INTERVENCIÓN DEL CARD. ANGELO SODANO EN
EL MILLENNIUM SUMMIT
DE LAS NACIONES UNIDAS (NUEVA YORK, 6-8 DE SEPTIEMBRE DE 2000)*
8 de septiembre de 2000
Señor Presidente:
Tengo el honor de traer a esta Asamblea el saludo cordial y el
aliento del Papa Juan Pablo II a los Altos Representantes de los Países del
mundo entero que han venido a Nueva York para reiterar su confianza en la obra
de la Organización de las Naciones Unidas. La Santa Sede desea fervientemente
que, al alba del tercer milenio, la ONU contribuya, por el bien de la
humanidad, a construir una nueva civilización, la que ha sido llamada
"civilización del amor".
1. La primera tarea de las Naciones Unidas es la de
mantener y promover la paz en el mundo. Era éste el objetivo principal de
los fundadores de la Organización y permanece actual. Con demasiada
frecuencia todavía la guerra enluta y hace sufrir a los pueblos. De frente al
aumento de los conflictos, en particular de las luchas civiles y étnicas, la
ONU tiene el deber de intervenir en el marco de la Carta para obtener la paz.
En nombre del Papa, rindo homenaje a todo lo que la ONU ha
hecho en este ámbito y saludo la memoria de los soldados y de los miembros
del personal civil que han encontrado la muerte en el curso de las Operaciones
por el mantenimiento de la paz.
La paz es siempre frágil y conviene velar para apagar los
focos de guerra, así como para evitar su explosión; por esto la
Organización tiene que desarrollar sus capacidades de diplomacia preventiva.
Por su parte, la Santa Sede aprobará siempre las iniciativas a favor de la
paz, entre otras las destinadas a consolidar el respeto del derecho
internacional y a limitar los armamentos.
2. La segunda tarea de la ONU es la de promover el
desarrollo. Hoy todavía, una parte importante de la población mundial
vive en condiciones de miseria que son una ofensa a la dignidad humana. Esto
es más inaceptable por el hecho de que al mismo tiempo, la riqueza aumenta
rápidamente y la separación entre ricos y pobres se acrecienta, al interno
mismo de las naciones.
Además, muy a menudo, a la pobreza son asociados otros males,
como la guerra, la degradación del ambiente y las catástrofes naturales,
así como las epidemias. ¿Cómo no subrayar que la mayor parte de estas
plagas tocan en primer lugar el África y cómo no invocar para este
Continente una atención especial y esfuerzos a la medida de sus necesidades?
La situación exige, por tanto, una movilización moral y
financiera, que comprenda objetivos precisos para lograr una disminución
radical de la pobreza, entre los cuales la cancelación de la deuda de los
países pobres según modalidades más incisivas, una renovación de la ayuda
al desarrollo y una generosa apertura de los mercados. Además, se deben
lanzar programas para que el progreso social vaya a la par con el crecimiento
económico. El desarrollo es una noción global, que tiene como objetivo la
promoción del bien y de la dignidad de la persona, considerada de manera
integral. Y los modos para llegar a ello se resumen en una palabra:
solidaridad.
A este propósito, permítame recordar, Señor Presidente, que
deben ser respetados los compromisos adquiridos en las conferencias y
reuniones internacionales consagradas a estas cuestiones. Es decepcionante que
sobre puntos fundamentales como la reducción de la deuda o el nivel de la
ayuda pública al desarrollo, se haya realizado tan poco progreso.
3. La tercera tarea de las Naciones Unidas es la de
promover los derechos humanos. Se han elaborado numerosos documentos,
tanto para definir estos derechos como para garantizar su respeto mediante
mecanismos apropiados. Estos esfuerzos deben continuar, pues el combate por
los derechos humanos no terminará jamás. Citaré aquí la defensa del
primero de ellos, el derecho a la vida, tan a menudo puesto en peligro.
El Papa Juan Pablo II expresa desde ahora su apoyo a la
Conferencia mundial contra el racismo, la discriminación racial, la xenofobia
y la intolerancia, que se celebrará el año próximo en África del Sur, y
alienta a todas las iniciativas destinadas a evitar el racismo y la
intolerancia.
Pero además de esta perspectiva concreta de los derechos
humanos, es preciso reforzarlos dándoles una base ética sólida pues de lo
contrario permanecerán frágiles y sin cimientos. A este propósito, es
necesario reafirmar que los derechos humanos no son creados ni otorgados por
nadie, sino que son inherentes a la naturaleza humana. Según la Santa Sede,
la ley natural, inscrita por Dios en el corazón de cada ser humano, es un
denominador común a todos los hombres y a todos los pueblos. Es un lenguaje
universal, que todos pueden conocer y sobre la base del cual se pueden
entender los pueblos.
4. Una cuarta tarea de la ONU es la de garantizar la
igualdad de todos sus Miembros. En este sentido son necesarias ciertas
reformas, para adaptar su estructura a las realidades actuales y reforzar la
legitimidad de su acción. Es preciso, en efecto, que la ONU sea plenamente
representativa de la comunidad internacional y no aparezca como dominada por
algunos.
La escucha y el respeto de cada uno es imperativo cuando se
trata de tomar decisiones comunes, pero en manera especial cuando se trata de
definir orientaciones que tocan los valores morales y culturales
fundamentales. En este ámbito, no es legítimo el pretender imponer, en
nombre de un concepto subjetivo del progreso, ciertos modos de vida
minoritarios. "Los Pueblos de las Naciones Unidas", mencionados en
el Preámbulo de la Carta, tienen derecho al respeto de su dignidad y de sus
tradiciones.
En esta óptica, me permito recordar la posición de la Santa
Sede en relación con las sanciones impuestas por la Organización para
obtener que un Estado cumpla con sus obligaciones internacionales. En cada
caso debería ponerse en acto un procedimiento claro de examen y revisión,
así como las modalidades oportunas para que estas medidas no pesen
principalmente sobre las poblaciones inocentes.
Señor Presidente,
Los cristianos, que han recordado este año el nacimiento de
Jesús en Belén, se sienten solidarios con los esfuerzos que la comunidad
internacional emprende para que el mundo de mañana esté libre de la
violencia, de las injusticias y del egoísmo. La Iglesia católica desea
contribuir a esta obra inmensa, ante todo mediante el anuncio del Evangelio de
Cristo pues, sin progreso espiritual, el progreso material de las naciones
será vano e ilusorio. Esta convicción ha guiado a la Iglesia a lo largo de
su historia y es también su compromiso para el tercer milenio.
Gracias, Señor Presidente.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.37 p.9.
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