 |
CARTA DEL CARDENAL ANGELO SODANO A LA ASAMBLEA
ORDINARIA DE LA ORGANIZACIÓN DE LOS ESTADOS AMERICANOS
Exc.mo Señor
Su Santidad el Papa Juan Pablo II quiere hacer llegar una vez más, por mi
intermedio, su atento saludo a Ud., Señor Presidente de esta honorable
Asamblea, a los Exc.mos Ministros de Relaciones Exteriores de las Naciones
Americanas y del Caribe, al Exc.mo Secretario General de la Organización de los
Estados Americanos, Señor César Gaviria, y a los Representantes de los Países
Observadores.
La abundante agenda sometida a los Estados miembros en cada una de las
Asambleas anuales, es, por sí misma, una evidente demostración de la
importancia de la OEA como instrumento multilateral para la promoción de la
concordia y fraternidad continental, el afianzamiento de la democracia, el
respeto de la persona, la armonización legislativa, y la cooperación cultural.
La Santa Sede ha seguido siempre con gran interés, entre otras cosas, el
desarrollo del conjunto de convenciones y resoluciones sobre el desarme, la
seguridad común y el fomento de la confianza recíproca, y sobre todo, la
construcción de un comprensivo marco jurídico interamericano de derechos
humanos.
Entre los diversos trabajos en curso sobre los que se informará en la 32ª
sesión de la Asamblea General, merecen una especial atención de la Santa Sede
los informes del Consejo Permanente sobre los Derechos humanos de los
trabajadores migrantes y de sus familias, y sobre la factibilidad del Proyecto
de Convención interamericana contra el racismo y contra todas las formas de
discrimación e intolerancia.
El actual proceso de globalización, las diferencias de desarrollo entre los
Países de la región, los conflictos civiles, los desastres naturales y las
graves crisis económicas por las que atraviesan algunos Estados americanos,
provocan movimientos de personas de magnitudes siempre crecientes. Como reacción
al fenómeno, en los Países o regiones que reciben el flujo migratorio, puede
facilmente sugir la tentación de la intolerancia y la discriminación social de
las minorías, del abuso de los sectores más débiles y de la defensa
desproporcionada del bienestar adquirido, el empleo y otros beneficios sociales.
En este sentido no se debe perder de vista que cualquier aproximación a este
problema debe partir de la noción de bien común universal, que abarca toda la
familia humana, superando cualquier egoísmo nacionalista. Tal noción encuentra
su fundamento en la universalidad e indivisibilidad de los derechos humanos
fundamentales , que son consecuencia de la dignidad de la persona humana, y que
han sido adecuadamente recogidos también por la Convención americana de
derechos humanos.
Todos los hombres y mujeres de la región, deben poder gozar de un justo
derecho a emigrar, que comprende el derecho a vivir dignamente con la propia
familia, a conservar y desarrollar el propio patrimonio cultural, incluído el
patrimonio religioso, y a ser y tratado, en toda circunstancia, conforme a la
propia dignidad de ser humano. Los límites de la obligación ética de acoger a
los inmigrantes no pueden estar determinados solamente por la mera defensa del
propio bienestar.
Los problemas de las migraciones y de la protección de las minorías deberían
ser considerados en el contexto de toda la política interamericana. En ese
marco, la Santa Sede no puede dejar de recordar la necesidad de una efectiva
solidaridad intercontinental, entre los gobiernos y entre los pueblos de América,
que procure ofrecer con generosidad los medios materiales para resolver los
grandes problemas que aquejan a vastas áreas del continente. Una tal
solidaridad supondrá necesariamente mayores sacrificios por parte de los
Estados y los grupos sociales más aventajados, dejando de lado intereses
sectoriales de corto plazo, tanto para recibir al hermano que llega buscando
mejores condiciones de vida, como para facilitar su permanencia en las regiones
de origen.
Las consecuencias no deseadas de los desplazamientos masivos de población
podrán ser atenuadas con un esfuerzo continental para la creación de puestos
de trabajo en los Estados y áreas geográficas más pobres, que sean dignos,
abundantes y estables. En tal sentido, el menor condicionamiento posible de la
ayuda financiera y la amplia apertura de los mercados desarrollados en favor de
la producción de los países más pobres, son un complemento indispensable de
la normativa sobre el fenómeno migratorio.
La Santa Sede, se siente honrada y complacida de poder participar nuevamente
a la Asamblea General de la Organización, y pide a Dios Omnipotente que ilumine
y guie a los responsables políticos del continente para que se puedan empeñar
siempre más en la consecución del bien común.
Junto a este saludo a los delegados americanos y caribeños y a los pueblos
que representan, en nombre del Santo Padre y en nombre propio, saludo también
con especial afecto al pueblo de Barbados, que acoje esta 32ª Asamblea, y a su
Primer Ministro, el Excelentísimo Señor Owen Seymour Arthur, M.P.
Reciba, Señor Ministro, las seguridades de mi alta y distinguida consideración.
Card. Angelo Sodano
Secretario de Estado de Su Santidad
|