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INTERVENCIÓN DE MONS.
JEAN-LOUIS TAURAN,
Señor presidente: 1. Quisiera, en primer lugar, unirme a los oradores que me han
precedido para expresar al Gobierno y al pueblo de Austria la gratitud de la
Delegación de la Santa Sede por su generosa hospitalidad, pues venimos
experimentando, durante estos dos últimos años, su cortesía y cordialidad. 2. Señor Presidente: los 35 países participantes en la
Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa, se encuentran
reunidos de nuevo en Viena para proseguir y completar los resultados obtenidos
en Estocolmo en materia de confianza y seguridad militares e igualmente para
lanzar una nueva negociación, que deberá conducir al dominio de las armas
convencionales. La mira resulta ambiciosa y precisará de un clima de confianza
acrecentada. La confianza: ¡he aquí la palabra-clave de estos trabajos! La
opinión pública —y con más razón los diplomáticos— ven en ella —con toda
justicia— uno de los fundamentos de la paz. En efecto, la convivencia armoniosa entre las naciones es
posible cuando los Estados tienen confianza entre sí, hasta el punto de que no
necesiten recurrir a otras fuerzas armadas que las necesarias para asegurar la
defensa de sus ciudadanos. Si alguno de entre ellos procediera a algo que el
otro juzgase como un incremento significativo de su poder, inmediatamente
resultaría una desconfianza susceptible de ser invocada para justificar un
sobrearmamento. En el momento en que la unidad de los pueblos de Europa
experimenta un proceso positivo, es importante que se ponga en marcha todo
cuanto desarrolle un nuevo tipo de relaciones militares: — reforzar la confianza; — confirmar la transparencia de los dispositivos de las fuerzas
armadas; — disipar las causas de los desacuerdos; — aproximar las doctrinas y las políticas defensivas. Los 35 países participantes son parte interesada en esta gran
tarea y la Santa Sede está convencida, como lo escribía el Papa Juan Pablo II en
su
Mensaje a la Asamblea General de las Naciones Unidas reunida en 3ª Sesión
extraordinaria dedicada al desarme, en 1988, que “la reducción y eliminación de
las armas no son... más que el resultado visible de otro proceso de desarme, más
profundo, el de los espíritus y los corazones” (L’Osservatore Romano,
Edición en Lengua Española, 19 de junio, 1988, pág. 1). 3. La Conferencia de Estocolmo hizo surgir ciertos
procedimientos de verificación y de control que, según los participantes en la
reciente reunión de la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa
finalizada el 19 de enero último, han contribuido de modo notable a la
transparencia en el terreno militar. El resultado ha sido juzgado tan alentador
que “la filosofía” y otras modalidades de Estocolmo han sido recogidas,
mutatis mutandis, para ser aplicadas en el campo de la dimensión humana de
la Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa. Nosotros estamos aquí para prolongarlas y completarlas, pues es
cierto que la confianza no debe estar presente sólo en el comienzo del proceso
negociador, sino que debe acompañarlo hasta su conclusión. Sólo la confianza
permite atacar a las verdaderas causas de las tensiones y de los conflictos. Una vez asegurado este clima de comprensión, debería ser más
fácil la resolución de los desacuerdos existentes, la aproximación de las
doctrinas militares, así como evitar los riesgos de ataques sorpresa y, de modo
más inmediato, permitir un reajuste de las fuerzas presentes. Por ello, paralelamente a esta negociación a “35”, se
desarrollarán no lejos de aquí otras negociaciones, a “23” en esta ocasión,
sobre las fuerzas armadas convencionales en Europa. Aunque este ejercicio sea
autónomo, se desarrollará en el cuadro de la Conferencia sobre la Seguridad y la
Cooperación en Europa. No se podría consentir, evidentemente, el que un grupo
privilegiado de Estados tuviera la carga de la seguridad de todo un continente
ni, por otro lado, que las exigencias particulares de cada Estado en materia de
defensa no se tomaran debidamente en cuenta. Más todavía, la manera como se
pongan en práctica los mecanismos de información previstos para informar a los
otros “12” países, manifestará el grado de confianza que efectivamente existe en
Europa. El principal esfuerzo de estos trabajos, que por ahora se
desarrollarán a “23” tratará, como ya es sabido, sobre la reducción de las
desigualdades y de las fuerzas armadas de carácter defensivo. Sin embargo, es
evidente que no puede haber desarme sin confianza y viceversa: los progresos o
los retrocesos que se registren en el campo del desarme constituyen, en cierto
modo, el barómetro de la confianza. 4. Convencida de que esta confianza es el mejor agente del
desarme, la Santa Sede no se encuentra en este recinto como simple espectador.
“Desarmada”, trata de manifestar que la paz fluye esencialmente de una acción
moral. Hace apenas algunas semanas, el cardenal Secretario de Estado Agostino
Casaroli, dirigiéndose a la
Conferencia sobre
el Desarme de Ginebra, afirmaba: “Es aún más necesario llegar a un desarme
moral y político, para intentar suprimir, o al menos reducir lo más posible, al
mismo tiempo que las armas, los motivos que llevan a los hombres y a los pueblos
a recurrir a ellas: la voluntad de dominio y de opresión por una parte, y por
otra, el fundado miedo de ser objeto de una agresión en su propia existencia, en
los derechos y en los intereses vitales, en la propia independencia, en la
propia libertad, que es un bien más precioso que la misma vida”
(L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 26 de marzo, 1989, pág.
9). A nadie extrañará que los creyentes —y en particular los
cristianos— constituyan una “fuerza ideal” susceptible de infundir en todas las
sociedades este principio fundamental de benevolencia de diálogo y de
solidaridad, antídoto a la violencia, a la agresividad, a la dureza de lenguaje
o a las actitudes despreciadoras y sectarias de las que son objeto con demasiada
frecuencia las personas y los grupos. Al proporcionar a las relaciones humanas más respeto y verdad,
las comunidades de creyentes contribuyen a poner los cimientos de una
civilización en la que las naciones —y con más razón las naciones europeas a las
que, por su historia, el mandamiento de la caridad enseñado por Cristo no les
resulta ajeno— se reconozcan como parte interesada en un diálogo que siempre se
deberá perfeccionar y restablecer. En esta perspectiva, las medidas destinadas a acrecentar la
confianza deberían encontrar el modo oportuno y eficaz que permitiera conciliar
la causa de la paz con las legítimas exigencias de la soberanía y los derechos
de todas las naciones, pequeñas y grandes. 5. Señor Presidente: La Santa Sede se ha asociado a todos
aquellos que se han alegrado de que tras largas negociaciones —a veces arduas—
la reciente Reunión de Viena haya conseguido un Documento Final sustancial,
equilibrado y apremiante sobre tantos puntos. La validez del proceso de Helsinki y la convicción que en
despecho de las divisiones geopolíticas, existe un “ser unido” que congrega a
los europeos han sido afirmadas una vez más con vigor. Deseemos, pues, que los
trabajos que se inician, estos días experimenten benéficos efectos.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española
n°26 p.10. |
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