La Santa Sede se siente honrada de participar en la Conferencia
internacional de las Naciones Unidas sobre la Población con el fin de considerar
las tendencias y políticas de población y sus implicaciones para el futuro de
toda la familia humana, junto con los Estados miembros, los Observadores y las
Agencias y Organizaciones internacionales. La Santa Sede desea aportar a estos
encuentros y discusiones una perspectiva ética o moral en los problemas que se
encuentran bajo consideración. El punto de vista de la Santa Sede obviamente se
modela según su convicción de fe que subraya que el universo y cada ser humano
han sido creados por Dios que cada persona ha sido redimida por Jesucristo, y
que por la providencia de Dios goza de una existencia temporal y un destino
eterno. Además, consecuente con esta convicción, la Santa Sede también se
inspira en la comprensión de la persona humana y de su inclusión en la sociedad
que es profundamente humanística, esto es, que se enfoca en la persona integral,
respetando todas las capacidades humanas y sus potencialidades y respetando así
la necesidad de crear una comunidad global donde todos puedan vivir en verdad,
justicia y paz. En una palabra, se trata de un compromiso “por hacer la vida más
humana” para todos. En esta perspectiva, la Iglesia católica, enteramente libre
de condicionamientos políticos, económicos o ideológicos, desea prestar un
servicio al hombre y a la comunidad internacional cumpliendo su misión profética
para el bienestar de la persona y de la humanidad.
La Santa Sede reconoce la complejidad de las cuestiones
implicadas en asuntos de población, así como su seriedad para el momento
presente y para el futuro. Siendo consciente de que estos asuntos, si es que se
quieren resolver satisfactoriamente para el bien de la humanidad, tienen que ser
abordados desde una perspectiva ética, desea llamar la atención en primer lugar
sobre algunos de los valores básicos implicados en nuestras discusiones: lo
sagrado de la vida humana y su transmisión, la dignidad e importancia de cada
persona, la inviolabilidad de todos los derechos humanos, el valor del
matrimonio como la institución natural a la que se le ha encomendado
exclusivamente la transmisión de la vida, y la necesidad de un compromiso global
para la justicia social y el desarrollo socio-económico. A la luz de estos
valores —universalmente reconocidos por los pueblos de diferentes culturas,
religiones y bases nacionales—, se deben evaluar todas las políticas y
estrategias.
En la Conferencia mundial sobre la Población de 1974, la Santa
Sede no se asoció al consenso respecto a la adopción del Plan de acción de la
población mundial. Aunque tomó parte activa en la Conferencia de Bucarest y
apreció mucho lo contenido en el Plan de acción, se sintió seriamente preocupada
por las corrientes de reflexión que subyacen al documento, especialmente las
referentes a la familia, al respeto por la vida y al recurso indiscriminado a
los medios para en control de la natalidad. Las cuestiones implicadas eran, y
todavía son, cuestiones que conciernen a aspectos fundamentales de la
comprensión básica de la persona.
A la luz de esta posición, la Santa Sede ha estudiado las
Recomendaciones para el ulterior desarrollo del Plan de acción de la población
mundial y presenta las siguientes observaciones:
La Santa Sede ha estudiado cuidadosamente los eventos
demográficos y sus proyecciones tras la Conferencia mundial sobre la Población
de 1974 en Bucarest y ha tomado parte en los encuentros preparatorios para la
presente Conferencia a lo largo del año pasado. Muchas de las proyecciones más
pesimistas del pasado, no se han realizado, y se han desarrollado ciertas
corrientes que no se habían previsto. Es cierto que el mundo todavía está
abocado a una diversidad de problemas de población específicos de varias
regiones y naciones, con frecuencia relacionados con el proceso integral de
desarrollo. Sabemos que, en general, la tasa de crecimiento de la población
mundial ha declinado. al igual que las tasas de fertilidad y mortalidad. En
algunas naciones desarrolladas las tasas de población crecen, a la vez que la
fertilidad ha caído a niveles alarmantemente bajos, con un correspondiente
aumento en la proporción de personas ancianas; en cambio, en algunas naciones en
desarrollo, la tasa de crecimiento permanece muy alta. Hemos constatado mejoras
en la recolección de datos y en los análisis, y se han extendido los censos a un
número cada vez mayor de países, pero al mismo tiempo la experiencia nos
advierte sobre la complejidad e incertidumbre de la proyección a largo plazo.
Las Recomendaciones para el ulterior desarrollo del Plan de
acción de la población mundial nos dicen que la base para resolver los problemas
de la población es la transformación socio-económica, y que las políticas de
población deben ser parte de las políticas generales del desarrollo
socio-económico y no substituirlo.
La Santa Sede quiere subrayar fuertemente que en todas las áreas
de desarrollo, y particularmente en la política para la población. que incide en
aspectos de la conducta humana profundamente ligados con la naturaleza y la
felicidad de la persona, es necesario realizar un análisis crítico de las
diversas teorías del desarrollo y confrontarlas desde sus bases más profundas.
Las políticas de población y las políticas de desarrollo, de las cuales las
primeras son parte, se dirigen hacia el bienestar de las personas individuales y
hacia el bien común.
La dignidad y bienestar de la persona constituyen una parte
central del fundamento sobre el cual se construyen las políticas de población.
Consecuentemente la Santa Sede hace notar que el bienestar tanto material como
espiritual de la persona debe ser tomado en cuenta en el proceso del desarrollo,
porque los valores espirituales dan el sentido del progreso material, de los
avances técnicos y de la creación de estructuras sociales y políticas que sirven
a la comunidad de personas que llamamos sociedad. Los valores espirituales
capacitan a la gente para ver la dignidad real de los bienes materiales, para
así trabajar por obtenerlos sin sacrificar otros valores, y gozar de la vida
aunque se carezca de algunas ventajas materiales. El desarrollo socio-económico,
entonces, no es simplemente cuestión de una filosofía económica o de estrategia,
sino que es más bien un proceso continuo que respeta el valor v la
individualidad de cada persona, y en el que cada persona es libre de asumir la
responsabilidad de su propio destino y crecimiento.
Sin embargo, la persona no es absolutamente autónoma, aislada de
las demás. Cada persona es miembro de alguna, a veces varias comunidades —la
familia, la comunidad tribal, la vecindad, la comunidad social y religiosa, la
comunidad nacional y la global—. Al mismo tiempo, cada persona tiene
responsabilidades hacia la comunidad. Se pretende que el desarrollo
socio-económico ensanche la base para un compartir equitativo y un
aprovechamiento apropiado de los bienes materiales. El progreso científico y
tecnológico debe encontrar nuevos caminos para hacer ello posible a un siempre
creciente número de gente; no simplemente para que sobrevivan, sino para que
vivan juntos en dignidad, en unidad social, armonía y paz. Esto requiere una
cooperación internacional, especialmente en asuntos económicos, en la tecnología
y en el diálogo entre las naciones, en la constante investigación y
descubrimiento de nuevos caminos para asegurar el desarrollo y el progreso para
todos. Considerar todo el progreso como dependiente de una disminución de la
población acusa una cortedad de visión y una quiebra de vigor que con frecuencia
resulta de políticas o iniciativas que violan la dignidad humana y amenazan el
bien común. Por el contrario, a la luz de las grandes disparidades entre pobres
y ricos, es un reto a la comunidad global ir tras la justicia social y encontrar
nuevos caminos para acelerar el proceso de desarrollo para ayudar a todas las
naciones en el desarrollo de sus recursos —humanos y materiales—, y realizar un
sistema económico internacional apropiado que se abra a todas las naciones a fin
de que participen en él libre y equitativamente, con el debido respeto a sus
tradiciones culturales y diferencias.
La Santa Sede expresa su preocupación en cuanto al
establecimiento de metas cuantitativas del crecimiento de la población. Siempre
hay el peligro de que la consecución de estas metas, especialmente en términos
de disminución de la población o de la tasa de fertilidad, sea usada como una
condición para la asistencia económica. La ayuda económica bilateral o
unilateral para el avance de los pueblos jamás debe condicionarse a una
disminución demostrada de la tasa de natalidad, o hacerla depender de la
participación en los programa de la planificación familiar.
Las recomendaciones reconocen la disminución en todo el mundo de
la mortalidad y proponen un número de medidas específicas para una ulterior
reducción de la morbilidad y de la mortalidad. La dignidad de la persona y el
valor de la vida humana exigen estrategias para mejorar la salud y para asegurar
un despliegue más amplio de la vida. La Santa Sede está de acuerdo en que se
sigan haciendo esfuerzos para controlar las enfermedades infecciosas y
contagiosas para mejorar lo sistemas de nutrición y de cuidado de la salud y
para asegurar mayor acceso, a adultos y a niños, tanto para el mantenimiento de
la salud, como para sus cuidados primarios. De particular importancia son los
programas para reducir la mortalidad maternal e infantil, y para asistir al
desarrollo físico y psicosocial de los niños en sus primeros años.
La familia, basada en el matrimonio, es la unidad básica de la
sociedad que el Estado debe proteger jurídicamente, mantener y nutrir. Al mismo
tiempo, la familia es una comunidad de amor y solidaridad, la única equipada
para transmitir los valores culturales, éticos, sociales, espirituales y
religiosos, esenciales para el desarrollo y bienestar de los propios miembros de
la sociedad. Al status y al papel de la unidad familiar hay que darle el máximo
reconocimiento y los Gobiernos deben establecer políticas sociales apropiadas
que enfaticen los beneficios que resultan para la pareja individual y para la
sociedad de la estabilidad en el matrimonio.
De hecho, no es posible tratar seriamente del problema de la
población, o indicar propuestas válidas para una solución a los problemas que
incluye, si se prescinde de la institución de la familia. Las Recomendaciones
mencionan el papel irreemplazable de la familia a la que el Plan de acción para
la población mundial reconoce como “la unidad básica de la sociedad”, y se
refieren a otras importantes funciones de la familia. Desafortunadamente, esta
afirmación de principios no ha sido tomada de forma consistente y en detalle por
las Recomendaciones. De hecho, en algunos puntos la afirmación de un principio
es más tarde negada o contradicha. El concepto fundamental que subyace en el
texto está en realidad marcado por un notable individualismo. La noción profunda
de la planificación familiar se falsifica cuando se usa y se aplica no sólo a
las parejas recién casadas, sino también a los individuos y aun a los
adolescentes solteros.
En este contexto la Santa Sede llama la atención sobre la
redacción de las Recomendaciones respecto a las decisiones responsables
relativas a espaciar y limitar los nacimientos. Antes de la Conferencia de
Bucarest, la decisión se había reconocido como prerrogativa de las parejas
casadas en el ejercicio de su paternidad responsable. El Plan de acción para la
población mundial habla de “individuos y parejas”, por tanto, da carácter
oficial a un punto de vista que acepta la intimidad sexual y la paternidad como
algo legítimo para individuos no casados. Actuando así, disminuye la posición
especial y exclusiva que pertenece al matrimonio y a la familia. Más aún, hasta
cierto punto, la incidencia creciente de la actividad sexual extra matrimonial y
el embarazo fuera del matrimonio durante la última década, especialmente en los
países desarrollados, se puede atribuir a la ausencia de principios éticos
universalmente reconocidos que dan exclusividad al matrimonio como el único
lugar en donde tanto la intimidad sexual como la paternidad se llevan
responsablemente a cabo.
La Delegación de la Santa Sede invita a la Conferencia a
reflexionar sobre las consecuencias de este grave atentado a la institución
familiar. Los programas de desarrollo que contribuyan de cualquier manera a
debilitar la institución familiar o que violen los derechos inalienables de la
familia, no conducirán al desarrollo humano auténtico sino más bien a un
debilitamiento del tejido social y cultural, y a la alienación de la persona en
una de las principales dimensiones de su humanidad. Algunas sociedades ya están
enfrentándose con los perniciosos efectos de este debilitamiento de la familia
con las serias consecuencias que conllevan para las parejas casadas,
especialmente para las mujeres y los niños.
A la luz de esta situación, la Santa Sede ha publicado y
difundido recientemente una Carta de los Derechos de la Familia, con la
intención de reafirmar los derechos esenciales de la institución de la familia.
En particular es un deber preciso de los Gobiernos crear
condiciones que capaciten a las parejas para ejercer responsablemente su derecho
fundamental de formar familia, de engendrar y alimentar a sus hijos, sin
coerción o presión para conformarse al modelo de la familia pequeña o limitar su
capacidad de engendrar a uno o dos hijos por familia. Es un derecho de la pareja
casada tomar en común una decisión libre y consciente, de acuerdo con los
principios morales objetivos, en orden a espaciar los nacimientos y el número de
hijos. Esta decisión ha de basarse en el conocimiento de sus responsabilidades
con Dios, consigo mismos, con sus hijos, con su familia y con la sociedad. Al
llevar a cabo estas decisiones, las parejas han de poder contar con esos métodos
moralmente lícitos de planificación familiar que están de acuerdo con la
dignidad de la persona y con la expresión auténtica del amor conyugal. Es
función de los Gobiernos y de las Organizaciones internacionales asistir a las
parejas casadas creando un orden socio-económico que conduzca a la vida
familiar, a engendrar y alimentar a los hijos, e informando cuidadosamente sobre
la situación demográfica, de manera que las parejas puedan asumir adecuadamente
sus deberes y responsabilidades. Las parejas deben ser protegidas de toda forma
de coerción, como por ejemplo la pérdida de los beneficios de salud o asistencia
educacional para las madres y los hijos, beneficios fiscales o imposición de
penas por tener mayor número de hijos. Deben ser también protegidas de ciertas
presiones sutiles que resultar de la propaganda de campañas contra la natalidad
o de las cuotas asignadas al personal que trabaja en la planificación familiar
de nuevas parejas que hayan aceptado la limitación de la natalidad. La libertad
de las parejas pobres se limita con frecuencia si se les ofrece incentivos que
atraen, a corto plazo, pero que a la larga son peligrosos para la estabilidad
familiar y para la unidad conyugal.
La Santa Sede expresa también su oposición, por principios
fundamentales de moral, al aborto, a la esterilización y a la contracepción.
Entre todos los derechos humanos, el más fundamental es el del
derecho a la vida misma: la vida humana debe ser respetada y protegida desde al
momento de la concepción, y el aborto, que es la destrucción de una vida humana
dentro de sus primeras etapas de desarrollo, no se debe permitir ni como una
estrategia demográfica, ni como una manera de tratar con problemas relativos al
embarazo. La práctica del aborto de hecho no se ha frenado por la introducción y
distribución masiva de anticonceptivos. En efecto, el aborto constituye hoy un
problema de tal gravedad para la conciencia de los hombres, que la sociedad no
debe ni ignorarlo ni ocultarlo. El problema no debe dejar indiferente a esta
Conferencia. A pesar de las afirmaciones en contrario, y con frecuencia
contrariamente a las explícitas formulaciones de la legislación nacional, el
aborto se usa más y más como una parte integral de los programas de
planificación familiar, más aún, financiado por Gobiernos y Organizaciones
internacionales. La Santa Sede hace un llamamiento a todos los Gobiernos y a
todas las Organizaciones internacionales para que sostengan clara y
explícitamente el valor, la inviolabilidad y la dignidad de la vida humana desde
el momento de la concepción y, por tanto, para que prohíban y excluyan el aborto
—no sólo en teoría sino también en los hechos— como elemento integrante de la
planificación familiar.
La esterilización y la contracepción han de considerarse también
como moralmente ilícitas porque, con su uso, la unión natural entre intimidad y
procreación se viola, y es esta conexión natural la que da el significado a la
sexualidad humana como una expresión única y exclusiva del amor conyugal. El
Plan de acción y las Recomendaciones presentadas a esta Conferencia no hacen
referencia explícita a la esterilización, que, en estos 10 años a partir de
Bucarest, se ha ido usando más y más en los programas de planificación familiar
en muchas naciones. La Santa Sede se ha opuesto constantemente a la práctica de
la esterilización, porque tiene como finalidad destruir una de las más grandes
prerrogativas de la persona, la capacidad de procrear, y porque se usa muy
fácilmente como una medida demográfica, violando los derechos humanos,
especialmente entre los pobres e ignorantes. La Santa Sede urge a esta
Conferencia a que encuentre medidas seguras que protejan a todos, y
especialmente a las mujeres —que son las más vulnerables— de cualquier presión o
coerción para que se sometan a la esterilización.
Es bien conocido que la Iglesia católica siempre se ha opuesto a
la contracepción calificándola de moralmente ilícita. Esta posición no ha
cambiado, sino que ha sido reafirmada con nuevo vigor.
La Santa Sede apoya las propuestas en las Recomendaciones que
ofrecen acceso a la planificación natural de la familia y que sugieran que los
Gobiernos deben en este campo dar asistencia concreta a las parejas, que
respetan los valores religiosos y culturales, al tomar sus decisiones
responsables en orden a distanciar los nacimientos. Recientes estudios
científicos subrayan la validez y viabilidad de los métodos naturales más
nuevos, y las técnicas pedagógicas han sido desarrolladas de manera que se
pueden poner en práctica y armonizar correctamente con las diversas culturas.
Las mujeres adquieren una mejor comprensión y aprecio de su sexualidad a raíz de
su instrucción sobre los métodos naturales, y las parejas que se comprometen en
la planificación natural de su familia, fortalecen su comunicación su respeto
mutuo y comparten su responsabilidad con relación a la paternidad.
En cuanto a la conciencia, como también en cuanto al valor de
estos métodos naturales para favorecer la estabilidad matrimonial, se requiere
acceso a la instrucción, como se requiere también para el uso adecuado de dichos
métodos. Es muy útil la investigación continua para entender mejor el ciclo de
la fertilidad femenina.
En lo que respecta a la vida familiar y a la educación sexual,
la Santa Sede llama la atención sobre el derecho de los padres a comunicar
valores y establecer reglas de conducta para sus hijos en el contexto de
principios éticos y en el compromiso de la vida familiar. Los programas
educacionales, ya sea en las escuelas o bajo los auspicios de agencias
voluntarias, deben respetar los derechos paternos y deben realizarlos sólo bajo
la supervisión y con la participación de los padres. La educación en la
paternidad responsable y el impartir información sobre la planificación familiar
a los hijos, es también primariamente un derecho y responsabilidad paternos. Dar
esta información y estos servicios en escuelas o mediante otras agencias,
generalmente cae en el defecto de no comunicar valores y normas éticas, y con
frecuencia avala una conducta sexual en conflicto con los principios y valores
establecidos por los padres. Estos programas no deben ser establecidos o
recomendados por Gobiernos o autoridades públicas.
La Santa Sede ha luchado siempre por una promoción adecuada,
social y personal, de la mujer, para garantizar su dignidad de mujer y para
proveer al desarrollo humano genuino de las futuras generaciones. Al apoyar
programas cuya finalidad sea la promoción de la mujer, en todas las áreas de su
vida, es importante recordar que esta promoción no se identifica exclusivamente
con su trabajo fuera del hogar. Hay que dar un reconocimiento adecuado a la
maternidad y al trabajo de las madres en el hogar por su valor para la mujer
misma, para la familia y para la sociedad, no solamente a nivel material, sino
también en otros sectores, particularmente en el campo de la educación.
Hay que dotar a las madres de todo lo necesario en materia de
protección social y asistencia durante su embarazo y por un tiempo razonable
después del parto, de manera que puedan estar con sus hijos durante este período
vital para su desarrollo. La educación de la mujer, y particularmente de las
madres, es uno de los determinantes críticos de la salud, bienestar y desarrollo
de los niños. Las madres deben recibir la formación necesaria, de tal manera que
puedan llevar a cabo sus funciones en las áreas de la educación, alimentación y
cuidado primario de la salud, con competencia y satisfacción. Las políticas
deben dirigirse a reducir el trabajo pesado que las mujeres tienen que
desempeñar en algunas sociedades, tanto desarrolladas como en vías de
desarrollo, y los programas de educación para los padres, los que deben conducir
a asumir plenamente su papel de colaboración efectiva en la familia y en los
deberes y responsabilidades paternos.
La Santa Sede reconoce las dificultades implicadas en los
modelos de migración nacional e internacional, y urge para que sean reconocidos
los derechos humanos de los migrantes y refugiados, así como de sus familias, y
para que sean también adecuadamente protegidos. Los migrantes y sus familias
tienen el derecho de ser respetados por su propia cultura y recibir ayuda y
apoyo para que libremente se integren a la comunidad y contribuyan a ella. En
particular los emigrantes trabajadores tienen el derecho de ver a sus familias
unidas con ellos tan pronto como sea posible.
En el área de migración interna se originan problemas especiales
por el éxodo de las áreas rurales y de las actividades agrícolas hacia las
grandes ciudades, con el consiguiente incremento de los problemas sociales
asociados con la rápida urbanización y frecuentemente con el decremento de la
agricultura, con efectos negativos en cuanto al suministro de alimentos y el
crecimiento económica. La Santa Sede apoya las sugerencias que, a la vez que
respetan los derechos de la libertad de movimiento, promueven el desarrollo
regional y rural y proveen de incentivos adecuados para quienes se ocupan de la
agricultura.
La Santa Sede apoya las Recomendaciones acerca del respeto y
reconocimiento del lugar y la función propia de las personas de edad en el
desarrollo de la sociedad. Ello obliga a que las políticas orientadas a asegurar
la salud, el bienestar y la seguridad de las personas de edad no deben limitarse
sólo a la asistencia económica y técnica. Debe estimular a todos a descubrir y
apreciar el papel de las personas de edad como protagonistas en la comunidad
social en la que deben ser consideradas como su parte integral y como agentes de
su desarrollo. Su ayuda a las familias más jóvenes y a otros miembros de su
familia, y su aportación voluntaria de tiempo, competencia especial y energía
personal, en muchos campos e intereses de la comunidad, son de un valor especial
para toda la sociedad.
Estas referencias a los problemas de sectores específicos de la
población centran de nuevo nuestra atención sobre el hecho de que, cuando
tratamos de estimaciones y tendencias en el campo de la población, estamos
tratando en primer lugar con gente. La información demográfica es importante,
porque nos informa acerca de eventos y tendencias que afectan a la vida y a la
seguridad futura de la gente que vive ahora y de las generaciones futuras, y
porque ilumina el significado de los factores demográficos en la búsqueda de un
futuro mejor en libertad y dignidad para todas las personas. Es una cosa
demasiado simple e irreal identificar políticas de población con control de
población: en el centro de las políticas de población está el bien, la salud y
el bienestar de la persona humana que debe considerarse siempre como un
participante activo en la vida de la sociedad, como un bien precioso que ha de
ser apreciado, y no como un mero objeto de políticas gubernamentales.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n°36 p.9, 10.