salud reproductiva"? ¿Acaso se quiere
volver a hablar de un derecho al aborto?
Aportación de la Santa Sede
Señor presidente, la Santa Sede tiene ante todo una misión espiritual, pero de
ella deriva precisamente su deber de estar presente en la vida de las naciones y
su compromiso de promover la justicia y la solidaridad entre los hombres. Con
esta convicción, la Santa Sede renueva todo su apoyo a los objetivos de esta
cumbre y se esforzará para que produzca rápidamente los frutos esperados y pueda
surgir pronto una era de paz y de justicia social. Siempre es actual una frase
pronunciada por el recordado Papa Juan Pablo II en su célebre viaje a Chile en
1987: "Los pobres no pueden esperar". ¡Gracias!
*A/60/PV.7 p.38-39.
L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n°38 p.7. |