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ACTOS CONMEMORATIVOS DEL VIII CENTENARIO
DEL NACIMIENTO DE SAN FRANCISCO DE ASÍS
HOMILÍA DEL LEGADO
PONTIFICO, CARDENAL CASAROLI,
EN LA BASÍLICA DE SANTA MARÍA DE LOS ÁNGELES
Sábado 3 de octubre de 1981
¿Cómo no quedar prendidos por el encanto del ambiente en que nos encontramos y
cómo no experimentar la sugestión de la hora que estamos viviendo? Estamos en la
Porciúncula, el "lugar" tan entrañable para San Francisco, que solía detenerse
aquí con sus primeros hermanos a reflexionar y orar, aquí quería que volviesen
todos periódicamente para celebrar los "capítulos" de la nueva familia
religiosa, aquí, finalmente, deseó ser trasportado cuando advirtió que se
acercaba el momento de la última despedida.
Fue precisamente la víspera de un sábado como éste, en otro 3 de octubre de
un año ya lejano en el tiempo, 1226, cuando Francisco se encontró aquí con
la "hermana muerte". La había designado con este apelativo cuando, al preguntar
al médico que le cuidaba, el aretino Bongiovanni, sobre el estado real de su
salud, obtuvo, tras algunas evasiones, la franca respuesta: "Pienso que para
finales de septiembre o primeros de octubre morirás" (cf. Spec. perf. c.
122).
Entonces Francisco, después de un momento de silencio, extendió las manos hacia
el cielo y "lleno de alegría en alma y cuerpo", exclamó: "(Bienvenida seas, hermana mía muerte!" (cf. ib.). Y como si estas palabras hubiesen
abierto la fuente poética en su corazón, añadió al "Cántico al sol" la última
estrofa: "Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal...".
Desde ese momento ordenó a fray Ángel y fray León que estuvieran siempre
cerca de él, para poderle cantar, cuando lo desease, las alabanzas de la
"Hermana muerte". En vano fray Elías había intentado hacerle ver el peligro de
dar escándalo con todos esos cantos: "Por la gracia del Espíritu Santo —le contestó— estoy tan unido a mi Señor que, por su misericordia, tengo grandes
motivos para alegrarme en el Altísimo", (Epec. perf. c. 121).
Las últimas horas del Pobrecillo nos las han recordado recientemente las
palabras de sus biógrafos: la despedida de sus hermanos, a los cuales él
trataba de consolar por el dolor que su muerte les traería; las últimas
exhortaciones, en las cuales los temas de siempre adquirían el tono solemne y
sagrado del testamento; . la bendición a todos los hermanos "presentes y
futuros" con los brazos puestos en forma de cruz; después el recogimiento en
Dios para el último coloquio, acompasado con los versículos del Salmo 141:
"Voce mea ad Dominum clamavi...". Son los gemidos del prisionero que invoca
la liberación, los suspiros del desterrado que añora la patria.
En alas de estos sentimientos el alma de Francisco, como alondra embriagada de
sol, se separó finalmente de la tierra, para sumergirse en el abismo
incandescente del amor divino. "Mortem cantando suscepit", comentará su
primer biógrafo: "Recibió a la muerte cantando" (Tomás de Celano, Vita sec.
c. 162, n. 214).
Es difícil no dejarse alcanzar por la ola de emoción que surge de una escena, a
la que le cuadra bien el calificativo de "seráfica". Realmente la muerte aparece
allí con los rasgos familiares y dulces de una "hermana". ¿Una hermana, la
muerte? La razón, dominada durante un instante por el sentimiento, reacciona
ahora y aduce sus protestas. La muerte es la negación de todo lo que constituye
el anhelo apasionado de nuestro corazón; es el "no" radical a la pregunta
suprema, que nace en lo profundo de nuestro ser, ávido de vivir. Los ideales más
nobles y altos parecen romperse inexorablemente contra la piedra fría del
sepulcro. ¿Cómo es posible mirar con serenidad, e incluso con simpatía,
semejante acontecimiento?
La pregunta está dramáticamente justificada. Confirmación de ello es la angustia
que los hombres de todo tiempo y cultura han sentido siempre ante este destino
ineluctable. Esta angustia alimenta el sentimiento trágico de la existencia que
invade las corrientes más diversas de pensamiento, desde el budismo y desde la
antigua gnosis, hasta los existencialismos modernos. Ni siquiera el hombre
bíblico escapa de ella. Ve en la muerte una fuerza enemiga, que lo insidia por
todas partes. La muerte es el pastor invisible que conduce a los hombres a los
infiernos (cf. Sal 49, 15), es el ladrón que penetra en las casas, que
abate a los niños en el camino y a los jóvenes en las plazas (cf. Jer 9,
20), es el torbellino que todo lo traga y trastorna. Ciertamente, esta fuerza
está bajo la providencia soberana de Dios, que puede librar de ella o servirse
de ella para sus finalidades (cf. Ex 12, 23; Sam 24, 16; 2 Re
19, 35); pero la muerte proviene de abajo, del sheol, que se abre como un abismo
siempre dispuesto a tragar los seres humanos: "¿Quién vivirá sin ver la muerte?
¿Quién sustraerá su vida a la garra del abismo?" (Sal 89, 49).
La interpretación que la Revelación ofrece de la muerte es lineal y exhaustiva:
"Dios creó al hombre para la inmortalidad —dice el libro de la Sabiduría—, y le
hizo a imagen de su naturaleza. Mas por envidia del diablo entró la muerte en el
mundo" (Sab 2, 23-24), del diablo, el antiguo tentador y enemigo. La
Revelación, pues, une indisolublemente la experiencia humana de la muerte a la
realidad del pecado y, más profundamente, a la acción de la Potencia tenebrosa,
que empuja o arrastra al hombre hacia el pecado. El poder que la muerte tiene,
pues, sobre nosotros reviste un valor de signo: manifiesta la presencia
del pecado en el mundo y revela la fuerza corrosiva de su veneno.
Así, al menos, hasta la venida del Redentor. Efectivamente, en Cristo el sentido
de la muerte cambia: lo que era manifestación del pecado se transforma ahora en
expresión concreta del "sí" sin reservas del Hijo a la voluntad del Padre. Por
consiguiente, lo que era sólo testimonio visible de la condena se convierte en
prueba incontrovertible de la irrupción de la misericordia divina en la
historia. La muerte cesa de ser el signo de la potencia de Satanás en el mundo,
para convertirse en la primera manifestación del triunfo de Cristo sobre el
pecado: triunfo que tendrá su espléndida consumación en la resurrección final,
cuando la muerte será destruida para siempre, "absorbida por la victoria" (i
Cor 15, 26. 54 ss.).
En tal perspectiva la muerte toma para el creyente un rostro nuevo: no es ya
simplemente una fatalidad biológica, a la que tenemos que resignarnos, o una
condena divina que no se puede evitar. Se convierte, más bien, en el punto
culminante de la adhesión obediente al misterioso designio redentor del Padre y
en el coronamiento final de nuestra asimilación a Cristo. Para el creyente la
muerte es ya una presencia familiar, puesto que en su realización se expresará
"pragmáticamente", como le gustaba observar a San E'utiquio de Jerusalén
(fallecido seis siglos antes del nacimiento de Francisco, en el año 582), lo que
ya sucedió "místicamente" en la participación de varios sacramentos de la vida
cristiana: ¿acaso no consisten en un morir con Cristo que muere, para resucitar
con El, que emerge victoriosamente de los abismos de la muerte? El que tiene fe,
ha vencido ya a la muerte, de la cual nada tiene que temer. Más aún, puede
suscribir la afirmación de Ignacio de Antioquía: "Para mí es hermoso morir en
Cristo" (.Ad Rom 6, 1).
No debe, pues, asombrar la consecuencia que ya sacaba San Pablo a este
propósito, cuando observaba que, para el cristiano, morir es, en definitiva, una
ganancia (cf. Flp 1, 21), desde el momento en que, gracias a este
acontecimiento, puede alcanzar la experiencia beatificante de estar-con-Cristo
(cf. ib., 1, 23), en ese mundo nuevo en el que "la muerte no existirá
más, ni habrá duelo, ni. gritos, ni trabajo, porque todo es ya pasado" (Ap
21, 4).
Esta es la palabra de optimismo y esperanza que la fe pronuncia sobre el
acontecimiento más oscuro de nuestra existencia. La maldición antigua:
"ciertamente morirás" (Gén 2, 17), ha dejado ya su puesto a un anuncio de
bienaventuranza: "Bienaventurados los que mueren en el Señor" (Ap 14,
13).
Francisco había captado esto perfectamente. Por eso no era capaz de contener la
alegría, que le subía del corazón al pensamiento, por la próxima revelación de
Cristo. Efectivamente, ésta, era la verdad: en la cabaña de ramas que las
sombras de la tarde habían invadido ya completamente, quien se encontraba con
aquel hombre tendido sobre la desnuda tierra, no era la muerte, sino "el
viviente": Aquel que "estuvo muerto pero ahora vive para siempre"; Aquel que
tiene poder sobre la muerte y sobre los infiernos (cf. Ap 1, 18), Cristo
Señor.
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