HOMILÍA DEL CARDENAL ANGELO SODANO DURANTE
LA CONCELEBRACIÓN EUCARÍSTICA EN LA BASÍLICA DE SAN JUAN DE LETRÁN
Jubileo
de los Presbíteros
Lunes 15 de mayo de 2000
Queridos concelebrantes:
La Basílica de San Juan de
Letrán ha abierto sus puertas para acogeros, como una madre que extiende sus
brazos para atraer a sí a todos sus hijos. Aquí el Obispo de Roma, al final
del largo periodo de las persecuciones, fijó su Catedral, y justo por eso
después fue denominada «mater et caput omnium Ecclesiarum». Al lado de esta
Basílica vivieron los Papas durante casi un milenio: nos encontramos, por
tanto, en un lugar sagrado, íntimamente ligado al ministerio pastoral del
Sucesor de Pedro.
1. El valor de un encuentro
Hoy habéis venido aquí, queridos sacerdotes, llegados de diversas partes
del mundo, en ocasión del Gran Jubileo del 2000, con el fin de renovar vuestro
empeño apostólico, dondequiera que la Providencia divina os haya llamado a
trabajar en la viña del Señor.
El próximo jueves, día 18 del mes actual, concelebraréis la Santa Misa con
el Santo Padre, llevándole vuestra adhesión filial en ocasión de su 80
cumpleaños. Serán, por tanto, días de intensa renovación espiritual, para
descubrir cada vez más la grandeza y la belleza del don que Cristo nos ha
hecho, llamándonos a seguirlo de cerca y asociándonos a Él en el cumplimiento
de la obra de la Redención.
Por mi parte, en este primer día de vuestro itinerario jubilar, querría
deciros algunas palabras muy sencillas, que manan del corazón de uno que, como
vosotros, sintió un día ya lejano la voz misteriosa, pero persuasiva, del
Señor que invitaba a coger con la mano el arado y a trabajar para la difusión
de su Reino.
2. En unión con Cristo
Habiendo venido a Roma para conmemorar los dos mil años de la encarnación
del Hijo de Dios, el primer pensamiento va a Él, que es la razón de nuestra
vida cristiana y aún más de nuestra existencia sacerdotal. «Manete in
dilectione mea» (Gv 15, 9), permaneced en mi amor: esta es la
invitación que Jesús nos hace cada día de corazón, como lo diría un día a
los Apóstoles reunidos en el Cenáculo.
La unión vital con Cristo es ciertamente ideal de vida de cada creyente,
pero para nosotros sacerdotes tiene que ser aún más una realidad vivida. Es
esta unión íntima con el Señor la que ha forjado la vida de tantos sacerdotes
de todas las partes del mundo.
Es la fuerza interior que provenía del contacto con Jesús el secreto que ha
sostenido a tantos mártires en sus sufrimientos y ha confortado a tantos
ministros del Señor, provados a veces por la soledad, la enfermedad o las
incomprensiones de todo tipo.
«Omnia possum in Eo qui me conforta?’ (Fil 4, 13), todo lo puedo en
Aquél que me da la fuerza, puede repetir con San Pablo cada uno de nosotros, si
vive en unión íntima con Cristo, como el sarmiento está unido a la vid.
3. Amando a la Iglesia
La unión con Cristo os llevará, después, queridos hermanos, a amar a la
Iglesia, que continúa su misión de salvación. La Iglesia nos ha generado a
cada uno de nosotros a la vida de la gracia. Ella es, por tanto, nuestra Madre,
una Madre a la que venerar, amar y servir con la devoción de un hijo. Amar a la
Iglesia significa amar a sus Pastores y, en primer lugar, al Papa, Pastor de la
Iglesia universal.
A alimentar esta llama de amor contribuye también vuestra peregrinación a
Roma en ocasión del Gran Jubileo. Os sentiréis así cada día más como parte
viva de la gran familia católica, que tiene en el Sucesor de Pedro el centro
visible de su unidad. En este Año Santo muchos de nuestros fieles descubren
cada vez más el rostro materno de la Iglesia y son favorecidos a vivir en
profunda sintonía con ella.
«Sentire cum Ecclesia», era la consigna que San Ignacio de Loyola había
dado en sus Ejercicios espirituales a los miembros de la Compañía de Jesús.
«Poseer el sentido eclesial» es la consigna que este Jubileo quiere dejar a
cada cristiano y tanto más a nosotros, ministros de Cristo y de su Santa
Iglesia.
Si la Iglesia es Madre, tenemos que amarla, sostenerla y defenderla. Cuántas
veces hemos recordado a nuestros fieles la célebre frase del mártir San
Cipriano: «No puede tener a Dios por Padre quien no quiere tener a la Iglesia
por Madre». Y esto vale tanto más para nosotros, que hemos recibido todo de
esta Madre.
4. Mirando a la historia
Queridos amigos, después de haberos invitado a volver la mirada a Cristo y a
su Santa Iglesia, querría para acabar proponeros que os volváis hacia otro
horizonte, el horizonte de la historia.
Antes que nosotros, en el curso de veinte siglos de vida de la Iglesia,
muchos han trabajado en la viña del Señor. No somos los primeros. Por ello
también tenemos que ser humildes y reconocer toda la preciosa heredad que
nuestros predecesores nos han dejado. Sus experiencias pueden resultar útiles
para nosotros. Sus escritos pueden ser fuente de luz para nuestro camino,
ayudándonos a apreciar «nova et vetera» (cfr Mt 13, 52). La historia
de la Iglesia será así también para nosotros «magistra vitae», una maestra
de vida también para el trabajo apostólico.
No somos los primeros en haber cogido el arado, os decía. Pero no seremos
tampoco los últimos. Otros vendrán después de nosotros para continuar la
obra, también porque siempre es más vasto el campo que cada día se abre a la
acción misionera de la Iglesia. Nuestra tarea es la de entregar a quien venga
después de nosotros la llama viva del Evangelio de Cristo, aún más luminosa
que antes.
Como en los juegos olímpicos, transmitiremos así a quienes vengan después
de nosotros esa luz de la fe, que está destinada a iluminar a todo hombre que
viene a este mundo (cfr Gv 1, 9).
5. Las sorpresas del sembrador
Esta visión de la historia nos ayudará también a no desanimarnos en las
dificultades, sabiendo que la semilla de la palabra de Dios germina, aunque
gradualmente, en el corazón de los hombres. Es verdad que también hoy, como en
la parábola evangélica, a veces la simiente cae en un terreno duro o es
sofocada por la cizaña, pero es del mismo modo verdadero que hay siempre una
parte que cae en tierra buena y fructifica dando el ciento por uno (cfr Mt
13,23).
Una mirada serena a los dos mil años de Cristianismo nos permite no
maravillarnos de las dificultades y tener presente la ley de la gradualidad del
crecimiento del Reino de Dios, según los planes misteriosos de su Providencia.
Meditando sobre la historia de la Iglesia, veremos más claramente cómo esta
es un cruce entre la Gracia de Dios y la libertad del hombre, y cómo este
último, con sus obras, puede acelerar o retrasar la venida del Reino de Dios.
Es una visión que nos reclama a nuestra responsabilidad, si queremos contribuir
generosamente a la edificación del Reino de Dios. Es una visión que nos
evitará las sorpresas del sembrador evangélico: claro, éste había sembrado
grano bueno en su campo, pero se preguntaba después maravillado por qué habá
crecido también la cizaña. No había hecho cuentas con aquel «inimicus homo»
(cfr Mt 13,25) que de noche había venido a su terreno. No había tenido
presente la realidad del hombre, el drama misterioso de su libertad, ni la obra
del Maligno en este mundo.
6. Un barco que avanza
Con estas palabras simples he querido invitaros a volver la mirada en cuatro
direcciones: a Cristo, a su Santa Iglesia, al pasado y al futuro de la historia
humana. Partiréis así de Roma animados por el propósito santo de continuar
siendo dignos ministros de Cristo y generosos anunciadores de su Reino. Como en
Pentecostés, que María Santísima esté a vuestro lado y os obtenga la
abundancia de los dones del Espíritu Santo. El barco avanza ya por el esfuerzo
de vuestros remos, pero si de lo alto sopla impetuoso en vuestras velas el
viento del Espíritu Santo, el barco procederá en un modo todavía más rápido
y seguro.
¡Que así sea!
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