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VISITA OFICIAL DEL CARDENAL SECRETARIO DE ESTADO A PERÚ

HOMILÍA DEL CARDENAL TARCISIO BERTONE
EN LA CONSAGRACIÓN DE LA CATEDRAL DE CHIMBOTE
Y LA APERTURA DEL CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL

Sábado 25 de agosto de 2007

 

Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
ilustres autoridades civiles y militares;
señor embajador de Italia;
queridos hermanos y hermanas:
 

En un clima de intenso fervor religioso, celebramos hoy dos acontecimientos particularmente solemnes:  la dedicación de su iglesia catedral y la apertura del Congreso eucarístico nacional. Doy gracias a Dios que me brinda la oportunidad de compartir con ustedes esta profunda experiencia eclesial, y les dirijo un afectuoso saludo, junto con mis mejores deseos para todos. Saludo ante todo a su pastor, el querido obispo Ángel Francisco Simón Piorno, a los demás prelados, así como a los sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, catequistas, seminaristas y cuantos trabajan al servicio del Evangelio. Dirijo un deferente saludo a todas las autoridades civiles y militares presentes, con una mención especial para el señor embajador de la República italiana en el Perú, así como a toda la ciudad de Chimbote. En esta celebración tendremos un recuerdo especial para las víctimas, los heridos, las familias que han quedado sin casa y cuantos sufren a causa del terremoto que ha golpeado a su querido país. Con particular y fraterno cariño me siento muy cercano de todos y de cada uno, y a todos quisiera hacerles llegar sobre todo el cordial saludo, la solidaridad y la bendición consoladora de Su Santidad Benedicto XVI, quien, especialmente en estos días de gran preocupación y pena, sigue con paternal solicitud la vida de la Iglesia en Perú. Que la seguridad de su cercanía espiritual y material sirva de consuelo para quien ha sido de modo especial probado y para toda su nación.

El Congreso eucarístico nacional, que hoy comienza, es como una ideal "peregrinación" al Cenáculo para revivir el clima de la última Cena, cuando Jesús, celebrando la Pascua con los "suyos", anticipó místicamente en el Sacramento su muerte por nosotros en la cruz. Hoy se reúne idealmente en torno a la Eucaristía toda la Iglesia que vive en el Perú; entra espiritualmente en el Cenáculo para permanecer allí en oración y adoración. Se trata de una oportunidad extraordinaria para todos de vivir de nuevo el gran Misterio de la salvación. Sentimos resonar interiormente las palabras del Señor, que son el centro de toda celebración eucarística:  "Esto es mi cuerpo, que es entregado por ustedes... Esta copa es la alianza nueva sellada con mi sangre, que es derramada por ustedes" (Lc 22, 19-20). ¡Palabras de salvación, misterio de salvación! "La sagrada Eucaristía dice el concilio Vaticano II— contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo. Así, los hombres son invitados y conducidos a ofrecerse a sí mismos, sus trabajos y todas las cosas creadas junto con Cristo" (Presbyterorum ordinis, 5).

Sé que sus pastores, con la ayuda de los sacerdotes y de los otros agentes de pastoral, se preocupan con ahínco por promover el conocimiento y la práctica de la liturgia de la Iglesia, según el espíritu y las orientaciones del concilio ecuménico Vaticano II y de los documentos posteriores del Magisterio. Entre ellos, me gustaría recordar la exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis del Santo Padre Benedicto XVI, en la que subraya que nunca se puede dejar de educar a los fieles a una participación activa, plena y consciente en la santa misa. Al mismo tiempo, ustedes sienten intensamente la necesidad de incrementar y reforzar el sentido de la Eucaristía como centro de la programación pastoral, de la organización del apostolado, de la búsqueda de nuevas vías y formas de evangelización, del esfuerzo por inculturar la fe en la experiencia de la vida cotidiana. Nunca se insistirá lo suficiente en que la misión apostólica de la comunidad cristiana tenga en la Eucaristía su fuente principal y su corazón palpitante; y, por tanto, nunca se insistirá bastante en promover una adecuada valorización del domingo, el día del Señor. En efecto, en la actualidad va creciendo casi por todo el mundo una cultura consumista y secularizada, que amenaza con alejar a los fieles del deber de santificar el día del Señor mediante la participación en la Eucaristía. En la clausura del Congreso eucarístico nacional italiano, en mayo de 2005, Benedicto XVI quiso una vez más presentar "el domingo como "Pascua semanal", expresión de la identidad de la comunidad cristiana y centro de su vida y de su misión". Por eso es importante que se le preste una atención especial, para que conserve el lugar central en nuestra vida personal y en el de cada comunidad cristiana.

Además, el tema que se ha elegido para el Congreso eucarístico —"Cristo se ha entregado a sí mismo por nosotros, para que en él tengamos vida", con una clara referencia al tema de la reciente Conferencia general del Episcopado latinoamericano y del Caribe— es un antídoto eficaz contra los riesgos y las tentaciones de los particularismos, de los subjetivismos en la fe, en la vida moral y en la disciplina eclesial, así como también contra los peligros de la discordia, divisiones, fricciones y protagonismos exasperados, que hacen perder de vista el verdadero bien común. En efecto, entrar en intimidad con Jesús en la Eucaristía significa moverse en la lógica del pensar juntos, del amarse unos a otros, compartiendo cuando fuere necesario las cargas de los demás (cf. Ga 6, 2), privilegiando lo que une y contrarrestando lo que divide. Asistir a la escuela de la Eucaristía comporta, además, el esfuerzo por participar activamente en la vida de la Iglesia y la disponibilidad para contribuir al auténtico progreso de la sociedad civil y edificar juntos la civilización del amor. Al inaugurar este Congreso, pidamos al Señor que conceda a los miembros de cada comunidad —sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos— la gracia de obtener de esta fuerte experiencia eclesial una renovada, auténtica y vigorosa espiritualidad eucarística, que sea para cada uno estímulo para responder generosamente al llamado de Cristo en las diferentes vocaciones eclesiales y en los diversos ministerios y formas de apostolado, conservando siempre una sólida unidad y comunión entre todos.

El otro acontecimiento que hoy celebramos está íntimamente relacionado con el Misterio eucarístico, es decir, la dedicación de su iglesia catedral, puesta bajo la protección especial de la Virgen del Carmen y San Pedro Apóstol. Permítanme que me detenga brevemente sobre el sentido de este rito de la dedicación y sobre la importancia que reviste para el pueblo de Dios. En todas las diócesis del mundo la catedral es el lugar donde los fieles se reúnen en torno a su obispo, en algunas celebraciones significativas, para expresar y proclamar públicamente la propia fe y la unidad en Cristo y con Cristo. La catedral, precisamente porque está unida a la persona del obispo, se llama con razón "madre" de todas las iglesias de la diócesis. En efecto, "cada uno de los obispos es el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares" (Lumen gentium, 23). Por tanto, con todo derecho, "como vicarios y legados de Cristo, gobiernan las Iglesias particulares que se les han confiado, no sólo con sus proyectos, con sus consejos y con sus ejemplos, sino también con su autoridad y potestad sagrada, que ejercen, sin embargo, únicamente para construir su rebaño en la verdad y santidad" (ib., 27). Se comprende, pues, que la "cátedra" episcopal, que se encuentra en la iglesia que por ese motivo es llamada catedral, sea el punto de referencia para todo el pueblo de Dios de la diócesis. La enseñanza que el obispo, en comunión con el Sucesor de Pedro, imparte a los fieles desde ella es una orientación segura para ellos en el camino de la salvación eterna.

Por tanto, es fácil entender por qué en la catedral y por medio de ella se manifiesta la "comunión" de toda la Iglesia particular, unida al propio y legítimo pastor. Una comunión que se pone de manifiesto de manera especial en la celebración eucarística. Precisamente por eso el Concilio insiste en "que todos concedan gran importancia a la vida litúrgica de la diócesis en torno al obispo, sobre todo en la iglesia catedral, persuadidos de que la principal manifestación de la Iglesia tiene lugar en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, especialmente en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto a un único altar, que el obispo preside rodeado por su presbiterio y sus ministros" (Sacrosanctum Concilium, 41).

Veamos ahora brevemente las lecturas que se han proclamado y que nos ayudan a comprender lo que estamos viviendo. La primera está tomada del libro de Nehemías, un libro que narra el restablecimiento de la comunidad judía después de la destrucción de Jerusalén, la dispersión del pueblo y su destierro. Es, por tanto, el libro de los orígenes de una comunidad. El relato que hemos escuchado hoy se centra en dos grandes figuras:  un sacerdote, Esdras, y un laico, Nehemías, que representan respectivamente la autoridad religiosa y la autoridad civil de aquel tiempo. El texto describe el momento solemne en que, después de la dispersión, se restablece de nuevo oficialmente la pequeña comunidad judía. Es el momento en que se reitera la proclamación pública de la Ley, y todo se desarrolla en un clima de sencillez y pobreza. A la lectura del libro de la Ley, escrita en hebreo y traducida por los levitas al arameo, que era la lengua popular, algunos rompen a llorar movidos por la alegría de poder escuchar de nuevo en libertad la palabra de Dios, después de la tragedia de la destrucción de Jerusalén. Nehemías los instruye diciendo que aquel es un día de fiesta y que, para obtener fuerza del Señor, hay que estar alegres, regocijarse y agradecer los dones de Dios.

¡Cuántos recuerdos se agolpan en este momento! ¡Cuánto camino se ha recorrido en estos años! ¡Cuántos sueños, cuántos proyectos y quizás, como siempre, cuántas dificultades! Pero ahora se nos ofrece la oportunidad de proclamar y escuchar juntos la palabra de Dios en una hermosa iglesia, que irradia serenidad, recogimiento, alegría; una iglesia que quiere ser imagen de una fe fuerte, vivida en una comunidad compacta. Por tanto, demos gracias a Dios por sus dones y expresemos gratitud a quienes han sido artífices de la construcción de esta iglesia. Al mismo tiempo, hagamos el compromiso de convertir esta iglesia en un lugar donde se aprenda a escuchar la palabra de Dios, puesto que esta escucha es una escuela continua de vida cristiana.

La segunda lectura nos recuerda que sería un grave error si los fieles, llevados por el entusiasmo hacia un predicador, lo contrapusieran a otro. El edificio de la Iglesia tiene un único fundamento, Jesús; la comunidad tiene un único Maestro, Jesús. Todos los demás son colaboradores suyos. La comunidad viva —escribe el Apóstol— es más sagrada aún que el templo material que ahora consagramos; en efecto, los bautizados, las familias cristianas, son el verdadero templo, la verdadera casa de Dios, que alberga diversas actividades:  desde la liturgia a la catequesis, desde las obras de caridad a las misioneras y culturales. El esmero que ponemos en el edificio material —rociándolo con agua bendita, ungiéndolo con los óleos, llenándolo con la fragancia del incienso— ha de ser aún mucho mayor cuando se trata de hacer crecer el templo formado de piedras vivas, que es la comunidad de los bautizados.

Por último, la página evangélica se centra en la figura del apóstol Pedro. En ella se narra un coloquio entre Jesús y los suyos, entre Pedro y Jesús en particular, centrado en la persona de Cristo. Los hombres han vislumbrado algo en él; algunos piensan que es Juan el Bautista que ha vuelto a la vida; otros, que es Elías retornado sobre la tierra; otros aún, que es el profeta Jeremías. Pero Pedro, en nombre de los discípulos, declara que él es mucho más que un profeta:  es el enviado de Dios, el Hijo mismo de Dios. Y Jesús dice a Pedro: sobre ti edificaré mi Iglesia. Pedro se convierte en la piedra, la roca sobre la que está fundada la Iglesia. En este pasaje se presenta a Pedro íntimamente unido a Jesús, que es el único fundamento de la Iglesia:  Pedro es asociado a Jesús por su fe en el Hijo de Dios.

Así, una vez más, nos hallamos ante la proclamación de Jesús como fundamento de nuestra fe, fundamento de esta comunidad, como lo es de toda comunidad diocesana. Es Jesús lo que se anuncia en la liturgia de la Palabra; es él quien se hace alimento de los fieles en la Eucaristía. Todo —tanto en la iglesia edificio como en la Iglesia comunidad— habla de él, todo se refiere a él. El  cometido  de  los  obispos y de los sacerdotes, el objetivo de la acción apostólica de los laicos, es proclamar a Cristo como nuestro Salvador y como Hijo de Dios. Por tanto, en él y por él consagramos ahora esta iglesia a Dios Padre, invocando la protección de la Virgen del Carmen y de san Pedro. Pidamos al Señor que bendiga esta comunidad, que le pertenece, y que la haga crecer en la fe y en el amor; pidámosle que suscite en ella numerosas y santas vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras. Que en este día se haga realidad en nosotros la palabra final de la primera lectura:  "La alegría del Señor es nuestra fortaleza". Sí, queridos hermanos y hermanas, que la alegría del Señor sea nuestro apoyo y nuestra guía en el camino cotidiano. Que la intercesión de Nuestra Señora del Carmen, de san Pedro apóstol y de todos nuestros santos patronos nos obtenga este don. Amén.

 
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