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SOLEMNES CELEBRACIONES CONCLUSIVAS
DEL 90° ANIVERSARIO DE LAS APARICIONES
DE LA VIRGEN MARIA EN FÁTIMA
HOMILÍA DEL CARDENAL
TARCISIO BERTONE
Santuario de la Santísima Trinidad,
Fátima (Portugal)
Domingo 14 de octubre de 2007
Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio;
queridos hermanos y
hermanas:
Con esta solemne celebración concluye la misión que el Santo Padre me encomendó
de representarlo aquí, en Fátima, con ocasión del 90° aniversario de las
apariciones de la Virgen María a los tres pastorcillos, en Cova de Iría. Ayer,
como en aquel 13 de octubre de 1917, era sábado. Hoy nos reunimos de nuevo en
esta hermosa iglesia, que hace dos días tuve la alegría de dedicar a la
Santísima Trinidad, para celebrar la Eucaristía en el día del Señor, pascua
semanal.
Acabamos de escuchar las palabras del apóstol san Pablo: "Acuérdate de
Jesucristo, resucitado de entre los muertos, descendiente de David" (2 Tm
2, 8). El domingo, cada domingo, nos renueva esta exhortación, y nosotros damos
gracias a Dios porque nos da la posibilidad de volverla a escuchar hoy aquí, en
Fátima, lugar escogido por la Virgen para transmitir, mediante los tres
pastorcillos, su mensaje maternal a la Iglesia y al mundo entero.
Deseo manifestar mi agradecimiento al obispo de Leiría-Fátima, y a sus
colaboradores, por la acogida que me ha sido dispensada como legado pontificio.
He podido constatar con alegría una vez más la profunda devoción al Sucesor de
Pedro que se respira en Portugal y de modo particular en esta tierra bendita.
Saludo a los obispos, a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas, a
las autoridades y a todos los peregrinos presentes. Saludo a los fieles que a
través de las conexiones televisivas se unen a nosotros desde Portugal, desde
Italia y desde otras partes del mundo. Saludo en especial a los feligreses de la
parroquia de Fátima y de las otras tres parroquias contiguas al santuario. A
todos y cada uno les transmito el saludo y la bendición de Su Santidad Benedicto
XVI, cuya voz podremos escuchar en el Ángelus, precisamente al finalizar esta
santa misa.
Queridos hermanos y hermanas, tratemos de comprender la palabra de Dios que se
acaba de proclamar. El evangelio habla del encuentro de diez leprosos con Jesús.
Los cura a todos, pero sólo uno, un samaritano, vuelve para darle las gracias y
es a este extranjero agradecido a quien dice: "Tu fe te ha salvado" (Lc
17, 19). Así pues, los diez leprosos fueron "curados" de su enfermedad, pero
sólo uno fue "salvado": aquel que por su fe glorificó a Dios y dio gracias a
Jesús.
San Lucas pone de relieve que el leproso salvado era un extranjero. También era
extranjero Naamán, jefe del ejército sirio y enfermo de lepra, del que habla la
primera lectura. Se curó cuando, obedeciendo a la palabra del profeta Eliseo,
fue a lavarse en las aguas del río Jordán. La palabra de Dios destaca, como
hemos cantado en el estribillo del Salmo responsorial, que "el Señor revela a
las naciones su salvación".
La apertura universal de la salvación y la fidelidad a Israel, que a primera
vista pueden parecer opuestas, son en realidad dos aspectos inseparables y
recíprocos del mismo misterio salvífico: precisamente la intensidad y la
firmeza del amor de Dios por el pueblo que eligió son las que convierten este
amor en una "bendición" para todos los pueblos (cf. Gn 12, 3). Esto se
manifiesta en el grado más alto en la cruz de Cristo, signo máximo de su entrega
a las ovejas perdidas de la casa de Israel y, al mismo tiempo, de la redención
de la humanidad entera.
La palabra de Dios que resuena en la liturgia de hoy en todo el mundo adquiere
un significado muy particular para nosotros que la escuchamos en este lugar
bendito, marcado hace 90 años por la presencia particular de María. Aquí todo
sigue estando iluminado por esta presencia espiritual, la cual nos ofrece
también una perspectiva de lectura del mensaje de las Escrituras, que podemos
sintetizar así: María fue preservada de la lepra del pecado, vivió en perenne
acción de gracias a Dios y se convirtió en icono de la salvación; ella, "llena
de gracia", es signo de la fidelidad de Dios a sus promesas, imagen y modelo de
la Iglesia, nuevo Israel abierto a todas las naciones; María participó
plenamente en el misterio pascual del Hijo: murió con él y vive con él,
perseveró con él y reina con él para siempre (cf. 2 Tm 2, 11-12).
La hermosa Señora se presenta a los pastorcillos resplandeciente de luz; pero en
sus palabras, y a veces también en su rostro, velado en parte por la tristeza,
es constante la referencia a la realidad del pecado; muestra a los niños su
Corazón inmaculado coronado de espinas, y explica que son necesarios su oración
y su sacrificio para reparar los numerosos males que ofenden a Dios, para que
cese la guerra y reine en el mundo la paz.
El lenguaje de María es sencillo, adaptado a los niños, pero no está dulcificado
ni es como el de las fábulas; más aún, con palabras muy realistas, los introduce
en el drama de la vida; les pide su colaboración y, al ver que Jacinta,
Francisco y Lucía tienen una disponibilidad generosa, les revela: "Entonces,
deberéis sufrir mucho, pero la gracia de Dios será vuestra fuerza" (Primera
aparición, 13 de mayo de 1917).
La Virgen escoge niños inocentes como colaboradores suyos privilegiados para
combatir, con las armas de la oración y la penitencia, el sacrificio y el
sufrimiento, la terrible lepra del pecado que corrompe a la humanidad. ¿Por qué
lo hace? Porque esto responde al método de Dios, el cual "ha escogido lo débil
del mundo, para confundir lo fuerte, (...) lo que no es, para reducir a la nada
lo que es" (1 Co 1, 27-28).
Podemos pensar en el ejemplo de tantos niños que han afrontado, y también hoy
siguen afrontando, el sufrimiento y la enfermedad con serenidad, consolando a
sus padres y a sus familiares en momentos de tan gran prueba. Entre estos
estupendos ejemplos de pequeños apóstoles de Cristo me complace recordar la
figura extraordinaria de Silvio Dissegna, un muchacho piamontés que murió de
cáncer a los doce años, cuya causa de beatificación ya está introducida.
Noventa años después de las apariciones, Fátima sigue siendo un faro de
esperanza consoladora, pero también un fuerte estímulo a la conversión. La luz
que María hizo resplandecer a los ojos de los pastorcillos, y que se manifestó a
tanta gente en el milagro del sol el día 13 de octubre, indica que la gracia de
Dios es más fuerte que el pecado y la muerte.
Sin embargo, María pide a todos conversión y penitencia; quiere corazones
sencillos, que acepten generosamente orar y sufrir para la reparación de los
pecados, para la conversión de los pecadores y para la salvación de las almas.
María espera la respuesta de todos sus hijos.
Queridos hermanos y hermanas, acojamos su invitación y permanezcamos fieles a
nuestra vocación cristiana. Ofrezcamos cada día fervientes oraciones,
especialmente el santo rosario, y nuestros sufrimientos, para la reparación de
los pecados y la paz en el mundo. Considerémonos pequeños y humildes hijos
suyos, deseo |