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INTERVENCIÓN DEL REPRESENTANTE DE LA
SANTA SEDE EN LA III REUNIÓN DE ESTADOS PARTE DE LA CONVENCIÓN SOBRE
LA PROHIBICIÓN DE MINAS ANTIPERSONA*
19 de septiembre de 2001
Señor Presidente:
Permítame, antes que nada, felicitar al Dr. Francisco Aguirre
Sacasa y a los otros miembros de la mesa por su elección para presidir esta
III Reunión de Estados Parte de la "Convención sobre la prohibición
del empleo, almacenamiento, producción y transferencia de minas antipersonal
y sobre su destrucción".
Mi delegación desea asimismo expresar el más vivo
agradecimiento al Gobierno de Nicaragua por su generosa hospitalidad y su
valiente decisión de mantener la celebración de esta Conferencia en la fecha
prevista. La ausencia de algunas delegaciones y la reducida composición de
otras nos remite inevitablemente a los trágicos eventos que la pasada semana
han trastornado no sólo la vida de una nación, sino la de casi el mundo
entero. Los históricos acontecimientos de 1989 en Europa, con sus
repercusiones en el ámbito mundial, y el inicio del tercer milenio de la era
cristiana, parecían anunciar un largo período de tranquilidad y de paz para
todos los pueblos. Sin embargo, precisamente en estos días, comienzan a
soplar nuevos vientos de desestabilización.
La Delegación de la Santa Sede, mientras renueva su más
sentido pésame al Gobierno y a todos los ciudadanos de los Estados Unidos por
los irracionales ataques terroristas que causaron miles de víctimas e
innumerables heridos, se permite hacerse eco de la imploración del Sumo Pontífice
para que esos hechos, aunque de "tan salvaje crueldad", no originen
"una espiral de odio y de violencia", desde la firme convicción de
que ni el uno ni la otra tienen la última palabra.
Señor Presidente:
Como es sabido, las dos primeras Reuniones de los Estados
Parte de la Convención de Ottawa han puesto de manifiesto luces y sombras.
Entre las primeras, merece ser mencionada la tendencia a
disminuir la producción, la comercialización y la utilización de las minas
antipersonales.
Entre las sombras se señalan: a) la carencia de recursos
financieros frente a los ingentes costes debidos a las actividades
relacionadas con los objetivos de la Convención; b) los límites de la misma
Convención, la cual no prevé medidas de verificación ni un sistema de
sanciones; c) los peligros derivados de otros tipos de minas, que no han
sido tomados en consideración por la Convención (las minas antivehículos
que estén provistas de un dispositivo antimanipulación y que pueden tener
los mismos efectos dramáticos que las minas antipersonales); d) la
posibilidad de fabricar nuevos artilugios sustitutivos de las minas
antipersonales.
Por esto, es de desear que esta Tercera Reunión contribuya a
disipar todas las sombras y a difundir las luces hasta alcanzar el pleno día.
En concreto, que sea una buena ocasión para que la Comunidad Internacional, y
en particular los Estados Parte de la Convención, renueven su voluntad de:
- difundir los principios humanitarios y los objetivos de seguridad que
constituyen el espíritu de la Convención, para salvaguardar la vida y la
dignidad de la persona humana;
- prestar mayor asistencia "para el cuidado y
rehabilitación" de las víctimas "y su integración social y económica";
- favorecer el regreso de las personas "desplazadas"
a sus lugares de procedencia y de trabajo;
- restituir las tierras desminadas a su destino natural o
productivo, agrícola o industrial, para la realización de proyectos de
desarrollo económico y social, en favor de las familias y las comunidades que
habitan en ellas;
- renunciar, de una vez para siempre, a la producción, al
comercio y al uso de estos instrumentos de muerte que golpean sin hacer
distinción de personas.
La Santa Sede - que fue entre los primeros en ratificar la
Convención - está más convencida que nunca de que ésta constituye un
elemento importante del derecho humanitario, en la medida en que las minas
antipersonales son fríos y ciegos instrumentos ideados, construidos y usados
para herir o matar a una o más personas. Más aún, la Convención señala a
toda la Comunidad Internacional una meta, "que representa una victoria de
la cultura de la vida sobre la cultura de la muerte" (Juan Pablo II,
Angelus 28/2/1999).
Se ha avanzado bastante en el camino, pero todavía queda
mucho por recorrer. Ha llegado la hora de tomar conciencia de que, en un mundo
fuertemente interdependiente o globalizado, no puede haber seguridad para
algunos sin la seguridad para todos.
Esta seguridad no se puede basar sobre el poder de la tecnología
ni está garantizada por un uso egoísta de ella - como la experiencia nos
enseña tristemente- sino con el fortalecimiento y la promoción de los
valores éticos fundamentales, aceptados por todos y válidos en todas
partes. La seguridad, como la paz, debe fundamentarse en la verdad, la
justicia, la libertad y la solidaridad. La libertad debe ser sin fronteras y
sin distinción de lengua, raza o pueblo. La libertad, como la persona
humana, es única e indivisible. Como ha señalado Su Santidad el Papa Juan
Pablo II, la justicia es el otro nombre de la paz.
La ayuda dada por los países donantes para destruir las minas
antipersonales o para la rehabilitación de las victimas es una expresión
concreta de la solidaridad que está en la base de las armoniosas y pacíficas
relaciones entre los pueblos. En este sentido, es encomiable y precisa ser
apoyada toda iniciativa orientada a garantizar los fondos necesarios para tal
fin. Los objetivos de la Convención no se alcanzarán plenamente hasta que no
sean acogidos y observados por todos los Estados. Por esta razón, la Santa
Sede se asocia al reiterado auspicio, formulado por muchos de los aquí
presentes, de que los Estados, que todavía no se han adherido a este
importante instrumento del derecho internacional humanitario, lo hagan cuanto
antes. Es evidente que el día en el que todos los Estados se hayan adherido y
cumplan efectivamente sus compromisos, nadie tendrá ya que temer las
asechanzas de destrucción y muerte que suponen las minas. Una vez
reconquistada la confianza mutua, todos juntos podremos construir un mundo
mejor, más seguro y próspero para toda la familia de las Naciones.
Muchas gracias.
*L’Osservatore Romano, 24-25.9.2001 p.2.
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