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MENSAJE DEL CARD. ANGELO SODANO
AL PRESIDENTE DEL CONSEJO PONTIFICIO PARA LOS LAICOS
CON OCASIÓN DEL PRIMER ENCUENTRO
DE LOS MOVIMIENTOS ECLESIALES Y
DE LAS NUEVAS COMUNIDADES EN AMÉRICA LATINA
(BOGOTÁ, 9-12 DE MARZO DE 2006)

Señor Arzobispo:

Ante la próxima celebración en Bogotá del Congreso de los Movimientos Eclesiales y Nuevas Comunidades en Latinoamérica, organizado por el Consejo Pontificio para los Laicos y el Consejo Episcopal Latinoamericano, me es grato transmitir el cordial saludo de Su Santidad Benedicto XVI a los Obispos, a los responsables de los diversos movimientos y demás participantes en dicho en encuentro.

Al mismo tiempo, el Santo Padre los alienta a compartir fraternalmente la riqueza de su propia espiritualidad y experiencia, con el fin de contribuir a dar cada vez mayor vigor a la vida cristiana en esa parte del mundo en la cual la Iglesia tiene puestas tantas esperanzas.

En efecto, el esfuerzo por revitalizar la conciencia del compromiso bautismal y el anhelo de vivir intensamente la vocación a la santidad que se deriva, es siempre un aporte esencial para la vida de la Iglesia. Además, sus carismas, métodos pedagógicos, estilos de apostolado o proyección misionera, acrecientan una tradición evangelizadora tan abundante en iniciativas y testimonios ejemplares.

El lema elegido para el Congreso —«Discípulos y misioneros de Jesucristo hoy»— indica dos aspectos esenciales y correlativos en ese continuo caminar de la Iglesia «entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva» (Lumen gentium, 8). En realidad, el ser discípulo de Cristo no es una situación transitoria que termina en un determinado momento, sino que requiere estar siempre a la escucha, aprendiendo y siguiendo al único Maestro (cf. Mt 23, 8), sin pretender llegar a ser él mismo maestro algún día. Por eso los condiscípulos han de considerarse entre ellos como hermanos (cf. ibíd.). Por otro lado, el discípulo de Cristo no se limita a recibir sus enseñanzas como venidas desde fuera. Comienza a serlo por un encuentro personal fascinante y perennemente actual con Él, que provoca una inefable relación de comunión y lleva a seguir sus pasos, a imitar su forma de vivir (cf. Deus caritas est, 1). Y esto, con la entrega y convicción de haber encontrado el verdadero tesoro de la propia vida (cf. Mt 13, 44), ante el cual ninguna otra alternativa o insinuación tiene mayor interés.

El cristiano de hoy debe ser siempre discípulo de Cristo, al que puede acercarse de muchos modos, porque siempre nos espera en los senderos de nuestra existencia para enseñarnos cuál es el don de Dios y darnos de beber la verdadera agua viva (cf. Jn 4, 10). Lo ha de encontrar sobre todo en la Eucaristía y los demás sacramentos, que son momentos privilegiados de esa compañía hasta el fin de los tiempos que Cristo prometió a sus discípulos (cf. Mt 28, 20). Y debe seguir aprendiendo las enseñanzas del Maestro mediante el amor, el estudio y la meditación de la Escritura, bajo la guía de quienes han recibido el encargo específico de custodiar celosamente y explicar fielmente la Palabra de Dios (cf. Dei Verbum, 10).

Como buenos discípulos, los Movimientos y Comunidades están llamados a ser igualmente testigos y misioneros del mensaje recibido, tendiendo una mano amiga a otras personas, para que también ellas descubran a Cristo; a quienes aún no lo conocen y a quienes viven su cristianismo de manera superficial, a los que se debe proporcionar también el apoyo necesario para robustecer cada día más su fe y formarla rectamente, ante las acechanzas de una mentalidad secularizada o que promueve la indiferencia religiosa en muchos ambientes latinoamericanos.

En esta tarea, el misionero no deja de ser discípulo, no da más de lo que él mismo ha recibido y sigue recibiendo, sin anteponer sus propias ideas o pretender el provecho propio. El discípulo y el misionero saben que sólo son unos «pobres siervos» (Lc 17, 10), cuyo mayor gozo es servir al Señor y colaborar orgánica y fielmente dentro de la misión encomendada por Cristo a su Iglesia (cf. Ad gentes divinitus, 6). A este respecto, cabe recordar las palabras del Santo Padre Benedicto XVI en Colonia: «La espontaneidad de las nuevas comunidades es importante, pero es asimismo importante conservar la comunión con el Papa y con los Obispos. Son ellos quienes garantizan que no se están buscando senderos particulares, sino que se está viviendo a su vez en aquella gran familia de Dios que el Señor ha fundado con los doce Apóstoles» (Homilía, 21 agosto 2005).

En este contexto, se manifiesta también la importancia de la comunión eclesial, de la que tanto depende la autenticidad de toda experiencia de vida cristiana y la eficacia de las iniciativas pastorales. Por eso el tan recordado Papa Juan Pablo II insistía en que todos se integraran con humildad en la vida de las Iglesias locales, en las estructuras diocesanas y parroquiales, en las que manifiestan los diversos modos de asociarse y expresarse (cf. Redemptoris missio, 72).

A la gratitud por tantos esfuerzos realizados con generosidad y competencia, se suma también la esperanza de la Iglesia de que los Movimientos y Nuevas Comunidades contribuyan a dar un renovado impulso a la evangelización de todos los sectores de la sociedad, del mundo del trabajo y de la familia, de la cultura y de la educación y, en fin, en todos aquellos campos en que se desarrolla la vida de los hombres de hoy, en circunstancias tantas veces poco favorables para una existencia cristiana íntegra y profunda.

Al confiar a la Santísima Virgen María el desarrollo de ese Congreso, a fin de que se obtengan abundantes frutos para la vida de la Iglesia en los pueblos latinoamericanos, el Santo Padre imparte complacido a todos los congresistas la implorada Bendición Apostólica.

Vaticano, 24 de febrero de 2006

 

CARDENAL ANGELO SODANO
Secretario de Estado de Su Santidad

    

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