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MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI,
FIRMADO POR EL CARD. TARCISIO BERTONE,
A LOS PARTICIPANTES EN EL XXIX MEETING
PARA LA AMISTAD ENTRE LOS PUEBLOS
(RÍMINI, 24-30 DE AGOSTO DE 2008)

 

 

A Su Excelencia Revma.
Mons. Francesco Lambiasi
Obispo de Rímin

Con ocasión de la XXIX edición del "Meeting para la amistad entre los pueblos", que se va a celebrar en Rímini del 24 al 30 de agosto, me es grato hacer llegar a usted, a los organizadores y a cuantos participen en esa significativa manifestación, el cordial saludo de Su Santidad Benedicto XVI.

El título provocador del encuentro:  "O protagonistas o nadie", llama inmediatamente la atención. En verdad, eso es precisamente lo que intentan los organizadores:  hacer "reflexionar sobre el concepto de persona". ¿Qué significa ser protagonistas de la propia existencia y de la del mundo? La pregunta resulta hoy urgente, porque la alternativa al protagonismo parece ser a menudo una vida sin sentido, el gris anonimato de muchos "nadie" que se pierden entre los pliegues de una masa informe, por desgracia incapaces de emerger con un rostro propio digno de atención. Por eso, conviene enfocar mejor la pregunta, planteándola así:  ¿Qué es lo que da un rostro al hombre?, ¿qué es lo que lo hace inconfundible, asegurando plena dignidad a su existencia?

La sociedad y la cultura en la que estamos inmersos y de la que los medios de comunicación constituyen una fuerte caja de resonancia, están ampliamente dominadas por la convicción de que la notoriedad constituye un componente esencial de la propia realización personal. Muchos tienen como fin salir del anonimato, conseguir imponerse a la opinión pública con cualquier medio y pretexto. El poder político o económico, el prestigio conseguido en la propia profesión, la riqueza abiertamente mostrada, la notoriedad de las propias realizaciones, la ostentación incluso de los propios excesos..., todo esto se considera hoy pacíficamente como "éxito", como "logro" de la propia vida. Por ello, las nuevas generaciones ambicionan cada vez más profesiones y carreras idealizadas precisamente porque ofrecen una oportunidad para "aparecer",  para sentirse "alguien". El ideal al que aspiran está representado por los actores de cine, por los personajes y mitos de la televisión y del espectáculo, por los atletas, los jugadores de fútbol, etc.

Pero, ¿qué pasa con el que no accede a ese nivel de visibilidad social? ¿Qué pasa con el que es relegado al olvido o incluso aplastado por las dinámicas del éxito mundano sobre las que se ha apoyado la sociedad en la que vive? ¿Qué pasa con el que es pobre, inerme, enfermo, anciano o discapacitado; con el que no tiene talentos para abrirse camino entre los demás o no tiene medios para cultivarlos; con el que no tiene voz para hacer oír sus ideas o convicciones? ¿Cómo se considera al que lleva una vida oscura, sin relevancia aparente  para los periódicos y televisiones?

El hombre de hoy, como el de todos los tiempos, tiende a su propia felicidad y la busca donde cree que puede encontrarla. Ese es, por tanto, el verdadero interrogante que se oculta tras la palabra "protagonismo", que el Meeting propone este año a nuestra reflexión:  ¿En qué consiste la felicidad? ¿Qué es lo que puede llevar verdaderamente al hombre a conseguirla?

El Papa Benedicto XVI ha convocado para este año un jubileo especial dedicado a un "campeón" de la cristiandad de todos los tiempos, el fariseo de Tarso llamado Saulo, que tras haber perseguido encarnizadamente a la Iglesia de los orígenes, se convirtió al irrumpir la llamada del Señor. Desde aquel momento, sirvió a la causa del Evangelio con dedicación total, recorriendo incansablemente el mundo entonces conocido y contribuyendo a poner las bases de la que luego sería la cultura europea, conformada por el cristianismo.

Pocos hombres han mostrado una amplitud de conocimientos y una agudeza como los de él. Sus cartas manifiestan la fuerza explosiva de su personalidad apasionada y han atraído a millones de lectores, ejerciendo una influencia única sobre generaciones y generaciones de hombres, sobre naciones y pueblos enteros. A través de sus escritos, san Pablo no cesa de presentar a Cristo como auténtica fuente de respeto entre los hombres, de paz entre las naciones, de justicia en la convivencia. Todos nosotros, a dos mil años de distancia, podemos aún considerarnos "hijos" de su predicación, y nuestra civilización se sabe deudora de este hombre precisamente por los valores sobre los que se funda.

Y, sin embargo, la existencia de san Pablo está muy lejos de las candilejas y de los reconocimientos públicos. Cuando murió, la Iglesia que había contribuido a difundir era todavía una pequeña semilla, un grupo que las máximas autoridades del Imperio romano se podían permitir ignorar o tratar de aplastar en la sangre. La existencia de san Pablo, examinada en su cotidianidad, parece incluso atribulada, afligida por hostilidades y peligros, llena de dificultades que afrontar más que de consuelos y alegrías de las cuales disfrutar. Él mismo da un testimonio vivo en muchísimos pasajes de sus escritos. Por ejemplo, en la segunda carta a los Corintios dice:  "Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez apedreado; tres veces naufragué; un día y una noche pasé en el abismo. Viajes frecuentes; peligros de ríos; peligros de salteadores; peligros de los de mi raza; peligros de los gentiles; peligros en ciudad; peligros en despoblado; peligros por mar; peligros entre falsos hermanos; trabajo y fatiga; noches sin dormir, muchas veces; hambre y sed; muchos días sin comer; frío y desnudez. Y aparte de otras cosas, mi responsabilidad diaria:  la preocupación por todas las Iglesias. ¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién sufre escándalo sin que yo me abrase?" (2 Co 11, 24-29). Esta carrera de obstáculos -así podríamos definirla- realizada con la fuerza y en nombre de su Redentor, la concluyó san Pablo en Roma, donde condenado a muerte fue decapitado. Juntamente con él, al arreciar la persecución del emperador Nerón, murieron muchos otros cristianos, y entre ellos san Pedro, el pescador de Galilea y jefe de la Iglesia.

¿Se puede decir que la vida de san Pablo fue verdaderamente "lograda"? Estamos ante la paradoja de la vida cristiana como tal. ¿Qué significa para el cristiano una vida "lograda"? ¿Qué nos dice la vida de tantos santos que han pasado su existencia retirados en los conventos? ¿Qué nos dicen la vida y la muerte de innumerables mártires cristianos cuyos nombres son desconocidos para la mayoría, y que no han concluido su existencia entre aclamaciones, sino rodeados del desprecio, del odio y de la indiferencia? ¿Dónde está entonces la "grandeza" de su vida, la luminosidad de su testimonio, su "éxito"?

También recientemente el Papa Benedicto XVI ha recordado que el hombre está llamado a la culminación eterna de su existencia. Esto va más allá del simple éxito mundano y no está en contradicción con la humildad de las condiciones en las que tiene lugar su peregrinación en la tierra. La culminación de lo humano es el conocimiento de Dios, por quien toda persona ha sido creada y a quien tiende con todas las fibras de su ser. Para conseguir esto no vale ni la fama ni el éxito entre las multitudes. Por tanto, este es el protagonismo que nos quiere proponer el título de la presente edición del Meeting de Rímini. Protagonista de su existencia es quien entrega su vida a Dios, que lo llama a cooperar en el proyecto universal de la salvación.

El Meeting quiere corroborar que sólo Cristo puede desvelar al hombre su verdadera dignidad y comunicarle el verdadero sentido de su existencia. Cuando el creyente lo sigue dócilmente, es capaz de dejar un rastro duradero en la historia. Es el rastro del Amor, del que se convierte en testigo precisamente porque está aferrado por el Amor. Y entonces lo que fue posible para san Pablo lo es también para cada uno de nosotros. No importa si el plan de Dios prevé para nosotros un radio de acción reducido; no importa si vivimos entre las paredes de un monasterio de clausura o si estamos inmersos en múltiples y diversas actividades del mundo; no importa si somos padres y madres de familia, consagrados o sacerdotes. Dios se sirve de nosotros según su plan de amor, según modalidades que él establece, y nos pide que secundemos la acción de su Espíritu; nos quiere colaboradores suyos para la realización de su Reino. A cada uno le dice:  "Ven y sígueme" (Lc 18, 22), y sólo siguiéndolo el hombre alcanza la verdadera exaltación de su yo.

Esto nos lo enseña la experiencia de los santos, hombres y mujeres, que han vivido su fidelidad a Dios muy a menudo de forma discreta y ordinaria. Y entre ellos encontramos muchos verdaderos protagonistas de la historia, personas plenamente realizadas, ejemplos vivos de esperanza y testigos de un amor que no teme nada, ni siquiera a la muerte.

El Santo Padre espera que estas reflexiones ayuden a los participantes en el Meeting a encontrar a Cristo, para comprender mejor el valor de la vida cristiana y realizar su sentido en el protagonismo humilde del servicio a la misión de la Iglesia, en Italia y en el mundo. Con este fin asegura su oración por el éxito del Meeting y le envía a usted, a los organizadores y a todos los presentes una bendición especial.

Añado, de buen grado, mis mejores deseos de un provechoso éxito del Meeting, y me complace aprovechar la ocasión para confirmarles mi afecto y estima.

 

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