Señor presidente:
Es mi deber dirigir un cordial saludo y expresar un caluroso
agradecimiento al Gobierno y a la nación española que, con hospitalidad
realmente gentil y digna de las grandes tradiciones de este país, nos acoge con
tanta distinción.
La reunión de Madrid se abre en un contexto internacional que
está profundamente turbado. La atmósfera en la que, hace cinco años, se firmó el
Acta Final de Helsinki era sin duda muy diferente, porque la Conferencia que se
concluyó solemnemente el 1 de agosto de 1975 representó, por una parte, la meta
más elevada del proceso de superación de la guerra fría y, por otra, parecía
abrir a Europa, y de rebote a la vida internacional, nuevos caminos posibles de
convivencia pacífica y de cooperación.
La atención de los países europeos, antes distraída y luego cada
vez más interesada, se dirigió con esperanza creciente hacia los contenidos del
Acta Final, en la que se proclamaban afirmaciones importantes como la igualdad
soberana de todos los países participantes, la renuncia a la fuerza, la
composición pacífica de las controversias, el respeto de los derechos humanos,
la autodeterminación de los pueblos, la colaboración entre los Estados, el
cumplimiento en buena fe de las obligaciones de derecho internacional. Además,
la espera se fijaba en las consecuencias sucesivas del Acta Final, es decir, en
la perspectiva de "relaciones mejores y más estrechas entre todos los países
participantes, en todos los campos", y en el conjunto de medidas concretas
dirigidas a crear mejores condiciones de vida en los intercambios entre los
pueblos interesados.
El significado del Acta Final no consistía, pues, sólo en la
voluntad de superar contraposiciones pasadas, sino sobre todo en el intento de
crear los presupuestos de un proceso dinámico de relaciones más intensas,
acercando las naciones entre sí, y haciéndolas cooperar en la realización de
algunos valores fundamentales en su vida y en las relaciones internacionales.
Después de unos dos años, en 1977-78, se intentó en Belgrado un
primer balance, registrando un cierto número de actuaciones positivas, pero al
mismo tiempo teniendo que constatar con dolor retrasos y faltas de aplicación
que se revelaron evidentes; sobre todo fue decepcionante comprobar la
imposibilidad de hacer progresar el alcance del Acta Final con iniciativas que
la enriquecieran ulteriormente, o que al menos facilitaran una actuación más
amplia de sus disposiciones.
Esta reunión de Madrid se abre en una situación mundial aún más
tensa, por algunos acontecimientos internacionales de particular gravedad fuera
del área europea; y mientras tanto, a la prolongación de una crisis económica
pesante y generalizada se añade la acentuada carrera a los armamentos que,
además de gastar recursos útiles en otros campos, pone en riesgo todo resto de
confianza, que es lo único en lo que se puede esperar para encaminar tentativas
de diálogo y negociación.
El Acta Final reconoció "el interés que revisten los esfuerzos
que tienden a reducir el riesgo de una confrontación militar y a promover el
desarme", como elemento indispensable para la distensión política. Este punto es
particularmente importante para la paz. En efecto, ese "código de la cortesía"
que el Acta Final prevé con las notificaciones previas de maniobras militares y
de movimientos militares, y otras más del mismo género, tendrá efectos positivos
en orden a mantener la confianza solamente si al mismo tiempo no aumentan los
armamentos o, mejor aún, si se reducen. En cambio, en estos cinco años la
carrera de los armamentos, tanto estratégicos como convencionales, se ha
acelerado progresivamente: éste es uno de los factores que pesa negativamente
sobre el "proceso de Helsinki", porque entre los 35 participantes, mientras
algunos están casi o totalmente desarmados, otros continúan acumulando un
conjunto de medios de destrucción cada vez más elevado y sofisticado. Como ha
advertido el Sumo Pontífice Juan Pablo II en el discurso a la Asamblea General
de la ONU, quien dispone de estos medios de muerte demuestra que quiere estar
preparado para la guerra y "estar preparados significa poder provocarla". El
rearme que se está realizando es el primer punto vistosamente negativo del
balance del Acta Final y es también un gran interrogante de responsabilidad que
se pone para el examen de las propuestas en la reunión de Madrid.
Lo mismo ha sucedido con la distensión política. Esta no podía,
ni puede, ser sólo una expresión verbal, sino que debe inspirar una lealtad
mutua de comportamientos y relaciones, incluido un autocontrol responsable en
las controversias y en los conflictos, que sepa acoger y posiblemente componer
en acuerdo, las exigencias de las otras partes.
Además, el Acta Final reconoce que entre la paz y la seguridad
en Europa y en las del mundo entero existe una unión estrecha: el proceso de
distensión, por tanto, debe aplicarse también a todas las áreas geográficas, en
las que los mismos protagonistas del diálogo en Europa lleguen a enfrentarse en
contraste de diverso tipo, directos o mediatos, con juegos, a veces, mutables,
de alianzas, para perseguir los propios intereses. Si la seguridad es
indivisible, también debe serlo la distensión.
El tercer factor de la crisis es el humano. La amenaza de la
destrucción que proviene de la carrera de los armamentos provoca una profunda
perturbación en los espíritus: ¡No puede haber paz bajo la pesadilla del terror!
Pero también las ásperas contraposiciones ideológicas, la dureza represiva hacia
los disidentes, las tensiones provocadas por formaciones que se constituyen cada
vez que se enciende una hoguera de crisis, provocan reacciones de resentimiento,
de hostilidad, a veces incluso de odio, que se transforman en multiplicadores
humanos de las mismas tensiones y empeoran las relaciones ya difíciles entre los
Estados.
Este factor humano de la paz a menudo no se valora
suficientemente. Sin embargo el Acta Final de Helsinki dedicó algunas de sus
cláusulas más significativas a determinados aspectos humanos —los contactos
entre las personas, las reuniones entre familias, matrimonios entre ciudadanos
de Estados diferentes, los viajes, el turismo, los encuentros entre jóvenes—.
También el incremento en todo el amplio sector de las informaciones, los
intercambios culturales y científicos, ¿no tiene, quizá, como finalidad un
enriquecimiento mutuo de personas a personas, de grupos a grupos, que afecta a
la comprensión y la amistad entre los pueblos? Y la tutela de las minorías
nacionales, de los trabajadores emigrantes, del ambiente de vida, ¿no tiene como
objeto al hombre en sus aspiraciones, necesidades y actividades?
No es fácil, en esta materia, hacer un balance pormenorizado.
Cada país participante puede poner de relieve ciertos resultados y lamentar las
carencias u ocasiones fallidas. La Santa Sede tiene una experiencia propia en el
sector humanitario, aunque sólo fuera por las múltiples y apremiantes demandas
que recibe, de personas, familias, grupos de diversa naturaleza, que invocan
continuamente la aplicación en su favor de los compromisos del Acta Final, y a
cuyo favor ella actúa en los límites de sus posibilidades.
Sin embargo, el aspecto central del "factor humano" está
representado, en el Acta Final, por el VII Principio que se refiere al respecto
de los derechos del hombre y de las libertades fundamentales, incluida la
libertad de pensamiento, de conciencia, religión o credo. Sobre todo allí donde
se proclama "el significado universal" de estos derechos, cuyo respeto es
definido como "factor esencial de la paz, de la justicia y del bienestar
necesarios para asegurar el desarrollo de relaciones amistosas y de la
cooperación" entre los Estados participantes, "así como entre todos los
Estados", la Conferencia de Helsinki encontró uno de sus puntos ideales más
elevados:
— "Significado universal", en efecto, quiere decir que estos
derechos tienen valor para todos los países, cada Estado se compromete por su
honor a ponerlos en práctica, y el interés de los demás por esta puesta en
práctica no puede considerarse una ingerencia indebida;
— "factor esencial de la paz, de la justicia y del bienestar"
quiere decir considerar al hombre protagonista de los más altos valores de la
vida social y de las relaciones internacionales mismas.
Y puesto que todos los Estados participantes se comprometen a
contribuir a la promoción del ejercicio efectivo de los derechos humanos, la
Santa Sede, de acuerdo con su misión, ha creído su deber dar —ya desde las
consultaciones preparatorias de Dipoli, en Helsinki en 1972-73 — una aportación
específica en favor de la libertad de conciencia y de religión.
Con tal finalidad, siguiendo las orientaciones del Sumo
Pontífice Pablo VI, el Santo Padre Juan Pablo II ha querido, mientras se
acercaba la reunión de Madrid, dirigir a todos los jefes de Estado de los países
firmantes del Acta Final una carta personal, acompañada de un documento especial
que contiene una amplia reflexión acerca de los contenidos de la libertad de
conciencia y de religión. Este documento se pone hoy a disposición de las
delegaciones y de la prensa para que pueda ser conocido y estudiado.
La iniciativa del Sumo Pontífice se propone ofrecer una síntesis
de todos los elementos de la libertad religiosa, como resultan de la experiencia
universal de la Iglesia católica, puestos de relieve no sólo para sí misma y
para sus fieles, sino para los creyentes de otras religiones, y para la
conciencia religiosa del hombre en general.
En la época en que vivimos, la libertad religiosa se menciona en
todas o casi todas las Constituciones de los Estados, y en importantes
documentos de carácter internacional, pero su contenido no está precisado de
manera suficiente o uniforme. Además, en la escala de las necesidades del
hombre, ¿cuál es el lugar reservado a la exigencia religiosa? Y eso que es una
realidad que toca la profundidad del ser de las personas, en cuanto que se
dirige a dar una respuesta a los interrogantes fundamentales de la existencia, y
a ofrecer determinados valores y significados primarios para el hombre, como la
verdad y el amor, la igualdad y la justicia, el sentido del sacrificio y del
dolor, el porqué del vivir y del morir.
El documento del Papa Juan Pablo II ofrece un parámetro
adecuado, para poner a disposición una base amplia y sólida, susceptible de
iniciativas apropiadas en favor de una justa libertad para el ejercicio de las
actividades religiosas y morales, en el pleno respeto de los derechos de los
demás miembros de la sociedad, creyentes o no creyentes, y de las demás
confesiones religiosas. Este acercamiento constructivo tendría que alentar a un
diálogo con todos los países interesados.
De los varios aspectos de la libertad religiosa brota una
especie de radiografía, positiva o negativa, de las situaciones de cada país,
algunas de las cuales hay que reconocer que ponen interrogantes angustiosos:
¿por qué a determinadas Iglesias no se les consiente la facultad legal de
existir a la par que otras confesiones religiosas?, ¿por qué las familias no
pueden disponer libremente la educación de sus hijos en la fe que profesan?,
¿por qué entre los jóvenes que sienten una llamada al sacerdocio o a la vida
religiosa sólo algunos son autorizados a entrar en un seminario o en un
instituto de formación?, ¿por qué determinadas diócesis no pueden tener
libremente un Pastor elegido por la Santa Sede y, en otros casos, los Pastores
no son siempre libres de ejercer su ministerio?
El hecho de poner estos interrogantes no significa que no se
reconozca que, en algunos casos, se ha registrado una mejora, más aún, una
tendencia a hacer más normales graves situaciones anteriores; pero falta aún ese
"salto de calidad" que vuelva a llevar la libertad religiosa al nivel que
merece.
Una reflexión atenta consiente ver que la libertad religiosa
puede coexistir con sistemas sociales diferentes; la Iglesia pide sólo espacio
para la vida del espíritu. Se da cuenta de que, también en sociedades permisivas
inspiradas sobre todo en criterios hedonistas, la religiosidad del hombre puede
encontrar dificultades no tanto por la falta de libertad, cuanto por el asalto
de falsos espejismos: hay, a veces, un deterioro moral que hace difícil a las
personas conquistar su propia libertad interior. Pero no es menos cierto que los
sistemas que niegan, o limitan grandemente, la libertad religiosa privan al
hombre de derechos fundamentales y se privan a sí mismos del beneficio de una
cierta aportación también humana; porque la fe religiosa no se dirige solo al
culto de Dios, sino que educa a las personas a un sentimiento auténtico de
igualdad y fraternidad.
Por otra parte, la libertad religiosa —como pone de relieve Juan
Pablo II en el documento— no puede ejercerse más que de manera responsable, es
decir, de acuerdo con los principios éticos, y en el respeto de la igualdad y la
justicia, las cuales pueden ser reforzadas a través de un diálogo de la sociedad
civil con las instituciones que, por su naturaleza, están al servicio de la vida
religiosa.
Señor Presidente:
La iniciativa de la Santa Sede quiere ser, pues, una invitación
abierta y franca a un diálogo serio y constructivo sobre un tema que toca
profundamente las aspiraciones y las expectativas de millones y millones de
personas. Tenemos la esperanza de que pueda encontrar una buena acogida y
permita sacar algunas conclusiones positivas en el ámbito de la reunión de
Madrid.
Con este gesto la Santa Sede muestra su confianza, más allá de
las dificultades que experimenta esta reunión, en la posibilidad de que aquí en
Madrid se realice un paso adelante en el proceso comenzado en Helsinki.
El mismo auspicio favorable lo formulamos para las demás
propuestas constructivas que son o serán sometidas al examen de esta reunión.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n. 51 p.18, 19.