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VI ENCUENTRO MUNDIAL DE LAS FAMILIAS
DISCURSO DEL LEGADO PONTIFICIO,
CARDENAL TARCISIO BERTONE,
AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA MEXICANA
Ciudad de México
Sábado 17 de enero de 2009
Señor presidente:
Le agradezco vivamente las corteses palabras que me ha dirigido, así como la
deferencia con que me ha recibido como legado pontificio para el VI Encuentro
mundial de las familias, que esta bendita tierra mexicana acoge con la
gentileza que caracteriza a sus nobles gentes y el espíritu de hospitalidad que
las distingue.
Deseo, ante todo, transmitirle los saludos y el cordial afecto de Su Santidad
Benedicto XVI hacia su persona, su Gobierno y todos los ciudadanos de este país,
tan cercano al corazón del Sucesor de Pedro.
Me llena de gozo encontrarme en esta insigne nación, en la que el mensaje
evangélico ha germinado en frutos maduros de cultura, en hermosas tradiciones,
en preclaros testimonios de fe y caridad cristiana, de inquebrantable fidelidad
a la Sede apostólica y de una arraigada devoción a la Virgen María, Nuestra
Señora de Guadalupe, que quiso dar muestras especiales de su predilección para
con este pueblo y toda América estableciendo su casa en el Tepeyac, donde es
venerada con fervor por sus hijos e hijas, que la honran como Madre y Reina.
La coyuntura actual presenta algunos desafíos para México, como también para
otros países, en el campo educativo, de la inmigración, la pobreza, la
violencia, el narcotráfico, la corrupción y otras lacras sociales. La Iglesia
aprecia y apoya todos los pasos que contribuyan a mejorar las condiciones de
vida de los mexicanos. Ella, fiel a su vocación de servicio y animada por los
valores nacidos del Evangelio, sólo aspira a brindar su propia contribución en
todo aquello que promueva la solidaridad, la justicia social y la concordia de
todo el pueblo. Los católicos, en el debido respeto al pluralismo, trabajan con
ahínco por el bien común, sabiendo que la sociedad tendrá futuro si en ella se
afianzan los principios inviolables que están inscritos en el corazón humano.
Estos no son fruto de consensos interesados y mutables, pues son imprescindibles
para el ser humano. El primero de ellos es el derecho a la vida, que ninguna
persona se da a sí misma, sino que es un don de Dios Creador que ha de ser
tutelado por todos los medios desde su concepción hasta su ocaso natural. La
Iglesia no se cansa de proclamar esta gran verdad, igual que hace con el derecho
a la libertad religiosa, que es fuente y medida de todos los demás derechos
fundamentales, de tal modo que un Estado se muestra plenamente democrático,
cuando no sólo garantiza la libertad de culto, sino el que los ciudadanos puedan
practicar pública y privadamente la propia religión con total libertad.
Al reiterarle mi viva gratitud por su amabilidad, señor presidente, le aseguro
mi constante recuerdo en la oración, pidiendo a Dios, por intercesión de la
Virgen Santísima, la Morenita del Tepeyac, celestial protectora de esta gran
nación, que conceda a vuestra excelencia, a su familia y a todos los mexicanos
abundantes dones de paz y fraternidad para edificar un presente de serena y
fructuosa convivencia humana, así como un futuro rico en esperanzas.
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