SINODO DE LOS OBISPOS
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X ASAMBLEA ORDINARIA
EL OBISPO
SERVIDOR DEL EVANGELIO DE JESUCRISTO
PARA LA ESPERANZA DEL MUNDO
L I N E A M E N T A
Ciudad del Vaticano
1998
El presente texto de los Lineamenta se encuentra
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los Obispos y Libreria Editrice Vaticana.
Este texto puede ser reproducido por las Conferencias Episcopales o bajo
su autorización siempre que su contenido no sea alterado de ningún
modo y que dos copias del mismo sean mandadas a la Secretaría
General del Sínodo de los Obispos, 00120 Ciudad del Vaticano.
PRESENTACIÓN
El argumento asignado por el Santo Padre Juan Pablo II a la Décima
Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos "Episcopus
minister Evangelii Iesu Christi propter spem mundi", que ha de
celebrarse en el tiempo del Jubileo del Año 2000, implica un doble
significado: el de la conclusión de un itinerario y el de una
celebración de la comunión.
Cuando en el 1987 tuvo lugar el sínodo sobre la vocación
y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo comenzó
un camino que podría ser comprendido bajo el título "la
vida de los cuerpos eclesiales después del Concilio Vaticano II".
El Sínodo, que nació en el Concilio, se transformó
en una fiel "Traditio Concilii", asumiendo del mismo
Concilio, en cierto modo, la estructura, el método, el espíritu,
y sobre todo, transmitiendo, meditando y elaborando argumentos y
proposiciones conciliares.
Fue así que, por ese mismo motivo, el "corpus
laicorum", "christifideles scilicet qui, utpote baptismate
Christo concorporati" (Lumen gentium, 31), resultó
ampliamente ilustrado en la Septima Asamblea sinodal del 1987. A dicho
cuerpo de los laicos acceden, come primer paso, todos los hijos de la
Iglesia, que con el bautismo son constituidos en pueblo santo de Dios.
En el 1990 el sínodo se ocupó, en la Octava Asamblea,
de la formación de los presbíteros, es decir de aquel "corpus
presbyterorum", en el cual "los presbíteros ... se
unen todos sí por íntima fraternidad sacramental",
formando un "solo presbiterio" (Presbyterorum ordinis, 8).
La Novena Asamblea pasó, luego, a tratar el tema de la vida
consagrada, es decir de aquellas personas que, como "corpus vitae
consecratae", por medio de la práctica de los consejos
evangélicos siguen a Cristo con mayor libertad, imitándolo
mas de cerca (cf. Perfectae caritatis, 1).
Finalmente, a la Décima Asamblea ha sido reservado el tema
del Obispo en su prerrogativa de siervo anunciador del Evangelio, junto a
todos los otros obispos, con los cuales forma un "collegium seu
corpus episcoporum" (Lumen gentium, 22).
El itinerario sinodal, iniciado con la meditación sobre la
vocación y misión de los laicos, pasando luego a través
de otros estados de vida, es decir, de los presbíteros y de las
personas consagradas, llega así a una meta final con la Décima
Asamblea dedicada al Obispo, en calidad de apóstol del Evangelio de
Jesucristo (cf. Rom 1,1.9).
Mas, porque el Cuerpo Místico de Cristo es uno, no puede
existir sustancialmente la variedad de sus miembros si no en una unidad
superior que confiere compacteza y vitalidad al cuerpo entero, que es la
Iglesia. en efecto, "los sagrados Pastores ...saben ... que no han
sido instituidos por Cristo para asumir por sí solos toda la misión
salvífica de la Iglesia en el mundo (Lumen gentium, 30).
Es por este motivo que los laicos, los presbíteros, las
personas consagradas y los obispos tienden hacia el único fin y
coindicen en el único objetivo: hacer crecer el único Cuerpo
del Señor hasta la plena madurez (cf. Ef 4,13), en
la comunión, pues "una misma es la santidad que cultivan, en
los múltiples géneros de vida y ocupaciones, todos los que
son guiados por el Espíritu de Dios, y obedientes a la voz del
Padre, adorándole en espíritu y verdad, siguen a Cristo
pobre, humilde y cargado con la cruz, a fin de merecer ser hechos partícipes
de su gloria" (Lumen gentium, 41).
El camino sinodal, que es "comunión en el caminar"
(Juan Pablo II a los Presidentes de las Conferencias Episcopales de
Europa, L'Osservatore Romano, 2 de diciembre de 1992, p. 5),
comienza en la comunión, se desarrolla en la comunión y
encuentra su conclusión en la comunión.
Este documento de los Lineamenta está destinado a
alimentar y estimular la reflexión de todos aquellos que, poniéndose
ya en camino en las iglesias locales, se preparan para recorrer este
sendero de comunión que es el Sínodo, mientras buscan con la
oración y la meditación expresar las instancias y las
intenciones de la propia comunidad.
Propuestas, indicaciones y espectativas deberán ser
estudiadas y elaboradas por los Obispos en las Conferencias Episcopales o
en los organismos análogos, para luego ser enviadas a la Secretaría
General del Sínodo. El Cuestionario será últil
para concentrar la atención sobre algunos puntos particulares de la
doctrina y de la praxis de la Iglesia. Si en casos concretos se advierte
la necesidad de exponer argumentos no comprendidos en el Cuestionario,
existe la posibilidad de proceder en ese sentido, más aún,
es bien recibida cualquier iniciativa de profundización y
enriquecimiento en el estudio del tema sinodal.
Las respuestas al Cuestionario deberán ser enviadas
a la Secretaría General del Sínodo antes del 30 de
septiembre de 1999 para consentir la redacción del Instrumentum
laboris, el cual será el texto de referencia para los Padres de
la Asamblea "jubilar" del Sínodo de los Obispos, evento
que será un punto culminante de coronología cristiana y de
comunión eclesial.
Jan P. Card. SCHOTTE, C.I.C.M.
Secretario General del Sínodo de los Obispos
INTRODUCCIÓN
1. La infinita riqueza del misterio de Cristo revive en el
misterio de la Iglesia y se manifiesta a través de la variedad de
las vocaciones y de la diversidad de los estados de vida en los que se
articula la comunión eclesial. En la concreción de sus múltiples
actuaciones, éstos corresponden al conjunto de dones que el Espíritu
Santo ha infundido en los bautizados (cfr. I Cor 12, 4-6).
Provenientes del único y común origen trinitario, los
diversos estados de vida están íntimamente relacionados
entre sí, de manera que están ordenados los unos a los otros
y se edifican recíprocamente cuando son vividos en la conciencia de
su respectiva identidad y complementariedad. Además, cada uno y
todos a la vez están ordenados al bien y el crecimiento de la
Iglesia, así como también contribuyen al cumplimento de su
misión en el mundo mediante su despliegue orgánico.(1)
Después de haber puesto en evidencia el Concilio Vaticano II la
gran realidad de la comunión eclesial, la cual no es uniformidad
sino don del Espíritu que pasa a través de los distintos
carismas y estados de vida, se ha advertido la necesidad de explicitar
mejor la identidad, la vocación y la misión específica
en la Iglesia.(2) Por eso en ellos han centrado su atención la tres
últimas asambleas ordinarias del Sinodo de los obispos, a las
quales han seguido tres exhortaciones apostólicas de Juan Pablo II:
Christifideles laici sobre la vocación y misión de
los laicos, Pastores dabo vobis sobre el sacerdocio ministerial y
Vita consecrata sobre el estado de aquellos hombres y mujeres que
siguen a Cristo más de cerca en la profesión de los consejos
evangélicos de castidad, pobreza y obediencia. De todo ello ha
derivado una mayor conciencia de la importancia de cada uno y del valor de
su presencia constitutiva en la vida de la Iglesia, por voluntad del Señor.(3)
Por tanto, como ha recordado el Concilio Vaticano II, tanto el elemento
jerárquico como el carismático son co-esenciales en la
Iglesia y contribuyen ambos a su renovación, en modo diferente pero
siempre con un recíproco intercambio. (4)
2. La experiencia del Post-Concilio ha demostrado además
cuánto ha dependido y depende de los Obispos la renovación
querida por el Concilio. No podía ser de otro modo, a causa de su
ministerio de constructores, garantes y custodios de la comunidad
cristiana, de la que han sido constituidos pastores en nombre de Cristo.
Cada uno de ellos es, en la propia Iglesia particular, el promotor eficaz
de la vida de los fieles laicos y el custodio atento de la vida
consagrada; los presbíteros son sus "colaboradores y
consejeros necesarios en el ministerio y oficio de enseñar,
santificar y apacentar al Pueblo de Dios".(5)
Se ve por tanto la urgencia de que, así como en el pasado, también
hoy, cuando la Iglesia ha llegado al umbral del Tercer Milenio, los
obispos, en su ministerio, se empeñen con determinación y
valentía en su renovación según las directrices del
Concilio Vaticano II, de modo que a través de su labor el mundo "se
transforme según el proósito divino y llegue a su consumación".
(6)
3. Por este motivo el tema elegido por Juan Pablo II para la X
Asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos es: "El
Obispo, servidor del Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo".
Con él se quiere subrayar en primer lugar que Jesucristo es la
esperanza del hombre, de cada hombre y de todo el hombre .(7)
Además, el mismo tema propone que todo el servicio de cada obispo
es para la esperanza, es servicio de anuncio y de testimonio de la
esperanza, en cuanto que es anuncio de Cristo. Cada obispo debe poder
hacer suyas las palabras de S. Agustín: "Pero sea como sea el
obispo, vuestra esperanza no ha de apoyarse en él. Dejo de lado mi
persona; os hablo como obispo: quiero que seais para mi causa de alegría,
no de hinchazón. A nadie que encuentre poniendo la esperanza en mi
puedo felicitarle; necesita corrección, no confirmación; ha
de cambiar, no quedarse donde está... vuestra esperanza no esté
en nosotros, no esté en los hombres. Si somos buenos, somos
siervos, si somos malos, somos siervos; pero si somos buenos, somos
servidores fieles, servidores de la verdad". (8)
La preparación de la X Asamblea ordinaria del Sínodo de
los Obispos y sus trabajos no podrán desarrollarse si no es a la
luz de la enseñanza del Concilio Vaticano II sobre los obispos,
sucesores de los Apóstoles, "los cuales, junto con el Sucesor
de Pedro, Vicario de Cristo y Cabeza visible de toda la Iglesia, rigen la
casa del Dios vivo". (9)
4. Cada obispo, en cuanto participa de la plenitud del
sacramento del orden, es principio y fundamento visible de la unidad en la
Iglesia que le ha sido confiada a su servicio pastoral, trabajando para
que ésta crezca como familia del Padre, Cuerpo de Cristo y Templo
del Espíritu, mediante la triple función que está
llamado a desarrollar, que es la de enseñar, de santificar y de
gobernar. Él es presencia viva y actual de Cristo "pastor y
obispo" de nuestras almas (I Pt 2, 25), vicario en la Iglesia
particular no solamente de su palabra, sino de su misma persona.(10) Y
porque la Iglesia es la comunión de todas las Iglesias, edificando
su Iglesia particular el obispo contribuye a la edificación de toda
la Iglesia, que es "en Cristo como un sacramento, o sea signo e
instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de
todo el género humano".(11) Por tanto, con el crecimiento de
la Iglesia crece también "el cuerpo de la nueva familia
humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo
nuevo".(12)
El mismo Concilio Vaticano II ha vuelto a poner también en un
puesto de honor la realidad del colegio episcopal que sucede al Colegio de
los Apóstoles y es la expresión privilegiada del servicio
pastoral desarrollado por los obispos en comunión entre sí y
con el Sucesor de Pedro. Como miembros de este Colegio, todos los obispos
"han sido consagrados no sólo para una diócesis
determinada, sino para la salvación de todo el mundo"(13) y,
por institución y voluntad de Cristo "están obligados a
tener por la iglesia universal aquella solicitud que, aunque no se ejerza
por acto de jurisdicción, contribuye, sin embargo, en gran manera
al desarrollo de la Iglesia universal".(14)
Este magisterio está presente, como uno de los principios
animadores, en todos los documentos del Concilio Vaticano II y tiene en el
decreto Christus Dominus una determinación más específica
acerca de la misión pastoral de los obispos. Después, el Código
de Derecho Canónico, promulgado en el 1983, retomó su figura
delineando su estatuto jurídico. Pero ya diez años antes, y
con el fin de ilustrar el tipo ideal de obispo adapto a nuestro tiempo y
para describir en modo más claro su figura moral-ascético-mística,
la Congregación para los Obispos había publicado el
Directorio Ecclesiae imago (22 de febrero del 1973), que mantine aún
hoy su validez.(15)
5. La primera Asamblea del Sínodo de los Obispos,
celebrada en octubre del 1969, tratando el tema de la colegialidad de los
Obispos en la Iglesia, tuvo la posibilidad de reflexionar en profundidad
sobre la doctrina conciliar acerca de la comunión sacramental entre
los obispos. Además, la misma realidad del Sínodo de los
Obispos es un instrumento muy útil de comunión. Reunidos en
el Sínodo cum Petro et sub Petro, los obispos aportan sus
propias experiencias de pastores de las iglesias y "hacen manifiesta
y operativa esa coniunctio, que constituye la base teológica
y la justificación eclesial y pastoral del hecho de reunirse
sinodalmente".(16)
La X Asamblea del Sínodo de los Obispos sin duda será la
ocasión de verificar que cuanto más sólida es la
comunión de los Obispos entre sí, tanto más se
enriquece la comunión de la Iglesia. Además, su mismo
ministerio se reforzará y confortará con el intercambio recíproco
de experiencias. Inserta en el contexto del grande Jubileo del 2000 y
teniendo como centro de atención la misma figura del obispo como
ministro del Evangelio para la esperanza del mundo, la próxima
Asamblea sinodal ordinaria prevé entre sus objetivos el poner en
relieve que a los obispos "incumbe la noble tarea de ser los primeros
en proclamar las 'razones de la esperanza' (cf. I Pt 3, 15): esa
esperanza que se apoya en las promesas de Dios, en la fidelidad a su
palabra y que tiene como certeza inquebrantable la resurrección de
Cristo, su victoria definitiva sobre el mal y el pecado".(17) Por
otro lado, el adviento del Tercer Milenio, llama a todos los cristianos, y
en modo particular a los obispos, a valorizar y profundizar, en el campo
eclesial y civil, "los signos de la esperanza presentes en este último
fin de siglo, a pesar de las sombras que con frecuencia los esconden a
nuestros ojos".(18)
La esperanza cristiana está íntimamente ligada al anuncio
valiente e integral del Evangelio, de especial importancia entre las
funciones de los obispos. Y en consecuencia, por encima de sus muchas
obligaciones y ocupaciones, "más allá de todas las
preocupaciones y las dificultades inevitablemente asociadas con el fiel
trabajo cotidiano en la viña del Señor, debe prevalecer
sobre todo la esperanza". (19)
Capítulo I
CONTEXTO ACTUAL DE LA MISIÓN DEL OBISPO
6. Los padres conciliares, cuando una vez concluido el Concilio
Vaticano II regresaron a las propias iglesias particulares, llevaron a los
sacerdotes, sus principales colaboradores, y a todos los otros miembros
del pueblo de Dios, junto a los textos doctrinales y pastorales también
la propuesta de una nueva figura de obispo, conforme al rostro de comunión
de la Iglesia, que el mismo Concilio había puesto a la luz apelando
al misterio de la comunión trinitaria como su origen último
y modelo trascendente.(20) Al mismo tiempo llevaron no solamente la
doctrina acerca del carácter y la naturaleza colegial del orden
episcopal, sino también la riqueza de una valiosa experiencia
vivida en la colegialidad. En todo esto estaba implícito que la
figura del obispo ya no sería la misma.
Una Nueva Valoración de la Figura del Obispo
7. De hecho, emergía la necesidad de una nueva valoración
de la función y de la autoridad del obispo. Y esto no ya únicamente
en su aspecto exterior, sobre el cual también la Santa Sede se
comenzó a ocupar, como por ejemplo con la Carta m. p. Pontificalia
Insignia de Pablo VI (21 de junio del 1968) o también con la
Instrucción Ut sive sollicite (31 de marzo del 1969), que
devolvían a las insignias y a los hábitos episcopales una
mayor sencillez y conformidad con el espíritu humilde y pobre, que
debe brillar siempre en los que tienen una responsabilidad especial en el
servicio de los hermanos.
Sin embargo, la nueva valoración de la figura del obispo se refería
a su significado espiritual y moral, puesto que tiene el carisma primario
de la apostolicidad. Él es el ecónomo de la gracia del
supremo sacerdocio; es el maestro auténtico que proclama con
autoridad la Palabra de Dios en lo que se refiere a la fe y las
costumbres.
8. En la carta apostólica para la preparación del
Jubileo del 2000, Juan Pablo II recuerda que es justo y bueno para la
Iglesia el invitar a sus hijos a pasar el umbral de la Puerta Santa
purificándose, en el arrepentimiento de los errores, infidelidades
e incertidumbres. Es más, la misma Iglesia se propone cargar con
los pecados de sus hijos. (21)
Por tanto, es oportuno que la X Asamblea ordinaria del Sínodo de
los Obispos, al final del segundo milenio, reconozca con un gesto humilde
de arrepentimiento que también el ministerio episcopal, en su
manifestación histórica, en algunos momentos ha sido
entendido más como una forma de poder y prestigio que como una
expresión de servicio.
9. En su magisterio, el Concilio Vaticano II ha hecho uso en
varias circunstancias de la doctrina de San Cipriano, obispo de Cartago,
del cual ha retomado la idea de la mutua inclusión de la Iglesia en
el obispo y del obispo en la Iglesia: la Iglesia es el pueblo unido a su
sacerdocio, la grey reunida entorno a su pastor.(22) La misma idea ha
servido de guía al decreto Christus Dominus en el describir
la Iglesia particular como una porción del pueblo de Dios que se
confía a su obispo, el cual, ayudado por el presbiterio, lo reúne
en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y la Eucaristía.(23)
Son hechos ciertamente positivos el vivo deseo y la creciente solicitud
de muchos fieles de vivir la comunión con el propio obispo, el
interés por un encuentro personal con él, por un diálogo,
por confrontar las ideas en el análisis y en las revisión de
las situaciones locales, por el proyecto pastoral. De hecho, en la
insistente petición de cuantos tienen un vivo sentido de Iglesia
está presente la necesidad de que el obispo sea un signo siempre más
luminoso de aquella comunión de caridad,(24) de la cual la Iglesia
es sacramento en el mundo.
Nuevas Instancias y Dificultades para el Ministerio Episcopal
10. Este dato, que encuentra su respuesta institucional en la
creación de lugares específicos de participación en
la vida de la Iglesia particular, como los Consejos presbiterales y
pastorales y la celebración de Sínodos diocesanos, comporta
ulteriores dificultades, además de las ya normales, para el
ejercicio del ministerio episcopal. El riesgo es que una serie de
ocupaciones de diverso tipo y en estrecha sucesión entre sí
-derivadas frecuentemente de circunstancias particulares relacionadas con
la función pública que en la sociedad civil de diferentes
paises le viene reconocido - llenen la jornada de un obispo y puedan
distraerlo de sus ocupaciones principales. Sucede entonces que se
encuentra totalmente absorbido por tantas peticiones que hacen prevalecer
el aspecto administrativo o burocrático, en detrimento de su relación
personal-espiritual del pastor con su grey. También la función
pública de un obispo necesita un cuidadoso discernimiento.
A esto hay que añadir otras dificultades derivadas, por ejemplo,
de la extensión del territorio diocesano o de la cantidad de fieles
o también de la concepción, que todavía existe en
algunos lugares, de que el obispo es la persona importante e influyente al
cual uno se puede dirigir para obtener favores o facilidades de distintos
tipos.
11. Se trata, por tanto, de la dificultad de hacerse "todo
para todos". En cualquier caso, cada obispo está obligado a
buscar y a realizar, en sus ocupaciones cotidianas, el justo equilibrio
entre la guía interna de una comunidad y el deber misionero de
anunciar el Evangelio a los hombres. No menos necesaria es la búsqueda
de un equilibrio entre la contemplación y la acción.
Además, ya que el honor episcopal es efectivamente una carga
gravosa y fuente de fatiga, se ve más claramente la importancia de
la cooperación de los presbíteros. No se trata, en este
caso, de una simple oportunidad práctica, pues la necesaria
cooperación del presbítero está enraizada en el mismo
evento sacramental.(25) Por otra parte, todos los cristianos tienen el
derecho y el deber de cooperar, sea en forma personal que asociativa, a la
misión de la Iglesia, según la propia vocación y según
los dones del Espíritu. Por tanto, corresponde al obispo reconocer
y respetar este sano pluralismo de las responsabilidades, acogerlo,
valorarlo y coordinarlo con sabiduría pastoral, con el fin de
evitar una dispersión inútil y perjudicial de las energías.(26)
Actuando en este modo, él estará presente en la Iglesia
particular no solamente con la fuerza de su personalidad sino, más
todavía, con la figura de una persona ministerial, que actúa
una presencia de comunión.
Emergencias en la Comunidad Cristiana
12. El Concilio Vaticano II ha sido para la Iglesia una auténtica
gracia de Dios y un gran don del Espíritu Santo. De este
acontecimiento eclesial han derivado muchos frutos espirituales para la
Iglesia universal y para las particulares, como también para los
hombres de nuestro tiempo. En particular, el Concilio fue un gran acto de
amor a Dios, a la humanidad y a la Iglesia. De esta última, los
textos conciliares explican la naturaleza y estructura fundamental querida
por el Señor, su vocación ecuménica y su actividad
apostólica y misionera.
La II Asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos del 1985
constató, con satisfacción y con esperanza, que una gran
parte de los fieles, respondiendo a los impulsos del Espíritu
Santo, habían acogido el magisterio del Vaticano II con tal impulso
y adhesión de ánimo que se veía acrecentado el sensus
Ecclesiae. A partir de éste, que comporta un conocimiento más
profundo de la Iglesia, un mayor amor a ella y un vivo sentire cum
Ecclesia, han cobrado fuerzas también el dinamismo misionero y
el empeño en el diálogo ecuménico con el fin de
restablecer la unión visible entre los cristianos.
En el laicado, sobre todo, han conocido un auténtico impulso el
sentido de la corresponsabilidad y la voluntad de participación en
la vida y en la misión de la Iglesia. Después del Concilio
han surgido y se han desarrollado, junto al asociacionismo tradicional,
formas nuevas de agregación que, con fisionomías y
finalidades específicas y diferentes, participan en la misión
de la Iglesia de anunciar el Evangelio como fuente de esperanza y de
renovación para la sociedad.(27) También se siente cada vez
más en la comunidad de los fieles la exigencia a valorar el "genio"
de la mujer. Además, está la vida consagrada, difundida
universalmente y floreciente con sorprendente vigor en algunas Iglesias.
Sobre ella ha reflexionado mucho la última Asamblea ordinaria del Sínodo
de los obispos, a la que siguió la Exhortación Apostólica
Vita consecrata. Se trata en todos estos casos de fenómenos
confortantes porque a ellos está estrechamente unido un vigor
renovado en la adhesión a Cristo, luz de las gentes y esperanza del
hombre.
Disminución del fervor y subjetivización de la fe
13. Sin embargo, el crecimiento no siempre ha podido contener,
especialmente en los pueblos de tradición cristiana antigua, el
impulso de la secularización, que desde hace tiempo insidia las raíces
religiosas del corazón humano. No faltan en el ámbito
eclesial otros fenómenos preocupantes y negativos, como la
ignorancia religiosa, que por desgracia persiste y crece en muchos
creyentes; la escasa incidencia de la catequesis, que es sofocada por
persuasivos mensajes difundidos a través de los medios de
comunicación de masas; el mal entendido pluralismo teológico,
cultural y pastoral; la persistencia de un sentido de desconfianza y casi
de intolerancia hacia el magisterio jerárquico; las presentaciones
unilaterales y reduccionistas de la riqueza del mensaje evangélico.(28)
Entre los efectos se deben incluir el surgimiento de una "falta de
fervor, tanto más grave cuanto que viene de dentro", una falta
de fervor que "...se manifiesta en la fatiga y desilusión, en
la acomodación al ambiente y en el desinterés, y sobre todo,
en la falta de alegría y esperanza".(29) A esto se añaden
también la ruptura entre la fe y la vida, entre la acogida del
Evangelio y su traducción concreta en los comportamientos y las
opciones de cada día y el surgir de un subjetivismo entre los
fieles, a veces exasperado, que se manifiesta sobre todo en el campo ético
y moral, pero también en los contenidos de la fe.
Por desgracia, el fenómeno de la subjetivización de la fe,
que va acompañado del crecimiento del individualismo, está
presente en un gran número de cristianos, con el resultado de una
sensibilidad disminuida hacia el conjunto total y objetivo de la doctrina
de la fe. Por el contrario, crece la adhesión subjetiva a lo que
gusta y va de acuerdo con la propia "experiencia". Este tipo de
dificultades exige que, sobre todo los obispos junto con su presbiterio,
acrecienten los esfuerzos con el fin de que la palabra de Dios llegue íntegra
a los fieles y les vengan mostrados sin adulteraciones el esplendor y la
intensidad de amor "de la verdad que salva" (2 Tes 2,
10).
La necesidad de presentar la luz del Evangelio y la enseñanza
autorizada de la Iglesia acerca de los principios que se encuentran en la
base de la vida moral y la sostienen, está presente en la Veritatis
Splendor (25 de marzo del 1995), en la cual Juan Pablo II ha vuelto a
proponer los fundamentos del actuar cristiano y la relación
esencial que existe entre la verdad y la libertad.
14. En verdad hay que reconocer que el ejercicio del magisterio
episcopal era relativamente fácil cuando la vida de la Iglesia se
desarrollaba en condiciones diferentes y podía inspirar las
culturas fácilmente, participando a sus formas de expresión.
En la crisis actual, que ataca el lenguaje y el pensamiento, todo esto
resulta más arduo y difícil; es más, precisamente en
el anuncio de la verdad es donde los obispos muchas veces ven puesta a
prueba su fe y su valentía.
Sin embargo, corresponde a ellos, en primera persona, el inalienable
deber de ser custodios de la Verdad, y esto sin ignorar los muchos
problemas que hoy encuentra un creyente justamente deseoso de progresar en
la inteligencia de la fe. A cada obispo, el Apóstol dirige la
exhortación a sacar siempre fuerza de la gracia que está en
Cristo Jesús (cfr. 2 Tim. 2, 1) y anunciar la Palabra en
toda ocasión, a tiempo y a destiempo, a vigilar soportando los
sufrimientos, a cumplir la obra de anunciador del Evangelio (cfr. 2
Tim. 4, 1-5).
Con este fin es muy importante conservar viva y visible la comunión
jerárquica con el obispo de Roma e incrementar el afecto colegial
con los otros obispos, especialmente en las diferentes asambleas
episcopales.(30)
La vida matrimonial y familiar
15. Entre los "caminos" más importantes de la
Iglesia en los umbrales del Tercer Milenio, como ha escrito Juan Pablo II
en su Carta del 2 de febrero de 1994, está la familia. Una
mirada a la vida de la Iglesia en nuestros días hace notar que
entre los cristianos ha crecido la convicción de que la pareja y la
familia cristianas son fuentes de santificación. En particular, en
los esposos ha aumentado la conciencia de la propia vocación a la
santidad y del significado positivo y cristiano de la sexualidad. En este
campo, un apoyo esencial ha sido, en estos últimos años, el
magisterio del Vaticano II, expuesto en la constitución pastoral
Gaudium et Spes, al cual se han añadido muchas otras
intervenciones de la Sede Apostólica, desde la encíclica
Humanae Vitae de Pablo VI a la exhortación Familiaris
consortio de Juan Pablo II.
Sin embargo, también la familia es atacada hoy por numerosas
amenazas, que van desde la mentalidad consumista al hedonismo difundido,
desde el permisivismo moral a la dañosa propaganda de formas
desviadas de sexualidad. Por otro lado, no raras veces los medios de
comunicación social elevan a esquemas de vida social lo que son
comportamientos que degradan la dignidad de la persona, y por tanto se
oponen a la vida moral que viene indicada en el Evangelio y que enseña
la Iglesia. A esto hay que añadir el mito de una "explosión
demográfica" y los temores de una superpoblación, que
impediría a la humanidad proveer a sus necesidades vitales. Estos
fenómenos y estos miedos abren el camino a la plaga del aborto y a
la eutanasia, sobre todo porque están alimentados de una "cultura
de muerte", invadente y engañosa, en contra de la cual Juan
Pablo II ha elevado su voz en la encíclica Evangelium vitae
(25 de marzo del 1995).
Por fin, en el campo de la vida humana, la biología y la ingeniería
biológica han dirigido su mirada hacia las fuerzas escondidas de la
naturaleza y, apoderándose de las metodologías más
atrevidas para dominarlas y utilizarlas, han realizado progresos enormes.
Sin embargo, son conocidos los riesgos graves de la extralimitación
y del abuso, además de los profundos interrogantes antropológicos
y morales que derivan de operaciones que son formas inaceptables de
manipulación y de alteración porque, atentan contra la vida
y la dignidad del hombre.
Todo esto no deja de alarmar y preocupar, en primer lugar, a los
obispos, bien conscientes de que la familia se fortificará
solamente si se responde a la vocación del Padre celeste, que llama
a sus hijos a vivir en fidelidad la unión conyugal, a ejercitar
responsablemente la procreación y a empeñarse con amor en la
educación de la prole.
En un momento en el que parece que muchos han perdido el vínculo
entre verdad, bien y libertad, los obispos advierten como urgente el deber
de recordar, con la voz del santo obispo Ireneo de Lyon, que "la
gloria de Dios es el hombre viviente y la vida del hombre es la visión
de Dios".(31) De aquí viene la necesidad de que el hombre viva
según las exigencias de su dignidad de criatura de Dios y de hijo
en el Hijo, redentor del hombre. Una forma eminente de caridad para con
los hombres consiste en no disminuir en nada la doctrina salvadora de
Cristo, acompañando la proclamación de la verdad con la
paciencia y la bondad de que el Señor Jesús dio ejemplo.
Las vocaciones al ministerio presbiteral y a la vida consagrada
16. La atención de los obispos a la formación de
los futuros presbíteros y su preocupación por la escasez de
clero, han estado siempre presentes en las discusiones de las diferentes
asambleas del Sínodo de los Obispos, y en modo particular en la del
1990. Entonces, se pudo constatar cómo en muchas Iglesias
particulares hay un confortante despertar y aumento de las vocaciones al
ministerio presbiteral, por el cual todos deben alabar al Señor.
Sin embargo, en otras Iglesias, sobre todo de Europa occidental y de América
del Norte, persiste una sensible disminución, agravada por el
elevarse de la edad media de los sacerdotes ocupados en la cura pastoral.
Por otra parte, allí donde el aumento de las vocaciones es
sensible, queda siempre la divergencia entre el crecimiento numérico
y las exigencias de los fieles.
Esto comporta una dificultad evidente para el ministerio episcopal y es
fuente de preocupaciones notables para muchos obispos. De hecho, cada
comunidad cristiana tiene su fuente incesante en el sacramento de la
Eucaristía, del que el sacerdote es el ministro. La presencia de
vocaciones sacerdotales, además, es una premisa necesaria para el
crecimiento de la Iglesia, y una prueba de su vitalidad espiritual.
También el incremento de las vocaciones a la vida consagrada se
presenta como una necesidad grave para la Iglesia, que siempre tiene
necesidad de testigos del "siglo venidero". Su presencia es
condición indispensable para la obra de la nueva evangelización.
Por esta razón la promoción de las vocaciones al ministerio
sagrado y a la vida consagrada, como su adecuada formación, deben
ser un esfuerzo de todo el pueblo de Dio. Tal preocupación debe ser
prioritaria para todos los obispos, para que se asegure el camino de
esperanza para la difusión del Evangelio y la constante edificación
del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia.
El desafío de las sectas y de los nuevos movimientos religiosos
17. El subjetivismo de la fe y el permisivismo moral, y también
la formación religiosa carente y una escasa experiencia de vida litúrgica
y eclesial, exponen a los fieles de no pocas comunidades cristianas en
Europa, en América y en África, a la atracción
ejercitada por el proliferar de sectas o "nuevas formas de
religiosidad", como hoy se las suele denominar. A ellas le dedicó
su atención la II Asamblea extraordinaria del Sínodo de los
Obispos en el 1985. En aquella ocasión se preguntó si, aún
en ámbito católico, había sido manifestado
suficientemente el sentido de lo sagrado.(32) Después intervino la
Santa Sede acerca de este tema con un articulado documento preparado a
propósito por algunos Dicasterios romanos.(33) También las
Conferencias episcopales, y sobre todo las Conferencias generales del
Episcopado latinoamericano, han reflexionado sobre el tema. Juan Pablo II
hace referencia al argumento frecuentemente, sea cuando recibe a los
obispos en visita ad limina, sea en el curso de sus múltiples
peregrinaciones apostólicas.
Está claro que estos "nuevos movimientos religiosos"
tienen poquísimo en común con una auténtica búsqueda
de Dios y por ello, sea en sus doctrinas que en sus métodos, se
proponen como alternativa, no sólo a la Iglesia católica,
sino también a las otras Iglesias y comunidades eclesiales.
Ante la difusión de estos nuevos movimientos religiosos es
necesario reaccionar con una labor pastoral que ponga en el centro la
persona, su dimensión comunitaria y su anhelo de una auténtica
relación personal con Dios. En cualquier caso, su presencia sugiere
la necesidad de revitalizar la catequesis a todos los niveles, adecuándola
a la mentalidad del pueblo y a su lenguaje, poniendo siempre en el centro
la riqueza insondable de Cristo, único Salvador del hombre.
Corresponde en primer lugar a los obispos en cuyas Iglesias particulares
se nota este fenómeno, el dirigir la pastoral hacia estos ámbitos,
así como tutelar los valores de la piedad popular. De este modo será
posible contener el proselitismo de las sectas, no con ataques personales
y posiciones contrarias al espíritu del Evangelio, sino con un espíritu
caritativo dispuesto a recibir a cada persona para evangelizarla.
El Contexto de la Sociedad de los Hombres
18. Las emergencias hoy presentes en la vida de la Iglesia, de
las cuales sólo aquellas más emblemáticas han sido
brevemente insinuadas, están unidas, es más, reflejan la
historia de los hombres, en la que la misma Iglesia vive. De hecho, ésta
es el pueblo de Dios que peregrina en búsqueda de la ciudad futura
y permanente (cfr. Heb 13, 14). Aunque por vocación
trascienda los tiempos y los confines de las naciones, teniéndose
que extender por toda la tierra, la Iglesia - como ha enseñado el
Concilio Vaticano II - entra en la historia de los hombres,(34) partícipe
de sus peripecias y solidaria con las alegrías y las esperanzas,
las tristezas y las angustias de los hombres, sobre todo de los pobres y
de todos los que sufren.(35)
Es verdad, sin embargo, que, respecto al momento de la celebración
del Concilio, los escenarios mundiales han cambiado profundamente. Por
otra parte, muchos de los cambios actuales no eran del todo previsibles
para los Padres del Vaticano II, al menos en la forma en que hoy se han
producido.
El diferente escenario mundial
19. De hecho, son diferentes el orden de las naciones y los
equilibrios internacionales; el progreso de la ciencia y de la técnica
en cada campo ha suscitado nuevos problemas; en el ámbito de la
ingeniería biológica y en el de las comunicaciones se han
dado auténticas revoluciones tecnológicas que han abierto
posibilidades nuevas al control de la naturaleza, de los procesos sociales
y de la misma vida humana. También el ateísmo actual es
distinto, pues no asume ya la forma principal del ateísmo científico
o humanístico, sino la del ateísmo práctico y de la
indiferencia religiosa. Bajo esta forma estaba ya presente en la historia,
pero hoy ha asumido una realización más atrevida y casi anónima,
especialmente en los lugares del mundo con antigua tradición
cristiana.
Por todo esto, junto con las enormes posibilidades se han abierto también
camino nuevas amenazas para la vida de los hombres. Los desafíos
hechos a la Iglesia por los cambios profundos del actuar humano son múltiples
y sería imposible recordarlos todos: éstos tienen que ver
con la persona humana y su vida, desde su primer inicio hasta su conclusión
con la muerte, el ambiente amenazado en sus equilibrios fundamentales, la
convivencia civil y el desarrollo de los pueblos, la fuerza inédita
que tienen los nuevos medios de comunicación de poder crear o
modificar una cultura y de influir en los procesos económicos y políticos.
En esta situación, la carta encíclica Centesimus annus
proponía la triple instancia de una ecología ambiental, una
ecología humana y una ecología social.(36)
20. También el gran tema de la paz en el mundo, en esta
segunda mitad de siglo que está por terminar, se presenta de
distintos modos; se coloca en el nuevo cuadro de la "globalización".
Sobre todo con la aportación del mundo de las comunicaciones, el
mundo se está convirtiendo cada vez más en una "aldea
global". Sin embargo por contraposición se desarrolla también
una orientación hacia la fragmentación, señalada por
la afirmación, exasperada y a veces ficticia, de identidades
culturales, políticas, sociales y religiosas.
De este modo ocurre que, al mismo tiempo que se ven derrumbar los viejos
muros, se han levantado otras barreras. Y, si bien hoy no se verifican
conflictos generalizados, sin embargo persisten los locales e internos,
que interpelan la conciencia de poblaciones enteras en cada parte del
mundo. La pérdida de tantas vidas humanas y el número enorme
de prófugos, de refugiados y de supervivientes, heridos en el
cuerpo y en el espíritu, son un resultado demasiado negativo que
detiene el desarrollo de los derechos humanos, pone en crisis permanente
los procesos de paz y obstaculiza la consecución del bien común
de la sociedad.
Es aberrante, como ocurre no raramente, pretender justificar las luchas
y conflictos con motivos de orden religioso. Sin duda se debe condenar el
fenómeno del fundamentalismo o fanatismo religioso, si bien debe
ser estudiado atentamente en sus motivaciones, pues casi nunca es
solamente religioso, sino que en algunos casos el sentimiento religioso es
instrumentalizado con otros fines, políticos o económicos.
21. Igualmente grave es el peso de la pobreza y de la miseria
que grava sobre poblaciones enteras, mientras en los paises más
desarrollados disminuye el sentido de la solidaridad. Las fronteras de la
riqueza y de la pobreza no delimitan solamente las naciones ricas con
respecto a las pobres, todavía en vías de desarrollo, sino
que dividen también las mismas sociedades en su interior.
Hoy la cuestión social se ha hecho más difícil por
las diferencias de cultura y de los sistemas de valores entre los
diferentes grupos de la población, que no siempre coinciden con el
grado de desarrollo y, sin embargo, contribuyen a crear mayores
distancias. A esto se añaden las plagas del analfabetismo, la
presencia de distintas formas de explotación y de opresión
económica, social, política y también religiosa de la
persona humana y de sus derechos, las discriminaciones de cualquier tipo,
especialmente las fundadas en la diferencia racial, que son las más
odiosas. Otras formas de pobreza son la dificultad o imposibilidad de
acceder a los niveles superiores de instrucción, la incapacidad de
participar en la constitución de la propia nación, la negación
o la limitación de los derechos humanos, y entre ellos el derecho a
la libertad religiosa.
Sin duda, la enumeración se podrá ampliar, añadiendo
otros factores que siembran cansancio en los corazones y en las mentes, y
amenazan seriamente las esperanzas de un futuro mejor. Estos son, por
ejemplo, la corrupción de la vida pública que se registra en
distintos paises; el mercado de la droga y de la pornografía, que
erosiona ulteriormente la fibra moral, la resistencia y las esperanzas de
los pueblos; las sumas enormes gastadas en armamento, no solamente con fin
defensivo sino también para procurar la muerte; un comportamiento
no correcto en las relaciones internacionales y en los intercambios
comerciales, en detrimento de los paises en vías de desarrollo; las
restricciones que todavía existen en algunas naciones a la libre
profesión de la fe.
Algunas direcciones de las esperanzas humanas
22. Enumerando y examinando estas emergencias, la Iglesia que se
dispone a entrar en el tercer milenio cristiano, aunque sin evadirse de la
seriedad y gravedad de los problemas, sigue haciendo propio el optimismo
fundado en la esperanza cristiana, que aparece en la constitución
pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II. De hecho, a
quien mira de cerca la historia de los hombres en los umbrales del nuevo
milenio, no dejan de llegarle signos de esperanza; es más, ésta
aparece atravesada por una calurosa corriente de libertad, que mueve a los
hombres y mujeres de todas las partes de la tierra.
Juan Pablo II, fijando su atención en la historia humana, en el
discurso dirigido el 5 de octubre del 1995 a la Organización de las
Naciones Unidas, ilustró su significado a la luz de las exigencias
imprescindibles de la ley moral universal. Invitó también a
las Naciones a asumir el riesgo de la libertad reafirmando los derechos
humanos fundamentales y la dignidad y el valor de la persona humana, en
los nuevos contextos de una sociedad multiétnica y multiracial y de
la mundialización de la economía, y buscando un equilibrio
justo entre los dos polos de la particularidad y la universalidad. De
hecho, los derechos de las naciones, no son más que los derechos
humanos entendidos en el nivel específico de la vida comunitaria.
De aquí se deriva también el respeto de las "diferencias"
como fuente de una comprensión más profunda del misterio del
hombre.(37)
En el paso del segundo al tercer milenio cristiano, la vida de los
hombres se muestra invadida también por un sensible y prometedor
interés - aunque frágil en relación con las ansias y
las preocupaciones - en relación a los valores del espíritu,
a la necesidad siempre más difundida de la interioridad, a una
mayor atención a la responsabilidad del hombre con respecto a la
naturaleza y a una conciencia creciente de las oportunidades presentes. A
través de todo ello se persigue como finalidad implícita
construir una civilización mejor y un mundo que vea a todos
comprometidos en una colaboración solidaria y valiente para
alcanzar los objetivos de la paz y la justicia, con el fin de un despertar
moral en favor del respeto de la dignidad y los derechos humanos en todo
el mundo.
Los Obispos, Testigos y Servidores de la Esperanza
23. La Iglesia siente en el vivo de su cuerpo las tensiones y
las contraposiciones que afligen a los hombres contemporáneos, y en
todos sus miembros quiere hacerse presente en la defensa de la dignidad y
la promoción integral del hombre. Jesús mismo ha advertido
que él se identifica con todos los pobres de este mondo y que según
esta identificación juzgará al final de los tiempos (cfr.
Mt 25, 31-46).
En los umbrales del Tercer Milenio, la Iglesia es consciente de "que
su mensaje social se hará creíble por el testimonio de las
obras, antes que por su coherencia y su lógica interna. De esta
conciencia deriva también su amor preferencial por los pobres, la
cual nunca es exclusiva ni discriminatoria de otros grupos".(38) A
imagen de Jesús que "viendo las multitudes sintió
compasión porque estaban cansadas y extenuadas como ovejas sin
pastor" (Mt 9, 36), los obispos deben asumir esta tarea en
primera persona.
24. La historia de la Iglesia está poblada de figuras de
obispos que, por la fuerza del imperativo que deriva de su misión
episcopal, se han empeñado profundamente en la promoción y
en la defensa valiente de la dignidad humana. De hecho, ésta
representa un valor evangélico que nunca puede ser despreciado sin
ofender gravemente al Creador. Tales figuras no pertenecen solamente a épocas
pasadas, sino también a nuestros días. Además, el
testimonio de sangre de algunos de ellos está depositado en el
corazón de sus Iglesias particulares y de la Iglesia universal. A
tantos obispos que, junto con sus sacerdotes, con religiosos y laicos, han
sufrido la cárcel y la marginación bajo los regímenes
totalitarios del Este y del Oeste en los últimos decenios, se añaden
hoy otros que, como el Buen pastor, han dado la vida por su grey.
Su sacrificio, unido al de muchos fieles, a la vez que actualiza y
alarga el martirologio de una Iglesia que, al final del segundo milenio "se
ha convertido nuevamente en Iglesia de los mártires",(39)
muestra eficazmente que el mensaje social del Evangelio no es una teoría
abstracta sino una vida que se entrega.
25. Ser sembrador de esperanza quiere decir cumplir una misión
ineludible de la Iglesia. El entero servicio episcopal está
orientado a la esperanza, ministerio para el renacimiento "a una
esperanza viva" (1 Pt 1, 3) del pueblo de Dios y de cada
hombre. Por tanto, es necesario que el obispo oriente todo su servicio de
evangelización al servicio de la esperanza, sobre todo de los jóvenes,
amenazados por mitos ilusorios y por el pesimismo de sueños que se
desvanecen, y también de cuantos, afligidos por las múltiples
formas de pobreza, miran a la Iglesia como su única defensa,
gracias a su esperanza sobrenatural.
Servidor de la esperanza, cada obispo debe también mantenerla
firme en sí mismo, pues es el don pascual del Señor
resucitado y se funda en el hecho que el Evangelio, a cuyo servicio el
obispo es constituido principalmente, es un bien total, el punto crucial
en el que se centra el ministerio episcopal. Sin la esperanza toda su acción
pastoral quedaría estéril. Por el contrario, el secreto de
su misión está en su esperanza inquebrantable.
Capítulo II
RASGOS DE IDENTIFICACIÓN DEL MINISTERIO DEL
OBISPO
26. La II Asamblea extraordinaria del Sínodo de los
obispos indicó la Koinonia-Communio como el concepto
central de la eclesiología del Vaticano II. Esta eclesiología,
presente en la tradición viva de la Iglesia y patrimonio común
en el Oriente y en el Occidente durante casi todo el primer milenio de la
era cristiana, constituye la senda de la renovación de la vida
eclesial y es también el fundamento de todo el ministerio pastoral
en el peregrinaje de la Iglesia a través de la historia humana.(40)
Que la Iglesia sea un misterio de comunión es una afirmación
que no se refiere solamente a sus estructuras externas, sino más
bien a su naturaleza íntima y a su realidad más profunda,
que toca el corazón del misterio de la Trinidad Santa. De hecho, la
Iglesia, como ha recordado el Concilio, es el pueblo reunido a semejanza
de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo,(41) tiene su
origen en la Trinidad, subsiste en ella y hacia ella se encamina. Esta
naturaleza y esta misión de la Iglesia "de acuerdo con la
voluntad de quien es su Fundador y Fundamento, determinan también
la naturaleza y la misión del episcopado".(42)
El Ministerio del Obispo en Relación a la Trinidad Santa
27. Toda identidad cristiana se revela al interior del misterio
de la Iglesia como misterio de comunión trinitaria en tensión
misionera. También el sentido y el fin del ministerio episcopal se
debe entender en la Ecclesia de Trinitate, enviada a amaestrar a
todas las gentes y a bautizarlas en el nombre del Padre y del Hijo y del
Espíritu Santo (cf. Mt 28, 18-20).
Por ello, en las relaciones entre cada uno de los obispos y los fieles
de la Iglesia particular que han sido confiados a su cuidado, se deben
reflejar las relaciones entre las personas divinas de la Trinidad en la
unidad: en el Padre está la fuente de la autoridad, en el Hijo está
la fuente del servicio y en el Espíritu está la fuente de la
comunión. Así, "la palabra comunión nos
lleva hasta el manantial mismo de la vida trinitaria (cf. Jn 1,3),
que converge en la gracia y en el ministerio del episcopado. El obispo es
imagen del Padre, hace presente a Cristo como Buen Pastor, recibe la
plenitud del Espíritu Santo de la que brotan enseñanzas e
iniciativas ministeriales para que pueda edificar, a imagen de la Trinidad
y a través de la palabra y los sacramentos, esa Iglesia, lugar de
donación de Dios a los fieles que le han sido confiados".(43)
El Ministerio Episcopal en Relación a Cristo y los Apostoles
28. El ministerio episcopal se configura en la Iglesia como
ministerio en la sucesión apostólica. El testimonio
ininterrumpido de la Tradición reconoce en los obispos aquellos que
poseen el "sarmiento de la semilla apostólica"(44) y
suceden a los apóstoles como pastores de la Iglesia.
Ciertamente los Doce son únicos como testigos del misterio del
Verbo encarnado, crucificado y resucitado. Pero en el tiempo que
transcurre entre la Pascua del Señor y su venida gloriosa, después
de haber desaparecido los Apóstoles, son los obispos los que
heredan la misión. Enraizados, por la fuerza del sacramento del
Orden, en el eph'apax apostólico, son revestidos de una
exousia que, vivida en comunión con el Sucesor de Pedro, "tiene
como finalidad dar continuidad en el tiempo a la imagen del Señor,
formada por toda la Iglesia, pero cuidando específicamente que no
se alteren sus rasgos esenciales y sus facciones específicas, que
hacen que sea única entre todas las de la tierra".(45)
29. Ministros de la apostolicidad de toda la Iglesia por
voluntad del Señor y revestidos de la potencia del Espíritu
del Padre que rige y guía (Spiritus principalis), los
obispos son sucesores de los Apóstoles no solamente en la autoridad
y en la sacra potestas, sino también en la forma de vida
apostólica, en los sufrimientos apostólicos por el anuncio y
la difusión del Evangelio, en el cuidado tierno y misericordioso de
los fieles que les han sido confiados, en la defensa de los débiles
y en la constante atención al pueblo de Dios.
Configurados en modo particular a Cristo mediante la plenitud del
sacramento del Orden y hechos partícipes de su misión, los
obispos lo hacen sacramentalmente presente y por esto son llamados "vicarios
y legados de Cristo" en las Iglesias particulares que presiden en su
nombre.(46) De hecho, por medio de su ministerio el Señor Jesús
sigue anunciando el Evangelio, difundiendo en los hombres la santidad y la
gracia mediante los sacramentos de la fe y guiando al pueblo de Dios en la
peregrinación terrena hasta la felicidad eterna.
El Ministerio Episcopal en Relación a la Iglesia
30. Don del Espíritu hecho a la Iglesia, el obispo es
antes que nada, como todo cristiano, hijo y miembro de la Iglesia. De esta
Santa Madre él ha recibido en el sacramento del Bautismo el don de
la vida divina y la primera instrucción en la fe. Con todos los demás
fieles él comparte la dignidad insuperable de hijo de Dios para
vivirla en la comunión y en espíritu de grata fraternidad.
Por otra parte, permaneciendo fiel de Cristo entre los demás, él
es también el que, por la fuerza de la plenitud del sacramento del
Orden, es ante los fieles maestro, santificador y pastor, que actúa
en nombre y en persona de Cristo. Evidentemente no se trata de dos
relaciones simplemente unidas entre sí, sino en relación recíproca
e íntima, ordenadas la una a la otra porque ambas participan de la
riqueza de Cristo, sumo y único sacerdote.(47) Sin embargo, un
obispo se convierte en "padre" precisamente porque es plenamente
"hijo" de la Iglesia.
Por esto, como ya recordaba el Directorio Ecclesiae imago, el
obispo "debe armonizar en su propia persona los aspectos de hermano y
padre, de discípulo de Cristo y de maestro de la fe, de hijo de la
Iglesia y, en un cierto sentido, de padre de la misma, por ser ministro de
la regeneración sobrenatural de los cristianos (cf. 1 Cor
4,15)".(48)
El vínculo que une al obispo con la Iglesia ha sido también
descrito con frecuencia como un místico vínculo esponsal. En
verdad, es Cristo el único esposo de la Iglesia. En cuanto que
signo sacramental de Cristo Cabeza, el obispo lo es también de
Cristo Esposo. El obispo, reflejando en forma visible y especial la imagen
del Esposo, debe ser también el testigo creible en la comunidad.
Revestido de la caridad esponsal del Redentor, él se empeña
en hacer florecer en la Iglesia "la amplitud, la largura, la altura y
la profundad del amor de Cristo", hasta hacerla aparecer "llena
de toda la riqueza de Dios" (Ef 3, 18ss).
Es así como el obispo explica su tarea de pastorear la grey del
Señor, esto es, como respuesta al amor y como amoris officium.(49)
En tal modo él acrecienta también la esperanza en su Iglesia
particular, ya que a través de su servicio, ésta conserva la
certeza de que no le faltará nunca la caridad pastoral de
Jesucristo, de la que cada obispo participa.
El Obispo en Relación con su Presbiterio
31. El ministerio del obispo se determina en relación a
las diferentes vocaciones de los miembros del pueblo de Dios y, antes que
nada, en relación a los sacerdotes, incluso religiosos, y al
presbiterio constituido por ellos en la Iglesia particular.(50) Los
documentos del Vaticano II (51) han arrojado nueva luz sobre la antigua
realidad del colegio presbiteral como cuerpo orgánico, constituido
por todos los presbíteros incardinados en una Iglesia particular o
a su servicio, reunido en torno al obispo en el gobierno de cada Iglesia.
Este profundo vínculo se basa en la participación, aunque en
grado diverso, al mismo y único sacerdocio de Cristo y a la misma
misión apostólica que tal sacerdocio confiere. Por su
naturaleza y misión, el sacerdocio ministerial se presenta, en la
estructura de la Iglesia, como un don del Espíritu, como un carisma
"signo de la prioridad absoluta y gratuidad de la gracia que Cristo
resucitado ha dado a su Iglesia".(52)
El Concilio Vaticano II ha descrito las relaciones recíprocas
entre el obispo y los presbíteros con imágenes y terminología
diferentes. Ha indicado en el obispo el "padre" de los presbíteros,
(53) pero también ha unido a la llamada a la paternidad espiritual
la de la fraternidad, la amistad, la necesaria colaboración y el
consejo. Es verdad, sin embargo, que la gracia sacramental llega al presbítero
a través del ministerio del obispo y la misma le viene dada con
vistas a la cooperación subordinada con el obispo para la misión
apostólica. Esta misma gracia une a los presbíteros a las
distintas funciones del ministerio episcopal. En virtud de este vínculo
sacramental y jerárquico, los sacerdotes, sus necesarios
colaboradores y consejeros, su ayuda e instrumento, asumen, según
su grado, los oficios y la solicitud del obispo y lo hacen presente en
cada comunidad.(54)
32. La relación sacramental-jerárquica se traduce
en la búsqueda, cultivada constantemente, de una comunión
afectiva y efectiva del obispo con los miembros de su presbiterio, y da
consistencia y significado a la actitud interior y exterior del obispo
hacia sus presbíteros. Forma factus gregis ex animo (cfr.
1 Pt 5, 3), el obispo debe serlo antes que nada para su clero, al
cual viene propuesto come ejemplo de oración, de sensus
Ecclesiae, de celo apostólico, de dedicación a la
pastoral de conjunto y de colaboración con todos los otros fieles.
Además, al obispo incumbe en primer lugar la responsabilidad de
la santificación de sus presbíteros y de su formación
permanente. A la luz de estas instancias espirituales y de las aptitudes
de cada uno, como también en respuesta a las exigencias
provenientes de la organicidad de la acción pastoral y el bien de
los fieles, el obispo actúa en modo de obtener el mayor provecho
del ministerio de los presbíteros de la manera más adecuada
posible.
33. A la actitud del obispo con cada sacerdote individualmente
se une la conciencia de tener en torno a sí un presbiterio
diocesano. Por esto no puede descuidar el alimentar en ellos la
fraternidad que sacramentalmente los une, y el promover entre todos el espíritu
de colaboración en una eficaz acción pastoral de conjunto.
Es más, el obispo debe empeñarse cada día para que
todos los presbíteros sepan y se den cuenta en forma concreta que
no están separados o abandonados, sino que son miembros y parte de "solo
presbiterio, dedicado a diversas ocupaciones".(55) En este sentido el
obispo valoriza el Consejo presbiteral y todos los otros órganos
formales e informales de diálogo y cooperación con sus
sacerdotes, consciente de que el testimonio de comunión afectiva y
efectiva entre el obispo y los presbíteros es portadora de estímulos
eficaces para la comunión en la Iglesia particular a todos los
otros niveles.
34. En la comunión ministerial y jerárquica de la
Iglesia están, junto a los presbíteros, también los
diáconos, ordenados no para el sacerdocio sino para el ministerio.
Sirviendo los misterios de Dios y de la Iglesia en la diaconía de
la palabra, de la liturgia y de la caridad, por su grado en el Orden
sagrado, los diáconos están unidos estrechamente al obispo y
a su presbiterio.(56) Por tanto es consecuente afirmar que el obispo es el
primer responsable del discernimiento de la vocación de los
candidatos,(57) de su formación espiritual, teológica y
pastoral. Es siempre el obispo el que, teniendo en cuenta las necesidades
pastorales y la condición familiar y profesional, les confía
las tareas ministeriales, haciendo que su presencia esté orgánicamente
insertada en la vida de la Iglesia particular y que no se descuide su
formación permanente.
El Ministerio del Obispo en Relación a los Consagrados
35. Expresión privilegiada de la Iglesia Esposa del Verbo
es la vida consagrada y, aún más, parte suya integrante,
como se recuerda desde el principio en la exhortación apostólica
Vita consecrata, situada "en el corazón mismo de la
Iglesia como elemento decisivo para su misión".(58) Mediante
ella, en la variedad de sus formas, adquiriendo una visibilidad típica
y permanente, en cierto modo se hacen presentes en el mundo y son señalados
los rasgos característicos de Jesús, virgen, pobre y
obediente. La Iglesia entera está agradecida a la Trinidad Santa
por el don de la vida consagrada. Con su presencia se ve cómo la
vida de la Iglesia no se agota en la estructura jerárquica, como si
fuese compuesta solamente de ministros sagrados y de fieles laicos, sino
que hace referencia a una estructura fundamental más amplia, rica y
articulada, que es carismatico-institucional, querida por Cristo mismo e
inclusiva de la vida consagrada.(59)
Por tanto, la vida consagrada es un don del Espíritu
irrenunciable y constitutivo para la vida y la santidad de la Iglesia.
Necesariamente está en una relación jerárquica con el
ministerio sagrado, especialmente con el del Romano Pontífice y los
obispos. En la mencionada exhortación apostólica
postsinodal, Juan Pablo II ha recordado el vínculo peculiar de
comunión que tienen las diferentes formas de vida consagrada y las
Sociedades de vida apostólica con el Sucesor de Pedro, en el cual
está enraizado su carácter de universalidad y su connotación
supradiocesana.
36. En cuanto que la vida consagrada está íntimamente
ligada al misterio de la Iglesia y al ministerio del Episcopado,
colegialmente unido en comunión jerárquica con el sucesor de
Pedro, existe una responsabilidad de todo el Colegio episcopal hacia ella.
A los obispos en unión con el Romano Pontífice, como ya se
enunciaba en las notas directivas de Mutuae relationes,
Cristo-cabeza confía el cuidado "de los carismas religiosos;
tanto más al ser, en virtud de su indivisible ministerio pastoral,
perfeccionadores de toda su grey. Y por lo mismo, al promover la vida
religiosa y protegerla según sus propias notas características,
los Obispos cumplen su propia misión pastoral".(60)
En el cuadro de las indicaciones contenidas en este documento, de cuanto
ha aflorado en la IX Asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos y
del magisterio pontificio contenido en la exhortación postsinodal
Vita consecrata, aparece siempre presente la instancia de
incrementar las relaciones mutuas entre las Conferencias episcopales, los
Superiores mayores y sus mismas Conferencias, con el fin de favorecer la
riqueza de los carismas y de trabajar para el bien de la Iglesia universal
y particular. Esto, evidentemente, en el respeto de sus respectivas
responsabilidades y en la común conciencia de que la comunión
en la Iglesia universal se realiza mediante la comunión en la
Iglesias particulares.
Por el hecho de que, come ha enseñado el Concilio, las Iglesias
particulares están "formadas a imagen de la Iglesia universal",
y en ellas y por ellas "se constituye la Iglesia católica una
y única",(61) las personas consagradas, allí donde se
encuentren, viven su vocación para la Iglesia universal en el seno
de una determinada Iglesia particular, donde realizan su presencia
eclesial y ejercen papeles significativos. En particular, a causa del carácter
profético inherente a la vida consagrada, en cada Iglesia
particular las personas consagradas son anuncio vivido del Evangelio de la
esperanza, testigos elocuentes del primado de Dios en la vida cristiana y
de la potencia de su amor en la fragilidad de la condición
humana.(62) De aquí la importancia, para el desarrollo armonioso de
la pastoral diocesana, de la colaboración entre cada obispo y las
personas consagradas.(63)
37. La Iglesia está agradecida a tantos obispos que, en
el curso de su historia hasta hoy, han estimado hasta tal punto la vida
consagrada como don peculiar del Espíritu para el pueblo de Dios,
que ellos mismos han fundado familias religiosas, muchas de las cuales
todavía hoy contiúan sirviendo a la Iglesia universal y a
las Iglesias particulares. Además, el hecho de que el obispo se
dedique a la tutela de la fidelidad de los institutos a su carisma es un
motivo de esperanza para los mismos institutos, especialmente para los que
se encuentran en dificultad.
El Ministerio del Obispo en Relación a los Fieles Laicos
38. El Concilio Vaticano II, la Asamblea ordinaria del Sínodo
de los Obispos del 1987 y la sucesiva exhortación apostólica
Christifideles Laici de Juan Pablo II han ilustrado ampliamente la
vocación y misión de los fieles laicos en la Iglesia y en el
mundo.(64) La dignidad bautismal, que los hace partícipes del
sacerdocio de Cristo, y un don particular del Espíritu, les
confieren un puesto propio en el Cuerpo de la Iglesia y les llaman a
participar, según una modalidad propia, en la misión
redentora que ésta realiza, por mandato de Cristo, hasta el final
de los siglos. A propósito de ellos, en particular, la Iglesia
reconoce y subraya el valor redentor de la nota secular de gran parte de
sus actividades. De hecho, los laicos realizan su característica
responsabilidad cristiana en muchos campos, entre los que están los
ámbitos de la vida y de la familia, de la política, del
mundo profesional y social, de la economía, de la cultura, de la
ciencia, de las artes, de la vida internacional y de los mass-media.
En todas sus múltiples actividades los fieles laicos son llamados
a unir su talento personal y la competencia adquirida al testimonio límpido
de la propia fe en Jesucristo. Comprometidos en las realidades temporales,
los laicos son llamados como cualquier otro cristiano a dar razón
de la esperanza teologal y a ser solícitos en el trabajo relativo a
la tierra presente, precisamente porque están estimulados por la
espera de una "nueva tierra".(65)
Por su posición en el mundo, los laicos son capaces de ejercitar
una gran influencia sobre la cultura, ensanchando las perspectivas y los
horizontes de esperanza. Haciéndolo así, contribuyen
especialmente a evangelizarla, cosa que es tanto más necesaria
cuanto que en nuestro tiempo persiste todavía el drama de la
separación entre el Evangelio y la cultura. Por otro lado, en el ámbito
de las comunicaciones, que tanto influyen en la mentalidad de las
personas, a los fieles laicos corresponde una responsabilidad particular
sobre todo en vistas a una correcta divulgación de los valores éticos.
39. Si bien, por su vocación, los laicos tienen sobre
todo ocupaciones seculares, no se debe olvidar que pertenecen a la única
comunidad eclesial, de la que numéricamente constituyen la mayor
parte. Después del Concilio se han desarrollado felizmente nuevas
formas de participación responsable de los laicos, hombres y
mujeres, en la vida de las comunidades diocesanas y parroquiales. Y así,
los laicos están presentes en los distintos consejos pastorales,
realizan un papel creciente en diferentes servicios, como la animación
de la liturgia o de la catequesis, se ocupan de la enseñanza de la
religión católica en las escuelas, etc.
Un cierto número de laicos acepta también de dedicarse a
estas tareas con compromisos permanentes y a veces perpetuos. Esta
colaboración de los fieles laicos es ciertamente preciosa por las
exigencias de la "nueva evangelización", en especial allí
donde se registra un número insuficiente de ministros sagrados.
40. También el desarrollo del fenómeno asociativo
constituye una gran riqueza de la Iglesia post-conciliar. Con la
diversidad de sus inspiraciones, estas nuevas realidades de agregación
ofrecen a los fieles, junto a las otras más antiguas, un apoyo
insustituible para el progreso de su vida cristiana y hacen crecer el
conjunto de la Iglesia. La exhortación apostólica
postsinodal Christifideles laici ha recordado que todas estas
asociaciones, movimientos y grupos, si bien dentro de una diversidad legítima,
deben converger en la finalidad que los anima, o sea en el participar
responsablemente en la misión de la Iglesia de llevar la luz del
Evangelio.(66)
Corresponde a la misión pastoral del obispo el acoger y favorecer
la complementariedad entre las realidades de agregación de distinta
inspiración, velar por su acompañamiento, por la formación
teológica y espiritual de sus animadores y por la buena inserción
de todos en la comunidad diocesana.
41. Signo de Dios que llama a la esperanza (cfr. Ef 4,
4), los obispos deben serlo sobre todo para los fieles laicos que,
sumergidos en el vivo de muchos problemas del mundo y en las dificultades
de la vida cotidiana, están particularmente expuestos a la turbación
y a los sufrimientos. También sucede que, a causa de sus opciones
especificamente cristianas, ellos a veces se sienten aislados de los demás.
En estas circunstancias la presencia pastoral del obispo con su
presbiterio debe sostenerlos para que sean cristianos de esperanza fuerte,
y ayudarlos a vivir en la certeza de que el Señor está
siempre junto a sus hijos.
Todavía, no raramente las distintas dificultades inducen a los
fieles laicos a una especie de "fuga del mundo" y a la
privatización de las propias convicciones religiosas. También
por estos motivos es importante que encuentren en el obispo y en su
presbiterio un fuerte apoyo para la unidad de su vida y para la firmeza de
su fe. Por último, en su servicio pastoral los obispos deben
reservar un interés especial hacia los católicos que se
equivocan o que están "lejos", buscándolos también
con la ayuda de otros fieles laicos y esforzándose por ayudarlos a
asumir de nuevo una participación activa en la vida de la Iglesia.
42. La reflexión sobre los fieles laicos debe incluir
también otra consideración sobre la necesidad de su adecuada
formación. Es obvio, por otra parte, que el obispo debe estar
atento a sostener, particularmente en el plano espiritual, cuantos
colaboran más de cerca en la misión eclesial. Por eso es
siempre urgente llevar la Palabra de Dios - expresada en las Escrituras e
interpretada auténticamente por el Magisterio de la Iglesia - a los
fieles laicos a través de una catequesis sistemática.
Hay que dar un puesto especial en la formación de los fieles
laicos a la doctrina social de la Iglesia, para que ésta los
ilumine y los estimule en su trabajo, según las urgentes exigencias
de la justicia y el bien común, en relación a las cuales el
laicado debe ofrecer una contribución decisiva en las obras y
servicios apremiantes que la sociedad reclama. Igualmente importante es la
formación de los jóvenes para la vida matrimonial y
familiar, reforzando sus esperanzas y expectativas con vistas a un amor
profundo y auténtico a la luz del designio de Dios acerca del
matrimonio y la familia. En la medida en que sus obras están
motivadas por la caridad y expresan la verdad de su estado laical, los
fieles laicos preparan la llegada del Reino de Dio.
El Obispo en Relación al Colegio Episcopal y a su Cabeza
43. Enviado en el nombre de Cristo como pastor de una Iglesia
particular, el obispo tiene a su cargo el cuidado de la porción del
pueblo de Dios que le ha sido confiada y la hace crecer como comunión
en el Espíritu por medio del Evangelio y la Eucaristía. Por
esto su ministerio es el de ser, individualmente, el principio y
fundamento de unidad en la Iglesia particular que le ha sido confiada -
unidad de la fe, de los sacramentos y del régimen eclesiástico
- y por lo tanto, su ministerio es también representar y gobernar a
su Iglesia particular con la potestad recibida.(67)
Sin embargo cada obispo es pastor de una Iglesia particular en cuanto
miembro del Colegio de los obispos. En este mismo Colegio cada obispo está
insertado en virtud de la consagración episcopal y mediante la
comunión jerárquica con la Cabeza del Colegio y con los
miembros.(68) De esto derivan para el ministerio del obispo algunas
consecuencias muy importantes que, aunque en modo sintético,
conviene considerar.
44. La primera es que un obispo nunca está solo. Esto es
verdad no solamente con respecto a su colocación en la propia
Iglesia particular, como se ha dicho, sino también en la Iglesia
universal, pues está relacionado - por la misma naturaleza del
episcopado uno e indiviso - (69) con todo el Colegio episcopal, el
cual sucede al Colegio apostólico.
Por esta razón cada obispo está en relación simultáneamente
con la Iglesia particular y con la Iglesia universal. Como principio
visible y fundamento de la unidad en la propia Iglesia particular, cada
obispo es también el ligamen visible de la comunión eclesiástica
entre su Iglesia y la Iglesia universal. De ahí que, todos los
obispos, si bien residentes en las distintas partes del mundo pero
custodiando siempre la comunión jerárquica con la Cabeza del
Colegio episcopal y con los miembros de éste, dan consistencia y
figura a la catolicidad de la Iglesia;(70) al mismo tiempo confieren a la
Iglesia particular, a cuya cabeza están puestos, la misma nota de
la catolicidad.
Por tanto, cada obispo es como un punto de unión de su Iglesia
particular con la Iglesia universal, y un punto visible de la presencia de
la única Iglesia de Cristo en su Iglesia particular. Así
pues, en la comunión de las Iglesias, el obispo representa a su
Iglesia particular y, en ésta, él representa la comunión
de las Iglesias. En efecto, mediante el ministerio episcopal las portiones
Ecclesiae viven la totalidad de la Una-Santa y se hace presente en
ellas la totalidad de la Católica-Apostólica.(71)
45. La segunda consecuencia, en la cual es justo detenerse, es
que precisamente esta unión colegial, o comunión fraterna de
caridad, o afecto colegial -como se expresa en el Concilio- es la fuente
de la solicitud que cada obispo, por institución y mandato de
Cristo, debe tener para con toda la Iglesia y para con las otras Iglesias
particulares, como también para con "aquellas partes del mundo
donde la palabra de Dios no ha sido anunciada o donde , especialmente a
causa del escaso número de sacerdotes, se hallan los fieles en
peligro de apartarse de los mandamientos de la vida cristiana y aún
de perder la fe misma".(72)
Por otra parte, los dones divinos, mediante los cuales cada obispo
construye su Iglesia particular, o sea el Evangelio y la Eucaristía,
son los mismos que, no solamente constituyen a cada Iglesia particular
como reunión en el Espíritu, sino que también abren
cada una de ellas a la comunión con las demás Iglesias. En
efecto, el anuncio del Evangelio es universal, y por voluntad del Señor
está destinado a todos los hombres y es inmutable en todos los
tiempos. Además, la celebración Eucarística, por su
propia naturaleza y como todas las otras acciones litúrgicas, es
acción de toda la Iglesia, pertenece a todo el cuerpo de la
Iglesia, lo manifiesta y lo implica.(73) También de aquí
deriva el deber de cada obispo, como legítimo sucesor de los apóstoles
y miembro del colegio episcopal, de ser en un cierto modo responsable de
toda la Iglesia (sponsor Ecclesiae).(74)
Teniendo en cuenta esto, parece evidente que en el Colegio episcopal
cada obispo se encuentra y está, en el ejercicio de su misión
episcopal, en comunión viva y dinámica con el obispo de
Roma, Sucesor de Pedro y Cabeza del Colegio, y con todos los otros
hermanos obispos dispersos por el mundo.
46. Los obispos, sea singularmente sea unidos a los otros
hermanos obispos, encuentran junto con toda la Iglesia en la Cátedra
de Pedro el principio y fundamento visible de la unidad en la fe y en la
comunión. La comunión jerárquica con el obispo de
Roma requiere también que los obispos, en su magisterio en la
propia diócesis, expresen un fiel compromiso de adhesión al
magisterio del Papa, incluso el ordinario, lo difundan en las formas más
apropiadas, contribuyan a él en distintos modos, personalmente o
mediante la Conferencia Episcopal, y cuando sea el caso, lo defiendan.
Una forma específica de esta colaboración con el Romano
Pontífice es el Sínodo de los Obispos, en el que se da un
fructuoso intercambio de noticias y de sugerencias, y, a la luz del
Evangelio y de la doctrina de la Iglesia, vienen delineadas las
orientaciones comunes que, una vez aprobadas por el Sucesor de Pedro, son
de provecho para las mismas Iglesias locales. De tal modo la Iglesia
entera es sostenida válidamente para mantener la comunión en
la pluralidad de culturas y situaciones. Análoga finalidad se
verifica en la visita ad limina.
47. Para todo lo concerniente a la colaboración de los
obispos, el Concilio Vaticano II ha aconsejado vivamente el
restablecimiento, con nuevo vigor, de la venerable institución de
los Concilios provinciales y plenarios,(75) así como también
ha subrayado la unidad de las más recientes Conferencias
Episcopales.(76) Éstas recogen particularmente el patrimonio común
que la Iglesia ha recibido del Señor a través de la revelación
y, sin perder nunca de vista su universalidad, garantizada por la Sede de
Pedro, se preocupan para que sea adaptado al rostro de los pueblos donde
la Iglesia vive.
Punto de referencia de la actividad de cada conferencia episcopal son,
tanto la identidad y responsabilidad personales de cada obispo
participante, como la comunión que lleva a ayudarse recíprocamente
en la obra de evangelización y a responder eficazmente a las
dificultades pastorales comunes. Del testimonio común de los
propios obispos dependen la credibilidad en la predicación, la
eficacia del ministerio pastoral y la comunión a la que el obispo
está llamado a servir entre los propios fieles.
48. Sin embargo, las relaciones de intercambio entre los obispos
van más allá de los encuentros institucionalizados. La
conciencia viva de la colegialidad episcopal debe estimularlos a llevar a
cabo entre ellos, sobre todo en el ámbito de la misma provincia y
región eclesiástica, las múltiples expresiones de
fraternidad sacramental que van desde la acogida y estima mutuas hasta las
múltiples atenciones de caridad. El directorio Ecclesiae imago
señala también otras formas de colaboración, como son
la ayuda recíproca con el intercambio de sacerdotes que estén
dispuestos a ello, la unificación de los Seminarios y otros
servicios de apostolado, cuando sea útil.(77)
La comunión entre los obispos debe expresarse, además, en
aquellos casos en los que, por particulares necesidades de la Iglesia
particular, sea útil la presencia de un obispo coadjutor o un
obispo auxiliar. Con relación a estos obispos, dados en
determinadas circunstancias como ayuda del obispo diocesano para el
servicio de la Iglesia particular, el Concilio exhorta a que ellos, como
sus primeros colaboradores, rodeen siempre al obispo diocesano de
obediencia y de respeto, y que éste los ame como hermanos y los
llene de estima.(78)
En fin, una particular atención y una singular solicitud deben
ser reservadas por parte de los obispos a sus hermanos obispos más
necesitados, sobre todo a aquéllos que sufren por el aislamiento,
por la incomprensión y también por la soledad, así
como a aquellos obispos enfermos o ancianos que han presentado al Romano
Pontífice, por el bien de la iglesia particular y en conformidad
con la disciplina eclesiástica vigente, la renuncia a su cargo y
han dejado el gobierno de la diócesis. Estos obispos, además
de seguir formando parte del Colegio Episcopal, siguen dando mucho a la
Iglesia, en oración, experiencia y consejo.
Por tanto, en la realidad del Colegio episcopal cada obispo, sostenido
por el Papa y por sus hermanos en el episcopado, encuentra, junto con las
ayudas necesarias para cumplir su misión, también un eficaz
alimento para su esperanza, con la cual es posible afrontar con ánimo
los diferentes problemas que pueden surgir en la vida de la Iglesia, y
para sostener la esperanza de los fieles confiados a sus cuidados de
pastor.
Siervos de la Comunión para la Esperanza
49. En el vivo de estas múltiples relaciones, que
provenientes del misterio de la comunión trinitaria llegan a la
comunión de los fieles en la Iglesia particular - considerados éstos
en los distintos órdenes, según los distintos carismas y
ministerios que derivan de ellos, y se extienden a la comunión de
los obispos y de las Iglesias - la figura del obispo aparece en la riqueza
de su ser hombre de comunión, en torno al cual se edifica la unidad
de los fieles. Este ministerio de comunión está sostenido
por la esperanza, que debe alimentar cotidianamente el compromiso de cada
obispo por construir la Iglesia, la cual ha sido instituida por el Espíritu
como comunidad de fe y de amor entre los hombres. La esperanza teologal
del obispo está fundada en Cristo y se comunica a la porción
del pueblo de Dios que le ha sido confiada, sostenida por la comunión
con el Romano Pontífice y con los demás obispos.
La comunión, por su parte, abre la vía a la esperanza
porque la palabra que llega a cada hombre a través del testimonio
de comunión es mensaje de esperanza y porque, como ha escrito el Apóstol,
la caridad es la virtud que "todo lo espera" (1 Cor 13,
7). Contra los fermentos disgregadores que insidian la vida de la Iglesia
y del mundo, el obispo es servidor, constructor, promotor, garante,
defensor y custodio de la Iglesia-comunión que, precisamente en
esto, es germen, principio y fermento de comunión en la humanidad.
Capítulo III
EL MINISTERIO PASTORAL DEL OBISPO EN LA DIOCESIS
50. El Señor Jesús, cuando llamó a sus Apóstoles,
los envió primero a los hijos de Israel, como recuerda el Concilio
resumiendo los datos evangélicos, y después a todas las
gentes, para que "participando de su potestad, hiciesen discípulos
de El a todos los pueblos y los santificasen y gobernasen".(79) También
a aquellos fieles que Él llama para que sean en la Iglesia los
Sucesores de los Apóstoles, o sea a los obispos, les confiere el
triple ministerio (triplex munus) de enseñar, santificar y
gobernar.
Los obispos ejercitan en persona y en nombre de Cristo estas tres
funciones recibidas en la ordenación episcopal, llevando a cabo en
forma eminente y visible las funciones del mismo Cristo Maestro, Pontífice
y Pastor.(80) Por lo tanto, por medio de su excelso ministerio, Cristo
mismo se hace presente en medio de los creyentes y, a través de los
obispos, Él mismo predica la Palabra de Dios, administra los
sacramentos de la fe, dirige y ordena el pueblo del Nuevo Testamento en su
camino hacia la eterna bienaventuranza.(81)
51. Estas tres funciones, que dan forma a la misión del
obispo y constituyen la trama de su vida cotidiana, así como en
Cristo son sólo tres aspectos distintos de la única función
de Mediador y tres aspectos de una única actividad salvífica,
así también en el ministerio del obispo deben ser
consideradas unitariamente, de modo que mientras enseña, también
santifica y guía la porción del pueblo de Dios confiada a su
cura pastoral; aún más, mientras santifica, el obispo enseña
y guía, y cuando desarrolla su gobierno pastoral enseña y
santifica. Además, el fundamento de esta triple función de
enseñar, santificar y gobernar y "de toda esta altísima
labor, en la cual se da todo él y cuanto tiene (cfr. 2 Cor
12, 15), es el ánimo de pastor, mientras su regla suprema
son el ejemplo y la enseñanza del buen Pastor Jesús, que es
el Camino al Padre porque él mismo es Verdad y Vida."(82)
Sin embargo, aunque se deba considerar en unidad, es necesario también
captar la intención del Concilio, el cual, cuando en su magisterio
enuncia estos tria munera referidos al obispo y a los presbíteros,
prefiere anteponer a los otros dos éste de enseñar. En esto
el Vaticano II retoma idealmente la sucesión presente en las
palabras que el Resucitado dirige a sus discípulos: "Me ha
sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos
a todas las gentes bautizándolas... enseñándoles a
guardar todo lo que yo os he mandado" (Mt. 28, 19-20). En
esta prioridad dada a la tarea episcopal del anuncio del Evangelio, que es
una característica de la eclesiología conciliar, cada obispo
puede encontrar el sentido de aquella paternidad espiritual, que hacía
escribir al apóstol San Pablo; "pues aunque hayáis
tenido diez mil pedagogos en Cristo, no habéis tenido muchos
padres. He sido yo quien, por el Evangelio, os engendré en Cristo
Jesús" (1 Cor 4, 15).
El Obispo Enviado para Enseñar
52. De todas las funciones, la que más identifica al
obispo y que en cierto modo resume todo su ministerio es, como enseña
el Concilio, la de vicario y embajador de Cristo en la Iglesia particular
que se le ha confiada.(83) Ahora bien, el obispo desarrolla su función
sacramental en cuanto expresión viviente de Cristo, precisamente
ejercitando el ministerio de la Palabra. Como ministro de la Palabra de
Dios, que actúa en la fuerza del Espíritu y mediante el
carisma del servicio episcopal, él manifiesta a Cristo al mundo,
hace presente a Cristo en la comunidad y lo comunica eficazmente a
aquellos que le hacen un espacio en la propia vida.
La predicación del Evangelio sobresale entre los principales
deberes de los obispos, que son "los pregoneros de la fe... los
maestros auténticos, o sea los que están dotados de la
autoridad de Cristo, que predican al pueblo que les ha sido encomendado la
fe que ha de ser creída y se ha de ser aplicada a la vida".(84)
De aquí deriva el hecho que todas las actividades del obispo deben
ser ordenadas a la proclamación del Evangelio, "fuerza de Dios
para la salvación de todo el que cree" (Rom. 1, 16),
orientadas a ayudar al pueblo de Dios a rendir la obediencia de la fe
(cf. Rom. 1, 15) a la Palabra de Dios y abrazar íntegramente
las enseñanzas de Cristo.
Por otro lado, que el obispo sea magister fidei e doctor
veritatis no quiere decir que él sea el dueño de la
verdad. Como se evidencia en el signo del Evangelio abierto sobre su
cabeza durante la plegaria de ordenación, el obispo es servidor de
la verdad. Por ello, lejos de manipularla y anunciarla a su capricho, la
proclama con rigurosa fidelidad y la propone a todos, a tiempo y a
destiempo, sin prepotencia sino con humildad, valentía y
perseverancia, siempre esperando en la Palabra del Señor (cf. Sal.
119, 114).
53. Cuál sea el objeto del magisterio del obispo lo ha
expresado felizmente el Concilio Vaticano II cuando unitariamente lo
indica en la fe que se debe creer y practicar en la vida.(85) Ya que el
centro vivo del mensaje es Cristo, propiamente Cristo, crucificado y
resucitado. Él es Aquel que debe anunciar el Obispo: Cristo, único
salvador del hombre; el mismo ayer, hoy y siempre (cf. Heb. 13,
8), centro de la historia y de toda la vida de los fieles.
Desde este punto central, que es el misterio de Cristo Hijo eterno del
Padre, que por obra del Espíritu se ha hecho hombre en el seno
virginal de María, y ha muerto y resucitado para nuestra salvación,
se irradian todas las otras verdades de la fe y también la
esperanza para cada hombre. Cristo es la luz que ilumina a cada hombre y
todo el que es regenerado en Él recibe las primicias del Espíritu
que lo capacitan para cumplir la ley nueva el amor.(86)
54. El deber de la predicación vital, de la custodia fiel
del depósito de la fe, ejercitado por el obispo en comunión
con el Papa y con todos los otros hermanos obispos, implica el deber de
defender, usando los medios más aptos, la Palabra de Dio de todo
aquello que podría comprometer su pureza y su integridad, incluso
reconociendo la justa libertad en la ulterior profundización de la
fe.(87)
A tal deber ningún obispo puede sustraerse, aunque esto pueda
costarle sacrificio o incomprensiones. Como el apóstol S. Pablo, el
obispo es consciente de haber sido mandado a anunciar el Evangelio "non
con palabras sabias, para no desvirtuar la Cruz de Cristo" (1 Cor.
1, 17), como él, también el obispo anuncia la "palabra
de la cruz"(1 Cor. 1, 18), non por un consenso humano sino
como una revelación divina. Para el obispo deben ser importantes
tanto la unidad en la caridad, como la unidad en la verdad. El Evangelio
del cual se ha convertido en ministro, en efecto, es palabra de verdad.
Este deber de defender la Palabra de Dios debe ser ejercitado con sereno
sentido de realismo, sin exagerar o minimizar la existencia del error y de
la falsedad, que la responsabilidad pastoral del obispo obliga a
identificar, sin sorprenderse de encontrar en la nueva generación
de la Iglesia, como en el pasado, no sólo el pecado, sino, en
alguna medida, también el error y la falsedad. Es siempre verdad
que, sea el estudio y la escucha asidua de la Palabra de Dios, sea el
ministerio de custodia del depósito revelado y de vigilancia de la
integridad y pureza de la fe, son sinónimos de caridad
pastoral.(88)
55. Maestro de la fe, el obispo es también educador de la
fe, a la luz de la Palabra de Dios y del Magisterio de la Iglesia. El
compromiso de educar en la fe está estrictamente unido al de
alimentar la fe del pueblo de Dios con una verdadera catequesis. Se trata
de un momento fundamental de la entera obra de evangelización, que
merece la plena atención de los obispos en cuanto pastores y
maestros, en cuanto "catequistas por excelencia". Los obispos,
en efecto, cooperan con el Espíritu Santo en la formación de
un pueblo evangelizador y catequizante, dotado del entusiasmo y del
dinamismo que proceden de la fe proclamada fielmente y vivida con alegría.
Múltiples y diferentes son las formas a través de las
cuales el obispo realiza su servicio a la Palabra de Dios. El Directorio
Ecclesiae imago recordaba a propósito aquella particular
forma de predicar a la comunidad ya evangelizada que es la Homilía.
Ella sobresale entre todas las otras formas por su contexto litúrgico
y por su unión con la proclamación de la Palabra mediante
las lecturas de la Sagrada Escritura. Otra forma de anuncio es la que un
obispo realiza mediante sus Cartas Pastorales.(89) Cada obispo debe
interrogarse sobre los actos en los cuales traduce su deber de enseñar.
56. En su predicación el obispo debe sentirse y mostrarse
comprometido en primera persona en el gran camino del diálogo ecuménico
ya comenzado por el Vaticano II, para que tal diálogo progrese
ulteriormente en vistas a alcanzar la recomposición de la unidad
visible entre los cristianos.
En primer lugar, el obispo predica el Evangelio preocupándose de
mostrar el misterio de la unidad de la Iglesia, conforme a los principios
católicos del ecumenismo indicados en el decreto conciliar Unitatis
redintegratio y confirmados por Juan Pablo II en la encíclica
Ut unum sint.
57. El carisma magisterial de los obispos es único en su
responsabilidad y no puede ser en algún modo delegado. Sin embargo,
no está aislado en la Iglesia. Cada obispo cumple el propio
servicio pastoral en una Iglesia particular en la que, íntimamente
unidos a su ministerio y bajo su autoridad, los presbíteros son sus
primeros colaboradores, a quienes se agregan los diáconos. Una
ayuda valiosísima viene también de las religiosas y los
religiosos, y de un número creciente de fieles laicos que
colaboran, según la constitución de la Iglesia, en proclamar
y en vivir la Palabra de Dios.
Gracias a los obispos, la auténtica fe católica se
transmite a los padres para que ellos a su vez la transmitan a los hijos.
También los profesores y los educadores, a todos los niveles,
pueden recibir la garantía de su fe a través de los obispos.
Todo el laicado rinde testimonio a aquella pureza de fe que los obispos se
empeñan valientemente por mantener. Es importante que cada obispo
no falte a sostener a los laicos y procurarles, con las correspondientes
escuelas, los medios para una conveniente formación de base y
permanente.
58. Es también particularmente útil, para los
fines del mensaje, la colaboración con los teólogos, los
cuales se esfuerzan en profundizar con su propio método la
insondable riqueza del misterio de Cristo. El magisterio de los pastores y
el trabajo teológico, aunque tengan funciones diferentes, dependen
ambos de la única Palabra de Dios y tienen el mismo fin de
custodiar el pueblo en la verdad que libera. También de aquí
nace la relación entre el magisterio y la teología y, para
los obispos, el deber de dar a los teólogos el ánimo y el
apoyo que les ayuden a llevar a cabo su trabajo en la fidelidad a la
Tradición y en la atención a las emergencias de la
historia.(90)
En diálogo con todos sus fieles, el obispo sabrá reconocer
y apreciar su fe, acoger sus intuiciones, reforzarla, liberarla de añadiduras
superfluas y darles un apropiado contenido doctrinal. Por esto, con el fin
también de elaborar catecismos locales que tengan en cuenta las
distintas situaciones y culturas, el Catecismo de la Iglesia Católica
será punto de referencia para mantener cuidadosamente la unidad de
la fe y la fidelidad a la doctrina católica.(91)
59. Llamado a proclamar la salvación en Jesucristo, con
su predicación, el obispo debe ser, en medio al pueblo de Dios, señal
de la certeza de la fe. Como la Iglesia, él no tiene soluciones
preparadas de antemano para los problemas del hombre, sin embargo él
es ministro del esplendor de una verdad capaz de iluminar los caminos.(92)
Aunque no posea conocimientos específicos en orden a la promoción
del orden temporal, sin embargo el obispo, ejerciendo su magisterio y
educando en la fe a las personas y a las comunidades a él
confiadas, prepara a los fieles laicos que, renovados interiormente,
transformarán a su vez el mundo a través de las soluciones
que corresponde a ellos ofrecer conforme a sus respectivas competencias.
Hacer de nuevo presente en el mundo la fuerza de la Palabra que salva es
el gran acto de caridad pastoral que un obispo ofrece a los hombres.
Recordando la figura del Buen Pastor, del que debe reproducir su imagen, él
se preocupa para que la Palabra de Dios llegue a todos los fieles, también
a aquellos que en teoría o en la práctica han abandonado la
fe cristiana. Esta es la primera razón por la cual él ha
sido llamado al episcopado y ha sido enviado a una porción del
pueblo de Dios, siendo la fuerza de la palabra capaz de hacerle redescubir
la mayor razón de esperanza.
El Obispo, Enviado para Santificar
60. La proclamación de la Palabra de Dios está en
el origen de la reunión del pueblo de Dios en Ekklesia, o
sea en la convocación santa. Ella, sin embargo, alcanza y encuentra
su plenitud en el sacramento. Palabra y sacramento forman, de hecho, como
un todo uno; son inseparables entre ellos y deben ser considerados como
dos aspectos o momentos de una única obra de salvación.
Ambos hacen actual y operativa, en toda su eficacia la salvación
obrada por Cristo. Él mismo, Verbo eterno encarnado, es la raíz
del íntimo vínculo que une Palabra y sacramento, el cual,
por otra parte, está en singular consonancia con la
complementariedad que, en la vida humana, existe entre el hablar y el
actuar. Esto sirve para todos los sacramentos pero, en modo particular y
excelente, para la Santa Eucaristía, que es fuente y culmen de toda
la evangelización.(93)
Por esta unidad de la Palabra y del Sacramento, así como los Apóstoles
fueron enviados por el Resucitado para enseñar y bautizar a todas
las naciones (cfr. Mt 28, 19), así también cada
obispo, sucesor de los Apóstoles, en virtud de la plenitud del
Sacramento del Orden del cual ha sido revestido, recibe junto con la misión
de heraldo del Evangelio la de "administrador de la gracia del
supremo sacerdocio".(94) El servicio del anuncio del Evangelio, de
hecho, está ordenado "al servicio de la gracia de los santos
sacramentos de la Iglesia. Como ministro de la gracia, el obispo actúa
en los sacramentos el munus santificandi, al que se orienta el
munus docendi, que realiza en medio al pueblo de Dios que se le ha
confiado".(95)
61. La función de santifciar es inherente a la misión
del obispo. Precisamente en relación con los Sacramentos, los
cuales se ordenan algunos a la perfección del individuo y otros a
la perfección de la colectividad, santo Tomás de Aquino
llamaba al obispo perfector.(96) De hecho él es el
principal administrador de los misterios de Dios en su Iglesia particular:
antes que nada de la Eucaristía, que está en el centro del
servicio sacramental del obispo, en cuya presidencia él aparece a
los ojos de su pueblo sobre todo como el hombre del nuevo y eterno culto a
Dios, instituido por Jesucristo con el sacrificio de la cruz. Él
regula también la administración del bautismo, por medio del
cual se concede la participación en el sacerdocio regio de Cristo;
es ministro originario de la Confirmación, dispensador de las
sagradas Ordenes y moderador de la disciplina penitencial.(97)
El Concilio Vaticano II repite también el concepto de los obispos
como perfectores, pero no limita esta función al ministerio
sacramental; la extiende a todo el ejercicio de su misión porque
por medio de su caridad pastoral los obispos se convierten personalmente
en signo vivo de santidad que predispone a la acogida del Evangelio. Por
esto, los exhorta a hacer avanzar a todos los fieles, según la
particular vocación de cada uno, por la vía de la santidad,
siendo ellos los primeros en dar ejemplo de santidad en la caridad, en la
humildad y en la sencillez de vida, y guiando de tal manera "las
Iglesias que les han sido confiadas, que en ellas resplandezca plenamente
el sentir de la Iglesia universal de Cristo".(98)
62. El obispo es liturgo de la Iglesia particular principalmente
en la presidencia de la Sinaxis Eucarística.(99) Es aquí
donde tiene lugar el momento más alto de la vida de la Iglesia,
donde se realiza también el momento más alto del munus
santificandi que el obispo ejerce en la persona de Cristo, sumo y
eterno Sacerdote. Por esto el obispo, teniendo la Eucaristía como
centro de su servicio sacramental y mostrándose precisamente en la
presidencia de la celebración Eucarística como ministro
primero del culto nuevo y eterno, ama celebrar los divinos misterios lo más
frecuentemente posible junto con sus fieles y, si bien no omite el hacerlo
con frecuencia en otros lugares de su Diócesis, prefiere hacerlo en
la Iglesia Catedral.
Ésta, en efecto, en la que está colocada la Cátedra,
es donde el obispo educa a su pueblo con la auténtica enseñanza
de la Palabra de Dios, es la Iglesia madre y el centro de la Diócesis.
En la Iglesia Catedral, con la presidencia del obispo, las Iglesias
particulares tienen un signo de su unidad, de su vitalidad sobrenatural y,
especialmente en la celebración de la Eucaristía, de su
participación en la única Iglesia católica.
63. Una de las tareas preeminentes del obispo es la de proveer
para que en la comunidad de la Iglesia particular los fieles tengan la
posibilidad de acercarse a la mesa del Señor, sobre todo el
Domingo, que es el día en el que la Iglesia celebra el misterio
pascual y los fieles, en la alegría y en el descanso, dan gracias a
Dios que, "mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los
muertos", los ha "reengendrado a una esperanza viva" (1
Pt 1, 3).(100)
En muchas partes, no sólo en las Iglesias nuevas y más jóvenes,
sino también en los territorios de más antigua tradición
cristiana, por la carestía de presbíteros o por otras
razones graves, es siempre más difícil proveer a la
celebración eucarística. Esto acrecienta el deber del obispo
de ser el administrador de la gracia, siempre atento a discernir la
presencia de necesidades efectivas y la gravedad de las situaciones,
procediendo a una sabia distribución de los miembros de su
presbiterio y a hacer lo posible para que también en tales
emergencias, las comunidades de los fieles no queden privadas por mucho
tiempo de la Eucaristía. Esto también con respecto a
aquellos fieles que por enfermedad o ancianidad o por otros motivos
razonables solamente pueden recibir la Eucaristía en sus casas o en
el lugar donde viven.
64. La liturgia es la forma excelente de la alabanza a la
Trinidad Santa. En ella, sobre todo con la celebración de los
Sacramentos, el pueblo de Dios, reunido localmente, expresa y actúa
su índole sagrada y orgánica de comunidad sacerdotal.(101)
Ejercitando el munus santificandi, el obispo obra a fin de que
toda la Iglesia particular se convierta en una comunidad de orantes,
comunidad de fieles perseverantes y concordes en la oración (cf.
Act 1, 14)
Penetrado él en primer lugar, junto con su presbiterio, del espíritu
y la fuerza de la Liturgia, el obispo tiene cuidado de favorecer y
desarrollar en su propia Diócesis una educación intensiva a
fin de que se descubran las riquezas contenidas en la Liturgia, celebrada
según los textos aprobados y vivida ante todo come un hecho de
orden espiritual. Él, como responsable del culto divino en la
Iglesia particular, mientras dirige y protege la vida litúrgica de
la Diócesis, actuando junto con los obispos de la misma Conferencia
Episcopal y en la fidelidad a la fe común, sostiene también
el esfuerzo para que la liturgia, en correspondencia a las exigencias de
los tiempos o de los lugares, se enraíce en las culturas, teniendo
en cuenta lo que en ella es inmutable - porque es de institución
divina - y lo que en cambio es susceptible de mutación.(102)
65. En tal contexto el obispo dirige su atención también
a las distintas formas de la piedad popular cristiana y a su relación
con la vida litúrgica. En cuanto expresa el comportamiento
religioso del hombre, esta piedad popular no puede ser ni ignorada ni
tratada con indiferencia o desprecio, porque, como escribía Pablo
VI, es rica de valores.(103) Sin embargo, ésta necesita ser
evangelizada a fin de que la fe que expresa se convierta en una acto
siempre más maduro. Una auténtica pastoral litúrgica,
biblícamente formada, sabrá apoyarse en las riquezas de la
piedad popular, purificarlas y orientarlas hacia la liturgia como ofrenda
de los pueblos.(104)
66. La misma oración, en sus distintas formas, es el
lugar en el que se expresa la esperanza de la Iglesia. Cada oración
de la Esposa de Cristo, deseosa de la perfecta unión con el Esposo,
se resume en aquella invocación que el Espíritu le sugiere: "¡Ven!"
(Ap 22,17).(105) El Espíritu pronuncia esta oración
con la Iglesia y en la Iglesia. Es la esperanza escatológica, la
esperanza del definitivo cumplimiento en Dios, la esperanza del Reino
eterno, que se actualiza en la participación a la vida trinitaria.
El Espíritu Santo, dado a los Apóstoles como consolador, es
el guardián y el animador de esta esperanza en el corazón de
la Iglesia. En la perspectiva del Tercer Milenio después de Cristo,
mientras el Espíritu y la Esposa dicen al Señor Jesús:
"¡Ven ! " (idem), esta oración está
cargada, come siempre, de sentido escatológico, destinado a dar
plenitud de sentido también a la celebración del gran
Jubileo. Es una oración dirigida en el sentido de los destinos salvíficos,
hacia los cuales el Espíritu Santo abre los corazones con su acción
a través de toda la historia del hombre sobre la tierra.(106)
Consciente de esto, el obispo se dedica cada día a comunicar a
los fieles, con su testimonio personal, con la palabra, con la oración
y con os sacramentos, la plenitud de la vida en Cristo.
El Obispo Enviado para Regir y Guiar el Pueblo de Dios
67. La función ministerial del obispo se completa con el
oficio de ser guía de la porción del pueblo de Dios que le
ha sido confiada. La Tradición de la Iglesia ha asimilado siempre
esta tarea a dos figuras que, según el testimonio de los
Evangelios, Jesús aplica a sí mimo, esto es, la figura del
Pastor y la del Siervo. El Concilio describe así el oficio propio
de los obispos de gobernar a sus fieles: "Rigen, como vicarios y
legados de Cristo, las Iglesias particulares que les han sido
encomendadas, con sus consejos, con sus exhortaciones, con sus ejemplos,
pero también con su autoridad y sacra potestad, de la que usan únicamente
para edificar a su grey en la verdad y en la santidad, teniendo en cuenta
que el que es mayor ha de hacerse como el menor, y el que ocupa el primer
puesto, como el servidor (cf. Lc 22, 26-27)".(107)
Juan Pablo II explica que "se debe insistir en el concepto de
'servicio', que se puede aplicar a todo ministerio eclesiástico,
comenzando por el de los obispos. Sí, el episcopado es más
un servicio que un honor. Y, si es también un honor, lo es cuando
el obispo, sucesor de los Apóstoles, sirve con espíritu de
humildad evangélica, a ejemplo del Hijo del hombre,... A la luz del
servicio como 'buenos pastores' se debe entender la autoridad que el
obispo posee como propia, aunque esté siempre sometida a la del
Sumo Pontífice".(108) Por ello, con razón el Código
de Derecho Canónico indica este oficio como munus pastoris
y le une la característica de la solicitud.(109)
68. Por otro lado, ésta no es otra cosa que la caritas
pastoralis. Se trata de aquella virtud mediante la cual se imita a
Cristo, que es el "buen" Pastor, por haber dado la propia vida.
Así, pues, la caridad pastoral se realiza no sólo con el
ejercicio de las acciones ministeriales, sino todavía más,
con el don de sí mismo, que muestra el amor de Cristo por su rebaño.
Una de las formas con las que se expresa la caridad pastoral es la
compasión, a imitación de Cristo, Sumo Sacerdote, que es
capaz de compartir la debilidad humana, habiendo sido Él mismo
probado en cada cosa, como todos los hombres, excepto en el pecado (cf.
Hb 4, 15). Sin embargo, tal compasión, que el obispo indica
y vive como signo de la compasión de Cristo, no puede separarse del
signo de la verdad de Cristo. De hecho, otra expresión de la
caridad pastoral es la responsabilidad ante Dios y ante la
Iglesia.
En el gobierno de la Diócesis el obispo se preocupa para que sea
reconocido el valor de la ley canónica de la Iglesia, cuyo objetivo
es el bien de las personas y de la comunidad eclesial.(110)
69. La caridad pastoral hace al obispo ansioso de servir en
favor del bien común de la propia Diócesis que, subordinado
al de toda la Iglesia, es aquel punto hacia el cual converge el bien de
las comunidades particulares de la Diócesis. El Directorio Ecclesiae
imago indicaba al respecto los principios fundamentales de la unidad,
de la colaboración responsable y de la coordinación.(111)
Gracias a la caridad pastoral, que es principio interior unificante de
toda la actividad ministerial, "puede encontrar respuesta la
exigencia esencial y permanente de unidad entre la vida interior y tantas
tareas y responsabilidades del ministerio, exigencia todavía más
urgente en un contexto sociocultural y eclesial fuertemente marcado por la
complejidad, la fragmentación y de la dispersión".(112)
Por tanto, la caritas pastoralis debe determinar los modos de
pensar y actuar del obispo y su modo de relacionarse con cuantos
encuentra.
En consecuencia, la caridad pastoral exige estilos y formas de vida que,
realizados como imitación de Cristo pobre y humilde, consientan
estar cerca de todos los miembros del rebaño, desde el más
grande al más pequeño, estar dispuesto a compartir sus alegrías
y sus dolores, no solamente con el pensamiento y con las oraciones, sino
también junto con ellos. Así, a través de la
presencia y el ministerio del obispo, el cual a todos se acerca sin
ruborizarse ni hacer ruborizar, todos podrán experimentar el amor
de Dios por el hombre.(113)
70. La tradición eclesiástica indica algunas
formas específicas a través de las cuales el obispo ejerce
en su Iglesia particular el ministerio del pastor. Se recuerdan dos en
particular, la primera de las cuales tiene la forma, por así decir,
del compromiso personal. La segunda, por el contrario, tiene una forma
sinodal.
La visita pastoral no es una simple institución jurídica,
prescrita al obispo por la disciplina eclesiástica, ni tampoco una
especie de instrumento de investigación.(114) Mediante la visita
pastoral el obispo se presenta concretamente como principio visible y
fundamento de la unidad de la Iglesia particular y ella "refleja de
alguna manera la imagen de aquella singularísima y totalmente
maravillosa visita, por medio de la cual el "sumo Pastor" (1
Pt 5, 4), el Obispo de nuestras almas (cf. 1 Pt 2, 25),
Jesucristo, ha visitado y redimido a su pueblo (cf. Lc 1 68)".(115)
Además, ya que la Diócesis antes de ser un territorio es una
porción del pueblo de Dios confiada a los cuidados pastorales de un
obispo, oportunamente el Directorio Ecclesiae imago escribe que el
primer puesto en la visita pastoral lo ocupan las personas. Para mejor
dedicarse a ellas, por lo tanto, es oportuno que el obispo delegue a otros
el examen de las cuestiones de carácter más administrativo.
La celebración del Sínodo Diocesano, cuyo perfil jurídico
se encuentra delineado en el Código de Derecho Canónico,(116)
tiene sin duda puesto preferencial entre los deberes pastorales del
obispo. El sínodo, de hecho, es el primero de los organismos
indicados por la disciplina eclesiástica a través de los
cuales se desarrolla la vida de una Iglesia particular. Su estructura,
como aquella de otros organismos llamados "de participación",
responde a exigencias eclesiológicas fundamentales y es expresión
institucional de realidades teológicas, como son, por ejemplo, la
necesaria cooperación del presbiterio con el ministerio del obispo,
la participación de todos los bautizados en la función profética
de Cristo, el deber de los pastores de reconocer y promover la dignidad de
los fieles laicos sirviéndose con gusto de su prudente
consejo.(117) En su realidad el Sínodo diocesano se coloca en el
contexto de la corresponsabilidad de todos los diocesanos en torno al
propio obispo en orden al bien de la Diócesis. La composición
de este tipo de sínodos, así como es querida por la
disciplina canónica vigente, es expresión privilegiada de la
comunión en la Iglesia particular. En definitiva en el sínodo
diocesano se trata de escuchar lo que el Espíritu dice a la Iglesia
particular, permaneciendo firmes en la fe, fieles en la comunión,
abiertos a la misionariedad, disponibles a las necesidades espirituales
del mundo y llenos de esperanza ante sus desafíos.
71. Por su oficio pastoral el obispo es el presidente y el
ministro de la caridad en su Iglesia particular. Edificándola
mediante la Palabra y la Eucaristía, él le abre también
los caminos privilegiados y absolutamente irrenunciables para vivir y
testimoniar el Evangelio de la caridad. Ya en la Iglesia apostólica
los Doce instituyeron "siete hombres de buena fama, llenos de Espíritu
Santo y de sabiduría" a los cuales confiaron el "servicio
de las mesas" (cf. Hech 6, 2-3). El mismo san Pablo tenía
como punto fuerte de su apostolado el recordarse de los pobres, indicándonos
de este modo un signo fundamental de la comunión entre los
cristianos Así el obispo es también llamado hoy a realizar
personalmente y a organizar la caridad en la propia Diócesis,
mediante estructuras apropiadas.
De este modo el obispo testimonia que las tristezas y las angustias de
los hombres, sobre todo de los pobres y de todos aquellos que sufren, son
también las ansias de los discípulos de Cristo.(118)
Indudablemente son distintas las pobrezas, y a aquellas antiguas se han añadido
otras nuevas. En tales situaciones, el obispo debe estar en primera linea
en el solicitar nuevas formas de apostolado y de caridad allá donde
la indigencia se presenta bajo nuevos aspectos. Servir, animar, educar a
estos compromisos de solidaridad y de cercanía en favor del hombre,
renovando cada día la antigua historia del samaritano, es, también
esto, ya de por sí una señal de esperanza para el mundo.
Capítulo IV
EL OBISPO, MINISTRO DEL EVANGELIO PARA TODOS LOS HOMBRES
72. La vida y el ministerio pastoral del obispo deben estar
siempre penetrados de la esperanza que está contenida en el anuncio
de la Buena Nueva, del cual es el primer responsable en la Iglesia
particular. Su servicio, sin embargo, no está restringido
exclusivamente a la atención pastoral de los fieles de su Iglesia
particular, así como tampoco implica unicamente su solicitud
pastoral por toda la Iglesia universal. Por el contrario, la misma posición
del obispo en la Iglesia y la misión que está llamado a
desarrollar hacen de él el primer responsable de su permanente misión
de llevar el Evangelio a cuantos todavía no conocen a Cristo,
redentor del hombre.
En este capítulo se considera la misión del obispo en
relación profética a la realidad en la cual la comunidad,
que él preside en nombre de Cristo Pastor, procede en su
peregrinaje terrestre hacia Ciudad celeste. La atención se dirige,
por tanto, al mandato misionero que el Señor ha dado a su Iglesia y
a algunos otros ámbitos de la evangelización, como son por
ejemplo, el diálogo con las religiones no cristianas, la
responsabilidad del obispo en las preocupaciones del mundo sobre los temas
de la vida política, social, económica y de la paz. De
hecho, también en estos ámbitos él es llamado a
suscitar la esperanza de las realidades trascendentes y de las realidades
escatológicas.
El Deber Misionero del Obispo
73. El mandato confiado por el Señor Resucitado a sus Apóstoles
atañe a todas las gentes. Es más, en los Apóstoles
mismos 'la Iglesia recibió una misión universal, que no
conoce confines y concierne a la salvación en toda su integridad,
de conformidad con la plenitud de vida que Cristo vino a traer (cf. Io
10, 10)".(119)
También para los sucesores de los Apóstoles la tarea de
anunciar el Evangelio no se reduce al ámbito eclesial. El Evangelio
es siempre para todos los hombres. La Iglesia misma es sacramento de
salvación para todos los hombres y su acción no se reduce a
aquellos que aceptan su mensaje. Mas bien, ella es "fuerza dinámica
en el camino de la humanidad hacia el Reino escatológico; es signo
y a la vez promotora de los valores evangélicos entre los hombres".(120)
Por esto, compete siempre a los sucesores de los Apóstoles la
responsabilidad de difundirlo por toda la tierra.
Así pues, los obispos, que en sus Iglesias particulares son
signos personales de Cristo, son también llamados a ser en el mundo
signos de la Iglesia presente en la historia de todos los hombres.
Consagrados no solamente para una Diócesis sino para la salvación
del mundo entero,(121) sea como miembros del colegio episcopal sea como
simples pastores de la Iglesia particular. Los obispos son directamente
responsables, junto con el obispo de Roma, de la evangelización de
cuantos todavía no reconocen en Cristo el único salvador y
todavía no ponen en Él la propia esperanza.
En tal contexto no se pueden olvidar tantos obispos misioneros que, como
en el pasado, todavía hoy ilustran la vida de la Iglesia con la
generosidad y con la santidad. Algunos de ellos han sido también
fundadores de Institutos misioneros.
74. Como pastor de una Iglesia particular, corresponde al obispo
orientar los caminos misioneros, dirigirlos y coordinarlos. Él
cumple su deber de comprometer a fondo el impulso evangelizador de la
propia Iglesia particular cuando suscita, promueve y guía la obra
misionera en su Diócesis. Haciéndolo así, "hace
presente y como visible el espíritu y el ardor misionero del Pueblo
de Dios, de forma que toda la diócesis se haga misionera".(122)
En su celo por la actividad misionera, el obispo se muestra, también
aquí, siervo y testigo de la esperanza. En efecto, la misión
está sin duda motivada por la fe y es "el índice exacto
de nuestra fe en Cristo y en su amor por nosotros".(123) Pero, ya que
la buena nueva para el hombre de todos los tiempos es la novedad de la
vida, a la que cada hombre es llamado y destinado, la misión está
animada también por la esperanza y es, ella misma, fruto de la
esperanza cristiana.
Anunciando a Cristo resucitado, los cristianos anuncian a Aquel que
inaugura una nueva era de la historia y proclaman al mundo la buena
noticia de una salvación integral y universal, que contiene en sí
la garantía de un mundo nuevo, en el cual el dolor y la injusticia
darán paso a la alegría y a la belleza. Por eso rezan como
Jesús les ha enseñado: "Venga tu Reino" (Mt
6, 10). En fin, la actividad misionera, en su última intención
de poner a disposición de cada hombre la salvación donada
por Cristo de una vez para siempre, tiende de por sí a la plenitud
escatológica. Gracias a ella se agranda el Pueblo de Dios, se
dilata el Cuerpo de Cristo y se amplía el Templo del Espíritu
hasta la consumación de los siglos.(124)
El Dialogo Interreligioso
75. Como maestros de la fe, los obispos también deben de
tener una justa atención hacia el diálogo interreligioso. En
efecto, es evidente a todos que en las actuales circunstancias históricas
esto ha asumido una nueva e inmediata urgencia. Para muchas comunidades
cristianas, como por ejemplo en África y en Asia, el diálogo
interreligioso hace casi parte integrante de la vida cotidiana de las
familias, de las comunidades locales, del ambiente de trabajo y de los
servicios públicos. Por el contrario, en otras, como por ejemplo en
Europa occidental y, en general, en los paises cristianos más
antiguos, se trata de un fenómeno nuevo. También aquí
sucede con más frecuencia que creyentes de distintas religiones y
cultos se encuentren fácilmente y en muchas ocasiones vivan juntos,
con motivo de las migraciones de los pueblos, de los viajes, de las
comunicaciones sociales y de las elecciones personales.
Es, pues, necesario poner en práctica una pastoral que promueva
la acogida y el testimonio de acuerdo a los principios expuestos por el
Concilio en el decreto Nostra aetate. Se trata de promover el
respeto por las creencias no cristianas y, por cuanto ellas tienen de
positivo, la posibilidad de defender con sus fieles algunos valores
esenciales de la existencia, así como también el compromiso
de salir al encuentro de estos hombres y mujeres con vistas a una búsqueda
común de la verdad.
76. El diálogo interreligioso, como ha recordado Juan
Pablo II, es parte de la misión evangelizadora de la Iglesia y
entra en las perspectivas del Jubileo del 2000.(125) Entre las principales
razones el decreto Nostra aetate presenta aquellas dictadas por la
profesión de la esperanza cristiana. En efecto, todos los hombres
tienen un común origen en Dios, en cuanto criaturas amadas y
queridas por Él, y tienen un destino común en su amor
eterno. El fin último de cada hombre está en Dios.
En este diálogo los cristianos deben siempre testimoniar la
propia esperanza en Cristo, único Salvador del hombre, pero también
tienen muchas cosas que aprender. Sin embargo, este hecho no debe
disminuir el deber y la determinación de los cristianos en
proclamar, sin titubeos, la unicidad y el absoluto de Cristo redentor. En
ningún otro, en efecto, el cristiano pone su esperanza, porque
Cristo mismo es el cumplimiento de todas las esperanzas. Él es la "expectativa
de cuantos en cada pueblo esperan la manifestación de la bondad
divina".(126) Igualmente el diálogo también debe ser
conducido y realizado por los fieles católicos con la convicción
de que la única religión verdadera existe "en la
Iglesia católica y apostólica, a la cual el Señor Jesús
confió la obligación de difundirla a todos los hombres".(127)
77. Todos los fieles y comunidades cristianas están
llamados a practicar el diálogo interreligioso, pero no siempre con
la misma intensidad y al mismo nivel. Allá donde las situaciones lo
requieran o lo permitan, es deber de cada obispo en su Iglesia particular
ayudar, con su enseñanza y con la acción pastoral, a todos
los fieles para que respeten y estimen los valores, las tradiciones, las
convicciones de los otros creyentes, como también promover una sólida
y apropiada formación religiosa de los mismos cristianos, para que
sepan dar un testimonio convincente del gran don de la fe cristiana.
El obispo también debe vigilar sobre la dimensión teológica
del diálogo interrre-ligioso, en caso de que sea realizado en la
propia Iglesia particular, de manera que nunca quede velada o no afirmada
la universalidad y la unicidad de la redención realizada por
Cristo, único Salvador del hombre y revelador del misterio de
Dios.(128) En efecto, sólo en la coherencia con la propia fe es
posible también compartir, confrontar y enriquecer las experiencias
espirituales y las formas de oración, como vías de encuentro
con Dios.
El diálogo interreligioso, sin embargo, no hace referencia sólo
al campo doctrinal, sino que se extiende a una pluralidad de relaciones
cotidianas entre los creyentes, que están llamados al respeto recíproco
y al conocimiento mutuo. Se trata del así llamado "diálogo
de vida", allí donde los creyentes de las distintas religiones
testimonian recíprocamente los propios valores humanos y
espirituales con el fin de favorecer la coexistencia pacífica y la
colaboración para una sociedad más justa y fraterna. En el
favorecer y en el seguir atentamente tal diálogo, el obispo
recordará siempre a los fieles que este compromiso nace de las
virtudes teologales de la fe, caridad y esperanza, y con ellas crece.
Responsabilidades hacia el Mundo
78. Los cristianos llevan a cabo la misión profética
recibida de Cristo operando en el mundo una presencia portadora de
esperanza. Por esto el Concilio recuerda que la Iglesia "avanza
juntamente con toda la humanidad, experimenta la suerte terrena del mundo,
y su razón de ser es actuar como fermento y como alma de la
sociedad humana, que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia
de Dios.(129)
La asunción de responsabilidades en relación con el mundo
entero y sus problemas, sus preguntas y sus expectativas, también
es parte del compromiso de evangelización, al que la Iglesia está
llamada por el Señor. Esto implica en primera persona a cada
obispo, haciéndolo atento a la lectura de los "signos de los
tiempos", en modo de despertar en los hombre una nueva esperanza. En
esto él actúa como ministro del Espíritu, que también
hoy, a los umbrales del Tercer milenio, no cesa de obrar grandes cosas
para renovar la faz de la tierra. Siguiendo el ejemplo del Buen Pastor, él
indica al hombre la vía que debe seguir y, como el Samaritano, se
inclina sobre él para curarle las heridas.
79. El hombre es también esencialmente un "ser de
esperanza". Aunque es cierto que no son pocos los acontecimientos en
distintas partes de la tierra, que inducirían al escepticismo y a
la falta de confianza: tales y tantos son los desafíos que hoy
cuestionan la esperanza. Sin embargo, la Iglesia encuentra en el misterio
de la cruz y la resurrección de su Señor el fundamento de la
"feliz esperanza". De aquí saca la fuerza para ponerse y
permanecer al servicio del hombre y de cada hombre.
El Evangelio, del que la Iglesia es servidora, es un mensaje de libertad
y una fuerza de liberación que, mientras pone al descubierto y
juzga las esperanzas ilusorias y falaces, lleva también a
cumplimiento las aspiraciones más auténticas del hombre. El
núcleo central de esta buena nueva lo constituye el hecho que
Cristo, mediante su cruz y su resurrección y mediante el don del
Espíritu Santo, ha abierto nuevas vías de libertad y de
liberación para la humanidad.
Entre los ámbitos, en los que el obispo está llamado a
guiar la propia comunidad - delineando compromisos y realizando
comportamientos que sean lugares a los cuales llegue la fuerza renovadora
del Evangelio y los signos efectivos de la esperanza - se indican algunos
de particular relevancia, que tienen como objetivo la doctrina social de
la Iglesia. En efecto, ésta no sólo no es extraña,
sino que es parte esencial del mensaje cristiano, pues propone las
directas consecuencias del Evangelio para la vida de la sociedad. Por otro
lado, sobre ella se ha detenido muchas veces el Magisterio, ilustrándola
a la luz del misterio pascual, del que la Iglesia extrae la verdad sobre
la historia y sobre el hombre. Es oportuno recordar también que
corresponde a las Iglesias particulares, en comunión con la Sede de
Pedro y con las demás, traducir la Doctrina Social de la Iglesia en
actuaciones concretas.
80. Un primer ámbito se refiere a la relación con
la sociedad civil y política. Es evidente, a este propósito,
que la misión de la Iglesia es una misión religiosa y que el
fin privilegiado de su actuación en el mundo es el anuncio a todos
los hombres de Jesucristo, del único Nombre "dado a los
hombres por el que nosotros debamos salvarnos" (Hch 4, 12).
De aquí deriva, entre otras cosas, la distinción confirmada
por el Concilio, entre comunidad política e Iglesia. Independientes
y autónomas en el propio campo, sin embargo ambas tienen en común
el servicio a la vocación personal y social de las mismas personas
humanas.(130)
Por ello, la Iglesia, que por mandato del Señor está
abierta a los hombres de buena voluntad, no puede ser, ni nunca puede
hacer, competencia a la vida política, pero tampoco puede ser ajena
a los problemas de la vida social. Así, permaneciendo dentro de su ámbito
de promoción integral del hombre, la Iglesia puede buscar
soluciones también para los problemas de odren temporal, sobre todo
allá donde está comprometida la dignidad del hombre y son
pisoteados sus derechos más elementales.
81. En tal cuadro se coloca también la acción del
obispo, el cual reconoce la autonomía del Estado y evita así
la confusión entre fe y política, sirviendo en cambio a la
libertad de todos. Ajeno a las formas que lleven a identificar la fe con
una determinada forma política, él busca sobre todo el Reino
de Dios. De este modo, asumiendo el mejor y más puro amor para
ayudar e sus hermanos y para realizar, con la inspiración de la
caridad las obras de la justicia, él se presenta como custodio del
carácter trascendente de la persona humana y signo de
esperanza.(131) La contribución específica que un obispo
ofrece en este ámbito es la misma que la Iglesia, esto es "el
concepto de la dignidad de la persona, que se manifiesta en toda su
plenitud en el misterio del Verbo encarnado".(132)
De hecho, la autonomía de la comunidad política no incluye
su independencia de los principios morales; al contrario, una política
privada de referencias morales lleva inevitablemente a la degradación
de la vida social, a la violación de la dignidad y de los derechos
de la persona humana. Por eso la Iglesia tiene un grán interés
para que en la política se conserve o se restituya la imagen del
servicio al hombre y a la sociedad. Además, ya que es tarea propia
de los fieles laicos el comprometerse directamente en la política,
la preocupación del obispo debe ser ayudar a sus fieles a debatir
sus cuestiones y tomar las propias decisiones a la luz de la Palabra de
Verdad; favorecer y cuidar su formación en manera que en las
decisiones sean motivados por una sincera solicitud por el bien común
de todos los hombres y de todo el hombre; e insistir para que exista
coherencia entre la moral pública y la privada.
82. Un puesto particualer en el proceso de evangelización
y un lugar privilegiado donde anunciar la esperanza es la solicitud por
los pobres. Se abre así el ámbito relativo a la vida económica
y sociale de la que, como ha recordado el Concilio, el hombre es el autor,
el centro y el fin.(133) De aquí la preocupación de la
Iglesia para que también el desarrollo no sea entendido en sentido
exclusivamente económico, sino más bien en sentido
integralmente humano.
La esperanza cristiana está ciertamente orientada hacia el Reino
de los cielos y hacia la vida eterna. Sin embargo, este destino escatológico
no atenúa el compromiso por el progreso de la ciudad terrema. Al
contrario, le da sentido y fuerza. Mejor dicho, "el impulso de la
esperanza preserva del egoismo y conduce a la dicha de la caridad".(134)
En efecto, la distinción entre progreso terreno y crecimiento del
Reino no es una separación, ya que la vocación del hombre a
la vida eterna, más que abolir, anima el deber del hombre de poner
en acto las energías recibidas del Creador para el dessarrollo de
su vida temporal.
83. No es deber específico de la Iglesia ofrecer
soluciones a las cuestiones económicas y sociales, pero su doctrina
social contiene un conjunto de principios indispensables para la
construcción de un sistema social y económico justo. También
sobre esto la Iglesia tiene un "evangelio" que anunciar, del
cual cada obispo, en su Iglesia particular, debe hacerse portador,
poniendo el acento en las Bienaventuranzas evangélicas".(135)
Por último, ya que el mandamiento del amor al prójimo es
muy concreto, es necesario que le obispo promueva en su Diócesis
iniciativas apropiadas y exhorte a superar los eventuales comportamientos
de apatía, pasividad y egoismo individual y de grupo. Igualmente es
importante que con su predicación el obispo despierte la conciencia
cristiana de cada ciudadano, exhortándolo a obrar con una
solidaridad activa y con los medios a su disposición, en defensa de
su hermano ante qualquier abuso que atente contra la dignidad humana. En
este sentido, el obispo debe siempre recordar a los fieles que en cada
pobre y en cada necesitado está presente Cristo (cf. Mt 25,
31-46). La misma figura del Señor como juez escatológico es
la promesa de una justicia finalmente perfecta para los vivos y para los
muertos, para los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares".(136)
84. Los temas de la justicia y del amor del prójimo
evocan de modo espontaneo el de la paz: "Frutos de justicia se
siembran en la paz para los que procuran la paz" (St 3, 18).
Lo que la Iglesia anuncia es la paz de Cristo, "el príncipe de
la paz" que ha proclamado la bienaventuranza de los "que
trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios" (Mt.
5, 9). Tales son no solamente aquellos que renuncian al uso de la
violencia como método habitual, sino también todos aquellos
que tienen la valentía de trabajar para cancelar todo lo que impide
la paz. Estos trabajadores de la paz saben bien que ésta comienza
en el corazón del hombre. Por eso actúan contra el egoismo
que impide ver a los otros como hermanos y hermanas en una única
familia humana, sostenidos en esto por la esperanza en Jesucristo, el
Redentor inocente cuyo sufrimiento es un signo indefectible de esperanza
para la humanidad. Cristo es la paz (cf. Ef 2, 14) y el hombre no
encotrará la paz si no encuentra a Cristo.
La paz es una reponsabilidad universal, que pasa a través de los
miles de pequeñas acciones de la vida de cada día. Según
su modo cotidiano de vivir con los otros, los hombres eligen en favor de
la paz o en contra de ella. La paz espera a sus profetas y sus artífices.(137)
Estos arquitectos de la paz deben estar sobre todo en las comunidades
eclesiales de las que el obispo es pastor.
Por tanto, es preciso que él no deje pasar ninguna ocasión
para promover en las conciencias las aspiraciones a la concordia y para
favorecer el entendimiento entre las personas en la dedicación a la
causa de la justicia y de la paz. Se trata de una tarea ardua, que
requiere dedicación, esfuerzos continuos y una insistente acción
educativa sobre todo en las nuevas generaciones. Ellas deben
comprometerse, con alegría y esperanza cristiana renovadas, en la
construcción de un mundo más pacífico y fraterno. El
trabajo por la paz está incluido en la tarea prioritaria de la
evangelización, por ello la promoción de una auténtica
cultura del diálogo y de la paz es también un compromiso
fundamental de la acción pastoral de un obispo.
85. Voz de la Iglesia que, evangelizando, llama y convoca a
todos los hombres, el obispo no deja de trabajar concretamente y de hacer
oir su palabra sabia y equilibrada para que los responsables de la vida
política, social y económica busquen las soluciones más
justas posibles para resolver los problemas de convivencia civil.
Las condiciones en las que los pastores son llamados a realizar su misión
en estos ámbitos son con frecuencia muy difíciles, sea para
la evangelización, sea para la promoción humana. Es sobre
todo aquí donde se muestra cómo y cuánto se debe
incluir en el ministerio episcopal la disponibilidad al sufrimiento. Sin
ella no es posible que los obispos se dediquen a su misión. Por
eso, debe ser grande la confianza en el Espíritu del Señor
resucitado, y el corazón del obispo debe estar siempre colmado de
aquella "esperanza que no falla" (Rom 5, 5).
Capítulo V
EL CAMINO ESPIRITUAL DEL OBISPO
86. Los capítulos precedentes han descrito los rasgos
generales del contexto en el que un obispo está llamado a
desarrollar en la Iglesia su misión de maestro auténtico de
la fe que anuncia, enseña y defiende la verdad sin concesiones ni
compromisos; de santificador y administrador fiel de los dones divinos; de
padre cercano a cuantos ha confiado a su cuidado la misericordia del Padre
celestial en todas sus necesidades pero sobre todo en la necesidad de
Dios. En medio de su pueblo el obispo es la imagen viva de Jesús,
el Buen Pastor, que camina junto a su rebaño.
Se ha recordado también que el obispo vive su misión de
pastor cuando está unido al obispo de Roma y a los otros obispos
hermanos con los vínculos del Colegio Epsicopal, recurriendo a
todas las instancias eclesiásticas que lo ayudan en el servicio que
le han confiado el Señor y la Iglesia. Por fin, se ha puesto de
relieve que la misión del obispo es tan amplia como la misma misión
de la Iglesia en el mundo.
Exigencia de Santidad en la Vida del Obispo
87. Por tanto, se trata de un ministerio altísimo y
exigente, de un ideal ante el cual el que ha sido llamado, sintiendo vivas
la debilidad y la inadecuación de las propias fuerzas, se llena de
comprensible temor. Por eso el obispo debe ser animado por aquella misma
esperanza de la que ha sido constituido servidor en la Iglesia y en el
mundo. Como el apóstol S. Pablo, él repite: "Todo lo
puedo en Aquel que me conforta" (Flp 4, 13) y, como él,
está seguro de que "la esperanza no falla, porque el amor de
Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo
que nos ha sido dado" (Rm 5,5).
Además, para estar a la altura de un ministerio de tanta
responsabilidad, el obispo debe individuar en la caridad pastoral el vínculo
de la perfección episcopal y también el fruto de la gracia y
del carácter sacramental recibido. Por eso siempre se debe
conformar de manera muy especial a Cristo Buen Pastor, sea en su vida
personal sea en el ejercicio del ministerio apostólico, de modo que
el pensamiento de Cristo (cf. 1 Cor 2, 16) le invada en todo y por
todo en las ideas, los sentimientos, las opciones y en el obrar.(138)
A veinte años de la clausura del Concilio, la Asamblea
extraordinaria del Sínodo de los Obispos del 1985 constataba que "en
circunstancias dificilísimas a lo largo de toda la historia de la
Iglesia, los santos y las santas fueron siempre fuente y origen de
renovación".(139) No hay duda de que la Iglesia tiene siempre
necesidad también de pastores luminosos por su santidad, además
de por sus cualidades humanas. Éstos son los pastores que consiguen
despertar un proyecto de vida sacerdotal en los jóvenes de hoy.
Así pues, en este capítulo se quieren indicar algunas líneas
para el camino espiritual del obispo, como camino de evangelización
y santificación del pueblo de Dios, haciendo patente el vínculo
estrecho que existe entre la santidad personal del obispo y el ejercicio
de su minsterio. Por otra parte, el ministerio mismo, cumplido con
fidelidad, con fortaleza y con docilidad al Espíritu Santo, es
fuente de santidad para el obispo, y de santificación para los
fieles confiados a su cura pastoral, en la valorización de las
distinas vias de santidad según los propios carismas.
Dimensiones de la Espiritualidad del Obispo
88. Este camino espiritual del obispo tiene, ciertamente, su
raiz en la gracia del sacramento del Bautismo y de la Confirmación,
donde, como cada fiel, ha sido capacitado para creer en Dios, esperar en él
y amarlo por medio de las virtudes teologales, y de vivir y actuar bajo la
acción del Espíritu Santo per medio de sus santos dones.
Desde este punto de vista, el obispo tiene que vivir una espiritualidad
que no es diferente, en cuanto a la modalidad, con respecto a aquella
espiritualidad de todos los demás discípulos del Señor,
que han sido convertidos e incorporados al templo del Espíritu.
También el obispo, por tanto, vive una espiritualidad como
bautizado y confirmado, alimentado por la Santa Eucaristía y
necesitado del perdón del Padre, a causa de la fragilidad humana.
Así mismo, junto con los sacerdotes de su presbiterio, él
tiene que recorrer los caminos específicos de espiritualidad en
cuanto llamado a la santidad por el nuevo título derivado del Orden
sagrado.(140)
Por consiguiente el obispo debe vivir su "específica"
espiritualidad, a causa del don específico de la plenitud del Espíritu
de santidad, que ha recibido como padre y pastor en la Iglesia.
89. Se trata de una espiritualidad "propia", orientada
a hacer vivir en la fe, en la esperanza y en la caridad de acuerdo al
ministerio de evangelizador, de liturgo y de guía en la comunidad;
de una espiritualidad que considera al obispo en relación con el
Padre, del que es imagen, con el Hijo, a cuya misión de Pastor está
configurado, y con el Espíritu Santo, que dirige la Iglesia con
distintos dones jeráquicos y carismáticos.
Se trata, además, de una espiritualidad eclesial, porque cada
obispo es configurado con Cristo Pastor para amar a la Iglesia con el amor
de Cristo esposo, para servirla y ser, en la Iglesia, maestro,
santificador y guía. Así, él se convierte, en la
Iglesia, en modelo y promotor de una espiritualiad de comunión a
todos los niveles.
No es posible amar a Cristo y vivir en la intimidad con él sin
amar a la Iglesia, a la cual Cristo ama: en efecto, tanto se posee el Espíritu
de Dios, cuanto se ama a la Iglesia "una en todos y toda en cada uno;
simple en la pluralidad para la unidad de la fe, múltiple en cada
uno para la construcción de la caridad y la variedad de los
carismas".(141) Sólo del amor por la Iglesia - en cuanto ella
es sacramento universal de salvación y es amada por Cristo hasta
darse a sí mismo por ella (cf. Hb 5, 25) - nacen una
espiritualidad y un celo misioneros, así como el testimonio de la
dimensión total con la cual el Señor Jesús ha amado a
los hombres hasta la cruz.
Ministro del Evangelio de la Esperanza
90. Con estos títulos el obispo se presenta a la Iglesia,
repitiendo las palabras del Apóstol: "(Cristo) os ha
reconciliado ahora, por medio de la muerte en su cuerpo de carne, para
presentaros santos, inmaculados e irrepresnibles delante de Él ;
con tal que permanezcáis sólidamente cimentados en la fe,
firmes e inconmovibles en la esperanza del Evangelio ... del que yo ... he
llegado a ser ministro" (Col 1, 22-23; cf. 1,5).
Ya el directorio pastoral Ecclesiae imago había dedicado
un entero y detallado capítulo a las virtudes necesarias para el
obispo.(142) En aquel contexto, además de las referencias a las
virtudes sobrenaturales de la obediencia, la continencia perfecta por amor
al Reino, la pobreza, la prudencia pastoral y la fortaleza, se encuentra
también un llamado a la virtud teologal de la esperanza. Apoyándose
en ella, el obispo espera de Dios con firme certeza todo bien y pone en la
divina Providencia la máxima confianza, "recordando a los
santos apóstoles y a los antiguos obispos que, también
experimentando grandes dificultades y obstáculos de todo tipo, sin
embargo predicaban el evangelio de Dios con toda franqueza".(143)
Pero en la perspectiva de la X Asamblea general ordinaria del Sínodo
de los Obispos es oportuno detenerse ulteriormente en la esperanza
inherente al ministerio episcopal, estimuladora y portadora de aquel sano
optimismo que el obispo debe vivir personalmente y comunicar con alegría
a los demás.
91. La esperanza cristiana inicia con Cristo y se alimenta de
Cristo, es participación en el misterio de su Pascua y anticipo de
una suerte análoga a la de Cristo, ya que el Padre con Él "nos
resucitó y nos hizo sentar en los cielos" (Ef 2,6).
De esta esperanza el obispo ha sido hecho signo y ministro. Cada obispo
puede aplicarse a sí estas palabras de Juan Pablo II: "Sin
ella (la esperanza) seríamos hombres desgraciados y dignos de lástima;
y además, todo nuestro empeño pastoral se volvería
estéril, no seríamos capaces de emprender nada. En la
inviolabilidad de nuestra esperanza reside el secreto de nuestra misión.
Ella es más poderosa que las repetidas desilusiones y que la duda
agotadora, porque recibe su fuerza de una fuente que ni nuestra
despreocupación ni nuestra dejadez consiguen agotar. La fuente de
nuestra esperanza es Dios mismo, quien por medio de Cristo y en favor
nuestro ha vencido al mundo de una vez por todas y prolonga hoy por
nosotros su misión salvífica entre los hombres".(144)
La Esperanza en el Camino Espiritual del Obispo
92. El obispo es ministro de la Verdad que salva no solamente
para enseñar e instruir, sino también para conducir a los
hombres a la esperanza, y por consiguiente al crecimiento en el camino de
la esperanza. Por tanto, si un obispo quiere de verdad mostrarse a su
pueblo como signo, testigo y ministro de la esperanza, no puede sino
alimentarse, en total adhesión y plena disponibilidad, con la
Palabra de la Verdad, según el modelo de la Madre de Dios, María,
que "ha creído que se cumplirían las cosas que le
fueron dichas de parte del Señor" (Lc 1, 45).
Además, ya que esta Palabra divina está contenida en la
Sagrada Escritura, a ella debe recurrir constantemente un obispo, con la
lectura asidua y estudio atento. Y esto no sólo porque sería
un predicador vano de la Palabra de Dios si la predicara externamente sin
haberla escuchado previmente en su corazón,(145) sino también
porque vaciaría y haría imposible su ministerio para la
esperanza.
En la Sagrada Escritura el obispo toma el alimento para su
espiritualidad de esperanza, en modo de realizar con veracidad su
ministerio de evangelizador. Sólo así, como S. Pablo, él
podrá dirigirse a sus fieles diciendo: "con la paciencia y el
consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza" (Rm
15,4).
93. Momento privilegiado de la escucha de la Palabra de Dios es
la oración. Consciente de que sólo es posible ser maestro de
oración para los demás a través de la misma oración
personal, el obispo se dirigirá a Dios para repetirle, junto con el
salmista: "Yo espero en tu palabra" (Sal 119, 114). La
oración, en fin, es el lugar privilegiado de la esperanza o, como
se lee en S. Tomás, ella es la intérprete de la esperanza".(146)
Pero si nadie puede rezar sólo para sí mismo, mucho menos
puede hacerlo un obispo, el cual también en su oración debe
llevar consigo toda la Iglesia, rezando de manera especial por el pueblo
que le ha sido confiado. Imitando a Jesús en la elección de
sus Apóstoles (cf. Lc 6, 12-13), también él
someterá al Padre todas sus iniciativas pastorales y le presentará,
mediante Cristo en el Espíritu, sus esperanzas para el presbiterio
diocesano, sus ansias por las vocaciones al sacerdocio, a la vida
consagrada, al compromiso misionero y a los distintos ministerios, sus
atenciones por los consagrados y las consagradas que trabajan apostólicamente
en la Iglesia particular, y sus esperanzas para los fieles laicos: para
que, correspondiendo todos y cada uno a la propia vocación y
ejercitando los respectivos ministerios y carismas, converjan, bajo su guía,
en la edificación del Cuerpo de Cristo. Y el Dios de la esperanza
lo colmará de gran alegría y paz para que abunde en
esperanza por la virtud del Espíritu Santo (cf. Rm 15, 13).
94. El obispo debe buscar también las ocasiones en que
pueda vivir su escucha de la Palabra de Dios y su oración con el
presbiterio, con los diáconos permanentes allá donde
existan, con los seminaristas y los consagrados y consagradas presentes en
la Iglesia particular y, donde sea posible, también con los laicos,
en particular los que viven en forma asociada su apostolado.
De esta forma favorece el espíritu de comunión y sostiene
su vida espiritual, mostrándose come "maestro de perfección"
en su Iglesia particular, comprometido en el "fomentar la santidad de
sus clérigos, de los religiosos y laicos, de acuerdo con la
peculiar vocación de cada uno".(147) Al mismo tiempo, el
obispo refuerza también en sí mismo los vínculos de
las relaciones eclesiales, en la que ha sido introducido como centro
visible de unidad.
Tampoco descuidará las ocasiones de vivir junto con los hermanos
obispos, sobre todo los más cercanos porque están en la
misma provincia y región eclesiástica, análogos
momentos de encuentro espiritual. En tales encuentros se puede
experimentar la alegría que viene del vivir juntos entre hermanos
(cf. Sal 133, 1), manifestando e incrementando el afecto colegial.
95. También el obispo, junto con todo el pueblo de Dios,
saca de la celebración de la santa Liturgia alimento para la
esperanza. En efecto, la Iglesia, cuando celebra su Liturgia sobre la
tierra, pregusta en la esperanza la Liturgia de la Jerusalén
celeste, hacia la que va como peregrina y donde Cristo está sentado
a la derecha del Padre "al servicio del santuario y de la Tienda
verdadera, erigida por el Señor, no por un hombre" (Hb
8, 2).(148)
Todos los sacramentos de la Iglesia, y el primero de todos la Eucaristía,
son memorial de los acta et passa del Señor, representación
de la salvación obrada por Cristo una vez para siempre y anticipación
de la plena posesión, que será el don del tiempo final.(149)
(149). Hasta entonces la Iglesia los celebra como signos eficaces de su
expectativa, de la invocación y de la esperanza.
96. Entre las acciones litúrgicas hay algunas en las que
la presencia del obispo tien un significado particular. En primer lugar,
la Misa crismal, durante la cual se bendicen el Oleo de los Catecúmenos
y el de los Enfermos y es consagrado el Santo Crisma. Éste es el
momento de la manifestación más grande de la Iglesia local,
que celebra al Señor Jesús, Sacerdote sumo y eterno de su
mismo Sacrificio. Para un obispo es un momento de grande esperanza, ya que
se encuentra con el presbiterio diocesano para mirar juntos, en el
horizonte gozoso de la Pascua, al Gran Sacerdote y para reavivar así
la gracia sacramental del Orden mediante la renovación de las
promesas que desde el día de la Ordenación fundan el carácter
especial de su minsterio en la Iglesia. En esta circunstancia, única
en el año litúrgico, los reforzados vínculos de la
comunión eclesial se convierten para el pueblo de Dios - que también
se ve amenazado por innumerables ansiedades - en un vibrante grito de
esperanza.
A esta liturgia se agrega la solemne ordenación de nuevos presbíteros
y nuevos diáconos. Aquí, recibiendo de Dios los nuevos
cooperdores del orden episcopal y los nuevos colaboradores en su
ministerio, el obispo ve acogidas por el Espíritu, Donum Dei
y dator munerum, su oración por la abundancia de las
vocaciones y sus esperanzas de una Iglesia todavía más
esplendente por su rostro sacerdotal.
Algo análogo se puede decir en referencia a la administración
del sacramento de la Confirmación, del que el obispo es ministro
originario y - en el rito latino - minstro ordinario. En este sentido, "la
administración de este sacramento por ellos mismos pone de relieve
que la Confirmación tiene como efecto unir a los que la reciben más
estrechamente a la Iglesia, a sus orígenes apostólicos y a
su misión de dar testimonio de Cristo".(150)
97. La eficacia de la guía pastoral de un obispo y de su
testimonio de Cristo, esperanza del mundo, depende en gran parte de la
autenticidad del seguimiento del Señor y del vivir in amicitia
Iesu Christi. Sólo la santidad es anuncio profético de
la renovación. Por ello un obispo no puede sustraerse a la función
profética de la santidad, mediante la cual anticipa en la propia
vida el acercamiento a aquella meta hacia la que conduce a sus fieles.
Sin embargo, en su camino espiritual él también
experiementa, como cada cristiano, la necesidad de la conversión a
causa del conociemiento de las propias debilidades, de los propios
desalientos y del propio pecado. Pero ya que, como predicaba S. Agustín,
no puede impedirse la esperanza del perdón a aquél a quien
no se ha impedido el pecado,(151) el obispo recurre la sacramento de la
penitencia y de la reconciliación en el cual confiesa con toda
sinceridad "Señor, Dios mío, en ti he esperado, ¡sálvame!"
(cf. Sal 7, 2; 31, 2; 38, 16). Quienquiera que tenga la esperanza
de ser hijo de Dios y de poderlo ver así como él es, se
purifica a sí mismo como es puro el Padre celeste (cf. 1 Jn
3, 3).
98. Es indudablemente signo de esperanza para el pueblo de Dios
el ver al propio obispo acercarse a este sacramento de la curación,
por ejemplo cuando en particulares circunstancias éste se celebra
en foma comunitaria en su presencia; como también el ver que a él
se le administra el sacramento de la Unción de enfermos cuando está
gravemente enfermo y le llevan el consuelo del santo viático, con
solmenidad y acompañado del clero y del pueblo.(152)
En éste último testimonio de su vida terrena él
tiene la ocasión de enseñar a sus fieles que nunca se debe
traicionar la propia esperanza y que cada dolor del momento presente es
aliviado con la esperanza de las realidades futuras.(153) En el último
acto de su éxodo de este mundo al Padre, el obispo puede resumir y
proponer el fin de su ministerio: señalar, como hizo Moises con la
tierra prometida a los hijos de Israel, le meta escatológica a los
hijos de la Iglesia.
Alegres en la Esperanza, como la Virgen Maria
99. Así, el obispo se regocija "en la esperanza de
la gloria de Dios", como escribe el Apóstol, el cual prosigue:
"Más aún ; nos gloriamos hasta hasta en las
tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia;
la paciencia, virtud probada ; la virtud probada esperanza" (Rm
5, 2-4). De la esperanza deriva también la alegría. En
efecto, la alegría cristiana, que es alegría en la esperanza
(cfr. Rm 12, 12), es también objeto de la esperanza. El
cristiano debe no sólo hablar de la alegría, sino también
"esperar en el gozo".(154)
De esta unión espiritual entre la alegría y la esperanza
María es la primera testigo y el modelo para toda la Iglesia. En su
canto del Magnificat está la alegría de todos los
pobres del Señor, que esperan en su Palabra. A ella no le fueron
ahorrados los sufrimientos pero, así como fue asociada en modo
eminente al sacrificio de su Hijo convirtiéndose bajo la Cruz en "la
madre de los dolores", así también fue abierta sin ningún
límite al gozo de la resurrección.
Ahora, al lado de su Hijo que está sentado glorioso a la derecha
del Padre, asunta al cielo en la integridad de su persona, en cuerpo y
alma, recapitula en sí todas las alegrías y vive el gozo
prometido a la Iglesia. A ella, que para cuantos son todavía
peregrinos en la tierra brilla "como signo de esperanza cierta y de
consuelo, hasta que llegue el día del Señor",(155) la
Iglesia dirige su oración invocándola como mater spei,
mater plena sanctae laetitiae y causa nostrae laetitiae.
100. Cada obispo, como cada cristiano, se confía
filialmente a María, imitando al discípulo amado que,
acogiendo en el Calvario a la Madre del Señor, la introdujo en todo
el espacio de la propia vida inerior.(156)
La Iglesia invoca frecuentemente a Maria como Regina Apostolorum.
"Que la Virgen Santísima interceda por todos los pastores de
la Iglesia, para que en su difícil ministerio se conformen cada vez
más con la imagen del buen Pastor".(157)
CUESTIONARIO
Preguntas sobre el capítulo primero
1. ¿Qué importancia le concede el obispo a su compromiso de
anunciador del Evangelio? ¿Considera tal compromiso como prioritario?
¿Le apartan los demás compromisos de éste? ¿Qué
aspectos de la vida diocesana crean dificultad a la misión
evangelizadora del obispo? ¿Cuáles por el contrario
contribuyen a ella?
2. ¿Qué imagen predomiante de la misión del obispo
tiene la gente? ¿ La imagen que tiene la gente de la misión
del obispo, coincide con la imagen que el mismo obispo tiene de ella?
3. ¿Cómo reacciona le gente a las enseñanzas del
obispo acerca de cuestioes de fe o de moral? ¿Se hacen ditinciones
entre las enseñanzas del obispo y las del Papa?
4. ¿Cuáles son las relaciones entre el obispo y los teólogos:
de estima recíproca? ¿de colaboración? ¿de
contestación? ¿En qué areas?
5. ¿Cuáles son los desafíos socio-culturales que se
presentan ante el ministerio del obispo, especialmente a propósito
del anuncio del Evangelio? ¿Cómo responde el obispo a estos
desafíos? ¿Qué circunstacias favorecen este anuncio? ¿Y
cuáles lo ostaculizan?
Preguntas sobre el segundo capítulo
6. ¿Cómo vive el obispo su relación con el
presbiterio y con cada sacerdote, especialmente en la proclamación
de la fe? ¿Cuáles deberían ser sus preocupaciones
principales en este campo ?
7. ¿Cómo vive el obispo su relación con los insitutos
de vida consagrada, particularmente en la proclamación de la fe:
catequesis, doctrina del Magisterio, ecc?
8. ¿Sostiene en obispo a los laicos en su anuncio del Evangelio en
el ámbito temporal? ¿Cómo entiende el obispo la
contribución prestada a la evangelización por los laicos,
por las asociaciones de fieles, por los movimientos eclesiales?
9. ¿Cómo expresa el obispo su comunión con el Romano
Pontífice? ¿Se siente sostenido el obispo por la Santa Sede? ¿Cómo
adhiere el obispo al ministerio del Sucesor de Pedro, apoyándolo en
el sostenimiento de la fe, de la disciplina de la Iglesia y de nueva
evangelización?
10. ¿Cómo vive el obispo su relación con los otros
obispos en la Iglesia universal? ¿Y en la Conferencia Episcopal? ¿Con
los obispos vecinos? ¿Se siente sostenido el obispo por los hermanos
en el episcopado?
Preguntas sobre el tercer y cuarto capítulos
11. ¿Con qué atención, espíritu de fe y amor
anuncia el obispo la Palabra de Dios en el contexto socio-cultural
contemporáneo?
12. ¿En qué modo el obispo recurre y utiliza los medios de
comuicación social para que ellos sean verdaderos instrumentos de
la difusión de la Palabra de Dios?
13. ¿Cómo es considerada la función sacramental del
obispo un anuncio del Evangelio de la esperanza? ¿con qué
prioridades?
14. ¿Cómo la función de gobierno del obispo se
considera un anuncio del Evangelio de la esperanza? ¿Cúales
son las dificultades concretas?
15. ¿Se siente responsable el obispo de la missio ad gentes
en todo el mundo? ¿Cómo implica en esta tarea a su diócesis?
16. ¿Cómo se compromete el obispo concretamente en el diálogo
ecuménico, interreligioso y con la sociedad civil, en orden al
anuncio del Evangelio?
17. ¿Siente el obispo la promoción del hombre en su dignidad
y en sus derechos como un anuncio de la esperanza evangélica? ¿Cómo?
18. ¿Pone el obispo el anuncio de la persona de Cristo al centro de
todo el ministerio?
Preguntas sobre el quinto capítulo
19. ¿Cuál es el centro unificador de la espiritualidad del
obispo, cómo es su forma concreta de estar en relación con
Dios y con la realidad que lo rodea?
20. ¿Qué iniciativas concretas favorecen la unión
espiritual del obispo, sobre todo con los presbíteros y diáconos,
con los consagrados y las consagradas y con los laicos, especialmente si
están reunidos en asociaciones y fundaciones eclesiales?
21. ¿Qué sugerencias se pueden dar para ayudar al obispo a
crecer en su camino espiritual? ¿Al inicio de su mandato? ¿Con
el pasar de los años?
22. ¿Qué santos obispos se toman o se pueden tomar como
modelos por parte del obispo para alimentar una espiritualidad propia?
En general
23. ¿Qué otros puntos importantes en relación al tema
establecido merecen ser propuestos para la reflexión del Sínodo?
I N D I C E
Presentación
Intoducción
Capítulo I: Contexto Actual de la Mision del Obispo
Una nueva valoración de la figura del Obispo
Nuevas instacias y dificultades para el miniserio episcopal
Emergencias en la comunidad cristiana
Disminución del fervor y subjetivización de la fe
La vida matrimonial y familiar
Las vocaciones al ministerio presbiteral y a la vida consagrada
El desafío de las sectas y de los nuevos movimientos
religiosos
El contexto de la sociedad de los hombres
El diferente escenario mundial
Algunas direcciones de las esperanzas humanas
Los Obispos, testigos y servidores de la esperanza
Capítulo II: Rasgos de Identificación del Ministerio
del Obispo
El ministerio del Obispo en relación a la Trinidad Santa
El ministerio episcopal en relación a Cristo y los Apóstoles
El ministerio episcopal en relación a la Iglesia
El obispo en relación con su presbiterio
El ministerio del Obispo en relación a los consagrados
El ministerio del Obispo en relación a los fieles laicos
El Obispo en relación al Colegio Episcopal y a su Cabeza
Siervos de la comunión para la esperanza
Capítulo III: El Ministerio Pastoral del Obispo en la
Diocesis
El Obispo enviado para enseñar
El Obispo enviado para santificar
El Obispo enviado para regir y guiar el pueblo de Dios
Capítulo IV: El Obispo, Ministro del Evangelio para todos los
Hombres
El deber misionero del Obispo
El diálogo interreligioso
Responsabilidades hacia el mundo
Capítulo V: El Camino Espiritual del Obispo
Exigencia de santidad en la vida del Obispo
Dimensiones de la espiritualidad del Obispo
Ministro del Evangelio de la esperanza
La esperanza en el camino espiritual del Obispo
Alegres en la esperanza, como la Virgen María
Cuestionario
Indice
NOTAS
(1) Cf. Ioannes Paulus II, Adhort. Ap. postsynod. Christifideles
Laici (30.XII.1988), 55 : AAS 81 (1989) 503 : Adhort. Ap. postsynod.
Vita consecrata (25.III.1996), 31 : AAS 88 (1996) 404-405.
(2) Cf. Ioannes Paulus II, Adhort. Ap. postsynod. Vita consecrata
(25.III.1996), 4: AAS 88 (1996) 380.
(3) Cf. ibidem, 29: AAS 88 (1996) 402.
(4) Cf. Concilium Oecumenicum Vaticanum II., Const. dogm. de Ecclesia
Lumen gentium, 12.
(5) Conc. Oecum. Vat. II., Decret. de presbyterorum ministerio et vita
Presbyterorum ordinis, 7.
(6) Conc. Oecum. Vat. II., Const. past. de Ecclesia in mundo huius
temporis Gaudium et spes, 2.
(7) Cf. ibidem, 45.
(8) S. Augustinus, Serm. 340 / A, 9: PLS 2, 644.
(9) Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium,
18.
(10) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen
gentium, 27.
(11) Ibidem, 1.
(12) Conc. Oecum. Vat. II., Const. past. de Ecclesia in mundo huius
temporis Gaudium et spes, 39.
(13) Conc. Oecum. Vat. II., Decretum de activ. mission. Ecclesiae Ad
gentes, 38.
(14) Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium,
23.
(15) Cf. Sacra Congregatio pro Episcopis, Directorium Ecclesiae
imago de pastorali ministerio episcoporum (22.II.1973), Typis
Polyglottis Vaticanis 1973.
(16) Ioannes Paulus II, Allocutio ad Patres Cardinales, Familiam
domni Papae Romanamque Curiam, imminente Nativitate Domini Iesu Christi
habita(20.XII. 1990), 6: AAS 83 (1991) 744 ; L'Osservatore
Romano, ed. española (28.XII.1990), p. 6.
(17) Ioannes Paulus II, Discurso a la Conferenza Episcopal
Colombiana (2.VII.1986), n. 8 : suplemento de L'Osservatore Romano
(4.VII.1986), p. XI.
(18) Ioannes Paulus II, Epist. Apost. Tertio millennio adveniente
(10.XI.1994), 46: AAS 87 (1995) 34.
(19) Ioannes Paulus II, Discurso a los Obispos de Austria en
ocasión de la visita "ad Limina", 2: AAS 74
(1982) 1123 ; L'Osservatore Romano, ed. española
(29.8.1982),p.2
(20) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen
gentium, 4 ; Decretum de oecumenismo Unitatis redintegratio, 2
(21) Cf. Ioannes Paulus II, Epist. Apost. Tertio millennio
adveniente (10.XI.1994), 33 : AAS 87 (1995) 25-26.
(22) Cf. S. Cyprianus, Epist. 69, 8: PL 4, 419.
(23) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Decret. de past. Episc. mun. in Ecclesia
Christus Dominus, 11.
(24) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen
gentium, 23.
(25) Cf. ibidem, 28 ; Decret. de past. Episc. mun. in Ecclesia
Christus Dominus, 7.
(26) Cf. Sacra Congregatio pro Episcopis, Directorium Ecclesiae
imago, 95-98.
(27) Cf. Ioannes Paulus II, Adhort. Ap. postsynod. Christifideles
laici (30.XII.1988), 29: AAS 81 (1989) 443-445.
(28) Cf. Ioannes Paulus II, Adhort. Ap. postsynod. Pastores dabo
vobis (25.III.1992), 7: AAS 84 (1992) 666-668.
(29) Paulus VI, Adhort. Ap. Evangelii nuntiandi (8.XII.1975),
80: AAS 68 (1976) 73.
(30) Conc. Oecum. Vat. II., Decret. de past. Episc. mun. in Ecclesia
Christus Dominus, 37.
(31) S. Irenaeus, Adv. Haer. IV, 20, 7 : SC 100 / 2, p. 648,
lin. 180-181.
(32) Cf. Synodi Episcoporum II Coetus Generalis Extraordinarius 1985,
Relat. finalis Ecclesia sub verbo Dei mysteria Christi celebrans pro
salute mundi (7.XII.1985), II, A. 1.
(33) Cf. Secretariatus ad Christianorum unitatem fovendam -
Secretariatus pro non Christianis - Secretariatus pro non credentibus -
Pontificium Consilium pro Cultura, Rel. prov. El fenómeno de
las sectas o nuevos movimientos religiosos (7.V.1986).
(34) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen
gentium, 9.
(35) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. past. de Ecclesia in mundo huius
temporis Gaudium et spes, 1.
(36) Cf. Ioannes Paulus II, Litt. encycl. Centesimus annus
(1.V.1991), 38: AAS 83 (1991) 841.
(37) Cf. Ioannes Paulus II, Discurso a la ONU, n. 2-10, "L'Osservatore
Romano" 6.X.1995, p. 6.
(38) Ioannes Paulus II, Litt. encycl. Centesimus annus (1.V.1991),
57: AAS 83 (1991) 862 .
(39) Ioannes Paulus II, Epist. Apost. Tertio millennio adveniente
(10.XI.1994), 37 : AAS 87 (1995) 29.
(40) Cf. Syn. Extr. Episc. 1985, Relat. finalis Ecclesia sub verbo
Dei mysteria Christi celebrans pro salute mundi, III.C.1.
(41) Cf. S. Cyprianus, De orat. Dom. 23 : PL 4, 553 ; cf. Const.
dogm. de Ecclesia Lumen gentium, 4.
(42) Sacra Congregatio pro Episcopis, Directorium Ecclesiae imago,
1.
(43) Ioannes Paulus II, Discurso a la Conferencia Episcopal
Colombiana (2.VII.1986), 2 : suplemento del L'Osservatore Romano (4.VII.1986),
p. X.
(44) Tertullianus, Praescr. Haeret. 32: PL 2, 53 ; cf. Const.
dogm. de Ecclesia Lumen gentium, 20.
(45) Ioannes Paulus II, Discurso a los obispos brasileños
de la región norte-2 (28.X.1995), 2 : "L'Osservatore
Romano", edición española del 29 de octubre de 1995, p.
9.
(46) Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium,
27.
(47) Cf. ibidem, 10.
(48) Sacra Congregatio pro Episcopis, Directorium Ecclesiae imago,14.
(49) Cf. S. Augustinus, In Io. tr. 123, 5: PL 35, 1967.
(50) Cf. Sacra Congregatio pro Episcopis, Directorium Ecclesiae
imago n. 107-117.
(51) Cf. Conc. Oecum. Vat. II, Const. dogm. de Ecclesia Lumen
gentium, 28; Decret. de presbyterorum ministerio et vita Presbyterorum
ordinis, 8. Cf. Ioannes Paulus II, Adhort. Ap. postsynod. Pastores
dabo vobis (25.III.1992) n. 17 : AAS 84 (1992) 683.
(52) Ioannes Paulus II, Adhort. Ap. postsynod. Pastores dabo vobis
(25.III.1992), 16 : AAS 84 (1992) 682.
(53) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen
gentium, 28.
(54) Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium,
28.
(55) Idem, 28.
(56) Cf. ibidem, 29. 41.
(57) Cf. Ioannes Paulus II, Adhort. Ap. postsynod. Pastores dabo
vobis (25.III.1992), 65 : AAS 84 (1992) 771.
(58) Ioannes Paulus II, Adhort. Ap. postsynod. Vita consecrata (25.III.1996),
3: AAS 88 (1996) 379.
(59) Cf. ibidem, 29: AAS 88 (1996) 402; Conc. Oecum. Vat. II, ,
Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium, 44.
(60) Sacra Congregatio pro religiosis et institutis Saecularibus et
sacra Congregatio pro Episcopis, Notae directivae Mutuae relationes
(14.V.1978), 9c : AAS 70 (1978) 479.
(61) Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium,
23.
(62) Cf. Ioannes Paulus II, Adhort. Ap. postsynod. Vita consecrata
(25.III.1996), 84.88: AAS 88 (1996) 461. 464.
(63) Cf. ibidem, 48: AAS 88 (1996) 421-422; Sacra Congregatio
pro Episcopis, Directorium Ecclesiae imago, 207.
(64) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen
gentium, cap. IV ; Decretum de apostol. laicor. Apostolicam
actuositatem ; Ioannes Paulus II, Adhort. Ap. postsynod. Christifideles
laici (30.XII.1988); cf. Sacra Congregatio pro Episcopis, Directorium
Ecclesiae imago, 153-161, 208.
(65) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. past. de Ecclesia in mundo huius
temporis Gaudium et spes, 39.
(66) Cf. Ioannes Paulus II, Adhort. Ap. postsynod. Christifideles
laici (30.XII.1988), 30: AAS 81 (1989) 446-448.
(67) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen
gentium, 23; CIC can. 381§1.
(68) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen
gentium, 22; Nota explicativa praevia, 1-2 ; CIC can. 336.
(69) Cf. S. Cyprianus, De cath. eccl. unit. 5: PL 4, 516; cf.
Conc. Oecum. Vat. I., Const.dogm. I Pastor aeternus, Prologus: DS
3051; Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium,
18.
(70) Cf. Paulus VI, Allocutio tertia Concilii periodo ineunte (14.IX.1964)
: AAS 56 (1964), 813.
(71) Cf. Congregatio pro Doctrina Fidei, Litterae Communionis notio
(28.V.1992), 9. 11-14.
(72) Conc. Oecum. Vat. II., Decret. de past. Episc. mun. in Ecclesia
Christus Dominus, 6; cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de
Ecclesia Lumen gentium, 23; Decret. de past. Episc. mun. in
Ecclesia Christus Dominus, 3. 5.
(73) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. de sacra Liturgia Sacrosanctum
concilium, 26.
(74) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Decret. de past. Episc. mun. in Ecclesia
Christus Dominus, 6.
(75) Cf. ibidem, 36; CIC 439-446; Sacra Congregatio pro
Episcopis, Directorium Ecclesiae imago, 213.
(76) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Decret. de past. Episc. mun. in Ecclesia
Christus Dominus, 38 ; CIC can. 447 ; Sacra Congregatio pro
Episcopis, Directorium Ecclesiae imago, 210-212.
(77) Cf. Sacra Congregatio pro Episcopis, Directorium Ecclesiae
imago, 53.
(78) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Decret. de past. Episc. mun. in Ecclesia
Christus Dominus, 5 ; CIC can. 403-411.
(79) Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium,
19.
(80) Cf. ibidem, 23.
(81) Cf. ibidem, 21.
(82) Cf. Sacra Congregatio pro Episcopis, Directorium Ecclesiae
imago, concl.
(83) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen
gentium, 27.
(84) Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium,
25 ; cf. Decret. de past. Episc. mun. in Ecclesia Christus Dominus,
12-14; Sacra Congregatio pro Episcopis, Directorium Ecclesiae imago,
55-65.
(85) Cf. CIC can. 386.
(86) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. past. de Ecclesia in mundo huius
temporis Gaudium et spes, 22.
(87) Cf. CIC can. 386 §2.
(88) Cf. Ioannes Paulus II, Discurso a los Obispos de los
Estados Unidos de América en visita "ad Limina"
(22.X.1983), 4.-5 : AAS 76 (1984) 380.
(89) Cf. Sacra Congregatio pro Episcopis, Directorium Ecclesiae
imago,59-60.
(90) Cf. Congregatio de Doctrina Fidei, Instructio Donum veritatis
de ecclesiali theologi vocatione (24.V.1990), 21 : AAS 82 (1990) 1559.
(91) Cf. Ioannes Paulus II, Const. apost. Fidei depositum
(11.X.1992), 4 : AAS 86 (1994) 113-118.
(92) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. past. de Ecclesia in mundo huius
temporis Gaudium et spes, 33.
(93) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Decret. de presbyterorum ministerio et
vita Presbyterorum ordinis, 5.
(94) Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium,
26.
(95) Ioannes Paulus II, Catequesis del miércoles 11 de
noviembre de 1992, 1 : L'Osservatore Romano, edición española
(13.XI.1992), p. 3.
(96) Cf. S. Tomás de Aquino, Summa Theologica III, q. 65,
a. 2 ; II-II, q. 185, a. 1.
(97) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen
gentium, 26.
(98) Conc. Oecum. Vat. II., Decret. de past. Episc. mun. in Ecclesia
Christus Dominus, 15; cf. CIC can. 387.
(99) Cf. S. Ignatius Antioch., Ad magn 7 : Funk F., Opera
Patrum apostolicorum, vol. I., Tubingae 1897, p. 194-196; Conc. Oecum.
Vat. II, Const. de sacra Liturgia Sacrosanctum concilium, 41 ;
Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium, 26 ; Decretum de
oecumenismo Unitatis redintegratio, 15.
(100) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. de sacra Liturgia Sacrosanctum
concilium, 106.
(101) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen
gentium, 11.
(102) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. de sacra Liturgica Sacrosanctum
concilium, 21.
(103) Cf. Paulus VI, Adhort. Ap. postsynod. Evangelii nuntiandi
(8.XII.1975), 48 : AAS 58 (1976) 37-38.
(104) Cf. Ioannes Paulus II, Discurso a los Obispos de la
Conferencia Episcopal Abruzzese-Molisana en visita "ad Limina"
(24.IV.1986), 3-7: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, IX/1 (1986)
p. 1123 ss.
(105) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen
gentium, 4.
(106) Ioannes Paulus II, Litt. encycl. Dominum et vivificantem
(18.V.1986), 66 : AAS 78 (1986) 897.
(107) Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium,27
; cf. Decret. de past. Episc. mun. in Ecclesia Christus Dominus,
16.
(108) Ioannes Paulus II, Catequesis del miércoles 18 de
noviembre de 1992, 2.4. L'Osservatore Romano, edición española
(20.XI.1992), p. 3.
(109) Cf. CIC can. 383 §1 ; 384.
(110) Cf. Ioannes Paulus II, Discurso a los Obispos de la
Conferencia Episcopal de Brasil de la Región Norte en visita "ad
Limina" (28.X.1995), 5: "L'Osservatore Romano", edición
española (17.XI.1995), p. 10.
(111) Cf. Sacra Congregatio pro Episcopis, Directorium Ecclesiae
imago, 93-98.
(112) Cf. Ioannes Paulus II, Adhort. Ap. postsynod. Pastores dabo
vobis (25.III.1992), 23 : AAS 84 (1992) 694.
(113) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Decret. de presbyterorum ministerio et
vita Presbyterorum ordinis, 17.
(114) Cf. CIC can. 396 §1 ; can. 398.
(115) Sacra Congregatio pro Episcopis, Directorium Ecclesiae imago,
166 ; cf. ibidem, 166-170.
(116) Cf. CIC can. 460-468. Cf. Sacra Congregatio pro Episcopis,
Directorium Ecclesiae imago, 163-165.
(117) Cf. CIC can 212 § 2 - 3.
(118) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. past. de Ecclesia in mundo huius
temporis Gaudium et spes, 1.
(119) Ioannes Paulus II, Litt. Encycl. Redemptoris missio (7.XII.1990),
31 : AAS 83 (1991) 276.
(120) Ibidem, 20 : AAS 83 (1991) 267.
(121) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Decretum de activ. mission. Ecclesiae
Ad gentes, 38.
(122) Conc. Oecum. Vat. II., Decretum de activ. mission. Ecclesiae Ad
gentes, 38; cf. Ioannes Paulus II, Litt. Encycl. Redemptoris
missio (7.XII.1990), 63 : AAS 83 (1991), 311.
(123) Ioannes Paulus II, Litt. Encycl. Redemptoris missio
(7.XII.1990), 11 : AAS 83 (1991) 259.
(124) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Decretum de activ. mission. Ecclesiae
Ad gentes, 9.
(125) Ioannes Paulus II, Litt. Encycl. Redemptoris missio (7.XII.1990),
55 : AAS 83 (1991) 302; cf. Epist. Apost. Tertio millennio adveniente
(10.XI.1994), 53 : AAS 87 (1995) 37.
(126) S. Iustinus, Dialogus cum Tryphone 11: PG 6, 499.
(127) Conc. Oecum. Vat. II., Declar. de libert. religiosa Dignitatis
humanae, 1.
(128) Cf. Ioannes Paulus II, Litt. Encycl. Redemptoris missio (7.XII.1990),
5 : AAS 83 (1991) 254.
(129) Conc. Oecum. Vat. II., Const. past. de Ecclesia in mundo huius
temporis Gaudium et spes, 40.
(130) Ibidem, 76.
(131) Cf. ibidem, 72. 76.
(132) Ioannes Paulus II, Litt. Encycl. Centesimus annus
(1.V.1991), 47 : AAS 83 (1991) 852.
(133) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. past. de Ecclesia in mundo huius
temporis Gaudium et spes, 63.
(134) Catechismus Catholicae Ecclesiae, 1818.
(135) Cf. Congregatio pro Doctrina Fidei, Instructio de libertate
christiana et liberatione (22.III.1986), 62 : AAS 79 (1987) 580-581.
(136) Cf. ibidem, 60 : AAS 79 (1987) 579.
(137) Cf. Ioannes Paulus II, Discurso en Asis (27.X.1986), 7 :
Insegnamenti di Giovanni Paolo II, IX / 2, p. 1263.
(138) Cf. Sacra Congregatio pro Episcopis, Directorium Ecclesiae
imago (22.II.1973), 21.
(139) Syn. Extr. Episc. 1985, Relatio finalis Ecclesia sub verbo Dei
mysteria Christi celebrans pro salute mundi, II, A, 4.
(140) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Presbyterorum ordinis cap. III;
Ioannes Paulus II, Adhort. Ap. postsynod. Pastores dabo vobis (25.III.1992)
cap. III.
(141) S. Petrus Damianus, Opusc. XI (Liber qui appellatur
Dominus vobiscum) 5: PL 145, 235 ; cf. S. Augustinus, In
Jo. tr. 32, 8 : 35, 1645.
(142) Cf. Sacra Congregatio pro Episcopis, Directorium Ecclesiae
imago, pars I, cap. IV (n. 21-31).
(143) Ibidem, 25.
(144) Ioannes Paulus II, Discurso a los Obispos de Austria en
ocasión de la visita "ad Limina" (6.VII.1982), 2: AAS 74
(1982) 1123 ; L'Osservatore Romano, ed. española
(29.VIII.1982), p. 2.
(145) Cf. S. Augustinus, Sermones 179, 1 : PL 38, 966.
(146) Cf. S. Thoma Aq., Summa Theologica II-II, q. 17, a. 2.
(147) Conc. Oecum. Vat. II., Decret. de past. Episc. mun. in Ecclesia
Christus Dominus, 15.
(148) Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const. de sacra Liturgica Sacrosanctum
concilium, 8.
(149) Cf. S. Thoma Aq., Summa Theologica III, q. 60, a. 3.
(150) Catechismus Catholicae Ecclesiae, 1313.
(151) Cf. S. Augustinus, En. in Ps. 50, 5 : PL 36, 588.
(152) Cf. Sacra Congregatio pro Episcopis, Directorium Ecclesiae
imago, 89.
(153) Cf. S. Basilius, Homilia de gratiarum actione, 7: PG 31,
236.
(154) Paulus VI, Adhort. Ap. Gaudete in Domino (9.V.1975), p. I:
AAS 67 (1975) 293.
(155) Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium,
68.
(156) Cf. Ioannes Paulus II, Litt. Encycl. Redemptoris Mater
(25.III.1987), 45 : AAS 79 (1987) 423.
(157) Ioannes Paulus II, Angelus del 19 de noviembre de 1995, 3
: "L'Osservatore Romano" , edición española
del 24.XI.1995, p. 4.