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INTERVENCIÓN DE LA SANTA SEDE EN LA
CONFERENCIA DE OSLO
PARA LA FIRMA DE LA CONVENCIÓN SOBRE LAS BOMBAS DE
RACIMO
INTERVENCIÓN DE MONS. DOMINIQUE MAMBERTI,
SECRETARIO DE LA SECCIÓN DE LA SECRETARÍA DE ESTADO
PARA LAS RELACIONES CON LOS
ESTADOS*
Oslo, miércoles 3 de diciembre de 2008
Señor primer ministro;
excelencias;
señoras y señores:
La paz y la seguridad son preocupaciones centrales y legítimas que requieren
continuamente una respuesta adecuada que vaya más allá de la mera dimensión
militar. Cualesquiera que sean nuestras diferencias con respecto al modelo
geopolítico que defendamos —unipolar, bipolar o multipolar—, todos deberíamos
estar de acuerdo en la centralidad de la dignidad del hombre y en el respeto
indispensable de los derechos y los deberes de la persona. La paz y la seguridad
sólo podrán ser estables y duraderas si se basan en la justicia, en la
solidaridad y en la fraternidad dentro de los Estados y entre los Estados.
En una coyuntura internacional marcada por la grave crisis financiera y
económica que hace más frágiles sobre todo a los pobres, ante un regreso a
modelos de seguridad, que muchos consideran de otra época, donde los
presupuestos y los gastos militares por desgracia van en alarmante aumento, y
ante desafíos globales como los movimientos migratorios y el calentamiento del
clima, es necesario volver a los principios fundamentales y poner nuevamente a
la persona humana en el centro de nuestros análisis e, inevitablemente, en
primer plano en las respuestas colectivas a estas crisis y desafíos de nuestro
tiempo.
Señor primer ministro, diez años después del gran éxito constituido por la
adopción de la Convención de Ottawa, la Convención sobre las bombas de racimo es
otra prueba de nuestra capacidad de elaborar y adoptar instrumentos ambiciosos
que conjuguen el desarme y el derecho humanitario de modo creativo y capaz de
proponer una alternativa creíble fundada en la centralidad de la persona humana.
Esta Convención es la expresión de una voluntad política común de responder
concretamente a problemas particulares mediante el fortalecimiento del derecho
humanitario internacional, que en cierto sentido interpreta nuestra convicción
de que el respeto de la dignidad de todo hombre, en particular de los más
débiles, es el camino real de la paz y de la seguridad.
Las respuestas de este tipo no pueden menos de ser colectivas. El proceso de
Oslo ha sabido conjugar los esfuerzos de todos los actores: gobiernos, Naciones
Unidas, organizaciones internacionales, Comité internacional de la Cruz Roja y
sociedad civil. Una vez más, se ha comprobado que el éxito es posible. Los
elementos de este éxito se pueden indicar: un pequeño grupo de países con
convicciones fuertes; un enfoque que incluye a todos los actores potenciales;
objetivos claros y metas razonables; y, sobre todo, una convicción profunda de
que el punto de partida y el de llegada de cualquier iniciativa que concierna a
la paz y a la seguridad es la persona humana. Las cuestiones tecnológicas o la
mera consideración de las relaciones de fuerza corren el riesgo de desembocar en
negociaciones interminables o en consensos vacíos.
Si estamos aquí hoy es porque todos hemos sabido evitar las soluciones fáciles,
teniendo siempre presente en el curso de las consultas y de las negociaciones el
objetivo principal: eliminar los riesgos de nuevas víctimas de bombas de racimo
y crear las estructuras necesarias para la rehabilitación socioeconómica de
todos los que han sido víctimas directas o indirectas de estas armas insidiosas.
En el marco de esta ceremonia, me permito destacar algunos puntos particulares
de la Convención e indicar la lectura que la Santa Sede hace de ella.
1. El enfoque general de la Convención es satisfactorio, puesto que toma como
punto de partida las consecuencias de las bombas de racimo sobre las personas.
La mayor parte de las disposiciones de la Convención tratan de evitar que haya
nuevas víctimas y de poner remedio, lo más posible y del mejor modo posible, a
los efectos lamentables de estas armas. Consideramos que el respeto y la
interpretación correcta del artículo 5 son fundamentales para la
aplicación de toda la Convención. Con ese fin, la responsabilidad es colectiva.
Sin embargo, la función del Estado es fundamental, pues le corresponde definir
el marco legislativo y político en el que los actores públicos o privados podrán
desempeñar plenamente su papel. En una sociedad democrática y pluralista, el
papel de los diversos actores relevantes debería respetarse y garantizarse. Los
actores principales deberían ser las víctimas mismas. La asistencia a las
víctimas es una cuestión de dignidad, de derecho, de justicia y de fraternidad.
En este marco, quiero subrayar la importancia y la pertinencia de la definición
de víctima que incluye a la familia y a la comunidad.
2. Esta Convención, en particular en su artículo 5 sobre la asistencia a
las víctimas, va en buena dirección fortaleciendo el vínculo entre el derecho
humanitario internacional y los derechos humanos. La tutela y los derechos que
ofrece son más adecuados y más ambiciosos que los que se hallan ya en los
instrumentos vigentes.
3. Esta Convención constituye también un progreso en su artículo 4.4. Por
primera vez, un instrumento internacional da el paso de determinar una
responsabilidad moral para los que utilizan un arma específica. Muchos países,
sobre todo los más afectados, se lamentan de que los negociadores no hayan
podido ir más allá, instituyendo una responsabilidad legal. Esperamos que los
países que utilizan las bombas de racimo asuman seriamente esta responsabilidad
moral y acudan en ayuda de los países afectados, sobre todo si cuentan con los
medios para hacerlo.
4. La Santa Sede desea poner de relieve otro punto que considera importante en
el marco de esta Convención. La cuestión de la participación de los futuros
Estados adherentes a la Convención en operaciones militares conjuntas con los
Estados no adherentes es muy importante. El artículo 21 trata
precisamente esta cuestión a petición de numerosos Estados adherentes para que
esta disposición de ningún modo se interprete como una suspensión de los efectos
de la Convención durante la dirección de las operaciones conjuntas. Al
contrario, confiamos en que los Estados adherentes harán todo lo que esté a su
alcance para que se respeten las disposiciones de la Convención por parte de los
no adherentes, aunque no se les pueda considerar legalmente responsables si en
definitiva sus esfuerzos no tienen éxito.
Para dar una señal política fuerte, la Santa Sede ha querido ratificar esta
Convención el mismo día de su firma. En primer lugar, deseamos expresar a las
víctimas la cercanía humana que la Santa Sede y sus instituciones desean poner
de relieve. También queremos hacer un llamamiento a todos los países, en
particular a los productores, exportadores y utilizadores potenciales de bombas
de racimo, a unirse a los firmantes de hoy para decir a todas las víctimas y a
todos los países duramente afectados por estas armas que su mensaje ha sido
escuchado. Una seguridad creíble no sólo es posible, sino también y sobre todo
eficaz cuando se basa en la cooperación, en la construcción de la confianza y en
un orden internacional justo. Un orden fundado en el equilibrio de la fuerza es
frágil, inestable y fuente de conflictos.
Señor primer ministro, nuestro éxito de hoy es uno de los fundamentos de
nuestras opciones de mañana. Con la contribución de todos, el edificio de la paz
es ahora más sólido, pero la perseverancia y la paciencia son condiciones
necesarias para su consolidación continua.
Antes de concluir, quiero decir a nuestros socios del Core Group, y en
particular al gobierno del Reino de Noruega, que ha sido un honor y un placer
colaborar con ellos para llevar a buen fin esta estimulante empresa. Al mismo
tiempo, deseo manifestar que la Santa Sede aprecia el trabajo realizado por
todos los gobiernos que han participado en este proceso: la Cluster
Munitions Coalition y la sociedad civil que ha desempeñado un papel
importante, las agencias de las Naciones Unidas y el Comité internacional de la
Cruz Roja. La Santa Sede sigue decidida a actuar juntamente con todos los
Estados adherentes para que la aplicación de esta Convención sea un éxito, como
lo ha sido su adopción. Las víctimas y los países afectados lo merecen.
Os agradezco vuestra atención.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n°50 p.13, 14 (761, 762).
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