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INTERVENCIÓN DE LA SANTA SEDE
EN LA 30ª CONFERENCIA REGIONAL DE LA FAO
PARA AMÉRICA LATINA Y EL CARIBE
DISCURSO DE MONS.
RENATO VOLANTE*
Brasilia
14 - 18 de abril de 2008
Señor presidente:
Deseo congratularme por su elección para dirigir los trabajos de esta
conferencia y, por su medio, agradecer al Gobierno de Brasil la acogida que ha
querido reservar a nuestro encuentro, llamado a considerar la situación agrícola
y alimentaria de la región latinoamericana y caribeña y a orientar con un
dinamismo nuevo la acción de la FAO en esta área, para afrontar las necesidades
vinculadas a la seguridad alimentaria.
La Santa Sede, con su presencia, quiere mostrar su aprecio por la obra que la
FAO realiza conjuntamente con los diversos Gobiernos en la lucha contra el
hambre y la desnutrición, apoyando con la perspectiva esencialmente ética que le
pertenece aquellas opciones de naturaleza política y social capaces de dar
respuesta de modo concreto y coherente a las necesidades actuales. En efecto,
está totalmente claro que la falta de una nutrición adecuada no sólo impide el
desarrollo pleno de la personalidad de mujeres y hombres, sino que constituye
una negación evidente de sus derechos, comenzando por el derecho fundamental a
la vida, que en la alimentación tiene uno de sus componentes indispensables.
Esta conferencia indica, una vez más, que el esfuerzo principal es transferir a
una dimensión efectivamente humana aquellas fuerzas y datos que la técnica, las
tecnologías y las nuevas investigaciones científicas permiten aplicar a la
actividad agrícola y, por lo tanto, a la producción de alimentos. El compromiso
es confrontarse con las más amplias estrategias elaboradas a nivel mundial para
erradicar la pobreza, como también con las evaluaciones acerca de la meta de
reducir a la mitad el número de las personas que padecen hambre antes del 2015,
una fecha que está cada vez más cerca y que impone no quedar inertes ante la
pobreza y la desnutrición, que continúan aumentando el número de las víctimas y
de los que sufren.
La agenda de los trabajos, a la luz de las actividades realizadas durante el
bienio pasado, ha puesto en el centro de la reflexión los criterios para mejorar
la seguridad alimentaria. Para muchos países de la región esto significa
considerar no sólo las dificultades de la producción agrícola provocadas por
factores ambientales y de territorio, sino también aquellos que se derivan de
políticas comerciales particularmente desfavorables, causadas también por la
ausencia de progreso en las negociaciones multilaterales sobre el comercio de
los productos agrícolas. ¿Cómo olvidar que para muchos países la realidad
económica depende casi exclusivamente de la exportación de un restringido número
de productos típicos y, al contrario, la seguridad alimentaria de la importación
de muchos alimentos?
Además, de modo específico, no se debería descuidar la situación peculiar de la
zona caribeña, en la que tienen un rol de aislamiento geográfico la relativa
limitación del territorio y la exposición a la variabilidad climática, con los
consiguientes desastres causados por fenómenos naturales. Concurre a determinar
la vulnerabilidad de estos países —cuyos niveles de inseguridad alimentaria se
presentan preocupantes— una serie de factores que tienen en la pobreza, en la
base económica limitada y en los reducidos márgenes de ocupación el origen o el
punto de llegada.
En este marco se coloca también el aumento del uso no alimentario de los
productos agrícolas que se destinan a otros usos, como la producción de
biocarburantes. Esta tendencia puede representar una oportunidad para la
protección del ambiente y de la biodiversidad en ella ampliamente presente, pero
que hoy es indicada como la causa principal de un aumento de los precios sin
precedentes con respecto a la década pasada, como también de un rápido cambio en
el uso de los terrenos agrícolas sometidos a cultivos intensivos que los
empobrecen. Todo tiene un impacto mundial que, aun presentando algunas ventajas
para los agricultores productores, de hecho está causando consecuencias
negativas sobre los niveles de pobreza en las áreas dependientes de la
importación de alimentos y sobre la conservación de los terrenos. Esto significa
que los Estados están llamados a actuar en base a consideraciones ponderadas,
que tengan como objetivo esencial la tutela y la actuación del derecho a la
alimentación, por lo cual no es pensable disminuir la cantidad de productos
agrícolas para colocar en el mercado de los alimentos o para tener de reserva
para las emergencias que podrían verificarse a favor de otros fines, también
aceptables, pero que no satisfacen un derecho fundamental como es el derecho a
la alimentación.
Además, permanece abierta y problemática la cuestión de la reforma agraria;
la revisión de su lenta evolución en los países de la región confirma cuán
necesario es adoptar estrategias de propiedad de la tierra y legislaciones
medidas con la posibilidad de ser realizadas concretamente. Cuando se afrontan
las cuestiones del mundo rural se debe tener presente que la acción de los
Estados y la actividad de cooperación deben animar y apoyar sobre todo la
agricultura practicada a pequeña escala, la empresa agrícola familiar y las
iniciativas económicas vinculadas con la pesca artesanal, ya que estas
constituyen la realidad económica básica para la mayor parte de los países. Por
lo tanto, toda reforma agraria debe poder hacer referencia a la realidad de los
pequeños agricultores y de las comunidades indígenas, con su tradición lejana
frecuentemente de la dimensión institucional y de las ventajas de nuevos
criterios de producción o de modelos de consumo actuados en las áreas urbanas
por un estrecho grupo de población. Se trata de un objetivo prioritario al que
la Iglesia católica reserva gran atención, dispuesta a colaborar con sus
estructuras y mediante la experiencia de las formas de asociación y cooperación
entre agricultores, pescadores y artesanos ocupados en laborar la tierra y en la
conservación de la producción que se deriva de ella.
Señor presidente, los progresos realizados en la región ponen de manifiesto que
la lucha contra el hambre y la desnutrición puede dar resultados si los diversos
protagonistas —Gobiernos, instituciones internacionales, organizaciones de la
sociedad civil, empresas y formas de agregación social en todos los niveles— se
inspiran en un concepto de justicia que se realiza mediante acciones y proyectos
concretos que tienen siempre presente la centralidad de la persona, criatura de
Dios. En este sentido, hay que acoger positivamente la Iniciativa América
Latina y Caribe sin hambre, que, precisamente a través de la
corresponsabilidad de las diversas fuerzas presentes, constituye una respuesta
responsable y solidaria de los diversos países para con la población, comenzando
con aquellos que sufren carencias nutricionales cíclicas o incluso crónicas.
La solidaridad, por lo tanto, está llamada a consolidar una acción conjunta
contra la miseria en sus diversas formas, y también a asegurar políticas de
desarrollo y cooperación capaces de remover la posición de evidente desventaja
en que se encuentran quienes viven en las áreas de bajo rédito y con déficit
alimentario. En este sentido, permite esperar la indicación de esta conferencia
de incrementar políticas públicas por parte de los Estados y de la FAO para
desarrollar el mercado agrícola a través de las estrategias de discriminación
positiva a favor de la agricultura realizada por la familia agrícola que,
custodia y continuadora de conocimientos, tradiciones, valores morales y respeto
por la vida, constituye un operador económico visible en el contexto de la
región.
La delegación de la Santa Sede, si bien consciente de las dificultades, mira con
confianza las capacidades de todas la fuerzas vivas comprometidas
cotidianamente, recordando que desde tantas partes se mira a América Latina y el
Caribe con particular atención para verificar cómo las raíces humanas,
espirituales y religiosas de esta región pueden concurrir al desarrollo integral
del mundo rural y de toda la sociedad, de la cual él constituye una gran parte.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n°23 p.10 (318).
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