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BEATIFICACIÓN DEL PADRE PÍO
HOMILÍA DEL CARDENAL
ANGELO SODANO EN LA MISA DE ACCIÓN DE GRACIAS
Lunes
3 de mayo de 1999
Amadísimos hermanos y hermanas en el Señor:
Hemos proclamado la palabra de Dios: «Alabanza a ti,
oh Cristo». Esta alabanza, que ayer se elevó al Señor con la voz del Santo
Padre y la de numerosos pastores y fieles reunidos en esta misma plaza, resuena
igualmente esta mañana, expresando de alguna manera nuestra gran alegría por
el don que Cristo ha hecho a su Iglesia con la extraordinaria vida de santidad y
ahora también con la beatificación del padre Pío de Pietrelcina.
Los santos son reflejos del misterio de Cristo, y cada
uno de ellos interpreta, con mayor intensidad, uno de los rasgos de ese
misterio. El padre Pío de Pietrelcina fue llamado, con un don especialísimo, a
reproducir el rostro de Cristo crucificado.
La imagen del crucifijo es central en la vida y en la
espiritualidad cristiana. Puesta en nuestras iglesias, en nuestras casas, en
nuestras manos, a veces se corre el riesgo de convertirse en un icono más. El
beato Pío de Pietrelcina la llevó impresa en su cuerpo. Como icono vivo de
Cristo crucificado, podía repetir de forma singular las palabras de san
Pablo: «Llevo sobre mi cuerpo las señales de Jesús» (Ga 6, 17). (...)
Desde luego, más importante que las señales físicas fue la experiencia
constante y profunda que tuvo de la pasión de Cristo. (...)
Desde siempre la Iglesia ha tenido conciencia de que
el Viernes santo es el día en que el amor de Dios se revela plenamente. (...)
El Viernes santo es el día del amor crucificado.
En él culmina la línea descendente del amor, la línea de la kénosis, con la
que Dios se rebaja al nivel de sus criaturas, sometiéndose, en el Hijo
encarnado, a nuestra muerte. Ese mismo día, el día de la Redención, comienza
lo que podríamos llamar el movimiento ascendente del amor: desde la cruz Cristo
libra al hombre de la esclavitud del pecado y lo atrae hacia sí, para que
participe en la gloria de la Resurrección, hasta el culmen de la salvación
escatológica. (...)
El beato Pío de Pietrelcina vivió de modo ejemplar
las palabras de san Pablo: «En cuanto a mí, ¡Dios me libre gloriarme si no es
en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un
crucificado y yo un crucificado para el mundo!» (Ga 6, 14). Quienes se
encontraban con él, sobre todo los que participaban en su misa, tenían la
impresión de que en su espíritu y casi en sus miembros se manifestaba el
misterio del Dios-amor. Y no podía ser de otra manera, pues se había
consagrado a Cristo como «víctima de amor». (...)
La Iglesia nace de la muerte de Cristo. Este dato
fundamental nos recuerda también un principio de vida eclesial, que
precisamente los santos ponen de relieve: un cristiano, cuanto más revive en
sí el misterio del Gólgota, tanto más se hace instrumento de Cristo, para que
la Iglesia, en él y en torno a él, pueda «renacer» continuamente en la fe,
en la santidad y en la comunión. (...)
La gente que acudía al confesonario del padre Pío
buscaba un ministerio de misericordia que, en cuanto tal, podría haber
encontrado en otras muchas iglesias del mundo, pues los sacramentos actúan «ex
opere operato», o sea, por la intrínseca eficacia que les garantiza la
presencia de Cristo y de su Espíritu. Pero la experiencia demuestra la
importancia que tiene, para quien recibe los sacramentos, el hecho de contar con
la ayuda de la santidad del ministro. Y cuando esta santidad es grande, envuelve
al penitente como una especie de seno materno, en el que es más fácil percibir
la presencia de Dios. Lo notaban claramente los que se acercaban a ese humilde
fraile de San Giovanni Rotondo que vivía, como dijo ayer el Papa, «plantado»
al pie de la cruz. (...)
El Santo Padre ha subrayado la dimensión eclesial de
la santidad del padre Pío, recordando su obediencia y su ministerio de caridad,
expresado en la ayuda espiritual y material que prestó a tantas personas
necesitadas, con la oración y con la «Casa de alivio del sufrimiento».
Quisiera destacar este rasgo eclesial de la espiritualidad del padre Pío,
poniendo de relieve el grandísimo amor que tuvo a la Iglesia, aun cuando le
tocó sufrir a causa de algunos hombres de Iglesia.
En él el amor a Cristo y el amor a la Iglesia eran
realmente inseparables. Baste citar, a este respecto, unas emotivas afirmaciones
escritas en 1933 a uno de sus hijos espirituales, que quería defenderlo de un
modo que al santo fraile le pareció inaceptable, porque implicaría criticar a
la Iglesia. «Si estuvieras a mi lado —le escribió—, te abrazaría, me
arrojaría a tus pies y te haría esta súplica apremiante: deja que sea el
Señor quien juzgue las miserias humanas, y vuelve a tu nada. Deja que yo haga
la voluntad del Señor, a la que me he abandonado plenamente. Pon a los pies de
la santa Madre Iglesia todo lo que pueda producirle daño y tristeza» (Carta
del 12 de abril de 1933. Epist. IV, p. 743). Para él la Iglesia era
realmente su madre, una madre a la que se debe amar a toda costa, a pesar de las
debilidades de sus hijos. (...)
Su amor sincero al Vicario de Cristo lo puso
claramente de manifiesto en una carta que envió, el 12 de septiembre de 1968,
al Papa Pablo VI con ocasión de la audiencia que iba a conceder a los padres
capitulares de la orden capuchina. Escribió: «Sé que su corazón, Santo
Padre, sufre mucho en estos días por la situación de la Iglesia, por la paz
del mundo, por las muchas necesidades de los pueblos, pero sobre todo por la
falta de obediencia de algunos, incluso católicos, a la elevada enseñanza que
usted, asistido por el Espíritu Santo y en nombre de Dios, nos da. Le ofrezco
mi oración y mi sufrimiento diario, como pequeño y sincero don del último de
sus hijos, a fin de que el Señor le conforte con su gracia para continuar el
arduo y recto camino, en la defensa de la verdad eterna, que nunca debe cambiar
aunque cambien los tiempos». (...)
Quiera el Señor que este beato de nuestro tiempo,
extraordinariamente popular y a la vez tan profundo y exigente en su mensaje,
nos ayude a redescubrir el amor de Cristo crucificado y haga crecer en cada uno
de nosotros el amor a la Iglesia.
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