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HOMILÍA DEL CARDENAL SODANO EN EL
50 ANIVERSARIO DE SU ORDENACIÓN SACERDOTAL
Lunes 2 de octubre de 2000
Señores cardenales y queridos concelebrantes; distinguidas
autoridades; hermanos y hermanas en el Señor:
"Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres" (Mc 1,
17): es la invitación que Cristo dirigió un día a los primeros discípulos,
a los que se encontró a la orilla del mar de Galilea.
Este mismo mensaje fue dirigido a lo largo de dos mil años de historia a
hombres de toda condición social, llamados a continuar la obra del Salvador. Y
esta es la invitación que un día el Señor hizo resonar entre las hermosas viñas
de la región de Asti, llamándome también a mí a seguirlo, diciéndome:
"Ven, sígueme. Haré de ti un trabajador en la viña del Señor".
Toda existencia sacerdotal comienza precisamente con esta
misteriosa llamada del Señor, por la cual no queda más
que darle las gracias eternamente.
El 23 de septiembre de 1950, en una luminosa mañana de otoño, recibí la
ordenación sacerdotal en la catedral de Asti, de manos del obispo mons. Umberto
Rossi, que en paz descanse, juntamente con otros ocho compañeros de seminario.
Así iniciaba mi trabajo apostólico.
Hoy, a 50 años de distancia, estoy aquí para elevar con vosotros un himno de
acción de gracias al Señor por el don de la vocación al sacerdocio.
"Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios,
mi Salvador", exclamó María en su encuentro con santa Isabel. Y este es
también el canto que brota espontáneamente de mi corazón en este día,
mientras contemplo la bondad del Señor.
El 1 de noviembre de 1996, al celebrar el 50° aniversario de su ordenación
sacerdotal, el Papa Juan Pablo II nos reveló los sentimientos de su espíritu
en esa circunstancia, con el hermoso libro que todos conocemos: "Don
y misterio" (BAC, Madrid 1996). En el primer capítulo leemos estas
hermosas palabras, que nos indican el leit-motiv de todo lo escrito:
"En su dimensión más profunda, toda vocación sacerdotal es un gran
misterio, es un don que supera infinitamente al hombre. Cada uno de
nosotros sacerdotes lo experimenta claramente durante toda la vida" (p.
17).
Por esto, no nos queda sino adorar en silencio a Dios, tres veces santo, postrándonos
ante él y proclamando su eterna misericordia.
Para mí, además, el deber de dar gracias al Señor por el don recibido ha
resultado más apremiante desde que fui llamado, hace veintidós años, a
ejercer el sacerdocio en un grado más alto, como es el del episcopado.
Esta tarde veo en torno al altar a muchas personas queridas que han venido para
unirse a mi oración. A todos expreso mi agradecimiento más sincero, en
particular a mis hermanos cardenales, comenzando por el venerado cardenal
decano. A él va mi gratitud en especial por las palabras de felicitación que
me ha dirigido en nombre de todos los presentes.
Asimismo, me alegra que hayan querido unirse a esta celebración muchos señores
embajadores, al igual que varias ilustres personalidades de la querida nación
italiana. Veo también a muchos beneméritos colaboradores de la Curia y del
"Governatorato", a numerosas personas consagradas y a familias
cristianas de Roma y Albano. A cada uno expreso mi agradecimiento más cordial.
Queridos hermanos, en cada misa, antes del Gloria, tenemos obligación de darnos
golpes de pecho, dirigiéndonos a Dios con un apremiante "Kyrie, eleison!".
En realidad, la invocación "Señor, ¡ten piedad!" hoy es más
necesaria que nunca, teniendo en cuenta todas nuestras infidelidades a la gran
misión que Dios nos ha encomendado. En efecto, el apóstol de Cristo tiene el
deber de identificarse plenamente con él. Pero esta obra queda a menudo como
una "sinfonía incompleta".
Así, como todo cristiano, también el sacerdote siente el deber de poner su
vida en las manos misericordiosas de Dios.
Ciertamente, cada uno de nosotros tiene muy presente la advertencia de Cristo,
que nos dijo: "A quien se le dio mucho, se le pedirá mucho" (Lc
12, 48). Por lo demás, este aviso nos lo había dado Dios en el libro de la
Sabiduría: "Un juicio implacable espera a los que están en lo
alto" (Sb 6, 5).
Sin embargo, la confianza en la misericordia divina nos abre el corazón a la
esperanza y nos impulsa a proseguir con serenidad nuestro trabajo, con las manos
puestas en el arado, hasta que el Señor quiera.
Hermanos y hermanas en el Señor, han pasado para mí cincuenta años de vida
sacerdotal, transcurridos en una época llena de contradicciones y luchas. Ahora
se abren ante nosotros nuevos horizontes de trabajo apostólico. Con la llegada
del tercer milenio de nuestra historia cristiana, cada uno de nosotros alberga
esperanzas de un futuro mejor.
El pasado 23 de septiembre, al celebrar en Asti el 50° aniversario de
sacerdocio juntamente con mis compañeros de ordenación, les recordé una página
clásica, que nos impresionó en nuestros estudios de secundaria. Era la página
que nos presentaba a Eneas mientras huía de Troya en llamas, llevando sobre sus
hombros a su anciano padre Anquises, el símbolo del pasado, y dando la mano a
su joven hijo Ascanio, el símbolo del futuro.
También nosotros, hijos de un siglo tormentoso, nos preparamos para dejar atrás
el pasado, llevando sobre nuestros hombros los recuerdos más queridos y dando
la mano a los jóvenes de hoy, para que tengan un futuro mejor, un porvenir
digno de los hijos de Dios.
Con este compromiso, todo cristiano en la Iglesia está llamado a esforzarse por
ser sal de la tierra y luz del mundo. Y mucho más lo es el sacerdote, encargado
oficialmente de volver a proponer a las nuevas generaciones el Evangelio de
Cristo, el único que puede salvar al hombre.
Ciertamente, el trabajo apostólico nos pone en contacto con la dura realidad de
cada día, con un mundo que a veces parece sediento de Dios y a veces se olvida
de él. Pero el Evangelio nos invita a saber esperar la hora de la gracia, a
sembrar la buena semilla de la palabra de Dios, conscientes de que tal vez a uno
le toca sembrar y a otro recoger. A menudo se puede palpar cuán actual es
siempre la parábola del Señor, cuando nos habla de la
semilla que va creciendo por sí sola, según una lógica
misteriosa, de forma que el mismo sembrador queda sorprendido
(cf. Mc 4, 27).
Es sabido que cada sacerdote realiza su misión en diversos campos: una
parroquia, una escuela, un centro misionero perdido en la selva, un movimiento
apostólico de una gran ciudad, una oficina o un oratorio juvenil. Algunos de
nosotros hemos sido llamados a vivir nuestro sacerdocio en la Curia romana, al
servicio del Pastor de la Iglesia universal, pero el ideal que nos anima es
siempre el mismo: llevar el Evangelio de Cristo a toda criatura, según el
mandato apostólico recibido del Salvador (cf. Mt 28, 19).
Además, hoy existe una necesidad más urgente que nunca de anunciar el
Evangelio de Cristo también en las realidades nacionales e internacionales. La
palabra de Dios es una levadura que debe fermentar y dar sabor a todo el pan.
"El reino de los cielos -leemos en el evangelio de san Mateo- es semejante
a la levadura que tomó una mujer y la metió en tres medidas de harina, para
que todo fermente" (Mt 13, 33). Es una comparación que muestra todo
el dinamismo interior que nos impulsa a obrar en el mundo a escala mundial,
precisamente como en la perspectiva trazada por Cristo: "para que
todo fermente".
Con ese fin, nosotros, miembros de la Curia romana, seguiremos trabajando,
unidos al Santo Padre y entre nosotros, con el compromiso de constituir el cenáculo
apostólico permanente del que habló el Papa Juan Pablo II en la constitución
apostólica Pastor bonus.
El campo de trabajo que se abre hoy ante nosotros es inmenso. Un conocido
escritor belga publicó recientemente un hermoso libro: "L'Evangile fâce
au désordre mondial" (Fayard, París 1997).
Sí, frente al desorden creado por ideologías antiguas y nuevas nosotros
debemos seguir anunciando el Evangelio de Cristo, la "buena nueva",
"que constituye una gran alegría" para todo pueblo, como
cantaron los ángeles ante los pastores en la noche de Belén (cf. Lc 2,
10).
Nuestro himno de acción de gracias al Señor por el don del sacerdocio debe
terminar con una oración a Cristo, buen Pastor, para que nos sostenga en
nuestro trabajo apostólico, convirtiéndonos en heraldos, mansos y valientes a
la vez, de su reino.
Los desafíos del tercer milenio son grandes. Como san Pablo en el Areópago de
Atenas, deberíamos saber hablar con valentía a los hombres de hoy. En efecto,
hoy se presentan ante nosotros nuevos areópagos: áreas culturales
diversas, realidades nuevas en ámbito nacional e internacional, pero todas
deben ser iluminadas por la luz del Evangelio, con la certeza de que Cristo es
para todos "el camino, la verdad y la vida" (Jn 14, 6).
Ahora bien, para que nuestro trabajo sea eficaz, tenemos necesidad de la ayuda
del Señor. Somos conscientes de lo que ya enseñaba san Pablo a los Corintios:
"ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que hace crecer"
(1 Co 3, 7).
Para mí, en particular, esta santa misa de acción de gracias por el pasado se
transforma en un momento de súplica por el futuro, para que el Dueño de la viña
mística haga fecundo el trabajo apostólico que comencé hace cincuenta años y
que me propongo proseguir hasta que él venga a llamarme a sí. Entonces podré
decirle: "Oh Señor mío, en la tierra escuché tu voz; haz que ahora
vea también tu rostro".
¡Así sea!
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