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MENSAJE DEL CARD. SECRETARIO DE ESTADO
TARCISIO BERTONE,
EN NOMBRE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI, CON OCASIÓN DE LA 30ª EDICIÓN DEL
MEETING PARA LA AMISTAD ENTRE LOS PUEBLOS
(Rímini, 23-29 de agosto de 2009)
A Su Excelencia Rvdma.
Mons. Francesco Lambiasi
Obispo de Rimini
17 de agosto de 2009
Excelencia reverendísima:
Con ocasión del Meeting para la amistad entre los pueblos, que este año
celebra su trigésimo aniversario, me es particularmente grato transmitirle el
saludo del Santo Padre a usted y a cuantos han promovido y organizado tal
manifestación cultural, que en tres décadas ha visto la participación de miles y
miles de hombres y mujeres, sobre todo jóvenes, y la intervención de cientos de
relatores en las tribunas preparadas en las salas de la Feria de Rímini.
Ayudados por estudiosos de todas las disciplinas, por artistas, por autoridades
religiosas, por exponentes del mundo de la política, de la economía, del
deporte, ha sido posible confrontar las cuestiones y las instancias
fundamentales de la existencia humana, así como profundizar en las razones de
ser cristianos en nuestra época. Su Santidad desea que el Meeting siga
dando cabida a los desafíos y a los interrogantes que los tiempos actuales
plantean a la fe, y continúe dándoles respuesta, teniendo en cuenta la enseñanza
del recordado monseñor Luigi Giussani, fundador del movimiento eclesial de
Comunión y Liberación.
La temática del Meeting 2009 versa sobre el conocer, que
siempre es un acontecimiento. "Acontecimiento" es una palabra con la
que don Giussani intentó volver a expresar la naturaleza misma del cristianismo,
que para él es un "encuentro", esto es, un dato experiencial de conocimiento y
de comunión. Precisamente con el acercamiento entre las palabras
"acontecimiento" y "encuentro" es posible percibir mejor el mensaje del
Meeting. La reflexión gnoseológica y epistemológica contemporánea ha sacado
a la luz el papel determinante del sujeto del conocimiento en el acto mismo de
conocer. Contrariamente a los presupuestos del "dogma" positivista de la pura
objetividad, el principio de indeterminación de Heisenberg ha hecho
evidente que esto es cierto hasta en las ciencias naturales: también en estas
disciplinas, cuyo "objeto" parece estar regulado por leyes invariables de la
naturaleza, la perspectiva del observador es un factor que condiciona y
determina el resultado del experimento científico y, por lo tanto, del
conocimiento científico en cuanto tal. Por eso la pura objetividad resulta pura
abstracción, expresión de una gnoseología inadecuada e irreal.
Pero si esto es cierto para las ciencias naturales, lo es mucho más para
aquellos "objetos" de conocimiento que a su vez están estructuralmente
vinculados a la libertad de los hombres, a sus elecciones y a sus diferencias.
Pensemos en las ciencias históricas, que se basan en testimonios en los que
convergen, como factores influyentes de su modo de comunicar la realidad que
transmiten, las visiones del mundo de quien las ha compuesto y sus convicciones,
a su vez vinculadas a las de su tiempo, sus situaciones personales, las opciones
con las que se pusieron en relación con la realidad que describen, su
envergadura moral, sus capacidades y su ingenio, su cultura. El estudioso que se
acerca a su objeto tendrá, por lo tanto, que discernir todo aquello, a fin de
comprender y valorar el significado y el alcance del mensaje transmitido en un
contexto de conjunto, actuando como si se encontrara frente a una persona que
aún no conoce bien, pero que relata algo que considera en cualquier caso
importante conocer. La consecuencia más relevante de tal situación es que el
conocimiento no puede describirse como el registro de un espectador distante.
Más aún, la implicación con el objeto conocido por parte del sujeto que lo
conoce es conditio sine qua non del conocimiento mismo. Y por lo tanto,
el ideal que se persigue no es la distancia ni la ausencia de implicación, por
lo demás en vano, en la búsqueda de un conocimiento "objetivo", sino una
implicación adecuada con el objeto, una implicación apta para que llegue su
mensaje específico a quien interroga el conocimiento.
Precisamente por eso el conocimiento puede ser un "acontecimiento". "Acontece"
como un verdadero "encuentro" entre un sujeto y un objeto. El hecho de que tal
encuentro sea necesario para que se pueda hablar de conocimiento nos hace
entonces contemplar a sujeto y objeto no como dos dimensiones que se pueden
mantener recíprocamente a distancia aséptica a fin de preservar su pureza; al
contrario, son dos realidades vivas que se influyen con reciprocidad
precisamente cuando entran en contacto. La honradez intelectual de quien conoce
se halla en el arte sumo de "acoger el objeto" de manera que este pueda
revelarse a sí mismo como verdaderamente es, aunque no sea de manera integral y
exhaustiva. Y la acogida del objeto, la disponibilidad a la escucha que
caracteriza al sujeto que lo conoce como auténtico amante de la verdad, se puede
describir como una especie de "simpatía" por el objeto. Aquí, como nos ha
transmitido en gran parte el pensamiento medieval, hay una fuerza cognoscitiva
especial propia del amor. "Amar" significa "querer conocer" y el deseo y la
búsqueda del conocimiento constituyen un impulso interior del amor como tal.
Bien mirado, por lo tanto, ello establece una relación insuprimible entre amor y
verdad. El conocimiento presupone por su naturaleza una cierta "conformación" de
sujeto y objeto: una intuición fundamental, ya condensada en el antiguo axioma
de Empédocles según el cual "lo semejante conoce lo semejante". El evangelista
san Juan lo recuerda implícitamente al escribir que cuando Dios "se manifieste,
seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es" (1 Jn 3, 1).
Se podría preguntar si existe conocimiento más necesario para el hombre que el
de su Creador; si hay conocimiento descrito de forma más adecuada por la palabra
"encuentro" que la relación fundamental que existe, precisamente, entre el
espíritu del hombre y el Espíritu de Dios. Se comprende entonces por qué los
Padres de la Iglesia insistieron en la necesidad de purificar el ojo del alma
para llegar a contemplar a Dios, remitiéndose a la bienaventuranza evangélica:
"Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios" (Mt 5, 8).
La racionalidad del hombre puede ejercerse y por lo tanto alcanzar su finalidad
propia, que es el conocimiento de la verdad y de Dios, sólo gracias a un corazón
purificado y sinceramente amante de la verdad que busca. Purificado de este
modo, el espíritu humano puede abrirse a la revelación de la verdad. Existe, por
lo tanto, un misterioso nexo entre la bienaventuranza evangélica y las palabras
que Jesús dirige a Nicodemo, citadas por san Juan: "Lo nacido de la carne, es
carne; lo nacido del Espíritu, es Espíritu...; tenéis que renacer de lo alto" (Jn
3, 6-7).
El Santo Padre Benedicto XVI desea que estas palabras de Cristo resuenen en el
corazón de los participantes en la 30ª edición del Meeting de Rímini,
como llamada a dirigirse con confianza a él, a acoger su misteriosa presencia,
que para el hombre y para la sociedad es fuente de verdad y de amor. Con estos
sentimientos, a la vez que desea pleno éxito a esta manifestación, imparte a
vuestra excelencia, a los responsables y a todos los presentes una bendición
apostólica especial.
Gustosamente uno mis mejores deseos y aprovecho la ocasión para confirmarme de
vuestra excelencia reverendísima afectísimo en el Señor.
Cardenal Tarcisio Bertone
Secretario de Estado
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