![]() |
![]() |
|
SYNODUS EPISCOPORUM
EL OBISPO
Instrumentum laboris Ciudad del Vaticano 2001 ©
Copyright 2001 Este
texto puede ser reproducido por las Conferencias Episcopales o bajo su
autorización siempre que su contenido no sea alterado de ningún modo y que dos
copias del mismo sean enviadas a la Secretaría General del Sínodo de los
Obispos, 00120 Ciudad del Vaticano. INTRODUCCIÓN En
la perspectiva de un nuevo milenio 1.
Cristo Jesús nuestra esperanza (1 Tim 1,1), el mismo ayer hoy y
siempre (Hb 13,8), Pastor supremo (1 P 5,4), guía su Iglesia a la
plenitud de la verdad y de la vida, hasta el día de su venida gloriosa en la
cual se cumplirán todas las promesas e serán colmadas las esperanzas de la
humanidad.
Al inicio del tercer milenio cristiano, la humanidad y la Iglesia se
encaminan hacia un futuro que trae consigo la herencia de un siglo, ya pasado,
lleno de sombras y de luces.
Nos encontramos en un momento nuevo de la historia humana. Muchos se
interrogan sobre las metas futuras de la humanidad y se preguntan cuál será el
futuro del mundo, que aparece por una parte inmerso en un dinamismo de progreso,
con una creciente interdependencia en la economía, en la cultura y en las
comunicaciones, y por otra parte todavía lleno de conflictos sociales, con
amplias zonas donde crecen el hambre, las enfermedades y la pobreza.
El inicio de un nuevo milenio pone en el centro de la conciencia mundial
un futuro por construir y con ello el tema de la esperanza, condición esencial
del homo viator y del cristiano, orientado hacia el cumplimiento
de las promesas de Dios. Una esperanza entendida también como llama de la fe y
estímulo de la caridad, hacia un futuro de resultados imprevisibles. 2.
En este nuevo inicio se coloca la Xª Asamblea General Ordinaria del Sínodo
de los Obispos, prevista inicialmente en el Año Jubilar y ahora programada para
el mes de octubre del 2001.
Con intuición profética Juan Pablo II ha querido asignar a tal Asamblea
un tema de gran importancia: Episcopus minister Evangelii Iesu Christi
propter spem mundi.
Son diversas y sugestivas las razones que hacen de éste un tema
particularmente apropiado al actual momento de la vida de la Iglesia y de la
humanidad. Ellas son ante todo de carácter teológico y eclesiológico, pero
también de orden antropológico y social. En
la huella de las precedentes asambleas sinodales 3.
En primer lugar están las razones de carácter teológico. La
Iglesia entera ha celebrado con alegría el Gran Jubileo del 2000 para honrar la
memoria del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo hace ya dos mil años; no sólo
para recordar con gratitud su venida en medio de nosotros, sino también para
celebrar su presencia viva en la Iglesia, en estos veinte siglos de su historia,
su obra como único Salvador del mundo, centro del cosmos y de la historia.
En la indivisible unidad entre Cristo y su Evangelio, el tema del Sínodo
tiende a subrayar que es Él,
Jesucristo, Hijo de Dios, enviado por el Padre y ungido por el Espíritu Santo
(cf. Jn 10,36), la esperanza del mundo y del hombre, de cada hombre y
para todo el hombre.[1]
En efecto, es Cristo la Palabra definitiva y el don total del Padre, el
verdadero Evangelio de Dios, en el cual se realizan todas las promesas y en el
cual está el Amén de Dios (cf. 2 Co1,20), el cumplimiento de la
esperanza del mundo. Su Evangelio es la noticia siempre nueva y buena, potencia
de vida que continúa a iluminar los caminos del mundo hacia el futuro, como lo
ha hecho durante veinte siglos. En efecto, son inseparables su doctrina y su
persona, su obra y sus enseñanzas, su mensaje y su Iglesia, donde él continúa
a estar presente. La Iglesia, al inicio del tercer milenio, propone todavía con
alegría su mensaje de vida y de esperanza a toda la humanidad.[2] 4.
Hay luego razones de orden eclesiológico. Algunas son de carácter
permanente, otras de orden coyuntural.
El Señor Jesús, al final de su permanencia entre nosotros, ha enviado a
los apóstoles como sus testigos y mensajeros hasta los confines de la tierra y
hasta el fin de los tiempos. También sobre esta palabra se apoya el arduo deber
de proponer al mundo su persona y su doctrina como suprema esperanza: “Id,
pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del
Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que
yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el
fin del mundo” (Mt 28,19-20). Los obispos, en comunión con el Papa,
están llamados hoy, a cumplir esta misión junto con todos los miembros de la
Iglesia, siendo los testigos del Evangelio de Cristo en el mundo, aunque a
ellos, como sucesores de los apóstoles, les “incumbe la noble tarea de ser
los primeros en proclamar las ‘razones de la esperanza’ (1 P 3,15);
esperanza que se apoya en las promesas de Dios, en la fidelidad a su palabra y
que tiene como certeza inquebrantable la resurrección de Cristo, su victoria
definitiva sobre el mal y el pecado”.[3]
La importancia de la celebración de la Xª Asamblea General Ordinaria
del Sínodo de los Obispos, centrada en modo particular en el ministerio del
obispo como servidor del Evangelio para la esperanza del mundo, emerge con
claridad se si considera que las últimas Asambleas ordinarias han tratado
respectivamente la vocación y la misión de los laicos en la Iglesia y en el
mundo (1987), la formación de los sacerdotes en las circunstancias
actuales (1990) y la vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el
mundo (1994). Fruto de las reuniones sinodales fueron las respectivas
Exhortaciones apostólicas post-sinodales de Juan Pablo II: Christifideles
laici, Pastores dabo vobis y Vita
consecrata.
Parecía entonces oportuno afrontar el tema del ministerio del obispo
bajo el perfil de la proclamación del Evangelio y de la esperanza, casi como vértice
y síntesis. En efecto, las varias asambleas sinodales ordinarias han dado un
nuevo impulso de renovación a las diversas vocaciones en el pueblo de Dios,
para una mayor complementariedad, en una eclesiología de comunión y de misión,
atenta a la naturaleza jerárquica y carismática de la Iglesia. Ahora la
disertación específica del tema de esta asamblea indica la necesidad de
orientar hacia el futuro la misión del entero pueblo de Dios, en comunión con
sus pastores. 5.
Más aún, en la última década del siglo XX, hacia el final del segundo
milenio de la era cristiana, los obispos de los diversos continentes fueron
convocados por el Romano Pontífice en diversas Asambleas sinodales especiales,
para tratar acerca de la Iglesia en Europa (1991 y 1999), en África (1994), en
América (1997), en Asia (1998) y en Oceanía (1998). Fruto de estos encuentros
son los respectivos documentos post-sinodales publicados o de próxima publicación.
La próxima Asamblea ordinaria, con su característico tema, podrá
beneficiarse con la experiencia de un período particularmente intenso de comunión
sinodal, como jamás había sucedido antes.
En realidad, todos los Sínodos de las últimas décadas han tocado el
tema del ministerio episcopal, no sólo porque se trató de Sínodos de Obispos,
sino porque de algún modo han ayudado a configurar la ministerialidad episcopal
en las últimas décadas en relación a la Evangelización (1974), a la Catequesis
(1977), a la Familia (1981), a la Reconciliación y la Penitencia
(1983), a los Fieles laicos (1987), a los Presbíteros (1990), a
la Vida Consagrada (1994) y a la actuación del Concilio Vaticano II, en
el Sínodo extraordinario de 1985. 6.
El aspecto doctrinal y pastoral específico del tema del Sínodo se
concreta entonces en el anuncio del Evangelio de Cristo para la esperanza del
mundo. Es en esta perspectiva que la temática de la próxima Asamblea ordinaria
tendrá máxima importancia también a nivel antropológico y social. La
Iglesia, que quiere compartir “las alegrías y las esperanzas, las tristezas y
las angustias de los hombres de hoy”, [4]
deberá preguntarse por qué senderos se encamina la humanidad de nuestro
tiempo, en la cual ella misma está inmersa como sal de la tierra y luz del
mundo (cf. Mt 5,13-14). Ella deberá
preguntarse también cómo anunciar hoy la verdadera esperanza del mundo que es
Cristo y su Evangelio.
Estamos en el inicio de un nuevo milenio de la era cristiana,
caracterizado por particulares situaciones sociales y culturales, casi una “aetas
nova”, una época nueva, a veces definida como post-modernismo o
post-modernidad. Es necesario que con un nuevo impulso resuene en el mundo el
anuncio de la salvación, en modo de suscitar aquel dinamismo teologal que es
propio del Evangelio, para que la humanidad entera lo “escuche y crea,
creyendo espere, esperando ame”.[5]
En efecto, la esperanza cristiana está íntimamente unida al anuncio
audaz e integral del Evangelio, que sobresale entre las funciones principales
del ministerio episcopal. Por esto, entre los múltiples deberes y tareas del
obispo, “sobre todas las preocupaciones y dificultades, que están
inevitablemente ligadas al fiel trabajo cotidiano en la viña del Señor, debe
estar primero de todo la esperanza”.[6] Continuidad
y novedad 7.
En este camino de gracia se coloca la preparación y la próxima
celebración de la Xª Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos.
El texto de los Lineamenta publicado en 1998, ha suscitado
intereses y consensos, y ha ofrecido la ocasión para una profundización de las
temáticas inherentes al ministerio del obispo. Fruto de las respuestas de las
Conferencias Episcopales y de otros organismos, sin dejar de lado a muchos
obispos y otros miembros del Pueblo de Dios, es el presente Instrumentum
laboris, que intenta proponer e ilustrar el tema elegido por el Papa,
incorporando cuestiones y propuestas, en continuidad con los Lineamenta,
en modo que ofrezca un plan para un ordenado y abierto desenvolvimiento del
trabajo sinodal.
El proceso preparatorio de la asamblea, de la consultación promovida con
los Lineamenta ha pasado a través de las respuestas y ha llegado hasta
el Instrumentum laboris, delineando así la típica actividad sinodal
como un flujo ininterrumpido de meditación sobre el tema dado por el Santo
Padre. Esta operación, que del texto inicial ha confluido en el presente
documento de trabajo, tiene en este caso un carácter especial. En efecto, el
alto consenso obtenido por los Lineamenta ha producido primero un
desarrollo muy homogéneo de las ideas y después una singular correspondencia
entre los dos textos.
La rica experiencia que los obispos del mundo han vivido en las últimas
asambleas ordinarias y especiales de los Sínodos y el precioso patrimonio de
doctrina que de allí emergió, están en la base de una preparación provechosa
de la próxima asamblea. Por esto el Instrumentum laoris no pretende
alargarse en una amplia descripción de la situación mundial, ni menos aún
atraer la atención sobre cuestiones de carácter particular o regional, ya
examinadas en las precedentes Asambleas continentales. 8.
La disertación específica del ministerio del obispo como servidor del
Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo se coloca en el interior de
una continuidad magisterial, que evoca los documentos del Concilio Vaticano II;
en modo especial, desde el punto de vista doctrinal, la Constitución Dogmática
Lumen gentium y el Decreto conciliar Christus Dominus.
Por su modo completo y concreto en la ilustración de la figura y del
ministerio del obispo en su iglesia particular, el Directorio Pastoral de la
Congregación para los Obispos, Ecclesiae Imago del 22 de febrero de
1973, conserva una validez esencial todavía hoy.[7]
Desde el punto de vista teológico-canónico hay que referirse al Codex iuris
canonici (CIC) de 1983 y al Codex canonum Ecclesiarum Orientalium
(CCEO) de 1990, para las necesarias actualizaciones.
Muchos son además los documentos del Magisterio postconciliar que en
modo específico se refieren al ministerio pastoral de los obispos, entre ellos
de manera especial las alocuciones de los Romanos Pontífices a las diversas
Conferencias episcopales con ocasión de las visitas “ad limina" o
de los viajes apostólicos de las últimas décadas.
Entre otros documentos más recientes, que se refieren a problemas específicos
del ministerio pastoral de los obispos en la Iglesia universal y en las iglesias
particulares, se debe recordar, desde el punto de vista eclesiológico, la Carta
de la Congregación para la Doctrina de la Fe Communionis notio del 22 de
mayo de 1992, sobre algunos aspectos de la Iglesia como comunión,[8]
y finalmente, la Carta apostólica en forma de Motu propio de Juan Pablo II Apostolos
suos, del 21 de mayo de 1998, sobre la naturaleza teológica y jurídica de
las Conferencias Episcopales.[9] 9.
La referencia al obispo en el tema asignado por el Santo Padre Juan Pablo
II para la próxima asamblea sinodal merece una aclaración. Se trata del
ministerio episcopal, como fue ilustrado por la Costitución dogmática Lumen
gentium y por el Decreto conciliar Chrsitus Dominus, en toda su rica
gama de temas y deberes pastorales. Todos los obispos, de hecho, tienen en común
la gracia de la ordenación episcopal, son sucesores de los apóstoles y en
comunión con el Romano Pontífice forman parte del Colegio episcopal.
El Concilio Vaticano II ha puesto nuevamente en un lugar de honor la
realidad del Colegio episcopal, que sucede al Colegio de los Apóstoles y es
expresión privilegiada del servicio pastoral desarrollado por los obispos en
comunión entre ellos y con el Sucesor de Pedro. En cuanto miembros de este
colegio todos los obispos “han sido consagrados no solo para una diócesis
determinada, sino para la salvación de todo el mundo”[10]
. Por institución y voluntad de Cristo ellos “están obligados a tener por la
Iglesia universal aquella solicitud que, aunque no se ejerza por acto de
jurisdicción, contribuye, sin embargo, en gran manera al desarrollo de la
Iglesia universal”.[11]
En efecto, cada obispo, legítimamente consagrado en la Iglesia católica,
participa de la plenitud del sacramento del orden. Como ministro del Señor y
sucesor de los apóstoles, con la gracia del Paráclito, debe obrar para que
toda la Iglesia crezca como familia del Padre, cuerpo de Cristo y templo del Espíritu,
en la triple función que está llamado a desarrollar, o sea la de enseñar, la
de santificar y la de gobernar.
En modo particular, sin embargo, el Sínodo mira más concretamente al
obispo diocesano en la plenitud de su ministerio en la iglesia particular. Él
es presencia viva y actual de Cristo “pastor y obispo” de nuestras almas (1
P 2,25); es su vicario en la iglesia particular a él confiada, no sólo de
su palabra sino también de su misma persona.[12]
Por otra parte, la importancia del tema del Sínodo aparece claramente
cuando se considera cómo en las últimas décadas ha cambiado la imagen del
obispo; él aparece en la experiencia de los fieles, más cerca y presente en
medio de su pueblo, como padre, hermano y amigo; más simple y accesible. Y sin
embargo, han aumentado sus responsabilidades pastorales y se han alargado sus
deberes ministeriales, en una Iglesia siempre más atenta a las necesidades del
mundo, a tal punto que el obispo aparece hoy empeñado en varias tareas
ministeriales y muchas veces es signo de contradicción a causa de la defensa de
la verdad. Por lo tanto, él está abierto a una constante renovación de su
oficio pastoral, en una cada vez más profunda dimensión de comunión y de
colaboración con los presbíteros, las personas consagradas y los laicos.
La Xª Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos será sin
duda la ocasión para verificar que cuanto más sólida es la unidad de los
obispos con el Papa, entre ellos y con el pueblo de Dios, tanto más resulta
enriquecida la comunión y la misión de la Iglesia, y al mismo tiempo, tanto más
reforzado y confortado será su mismo ministerio. Un
renovado anuncio del Evangelio de la esperanza 10.
Muchos son los motivos de esperanza con los que la Iglesia mira a la
celebración del próximo sínodo. El tiempo oportuno del Gran Jubileo del 2000,
preparado por el camino trinitario cumplido en los años precedentes, ha
ofrecido a todo el pueblo de Dios la gracia de vivir un Año santo en la
conversión, en la reconciliación y en la renovación espiritual.
En Roma y en Tierra Santa, al lado del sucesor de Pedro, en las iglesias
particulares en torno a los propios pastores, los fieles han tenido la gozosa
experiencia de un año de misericordia y de santidad. Tanto es así que muchos
se han preguntado cómo dar continuidad, en el comienzo del nuevo siglo y
milenio, a la gracia y a las experiencias positivas del Gran Jubileo.
La Iglesia se ha puesto nuevamente delante del mundo como signo de
esperanza, especialmente por el testimonio de muchas categorías del pueblo de
Dios, como los jóvenes y las familias; pero también por los gestos fuertes de
carácter ecuménico, de purificación de la memoria y de pedido de perdón, por
la audaz evocación de los testigos de la fe del siglo XX.
Fueron fuertes y significativas las solicitudes de clemencia para los
encarcelados y de reducción o total condonación de la deuda internacional, que
pesa sobre el destino de muchas naciones.
También los obispos han tenido la posibilidad de vivir momentos de
intensa comunión y renovación espiritual en su Jubileo específico, junto al
Papa y unidos a la Virgen María, como en el Cenáculo de Pentecostés.
El Evangelio de Cristo se demuestra todavía potencia de vida, palabra
que humaniza y une a los pueblos en una sola familia y promueve el bien de todos
más allá de las diferencias de lengua, raza o religión. 11.
Sobre el fundamento de la esperanza cristiana que no falla (cf. Rm
5,5), la Iglesia orienta sus pasos hacia el futuro, con un renovado impulso para
una nueva evangelización.
El mundo que ha superado el umbral del nuevo milenio espera una palabra
de esperanza, una luz que lo guíe en el futuro. El Evangelio, en la historia
temporal de los hombres, fue, es y será un fermento de libertad y de progreso,
de fraternidad, de unidad y de paz.[13]
El próximo Sínodo de los Obispos, espera ofrecer a la Iglesia y al
mundo el anuncio audaz y confiado del Evangelio de Cristo, que abre los
corazones a la esperanza terrena y eterna. Pretende hacerlo con el testimonio de
unidad, de gozo y de solicitud por la humanidad de nuestro tiempo de parte de
los sucesores de los apóstoles en comunión con el Papa, a los cuales el Señor
mismo ha asegurado su asistencia hasta la consumación de los siglos (cf. Mt
28,20).
CAPÍTULO
I UN
MINISTERIO DE ESPERANZA Una
mirada sobre el mundo con los sentimientos del Buen Pastor 12.
¿Qué actitud asume hoy el obispo para ser servidor del Evangelio de
Jesucristo para la esperanza del mundo?
Antes que nada, el obispo se ubica frente al mundo con una mirada
contemplativa, ante la realidad de nuestro mundo, en lo concreto del propio
ministerio y en comunión con la Iglesia universal y particular, a cuyo cuidado
él está destinado. Luego, lo hace con un corazón compasivo, capaz de
entrar en comunión con los hombres y las mujeres de nuestro tiempo, para los
cuales debe ser testigo y servidor de la esperanza.
Una imagen evangélica da vida a la actitud que se le exige. Al
comienzo de su ministerio Jesús se presenta como el heraldo de la Buena noticia
del Padre y lo confirma saliendo al encuentro de las necesidades de la gente:
“y al ver a la muchedumbre, sintió compasión de ella, porque estaban vejados
y abatidos como ovejas que no tienen pastor” (Mt 9,36).
El obispo, con la gracia del Espíritu Santo que dilata y profundiza su
mirada de fe, revive los sentimientos de Cristo Buen Pastor ante las ansias y
las búsquedas del mundo de hoy, anunciando una palabra de verdad y de vida y
promoviendo una acción que va al corazón mismo de la humanidad. Sólo así,
unido a Cristo, fiel a su Evangelio, abierto con realismo a este mundo, amado
por Dios, se transforma en profeta de la esperanza.
Con esta imagen se presenta ante los hombres y las mujeres de nuestro
tiempo, los cuales, después de la caída de las ideologías y de las utopías,
a veces sin memoria del pasado y demasiado ansiosos por el presente, tienen
proyectos más bien efímeros y limitados y son a menudo manipulados por fuerzas
económicas y políticas. Por esto necesitan redescubrir la virtud de la
esperanza, poseer válidas razones para creer y para esperar, y, por lo tanto,
también para amar y obrar más allá de lo inmediato cotidiano, con una serena
mirada sobre el pasado y una perspectiva abierta al futuro.
La Iglesia, y en ella el obispo, como pastor del rebaño, en continuidad
con las actitudes de Jesús, se propone como testigo de la esperanza que no
falla (cf. Rm 5,5), consciente de la fuerza propulsora que la orienta
hacia el cumplimiento de las promesas de Dios: en efecto “el amor de Dios, fue
derramado en nuestros corazones por el Espíritu que nos ha sido dado” (ib.).
A la Iglesia y a sus pastores fue confiado el Evangelio de la esperanza.
Ésta se apoya sobre la certeza de las promesas de Dios, es la esperanza viva a
la que el Padre nos ha reengendrado con la resurrección de Cristo (cf. 1 P
1,3), victoria sobre la muerte y sobre el pecado. Y como consecuencia se apoya
en la certeza de la perenne presencia de Cristo, Señor de la historia, Padre
del siglo futuro (cf. Is 9,6).
Por lo tanto, hay que abrir y vivir bajo el signo de la confianza
teologal el tercer milenio del cristianismo con la proclamación del Evangelio
de las promesas de Dios.
En las Escrituras y en la tradición de la Iglesia encontramos la semilla
escondida de los designios de Dios, que debe germinar en el futuro de los
hombres y de los pueblos, confiado a la acción del Espíritu Santo, sabio artífice
de la trama de la historia con nuestra colaboración. Bajo
el signo de la esperanza teologal 13.
La esperanza teologal, que se apoya totalmente en las promesas de Dios,
reviste hoy también un papel importante, al comienzo de un siglo y de un
milenio. La espera y la preparación de las últimas décadas para alcanzar una
meta tan importante de la historia humana, como lo es el año 2000, signado por
el memorial dos veces milenario del nacimiento de Jesús, se dilatan aún desde
el punto de vista simbólico hacia el futuro. No ya hacia una meta alcanzada,
sino casi hacia un horizonte lejano, con el deber de construir pacientemente el
futuro.
La esperanza se presenta como fuerza motriz de lo nuevo, como capacidad
de soñar el futuro y de dejar huellas duraderas en el tiempo con la novedad de
las obras, como capacidad de construir la historia con la fuerza del Evangelio,
o, por lo menos, de dar sentido a la historia, antes de que sean las fuerzas del
mundo las que establezcan el sentido del futuro o programen los plazos.
Y todo esto en la fidelidad al deber característico de los cristianos,
que es aquel de ser como el alma del mundo. “Lo que el alma es en el cuerpo,
esto han de ser los cristianos en el mundo” afirma la carta a Diogneto.[14]
La Iglesia de Jesús está llamada a ser inspiradora y promotora de historia, en
la escucha de las expectativas más profundas y de las esperanzas más auténticas
de los hombres y de las mujeres de este mundo.
La esperanza de la cual el obispo debe ser testigo, para ser servidor del
Evangelio de Cristo, es la virtud teologal o teológica de la esperanza,
en la unidad de la fe que cree y del amor que obra.
El directorio pastoral Ecclesiae imago había puesto en evidencia,
a este respecto, algunas características del ministerio del obispo en una síntesis
que vale la pena recordar a propósito de la esperanza en Dios, que es fiel a
sus promesas: “El Evangelio, del cual el obispo por fe vive y que anuncia a
los hombres con la palabra de Cristo, es 'garantía de lo que se espera; prueba
de las realidades que no se ven' (Hb 11,1). Apoyándose, por tanto, en
semejante esperanza, el obispo con firme certeza espera de Dios todo bien, y
repone en la Divina Providencia la máxima confianza. Repite con Pablo: 'Todo lo
puedo en aquel que me conforta' (Flp 4,13), acordándose de los santos apóstoles
y de los antiguos obispos quienes, aún experimentando graves dificultades y
obstáculos de todo género, sin embargo predicaron el Evangelio de Dios con
toda franqueza (cf. Hch 4,29.31; 19,8; 28,31). La esperanza, que 'no
falla' (Rm 5,5), estimula en el obispo el espíritu misionero y, en
consecuencia, el espíritu de creatividad, es decir de iniciativa.
En efecto, sabe que ha sido mandado por Dios, Señor de la historia (cf. 1
Tim 1,17), para edificar la Iglesia en el lugar, en el tiempo y en el
momento que 'ha fijado el Padre con su autoridad' (Hch 1,7). De aquí
también ese sano optimismo que el obispo vive personalmente y, por así
decirlo, irradia en los demás, especialmente a sus colaboradores”.[15] 14.
Sostenido por esta esperanza teologal, el obispo se prepara para
programar, intuir y casi soñar el futuro, releyendo la Palabra de Dios, bajo la
gracia del Espíritu Santo y en la comunión eclesial.
La Palabra de Dios, fecundada por el Espíritu Santo en el corazón del
obispo unido a sus sacerdotes y a sus fieles, será siempre fuente perenne de
inspiración y de recursos para afrontar los desafíos del futuro. Según una
feliz expresión de Pablo VI: “La Iglesia tiene necesidad de un perenne
Pentecostés, necesita fuego en el corazón, palabra en los labios, profecía en
la mirada”.[16]
El Papa, el Colegio Episcopal, los obispos de las Conferencias
episcopales nacionales o regionales, todo el pueblo santo de Dios tienen en común
también la vocación a la misma esperanza (cf. Ef 4,4).
Esta comunión en la esperanza asegura la presencia viva de Cristo y la
inspiración del Espíritu, al cual fue confiado llevar a cumplimiento la
plenitud de la comprensión y de la actuación del Evangelio de Jesús en la
historia humana.[17]
La comunión en la esperanza debe ser profundizada y compartida como
fuente de inspiración, fecundada por la oración del obispo, por el diálogo de
la caridad con todo el pueblo de Dios, en modo especial, con sus más estrechos
colaboradores, para llegar a reflexiones y programas concretos y compartidos.
La esperanza de los cristianos es el motor del futuro. Es la virtud que
no sólo deja huellas en la vida de la humanidad, sino que abre también nuevos
surcos en la historia, para sembrar la semilla de las promesas divinas y guiar
los caminos del futuro con la fuerza de Dios. La Iglesia será efectivamente
signo de esperanza si sabrá estar atenta al designio de Dios, que garantiza un
futuro de plenitud, si seguirá fielmente su voluntad y sabrá discernir las
expectativas más válidas de la humanidad, de las cuales debe ser intérprete y
orientadora. Entre
el pasado y el futuro 15.
La Iglesia atraviesa el umbral de la esperanza en los comienzos del
tercer milenio con una particular atención a la humanidad de hoy, compartiendo
alegrías y esperanzas, tristezas y angustias, pero sabiendo que posee la
palabra de la salvación.[18]
Sin embargo, hay que reflexionar a qué mundo son enviados los obispos para
anunciar el Evangelio.
La esperanza teologal, que crece y se desarrolla como confianza en las
promesas de Dios, a veces se purifica en la espera; pero será tanto más auténtica
cuanto más probada; se radica en los signos positivos que germinan, entre el ya
y el no todavía del Reino, presente en este mundo, pero orientado hacia su
cumplimiento final en la gloria.
Ella es memoria fundante, fija en la revelación, que manifiesta no sólo
la historia de la salvación, sino también el proyecto y el designio de Dios
para el futuro. No es casual que el último libro de la Sagrada Escritura lleva
el nombre de Apocalipsis, es decir, revelación. La esperanza suscita en los
corazones un dinamismo activo, capaz de volver a encenderse continuamente en la
cotidianidad.
Se trata de aquella “perseverancia” fiel, de la cual hablan los
Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 1,14; 2,42) como actitud propia de los
discípulos de Jesús, inmersos cada día en la vida de fe. Es la firme
confianza puesta en Dios, Padre del Señor Jesucristo, el cual, con la
resurrección de su Hijo, proyecta el hoy cotidiano hacia el seguro cumplimiento
de las promesas. 16.
Muchas veces, especialmente en la última década, una visión panorámica
de la realidad del mundo de hoy fue trazada por el Magisterio.
También en el Sínodo de los Obispos este análisis fue llevado a cabo
durante las asambleas especiales continentales para Europa, África, América,
Asia y Oceanía, así como también en las respectivas Exhortaciones apostólicas
post-sinodales hasta ahora publicadas.[19]
No es entonces el momento de rehacer este análisis que, a pesar de
presentar rasgos comunes por la creciente globalización de los aspectos
generales, tiene sin embargo necesidad de una atenta visión local de los
problemas y de las soluciones.
En el texto de los Lineamenta fue igualmente ilustrada la situación
general, que en parte ha sido confirmada y enriquecida por las respuestas de las
Conferencias Episcopales. Entre
luces y sombras en el panorama mundial 17.
El panorama que ofrece nuestro mundo es variado. Sin embargo, la Iglesia
con la mirada vigilante y el corazón compasivo del Buen Pastor (cf. Mt
9,36) no puede dejar de advertir con realismo, más allá de los análisis políticos,
sociológicos o económicos, los signos de desconfianza o, más aún, de
desesperación que hay en el mundo, para ofrecer la medicina de la consolación
y el fortalecimiento de la confianza y de la liberación en Cristo. No es una
consolación pasajera y débil, que se revela caduca, sino aquella de las
certezas de la fe; certezas descubiertas por corazones capaces de amar y de
servir, fundadas en la visión unitaria y real de los aspectos de la vida
personal y social, sin reducciones pesimistas ni optimistas. Todo esto puede
ofrecer el Evangelio de la esperanza.
Quedan todavía sin resolver algunas situaciones problemáticas que
comprometen y estimulan el ministerio de la Iglesia, la cual ofrece una
esperanza hacia una continua renovación del mundo y de la sociedad, también en
lo concreto del ministerio del obispo en su iglesia particular. 18.
En muchas partes de nuestro mundo la situación de pobreza, la falta de
libertad, el escaso ejercicio de los derechos humanos, los conflictos étnicos,
el subdesarrollo que hace crecer la pobreza de las grandes masas populares,
crean situaciones de sufrimiento y de falta de esperanza en el futuro.
Constantemente los medios de comunicación nos muestran rostros de
desesperación: rostros de niños privados de la necesaria nutrición y muchas
veces indignamente explotados; rostros de jóvenes a los cuales se les niega la
educación y se los obliga al trabajo de menores; rostros de jóvenes
desocupados, entregados a la desesperación y a la indiferencia, fácil presa de
la manipulación ideológica o del impulso hacia la degradación moral y
espiritual; rostros de mujeres privadas de la propia dignidad; rostros de
ancianos necesitados de asistencia; masas de pobres que buscan en la emigración
una esperanza para el futuro y refugiados en busca de una patria; rostros de indígenas
privados de sus tierras.
No fueron todavía superados los conflictos que al final del precedente
siglo y milenio, han provocado muerte y destrucción, emigración, pobreza,
luchas étnicas y odios tribales, dejando muerte y heridas profundas en el
cuerpo y en el espíritu.
Todavía no se han cicatrizado las laceraciones de algunos recientes
conflictos locales que han dividido profundamente culturas y nacionalidades,
llamadas a integrarse en un diálogo de paz. Cada tanto afloran fundamentalismos
religiosos, enemigos del diálogo y de la paz.
Además en las naciones de mayor progreso muchas veces se encuentran
grandes áreas de depresión económica y moral; se nota un aumento de la
corrupción y de la ilegalidad, también en el campo político. 19.
Los efectos de la globalización ya se escuchan con la despiadada lógica
de programas económicos inspirados en un liberalismo desenfrenado que hace a
los ricos siempre más ricos y a los pobres siempre más pobres, excluidos como
son de los programas de desarrollo, al punto que algunos hablan ya de un nuevo
desorden mundial. Preocupa justamente el futuro de enteras poblaciones, que
pertenecen a la misma familia de Dios y tienen en común los mismos derechos;
son dejadas al margen de la justa participación en el bien común. En muchas
ocasiones las comunidades indígenas son usurpadas de las riquezas de la materia
prima y de los recursos naturales de los propios países en una desleal
explotación del territorio y de las poblaciones.
No obstante una sensibilidad cada vez más positiva hacia la ecología,
puede decirse que hasta la tierra padece - como tal vez no haya sucedido antes
en la historia de la humanidad - cambios climáticos del ecosistema, que
suscitan interrogantes sobre el futuro de nuestro planeta. Es causa de
preocupación la degradación del ambiente. La Iglesia se hace portavoz de las
aspiraciones más auténticas en favor de un equilibrio ecológico que no ponga
en peligro nuestra tierra y la creación entera, obra de las manos del Creador,
ofrecida a la humanidad como lugar de belleza y de equilibrio, don y fuente
natural de la existencia humana. Entre el retorno a
lo sagrado y la indiferencia 20.
Aunque no faltan signos de un despertar religioso, de nuevos intereses
por las realidades espirituales y de un cierto retorno a lo sagrado, los
pastores ven con preocupación la que fue definida una silenciosa y tranquila
apostasía de las masas de la práctica eclesial. Avanza una cultura
inmanentista, no abierta a lo sobrenatural; también entre los cristianos hay
una creciente indiferencia con respecto al futuro escatológico y sobrenatural
de la vida que hace a la existencia mundana realmente digna de ser vivida.
Esto se traduce en un individualismo carente de comunión eclesial y de
práctica sacramental. Por ello algunas veces se cae en el extremo de la búsqueda
de compensación espiritualista en los movimientos religiosos alternativos y en
las sectas, en la adopción de formas de religiosidad, que son en parte imitación
de las prácticas ascéticas más nobles de algunas religiones no cristianas.
Hoy muchos se conforman con una ambigua religiosidad sin una referencia personal
al Dios verdadero de Jesucristo y de la comunidad eclesial.
Para muchos pastores es motivo de preocupación y de una oscura visión
del futuro el reducido número de las vocaciones sacerdotales y religiosas,
aunque sea sólo en vista de una pastoral ordinaria de evangelización, de una
adecuada vida sacramental y eucarística, con el relativo cuidado de la
vitalidad de la fe y de la práctica cristiana. Un nuevo horizonte
de problemas éticos 21.
Son causa de preocupación el crecimiento del relativismo moral,
una cierta cultura que no hace prevalecer la vida y que no la respeta, una
desacralización del comienzo y del fin de la existencia humana, tan ligados al
misterio del Dios de la vida.
Son signo de esperanza en el Dios Creador la transmisión de la vida física,
la educación de los hijos, el uso de la promoción de los valores de la
existencia humana en su plenitud de sentido y de destino.
Nunca como en este momento de la historia la falsa ecuación que aquello
que es científicamente posible es también éticamente justo nos ha llevado a
una verdadera y propia manipulación biológica. De ella se derivan graves
consecuencias para el hombre, que es imagen y semejanza de Dios en Cristo,
nuestra vida (Jn 1,14: 14,16). De aquí provienen los problemas que han
estallado en los últimos años, que se expanden como una sombra hacia el
futuro.
La apasionada defensa que el Magisterio de la Iglesia ha hecho de la
dignidad de cada vida humana, desde su nacimiento hasta su declino, está
influenciando también en la opinión pública y está dando además algunos
frutos en el sector de la ética mundial. Están en juego el futuro de la
humanidad y la dignidad de la persona humana con sus derechos intocables e
inalienables. 22.
La crisis de la familia y de su estabilidad, además de las
solapadas insidias contra la institución familiar, se presentan hoy como graves
amenazas contra la vida y la educación de los hijos.
Es constante en nuestro tiempo la acción doctrinal de la Iglesia en
favor de la vida y en el campo del matrimonio y la familia. Son puntos de
referencia de esta ininterrumpida acción algunos documentos del Magisterio
Pontificio y de otros dicasterios de la Santa Sede,[20] así como también
las Jornadas internacionales de la Familia, que son de ayuda a los cónyuges en
vista de una adecuada espiritualidad matrimonial y familiar. Situaciones
eclesiales emergentes 23.
Una nueva situación eclesial se verifica en los territorios que
vivieron un largo período bajo regímenes totalitarios. Aquellas Iglesias
viven en una redescubierta libertad de culto y en una nueva presencia apostólica;
experimentan el florecer de las vocaciones y un incipiente impulso misionero
fuera de los confines de las propias iglesias particulares. En ellas la fatiga y
la alegría de un nuevo comienzo, el frecuente testimonio de una alegre
vitalidad católica y de un fervor de la fe desconocido en otros países hacer
esperar en un futuro prometedor.
Quedan todavía problemas estructurales y organizativos, como la
dificultad de un diálogo fraterno y de una concreta comunión y colaboración
ecuménica con las otras iglesias, especialmente con las ortodoxas.
Sin embargo la Iglesia no renuncia a su deber de anunciar con audacia el
Evangelio en estos países asolados por el vacío dejado por la cultura de los
regímenes totalitarios. Es más, debe promover la educación a la libertad y
una nueva comunión entre todos los cristianos. Una necesaria educación de la
fe puede influir en la superación de una cierta práctica de devoción sin
fundamentos sólidos y en el impulso de una renovada evangelización; es
necesaria la promoción de una fe adulta, de una vida moral coherente,
especialmente ante el asedio de las sectas y ante el peligro de caer, como
algunos temen, en la búsqueda de un excesivo consumismo. 24.
El futuro de la Iglesia del tercer milenio se ha ido, poco a poco,
configurando como una desconcentración de la presencia de los católicos
hacia los países de África y Asia, donde, como también en América
Latina, florecen jóvenes iglesias, llenas de fervor y de vitalidad, ricas en
vocaciones sacerdotales y religiosas, que muchas veces ayudan a superar la
escasez de fuerzas vivas que se registra en Occidente.
No se pueden olvidar los vastos y poblados territorios del continente asiático
donde todavía muchos fieles no pueden expresar plena y públicamente su fe católica
en comunión con la Iglesia universal y su Supremo Pastor. La Iglesia mira también
a estos países con una gran esperanza y confía en la acción silenciosa del
Espíritu Santo, para que los fieles puedan finalmente expresar la plenitud de
la comunión eclesial visible y de la recíproca ayuda para hacer conocer a
todos a Cristo Salvador. Signos de vitalidad
y de esperanza 25.
Entre los signos positivos que al final del siglo y del milenio fueron
percibidos, también en las recientes asambleas sinodales, encontramos el ansia
por la paz, el deseo de una participación solidaria de las naciones en la
solución de eventuales conflictos locales, la creciente conciencia de los
derechos humanos, la igual dignidad de todas las naciones, la búsqueda de una
mayor unidad en el planeta, con una solidaridad efectiva a nivel mundial entre
países pobres y ricos. La dedicación de muchos al servicio de los pobres y de
los países más necesitados a través el voluntariado es germen de esperanza.
Crece la estima del genio femenino y se percibe una mayor responsabilidad de las
mujeres en la sociedad y en la Iglesia.
No faltan temores por los excesos de la globalización; sin embargo hay
saludables reacciones bajo formas de solidaridad, de mayor sensibilidad en la
salvaguardia de los valores culturales de los pueblos y de las naciones, de una
conciencia de hacer prevalecer los valores éticos y religiosos sobre los económicos
y políticos. Existe en nuestro mundo una acentuada búsqueda de la verdadera
libertad y un creciente sentido de comunión contra los individualismos.
El anuncio del Compendio de la doctrina social de la Iglesia da
buenas esperanzas en vista del compromiso en el campo social y económico en
favor de todos los pueblos.
En los vaivenes de luces y sombras, a veces se descubren también a nivel
mundial movimientos de opinión a favor de algunos aspectos que parecen
amenazados. Contra la manipulación genética y el desprecio de la vida naciente
está surgiendo una mayor atención por la vida humana y su valor trascendente,
que la une al Dios de la vida. Se busca fuertemente una convergencia sobre los
valores éticos a nivel internacional, mientras del peligro de un desequilibrio
ecológico nace un sentido más profundo del valor de la creación. Hacia
un nuevo humanismo 26.
La masificación y la globalización suscitan, como justa reacción, un
deseo profundo de personalismo e interioridad. Hoy es muy valorado el equilibrio
entre unidad y pluralismo: unidad que pertenece al designio de Dios, que ha
creado una única naturaleza humana, fundamento de la unidad de la familia de
los pueblos, de su origen y de su destino; pluralismo de naciones, lenguas y
culturas que reflejan la riqueza de la multiforme sabiduría de Dios (cf. Ef
3,1). En este contexto asistimos también al despertar de las culturas como
contrapunto a una mundialización que aplasta y empobrece. Al contrario, la
identidad cultural, provoca, también en el intercambio de bienes, un
enriquecimiento recíproco.
En la problemática situación de desesperación de muchos, como son la
soledad, el egoísmo, los pequeños proyectos humanos sin trascendencia, muchas
veces replegados sobre el egocentrismo de las personas y de los grupos, la
esperanza traza amplios senderos de comunión, de colaboración, de acciones
comunes, de voluntariado generoso y gratuito. Tales valores se integran en el
gran designio de Dios a través de la vida personal, eclesial, familiar, en la
cual cada uno responde según la propia vocación.
También hoy hay una búsqueda del sentido y de la cualidad de la vida en
cada nivel, incluido el espiritual. Se manifiesta una mayor sensibilidad hacia
el personalismo y hacia el sentido comunitario de las relaciones
interpersonales, sobre la base de una verdadera comunión entre las personas.
El mundo actual y la Iglesia sienten la urgencia de la unidad, aunque
muchas veces sea amenazada la plena y auténtica “cultura” de la unidad y de
la comunión. Los
frutos del Jubileo 27.
A nivel eclesial continúa, especialmente después del Gran jubileo del
2000, la renovación de la vida cristiana, de la participación solidaria de
todos en la nueva evangelización.
La preparación del Jubileo de la Encarnación, según el programa
pastoral y espiritual trazado en la Tertio millenio adveniente de Juan
Pablo II, fue vivida a nivel universal con válidas iniciativas de catequesis y
de vida sacramental. Los tres años dedicados a la contemplación del misterio
del Hijo, del Espíritu Santo y del Padre, con específicos compromisos de carácter
sacramental (redescubrimiento del bautismo, de la confirmación y de la
penitencia), de vida teologal (la fe, la esperanza y el amor) y ético-sociales,
están dando sus frutos.
El Jubileo del 2000, vivido según el espíritu de la institución bíblica
del quincuagésimo año (cf Lv 25) con su plena realización en Jesús de
Nazaret (cf Lc 4,16 ss), ha sido realmente un año de progreso
espiritual. La gracia de la conversión se ha multiplicado, alimentando la
esperanza de una continuidad, como de un nuevo comienzo, que coincide con la
puesta en marcha del tercer milenio. 28.
Algunos momentos del Jubileo han sido un signo especial para la Iglesia y
para el mundo. La Jornada mundial de la juventud ha ofrecido un testimonio de
fe, de piedad y de frescura eclesial con la gozosa presencia y participación de
tantos jóvenes, provenientes de todo el mundo y reunidos en Roma alrededor del
Papa. Su presencia eclesial es un desafío, la pastoral juvenil una de las
fronteras de las próximas décadas. En los jóvenes cristianos se siente la
exigencia de una clara y decidida vida evangélica. Bajo
la guía del Espíritu 29.
Como ya fue notado en las diversas asambleas sinodales continentales, y
ha emergido especialmente en ocasión de la solemnidad de Pentecostés de 1998,
la Iglesia siente fuertemente que el Espíritu Santo, como ha hecho en otras épocas
de la historia, ha sembrado nuevas energías espirituales y apostólicas, auténticos
carismas de vida evangélica y de espíritu misionero, aptos para las
necesidades del mundo de hoy, especialmente en los movimientos eclesiales y
en las nuevas comunidades. Esta siembra promete una cosecha abundante
favorecida por las vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales de muchos jóvenes
deseosos de consagrar sus vidas al servicio del Evangelio.
Respondiendo a los criterios de eclesialidad trazados por el Magisterio[21]
y a su propio carisma, estas nuevas realidades son ya, junto con aquellas
existentes, el presente y el futuro de la Iglesia en el mundo.[22]
Hacia
senderos convergentes de unidad 30.
El siglo y el milenio que se abren ciertamente encuentran a los fieles y
a los pastores de las diversas iglesias y comunidades cristianas más unidos, a
través de los innegables progresos del diálogo ecuménico, fruto
precioso del Espíritu en el siglo ya transcurrido. Un diálogo que ha tenido
sus variables vicisitudes en las últimas décadas. Un proseguimiento de los
contactos ecuménicos en los últimos años anima este irreversible compromiso
de la Iglesia y de las otras iglesias y comunidades cristianas.
Algunos eventos jubilares como la apertura de la puerta santa de la Basílica
de San Pablo, la conmemoración ecuménica de los testigos de la fe del siglo
XX, el viaje del Papa a Tierra Santa, junto con otras iniciativas recientes,
constituyen el signo de una renovada voluntad de parte de los cristianos de
recorrer juntos los caminos del Señor.
También el diálogo interreligioso está abierto a nuevos
desarrollos en la búsqueda de la paz y en el reconocimiento de valores
religiosos y trascendentes. Hay que nombrar en primer lugar las relaciones con
representantes del pueblo de Dios de la primera alianza. Tales encuentros abren
senderos de esperanza, al comienzo de un milenio que muchos ven como la época
del gran diálogo entre las religiones mundiales, guardianes de los valores del
espíritu.
El diálogo, entendido como encuentro entre personas y grupos, en el
respeto de las diversas identidades y en el rechazo del irenismo y del
sincretismo, no es sólo el nuevo nombre de la caridad, como ha dicho Pablo VI,[23]
sino que hoy también es el nuevo nombre de la esperanza, en un renovado
escenario mundial. Un
fuerte reclamo de espiritualidad 31.
Es un signo de esperanza el reclamo de espiritualidad que es una
exigencia del tiempo presente y que asume diversos aspectos.
Ante todo como una fuerte llamada a la experiencia primigenia cristiana
que es el encuentro con un Viviente. Esto significa el necesario pasaje
de la proclamación de la fe a la fe vivida. Postula también una liturgia viva
en el encuentro con la bondad del Dios misericordioso que nos ofrece redención
y salvación, como aquel que es “médico de la carne y del espíritu”.[24]
En el ámbito moral se siente la necesidad de “vivificar” la
experiencia cristiana en sus exigencias éticas con el soplo del Espíritu. En
efecto, la moral cristiana “difunde toda su fuerza misionera, cuando se
realiza a través del don no sólo de la palabra anunciada sino también de la
palabra vivida. En particular, es la vida de santidad, que resplandece en
tantos miembros del pueblo de Dios frecuentemente humildes y escondidos a los
ojos de los hombres, la que constituye el camino más simple y fascinante en el
que se nos concede percibir inmediatamente la belleza de la verdad, la fuerza
liberadora del amor de Dios, el valor de la fidelidad incondicionada a todas las
exigencias de la ley del Señor, incluso en las circunstancias más difíciles”.[25]
Se
hace evidente, por lo tanto, la urgente necesidad de una pastoral más
espiritual que responda a las exigencias de la nueva evangelización; se
perfila la necesidad de cualificar la pastoral en modo que tienda a suscitar el
encuentro personal y místico con Cristo, a imitación de los apóstoles, antes
y después de la resurrección, y de los primeros cristianos. Obispos
testigos de esperanza 32.
Esta visión de la situación de la Iglesia en el mundo, con sus luces y
sus sombras, al comienzo del tercer milenio de la era cristiana, es el
testimonio que cada obispo debe dar del Evangelio de Cristo para la esperanza
del mundo, ya sea en el vasto horizonte de la Iglesia universal ya sea en las
diversas iglesias particulares.
De aquí resulta la concreta responsabilidad espiritual y pastoral del
obispo en la iglesia particular, en una sociedad que vive en el mundo global de
las comunicaciones, participando de la vida del entero planeta.
No se puede olvidar, además, el compromiso que tal situación comporta
para una ordenada visión de la Iglesia que vive en el mundo, pidiendo a los
obispos la necesaria palabra y acción en vista del bien común. Fieles
en las expectativas y las promesas de Dios como la Virgen María 33.
La esperanza de la Iglesia viene de Cristo, el Resucitado, que posee ya
la victoria y la anticipación escatológica de las promesas de Dios en la
gloria futura.
Ante las pruebas cotidianas, en el contexto de una existencia que se hace
espera de algo nuevo que debe venir de Dios, el obispo es para su Iglesia como
Abrahán, que “esperando contra toda esperanza, creyó” (Rm 4,18-22).
Confía con certeza en la palabra y en el designio de Dios, como María, mujer
de la esperanza, que esperó el cumplimiento de las promesas del Dios fiel, en
Nazaret, en Belén, en el Calvario y en el Cenáculo.
La historia de la Iglesia es una historia de fe y de caridad, pero también
una historia de esperanza y de coraje. El obispo que sabe ser vigilante profeta
de esperanza, como un centinela de Dios en la noche (cf Is
21,11), puede dar confianza a su grey, trazando en el mundo senderos de
novedad.
Cada obispo, poniendo sólo en Dios su fe y su esperanza (1 P
1,21), debe poder hacer propias las palabras de S. Agustín: “Como seamos,
vuestra esperanza no sea puesta en nosotros. Como obispo, me rebajo a decir
esto: quiero alegrarme con vosotros, no ser exaltado. No me congratulo para nada
con quien sea que habré descubierto que pone en mí su esperanza: sea
corregido, no confirmado; debe cambiar, no hay que alentarlo... vuestra
esperanza no sea puesta en nosotros, no sea puesta en los hombres. Si somos
buenos, somos ministros; si somos malos, somos ministros. Pero si somos
ministros buenos, fieles, somos realmente ministros”.[26]
34.
En este amplio horizonte se coloca el ministerio de la Iglesia para el próximo
milenio, en modo especial la misión del obispo como testigo y promotor de
esperanza cristiana.
Para cada pastor de la Iglesia se trata de llevar, en modo audaz e intrépido,
la presencia de Dios en lo cotidiano de la vida. El entero servicio episcopal es
ministerio para el renacimiento “a una esperanza viva” (1 P 1,3) del
pueblo de Dios y de cada hombre. Por eso es necesario que el obispo oriente toda
la obra de evangelización al servicio de la esperanza, sobre todo de los jóvenes,
amenazados por los mitos ilusorios y por el pesimismo de sueños que se
desvanecen, y de cuantos, afligidos por las múltiples formas de pobreza, miran
a la Iglesia como su única defensa, gracias a su esperanza sobrenatural.
Fiel a la esperanza, cada obispo debe custodiarla en sí mismo porque es
el don pascual del Señor resucitado. Ella se funda en el hecho que el
Evangelio, a cuyo servicio el obispo vive, es un bien total, el punto crucial en
el cual se centra el ministerio episcopal. Sin la esperanza toda su acción
pastoral sería estéril. El secreto de su misión está, en cambio, en la firme
solidez de su esperanza teologal y escatológica. De ella afirma S. Pablo
“fuisteis ya instruidos por la Palabra de la verdad, el Evangelio, que llegó
hasta vosotros” (Col 1,6).
La esperanza cristiana inicia con Cristo y se nutre de Cristo, es
participación al misterio de su Pascua y anticipación para una suerte análoga
a aquella de Cristo, ya que el Padre con Él “nos resucitó y nos hizo sentar
en los cielos” (Ef 2,6).
De esta esperanza el obispo es signo y ministro. Cada obispo puede acoger
para sí estas palabras de Juan Pablo II: “Sin la esperanza seríamos no sólo
hombres infelices y dignos de compasión, sino que toda nuestra acción pastoral
sería infructuosa; nosotros no osaríamos emprender más nada. En la
inflexibilidad de nuestra esperanza reside el secreto de nuestra misión. Ella
es más fuerte de las repetidas desilusiones y de las dudas fatigosas porqué
toma su fuerza de una fuente que ni nuestra desatención ni nuestra negligencia
pueden agotar. La surgiente de nuestra esperanza es Dios mismo, que mediante
Cristo una vez y para siempre ha vencido al mundo y hoy continúa a través de
nosotros su misión salvífica entre los hombres!.”[27]
CAPÍTULO
II MISTERIO,
MINISTERIO Y La
imagen de Cristo Buen Pastor 35.
Son muchos los textos de la Escritura que aluden a la figura espiritual
del obispo, a la luz de Cristo, sumo sacerdote y pastor de nuestras almas. Son párrafos
del Antiguo y del Nuevo Testamento, centrados sobre la imagen del sumo sacerdote
o del pastor.
Todos los textos hacen referencia al arquetipo que es Cristo. Él se ha
presentado en las parábolas evangélicas como el pastor en búsqueda de la
oveja perdida (cf Lc 15,4-7), se autodefinió “buen” pastor del rebaño
(cf Jn 10,11.14.16; Mt 26,31; Mc 14,27); fue reconocido por
la comunidad apostólica con este título: “pastor y obispo de las ...
almas” (1 P 2,25), “príncipe de los pastores” (1 P 5,4),
“gran pastor de las ovejas” (Hb 13,20), resucitado por el Padre. En
la visión del Apocalipsis el Señor resucitado es el Cordero-Pastor (cf Ap
13, 17) que une en sí mismo la realidad de la ofrenda del sacrificio pascual y
de la salvación, las figuras del sacerdote y pastor del Antiguo y del Nuevo
Testamento.
La primitiva iconografía cristiana ha amado representar a Cristo como
pastor bueno y hermoso, vivo en el esplendor de su resurrección, cantado por la
liturgia como el buen pastor resucitado que ha dado la vida por sus ovejas.[28]
Jesucristo entonces es el pastor, que une en sí la verdad, la bondad y
la belleza del don de sí por el rebaño. La belleza del buen pastor está en el
amor con que se entrega por cada una de sus ovejas y establece con ellas una
relación directa de conocimiento y amor.
El lugar del encuentro con el Buen Pastor es la Iglesia, donde él se
hace presente, apacienta su rebaño con la palabra y los sacramentos, lo guía
hacia las praderas de la vida eterna mediante aquellos a los cuales Cristo mismo
por medio del Espíritu Santo ha constituido pastores del rebaño. La belleza
del pastor se manifiesta en la belleza de una Iglesia que ama y que sirve. Ella
es motivo de esperanza para toda la humanidad, movida también por el instinto
divino, que lleva en el corazón, hacia la belleza que salva, la cual se expresa
en el rostro del Cordero-Pastor. 36.
Sólo Cristo es el buen Pastor. De él, como manantial, se irradia en la
Iglesia el ministerio pastoral, que Jesús ha confiado a Pedro (cf Jn 21,
15.17); una gracia que fue percibida como la continuidad del ministerio apostólico
de guiar y de vigilar: “Apacentad la grey de Dios que os está encomendada,
vigilando, no forzados, sino voluntariamente, según Dios” (1 P 5,2).
La figura del obispo como pastor es, por lo tanto, familiar a la tradición
cristiana en las palabras, en los gestos, en las insignias episcopales, siempre
sin embargo en la contemplación del único pastor y en la imitación de sus
sentimientos, por la fuerza de la gracia recibida de Él.
“Aquel a quien Jesús, el buen Pastor, ha confiado, mediante el
sacramento del episcopado, sus mismos poderes, tiene como obligación de amor
apacentar la grey del Señor, tratar de corresponder con el decidido empeño de
vivir y ejercitar el ministerio con las mismas disposiciones que tuvo Cristo, Príncipe
de los Pastores (cf 1 P 5,4) y obispo de nuestras almas (cf. 1 P
2,25)”.[29]
El ministerio episcopal en la Iglesia es un amoris officium, según
las palabras de Agustín[30],
un servicio de unidad, en la comunión y en la misión. A este altísimo
arquetipo que es Cristo hace referencia el nombre de pastor y todas las
expresiones que de él derivan. I.
Misterio
y Gracia del
Episcopado La
gracia de la ordenación episcopal 37.
Con la consagración episcopal “se confiere la plenitud del sacramento
del orden, llamada en la práctica litúrgica de la Iglesia y en la enseñanza
de los Santos Padres sumo sacerdocio, cumbre del ministerio sagrado”.[31]
La íntima naturaleza del misterio y del ministerio del obispo viene expresada
por las palabras y por los gestos de la ordenación episcopal, en la liturgia
sacramental a la que, con razón, la antigua tradición llama “natalis
Episcopi”.
La imagen eclesial del obispo se perfila ya desde la antigüedad
cristiana en las diversas liturgias de ordenación episcopal en Oriente y en
Occidente, como el momento en el cual, con la imposición de las manos y las
palabras de la consagración, la gracia del Espíritu Santo desciende sobre el
elegido y con el carácter sagrado imprime en plenitud la imagen viva de Cristo
maestro, pontífice y pastor, para obrar en nombre suyo y en su persona.[32]
El obispo es consagrado también con la unción del santo crisma para ser
partícipe del sumo sacerdocio de Cristo, en modo tal que pueda plenamente
ejercitar el ministerio de la palabra, de la santificación y del gobierno. Como
pontífice es separado de entre los hombres y constituido en favor de los
hombres en todo aquello que tiene que ver con Dios (cf. Hb 5,1). El
episcopado, se dice, no es un término que indique primariamente un honor, sino
un servicio; está destinado sobre todo a hacer el bien más que a manifestar
una preeminencia. En efecto, también para el obispo valen las palabras del Señor
“el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que
sirve” (Lc 22,26).[33]
En
comunión con la Trinidad 38.
La dimensión trinitaria de la vida de Jesús, que lo une al Padre y al
Espíritu como consagrado y enviado en el mundo y se manifiesta en todo su ser y
obrar, plasma también la personalidad del obispo, como buen pastor, sucesor de
los apóstoles.
Esta participación en la vida y en la misión trinitaria tiene una
primera aplicación en los apóstoles, como primeros partícipes de la comunión
y de la misión: “Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros;
permaneced en mi amor” (Jn 15,9; cf. 17,23); “Como el Padre me envió,
también yo os envío” (Jn 20,21). Jesús además reza por los discípulos
para que sean envueltos en el mismo amor trinitario: como el Padre y el Hijo son
uno, que los discípulos sean uno (cf. Jn 17,21).
Esta referencia a la Trinidad hace remontar el ministerio del obispo
hasta su fuente. La sucesión apostólica, además, no es sólo física y
temporal, sino también ontológica y espiritual, mediante la gracia de la
ordenación episcopal. En efecto, los obispos han sido mandados por los apóstoles,
como sus sucesores, los apóstoles han sido enviados por Cristo y Cristo ha sido
mandado por el Padre.[34] 39.
El sello trinitario de la gracia del episcopado lo expresa en modo
apropiado la liturgia romana de la ordenación episcopal: “Cuida, pues, de
todo el rebaño que el Espíritu Santo te encarga guardar, como pastor de la
Iglesia de Dios: en el nombre del Padre, cuya imagen representas en la asamblea,
en el nombre del Hijo, cuyo oficio de Maestro, Sacerdote y Pastor ejerces, y en
el nombre del Espíritu Santo, que da vida a la Iglesia de Cristo y fortalece
nuestra debilidad”.[35]
Se pone además de manifiesto, a través de las palabras y los gestos de
la ordenación con la imposición de las manos, un gesto que, según Ireneo de
Lyon, evoca las dos manos del Padre, el Hijo y el Espíritu;[36]
este último plasma al elegido para la plenitud del sacerdocio, como el don del
“Espíritu del Sumo sacerdocio” es revertido sobre Cristo y transmitido a
los apóstoles, los cuales han fundado en todas partes la Iglesia.[37] Desde
el Padre por Cristo en el Espíritu 40.
La tradición que presenta al obispo como imagen del Padre es muy
antigua. Se la encuentra especialmente en las Cartas de Ignacio de
Antioquía. En efecto, el Padre es como el obispo invisible, el obispo de todos.[38]
A su vez el obispo debe ser por todos reverenciado porque es imagen del Padre.[39]
En modo similar un antiguo texto amonesta: amad a los obispos que son, después
de Dios, padre y madre.[40]
También hoy en la ordenación episcopal se alude a esta dimensión
paterna; el obispo es llamado a cuidar con afecto paterno al pueblo santo de
Dios, como un auténtico padre de familia, para guiarlo, con la ayuda de los
presbíteros y diáconos, en el camino de la salvación.[41]
El descubrimiento de la Iglesia como familia de Dios, ya presente
en el Concilio Vaticano II, hace más elocuente la imagen paterna del obispo.[42]
En continuidad con la persona de Cristo, que es la imagen original
del Padre y la manifestación de su presencia y de su misericordia, también el
obispo, por la gracia sacramental, se transforma en imagen viviente del Señor
Jesús como cabeza y esposo de la Iglesia a él confiada. En ella ejerce como sacerdote
el ministerio de la santificación, del culto y de la oración; como maestro
el servicio de la evangelización, de la catequesis y de la enseñanza; como pastor,
el deber del gobierno y de la conducción del pueblo. Son ministerios que él
debe ejercer con los rasgos característicos del buen pastor: la caridad, el
conocimiento de la grey, el cuidado de todos, la acción misericordiosa hacia
los pobres, los peregrinos, los indigentes, la búsqueda de las ovejas perdidas
para reconducirlas al único rebaño de la Iglesia.[43]
Todo esto es posible porque el obispo recibe en plenitud en su ordenación
la unción del Espíritu Santo que descendió sobre los discípulos en
Pentecostés, Espíritu del sumo sacerdocio, que lo habilita interiormente,
configurándolo a Cristo, para ser viva continuación de su misterio en favor de
su Cuerpo místico.
Esta visión trinitaria de la vida y del ministerio del obispo signa además
en profundidad su constante referencia al misterio que resplandece también en
la Iglesia, imagen de la Trinidad, pueblo reunido en la paz y en la concordia,
de la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.[44]
La
imagen eclesial del obispo 41.
Las mismas consignas e insignias que el obispo recibe en su ordenación
episcopal, como expresión de la gracia y del ministerio, son elocuentes en su
simbolismo eclesial.
El libro del Evangelio, puesto sobre la cabeza del obispo, es
signo de una vida totalmente sometida a la Palabra de Dios y consumada en la
predicación del Evangelio con toda paciencia y doctrina.
El anillo es símbolo de la fidelidad, en la integridad de la fe y
en la pureza de la vida, hacia la Iglesia, que él debe custodiar como esposa de
Cristo. La mitra alude a la santidad episcopal y a la corona de la gloria
que el Príncipe de los Pastores asignará a sus siervos fieles. El báculo
es símbolo del oficio del Buen Pastor, que cuida y guía con solicitud el rebaño
a él confiado por el Espíritu Santo.[45]
También el palio, que los obispos desde siempre usan en Oriente y
algunos obispos reciben ahora en Occidente, tiene varios y diversos
significados. Para los metropolitanos que lo reciben en Occidente es signo de
comunión con la Sede apostólica, vínculo de caridad y estímulo de fortaleza
en la confesión y defensa de la fe. El palio, sin embargo, como el omophorion
de los obispos de las Iglesias orientales, ha tenido en la antigüedad y aún
hoy conserva otros significados de gran valor espiritual y eclesial.
Confeccionado con lana y ornado con signos de cruz, es emblema del obispo,
identificado con Cristo, el Buen Pastor inmolado, que ha dado la vida por el
rebaño y lleva sobre la espalda la oveja perdida, significa la solicitud por
todos, especialmente por aquellos que se alejan del rebaño. Así lo atestigua
la tradición oriental[46]
y la occidental.[47]
La cruz que el obispo lleva visiblemente sobre el pecho es signo
elocuente de su pertenencia a Cristo, de la confesión de su confianza en él,
de la fuerza recibida constantemente de la cruz del Señor para poder donar la
vida. Lejos de ser una joya o un ornamento exterior, representa la cruz gloriosa
de Cristo, signo de esperanza, según la elocuente palabra del apóstol: “En
cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor
Jesucristo, por la cual el mundo es para mí un crucificado y yo un crucificado
para el mundo!” (Ga 6,14).
Estas simples indicaciones ponen en evidencia el simbolismo implícito en
la solemnidad de la ordenación episcopal.
Todo ello lleva en sí una connotación de universalidad para todos
aquellos que han recibido la ordenación episcopal y, en comunión con el Romano
Pontífice, forman parte del Colegio Episcopal y con él comparten la solicitud
por toda la Iglesia.[48] El
espíritu de santidad 42.
De la figura del obispo, como es expresada por las palabras y por los
ritos de la ordenación, emerge la llamada a la santidad, su peculiar
espiritualidad, su camino de santidad y de perfección evangélica. Es una
tradición confirmada por los ritos de Occidente y de Oriente que confieren al
obispo la plenitud de la santidad para vivirla delante de Dios y en comunión
con los fieles.
El antiguo Eucologio de Serapión expresa este concepto en la
oración de la consagración del obispo: “Dios de verdad, haz de tu servidor
un obispo viviente, un obispo santo en la sucesión de los Santos apóstoles; y
dónale la gracia del Espíritu divino, que haz concedido a todos los siervos
fieles, profetas y patriarcas”.[49]
Se trata de una llamada a la santidad, vivida en la caridad pastoral, en
el servicio continuo del Señor, en la ofrenda de los santos dones, en el
ministerio de la remisión de los pecados, agradando a Él con mansedumbre y
pureza, ofreciéndose a sí mismo como sacrificio de suave fragancia.[50]
De estas premisas emerge para el obispo la llamada a la santidad propia,
a raíz del don recibido y del misterio de santificación a él confiado. II.
La Santificación en el propio Ministerio La
vida espiritual del obispo 43.
La vida espiritual del obispo, como vida en Cristo según el Espíritu,
tiene su raíz en la gracia del sacramento del bautismo y de la confirmación,
donde, en cuanto “christifidelis”, renacido en Cristo, fue hecho
capaz de creer en Dios, de esperar en él y de amarlo por medio de las virtudes
teologales, de vivir y obrar bajo la moción del espíritu Santo por medio de
sus santos dones. En efecto, el obispo, no diversamente de todos los otros discípulos
del Señor que fueron incorporados a él y se han transformado en templo del Espíritu,
vive su vocación cristiana consciente de su relación con Cristo, como discípulo
y apóstol. Lo ha expresado bien Agustín con su notoria fórmula referida a sus
fieles: “Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano”.[51]
También el obispo, entonces, como bautizado y confirmado, se nutre de la
eucaristía y tiene necesidad del perdón del Padre, a causa de la fragilidad
humana. Además, junto a todos los presbíteros, debe recorrer caminos específicos
de espiritualidad, llamado a la santidad por el nuevo título del Orden sagrado.[52] 44.
Se trata, sin embargo, de una espiritualidad propia, que el obispo
deduce de su realidad, orientado a vivir en la fe, en la esperanza y en la
caridad el ministerio evangelizador, de liturgo y de guía de la comunidad. Es
una espiritualidad eclesial porque cada obispo es conformado a Cristo
Pastor y Esposo para amar y servir a la Iglesia.
No es posible amar a Cristo y vivir en la intimidad con él sin amar a la
Iglesia, que Cristo ama: tanto, en efecto, se posee el Espíritu de Dios cuanto
se ama a la Iglesia “una en todos y toda en cada uno; simple en la pluralidad
por la unidad de la fe, múltiple en cada uno por el aglutinante de la caridad y
la variedad de carismas”.[53]
Sólo del amor por la Iglesia, amada por Cristo hasta el don de sí mismo por
ella (cf. Ef 5,25), nace una espiritualidad a la medida total de aquella
con la que el Señor Jesús ha amado a los hombres, o sea hasta la cruz.
Es, entonces, una espiritualidad de comunión eclesial, orientada
a construir la Iglesia con una vigilante atención, de modo que las palabras y
las obras, los gestos y las decisiones, que comprometen el servicio pastoral,
sean signo del dinamismo trinitario de la comunión y de la misión. Una
auténtica caridad pastoral 45.
Centro de la espiritualidad específica del obispo es el ejercicio de su
ministerio, informado interiormente por la fe, por la esperanza y en modo
especial por la caridad pastoral, que es el alma de su apostolado, en un
dinamismo de “pro-existentia” pastoral, es decir, un vivir para Dios
y para los otros, como Cristo, orientado hacia el Padre y totalmente al servicio
de los hermanos, en el don cotidiano de sí en un servicio gratuito de amor, en
comunión con la Trinidad. “Los pastores de la grey de Cristo - afirma la Lumen
gentium - a imagen del sumo y eterno Sacerdote, Pastor y Obispo de nuestras
almas, desempeñen su ministerio santamente y con entusiasmo, humildemente y con
fortaleza. Así cumplido, ese ministerio será también para ellos un magnífico
medio de santificación. Los elegidos para la plenitud del sacerdocio son
dotados de la gracia sacramental, con la que, orando, ofreciendo el sacrificio y
predicando, por medio de todo tipo de preocupación episcopal y de servicio,
puedan cumplir perfectamente el cargo de la caridad pastoral. No teman entregar
su vida por las ovejas, y hechos modelo para la grey (cf. 1 P 5,3),
estimulen a la Iglesia, con su ejemplo, a una santidad cada día mayor”.[54]
Ya el Directorio pastoral Ecclesiae imago había dedicado un
entero y detallado capítulo a las virtudes necesarias en un obispo.[55]
En ese contexto, además de las referencias a las virtudes sobrenaturales de la
obediencia, de la perfecta continencia por amor del Reino, de la pobreza, de la
prudencia pastoral y de la fortaleza, se encuentra además una llamada a la
virtud teologal de la esperanza. Apoyándose en ella el obispo con firme certeza
espera de Dios todo bien y pone en la divina Providencia la máxima confianza,
“acordándose de los santos Apóstoles y de los antiguos obispos, quienes, aún
experimentando graves dificultades y obstáculos de todo género, sin embargo
predicaron el Evangelio de Dios con toda franqueza (cf. Hch 4,29.31;
19,8; 28,31)”.[56]
Desde los primeros siglos del cristianismo, y hasta el siglo veinte,
muchos obispos han sido modelos de sabiduría teológica y de caridad pastoral;
han unido en su existencia el ministerio de la predicación y de la catequesis,
la celebración de los santos misterios y la oración, el celo apostólico y el
amor intenso por el Señor. Han fundado Iglesias, reformado las costumbres,
defendido la verdad; han sido audaces testigos en el martirio y han dejado una
huella en la sociedad, con iniciativas de caridad y justicia, con gestos de
coraje frente a los potentes del mundo en favor del propio pueblo.[57] El
ministerio de la predicación 46.
La espiritualidad ministerial, radicada en la caridad pastoral y
expresada en triple oficio de enseñar, santificar y gobernar, no debe ser
vivida por el obispo al margen de su ministerio, sino en la unidad de vida de su
ministerio.
El obispo es ante todo ministro de la verdad que salva, no sólo
para enseñar e instruir sino también para conducir a los hombres a la
esperanza, y por lo tanto, al progreso en el camino de la esperanza. Si,
entonces, un obispo quiere verdaderamente mostrarse a su pueblo como signo,
testigo y ministro de la esperanza no puede hacer otra cosa que alimentarse de
la Palabra de Verdad, en total adhesión y plena disponibilidad a ella, sobre el
modelo de la santa Madre de Dios María, que “ha creído que se cumplirían
las cosas que le fueron dichas de parte del Señor” (Lc 1,45).
Dado que esta divina Palabra está contenida y expresada en la Sagrada
Escritura, a ella el obispo debe recurrir constantemente, con una lectura asidua
y un estudio diligente, para obtener ayuda en su ministerio.[58]
Esto no solamente porque sería un vano predicador de la Palabra de Dios al
exterior si no la escuchase en su interior,[59]
sino también porque vaciaría su ministerio en favor de la esperanza. De hecho,
el obispo se nutre de la Escritura para crecer en su espiritualidad, en modo de
desarrollar con veracidad su ministerio de evangelizador. Sólo así, como S.
Pablo, él podrá dirigirse a sus fieles diciendo: “con la paciencia y el
consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza” (Rm 15,4)
En el ministerio episcopal se repite la opción de los apóstoles en el
comienzo de la Iglesia: “Nosotros nos dedicaremos a la oración y al
ministerio de la Palabra” (Hch 6,4). Como ha escrito Orígenes: “Son
éstas las dos actividades del Pontífice: o aprender de Dios, leyendo las
Escrituras divinas y meditándolas varias veces, o enseñar al pueblo. Mas, enseñe
las cosas que él mismo aprendió de Dios.”[60]
Orante
y maestro de la oración 47.
El obispo es también orante, aquel que intercede por su pueblo, con la
fiel celebración de la liturgia de las Horas, que también debe presidir en
medio de su pueblo.
Consciente que el será maestro de oración para sus fieles sólo a través
de su misma oración personal, el obispo se dirigirá a Dios para repetir, junto
con el salmista: “Yo espero en tu palabra” (Sal 119, 114). La oración,
en efecto, es un momento expresivo de la esperanza o, como se lee en S. Tomás,
ella misma es “intérprete de la esperanza”.[61]
Es propio del obispo el ministerio de la oración pastoral y apostólica,
delante de Dios por su pueblo, a imitación de Jesús que reza por los apóstoles
(cf. Jn 17) y del apóstol Pablo que reza por sus comunidades (cf. Ef
3,14-21; Flp 1,3-10). En efecto, él también en su oración, debe llevar
consigo toda la Iglesia rezando en manera especial por el pueblo que le ha sido
confiado. Imitando a Jesús en la elección de sus Apóstoles (cf. Lc
6,12-13), también él someterá al Padre todas sus iniciativas pastorales y le
presentará, mediante Cristo en el Espíritu sus expectativas y sus esperanzas.
Y el Dios de la esperanza lo colmará de todo gozo y paz, para que abunde en la
esperanza por la fuerza del Espíritu Santo (cf. Rm 15,13).
Un obispo debe además buscar las ocasiones en las cuales pueda escuchar
la Palabra de Dios y rezar junto con el presbiterio, con los diáconos
permanentes, con los seminaristas y con los consagrados y las consagradas
presentes en la iglesia particular y, donde y cuando sea posible, también con
los laicos, en particular con aquellos que viven en forma asociada su
apostolado.
De este modo el obispo favorece el espíritu de comunión, sostiene la
vida espiritual de la Diócesis mostrándose como “maestro de perfección”
en su iglesia particular, comprometido a “fomentar la santidad de sus clérigos,
de los religiosos y laicos, de acuerdo con la peculiar vocación de cada uno”.[62]
Al mismo tiempo lleva a su origen divino y confirma en la comunión de la
oración a los vínculos de las relaciones eclesiales, en las cuales ha sido
injertado como visible centro de unidad.
Tampoco descuidará las ocasiones para transcurrir junto con los hermanos
obispos, sobre todo aquellos de la misma provincia y región eclesiástica, análogos
momentos de encuentro espiritual. En tales ocasiones se expresa la alegría que
deriva del vivir juntos entre hermanos (cf. Sal 133,1), se manifiesta y
crece el afecto colegial. Nutrido
por la gracia de los sacramentos 48.
La eficacia de la guía pastoral de un obispo y de su testimonio de
Cristo, esperanza del mundo, depende en gran parte de la autenticidad del
seguimiento del Señor y del vivir en amistad con Él.
Sólo la santidad es anuncio profético de la renovación que el obispo
anticipa en la propia vida al acercarse a aquella meta hacia la cual conduce a
sus fieles. Sin embargo, en su camino espiritual, como todo cristiano él también,
siendo consciente de las propias debilidades, de los propios desalientos y del
propio pecado, experimenta la necesidad de la conversión. Pero dado que, como
predicaba S. Agustín, no puede negarse la esperanza del perdón aquel al cual
no ha sido impedido el pecado,[63]
el obispo, debe recurrir al sacramento de la penitencia y de la reconciliación.
Cualquiera tiene la esperanza de ser hijo de Dios y de ver a Dios así como él
es, se purifica a sí mismo como es puro el Padre celeste (cf. Jn 3,3).
También los apóstoles, a los cuales Jesús resucitado ha comunicado el
don del Espíritu Santo para perdonar los pecados (cf. Jn 20,22-23), han
tenido necesidad de recibir del Señor la palabra de la paz que reconcilia y el
pedido del amor arrepentido que sana (cf. Jn 20,19.21; 21,15 ss).
Indudablemente es signo de aliento para el pueblo de Dios el ver al
propio obispo acercarse, él en primer lugar, al sacramento de la reconciliación
en particulares circunstancias, como cuando preside una celebración de ese tipo
en la forma comunitaria.
El obispo, junto con todo el pueblo de Dios, alimenta la propia esperanza
a partir de la santa liturgia. En efecto, la Iglesia cuando celebra la liturgia
en la tierra, pregusta, en la esperanza, la liturgia de la Jerusalén celeste,
hacia la cual tiende como peregrina y donde Cristo está sentado a la derecha
del Padre “al servicio del santuario y de la Tienda verdadera, erigida por el
Señor y no por un hombre” (Hb 8,2).[64] 49.
Todos los sacramentos de la Iglesia, primero de todos la Eucaristía, son
memorial de las palabras, de las obras y de los misterios del Señor,
representación de la salvación obrada por Cristo una vez para siempre y
anticipación de la plena posesión, que será el don del tiempo final.[65]
Hasta entonces la Iglesia los celebra como signos eficaces en su espera,
en la invocación y en la esperanza.
Tanto en Oriente como en Occidente la espiritualidad del ministerio
episcopal está unida a la celebración de los santos misterios que el obispo
preside y celebra junto con su presbiterio, con los diáconos y con el pueblo
santo de Dios.
La variedad de los ritos de la Iglesia y su especificidad, ya sea en
Oriente como en Occidente, signa la vida del pueblo de Dios, le confiere una
identidad propia y es fuente de una rica espiritualidad eclesial. Por eso, el
obispo como gran sacerdote de su pueblo debe no sólo celebrar atentamente los
santos misterios, sino también hacer de la celebración de ellos una auténtica
escuela de espiritualidad para el pueblo. Le será útil en esto su conocimiento
de la teología y de la liturgia episcopal como aparece en el Caeremoniale
Episcoporum.[66]
Los obispos de las Iglesias Orientales, fieles al propio rico patrimonio
litúrgico, con las diversas y particulares celebraciones, podrán vivir y obrar
en comunión, en plena sintonía con los valores espirituales de las propias
tradiciones.[67]
Como
gran sacerdote en medio de su pueblo 50.
Entre la acciones litúrgicas hay algunas en las cuales la presencia del
obispo tiene un significado particular. En primer lugar, la Misa crismal,
durante la cual son bendecidos el Óleo de los Catecúmenos y el Óleo de los
Enfermos y consagrado el santo Crisma: es el momento de la más alta manifestación
de la iglesia local, que celebra al Señor Jesús, sacerdote sumo y eterno de su
mismo sacrificio. Para un obispo es un momento de gran esperanza, porque él
encuentra el presbiterio diocesano reunido en torno a sí para mirar juntos, en
el horizonte gozoso de la Pascua, al gran sacerdote; para renovar, así, la
gracia sacramental del Orden mediante la renovación de las promesas que, desde
el día de la Ordenación, fundan el especial carácter de su ministerio en la
Iglesia. En esta circunstancia, única en el año litúrgico, los sólidos vínculos
de la comunión eclesial, son para el pueblo de Dios, aunque apesadumbrado por
innumerables ansiedades, un vibrante grito de esperanza.
A esta celebración se agregará la solemne liturgia de la ordenación de
nuevos presbíteros y de nuevos diáconos. Aquí, recibiendo de Dios los nuevos
cooperadores del orden episcopal y de su ministerio, el obispo ve cumplidas por
el Espíritu, donum Dei e dator munerum, la oración por la abundancia de
las vocaciones y la esperanza de una Iglesia todavía más esplendorosa en su
rostro ministerial.
Análogamente se puede decir de la administración del sacramento de la
Confirmación, del cual el obispo es el ministro originario y, en el rito
latino, ministro ordinario.
También en este sacramento de la efusión del Espíritu Santo, que
comporta muchas veces para los pastores un gran compromiso de tiempo y es una
ocasión para cumplir la visita pastoral en las parroquias, el obispo vive un
momento de intensa espiritualidad ministerial y de comunión con sus fieles,
especialmente con los jóvenes. El hecho que sea el pastor de la diócesis quien
administra el sacramento, evidencia que éste tiene como efecto unir más estrechamente
a todos al misterio de Pentecostés, a la Iglesia de Dios en sus orígenes apostólicos,
a la comunidad local y asociar a aquellos que lo reciben a la misión de
testimoniar a Cristo.[68] Una
espiritualidad de comunión 51.
Signo de una fuerte espiritualidad de comunión y elemento de gran valor
para la santidad y la santificación del obispo es la comunión con sus presbíteros,
con los diáconos, los religiosos y las religiosas, con los laicos, tanto en la
relación personal como en diversas reuniones. Su palabra de exhortación y su
mensaje espiritual tiende a favorecer y a garantizar la presencia activa y
santificante de Cristo en medio a su Iglesia y el flujo de la gracia del Espíritu
Santo que crea un particular testimonio de unidad y caridad.
Por eso es oportuno que el obispo anime y promueva también con su
presencia y su palabra los “momentos del Espíritu” que favorecen el
crecimiento de la vida espiritual, como son los retiros, los ejercicios
espirituales, las jornadas de espiritualidad, usando también los medios de
comunicación social que pueden alcanzar también a los más lejanos.
Deberá saber también sacar fruto de los medios comunes de la vida
espiritual, como la búsqueda del consejo espiritual, la amistad y la comunión
fraterna, para evitar el riesgo de la soledad y el peligro del desánimo ante
los problemas.
Él podrá así vivir y animar una espiritualidad de comunión con los
operadores de la pastoral a través de la escucha, de la colaboración,
y de la responsable asignación de los deberes y de los ministerios.
Un medio especial para mantener viva esta espiritualidad es la comunión
afectiva y efectiva del obispo, en su oración y en sus relaciones, con el Papa
y con los otros obispos.
El obispo no está solo en su ministerio: debe donar y recibir aquel
flujo de caridad fraterna que viene de la relación con los otros hermanos en el
episcopado, en un verdadero ejercicio de amor recíproco, como aquel pedido por
Jesús a sus discípulos (cf. Jn 13,34; 15,12-13), que se transforma
también en un compartir la oración, el discernimiento, las experiencias
espirituales y pastorales.
Por este motivo son importantes las ocasiones de diálogo y de
intercambio, los retiros espirituales, los momentos de distensión y de reposo,
en los cuales los obispos pueden ejercitar la comunión y la caridad pastoral. Animador
de una espiritualidad pastoral 52.
Él mismo está llamado a estar en medio del pueblo como promotor y
animador de una pastoral de santidad, maestro espiritual de su grey, con el
estilo de vida y el testimonio creíble en palabras y en obras.
La llamada a la santidad compromete al obispo a ser también promotor de
la vocación universal a la santidad en su iglesia. A este fin él debe promover
la espiritualidad y la santidad del pueblo de Dios con iniciativas específicas
acogiendo los carismas antiguos y recientes, signos de la riqueza del Espíritu
Santo. En
comunión con la Santa Madre de Dios 53.
La especial presencia materna de María, honrada con una relación
personal de auténtico amor filial, es sostén del obispo en su vida espiritual.
Cada obispo está llamado a revivir aquel particular acto de entrega de
María y del discípulo Juan a los pies de la cruz (cf. Jn 19,26-27); está
llamado además a verse reflejado en la oración perseverante de los discípulos
con María, la Madre de Jesús, desde la Ascensión hasta Pentecostés (cf. Hch
1,14). Cada obispo y todos los obispos en la comunión fraterna son confiados a
los cuidados maternos de María en el ministerio, en la comunión y en la
esperanza.
Esto comporta una sólida devoción mariana, que consiste en una intensa
comunión con la Santa Madre de Dios en el ministerio litúrgico de santificación
y de culto, en la enseñanza de la doctrina, en la vida y en el gobierno. Este estilo
mariano en el ejercicio del ministerio episcopal deriva del mismo perfil
mariano de la Iglesia. III.
Camino Espiritual del Obispo Un
necesario camino espiritual 54.
La espiritualidad cristiana es un camino con sus etapas, sus pruebas y
sus sorpresas, en un dinamismo de fidelidad a la propia vocación. Las
estaciones de la vida, la tensión constante hacia la perfección y la santidad
personal, según el designio de Dios, ayudan también al obispo a descubrir en
su ministerio un verdadero y propio itinerario espiritual. En medio de
las alegrías y de las pruebas, que no faltan en la vida del pastor, vivirá la
propia historia y la de su pueblo. Un camino que debe recorrer precediendo a su
grey, en la fidelidad a Cristo, con un testimonio también público hasta el
fin.
Podrá y deberá hacerlo con serena confianza y animado por la esperanza
teologal, también cuando se encontrará en
las condiciones de presentar la renuncia al cargo. Sin embargo, no deberá cesar
de vivir hasta el fin, en las formas más apropiadas, el espíritu del
ministerio en la oración o en otras actividades. Con
el realismo espiritual de lo cotidiano 55.
El realismo espiritual enseña además a evaluar cómo el obispo debe
vivir su vocación a la santidad también en su debilidad humana, en la
multiplicidad de compromisos, en los imprevistos cotidianos, en muchos problemas
personales e institucionales. A veces, comprometido y solicitado por tantas
responsabilidades, corre el riesgo de ser superado por los problemas, sin
encontrar válidas respuestas y soluciones.
Cada obispo experimenta el peso de la vida y de la historia; también
sobre él pesan la responsabilidad, el compartir los problemas y las alegrías
de su gente. A veces estará bajo la presión de los medios de comunicación,
ante fenómenos que involucran a la Iglesia y a la defensa de la verdadera
doctrina y de la moral; afrontará acusaciones injustas o problemas de carácter
social.
Por esto necesita cultivar un sereno tenor de vida que favorezca el
equilibrio mental, psíquico, afectivo, capaz de fomentar una disposición a las
relaciones interpersonales, a acoger a las personas y sus problemas, a
ensimismarse con las situaciones tristes o alegres de su gente que quiere
encontrar en él la madurez y la bondad de un padre y de un maestro espiritual.
Al obispo es necesario el coraje en la fatiga de su ministerio, la
audacia en llevar la cruz con dignidad y experimentar la gloria de servir, en
comunión con el Crucificado-Glorioso. En
la armonía del divino y de lo humano 56.
El obispo está llamado a cultivar una espiritualidad a la medida de la humanitas
misma de Jesús, en la cual pueda expresar el aspecto divino y humano de su
consagración y misión. De este modo dará equilibrio a sí mismo en sus
compromisos: la celebración litúrgica y la oración personal, la programación
pastoral, el recogimiento y el reposo, la justa distensión y el congruo tiempo
de vacaciones, el estudio y la actualización teológica y pastoral.
El cuidado de la propia salud, física, psíquica y espiritual, y el
equilibrio de la existencia son también para el obispo un acto de amor hacia
los fieles, una garantía de mayor disponibilidad y apertura a las inspiraciones
del Espíritu.
Armado con estos subsidios de espiritualidad, encuentra la paz del corazón
y la profundidad de la comunión con la Trinidad, que lo ha elegido y
consagrado. En la gracia que Dios le asegura, cada día sabrá desarrollar su
ministerio, atento a las necesidades de la Iglesia y del mundo, como testigo de
la esperanza.
En efecto, el obispo cada día renueva su confianza en Dios y se
enorgullece, como el Apóstol, “en la esperanza de la gloria de Dios...
sabiendo que la tribulación engendra paciencia, la paciencia, virtud probada;
la virtud probada, esperanza” (Rm 5,2-4). De la esperanza deriva además
la alegría. La alegría cristiana, que es, en efecto, alegría en la esperanza
(cf. Rm 12,12), es además objeto de la esperanza. El obispo, testigo de
la alegría cristiana que nace de la cruz, no sólo debe hablar de la alegría,
sino que debe además “esperar la alegría” y testimoniarla ante su pueblo.[69] Fidelidad
hasta el final 57.
Será paciente y perseverante en la esperanza, cuando en el ejercicio de
su ministerio será puesto a la prueba de la enfermedad o será conducido por el
Señor a vivir los últimos años de su vida como una ofrenda en favor de su
rebaño o bien será llamado a dar testimonio de Cristo en difíciles
condiciones de persecución y de martirio, como no raramente ha sucedido y
sucede en nuestro tiempo.
Éstas serán también ocasiones preciosas para que todo el pueblo a él
confiado sepa que su pastor vive el don total de sí como Cristo en la Cruz.
Para esto será también hermoso ver al obispo que, consciente de su
enfermedad, recibe el sacramento de la Unción de los enfermos y el santo viático
con solemnidad y en compañía del clero y del pueblo.[70]
En este último testimonio de su vida terrena él tendrá la ocasión de
enseñar a sus fieles que jamás hay que traicionar la propia esperanza y que
cada dolor del momento presente es aliviado con la esperanza de las realidades
futuras.
En el último acto de su éxodo de este mundo al Padre, él podrá
reasumir y volver a proponer la finalidad de su mismo ministerio en la Iglesia:
señalar la meta escatológica a los hijos de la Iglesia, como Moisés señaló
en el monte Nebo la tierra prometida a los hijos de Israel (cf. Dt 34,1
ss).
En consecuencia también la conclusión de su itinerario con la muerte y
las exequias solemnes celebradas en la iglesia catedral, deben ser un momento
espiritual de gran valor para la vida de los fieles, un canto a la resurrección
del Señor que acoge a sus siervos fieles. Esta es una ocasión propicia para
dejar como don a la Iglesia las palabras de un testamento espiritual y la imagen
de un rostro amigo y cercano, junto a todos los pastores que lo han precedido en
la iglesia particular. El
ejemplo de los santos obispos 58.
El camino espiritual del obispo está iluminado por la gran multitud de
pastores de la Iglesia, que a partir de los apóstoles han iluminado con su
ejemplo la vida de la Iglesia en cada época y en cada lugar. Sería arduo hacer
una lista de estos ilustres modelos que brillan en la Iglesia, cuya santidad ha
sido o será reconocida por la Iglesia. Pero sus nombres y sus rostros están
bien presentes en la vida de la Iglesia universal y de las iglesias locales,
también en la celebración cíclica del año litúrgico o en las lecturas de la
liturgia de las horas.
Pensemos a los santos pastores que desde el comienzo de la Iglesia han
unido la santidad de vida con la predicación y la sabiduría, el sentido
pastoral y también social del mensaje evangélico. Algunos de ellos han dado su
vida a través del testimonio del martirio. Hay santos pastores fundadores de
iglesias recordados y celebrados como santos patronos.
Han existido pastores que resplandecen por su doctrina, que han dado una
contribución específica en los concilios ecuménicos y han puesto en práctica
con sabiduría las directivas de reforma y de renovación. Son también santos
obispos muchos misioneros que han llevado el Evangelio a nuevas tierras y han
organizado la vida de las iglesias locales nacientes. No han faltado hasta
nuestros días testigos de la fe que han pagado con la cárcel, el exilio y
otros sufrimientos, su fidelidad a la Iglesia católica y a la comunión con la
Sede de Pedro. Otros en circunstancias difíciles han dado la vida por su rebaño
como defensores de los derechos humanos y religiosos.
La comunión espiritual con estos pastores es motivo de esperanza y
fuente de impulso apostólico. Cada obispo ve en ellos una manifestación de la
gracia y la fuerza del Espíritu Santo, así como también el modelo de la
fidelidad a la cual está llamado en el propio ministerio pastoral. CAPÍTULO
III EL
EPISCOPADO, MINISTERIO DE COMUNIÓN Amigos
de Cristo, elegidos y enviados por Él 59.
Las palabras de Jesús en la última Cena, en modo especial en el cap. 15
de Juan, se refieren a la vocación de los apóstoles a la luz de la comunión y
de la misión. Jesús habla de la vid y los sarmientos en una figura bíblica
que expresa con claridad la necesidad de la comunión y la fecundidad de la misión.
Aunque la palabra de Jesús tiene una dimensión eclesial y eucarística que
alcanza a todos los fieles, ella se refiere en primer lugar al círculo de los
apóstoles y en consecuencia de sus sucesores.
En el discurso de Jesús sobre la vid y los sarmientos emerge el
dinamismo trinitario de la comunión y de la misión. El padre es el viñador;
Cristo es la verdadera vid; la savia interior de comunión y fecundidad es el
Espíritu Santo que vivifica los sarmientos unidos a la vid, destinados a dar
fruto abundante y duradero. En el centro de esta parábola hay una enseñanza
fundamental: los discípulos de Jesús son llamados a permanecer en comunión
vital con Cristo, con su palabra y sus mandamientos, para crecer a través de la
poda de Dios y dar frutos en abundancia (cf. Jn 15,1-10).
De esto se deriva la necesidad de la comunión con Cristo y en él con el
Padre y el Espíritu, en la vid mística, en la cual se encuentra veladamente
representada la Iglesia.
“Separados de mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5). Según el
sentido de la parábola de la vid, en el Evangelio de S. Juan, Jesús indica a
sus discípulos la comunión con Él como fidelidad a una amistad divina:
“Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando” (Jn 15,14). En
la amistad de Cristo está comprendido el compartir los secretos del Padre, el
don de la vida hasta la muerte, la comunión recíproca en el amor. Ella supone,
de parte de Jesús y en continuidad con su misión que viene del Padre, la
elección y el envío misionero de los discípulos: “No me habéis elegido
vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que
vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca ” (Jn 15,16). De
parte del discípulo se pide la fidelidad a la palabra y a la misión. 60.
El obispo, sarmiento vivo injertado en la vid que es Cristo, su amigo,
discípulo y apóstol, lleva en sí la llamada personal y ministerial a la
comunión y a la misión.
La identidad del obispo en la Iglesia tiene su fundamento en el dinamismo
de la sucesión apostólica, entendida no sólo como investidura de autoridad
sino como extensión trinitaria de la comunión y de la misión.
Elegido por el Señor, llamado a una constante comunión con él, enviado
al mundo, él se identifica con la persona de Jesús en la transmisión de la
vida divina, en la comunión del amor, en el sacrificio de su existencia. I.
El Ministerio Episcopal en una
Eclesiología de Comunión En
la Iglesia imagen de la Trinidad 61.
El Concilio Vaticano II ha dado un lugar privilegiado en su reflexión
teológica a la Iglesia, como lugar de los misterios de la fe, con una
particular atención al tema central de la comunión. De hecho, la Iglesia, es
definida desde el inicio de la Constitución Lumen gentium como “un
sacramento, o sea signo e instrumento de la íntima unión con Dios y de la
unidad de todo el género humano”.[71]
Con razón entonces el documento de la Asamblea Extraordinaria del Sínodo
de los Obispos del 1985 ha afirmado: “la eclesiología de comunión es una
idea central y fundamental en los documentos del Concilio”.[72]
El concepto de comunión está “en el corazón del autoconocimiento de la
Iglesia”.[73]
Ella es a la vez vertical y horizontal, comunión con Dios y entre los hombres,
don de la Trinidad y compromiso en la fe y en el amor, visible e invisible.[74]
La comunión eclesial, fundada sobre la palabra de Dios y sus
sacramentos, especialmente la Eucaristía, expresada en la fe, fundada sobre la
esperanza, animada por la caridad, radicada en la unidad del ministerio de enseñanza
y de gobierno del sucesor de Pedro y de los obispos, posee a la vez fuerza de
unidad y dinamismo misionero. Análogamente al misterio de la Trinidad, que es
comunión y misión para la salvación del mundo, la Iglesia, imagen viviente de
la Trinidad, con la fuerza misma del Espíritu, es convocación (ekklesía)
y manifestación (epiphanía) misionera para la salvación del mundo.
La Iglesia debe ser siempre y en todas partes, en medida creciente,
participación y sacramento del amor trinitario, para la salvación del mundo.
En consecuencia, tiene la fuerza misma del Espíritu, que en la Trinidad es
principio de comunión y de misión en el amor. 62.
Por lo tanto, la Iglesia es el misterio-sacramento en el cual convergen
la evangelización y la catequesis, la celebración de los misterios, la
espiritualidad eclesial, la vida de caridad de los cristianos, la acción y el
testimonio misionero. Sólo en una auténtica perspectiva eclesial pueden ser
comprendidos los compromisos morales, las estrategias pastorales, los caminos de
espiritualidad vivida.
Comunión y misión se implican mutuamente. La fuerza de la comunión
hace crecer la Iglesia en extensión y en profundidad. Pero la misión hace
crecer también la comunión, que se extiende, como círculos concéntricos,
hasta alcanzar a todos. En efecto, la Iglesia se difunde en las diversas
culturas y las introduce en el Reino, [75]
de modo que todo lo que de Dios ha salido a Dios pueda volver. Por esto se ha
afirmado: “La comunión se abre a la misión, haciéndose ella misma misión”.[76]
La comunión corresponde al ser de la Iglesia, recuerda el destino de
todos los carismas al ágape, a la comunión en la unidad, en el mismo
designio de salvación, en el mismo proyecto eclesial.
La unidad de la Iglesia como comunión y misión no pertenece sólo a la
esencia de su misterio y de su compromiso en el mundo, ella es también la
garantía y el sello de su obrar divino: todo proviene del designio trinitario
de Dios, que en su unidad está en el origen de todo y es también el destino
final de todo, según la visión de la historia de la salvación que involucra a
la humanidad y al cosmos. En
una eclesiología de comunión y de misión 63.
También en nuestro tiempo la unidad es un signo de esperanza ya sea que
se trate de los pueblos, ya sea que se hable del obrar humano por un mundo
reconciliado. Pero la unidad es
también signo y testimonio creíble de la autenticidad del Evangelio. De aquí
nace la urgencia también en nuestro mundo de la unidad de la Iglesia y de un
modo particular de la unidad de todos del discípulos de Cristo, para que el
mundo crea (cf. Jn 17,21).
El misterio trinitario, que es misterio de comunión en la reciprocidad,
es como el cuadro de referencia de la vida de la Iglesia, de su misión, de sus
ministerios y por lo tanto del ministerio episcopal.
Tal perspectiva es un signo de esperanza para el mundo en medio de las
disgregaciones de la unidad, de las contraposiciones y de los conflictos. La
fuerza de la Iglesia está en la comunión, su debilidad está en la división y
en la contraposición. 64.
El ministerio episcopal se encuadra en esta eclesiología de comunión y
de misión que genera un obrar en comunión, una espiritualidad y un estilo de
comunión.
En efecto, en este ministerio se expresa la unidad de la sucesión apostólica
en el Colegio de los obispos, bajo el ministerio petrino. Además, en el obispo
converge la iglesia particular, la comunidad del pueblo de Dios, con los presbíteros,
los diáconos, las personas consagradas, los laicos.
Esta comunión en la unidad es sostenida por la caridad pastoral y por la
esperanza sobrenatural en la actuación de designio divino con la fuerza del Espíritu
Santo. Unidad
y catolicidad del ministerio episcopal 65.
Enviado en nombre de Cristo como pastor de una iglesia particular, el
obispo cuida la porción del pueblo de Dios que le ha sido confiada y la hace
crecer como comunión en el Espíritu por medio del Evangelio y de la Eucaristía.
En ella es visible el principio y fundamento de la unidad de la fe, de los
sacramentos y del gobierno en razón de la potestad recibida.[77]
Sin embargo, cada obispo es pastor de una iglesia particular en cuanto es
miembro del Colegio de los obispos. En este mismo Colegio cada obispo está
inserido en virtud de la consagración episcopal y mediante la comunión jerárquica
con la Cabeza del Colegio.[78]
De esto derivan para el ministerio del obispo algunas consecuencias que, aún en
forma sintética, es oportuno considerar.
La primera es que el obispo no está nunca solo. Esto es verdad no
solamente respecto a su colocación en la propia iglesia particular, sino también
en la Iglesia universal, unido como está - por la naturaleza misma del
episcopado uno e indivisible[79]
- a todo el Colegio episcopal, el cual sucede al Colegio apostólico. Por esta
razón cada obispo está simultáneamente en relación con la iglesia particular
y con la Iglesia universal.
Visible principio y fundamento de la unidad en la propia iglesia
particular, cada obispo lleva en sí el vínculo visible de comunión eclesial
entre su iglesia y la Iglesia universal. Por esto todos los obispos, aún
residiendo en diversas partes del mundo, pero siempre custodiando la comunión
jerárquica con la Cabeza del Colegio episcopal y con el mismo Colegio en su
totalidad, dan consistencia y figura a la catolicidad de la Iglesia; al mismo
tiempo confieren a la iglesia particular, de la que son encargados, la misma
nota de catolicidad.
“El obispo es principio y fundamento visible de la unidad en la iglesia
particular confiada a su ministerio pastoral, pero para que cada iglesia
particular sea plenamente Iglesia, es decir, presencia particular de la Iglesia
universal con todos sus elementos esenciales, y por lo tanto constituida a imagen
de la Iglesia universal, debe hallarse presente en ella, como elemento
propio, la suprema autoridad de la Iglesia: el Colegio episcopal ‘junto con su
Cabeza, el Romano Pontífice, y jamás sin ella’”.[80]
En la comunión de las Iglesias, entonces, el obispo representa su
iglesia particular y, en ésta, él representa la comunión de las iglesias.
Mediante el ministerio episcopal, en efecto, cada iglesia particular, que también
es una portio Ecclesiae universalis,[81]
vive la totalidad de la una-santa y está presente en ella la totalidad de la
católica-apostólica.[82] 66.
La segunda consecuencia, sobre la que parece oportuno detenerse, es que
justamente esta unión colegial, o comunión fraterna de caridad, o afecto
colegial, es la fuente de la solicitud que cada obispo, por institución y
mandato de Cristo, tiene con respecto a toda la Iglesia y a todas las otras
iglesias particulares. Así se dilata también su solicitud por “aquellas
regiones del orbe terrestre en que todavía no ha sido anunciada la palabra de
Dios, o en que, principalmente por el escaso número de sacerdotes, se hallan
los fieles en peligro de apartarse de los mandamientos de la vida cristiana y aún
de perder la fe misma”.[83]
Por otra parte, los dones divinos, mediante los cuales cada obispo
edifica su iglesia particular, o sea el Evangelio y la Eucaristía, son los
mismos que no sólo constituyen cada iglesia particular como reunión en el Espíritu,
sino que también la abren, cada una, a la comunión con todas las otras
iglesias. El anuncio del Evangelio, en efecto, es universal y, por voluntad del
Señor, está dirigido a todos los hombres y es inmutable en todos los tiempos.
Luego, la celebración de la Eucaristía por su misma naturaleza y como
todas las otras acciones litúrgicas, es acción de toda la Iglesia, pertenece
al entero cuerpo de la Iglesia, lo manifiesta y lo implica.[84]
También de aquí surge el deber de todo obispo, como legítimo sucesor de los
apóstoles y miembro del Colegio episcopal, de ser en cierto modo garante de la
Iglesia toda (sponsor Ecclesiae).[85] En
comunión con el Sucesor de Pedro 67.
La eclesiología de comunión, característica de la Iglesia Católica,
expresa las múltiples relaciones de unidad no sólo en la misma fe, esperanza y
caridad, en la misma doctrina y en los sacramentos, entre todas las iglesias
particulares, sino también en la concreta comunión con el Romano Pontífice,
principio visible de la unidad de la Iglesia. Esta realidad se manifiesta en la
santificación y en el culto, en la doctrina y en el gobierno, según el
proyecto divino de Cristo, que ha querido que Pedro y sus sucesores fueran
principio de unidad visible para que confirmaran a los hermanos en la fe.[86]
La unidad de la Iglesia, en comunión y bajo la guía del sucesor de
Pedro, es además fuente de esperanza para el futuro. El designio de Dios es la
unidad de la entera familia humana y la Iglesia católica conserva en su
estructura este precioso don.
Tal unidad es fuente de confianza y de esperanza para el futuro de la
misión de los cristianos en el mundo. En efecto, ella es garantía de la
continuidad de la verdad y de la vida del Evangelio: la plenitud de una Iglesia
que sea una, santa, católica y apostólica, como fue querida por Cristo, y que
“subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los
obispos en comunión con él”.[87] 68.
Múltiples son los vínculos que unen a cada obispo con el ministerio de
Pedro. En primer lugar, la comunión en la vida divina, especialmente a través
de la celebración de la Eucaristía, fundamento de la unidad de la Iglesia en
Cristo.[88]
Cada celebración de la Eucaristía, signo de la “sanctorum communio”,
o sea de la comunión de los santos y de las cosas santas, según la apreciada
expresión de la antigüedad cristiana,[89]
tiene lugar en unión, no sólo con el propio obispo, sino ante todo con el Papa
y con el orden episcopal, en consecuencia con el clero y con todo el pueblo de
Dios, como lo expresan los diversos formularios de la plegaria eucarística.[90]
A esto se agrega la comunión en la predicación del Evangelio y en la
recta doctrina, en fidelidad al magisterio de la Iglesia que el Romano Pontífice
ejerce, especialmente en las cuestiones de fe y costumbres. La cordial acogida y
difusión del magisterio pontificio es signo de auténtica comunión y garantía
de unidad en la Iglesia, también para guiar el pueblo de Dios por los senderos
de la verdad, especialmente en campos doctrinales que exigen también el estudio
profundo y específico de nuevas problemáticas.[91]
Por último también la necesaria unidad en la disciplina eclesiástica
es signo de comunión en la verdad y en la vida, aún con las legítimas
variaciones, según el derecho. Colaboración
en el ministerio petrino 69.
La pertenencia al Colegio de los obispos, que no puede ser concebida sin
la comunión con su Cabeza visible que es el Romano Pontífice, tiene varias
formas de participación y de ejercicio de la colegialidad.
Justamente en cuanto pertenece al Colegio episcopal, cada obispo en el
ejercicio de su ministerio se encuentra y está en una viva y dinámica comunión
con el obispo de Roma, Sucesor de Pedro y Cabeza del Colegio, y con todos los
otros hermanos obispos esparcidos en el mundo entero. En tal comunión se actúa
también la solicitud por todas las iglesias diseminadas por el mundo y la
dimensión de misión, de cooperación y de colaboración misionera, que es
propia del ministerio episcopal.
Una específica forma de colaboración con el Romano Pontífice en la
solicitud por toda la Iglesia es el Sínodo de los Obispos, donde tiene lugar un
fructuoso intercambio de noticias y de sugerencias y son delineadas, a la luz
del Evangelio y de la doctrina de la Iglesia, las orientaciones comunes que, si
son hechas propias por el Papa y por él son propuestas a toda la Iglesia,
vuelven a las iglesias locales en beneficio de ellas mismas. En tal modo la
Iglesia entera es válidamente sostenida para mantener la comunión en la
pluralidad de las culturas y de las situaciones.
Fruto y expresión de esta unión colegial es la colaboración de los
obispos pertenecientes a todas partes del orbe católico en los organismos de la
Santa Sede, en particular en los dicasterios de la Curia Romana y en varias
comisiones, donde pueden eficazmente llevar su propia contribución como
pastores de iglesias particulares. Las
visitas "ad limina" y las relaciones con la Santa Sede 70.
Un momento importante, manifestación de la unión con el Papa y con los
organismos de la Santa Sede, es el constituido por las visitas ad limina.
Ellas se desarrollan en la comunión sacramental de la celebración eucarística,
en la oración común, en el encuentro personal de los obispos con el Papa y sus
colaboradores. Son ocasiones de discernimiento que llevan al centro de la comunión
visible las realidades, las ansias, las esperanzas, las alegrías y los
problemas de las iglesias particulares para un enriquecimiento de la catolicidad
y una particular experiencia de unidad.
En los últimos tiempos, en ocasión de tales visitas, los mismos
pastores han tenido la oportunidad de compartir entre ellos momentos de oración,
en compañía de los más estrechos colaboradores diocesanos y de algún grupo
de fieles, poniendo así en evidencia un verdadero y auténtico sentido de
renovación de las visitas de los pastores de las iglesias particulares “ad
limina apostolorum”.[92]
Muchos obispos en las respuestas a los Lineamenta, expresan el
deseo que la relación entre el Sucesor de Pedro y los obispos diocesanos, a
través de los dicasterios de la Santa Sede y los representantes pontificios,
sea cada vez más marcada por criterios de colaboración recíproca y de estima
fraterna, como actuación concreta de una eclesiología de comunión, en el
respeto de las competencias. Las
conferencias episcopales 71.
Los obispos viven su comunión con los otros Pastores en el ejercicio de
la colegialidad episcopal. Desde la antigüedad cristiana tal realidad de comunión
ha encontrado una expresión particularmente calificada en la celebración de
los Concilios ecuménicos, también en los concilios particulares, tanto
plenarios como provinciales, concilios que todavía hoy tienen una utilidad,
contemporáneamente a la consolidación de las Conferencias episcopales.
A partir del siglo pasado, en efecto, han nacido las Conferencias
episcopales que en el Decreto Christus Dominus han encontrado una acogida
particular y en el CIC una específica normativa.[93]
Recientemente, siguiendo las recomendaciones del Sínodo Extraordinario de 1985,
que pedía un estudio sobre la naturaleza teológica de las Conferencias
episcopales, Juan Pablo II ha promulgado, a propósito, el Motu proprio Apostolos
suos, que esclarece y analiza detalladamente todo el argumento.[94]
En el Directorio Ecclesiae imago venía de algún modo expresada
su naturaleza con estas palabras: “La Conferencia episcopal ha sido instituida
con el fin de que pueda hoy por hoy aportar una múltiple y fecunda contribución
a la aplicación concreta del afecto colegial. Por medio de las Conferencias se
fomenta de manera excelente el espíritu de comunión con la Iglesia universal y
de las diversas iglesias particulares entre sí”.[95] 72.
Quedando firme la autoridad de cada obispo en su iglesia particular,
“en la Conferencia los obispos ejercen unidos el ministerio episcopal en favor
de los fieles del territorio de la Conferencia; pero, para que tal servicio sea
legítimo y obligatorio para cada obispo, es necesaria la intervención de la
autoridad suprema de la Iglesia que, mediante ley universal o mandato especial,
confía determinadas cuestiones a la deliberación de la Conferencia
episcopal”.[96]
“El ejercicio conjunto del ministerio episcopal incluye también la
función doctrinal”.[97]
Los obispos reunidos en la Conferencia episcopal deben procurar que el
magisterio universal llegue al pueblo a ellos confiado.[98]
Para que las declaraciones doctrinales de la Conferencia episcopal obliguen a
los fieles a adherir a ellas con religioso obsequio de ánimo deben, o ser
aprobadas por unanimidad, o bien, aprobadas por mayoría cualificada, obtener la
recognitio de la Sede Apostólica.[99]
Las Iglesias orientales patriarcales y arzobispales mayores tienen sus
propias instituciones de carácter sinodal, como el Sínodo patriarcal[100]
y la Asamblea patriarcal, y gozan de leyes propias. El mismo CCEO contempla las
asambleas de los jerarcas de diversas iglesias sui iuris.[101]
Existen también organismos como las Reuniones Internacionales de
Conferencias Episcopales a nivel continental o regional por su cercanía, que, aún
no teniendo las competencias de las Conferencias episcopales, propiamente
dichas, según las normas del derecho canónico, sin embargo, son instrumentos
útiles a través de los cuales se establecen relaciones de colaboración entre
los obispos en vista del bien común.[102] Comunión
afectiva y efectiva 73.
Las relaciones que se establecen entre los obispos, ya sea en el ámbito
de los Sínodos patriarcales de la Iglesias orientales, ya sea a través de las
Conferencias episcopales, ya sea mediante otras formas de colaboración y comunión,
cada una según la propia naturaleza teológica y jurídica, no deben ser vistas
sólo en función del trámite burocrático de cuestiones internas y externas.
Es más, en el espíritu de comunión entre los pastores de las iglesias y en el
affectus collegialis, propio de la participación sacramental a la
solicitud por el entero pueblo de Dios, dichas relaciones deben constituir una
verdadera experiencia de espiritualidad, un ejercicio de comunión afectiva y
efectiva.
Las asambleas episcopales deben entonces desarrollarse en la escucha recíproca
en virtud de la común responsabilidad y solicitud eclesial. Ellas constituyen
momentos de responsabilidad pastoral, de evangélica fraternidad, de compartir
problemas, de verdadero discernimiento eclesial y espiritual; son momentos en
los cuales los obispos iluminan con la sabiduría del Evangelio los problemas de
nuestro tiempo, en una mutua ayuda que se confía a la gracia del Señor,
presente en medio de los que están reunidos en su nombre (cf. Mt 18,20),
y a la asistencia del Espíritu Santo que guía a la Iglesia. 74.
Esta ayuda recíproca entre los obispos, y en modo especial de parte de
los metropolitanos, puede y debe transformarse en estímulo, en sostén en el
discernimiento, en consejo recíproco y eventualmente en una oportuna corrección
fraterna, según el Evangelio, en momentos de dificultad.
Algunos esperan que en razón de la comunión fraterna en la gracia del
Episcopado y en la unidad de la Iglesia se establezcan relaciones de ayuda
recíproca entre diócesis grandes y pequeñas, con aquellas ayudas que se
revelarán oportunas como el intercambio de agentes de pastoral, de medios económicos
y de subsidios, así como también la constitución de estructuras y organismos
comunes, cuando las diócesis sean vecinas. Hay que alentar también las
relaciones de fraternidad entre diócesis, como gemelas, como iglesias
esparcidas por el mundo, especialmente con aquellas más necesitadas y jóvenes,
como signo de solicitud por la Iglesia universal.
En las respuestas a los Lineamenta se pide aclarar las relaciones
cuando, por varias razones, especialmente por la diversidad de iglesias “sui
iuris” o bien por la existencia de una prelatura personal o de un
ordinario militar, diversos obispos dentro del mismo territorio se encuentran
ejerciendo la función de pastor respecto a sus respectivos fieles. Es necesario
que se establezcan definidos criterios para favorecer el testimonio de la
unidad. II.
Algunos Problemas Particulares Distintas
tipologías del ministerio episcopal 75.
De las respuestas a los Lineamenta emergen algunas cuestiones que
merecen una especial atención, de tal manera que puedan ser aclaradas, a la luz
de los últimos años, particulares tareas, derechos y deberes, en el respeto de
los dones propios de cada obispo.
La primera de estas cuestiones toca la variedad del ministerio
episcopal, como se ha delineado a través de la historia y de las
tradiciones de la Iglesia.
Dentro de la Iglesia sobresale el ministerio del obispo elegido y
consagrado al servicio de una iglesia particular. Entre éstos está investido
por el Señor de una función particular el Obispo de Roma. La Iglesia
que está en Roma preside la asamblea universal de la caridad, posee una
particular principalidad y, por su peculiar vínculo con el apóstol Pedro, su Obispo
es Cabeza y Pastor de la Iglesia universal.[103]
Él, animado por el Espíritu del Buen Pastor, apacienta el rebaño universal de
Cristo y confirma a los hermanos en la verdad, como signo de comunión y de
unidad ante todas las otras iglesias y confesiones cristianas, ante las otras
religiones y ante la entera sociedad.
Una particular figura episcopal, según la tradición de la Iglesia,
revisten los obispos que, con el título de Patriarca, presiden las
Iglesias católicas orientales. Al Patriarca está reservado un especial honor
como Padre y Cabeza de su iglesia patriarcal.[104]
En las Iglesias orientales católicas se encuentran también los arzobispos
mayores, que son metropolitanos de una sede determinada reconocida por la
suprema autoridad de la Iglesia. Ellos presiden una entera Iglesia oriental sui
iuris que no tiene título patriarcal.[105]
Los arzobispos y obispos diocesanos o eparquiales
son constituidos pastores de sus respectivas iglesias particulares.
Existen, además de los arzobispos y obispos diocesanos al frente de una
iglesia particular residencial, otros arzobispos y obispos, a quienes ha sido
conferida la gracia y la dignidad episcopal, al servicio de toda la Iglesia y
con un particular vínculo con el ministerio petrino en el gobierno de la
Iglesia; entre éstos los obispos creados cardenales sin una sede particular.
Otros colaboran con el Romano Pontífice en la solicitud de la Iglesia universal
y están al servicio de la Santa Sede, con cargos en la Curia Romana o en las
Nunciaturas y Delegaciones apostólicas.
Hay que mencionar además los obispos metropolitanos de las
Iglesias de Oriente que están encargados de una provincia dentro de los límites
del territorio de una Iglesia Patriarcal, a norma del propio derecho particular.
También en la Iglesia latina se encuentran los metropolitanos, que presiden una
provincia eclesiástica con propios derechos y deberes a norma del derecho.
Los obispos coadjutores y auxiliares, sean
diocesanos o eparquiales, están al servicio de las propias diócesis o eparquías
y colaboran con el obispo diocesano o eparquial cuando las circunstancias lo
aconsejan, a norma del propio derecho.
Esta simple enumeración ilustra la rica variedad del ministerio
episcopal en la Iglesia universal y particular desde el punto de vista teológico
e institucional. Los
obispos eméritos 76.
Hoy han aumentado en modo considerable los obispos que por las razones
previstas en el derecho han sido dispensados de la función pastoral. Se ha
puesto repetidamente el problema de una mayor participación de ellos en la vida
eclesial.
Los obispos eméritos, continuando a formar parte del Colegio Episcopal,
mantienen el derecho/deber de participar en los actos del Colegio en los modos
previstos por el derecho.[106]
Además, vista su experiencia pastoral, son consultados sobre las
cuestiones de índole general. Para que, entonces, permanezcan informados sobre
los problemas de mayor importancia, deben ser enviados a ellos con anticipación
los documentos de la Santa Sede y, de parte del obispo diocesano, el boletín
eclesiástico y otros documentos. Por su competencia en determinadas materias
ellos pueden ser contados entre los miembros adjuntos de los Dicasterios de la
Curia Romana y ser nombrados consultores de los mismos; ser elegidos, en los
casos previstos por los estatutos de la diversas Conferencias episcopales, para
el Sínodo de los obispos; participar en alguna reunión o comisión de estudio,
si en los estatutos de la Conferencias de los obispos no fuera prevista su
presencia con voto deliberativo.[107]
En las respuestas a los Lineamenta se espera que cuanto está
previsto por el derecho sea llevado a fiel aplicación.
Se pide que no falte a cada obispo emérito un adecuado trato económico
y se busquen laudables soluciones que eviten su aislamiento y favorezcan su
plena vitalidad eclesial.
Conviene tomar en consideración las necesarias atenciones debidas a los
obispos ancianos o enfermos que también constituyen en la Iglesia y en medio de
los fieles un ejemplo de amor a Cristo y de donación de la vida en su
ministerio, en la oración y en el sufrimiento.
Finalmente, el consejo de los hermanos obispos puede ser de gran ayuda y
consuelo en el momento en el cual llega el tiempo de renunciar al oficio. De la
sabiduría, comprensión y aliento de otros obispos puede venir también la
ayuda para que en este difícil pasaje humano y espiritual, las decisiones que
se refieren al propio futuro puedan ser tomadas con serenidad y confianza en la
divina providencia. Elección
y formación de los obispos 77.
Entre las respuestas a los Lineamenta algunas se refieren al
argumento de las consultaciones previas a la elección de los obispos, con el
objeto de que a través de dichas consultaciones se pueda favorecer la elección
del candidato más adecuado a la misión para la cual es destinado.
Dada la especial responsabilidad del ministerio episcopal, se considera
siempre más la oportunidad de iniciativas particulares en favor de los obispos
recientemente nombrados. Para ellos en los últimos años han sido propuestas
actividades formativas, para que tengan la ocasión de prepararse mejor a
responder a las exigencias del ministerio desde el punto de vista teológico,
pastoral, canónico, espiritual y administrativo.
A través de oportunos programas de formación permanente se propone
también la necesaria actualización doctrinal, pastoral y espiritual de los
obispos junto con un aumento de la comunión colegial y de la eficacia pastoral
en las respectivas diócesis.
Además, en vista, de las ordinarias y graves decisiones a tomar, se
siente la particular necesidad de invitar a los obispos a destinar un tiempo
adecuado a la meditación y a la contemplación en medio de las tareas
cotidianas del ministerio, cuando la urgencia de las cuestiones golpea a la
puerta del corazón y la preocupación del pastor invoca la pausa de la piedad y
la escucha del Espíritu en la serenidad interior. CAPÍTULO IV EL
OBISPO AL SERVICIO DE SU IGLESIA La
imagen bíblica del lavatorio de los pies: Jn 13,1-16 78.
En el punto culminante de su vida, cuando Jesús comienza la última
etapa de su éxodo pascual, para ofrecerse libremente al Padre por nuestra
salvación, se revela ante sus discípulos como el siervo de todos.
Con el lavatorio de los pies, Jesús ha dejado la imagen del amor
servicial hasta el don de la vida, como modelo para los verdaderos discípulos
del Evangelio. El ejemplo de Cristo exige una continuidad de su misma actitud:
“Os he dado ejemplo, para que también vosotros hagáis como yo he hecho con
vosotros” (Jn 13, 15). Este gesto de humilde servicio, que todo obispo
esta llamado a repetir ritualmente cada año el Jueves Santo en la celebración
de la Cena del Señor, está vinculado al ministerio de la caridad, al
mandamiento nuevo del amor recíproco (cf. Jn 13, 34-35) y se muestra
como un signo que tiene su cumplimiento en la Eucaristía y en el sacrificio de
la muerte en cruz. Servicio, caridad, Eucaristía, cruz y resurrección,
aparecen íntimamente ligados entre sí en la vida de Jesús, en su enseñanza y
en el ejemplo que dejó para su Iglesia, en su memorial.
A la luz de esta imagen joánica el ministerio del obispo en su iglesia
particular aparece como un servicio de amor y su figura, como la de Cristo,
siervo de los hermanos. Con estos sentimientos, Jesús cumplió aquel gesto
también como signo de esperanza, sabiendo que el Padre había puesto todo en
sus manos y que había venido del Padre y al Padre tornaba, con la esperanza
cierta de volver a ver a sus discípulos después de la Pascua (cf. Jn
13,3). Así también, el obispo en la humildad de su servicio proclamará la
esperanza con la palabra, la celebrará con los sacramentos, la actuará en
medio a su pueblo y con su gente, como el humilde inclinarse hacia todas las
necesidades de los fieles, en modo especial hacia los más necesitados. I.
El Obispo en su Iglesia Particular La
iglesia particular 79.
La misión específica del ministerio episcopal adquiere una particular
relevancia y concretización en la iglesia particular, para la cual el obispo
diocesano ha sido elegido y consagrado. El ministerio de los obispos se hace
especifico como un servicio a las iglesias particulares dispersas por el mundo,
en las cuales y a partir de las cuales ("in quibus et ex quibus")
existe la sola y única Iglesia católica.[108]
La mutua relación de identidad y representación que coloca al obispo al
centro de la iglesia particular se expresa en la sentencia de la tradición,
formulada con las palabras de Cipriano: “Debes saber que el obispo está en la
Iglesia y la Iglesia está en el obispo, y si uno no está con el obispo no está
tampoco en la Iglesia”.[109]
Así, el ministerio del obispo está todo en relación a su iglesia, que lo
comprende a él mismo, y representa una serie de elementos de comunión y de
unidad en la Iglesia universal. Por otra parte, no se puede pensar en una
iglesia particular sin la referencia a su pastor. La iglesia particular se puede
explicar a partir de la triple función episcopal de la santificación, del
magisterio y del gobierno, que se entrelaza con la dimensión profética,
sacerdotal y real del Pueblo de Dios.[110]
Por ello, como ya recordaba el Directorio Ecclesiae imago, el
obispo “debe armonizar en su propia persona los aspectos de hermano y de
padre, de discípulo de Cristo y de maestro de la fe, de hijo de la Iglesia y,
en un cierto sentido, de padre de la misma, por ser ministro de la regeneración
sobrenatural de los cristianos (cf. 1 Co 4,15)”.[111] Un
misterio que converge en el obispo junto a su pueblo 80.
En la persona del obispo, unido a su pueblo, convergen las características
de la comunión eclesial. Se manifiesta en él la comunión trinitaria, porque
él se convierte en signo del “Padre”; es presencia de Cristo, “cabeza,
esposo y siervo”; es “ecónomo” de la gracia y hombre del Espíritu. Se
cumple en el obispo la comunión apostólica, que lo hace testigo de la
tradición viva del Evangelio, en conexión con la sucesión apostólica. Obra
en él la comunión jerárquica que lo une al carisma petrino, como los
apóstoles estaban unidos a Pedro en Jerusalén.
En la gracia de su ministerio de maestro, sacerdote y pastor se hace
concreta la unidad de la iglesia particular, que encuentra en él el
punto de comunión entre los presbíteros y las diversas parroquias y asambleas
locales; éstas, en comunión con él, se hacen “legítimas”. Él es, en
fin, animador de la comunión de carismas y ministerios de los otros fieles
de Cristo, consagrados y laicos, que encuentran en él el principio de
unidad y de fuerza misionera.
También en la persona del obispo se manifiesta la reciprocidad entre la
Iglesia Universal y las iglesias particulares, que abiertas las unas a las
otras, se reencuentran como porciones del pueblo de Dios y “portiones Ecclesiae”[112]
en la una, santa, católica y apostólica, la cual preexiste a ellas y en ellas
se encarna como comunidades históricas, territoriales y culturales concretas. Palabra,
Eucaristía, comunidad 81.
En el Decreto sobre el oficio pastoral de los obispos en la Iglesia Christus
Dominus encontramos trazada en términos teológicos la imagen de la iglesia
particular con estas palabras, referidas explícitamente a la diócesis: “La
diócesis es una porción del Pueblo de Dios que se confía al obispo para ser
apacentada con la cooperación de sus sacerdotes, de suerte que, adherida a su
pastor y reunida por él en el Espíritu Santo por medio del Evangelio y la
Eucaristía, constituya una iglesia particular, en que se encuentra y opera
verdaderamente la Iglesia de Cristo, que es una, santa, católica y apostólica.”[113]
Los elementos constitutivos de la iglesia particular en torno al obispo
pueden ser resumidos en estas instancias fundamentales de la eclesiología del
Nuevo Testamento:[114]
a) La predicación del Evangelio como presencia de Cristo y de su
Palabra. Esta Palabra hace la Iglesia. La Iglesia nace ante todo de la Palabra;
ella es “creatura Verbi”, en el soplo vivificante del Espíritu. En
efecto, la Iglesia comienza a ser "ecclesia", comunidad de los
convocados a través de la Palabra del Evangelio; es formada y como plasmada por
la Palabra proclamada, acogida con fe, predicada continuamente, como nos enseñan
los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 2, 42 ss). Por eso son intrínsecas
a la Iglesia la proclamación litúrgica de la Palabra, la evangelización y la
catequesis, en la potencia vivificadora del Espíritu.
b) El misterio de la Cena del Señor o Eucaristía que hace la
Iglesia. Es, precisamente, Cristo la Cabeza y el Esposo de la Iglesia y es la
Eucaristía el memorial sacramental de la muerte y resurrección del Cristo
glorioso que hace a la Iglesia una, santa, católica y apostólica.
c) Esta sinaxis, que se hace concreta también en “comunidades pequeñas,
pobres y dispersas”, presupone
y genera la vida teologal: el amor, la esperanza y la caridad, es decir, la
existencia cristiana que se expresa en la comunión entre los fieles y en su
misión. La Eucaristía es siempre fuente y culmen de la vida de la Iglesia.[115]
En estos tres signos se pueden advertir tres características originales
del ser cristiano. En efecto, la Iglesia en su comunicación con el Maestro
invisible y con su Espíritu recibe la Palabra del Evangelio, celebra el
misterio de la Cena del Señor y vive en la caridad mediante la misma fe y la
misma esperanza. Una,
santa, católica y apostólica 82.
La iglesia particular lleva consigo toda la compleja realidad de la
Iglesia como Pueblo de Dios; empeña a todos los bautizados en su múltiple y
comprometida realidad sacerdotal, profética y real, junto con la variedad de
ministerios ordenados y carismas.
Se trata de un pueblo sellado por la gracia de los sacramentos,
constituido Iglesia en Cristo y en el Espíritu para gloria del Padre. Pero es
también un pueblo peregrino, radicado aquí y ahora en una tierra, en una
historia, en una cultura.
La iglesia particular es llamada continuamente a medirse con la riqueza
de la Iglesia universal que ella misma actualiza, hace presente y operante. Es
iglesia local, particular, pero proyectada en el plan escatológico que
comprende: la unidad en la vida teologal, en el ministerio, en los
sacramentos, en la vida, en la misión, en comunión con Pedro; la santidad en
la riqueza del Evangelio vivido y en la madura y rica experiencia de los dones
del Espíritu Santo; la catolicidad como cordial comunión con todos, en
la apertura a la universalidad de la Iglesia y a sus múltiples riquezas, que
han de ser integradas en la reciprocidad; la apostolicidad, en virtud de
la tradición de fe y de vida sacramental que viene de los apóstoles, con la
fuerza del mandato misionero hasta los confines de la tierra y hasta el fin de
los tiempos. Una
Iglesia con rostro humano 83.
La Iglesia es la convergencia de lo divino y lo humano; por ello, su raíz
divina es la Trinidad, pero, como campo y viña de Dios, ella está también
plantada en esta tierra; como pueblo en camino vive en un lugar, tiene una
historia, un presente y un futuro. Una iglesia particular posee, en efecto, sus
tradiciones y a veces incluso sus liturgias, conserva las huellas de la historia
de la salvación pasada y presente, de las cuales vive y se proyecta hacia un
futuro.
Es necesario valorar esta realidad terrena de la iglesia particular, que
vive aquí y hoy, para entender profundamente su ser y su actuar, sus riquezas y
sus debilidades, sus necesidades, en vista de la evangelización y el
testimonio. Como iglesia particular, además, tiene la conciencia de estar en la
comunión de las cosas santas y de los santos del cielo y de la tierra,
que es la verdadera y grande “communio sanctorum”.
Además, la Iglesia es comunión de personas y de rostros, donde cada uno
es irrepetible y donde ninguna individualidad es cancelada. Los rostros indican
la concreción de lo vivido de parte de las personas, hombres y mujeres de toda
edad y condición.
En esta “iglesia de los rostros” se puede leer un mensaje concreto,
una urgencia de presencia, de evangelización, de testimonio, un ofrecimiento de
diálogo, un pedido de autenticidad. Cada vez que se piensa en la iglesia
particular no se deben olvidar los rostros concretos porque en ellos se refleja
la imagen viva del Cristo. Pablo VI ha recordado que “la Iglesia universal se
encarna de hecho en las iglesias particulares, constituidas de tal o cual porción
de humanidad concreta, que hablan tal lengua, son tributarias de una herencia
cultural, de una visión del mundo, de un pasado histórico, de un sustrato
humano determinado”.[116]
En realidad, también cada iglesia particular tiene su rostro peculiar,
humano y geográfico, que determina también una organización pastoral
particular. Hay diócesis que comprenden ciudades modernas especialmente
populosas; otras se extienden en territorios grandes y difíciles de recorrer
por parte del Pastor. Iglesia
universal, iglesia particular 84.
El Documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe Communionis
notio, con el fin de especificar algunos valores y límites de la eclesiología
de comunión y de la eclesiología eucarística, ha querido aclarar con razón
algunos aspectos de la plenitud y de los límites de la iglesia particular, para
que responda a su auténtica perspectiva católica.
Así, por ejemplo, pone en guardia contra un concepto de iglesia
particular que presente la comunión de cada iglesia de modo tal que debilite,
en el plano visible e institucional, la concepción de la unidad de la Iglesia.
“Se llega así a afirmar- observa el documento - que cada iglesia particular
es sujeto en sí mismo completo, y que la Iglesia universal resulta del
reconocimiento recíproco de las iglesias particulares. Esta unilateralidad
eclesiológica, reductiva no
sólo en el concepto de Iglesia universal sino también en el de iglesia
particular, manifiesta una insuficiente
comprensión del concepto de comunión”.[117]
Justamente para no ensombrecer la comunión en su dimensión de
universalidad, en el mismo documento se encuentra una afirmación iluminadora:
“en la Iglesia nadie es extranjero: especialmente en la celebración de la
Eucaristía, todo fiel se encuentra en su Iglesia, en la Iglesia de Cristo”.[118]
En efecto, cada fiel, pertenezca o no a la diócesis, a la parroquia o a la
comunidad particular, en la celebración de la Eucaristía debe sentirse siempre
en su Iglesia. Aún perteneciendo a una iglesia particular en la cual ha sido
bautizado o vive o participa de la vida de Cristo, el fiel pertenece de algún
modo a todas las iglesias particulares.[119]
Este misterio de unidad es confiado al ministerio del obispo en la
referencia indisoluble de la iglesia particular a la Iglesia universal. 85.
En esta porción del Pueblo de Dios una comunidad perteneciente a la única
familia de Dios, vive plenamente la referencia al Reino de Cristo, en el cual
están integradas todas las riquezas de la catolicidad,[120]
prefiguradas en la Iglesia de Pentecostés.[121]
La referencia a la Iglesia de Jerusalén hace que cada iglesia tenga un vínculo
necesario con Pedro, cabeza de esta Iglesia de los orígenes. Tal vínculo
confiere carácter apostólico a cada iglesia local a través de la sucesión
apostólica de los obispos. La comunión en la única Iglesia y en cada iglesia
supone también la unidad en el carisma de Pedro y por ello la comunión con
todas las otras iglesias dispersas por el mundo.
En este designio de la unidad universal y de las peculiaridades
particulares se manifiesta como una especie de plan trinitario, que sella y
modela la existencia propia de cada iglesia en la Iglesia católica y la
correspondiente mutua relación. Por ello, no carece de significado la realidad
social, cultural, geográfica, histórica de cada iglesia. En la realidad de las
iglesias locales dispersas por el mundo la Iglesia universal realiza el misterio
de la unidad y de la reconciliación de todos en Cristo. Y esta comunión de
todos los miembros de la Iglesia particular tiene el signo y el garante en el
obispo. II.
La
Comunión y la Misión en la Iglesia Particular En
comunión con el presbiterio 86.
Un acto necesario de la comunión es el de la unión sacramental del
presbiterio en torno a su obispo. Según los textos más antiguos de la tradición,
como los de Ignacio de Antioquía, ello es parte esencial de la iglesia
particular. Entre el obispo y los presbíteros existe la “communio
sacramentalis” en el sacerdocio ministerial o jerárquico, participación
al único sacerdocio de Cristo y por lo tanto, aunque en grado diverso, en el único
ministerio eclesial ordenado y en la única misión apostólica.
En virtud de esto y además de la cooperación en el ministerio
episcopal, los presbíteros “reúnen la familia de Dios como fraternidad,
animada con espíritu de unidad”.[122]
En la línea del Concilio Vaticano II, Juan Pablo II ha resaltado la
pertenencia de los presbíteros a la iglesia particular como fundamento de una
rica teología y espiritualidad: “Es necesario que el sacerdote tenga la
conciencia de que su ‘estar en una iglesia particular’ constituye, por su
propia naturaleza, un elemento calificativo para vivir una espiritualidad
cristiana. Por ello, el presbítero encuentra, precisamente en su pertenencia y
dedicación a la iglesia particular, una fuente de significados, de criterios de
discernimiento y de acción, que configuran tanto su misión pastoral, como su
vida espiritual”.[123]
Al presbiterio de la diócesis pertenecen también todos los presbíteros
de los Institutos de vida consagrada y de las Sociedades de vida apostólica.
Estos viven los propios carismas en la unidad, en la comunión y en la misión
de la iglesia particular. En ella contribuyen a poner en común la riqueza de
los dones de espiritualidad y de apostolado que les son propios. Así las
iglesias particulares pueden ser enriquecidas a nivel carismático “a
imagen” de la Iglesia universal, a la cual se refieren ciertas instituciones
supra-diocesanas.[124]
En realidad, la dimensión de universalidad es inherente a la comunión
con todas las iglesias y a la naturaleza misma del ministerio presbiteral, que
tiene una misión universal.[125] 87.
E1 Concilio Vaticano II ha descrito las relaciones recíprocas entre el
obispo y los presbíteros con imágenes y términos diversos. Ha indicado en el
obispo al “padre” de los presbíteros,[126]
pero ha unido al aspecto de la paternidad espiritual, el de la fraternidad, el
de la amistad, el de la colaboración necesaria y el del consejo. Sin embargo,
es cierto que la gracia sacramental llega al presbítero a través del
ministerio del obispo, y ésta misma le es donada en vistas de la cooperación
con el obispo en la misión apostólica. Esa gracia une a los presbíteros a las
diversas funciones del ministerio episcopal, de modo particular a la de servidor
del Evangelio de Jesucristo pare la esperanza del mundo. En virtud de este vínculo
sacramental y jerárquico los presbíteros, necesarios colaboradores y
consejeros, asumen, según su grado, los oficios y la solicitud del obispo y lo
hacen presente en cada comunidad.[127]
La relación sacramental-jerárquica se traduce en la búsqueda constante
de una comunión real del obispo con los miembros de su presbiterio y confiere
consistencia y significado a la actitud interior y exterior del obispo hacia sus
presbíteros. E1 Consejo presbiteral es el lugar en el que se realiza tal comunión.
Dicho Consejo, representando al presbiterio, es el senado del obispo y lo ayuda
en el gobierno de la diócesis, para promover de modo más eficaz el bien de
todos los fieles. Es tarea del obispo consultarlo y escuchar de buen animo su
parecer.[128]
Una
atención particular para los sacerdotes 88.
Como modelo de la grey (cf. 1P 5,3), el obispo debe serlo,
ante todo, para su clero, al cual se propone como ejemplo de oración, de
sentido eclesial, de celo apostólico, de dedicación a la pastoral de conjunto
y de colaboración con todos los otros fieles.
Además, al obispo incumbe en primer lugar la responsabilidad de la
santificación de sus presbíteros y de su formación permanente. A la luz de
estas instancias espirituales actúa de manera que compromete el ministerio de
los presbíteros en el modo más adecuado posible. Él debe velar cotidianamente
para que todos los presbíteros sepan y adviertan concretamente que no están
solos o abandonados, sino que son miembros y parte de un “único
presbiterio”.
En las respuestas a los Lineamenta se destaca el hecho de que,
puesto que los sacerdotes necesitan un punto de referencia espiritual, deben
encontrar en el obispo su apoyo. El obispo, como padre y pastor, expresa y
promueve relaciones, tanto personales como colectivas , con sus sacerdotes al
comprometerlos responsablemente en el Consejo presbiteral o en otros encuentros
formativos de carácter pastoral y espiritual. Toda división entre el obispo y
los presbíteros constituye un escándalo para los fieles y ello hace no creíble
el anuncio; en cambio, en el signo de la fraternidad, el ejercicio de la
autoridad se transforma realmente en un servicio. Además el obispo,
estableciendo una profunda relación con sus presbíteros, llega a conocer sus
dotes y así a cada uno podrá confiar la tarea a la que mejor se adapta. El
ministerio y la cooperación de los diáconos 89.
En la comunión de la iglesia particular participan los diáconos, tanto
los ordenados en vista al presbiterado como los diáconos permanentes. Ellos están
al servicio del obispo y de la iglesia particular en su ministerio de la
predicación del Evangelio, del servicio de la Eucaristía y de la caridad.[129]
En cuanto a los diáconos ordenados, no para el sacerdocio sino para el
ministerio, por su grado en el Orden sagrado están ciertamente ligados en modo
estrecho al obispo y a su presbiterio.[130]
Por ello, el obispo es el primer responsable del discernimiento de la vocación
de los candidatos,[131]
de su formación espiritual, teológica y pastoral. Es también el obispo quien,
tomando en cuenta las necesidades pastorales y las condiciones familiares y
profesionales, les confía las tareas ministeriales, haciendo que estén orgánicamente
integrados en la vida de la iglesia particular y que no se descuide su formación
permanente ni la promoción de su espiritualidad especifica.[132] El
Seminario y la pastoral vocacional 90.
De la importancia fundamental de los presbíteros y los diáconos en la
iglesia particular, nace también la primordial preocupación del obispo por la
pastoral vocacional en general y por la pastoral de las vocaciones sacerdotales
y diaconales en especial, con una atención particular con respecto al
Seminario, frecuentemente llamado en la tradición eclesiástica como la pupila
de los ojos del pastor. El Seminario, como lugar y ambiente comunitario, donde
crecen, maduran y se forman los futuros presbíteros, es signo de aquella
esperanza de la que vive una iglesia particular de cara al futuro.
Ante la escasez de vocaciones en una Iglesia que no puede renunciar a la
plenitud del ministerio sacerdotal para celebrar la palabra y los sacramentos,
de manera especial la Eucaristía y la remisión de los pecados; se hace
necesario proponer con coraje la vida sacerdotal. Para esto, y también como
específico testimonio de esperanza, entre las tareas más importantes del
obispo se cuenta la atención a las vocaciones y el interés directo por la
formación integral de los futuros sacerdotes, según las directivas del
Magisterio. Ello exige del obispo un conocimiento personal de quienes deben
recibir la ordenación sacerdotal y diaconal.
Hoy debe volver a proponerse con confianza la estima por la llamada al
sacerdocio con la colaboración de las familias, de las parroquias, de las
personas consagradas y de los movimientos eclesiales y comunidades. Una Iglesia
en la cual falte la referencia necesaria al presbítero ordenado, corre el
riesgo de perder su identidad. No se puede entonces considerar hipotéticamente
una comunidad cristiana que prescinda del ministerio presbiteral en vista de la
enseñanza, del gobierno y de los sacramentos, especialmente de la penitencia,
de la unción de los enfermos y de la Eucaristía. En
relación a los otros ministerios 91.
Junto al presbiterado y al diaconado, la Iglesia también ejerce su misión
a través de los ministros instituidos y otras tareas y oficios. Considerando
esta multiplicidad es necesario que el obispo promueva los diversos ministerios
con los que la Iglesia se hace idónea para toda obra buena. Estos deben ser
confiados tanto a las personas consagradas como a los fieles laicos, en virtud
de la vocación común y de la misión que nacen del bautismo y de la confirmación,
en razón de las dotes particulares que cada uno alegremente pone al servicio
del Evangelio.
Es aquí que aflora el triple carácter ministerial de la Iglesia, ligado
a la triple dignidad de los bautizados en el pueblo de Dios: del oficio profético
nacen la evangelización y la catequesis, que brotan de la escucha de la
Palabra; del oficio sacerdotal se irradian los ministerios ligados a la
celebración litúrgica, como también el culto espiritual de la vida cotidiana
y la oración, para hacer de la existencia un don, una adoración en Espíritu y
verdad; del oficio real surgen todos los ministerios que están al
servicio del Reino de Dios en el mundo, en las estructuras de la sociedad, en la
familia, en las fábricas, con todas las formas concretas de caridad, de acción
social, de la sana y comprometida “caridad política”.
Si en todo predomina la comunión, entonces obra y se manifiesta la
fuerza de la Trinidad, que es la caridad y se renueva la esperanza en la comunión
recíproca. Solicitud
por la vida consagrada 92.
La vida consagrada es una expresión privilegiada de la Iglesia Esposa
del Verbo y más aún una parte integrante de la misma Iglesia, como se recuerda
desde el principio en la Exhortación apostólica post-sinodal Vita
consecrata, donde se afirma que este tipo de vida está “en el corazón
mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su misión”.[133].
Por medio de la vida consagrada, en la variedad de sus formas, con una típica y
permanente visibilidad, se hacen presentes de algún modo en el mundo y se señalan
como valor absoluto y escatológico los rasgos característicos de Jesús,
casto, pobre y obediente. La Iglesia entera agradece a la Trinidad Santa por el
don de la vida consagrada. Esto demuestra que la vida de la Iglesia no se agota
en la estructura jerárquica, como si estuviese compuesta únicamente de
ministros sagrados y de fieles laicos, sino que hace referencia a una estructura
fundamental más amplia, rica y articulada, que es carismático-institucional,
querida por Cristo mismo y que incluye la vida consagrada.[134]
La vida consagrada proviene del Espíritu y es un don suyo que constituye
un elemento esencial para la vida y la santidad de la Iglesia. Ella está
necesariamente en una relación jerárquica con el ministerio sagrado,
especialmente con el del Romano Pontífice y de los obispos. En la Exhortación
apostólica Vita consecrata, Juan Pablo II ha recordado que los diversos
Institutos de vida consagrada y las Sociedades de vida apostólica tienen un
peculiar vínculo de comunión con el Sucesor de Pedro, en el cual está también
radicado su carácter de universalidad y su connotación supra-diocesana.[135]
A los obispos en comunión con el Romano Pontífice, como enunciaban ya
las notas directivas de Mutuae relationes, Cristo-cabeza confía “el
cuidado de los carismas religiosos; tanto más al ser, en virtud de su
indivisible ministerio pastoral, perfeccionadores de toda su grey. Y por
lo mismo, al promover la vida religiosa y protegerla según sus propias notas
características, los obispos cumplen su propia misión pastoral”.[136]
En la Exhortación apostólica Vita consecrata está siempre
presente la instancia de incrementar las relaciones mutuas entre las
Conferencias episcopales, los Superiores generales y sus mismas Conferencias,
con el fin de favorecer la riqueza de los carismas y de trabajar por el bien de
la Iglesia universal y particular.
Las personas consagradas, dondequiera que se encuentren, viven su vocación
para la Iglesia universal dentro de una determinada iglesia particular, donde
expresan su pertenencia eclesial y desenvuelven tareas significativas. De modo
especial, con motivo del carácter profético inherente a la vida consagrada,
son anuncio vivido del Evangelio de la esperanza, testigos elocuentes del
primado de Dios en la vida cristiana y de la fuerza de su amor en la fragilidad
de la condición humana.[137]
De aquí nace la importancia, para el desarrollo armonioso de la pastoral
diocesana, de la colaboración entre cada obispo y las personas consagradas.[138]
La Iglesia agradece a tantos obispos que, en el curso de su historia
hasta hoy, han estimado a tal punto la vida consagrada como peculiar don del Espíritu
para el pueblo de Dios, que ellos mismos han fundado familias religiosas, muchas
de las cuales están aún hoy activas al servicio de la Iglesia universal y de
las iglesias particulares. Además, el hecho de que el obispo se dedique a
tutelar la fidelidad de los institutos a su carisma es un motivo de esperanza
para los institutos mismos, especialmente para aquellos que se encuentran en
dificultades.[139] Un
laicado comprometido y responsable 93.
El Concilio Vaticano II, la Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los
Obispos de 1987 y la sucesiva Exhortación apostólica Christifideles laici de
Juan Pablo II han ilustrado ampliamente la vocación y misión de los fieles
laicos en la Iglesia y en el mundo.[140]
La dignidad bautismal, que los hace partícipes del sacerdocio de Cristo,
juntamente con un don particular del Espíritu les confieren un puesto propio en
el Cuerpo de la Iglesia. Así los laicos son llamados a participar, según su
modo propio, en la misión redentora que la Iglesia lleva a cabo, por mandato de
Cristo, hasta el fin de los siglos.
Los
laicos desarrollan la característica responsabilidad cristiana que les es
propia en los diversos campos de la vida y de la familia, de la política, del
mundo profesional y social, de la economía, de la cultura, de la ciencia, de
las artes, de la vida internacional y de los medios de comunicación.
En todas sus múltiples actividades los fieles laicos unen el propio
talento personal y la competencia adquirida al testimonio límpido de la propia
fe en Jesucristo. Comprometidos en las realidades temporales, los laicos tienen
el mandato de dar cuenta de la esperanza teologal (cf. 1 P 3,15) y de ser
solícitos en el trabajo en esta tierra, justamente porque son estimulados por
la esperanza en una “nueva tierra”.[141]
Ellos tienen la capacidad de ejercer una gran influencia sobre la cultura,
ensanchando en ella las perspectivas y los horizontes de esperanza. Actuando así,
cumplen también un especial servicio al Evangelio y a la cultura misma, tanto más
necesario cuanto persistente es, en nuestro tiempo, el drama de la separación
entre ambos. Además, en el ámbito de las comunicaciones, que influyen mucho la
mentalidad de las personas, a los fieles laicos toca una responsabilidad
particular, sobre todo en relación a una correcta divulgación de los valores
éticos.
En las respuestas a los Lineamenta se aconseja a los obispos, a
fin de evitar las intervenciones impropias o el silencio ante problemas
emergentes, el crear algunos "forum" en que los laicos
intervengan, según el carisma propio de la secularidad laical, con sus
competencias, cubriendo la discordancia entre el Evangelio y la sociedad
contemporánea. 94.
Si bien los laicos, por vocación, tienen ocupaciones primordialmente
seculares, no debe olvidarse que ellos pertenecen a la única comunidad
eclesial, de la que numéricamente constituyen la mayor parte. Después del
Concilio Vaticano II se han desarrollado felizmente nuevas formas de participación
responsable de los laicos, hombres y mujeres, en la vida de las comunidades
diocesanas y parroquiales. Por este motivo, ellos están presentes en diversos
consejos pastorales, desenvuelven una función de creciente importancia en
varios servicios, como la animación de la liturgia o de la catequesis, se
comprometen en la enseñanza de la religión católica en las escuelas, etc.
Un cierto numero de laicos acepta también dedicarse a tales tareas con
compromisos permanentes y en ocasiones perpetuos. Esta colaboración de los
fieles laicos es ciertamente preciosa frente a las exigencias de la “nueva
evangelización”, particularmente allí donde se registra un número
insuficiente de ministros ordenados.
La reflexión sobre los fieles laicos debe incluir también la necesidad
de su formación adecuada. Es obvio, por otra parte, que el obispo debe estar
atento en sostener, particularmente en el plano espiritual, a cuantos colaboran
más de cerca en la misión eclesial.
Un puesto especial en la formación de los fieles laicos debe ser
reconocido a la doctrina social de la Iglesia, que ha de iluminarlos y
estimularlos en su trabajo, según las exigencias urgentes de justicia y bien
común; éstas deben impulsar su contribución decidida en las obras y servicios
que la sociedad reclama. Por esto se hace necesaria la promoción de escuelas
diocesanas de formación social y política, como instrumento pastoral
indispensable.
Siempre de las respuestas a los Lineamenta emerge que un laicado
adulto bien formado no solo doctrinalmente, sino también eclesialmente, es
esencial para el ministerio de la evangelización. Sin un tal laicado existe el
peligro de que en ciertas zonas cese la misión evangelizadora de la Iglesia,
especialmente donde se lamenta una fuerte falta de sacerdotes y los laicos
cumplen la función de ministros asistentes. En muchos territorios asume una
gran relevancia la figura del catequista. Es necesario entonces una sólida
formación doctrinal, pastoral y espiritual de catequistas válidos, pero también
de otros agentes pastorales capaces de obrar en la diócesis y en las
parroquias, con una auténtica acción eclesial también en los diversos campos
en los que el Evangelio debe hacerse levadura de la sociedad actual, como signo
de transformación y de esperanza. Se pide una mayor confianza de parte de los
obispos y de los presbíteros en los laicos, que frecuentemente no se sienten
apreciados como adultos en la fe y quisieran sentirse más partícipes en la
vida y en los proyectos diocesanos, especialmente en el campo de la evangelización. Al
servicio de la familia 95.
Igualmente importante es la formación de los jóvenes para la
vida matrimonial y familiar, según sus esperanzas y sus anhelos, para lograr un
amor profundo y auténtico, a la luz del plan que Dios tiene para el matrimonio
y para la familia. La pastoral y la espiritualidad familiar, la atención a las
parejas en dificultad, la experiencia de parejas maduras y la formación para el
sacramento del matrimonio en un itinerario de iniciación sacramental son medios
eficaces para afrontar la crisis de inestabilidad y de infidelidad en la alianza
matrimonial.
La cercanía del obispo a los cónyuges y a sus hijos, incluso a través
de jornadas diocesanas de la familia, es un aliciente recíproco. Los
jóvenes: una prioridad pastoral para el futuro 96.
Una atención especial de los pastores está dirigida a los jóvenes.
Ellos son el futuro de la Iglesia y de la humanidad. Un ministerio de esperanza
no puede dejar de construir el futuro con aquellos a los cuales ha sido confiado
el porvenir. Como “centinelas de la noche”, los jóvenes esperan la aurora
de un mundo nuevo, listos para comprometerse en la vida y en la acción de la
Iglesia, si se les propone una auténtica responsabilidad y una verdadera
formación cristiana. Como evangelizadores de sus coetáneos, los jóvenes, que
frecuentemente están alejados de la Iglesia, son un estímulo y un incentivo
para los Pastores, en vistas de la renovación interior de las parroquias.
El ejemplo de Juan Pablo II, que a través de las Jornadas mundiales de
la Juventud ha demostrado creer en el futuro, abriendo un camino de esperanza,
puede sostener a los pastores de la Iglesia en la propuesta de una auténtica
pastoral juvenil, fundada en Cristo. La pasión por el bien espiritual de los jóvenes
del tercer milenio es un motivo fuerte para educarlos a transmitir el Evangelio
a las generaciones futuras. Las
parroquias 97.
Al centro de las iglesias particulares se encuentran, como
infraestructura cristiana, las parroquias. La Exhortación apostólica
post-sinodal Christifideles laici, remitiéndose claramente a la teología
y al lenguaje de la Lumen gentium, describe las comunidades parroquiales
como una presencia de la iglesia particular en el territorio. Se puede hablar
entonces del misterio eclesial de la parroquia aún cuando ésta sea pobre en
personas y en medios, cuando aparece casi absorbida por edificios en los caóticos
y populosos barrios modernos, o cuando se encuentra perdida en poblaciones entre
las montañas o los valles o en las extensiones interminables de ciertas
regiones.[142]
La parroquia debe ser vista entonces como familia de Dios, fraternidad
animada por el Espíritu,[143]
como casa de familia, fraterna y acogedora.[144]
Ella es la comunidad de los fieles,[145]
que se define como comunidad eucarística: comunidad de fe, donde viven los
fieles de Cristo destinatarios de carismas y servicios ministeriales y donde
obran el párroco, los presbíteros y los diáconos. En ella, además, la comunión
con el obispo expresa la unidad orgánica y jerárquica de toda la iglesia
particular.
A través de los laicos se desenvuelve la mediación humana de la
comunidad evangelizada y evangelizadora. Ellos realizan la conjunción entre la
Iglesia y el mundo, entre la asamblea que se reúne en unidad y los pueblos
donde se difunde en misión.
Al interior de la comunidad parroquial es necesario que encuentren
particulares momentos y expresiones de presencia y de convergencia, en el
respeto de la propia vocación y carisma, los religiosos y las religiosas, los
miembros de los institutos seculares y de las sociedades de vida apostólica,
las diversas asociaciones de fieles y los movimientos eclesiales. Todos
representan, por su vida en común, a la Iglesia que permanece unida en la oración,
en el trabajo, en el compartir los aspectos fundamentales de la existencia
cotidiana.
Las familias, además, reflejan la realidad de una iglesia doméstica,
donde se hace viva la presencia de Cristo. Así la Iglesia puede hacerse, en su
tradicional y siempre válida expresión parroquial, para decirlo con el beato
Juan XXIII, la “fuente de la aldea”, un manantial que brota para calmar la
sed de Dios y ofrecer el agua viva del Evangelio de Cristo.[146] 98.
Para organizar el trabajo pastoral y hacer crecer la unidad en las
iglesias particulares es tarea del obispo promover la coordinación de las
parroquias a través de vicarias foráneas, decanatos, prefecturas u
otras denominaciones, según las diversas formas de trabajo pastoral de las
diócesis. Se trata de estructuras que han de ser frecuentemente evaluadas para
que respondan mejor a las finalidades de cada iglesia particular.
A través de tales estructuras de comunión y de misión se promueve la
fraternidad entre los sacerdotes, el discernimiento y la programación, con
reuniones periódicas bajo la guía de un responsable. Se puede favorecer así
la eventual suplencia y ayuda en el ministerio como también la atención a los
hermanos enfermos o impedidos. Además, son favorecidas entre los fieles de un
mismo territorio iniciativas de evangelización y de catequesis, de formación y
de testimonio de carácter interparroquial.[147] Movimientos
eclesiales y nuevas comunidades 99.
Es responsabilidad del obispo dedicar atención a los llamados
movimientos eclesiales y a otras nuevas realidades que surgen en la iglesia
particular como experiencia de vida evangélica. La iglesia particular es el
espacio donde el aspecto institucional y carismático, coesenciales en el plan
de Dios sobre la Iglesia, se encuentran y se vivifican mutuamente. En la
experiencia de la verdadera comunión, los dones prodigados por Dios para el
bien común no se agotan en sí mismos, no se descentran del ágape ni de la
Eucaristía, no son dones narcisistas, por el contrario, manifiestan su medida
humilde y discreta, a la vez que necesaria, integrándose con los otros dones
del Espíritu.
Los diversos carismas - religiosos, laicales, misioneros - hacen que la
Iglesia local se encuentre abierta a una dimensión de universalidad, mientras
ellos encuentran su concreción en el servicio y el compromiso apostólico,
querido por los Fundadores.
En las respuestas a los Lineamenta se indican con particular
insistencia algunos movimientos eclesiales que son verdaderamente constructivos
a nivel universal, diocesano y parroquial; también se alude a otros, que cuando
permanecen al margen de la vida parroquial y diocesana, no ayudan al crecimiento
de la iglesia local; y finalmente se señalan algunos otros que, al hacer alarde
de sus particularidades, corren el riesgo de sustraerse a la comunión entre
todos.
Por eso se pide afrontar el tema del estatuto teológico y jurídico de
tales movimientos dentro de la iglesia particular y clarificar
su relación concreta con el obispo.
Respecto a las nuevas comunidades que no han recibido todavía una
aprobación eclesial, el necesario discernimiento es confiado a los pastores,
los cuales deben examinar con atención las personas, evaluar la espiritualidad,
con un necesario tiempo de prueba.
Cuando se trata de examinar las vocaciones sacerdotales que pueden
surgir dentro de estos grupos, se pide una atención aún más cuidadosa.
Los candidatos necesitan una sólida formación bajo la responsabilidad del
obispo, al que corresponde también el necesario discernimiento en vistas de la
ordenación a los ministerios y la asignación de las tareas apostólicas en la
diócesis.[148]
En fidelidad al Espíritu, los diversos carismas deben ser integrados en
la comunión y en la misión de la Iglesia. Así se evita el peligro del
aislamiento y se favorece la generosidad en el don de sí, la fraternidad y la
eficacia en la misión, para el bien de la Iglesia. III.
El Ministerio
Episcopal al Servicio
del Evangelio 100.
El triple ministerio de la enseñanza, la santificación y el gobierno,
constituye un servicio al Evangelio de Cristo para la esperanza del mundo. El
obispo, pues, proclama con la palabra, celebra en la liturgia, vive y difunde
con su servicio pastoral el Evangelio de la esperanza.
No se trata de tres dimensiones diversas, sino de la única esperanza
proclamada y acogida con la adhesión de la fe, celebrada en el corazón mismo
del misterio pascual que es la Eucaristía, vivida de modo que ilumine e informe
toda la vida personal y social de los creyentes.
Sin embargo, aún considerando esta unidad es necesario también acoger
la intención del Concilio, que en su magisterio sobre los tria munera respecto
al obispo y a los presbíteros, prefiere anteponer a los otros ministerios el de
la enseñanza. En ello el Vaticano II retoma idealmente la sucesión presente en
las palabras que el Resucitado dirigió a sus discípulos: “Me ha sido dado
todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las
gentes, bautizándolas... y enseñandoles a guardar todo lo que yo os he
mandado” (Mt. 28, 18-20). En esta prioridad dada a la tarea episcopal
del anuncio del Evangelio, que es una característica de la eclesiología
conciliar, todo obispo puede reencontrar el sentido de aquella paternidad
espiritual que hacía escribir al apóstol San Pablo: “Pues aunque hayáis
tenido diez mil pedagogos en Cristo, no habéis tenido muchos padres. He sido yo
quien, por el Evangelio, os engendré en Cristo Jesús” (1 Co 4,15). 1.
El Ministerio de la Palabra Proclamar
el Evangelio de la esperanza 101.
Como enseña el Concilio, la función que identifica al obispo más que
todas, y que, en cierto modo, resume todo su ministerio es la de vicario y
embajador de Cristo en la iglesia particular que le es confiada.[149]
Así pues, el obispo en cuanto expresión viviente de Cristo, ejerce su función
sacramental con la predicación del Evangelio. Como ministro de la Palabra de
Dios que actúa con la fuerza del Espíritu y mediante el carisma del servicio
episcopal, él hace manifiesto a Cristo en el mundo, lo hace presente en la
comunidad y lo comunica eficazmente a aquellos que le hacen un lugar en la
propia vida.
Se trata de la proclamación del Evangelio de la esperanza como tarea
fundamental del ministerio episcopal.
Por ello, la predicación del Evangelio sobresale entre los principales
deberes de los obispos, que son “los pregoneros de la fe... los maestros auténticos,
o sea los que están dotados de la autoridad de Cristo, que predican al pueblo
que les ha sido confiado la fe que ha de ser creída y ha de ser aplicada a la
vida”.[150]
De ello se deriva que todas las actividades del obispo deben estar dirigidas a
la proclamación del Evangelio, “fuerza de Dios para la salvación de todo el
que cree” (Rom 1,16), orientadas a ayudar al pueblo de Dios a la obediencia
de la
fe (cf. Rom 1, 15) a la Palabra de Dios y a abrazar
integralmente la enseñanza de Cristo. El
centro del anuncio 102.
El Concilio Vaticano II expresa muy adecuadamente el objeto del
magisterio del obispo cuando indica que se trata unitariamente de la fe que ha
de ser creída y practicada en la vida.[151]
Puesto que el centro vivo del anuncio es Cristo, el obispo debe precisamente
anunciar el misterio de Cristo crucificado y resucitado: Cristo, único salvador
del hombre, el mismo ayer, hoy y siempre (cf. Hb 13,8), centro de la
historia y de toda la vida de los fieles.
De este centro, que es el misterio de Cristo, se irradian todas las otras
verdades de fe y se irradia también la esperanza para cada hombre. Cristo es la
luz que ilumina a todo hombre y todo aquel que es regenerado en Él recibe las
primicias del Espíritu que lo habilitan a cumplir la ley nueva del amor.[152] 103.
La tarea de la predicación y la custodia del depósito de la fe implican
el deber de defender la Palabra de Dios de todo aquello que podría comprometer
la pureza y la integridad, aún reconociendo la justa libertad en la
profundización ulterior de la fe.[153]
En efecto, en la sucesión apostólica, el obispo ha recibido, según el beneplácito
del Padre, el carisma seguro de la verdad que debe transmitir.[154]
A
tal deber ningún obispo puede faltar, aún cuando ello pudiera costarle
sacrificio o incomprensión. Como el apóstol San Pablo, el obispo es consciente
de haber sido mandado a proclamar el Evangelio “y no con palabras sabias, para
no desvirtuar la Cruz de Cristo” (1 Co 1,17); como él, también el
obispo se dedica a “la predicación de la Cruz” (1 Co 1,18),
no para obtener un consenso humano sino como trasmitir una revelación divina. Educación
en la fe y catequesis 104.
Maestro de la fe, el obispo es también educador de la fe, a la luz de la
Palabra de Dios y del Magisterio de la Iglesia. Se trata de su obra de
catequesis, que merece la atención plena de los obispos en cuanto pastores y
maestros, en cuanto “catequistas por excelencia”.
Son diversas las formas a través de las cuales el obispo ejerce su
servicio de la Palabra de Dios. El Directorio Ecclesiae imago recuerda
una forma particular de predicación a la comunidad ya evangelizada, es decir la
Homilía, que se destaca por encima de las otras por su contexto litúrgico
y por su vínculo con la proclamación de la Palabra mediante las lecturas de la
Sagrada Escritura. Otra forma de anuncio es la que un obispo ejerce mediante sus
Cartas Pastorales.[155]
A este propósito, el uso discreto de los medios de comunicación
diocesanos, interdiocesanos o nacionales, será de gran ayuda para la divulgación
de los documentos del Magisterio, de los programas pastorales y de los
acontecimientos eclesiales. Toda
la iglesia comprometida en la catequesis 105.
El carisma magisterial de los obispos es único en su responsabilidad y
no puede ser delegado en modo alguno. Sin embargo, como dan testimonio las
respuestas a los Lineamenta, no esta aislado en la Iglesia. Cada obispo
cumple el propio servicio pastoral en una iglesia particular donde, íntimamente
unidos a su ministerio y bajo su autoridad, los presbíteros son sus primeros
colaboradores, a los que se añaden los diáconos. Una ayuda eficaz viene también
de las religiosas y los religiosos y de un creciente número de fieles laicos
que colaboran, según la constitución de la Iglesia, en el proclamar y en el
vivir la Palabra de Dios.
Gracias a los obispos la auténtica fe católica es transmitida a los
padres para que a su vez ellos la trasmitan a los hijos; esto sucede también
con los profesores y educadores, a todos los niveles. Todo el laicado da
testimonio de la pureza de la fe que los obispos se dedican a mantener
infatigablemente y es importante que ningún obispo olvide procurar a los
laicos, con escuelas apropiadas, los medios necesarios para una formación
conveniente. Diálogo
y colaboración con teólogos y fieles
En diálogo con todos sus fieles, el obispo sabrá reconocer y
apreciar su fe, fortalecerla liberarla de añadidos superfluos y darle un
contenido doctrinal apropiado. Para esto, y también con el fin de elaborar
catecismos locales que tengan en cuenta las diversas situaciones y culturas, el Catecismo
de la Iglesia Católica será un punto de referencia para que sea custodiada
con atención la unidad de la fe y la fidelidad a la doctrina católica.[157] Testigo
de la verdad 107.
Llamado a proclamar la salvación en Cristo Jesús con su predicación,
el obispo representa para el pueblo de Dios el signo de la certeza de la fe. Si
bien el obispo, como la Iglesia misma, no tiene soluciones listas frente a los
problemas del hombre, él es ministro del esplendor de una verdad capaz de
iluminar el camino.[158]Aún
sin poseer prerrogativas específicas en referencia a la promoción del orden
temporal, el obispo, ejerciendo su magisterio y educando en la fe a las personas
y las comunidades a él confiadas, prepara a los fieles laicos en vista de
soluciones que a ellos corresponde ofrecer según las respectivas competencias.
Como subrayan repetidamente las respuestas a los Lineamenta, la
mentalidad secularizada de gran parte de la sociedad, así como el énfasis
exagerado en la autonomía del pensamiento y la cultura relativista, llevan a la
gente a considerar las intervenciones del obispo, y también del Papa,
especialmente en materia de moral sexual y familiar, como opiniones entre otras
opiniones, sin influencia sobre la vida. Esto, si bien por una parte plantea un
desafío radical, por otra es también el terreno para un anuncio de esperanza
de parte del obispo. 108.
Además, el obispo, aún en el respeto de la autonomía de aquellos que
son competentes en cuestiones seculares, no puede renunciar al carácter profético
de su mensaje portador de esperanza, aún cuando sabe que éste no será
aceptado. Ello ocurre especialmente cuando denuncia con valentía, no sólo con
palabras, sino con la promoción de medios eficaces a estos fines, la guerra, la
injusticia y todo aquello que es destructivo de la dignidad del hombre.
Hacer presente en el mundo la potencia de la Palabra que salva es el gran
acto de caridad pastoral que un obispo ofrece a los hombres y es también la
primera razón de esperanza. Tareas
para el futuro 109.
De las respuestas a los Ltneamenta surgen algunos pedidos precisos
para extender y actualizar las tareas del magisterio de los obispos.
Según las circunstancias es conveniente que se promuevan iniciativas de
amplio alcance diocesano o interdiocesano como la creación de universidades
católicas para un influjo adecuado en la vida social, con la formación de
un laicado que se destaque en los diversos campos de la ciencia y de la técnica
al servicio del hombre y de la verdad. En esta perspectiva, se pide también dar
un impulso particular a la pastoral universitaria, según las directivas
de la Santa Sede.
Como compromiso en campo educativo, se hacen necesarias instituciones idóneas
para la promoción y la defensa de las escuelas católicas, a través de
la obra de sacerdotes y laicos. Se pide a los gobiernos el reconocimiento de éstas,
en cuanto hacen referencia a los derechos de los padres de dar una adecuada
educación de los hijos, según los valores culturales y religiosos escogidos
libremente por ellos.
La promoción de los medios de comunicación social en una
sociedad pluralista reclama una adecuada formación de comunicadores a través
de varias iniciativas diocesanas o interdiocesanas. Cultura
e inculturación 110.
La proclamación del Evangelio de parte del obispo en el ámbito de la
cultura reclama la promoción de la fe en los campos más sensibles al mensaje
del Evangelio.
Es necesario favorecer el diálogo con las instituciones culturales
laicas, mediante encuentros entre personas preparadas, en los cuales la
Iglesia ofrezca su imagen de amiga de todo aquello que es auténticamente
humano.
Puede ayudar a este diálogo la valorización del patrimonio cultural,
artístico e histórico de la diócesis. Existen en las diócesis riquezas
culturales, históricas, archivos y bibliotecas, obras de arte que merecen una
atención particular como testimonio cultural. Las iniciativas a favor de museos
y exposiciones, la adecuada conservación, la catalogación y exposición de los
tesoros de la tradición artística y literaria, pueden convertirse en
instrumento de evangelización y contemplación de la belleza, testimonio de un
cuidado particular de la Iglesia por la propia historia humane, geográfica y
cultural.[159]
Pertenece al ministerio del obispo, según las directivas de la Santa
Sede y en colaboración con la Conferencia episcopal, llevar la fe y la vida
cristiana a las diversas culturas según las directivas ofrecidas en ocasión de
las Asambleas del Sínodo de Obispos, especialmente en lo relacionado con la
liturgia, la formación sacerdotal y la vida consagrada.[160] 2.
El Ministerio de la Santificación 111.
En el origen de la reunión del pueblo de Dios en Ekklesìa, o sea
en una asamblea santa, está la proclamación de la Palabra de Dios y ésta
alcanza su plenitud en el Sacramento. En efecto, palabra y sacramento forman una
unidad, son inseparables entre ellas como dos momentos de una única obra salvífica.
Ambos hacen actual y operante, en toda su eficacia, la salvación obrada por
Cristo. Él mismo, como Verbo que se hace carne, es la razón ejemplar del vínculo
íntimo que enlaza Palabra y Sacramento. Ello es cierto para todos los
sacramentos, pero lo es de modo particular y excelente para la santa Eucaristía,
que es fuente y culmen de toda la evangelización.[161]
Por esta unidad de la Palabra y del Sacramento, así como los Apóstoles
fueron enviados por el Resucitado para enseñar y bautizar a todas las naciones
(cf. Mt 28, 19), también el obispo, en cuanto sucesor de los Apóstoles,
en virtud de la plenitud del Sacramento del Orden con el cual ha sido
distinguido, recibe, junto con la misión de heraldo del Evangelio, la de
“administrador de la gracia del supremo sacerdocio”.[162]
El servicio del anuncio del Evangelio está ordenado al servicio de la gracia de
los sacramentos de la Iglesia. Como ministro de la gracia, el obispo “actúa
el munus sanctificandi al que se orienta el munus docendi, que
realiza en medio del pueblo de Dios que se le ha confiado”.[163]
El ministerio de la santificación está íntimamente unido a la
celebración de la salvación en Cristo, en una perspectiva de esperanza que
proyecta a los fieles hacia el cumplimiento de las promesas, mientras como
pueblo, atraviesan el mundo en peregrinación hacia la ciudad definitiva. El
obispo como sacerdote y liturgo en su catedral 112.
La función de santificar es inherente a la misión del obispo. De hecho,
en su iglesia particular él es el principal dispensador de los misterios de
Dios, sobre todo de la Eucaristía. Al presidirla, él aparece a los ojos de su
pueblo como el hombre del nuevo y eterno culto a Dios, instituido por Jesucristo
con el sacrificio de la Cruz. Él regula además la administración del
Bautismo, en razón del cual los fieles participan del sacerdocio real de
Cristo; él es ministro originario de la Confirmación, dispensador del Orden
sagrado y moderador de la disciplina penitencial.[164]
El obispo es liturgo de la iglesia particular principalmente en la presidencia
de la sinaxis Eucarística.[165]
En ella tiene lugar el acontecimiento más alto de la vida de la Iglesia
y encuentra plenitud también el munus sanctificandi, que el obispo
ejerce en la persona de Cristo, sumo y eterno Sacerdote. Lo expresa bien un
insigne texto del Concilio Vaticano II: “Por eso conviene que todos tengan en
gran aprecio la vida litúrgica de la diócesis en torno al obispo, sobre todo
en la iglesia catedral, persuadidos de que la principal manifestación de la
Iglesia se realiza en la participación plena y activa de todo el pueblo santo
de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, especialmente en la misma
Eucaristía, en una misma oración, junto al único altar, donde preside el
obispo rodeado de su presbiterio y ministros”.[166]
Lugar privilegiado de las celebraciones episcopales es la catedral, donde
está colocada la cátedra del obispo y desde donde él educa a su pueblo. Es la
Iglesia madre y el centro de la Diócesis, signo de la continuidad de una
historia, espacio simbólico de su unidad. El Caeremoniale episcoporum dedica
a este tema un capítulo entero, bajo el título: La Iglesia catedral.[167]
Es el lugar de las celebraciones más solemnes del año litúrgico; en
modo especial, de la consagración del crisma y de las ordenaciones sagradas.
Imagen de la Iglesia de Cristo, de la unidad del cuerpo místico, de la asamblea
de los bautizados y de la Jerusalén celestial, debe ser en sí misma un ejemplo
para las otras iglesias de la diócesis en el orden de los espacios sagrados, en
el decoro y en el modo como se celebra la liturgia según las prescripciones.[168]
La figura del obispo celebrante expresa y despliega su verdad interior
también a través de los lugares destinados a la liturgia: la cátedra, sede
del obispo, desde donde él preside la asamblea y guía la oración;[169]
el
altar, símbolo
del cuerpo de Cristo y mesa del Señor donde se celebra la Eucaristía;[170]
el presbiterio, donde
ocupan su lugar el obispo, los presbíteros, los diáconos y otros ministros;[171]
el
ambón donde
tiene lugar el anuncio del Evangelio y la predicación de la palabra, a menos
que el obispo no lo haga, si prefiere, desde su cátedra;[172]
el baptisterio donde se celebra eventualmente el bautismo en la noche de
Pascua.[173] La
Eucaristía al centro de la iglesia particular 113.
Una de las tareas preeminentes del obispo es la de proveer a que en las
comunidades de la iglesia particular los fieles tengan la posibilidad de acceder
a la mesa del Señor, especialmente en el domingo, que es el día en que la
Iglesia celebra el misterio pascual y los fieles, en la alegría y en el
descanso, dan gracias a Dios “quién mediante la Resurrección de Jesucristo
de entre los muertos nos ha reengendrado a una esperanza viva” (1P
1, 3).[174]
En muchos lugares, por la escasez de presbíteros o por otras graves
razones, se hace difícil proveer a la celebración eucarística . Ello
acrecienta el deber del obispo de ser el administrador de la gracia, atento
siempre a discernir las necesidades efectivas y la gravedad de las situaciones,
procediendo a una hábil distribución de los miembros de su presbiterio y a
buscar el modo para que, aún en necesidades de ese tipo, las comunidades de los
fieles no queden por mucho tiempo privadas de la Eucaristía. Ello vale también
en referencia a los fieles que por enfermedad, ancianidad o por otros motivos
razonables pueden recibir la Eucaristía sólo en sus casas o en los lugares
donde son acogidos. 114.
La Liturgia es la forma más alta de la alabanza a la Santa Trinidad. En
ella, sobre todo con la celebración de los sacramentos, el pueblo de Dios,
reunido localmente, expresa y actualiza su índole de comunidad sacerdotal,
sagrada y orgánica.[175]
Ejerciendo el munus sanctificandi el obispo obra de modo que toda la
iglesia particular se convierta en una comunidad de orantes, de fieles
perseverantes y concordes en la oración (cf. Hch 1,14).
Por lo tanto, el obispo, imbuido él mismo en primer lugar, junto con su
presbiterio, del espíritu y la fuerza de la liturgia, procura favorecer y
desarrollar en la propia diócesis una educación intensiva donde se descubran
las riquezas contenidas en la Liturgia, celebrada según los textos aprobados y
vivida ante todo como una realidad de orden espiritual. Como responsable del
culto divino en la iglesia particular, el obispo, mientras dirige y protege la
vida litúrgica de la diócesis, actuando junto con los obispos de la misma
Conferencia Episcopal y en la fidelidad a la fe común, sostiene el esfuerzo de
su misma iglesia particular para que, en correspondencia a las exigencias de los
tiempos y los lugares, la liturgia sea radicada en las culturas, teniendo en
cuenta aquello que en la liturgia es inmutable, porque es de institución
divina, y aquello que, en cambio, es susceptible de cambio.[176] Atención
a la oración y a la piedad popular 115.
La oración, en todas sus formas, es el acto con el que se expresa la
esperanza de la Iglesia. Cada oración de la Esposa de Cristo, que anhela la
perfecta unión con el Esposo, queda asumida en aquella invocación que el Espíritu
le sugiere: “¡Ven!”.[177]
El Espíritu pronuncia esta oración con la Iglesia y en la Iglesia. Es la
esperanza escatológica, la esperanza del cumplimiento definitivo en Dios, la
esperanza del Reino eterno, que se actualiza en la participación en la vida
trinitaria. El Espíritu Santo, dado a los Apóstoles como consolador, es el
custodio y el animador de esta esperanza en el corazón de la Iglesia. En la
perspectiva del tercer milenio después de Cristo, mientras “el Espíritu y la
Esposa dicen al Señor Jesús: ‘¡Ven!’”,[178]
esta oración de ellos está cargada, como siempre, de una connotación escatológica.
Consciente de ello, el obispo se compromete cotidianamente a comunicar a
los fieles, con el testimonio personal, con la palabra, con la oración y con
los sacramentos, la plenitud de la vida en Cristo.
En tal contexto el obispo dirige su atención también a las diversas
formas de la piedad popular cristiana y a su relación con la vida litúrgica.
En cuanto expresa la actitud religiosa del hombre, esta piedad popular no puede
ser ni ignorada ni tratada con indiferencia o desprecio, porque, como escribía
Pablo VI, es rica de valores.[179]
Sin embargo, ella tiene necesidad de ser siempre evangelizada para que la fe que
expresa, sea un acto cada vez más maduro. Una auténtica pastoral litúrgica, bíblicamente
formada, sabrá apoyarse en las riquezas de la piedad popular, purificarlas y
orientarlas hacia la litúrgica como ofrenda de los pueblos.[180] Algunas
cuestiones particulares 116.
En las respuestas a los Lineamenta se subrayan algunas tareas
propias del ministerio litúrgico del obispo, que conviene recordar aquí
brevemente.
Ante todo, el obispo es en su iglesia el primer responsable de la
celebración y de la disciplina de la iniciación cristiana. De modo
especial es el promotor, el custodio atento y ministro de los ritos de la
iniciación cristiana de los adultos. Por esto conviene que sea él quien
presida las celebraciones más características del catecumenado, especialmente
en la preparación próxima al bautismo y en la iniciación cristiana de los
adultos en la Vigilia pascual.
Para una más auténtica y profunda promoción de la liturgia, conviene
que presida frecuentemente, también en las visitas, la Liturgia de la Palabra y
la Liturgia de las Horas, como está previsto en el Caeremoniale Episcoporum.[181]
En este sentido, él podrá aparecer en su característica función de maestro
que celebra la palabra de la salvación y de sacerdote que ora e intercede por
su pueblo. 3.
El Ejercicio del Ministerio de Gobierno El
servicio del gobierno 117.
La función ministerial del obispo
se completa en el oficio de guía de la porción del pueblo de Dios que le ha
sido confiada. La Tradición de la Iglesia ha siempre asimilado esta tarea a dos
figuras que, como atestiguan los Evangelios, Jesús aplica a sí mismo, la
figura del Pastor y la del Siervo. El Concilio describe así el oficio propio de
los obispos de gobernar a los fieles: “Los obispos rigen, como vicarios y
legados de Cristo, las iglesias particulares que se les han sido encomendadas,
con sus consejos, con sus exhortaciones, con sus ejemplos, pero también
con su autoridad y sacra potestad, de la que usan únicamente para edificar a su
grey en la verdad y en la santidad, teniendo en cuenta que el que es mayor debe
hacerse como el menor y el que ocupa el primer puesto como el servidor (cf. Lc
22, 26-27)”.[182]
Juan Pablo II explica que “se debe insistir en el concepto de
‘servicio’, que se puede aplicar a todo ‘ministerio eclesiástico’,
comenzando por el de los obispos. Sí, el episcopado es más un servicio que un
honor. Y, si es también un honor, lo es cuando el obispo, sucesor de los Apóstoles,
sirve con espíritu de humildad evangélica, a ejemplo del Hijo del hombre... A
esta luz del servicio ‘como buenos pastores’ se debe entender la autoridad
que el obispo posee como propia, aunque esté siempre sometida a la del
Sumo Pontífice”.[183]
Por esto, con buena razón, el Código de Derecho Canónico indica tal oficio
como munus pastoris y le une la característica de la solicitud pastoral.[184] Ejercicio
de auténtica caridad pastoral 118.
La caritas pastoralis es una virtud típica del obispo, el cual a
través de ella imita a Cristo “Buen” Pastor, que es tal porque da la propia
vida. Esta virtud, por lo tanto, se realiza no solamente en el ejercicio de las
acciones ministeriales, sino más aún en el don de sí, que manifiesta el amor
de Cristo por su grey.
Una de las formas con las que se expresa la caridad pastoral es la compasión,
a imitación de Cristo, Sumo Sacerdote, capaz de compadecer la debilidad
humana habiendo sido Él mismo probado en todo, como nosotros, menos en el
pecado (cf. Hb 4, 15). Sin embargo, tal compasión, que el obispo indica
y vive como signo de la compasión de Cristo, no puede ser separada de la verdad
de Cristo. Otra expresión de la caridad pastoral es la responsabilidad ante
Dios y ante la Iglesia en relación a la verdad, que ha de ser anunciada en toda
ocasión, “a tiempo y a destiempo” (2Tm 4,2).
La caridad pastoral hace que el obispo se sienta ávido por servir al
bien común de la propia diócesis que, subordinado al de toda la Iglesia, reúne
el bien de las comunidades particulares de la diócesis. El Directorio Ecclesiae
imago indica al respecto los principios fundamentales de la unidad, de la
colaboración responsable y de la coordinación.[185]
Gracias a la caridad pastoral, que es el principio interior unificador de
toda la actividad ministerial, “puede encontrar respuesta la exigencia
esencial y permanente de unidad entre la vida interior y tantas tareas y
responsabilidades del ministerio, exigencia tanto más urgente en un contexto
sociocultural y eclesial fuertemente marcado por la complejidad, la fragmentación
y la dispersión”.[186]
Por eso, es la misma caridad la que debe distinguir los modos de pensar y actuar
del obispo y de su relación con cuantos encuentra.
En el gobierno de la diócesis el obispo cuida también que sea
reconocido el valor de la ley canónica de la Iglesia, cuyo objetivo es el bien
de las personas y de las comunidades eclesiales.[187] Un
estilo pastoral confirmado por la vida 119.
La caridad pastoral exige, en consecuencia, estilos y formas de vida que,
a imitación de Cristo pobre y humilde, consientan al obispo estar cerca de
todos los miembros de la grey, desde el más grande hasta el más pequeño, para
compartir sus alegrías y sus dolores, no solamente en los pensamientos y en las
oraciones, sino también estando junto a ellos. De este modo, a través de la
presencia y el ministerio, el obispo se acerca a todos sin avergonzarse ni hacer
sentir incómodos a los demás, para que puedan experimentar el amor de Dios por
el hombre.[188]
De las respuestas a los Lineamenta por parte de las Conferencias
episcopales surgen algunas características de la figura del obispo tal como son
percibidas en diversos lugares y sociedades. A veces aparece una cierta visión
“monárquica” o “autoritaria”, que tiende a atribuir al obispo una parte
impropia en la Iglesia y en el mundo; otras veces se considera en cambio al
obispo como “pastor en medio de su grey”, “padre en la fe”, de modo tal
que los presbíteros, los religiosos y los laicos no son simplemente
“ayudantes” del obispo, sino sus “colaboradores”.
Una profundización de la realidad de la “communio” puede
conducir a ver al obispo como autentico “siervo de los siervos de Dios”, es
decir, el primero entre los siervos de Dios. En efecto, el obispo será fiel a
su misión recordando que su responsabilidad personal de pastor es participada,
por todos los fieles en virtud del bautismo, en los modos que les son propios,
por algunos en virtud del orden sagrado y por otros a raíz de la especial
consagración por los consejos evangélicos. 120.
Una condición no favorable a esta “communio”, como advierten
muchos, se produce frecuentemente por la vastedad de la diócesis y los muchos
compromisos del obispo.
En efecto, las respuestas subrayan que existe el peligro de que en el
modo de gobernar del obispo se introduzcan elementos poco convenientes a una
pastoral genuinamente evangélica, al punto que la gente corra el riesgo de
considerarlo como uno de los personajes notables de la sociedad. A veces la
misma presencia del obispo junto a las autoridades civiles parecería hacer
sombra a su autonomía y por lo tanto a su figura.
Además, en las sociedades que nutren sentimientos contrarios a un cierto
ejercicio de la autoridad se manifiesta una cierta tendencia a revisar la figura
del obispo, dando interpretaciones particulares al principio de subsidiaridad y
a las normas jurídicas de la consultación. Esto porque frecuentemente la
autoridad es vista solo como “poder”.
Los obispos pueden superar todo esto con el ejercicio de su prerrogativa
de padres, presentándose como sucesores de los Apóstoles no sólo en la
autoridad que ejercen, sino también en su forma de vida evangélica, coherente
con cuanto anuncian, en los sufrimientos apostólicos, en el cuidado amoroso y
misericordioso de los fieles, especialmente de los más pobres, necesitados y
sufrientes.
En esto serán signo de Cristo en medio del pueblo de Dios y su gobierno
mismo verdaderamente pastoral será un anuncio del Evangelio de la esperanza.
Ciertas formas y atribuciones exteriores, como títulos honoríficos y
vestiduras, no deben ofuscar el ministerio episcopal de enseñanza en palabras y
obras.
El obispo debe ser imagen viva del Cristo, que ha lavado los pies a sus
discípulos como Señor y Maestro, y por lo tanto, debe mostrar con su vida
simple y pobre el rostro evangélico de Jesús y su condición de verdadero
“hombre de Dios” (cf. 2Tm 3, 17). Las
visitas pastorales 121.
La tradición eclesiástica indica algunas formas específicas a través
de las cuales el obispo ejerce en su iglesia particular el ministerio del
pastor. Se recuerdan dos de ellas en particular. La primera se refiere
directamente al compromiso pastoral; la segunda, en cambio, implica una obra
sinodal.
La visita pastoral no es una simple institución jurídica, prescrita al
obispo por la disciplina eclesiástica, ni tampoco una suerte de instrumento de
investigación.[189]
Mediante la visita pastoral el obispo se presenta concretamente como principio
visible y fundamento de la unidad en la iglesia particular y ella “refleja de
alguna manera la imagen de aquella singularísima y totalmente maravillosa
visita, por medio de la cual el 'sumo pastor' (1 P 5,4), el obispo
de nuestras almas (cf. I P 2, 25) Jesucristo, ha visitado y redimido a su
pueblo (cf. Lc
1, 68)”.[190]
Además, puesto que la diócesis antes de ser un territorio, es una porción del
pueblo de Dios confiada a los cuidados pastorales de un obispo, oportunamente el
Directorio Ecclesiae imago escribe que el primer lugar en la visita
pastoral corresponde a las personas. Para mejor dedicarse a ellas es oportuno
que el obispo delegue a otros el examen de las cuestiones de carácter más
administrativo.
Las visitas pastorales, preparadas y programadas, son ocasión propicia
para un conocimiento mutuo entre el Pastor y el pueblo que se le ha confiado.
En las parroquias debe privilegiarse el encuentro con el párroco y los
otros sacerdotes. La visita pastoral es el momento en el que se ejerce el
ministerio de la predicación y de la catequesis, del diálogo y del contacto
directo con los problemas de la gente; ocasión pare celebrar en comunión la
Eucaristía y los sacramentos, compartir la oración y la piedad popular. En
esta circunstancia se imponen a la atención del Pastor algunas categorías: los
jóvenes, los niños, los enfermos, los pobres, los emarginados, los alejados.
La experiencia además sugiere otros encuentros del obispo con los
componentes de la diócesis, en ocasión de asambleas diocesanas de programación
pastoral y verificación, como también en vista de ordenaciones sacerdotales o
diaconales y de fiestas patronales o, en fin, en las jornadas dedicadas a
sujetos particulares como el clero, los religiosos y las religiosas, las
familias. El
Sínodo diocesano 122.
La celebración del Sínodo Diocesano, cuyo perfil jurídico es delineado
por el Código de Derecho Canónico,[191]
tiene indudablemente un puesto de preeminencia entre los deberes pastorales del
obispo. El Sínodo, en efecto, es el primero de los organismos que la disciplina
eclesiástica indica para el desarrollo de la vida de una iglesia particular. Su
estructura, como la de otros organismos llamados “de participación”,
responde a fundamentales exigencias eclesiológicas y es expresión
institucional de realidades teológicas, como son, por ejemplo, la necesaria
cooperación entre presbiterio y obispo, la participación de todos los
bautizados en el oficio profético de Cristo, el deber de los pastores de
reconocer y promover la dignidad de los fieles laicos sirviéndose de buena gana
de su prudente consejo.[192]
En su realidad el Sínodo diocesano se inserta en el contexto de la
corresponsabilidad de todos en torno al propio obispo, en orden al bien de la diócesis.
En su composición, como requiere la disciplina canónica vigente, es expresión
privilegiada de la comunión orgánica en la iglesia particular. En el Sínodo,
que debe ser bien preparado y ser convocado con objetivos bien determinados,[193]
el obispo, responsable de las decisiones definitivas,[194]
escucha lo que el Espíritu dice a la iglesia particular, de modo que todos
permanezcan firmes en la fe, unidos en la comunión, abiertos al carácter
misionero, disponibles hacia las necesidades espirituales del mundo y llenos de
esperanza ante sus desafíos. Un
gobierno animado de espíritu de comunión 123.
Por su oficio pastoral el obispo es el ministro de la caridad en su
iglesia particular, edificándola mediante la Palabra y la Eucaristía. Ya en la
Iglesia apostólica los Doce dispusieron la institución de “siete hombres de
buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría”(Hch 6, 2-3) a los
cuales confiaron el servicio de las mesas. El mismo San Pablo tenía como
punto firme de su apostolado el cuidado de los pobres, que sigue siendo para
nosotros el signo fundamental de la comunión entre los cristianos. Así el
obispo, también hoy, es llamado a ejercer personalmente la caridad en la propia
diócesis, mediante las estructuras adecuadas.
De este modo él testimonia que las tristezas y las angustias de los
hombres, de los pobres sobre todo y de todos aquellos que sufren, son también
las ansias de los discípulos de Cristo.[195]
Indudablemente, las pobrezas son muchas y a las antiguas se han añadido otras
nuevas . En tales situaciones el obispo está en primera linea en suscitar
nuevas formas de apostolado y de caridad allá donde la indigencia se presenta
bajo nuevos aspectos. Servir, alentar, educar en estos compromisos de
solidaridad, renovando cada día la antigua historia del Samaritano, es, ya de
por sí, un signo de esperanza para el mundo. 124.
Para cumplir el ministerio de guía pastoral y de discernimiento el
obispo necesita de la colaboración de todos los fieles, en espíritu de comunión
y de fervor misionero.
El Consejo presbiteral y el Consejo pastoral son estructuras de diálogo,
comunión y discernimiento para esta finalidad, como fue ya recordado.
Las necesidades pastorales crecientes han llevado a configurar
ordenadamente la Curia diocesana con las diversas oficinas, según las normas
canónicas, de acuerdo a las posibilidades de cada iglesia particular y a la
competencia del clero diocesano, de las personas consagradas y de los laicos, en
modo de poder dar respuesta a todas las necesidades de la diócesis.
Es tarea del obispo no sólo favorecer la acción responsable y
coordinada, la iniciativa y el trabajo asiduo de los responsables de las
diversas oficinas diocesanas, sino también estimular con el ejemplo y favorecer
los encuentros colegiales de coordinación. Es necesario infundir en todos un
sereno sentido de confianza, amistad y responsabilidad en los diversos
organismos de la Curia, de modo que la unidad y el entendimiento mutuo creen un
estilo eclesial de trabajo. La
administración económica 125.
Particular importancia tiene en este tiempo, incluso en vista de las
responsabilidades civiles, la administración de los bienes de la diócesis. Es
necesaria la vigilancia y la seriedad en la administración económica de las diócesis,
como ejemplo para las otras instituciones diocesanas. Ello ha de hacerse a través
del trabajo de personas competentes y eclesialmente expertas en los consejos
diocesanos de administración.
Se trata de una tarea de gobierno de la máxima importancia, dirigida a
garantizar el bien común de la diócesis y la comunión de los bienes con la
obligación de la caridad a favor de las misiones y de los más pobres. Cuestiones
prácticas relacionadas con la iglesia particular 126.
Parece oportuno enumerar sintéticamente aquí algunas cuestiones prácticas,
ya desarrolladas en otros puntos, para que, conforme a las indicaciones que
emergen de las respuestas a los Lineamenta, el Sínodo preste a ellas una
particular y adecuada atención.
Es deseo de muchas Conferencias episcopales que se insista en la
presencia del obispo en la diócesis a tiempo completo, puesto que ausencias
frecuentes y prolongadas amenazan la continuidad del servicio pastoral.
La presencia y permanencia del obispo en su sede o en visita a sus
parroquias, la disponibilidad al encuentro con sacerdotes, religiosos y laicos,
las visitas pastorales, son garantía de estabilidad y de corresponsabilidad en
el ejercicio cotidiano del ministerio. El obispo aparece de este modo como un
modelo de servicio constante en su iglesia.
Otros recomiendan la estabilidad del obispo en la diócesis para
la cual ha sido elegido, para que se confirme en él una mentalidad de donación
a la Iglesia que le ha sido confiada con un vínculo de fidelidad y amor
esponsal. Se quisieran así evitar, en cuanto sea posible, ciertos problemas
como la mentalidad de un compromiso pasajero en favor de la diócesis, el deseo
de cambio o transferencia a otras iglesias particulares más prestigiosas o
menos problemáticas, la discontinuidad de los programas y las iniciativas
pastorales.
Se recuerda también el problema de las diócesis dejadas largo tiempo
sin pastor, por retrasos en el nombramiento de los obispos. Tales
situaciones crean malestar en el presbiterio y en el pueblo de Dios, privados
del ministerio episcopal de la unidad y de la comunión.
Surge también la necesidad de que las responsabilidades de gobierno del
obispo gocen de una mejor organización; éste se encuentra frecuentemente
abrumado con demasiados problemas administrativos, burocráticos y
organizativos, que amenazan con hacer de él, a veces, más un dirigente que un
Pastor. Se propone una conveniente descentralización administrativa para un
mejor servicio suyo a la diócesis.
Algunos, en fin, ponen de relieve la cuestión de la conflictualidad que
se advierte hoy entre el foro eclesiástico y el foro civil en materia de
los procesos referidos a las personas eclesiásticas. No raramente se pide
claridad en el reconocimiento público de las leyes eclesiásticas que se
refieren a los procesos canónicos. Debe ser reconocida al obispo la libertad y
la responsabilidad en el proceso hacia sus súbditos, evitando escándalos y
procediendo en manera adecuada, con justicia y caridad, en relación a la
salvación de las almas, que es siempre la ley suprema de la Iglesia.[196] CAPÍTULO
V AL SERVICIO DEL EVANGELIO PARA En
Jesucristo el perenne Jubileo de la Iglesia 127.
El Jubileo del 2000, apenas concluido, ha ofrecido a la Iglesia y al
mundo la ocasión de fijar la mirada en Cristo, que ha venido a anunciar la
buena noticia a los pobres (cf. Lc 4,16 ss.). Él, enviado por el Padre
ha venido a llamar a todos a la conversión, a dar a la humanidad la esperanza,
a revelar al hombre su dignidad de hijo de Dios y su destino de gloria. Con sus
obras, especialmente con su misterio pascual, ha manifestado el amor de Dios que
busca al hombre, le revela su vocación, le hace tomar conciencia de su altísima
vocación.[197]
Toda la vida de Jesús ha sido un gran tiempo jubilar, en el cual él ha
comunicado la gracia y el perdón del Padre, ha mostrado el sendero de la
verdad, se ha hecho prójimo de todos. Él ha anunciado la salvación y la ha
llevado a cumplimiento con sus palabras, con sus obras y con la efusión del Espíritu
Santo.
En la figura evangélica de Jesús de Nazaret, la Iglesia reconoce un Mesías
jubilar, que vive en el don total de sí mismo, comunica la verdad y la vida a
todos, llama a la conversión, enseña el camino nuevo del amor que él trae al
mundo como modo de ser y de obrar de la Trinidad.
En él se hace evidente que la salvación es para todos. Él, que se unió
con la encarnación a cada hombre y con su pasión y muerte a cada sufrimiento
humano, mediante la resurrección se transforma en causa de salvación y de
esperanza para cada ser humano, destinado a la comunión con Dios en la gloria.
La Iglesia, desde Pentecostés, con la gracia del Espíritu Santo,
continua la misión de Jesús, anunciando cada día la buena noticia y la
liberación del mal. El
ministerio de salvación de la Iglesia 128.
Según el espíritu de la colegialidad y de la comunión jerárquica
todos los obispos continúan este anuncio que pone al centro de la predicación
Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, único salvador del mundo.
Aún cuando puedan escapar a nuestra consideración los caminos a través
de los cuales Cristo ejerce esta salvación más allá de las estructuras
sacramentales de su Cuerpo, al cual él mismo ha confiado el ministerio de la
predicación y de la santificación, la Iglesia cree que toda la humanidad
pertenece a Cristo, primogénito de toda creatura (cf. Col 1,15 ss).
Por este motivo, el horizonte de la esperanza, que tiene como último término
la reconciliación de todo y de todos en Cristo, ilumina a la Iglesia que
anuncia la paz y la salvación a los que están lejos y a los que están cerca,
“pues por él, unos y otros tenemos libre acceso al Padre en un mismo Espíritu”(Ef
2,17-18) y reanuda con confianza el múltiple diálogo de la salvación, para
que también el futuro de la historia pertenezca al Señor, conocido y amado
como nuestro Hermano, revelación del amor del Padre. “Por esta vía, - afirma
la Gaudium et spes en la conclusión -
en todo el mundo los hombres se sentirán despertados a una viva
esperanza, que es don del Espíritu Santo, para que, por fin, llegada la hora,
sean recibidos en la paz y en la suma bienaventuranza en la patria que brillará
con la gloria del Señor”. [198] Una
nueva situación religiosa 129.
La situación religiosa al comienzo del milenio es muy compleja y no hace
fácil la misión de la Iglesia. La presencia de las grandes religiones, en
cuanto ellas son portadoras de auténticos valores humanos, exige de la Iglesia
una actitud respetuosa para descubrir en tales religiones el designio del único
Dios salvador.
Por otra parte, en los grandes continentes invadidos por las religiones
tradicionales, hoy a causa de las migraciones destinadas a aumentar en el
futuro, así como también a raíz de los movimientos y de los intercambios económicos
y culturales, se vive una situación nueva, multiétnica y multirreligiosa.
Las iglesias jóvenes, que especialmente en Asia, África y Oceanía
conviven con aquellas religiones, mientras están particularmente comprometidas
en el diálogo interreligioso, prestan también una considerable ayuda misionera
en otras partes del pueblo de Dios. 130.
En las repuestas a los Lineamenta algunas Conferencias Episcopales
se refieren a la necesidad de afrontar un fenómeno, ciertamente no ajeno a la
historia, pero que hoy adquiere, tal vez, dimensiones desconocidas. Se trata de
las nuevas y reiteradas inmigraciones. Éstas crean problemas pastorales nuevos
y concretos como son la evangelización y el diálogo interreligioso,
especialmente para cuantos profesan religiones no cristianas. En cuanto a los
inmigrantes católicos, desarraigados de sus tierras y de sus costumbres, es
necesaria la colaboración de sacerdotes nativos para sostener y fortalecer la
fe y la vida cristiana de esa gente.
La Iglesia entera, por lo tanto, se orienta hacia un renovado compromiso
de evangelización en el cual no deben faltar jamás el anuncio explícito de la
revelación como don irrenunciable, el diálogo como método de comprensión recíproca,
el testimonio evangélico, especialmente el de la caridad, en todo y sobre todo,
como signo de la verdad proclamada y fundamento del diálogo, para que Cristo
sea reconocido en sus discípulos. Además el anuncio integral de la salvación
requiere una solicitud de la Iglesia por todos los valores humanos auténticos.
De estas premisas surge la acción pastoral de la Iglesia, la cual no
puede renunciar a proclamar el sentido de la vida y de la historia a la luz del
misterio de Cristo, confiando en la fuerza del Evangelio y en la ayuda del Espíritu
Santo, don de Cristo resucitado para revelar y realizar la plenitud de la verdad
y de la vida divina.[199] Diálogo
ecuménico 131.
El compromiso de la Iglesia en el diálogo ecuménico por la unidad de
los cristianos, fruto precioso de la acción del Espíritu Santo, es
irreversible. Ello responde a la oración y a las intenciones del Señor (cf.
Jn 17, 21-23), a su oblación en la cruz para reunir a todos los hijos
dispersos (cf. Jn 11,52), al necesario testimonio de la Iglesia en el mundo (cf. Ef 4,4-5).
Los obispos participan de la solicitud del Romano Pontífice, expresada
por el Decreto conciliar Unitatis redintegratio, y del renovado empeño
de la Iglesia por la unidad de todos los bautizados, confirmado por la Encíclica
Ut unum sint, como tarea prioritatia del nuevo milenio para la esperanza
del mundo.[200]
Siguiendo las directivas de la Santa Sede, en comunión con la
Conferencia Episcopal cada obispo es promotor de la unidad y apóstol del
ecumenismo espiritual y del diálogo, por medio de contactos fraternos con las
iglesias y comunidades cristianas. Con la promoción de cuanto haya de positivo
no puede admitir gestos ambiguos y apresurados que dañen, con la impaciencia,
el verdadero ecumenismo.
Él promueve entre sus fieles la pasión por la unidad que ardía en el
corazón de Cristo, anhelando con esperanza la gracia de la comunión de todos
en la única Iglesia de Cristo, según el
designio del Espíritu Santo.
Al obispo y sus colaboradores en la diócesis es confiada la tarea específica
del ecumenismo local,[201]
con todas las iniciativas posibles, como la semana de oración por la unidad de
los cristianos, los intercambios de oración y el testimonio del único
Evangelio de Cristo Señor. Finalmente, es siempre valioso el diálogo cotidiano
y el ecumenismo de los simples gestos cotidianos de comunión y de servicio, que
acercan los corazones y las mentes de los cristianos. El
anuncio del Evangelio 132.
Nuevas son las tareas de la misión de la Iglesia porque nuevos son los
fenómenos sociales y las emergencias culturales, los areópagos de la
evangelización, los compromisos que surgen de la comprensión del mensaje evangélico:
la promoción de la paz, el desarrollo y la liberación de los pueblos, el
reconocimiento de los derechos de las minorías, la promoción de la mujer, una
nueva preocupación por los niños y los jóvenes, la salvaguardia de la creación,
la promoción de una auténtica cultura y la investigación científica
respetuosa de los valores de la vida, el diálogo internacional y los nuevos
proyectos mundiales.[202]
En este contexto social y cultural el Evangelio de la esperanza es
anunciado como la verdad de siempre, pero con nuevos lenguajes, con nuevo brío
y fervor, con nuevos métodos, especialmente con la fuerza que nace de la
santidad de la Iglesia y del testimonio de su unidad. Este objetivo es confiado
a aquellos que por el Espíritu Santo han sido puestos como obispos para
apacentar la Iglesia de Dios (cf. Hch 20, 28). Acción
y cooperación misionera 133.
A imitación de Jesús de Nazaret, evangelizador del Padre, el obispo,
animado por la esperanza inherente al anuncio de la Buena Nueva, dilata los
confines de su ministerio a todo el mundo, puesto que todos son destinatarios de
su solicitud pastoral. La misma posición del obispo en la Iglesia y la misión
que es llamado a desarrollar hacen de él el primer responsable de la perenne
misión de llevar el Evangelio a cuantos aún no conocen a Cristo, redentor del
hombre. La misión del obispo está intrínsecamente vinculada a su ministerio
universal de enseñanza y a la plena relación con la comunidad que él preside
en nombre de Cristo Pastor.
El mandato confiado por el Señor Resucitado a sus apóstoles se refiere
a todas las gentes. En los apóstoles mismos, “la Iglesia recibió una misión
universal, que no conoce confines y concierne a la salvación en toda su
integridad, de conformidad con la plenitud de vida que Cristo vino a traer (cf. Jn
10,10)”.[203]
También para los sucesores de los apóstoles el deber de anunciar el
Evangelio no está limitado al ámbito eclesial, puesto que el Evangelio es para
todos los hombres y la misma Iglesia es sacramento de salvación para todos los
hombres. Ella, más bien, es “fuerza dinámica en el camino de la humanidad
hacia el Reino escatológico; es signo y a la vez promotora de los valores evangélicos
entre los hombres”.[204]
Por ello, siempre incumbe a los sucesores de los apóstoles la responsabilidad
de difundir el Evangelio en toda la tierra.
Consagrados no solamente para una diócesis sino también para la salvación
del mundo entero,[205]
los obispos, ya sea como miembros del colegio episcopal, ya sea como pastores
individuales de las iglesias particulares, son, junto con el obispo de Roma,
directamente responsables de la evangelización de cuantos aún no reconocen en
Cristo al único salvador y todavía no ponen en él la propia esperanza.
En este contexto no pueden ser olvidados tantos obispos misioneros que,
ayer como hoy, ofrecen a la Iglesia la santidad de vida y la generosidad de su
ímpetu apostólico. Algunos de ellos han sido además fundadores de Institutos
misioneros. 134.
En cuando pastor de una iglesia particular, corresponde al obispo guiar
sus caminos misioneros, dirigirlos y coordinarlos. Él cumple con su deber de
comprometer a fondo el impulso evangelizador de la propia iglesia particular
cuando suscita, promueve y guía la obra misionera en su diócesis. De este
modo, “hace presente y como visible el espíritu y el ardor misionero del
Pueblo de Dios, de forma que toda la diócesis se haga misionera”.[206]
En su celo por la actividad misionera el obispo se muestra siempre
servidor y testigo de la esperanza. En efecto, la misión es, sin duda, “el índice
exacto de nuestra fe en Cristo y en su amor por nosotros”[207]
y, mientras impulsa al hombre de todos los tiempos a una vida nueva, es, ella
misma, fruto de la esperanza cristiana.
Anunciando a Cristo Resucitado, los cristianos anuncian a Aquel que
inaugura una nueva era de la historia y proclaman al mundo la buena noticia de
una salvación integral y universal, que contiene en sí la anticipación de un
mundo nuevo, en el cual el dolor y la injusticia dejarán lugar a la alegría y
a la belleza. Por lo tanto oran como Jesús les ha enseñado: “Venga tu
Reino” (Mt 6, 10). La actividad misionera, además, en su objetivo último
de poner a disposición de cada hombre la salvación ofrecida por Cristo de una
vez para siempre, tiende de por sí a la plenitud escatológica. Gracias a ella
se acrecienta el Pueblo de Dios, se dilata el Cuerpo de Cristo y se amplía el
Templo del Espíritu hasta la consumación de los siglos.[208]
Al comienzo del tercer milenio, cuando ya se ha acentuado la conciencia
de la universalidad de la salvación y se experimenta que el anuncio del
Evangelio debe ser renovado cada día, la Iglesia siente que no debe disminuir
su empeño misionero, es más, debe unir las fuerzas en vista de una nueva y más
profunda cooperación misionera, con la colaboración de todos los sucesores de
los apóstoles y de sus iglesias particulares.[209] Diálogo
interreligioso y encuentro con las otras religiones 135.
Como maestros de la fe, los obispos deben también prestar una adecuada
atención al diálogo interreligioso, primero entre todos el especial diálogo
con los hermanos de Israel, pueblo de la primera alianza.
A todos resulta evidente, en efecto, que en las actuales circunstancias
históricas el diálogo interreligioso ha asumido una nueva e inmediata
urgencia. Para muchas comunidades cristianas, como por ejemplo las que se
encuentran en África y en Asia, el diálogo interreligioso constituye una parte
de la vida cotidiana de las familias, de las comunidades locales, del ambiente
de trabajo y de los servicios públicos. En otras comunidades, en cambio, como
sucede en las de Europa occidental y, en todo caso, en los países de más
antigua cristiandad, se trata de un fenómeno nuevo. También aquí sucede
siempre más frecuentemente que creyentes de diversas religiones y cultos se
encuentren y a menudo vivan juntos, a raíz de las migraciones de los pueblos,
de los viajes, de las comunicaciones sociales y de decisiones personales.
El diálogo interreligioso, como ha recordado Juan Pablo II, es parte de
la misión evangelizadora de la Iglesia y entra en la perspectiva del Jubileo
del 2000 y de los desafíos del tercer milenio.[210]
Entre las principales razones el decreto Nostra aetate enumera aquellas
que nacen de la profesión de la esperanza cristiana. Todos los hombres, en
efecto, tienen un origen común en Dios, en cuanto ellos son criaturas amadas
por Él, y además tienen el común destino del fin último que es Dios.
En este diálogo los cristianos tienen, además, no pocas cosas para
aprender. Sin embargo, deben siempre testimoniar la propia esperanza en Cristo,
único Salvador del hombre, cultivando el deber y la determinación en la
proclamación, sin titubeos, de la unicidad de Cristo redentor. En ningún otro,
el cristiano pone su esperanza, puesto que es Cristo el cumplimiento di
cualquier esperanza. Él es “la esperanza de cuantos, en todos los pueblos,
esperan la manifestación de la bondad divina”.[211]
Además, el diálogo deber ser conducido y actuado por los fieles con la
convicción que la única verdadera religión subsiste “en la Iglesia católica
y apostólica, a la cual el Señor Jesús confió la obligación de difundirla a
todos los hombres”.[212] 136.
A todos los fieles y a todas las comunidades cristianas corresponde practicar el
diálogo interreligioso, aún cuando no siempre con la misma intensidad y al
mismo nivel. Sin embargo, allí donde las situaciones lo requieran y lo
permitan, es deber de cada obispo en su iglesia particular ayudar, con su
predicación y con la acción pastoral, a todos los fieles a respetar y estimar
los valores, las tradiciones, la convicciones de los otros creyentes, así como
también promover una sólida y adecuada formación religiosa de los mismos
cristianos, para que sepan dar un convincente testimonio del gran don de la fe
cristiana.
El obispo debe además cuidar la calidad teológica del diálogo
interreligioso, cuando éste tuviera lugar en la propia iglesia particular, de
modo que nunca caiga en el silencio o no sea afirmada la universalidad y la
unicidad de la redención realizada por Cristo, único Salvador del hombre y
revelador del misterio de Dios.[213]
Sólo en la coherencia con la propia fe, en efecto, es posible también
compartir, comparar y enriquecer las experiencias espirituales y las formas de
oración, como caminos de encuentro con Dios.
El diálogo interreligioso, no obstante, no se refiere solamente al campo
doctrinal, sino que se extiende a las múltiples relaciones cotidianas entre los
creyentes, en el respeto recíproco y el conocimiento común. Se trata del diálogo
de la vida, donde los creyentes de las diversas religiones dan recíprocamente
testimonio de los propios valores humanos y espirituales con el objetivo de
favorecer la convivencia pacífica y la colaboración para que la sociedad sea más
justa y más fraterna. Al favorecer y al preocuparse atentamente por ese diálogo,
el obispo recordará siempre a los fieles que este empeño nace de las virtudes
teologales de la fe, la esperanza y la caridad y que crece juntamente con ellas. Una
atención particular al fenómeno de las sectas 137.
La solicitud del obispo por sus fieles debe tener en cuenta con realismo también
el peligro de la seducción que las sectas religiosas y otros movimientos
alternativos de diverso género y nombre pueden suscitar en las personas menos
preparadas. Frecuentemente se trata de movimientos orientados a corroer la fe
católica, propuestos en ambientes de incomodidad social y familiar, juntamente
con la manipulación de las personas y de las conciencias. Se difunden incluso
sectas satánicas que se distinguen por tener objetivos anticristianos, ritos y
formas morales aberrantes.
El estudio diligente de las sectas y de su modo de obrar, así como también
el recurso a quien tiene la capacidad de ayudar a los fieles atrapados o
amenazados por las mismas sectas, puede ser de gran ayuda para restituir a las
personas la serenidad y la profesión de la fe.[214]
Pero se trata sobre todo de formar comunidades cristianas vivas y auténticas,
plenas de vitalidad y de entusiasmo, promotoras de esperanza; es decir,
comunidades capaces de transformarse en lugares para compartir el Evangelio,
para comprometerse en la misión, para atender a la persona, para ayudarse recíprocamente
y para llevar adelante una verdadera y propia terapia espiritual para los
hombres y las mujeres de nuestro mundo, mediante la oración y los sacramentos.
En lo que se refiere, luego, a la lucha contra el mal y el maligno,
corresponde al obispo encargar, según la legislación canónica, a sacerdotes
dotados de piedad, ciencia, prudencia e integridad de vida, el ejercicio de
exorcismos y proveer también a la práctica de oraciones para obtener la curación
de parte de Dios. Diálogo
con personas de otras convicciones 138.
La Iglesia, en su empeño de evangelizar y anunciar la salvación en Cristo a
todos, no descuida establecer en los modos más idóneos el diálogo con
personas de otras convicciones religiosas. Ellas son a menudo sensibles al
atractivo del Evangelio, a la persona de Jesús, a los valores auténticamente
humanos de su predicación y de su ejemplo. Frecuentemente esperan de la Iglesia
la palabra iluminadora, la superación de los prejuicios, la búsqueda atenta de
los valores creíbles de la verdad y de la justicia. Sienten a veces una secreta
nostalgia del cristianismo donde se conjugan las razones de la fe con las de la
esperanza, mientras hoy, caídas la utopías, la falta de fe se traduce en una
actitud incapaz de atravesar el umbral de la esperanza.
Por este motivo, el obispo en su iglesia debe favorecer los encuentros
que puedan comprometer a los hombres y a las mujeres que buscan la verdad, que
son sensibles a los valores trascendentes de la bondad, de la justicia y de la
belleza, que están preocupados por la humanidad de nuestro tiempo. Y todo ello
con la finalidad de favorecer la búsqueda común de senderos para
la promoción de los valores del hombre, especialmente a través del diálogo
con autorizados exponentes de la cultura y de la espiritualidad.
Como pastor de todos y responsable del anuncio del Evangelio en la
compleja situación de nuestra sociedad, el obispo no debe olvidar que es
defensor de los derechos de los fieles católicos y también de la Iglesia,
frecuentemente negados o contestados en diversos lugares o en ciertas
circunstancias sociales o políticas. Porque es el sostén de sus fieles, el
obispo debe infundir y promover la esperanza en los momentos de persecución o
de hostilidad contra los propios feligreses, fortalecido con el testimonio de la
verdad y con la coherencia de la propia vida.
Atención
a los nuevos problemas sociales y a las nuevas pobrezas 139.
La solicitud por los pobres es un aspecto privilegiado del anuncio de
la esperanza en nuestra sociedad actual, en la cual ninguno debe olvidar
que de la vida económica y social, como ha recordado el Concilio Vaticano II,
el hombre es autor, centro y fin.[215]
De ahí la preocupación de la Iglesia para que el desarrollo no sea entendido
en sentido exclusivamente económico, sino más bien en sentido integralmente
humano.
La esperanza cristiana está ciertamente orientada hacia el Reino de los
cielos y hacia la vida eterna. Este destino escatológico, sin embargo, no atenúa
el compromiso por el progreso de la ciudad terrena. Al contrario, le da sentido
y fuerza, mientras “el impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce
a la dicha de la caridad”.[216]
La distinción entre progreso terrestre y crecimiento del Reino, en efecto, no
implica separación, porque la vocación del hombre a la vida eterna, más que
abolir, aumenta el deber del hombre de poner en acto las energías recibidas del
Creador para el desarrollo de su vida temporal. 140.
No es competencia específica de la Iglesia ofrecer soluciones a las
cuestiones económicas y sociales, pero su doctrina contiene un conjunto de
principios indispensables para la construcción de un sistema social y económico
justo. También en este ámbito la Iglesia tiene un Evangelio que anunciar, del
cual el obispo, en su iglesia particular, debe hacerse portador, indicando en
esa Buena Noticia el corazón en las Bienaventuranzas evangélicas.[217]
Dado que, el mandamiento del amor al prójimo es muy concreto, será
necesario que el obispo promueva en su diócesis iniciativas apropiadas y
exhorte a la superación de eventuales actitudes de apatía, de pasividad y de
egoísmo individual y de grupo. Es igualmente importante que con su predicación
el obispo despierte la conciencia cristiana de todos los ciudadanos, exhortándolos
a obrar, con una solidaridad activa y con los medios a su disposición, en la
defensa del hermano, contra cualquier abuso que atente a la dignidad humana.
Debe, a este respecto, recordar siempre a los fieles que en cada pobre y en cada
necesitado está presente Cristo (cf. Mt 25, 31-46). La misma figura del
Señor como juez escatológico es la promesa de una justicia finalmente perfecta
para los vivos y para los muertos, para los hombres de todos los tiempos y de
todos los lugares.[218] Cercano
a cuantos sufren 141.
Recordando su título de padre y defensor de los pobres, el obispo tiene
el deber de alentar el ejercicio de la caridad hacia los pobres con el ejemplo,
con las obras de misericordia y de la justicia, con intervenciones individuales,
y también con amplios programas de solidaridad.
De entre las tareas, que en las respuestas a los Lineamenta se
asignan a los obispos como promotores de la caridad de nuestro tiempo, es
necesario recordar algunas en particular.
En su diócesis cada pastor, con el auxilio de personas cualificadas en
el campo de la pastoral sanitaria, anuncia el Evangelio en el ámbito de la
asistencia a la salud física y psíquica. El cuidado de la salud ocupa un
puesto de relieve en nuestra sociedad. La humanización de la medicina y de la
asistencia a los enfermos, así como la cercanía a todos en el momento del
sufrimiento, despierta en el corazón de cada discípulo de Jesús la figura del
Cristo misericordioso, médico de los cuerpos y de las almas, y al mismo tiempo
recuerda la perentoria palabra de la misión: “Curad enfermos”(Mt
10,8).
La organización y la promoción continua de este sector de la pastoral
merece una prioridad en el corazón y en la vida de un obispo. Promotor
de la justicia y de la paz 142.
Los temas de la justicia y del amor al prójimo aluden espontáneamente al tema
de la paz: “frutos de justicia se siembran en la paz para los que procuran la
paz” (St 3, 18). Lo que la Iglesia anuncia es la paz de Cristo, el
“príncipe de la paz” que ha proclamado la bienaventuranza de los “que
trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”(Mt 5,
9). Tales son no solamente aquellos que renuncian al uso de la violencia como método
habitual, sino también todos aquellos que tienen el coraje de obrar para que
sea cancelado lo que impide la paz. Ellos saben bien que la paz nace en el corazón
del hombre. Por ello actúan contra el egoísmo, que impide ver a los otros como
hermanos y hermanas en una única familia humana, sostenidos en esto por la
esperanza en Jesucristo, el Redentor inocente cuyo sufrimiento es un signo
irrevocable de esperanza para la humanidad. Cristo es la paz (cf. Ef
2,14) y el hombre no encontrará la paz si no encuentra a Cristo.
La paz es una responsabilidad universal, que pasa a través de muchos
pequeños actos de la vida de cada día. Los hombres se expresan a favor de la
paz o contra ella según el proprio modo cotidiano de vivir con los otros. La
paz espera sus profetas y sus artífices.[219]
Estos arquitectos de la paz no pueden faltar sobre todo en la comunidad
eclesial, de la cual el obispo es pastor.
Es necesario, por lo tanto, que el obispo no deje perder ninguna ocasión
para promover en las conciencias la aspiración a la concordia y para favorecer
el entendimiento entre las personas en la preocupación por la causa de la
justicia y la paz. Se trata de una tarea ardua, que exige dedicación, esfuerzos
renovados y una insistente acción educativa, sobre todo hacia las nuevas
generaciones, para que se empeñen, con nuevo gozo y esperanza cristiana, en la
construcción de un mundo más pacífico y fraterno. El obrar en favor de la paz
es también una tarea prioritaria de la evangelización. Por este motivo,
la promoción de una auténtica cultura del diálogo y de la paz es, al
mismo tiempo, un objetivo fundamental de la acción pastoral de un obispo. 143.
El obispo, en cuanto voz de la Iglesia que, evangelizando, llama y
convoca a todos los hombres, no deja de obrar concretamente y de hacer escuchar
su palabra sabia y equilibrada, para que los responsables de la vida política,
social y económica busquen soluciones posibles más justas para resolver los
problemas de la convivencia civil.
Las condiciones en las cuales los pastores desarrollan su misión en
estos ámbitos son a menudo muy difíciles, tanto para la evangelización como
para la promoción humana, y es sobre todo aquí que se pone de manifiesto cuánto
y cómo, en el ministerio episcopal, deba ser incluida la disponibilidad al
sufrimiento. Sin ella no es posible que los obispos se dediquen a su misión.
Por ello, grande debe ser su confianza en el Espíritu del Señor resucitado y
sus corazones deben estar siempre llenos de la esperanza que no falla (cf. Rom
5, 5). Custodios
de la esperanza, testigos de la caridad de Cristo 144.
Los cristianos cumplen con un mandato profético recibido de Cristo
cuando actúan para llevar al mundo el germen de la esperanza. Por esta razón
el Concilio Vaticano II recuerda que la Iglesia “avanza juntamente con toda la
humanidad, experimenta la suerte terrena del mundo, y su razón de ser es actuar
como fermento y como alma de la sociedad, que debe renovarse en Cristo y
transformarse en familia de Dios”.[220]
La asunción de responsabilidades en relación al mundo entero y a sus
problemas, a sus interrogantes y a sus anhelos, pertenece a la tarea de la
evangelización, a la cual la Iglesia es llamada por el Señor. Todo ello
implica en primera persona a cada obispo, obligándolo a leer con atención
“los signos de los tiempos”, de modo que sea reavivada en los hombres una
nueva esperanza. En esto él obra como ministro del Espíritu que, también hoy,
en el umbral del tercer milenio, no cesa de obrar grandes cosas para que sea
renovada la faz de la tierra. Siguiendo el ejemplo del Buen Pastor, el obispo
también indica al hombre el camino que debe recorrer y, como el Samaritano, se
inclina sobre él para curar sus heridas. 145.
Además, el hombre es esencialmente un “ser de la esperanza”. Es
verdad que no son pocos, en varias partes de la tierra, los eventos que inducen
al escepticismo y a la desconfianza: tales y tantos son los desafíos que hoy
son dirigidos a la esperanza. Sin embargo, la Iglesia encuentra en el misterio
de la cruz y de la resurrección de su Señor el fundamento de la “beata
esperanza”. De ahí ella toma fuerzas para ponerse y permanecer al servicio
del hombre y de cada hombre.
El Evangelio, del cual la Iglesia es servidora, es un mensaje de libertad
y una fuerza de liberación que, mientras pone al descubierto y juzga las
esperanzas ilusorias y falaces, lleva a cumplimiento las aspiraciones más auténticas
del hombre. El núcleo central de este anuncio consiste en que Cristo, mediante
su cruz, su resurrección y el don del Espíritu Santo, ha abierto nuevos
caminos de libertad y de liberación para la humanidad.
Entre los ámbitos en los cuales el obispo guía a la propia comunidad,
delineando empeños y poniendo en acto comportamientos que son ejemplos de la
fuerza renovadora del Evangelio y eficaces señales de esperanza, deben
indicarse algunos de particular relieve, que se refieren a la doctrina social de
la Iglesia. Ésta, en efecto, no sólo no es ajena, sino que es parte esencial
del mensaje cristiano, porque propone las directas consecuencias del Evangelio
en la vida de la sociedad. Por lo tanto, sobre ella se ha detenido varias veces
el Magisterio, ilustrándola a la luz del misterio pascual, que es para la
Iglesia fuente del conocimiento de la verdad sobre la historia y sobre el
hombre, recordando además que corresponde a las iglesias particulares, en
comunión con la Sede de Pedro y entre ellas, llevar esa misma doctrina a
aplicaciones concretas. 146.
Un primer ámbito se refiere a la relación con la sociedad civil y política.
Es evidente, a este respecto, que la misión de la Iglesia es una misión
religiosa y que el fin privilegiado de su actividad es el anuncio de Jesucristo,
el único Nombre “dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos”
(Hch 4, 12). De ello deriva, entre otras cosas, la distinción,
reafirmada por el Concilio Vaticano II, entre comunidad política e Iglesia.
Independientes y autónomas en el propio campo, ellas tienen en común, sin
embargo, el servicio a la vocación personal y social de las mismas personas.[221]
Por lo tanto la Iglesia, por mandato del Señor, abierta a todos los
hombres de buena voluntad, no es, ni jamás puede ser, competidora de la vida
política, mas ni siquiera extraña a los problemas de la vida social. Por este
motivo, permaneciendo dentro de la propia competencia de la promoción integral
del hombre, la Iglesia puede buscar también soluciones a los problemas de orden
temporal, especialmente allí donde está comprometida la dignidad del hombre y
son pisoteados sus más elementales derechos. 147.
En este contexto se coloca también la actividad del obispo, el cual
reconoce la autonomía del Estado y evita, por ello, la confusión entre fe y
política sirviendo, en cambio, a la libertad de todos. Ajeno a gestos que
induzcan a identificar la fe con una determinada forma política, él busca
sobre todo el Reino de Dios y es así que, asumiendo un más valido y puro amor
para ayudar a sus hermanos y para realizar, inspirado por la caridad, las obras
de la justicia, él se presenta como custodio del carácter trascendente de la
persona humana y como signo de esperanza.[222]
La contribución específica que un obispo ofrece en este ámbito es aquella
misma de la Iglesia, es decir, “la dignidad de la persona, que se manifiesta
en toda su plenitud en el misterio del Verbo encarnado”.[223]
La autonomía de la comunidad política no incluye, en efecto, su
independencia de los principios morales; es más, una política carente de
referencias morales lleva inevitablemente al degrado de la vida social, a la
violación de la dignidad y de los derechos de la persona humana. Por esta razón,
a la Iglesia le interesa que en lo que se refiere a la política sea conservada,
o restituida, la imagen del servicio que hay que ofrecer al hombre y a la
sociedad. Dado que, además, es tarea propia de los fieles laicos comprometerse
directamente en la política, la preocupación del obispo es la de ayudar a sus
feligreses a discutir sus cuestiones y asumir las propias decisiones a la luz de
la Palabra de la Verdad; de favorecer y guiar la formación en modo que en las
decisiones los fieles sean motivados por una sincera solicitud por el bien común
de la sociedad en que viven, es decir, el bien de todos los hombres y de todo el
hombre; de insistir para que exista coherencia entre la moral pública y la
privada. La
legión de los testigos y el ancla de la esperanza 148.
Discípulo y testigo de Cristo, el obispo en este inicio de siglo y de
milenio se preocupa por anunciar, celebrar y promover, como Jesús, el Reino del
Padre en la esperanza.
Firme en la fe, que es la “garantía de lo que se espera; la prueba de
las realidades que no se ven” (Hb 11,1), está dispuesto a hacer
caminar a su pueblo, como Israel en el desierto, imagen viva de la Iglesia
peregrina en el tiempo, “entre las persecuciones del mundo y los consuelos de
Dios”.[224]
Con la mirada fija en Cristo, autor y perfeccionador de la fe, sostenido
por la legión de los testigos de la fe y la esperanza, el obispo se transforma
en testigo creíble de la fidelidad de Dios en todo tiempo. Por ello, la Iglesia
del final del siglo y del milenio ha querido, entre otras cosas, hacer memoria
ecuménica de los testigos de la fe del siglo XX, como heraldos de la esperanza
cristiana, para las nuevas generaciones.
En un modo globalizado el obispo proclama la comunión y la solidaridad,
la unidad y la reconciliación. En una sociedad que va a la búsqueda del
sentido de la vida, el obispo ofrece la palabra liberadora del Evangelio,
palabra de verdad que abre los horizontes de los hombres más allá de la muerte
e ilumina con la luz de la Pascua de Cristo los senderos de la vida.[225]
El obispo, aferrado a la esperanza, segura y firme como un ancla (cf. Hb
6,18 ss), guía a su pueblo con confianza, en el espíritu del servidor del
Evangelio de Jesucristo para la esperanza del mundo.
149.
Entre los días 6 y 8 de octubre del 2000, los obispos de todo el mundo
han celebrado el Jubileo en comunión con el Papa en un clima de conversión y
de oración, inspirándose al mismo tema de la próxima Asamblea General
Ordinaria del sínodo: El Obispo servidor del Evangelio de Jesucristo para la
esperanza del mundo.[226]
Como ha sido observado, por la primera vez desde los tiempos del Concilio
Vaticano II, tantos obispos, provenientes de todo el mundo, se encontraron
juntos para vivir momentos de auténtica espiritualidad jubilar: el rito
penitencial en San Juan de Letrán, la celebración misionera en San Pablo extra
muros, el Santo Rosario en el Aula Pablo VI, los encuentros con el Romano Pontífice,
especialmente la solemne concelebración eucarística del Domingo 8 de octubre,
momento culminante del Jubileo de los Obispos.
La devoción a María, manifestada en la veneración de la estatua de la
Virgen de Fátima, que ha guiado por senderos de esperanza la afanosa historia
de la Iglesia en el siglo XX, ha dado al encuentro jubilar una particular
intensidad emotiva. Como a menudo ha repetido el Papa, ha sido casi como un
retorno de los sucesores de los apóstoles al Cenáculo de Pentecostés, con María,
la Madre de Jesús.
150.
En esta particular circunstancia Juan Pablo II ha confiado a la Madre del
Señor, con una vibrante oración, los frutos del Jubileo y las ansias del nuevo
milenio.
En las palabras de la oración de consagración a la Virgen María se han
concentrado las esperanzas para el futuro, con la convicción que la única
salvación es Cristo Señor y que el Espíritu de la verdad es la
indispensable fuente de la vida para la Iglesia.
Junto a la memoria de los grandes progresos de una humanidad que se
encuentra en la encrucijada de la historia, el Santo Padre ha recordado las
necesidades de los más débiles: niños aún no nacidos o nacidos en
condiciones de pobreza y sufrimiento; jóvenes a la búsqueda del sentido de la
vida; personas carentes de trabajo o probadas por el hambre y la enfermedad,
familias arruinadas, ancianos sin asistencia, personas solas y sin esperanza.[227]
Está en juego en las esperanzas de la humanidad el valor de la vida
humana que la Iglesia defiende y propone con coraje ante todas las amenazas,
confiando en el Dios de la vida y en la Madre de Aquel que es el camino, la
verdad y la vida.
En las palabras del Sucesor de Pedro y en su imploración en favor de la
humanidad hemos escuchado nuevamente la oración por un mundo que busca razones
para creer y esperar. Como una lógica continuación los obispos se reunirán en
la próxima Asamblea sinodal para proclamar la esperanza en Cristo y en la
acción del Espíritu para el futuro de la Iglesia y de la humanidad.
De María, la humilde servidora que se entregó a Dios, la Iglesia
aprende a proclamar el Evangelio de la salvación y de la esperanza. En el canto
del Magnificat resuenan las certezas de todos los pobres del Señor que
esperan en su Palabra. En ella, mujer vestida de sol, asunta a la gloria junto
al Hijo resucitado, la Iglesia tiene la garantía del cumplimiento de las
promesas del Señor por la humanidad, llamada a la victoria final sobre el mal y
sobre la muerte. A Ella, que para cuantos son aún peregrinos sobre la tierra
brilla “como signo de esperanza cierta y de consuelo, hasta que llegue el día
del Señor”[228],
la Iglesia dirige su súplica invocándola como madre de la esperanza, primicia
del mundo futuro. [1]
Cf. CONCILIUM OECUMENICUM VATICANUM II, Const. Past. de Ecclesia
in mundo huius temporis Gaudium et spes, 45; Paulus
VI, Populorum progressio, 14 (26.03.1967):
AAS 59 (1967), 264. [2]
Cf. Congregatio pro Doctrina Fidei,
Declaratio Dominus Iesus (06.08.2000), 1-2: AAS 92
(2000), 742-744. [3]
Ioannes
Paulus II, Discurso
a la Conferencia Episcopal Colombiana (02.07.1986), 8: AAS
79 (1987), 70. [4]
Conc.
Oecum. Vat. II, Const.
past. de Ecclesia in mundo huius temporis Gaudium et spes, 1. [5]
Conc.
Oecum. Vat. II, Const.
dog. de Divina revelatione Dei Verbum, 1. [6]
Ioannes
paulus II, Dscurso
a los obispos de Austria en ocasión de la visita "ad Limina"
(06.07.1982), 2: AAS 74 (1982), 1123. [7]
Cf. Congregatio pro Episcopis, Directorium Ecclesiae Imago
de pastorali ministerio episcoporum (22.02.1973). [8]
Cf. Congregatio pro Doctrina Fidei, Carta communionis notio
(28.05.92): AAS 85 (1993), 838-850. [9]
Ioannes paulus II, Motu proprio Apostolos suos (21.05.98) AAS 90 (1998),
641-658. [10]
Conc.
Oecum. Vat. II, Decretum
de activ. mission. Ecclesiae Ad gentes, 38. [11]
Conc.
Oecum. Vat. II, Const.
dog. de Ecclesia Lumen gentium, 23. [12]
Ibidem 27. [13]
Conc.
Oecum. Vat. II, Decrtetum
de activ. mission. Ecclesiae Ad gentes, 8. [14]
Epist. ad
Diognetum
6; Patres Apostolici I, Ed. F.X. Funk, Tubingae 1901, 400; Cf. Conc.
Oecum. Vat. II, Const. dog. de Ecclesia Lumen Gentium, 38. [15]
Sacra
Congregatio pro Episcopis, Diretorium Ecclesiae imago de pastorali ministerio episcoporum
(22.02.1973), 25. [16]
Paulus
VI, Catequesis
del miércoles (29.11.1972): L’Osservatore Romano, edición española
(03.12.1972), 3. [17]
Conc.
Oecum. Vat. II, Const. dog. de Diniva revelatione Dei Verbum,
8. [18]
Conc. Oecum. Vat. II, Const.
past. de Ecclesia in mundo huius temporis Gaudium et spes, 1. [19]
Synodus Episcoporum,
(Coetus specialis pro Europa, 1991) Declaratio Ut testes simus Chrsti qui
nos liberavit (13.12.91); Ioannes
Paulus II Adhortatio apostolica
postsynodalis Ecclesia in America (22.01.1999), 13-25; Adhortatio
Apostolica postsynodalis Ecclesia in Asia (06.11.1999), 5-9. [20]
Cfr. La Constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano
II, la Encíclica Humanae vitae de Pablo VI, la Exhortación apostólica
Familiaris consortio y la Encíclica Evangelium vitae de Juan
Pablo II, junto a otras importantes y puntuales intervenciones como la Carta
a las Familias (2.02.1994), además de diversos documentos del
Pontificio Consejo para la Familia y de la Pontificia Academia para la vida. [21]
Cf. Ioannes Paulus II, Adhortatio apost. postsynodalis Christifideles
laici (30.12.1988), 30: AAS 81 (1989), 446. [22]
Cf. Ioannes Paulus II, Mensaje a los participantes al IV Congreso
mundial de los movimientos eclesiales y de las nuevas comunidades: L'Osservatore
Romano, 28.05.1988, p. 6. [23]
Cf. Paulus VI, Encycl. Ecclesiam suam III, (6.08.1964): AAS
56 (1964), 639. [24]
S.
Ignatius Antiochenus,
Ad Ephesios 7,2; Patres ApostoliciI, Ed. Funk. Tubingae
1901,218; Cf. Conc. Oecum. Vat. II, Const.
de sacra litugia Sacrosanctum Concilium, 5. [25]
Cf. Ioannes Paulus II, Encyclicae. Veritatis Splendor
(06.08.1993), 170: AAS 85 (1993), 1217. [26]
S.
Augustinus, Serm.
340/A, 9: PLS: 2, 644. [27]
Ioannes
Paulus II, Discurso
a los Obispos de Austria en ocasión de la visita "ad Limina"
(06.07.1982), 2: AAS 74 (1982), 1123. [28]
Cf. Missale Romanum, Dominica IV Paschae, Antif. ad communionem:
“Surrexit pastor bonus qui animam suam posuit pro ovibus suis et pro grege
suo mori dignatus est”. [29]
Sacra
Congregatio pro Episcopis,
Directorium Ecclesiae imago (22.02.1973), 22. [30]
Cf. S. Augustinus, Tractatus 123 in Ioannem: PL 35,1967. [31]
Conc.
Oecum. Vat. II,
Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium, 21. [32]
Cf. Ibid. [33]
Cf. Pontificale Romanum, De ordinatione episcopi, n. 39:
Homilia. [34]
Cf. Clemens Romanus, Epist. ad Corinthios, 42-44: Patres
Apostolici, I, Ed. F.X. Funk, Tubingae 1901, 154-159. [35]
Pontificale
Romanum, De
ordinatione episcopi, n. 39. [36]
Cf. S. Iraeneus, Adversus haereses, IV, 20,1.3: PG 7,
1032; Demonstratio praedicationis apostolicae, 11, Sources Chret. 62,
48-49; cfr. Catechismus Catholicae Ecclesiae, 704. [37]
Cf. Pontificale Romanum, De ordinatione episcopi, n. 47,
Prex ordinationis. [38]
Cf. S. Ignatius Antiochenus, Ad Magnesios 6,1; 3,1; Patres
Apostolici I, ed. F.X. Funk, Tubingae 1901, 232-233; 234-235. [39]
Cf. S. Ignatius Antiochenus, Ad Trllianos 3,1; Ibid.,
pp. 244-245. [40]
Didascalia
apostolorum
II, 33,1, en Didascalia et Constitutiones apostolorum, II, ed. F.X.
Funk, Paderborn 1905, 114-115. [41]Cf.
Pontificale Romanum, De ordinatione episcopi, n 40, p.
13: Promissio electi. "plebem Dei sanctam ... ut pius pater fovere et
in viam salutis dirigere" [42]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II, Const. dogm. de Ecclesia Lumen
gentium, 6.28. Ioannes Paulus II,
Adhot. apost. postsyn. Ecclesia in Africa, 65. [43]
Cf. Pontificale Romanum, De ordinatione episcopi, n. 40,
p. 14: Promissio electi. [44]
Cf. S. Cyprianus Episcopus, De
oratione dominica,23: PL 4,553: "Sacrificium Deo maius est pax
nostra et fraterna concordia, et de unitate Patris, et Filii et Spiritus
sancti, plebs adunata", (Cf. Conc.
Oecum. Vat. II, Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium, 4) [45]
Cf. Pontificale Romanum, De ordinatione episcopi, n.
50-54, pp. 26-27: Unctio capitis et Traditio libri evangeliorum atque
insignium. [46]
Cf. Isidorus Pelusiota Erminio comiti, Epistularum lib. I,
136: PG 78,271-272: " Id autem amiculum, quod sacerdos humeris gestat,
atque ex lana, non ex lino contextum est, ovis illius, quam Dominus
aberrantem quaesivit inventamque humeris suis stultit, pellem designat.
Episcopis enim qui Christi typum gerit, ipsius munere fungitur...". [47]
Cf. Benedictus XIV, Const. Rerum ecclesiasticarum
(12.08.1748): De palii benedictione et traditione, in S.D.N. Benedicti Papae
XIV Bullarium, tom. II, 494-497: "Ut quam mysticae repraesentant
pastoralis officii plenitudinem, atque excellentiam, pleno quoque operentur
effectu...Sit boni magnique illius imitator pastoris, qui errantem ovem
humeris suis impositam caeteris adunavit, pro quibus animam posuit". [48]
Cf. Pontificale Romanum, De ordinatione episcopi, n.
49-54, pp. 26-27: Unctio capitis et traditio Libri Evangeliorum atque
insignium. [49]
Sacramentarium
Serapionis,
28, in Didascalia et Constitutiones Apostolorum, II, Ed. F.X. Funk,
Paderborn 1905, 191. [50]
Cf. Pontificale Romanum, De ordinatione episcopi, n 47,p.
24-25 Prex ordinationis. [51]
S.
Augustinus, In
natale episcopi: CCL 104, 919,1: "Vobis enim sum episcopus,
vobiscum sum chrstianus. Illud est nomen suscepti officii, hoc gratiae;
illud periculi est, hoc salutis". [52]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Presbyterorum
ordinis, cap. III; cf. Ioannes
PAulus II, Adhort. apost. postsyn. Pastores dabo vobis
(25.03.1992) cap. III: [53]
S.
Petrus Damianus,
Opusc. XI (Liber qui appellatur Dominus vobiscum) 5: PL 145, 235; cf.
S. Augustinus, In Ioann. 32,8: PL: 35, 1645. [54]
Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de
Ecclesia Lumen gentium, 41 [55]
Cf. Sacra Congregatio pro Episcopis,
Directorium Ecclesiae imago (22.02.1973), pars I, cap. IV, 21-23.. [56]
Ibid. 25. [57]
Cf. Ioannes PAulus II, Homilía
en la celebración eucarística del Jubileo de los Obispos (8.10.2000)
n. 4: L'Osservatore Romano, edición española (13.10.2000), 11. [58]
Cf. Isidorus Hispalensis, De
ecclesiasticis officiis, lib. II, 16-17: PL 83, 785. [59]
Cf. S. Augustinus, Serm.
179, 1 PL 38, 966. [60]
Orígenes, In Leviticum Hom. PG:
12, 474 C. [61]
S. Thomas Aq., S. Th. II-II, q.
17, a. 4,3: "Petitio est interpretativa spei". [62]
Conc. Oecum. Vat. II., Decret. de past.
Episcoporum munere in Ecclesia Christus Dominus, 15. [63]
Cf. S. Augustinus, Enarr. in
psalm. ,50,5: PL 36, 588. [64]
Conc. Oecum. Vat. II., Const. de Sacra
liturgia Sacrosanctum Concilium n. 8. [65]
Cf. S. Thomas Aq., S. Th.
III, q. 60, a. 3. [66]
Cf. Caeremoniale episcoporum, Editio typica, Typis Poliglottis
Vaticanis, 1984. [67]
Cf. Ioannes PAulus II, Epistula
Apostolica Orientale lumen (2.05.1995): AAS 87 (1995) pp.
745-794; cf. Cf. Congregación para
las Iglesias Orientales, Instrucción para la aplicación de las
prescripciones litúrgicas del CCEO (6.01.1996). [68]
Cf. Catechismus Catholicae Ecclesiae, 1313. [69]
Cf. Paulus VI, Adhort. Ap. Gaudete
in Domino (9.V.1975), I: AAS 67 (1975) 293. [70]
Cf. Sacra Congregatio pro Epscopis,
Directorium Ecclesiae imago (22.02.1973), 89. [71]
Conc. Oecum. Vat. II, Const. dogm. de
Ecclesia Lumen gentium, 1. [72]
Relatio finalis, Exeunte coetu II, C, 1. [73]
Congregatio pro Dctrina Fidei, Litterae Communionis
notio (28.05.1992), 3: AAS 85 (1993), 839. [74]
Ibid. [75]
Conc. Oecum. Vat. II, Const. dogm. de
Ecclesia Lumen gentium, 13. [76]
Ioannes Paulus II, Adhort. apost. synod.
Christifideles laici (30.12.1988), 31: AAS 81 (1989), 448. [77]
Conc. Oecum. Vat. II, Const. dogm. de
Ecclesia Lumen gentium, 23; CIC can. 381 § 1; CCEO can. 178. [78]
Conc. Oecum. Vat. II, Const. dogm. de
Ecclesia Lumen gentium, 22; CIC can. 336; CCEO can. 49. [79]
Cf. S. Cyprianus, De
catholicae Ecclesiae unitate. 5: PL 4, 516; cf. Conc.
Oecum. Vat. I, Const. dogm. Pastor aeternus de Ecclesia
Christi, Prologus: DS 3051; Conc. Oecum. Vat. II, Const. dogm. de Ecclesia Lumen
gentium, 18. [80]
Congregatio pro Doctrina Fidei, Litterae
Communionis notio (28.05.1992), 13: AAS 85 (1993), 846. [81]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II,
Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium, 23. [82]
Congregatio pro Doctrina Fidei, Litterae
Communionis notio (28.05.1992), 9. 11-14: AAS 85 (1993),
844-847. [83]
Conc. Oecum. Vat. II, Decret. de past.
Episc. mun. in Ecclesia Christus Dominus, 6; cf. Conc. Oecum. Vat. II, Const. dog. de Ecclesia Lumen
Gentium, 23; Decret. de past. Episc. mun. in Ecclesia Christus
Dominus, 3.5. [84]
Conc. Oecum. Vat. II, Const. de sacra
Liturgia Sacrosanctum Concilium, 26. [85]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II,
Decret. de past. Episc. mun. in Ecclesia Christus Dominus, 6. [86]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II,
Const. dog. de Ecclesia Lumen gentium, 22-23. [87]
Ibid., 8.
Cfr. Congregatio pro Doctrina Fidei,
Declaratio Dominus Iesus (06.08.2000), 17. [88]
Ibid., 26. [89]
Ibid., 6. [90]
Congregatio pro Doctrina Fidei, Litterae
Communionis notio (28.05.1992), 14: AAS 85 (1993), 846. [91]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II,
Const. dog. de Ecclesia Lumen gentium, 25. [92]
Cf. Congregatio por Episcopis, directorium
pro visitatione "ad limina" Constitutione apostolicae Pastor
Bonus adnexum (29.06.88). [93]
Cf.Conc. Oecum. Vat. II,
Decret. de past. Episcoporum munere in Ecclesia Christus Dominus,
37-38; CIC c. 447-449. [94]
Cf. Ioannes Paulus II, Litterae
Apostolicae motu proprio datae Apostolos suos, (21.05.1998): AAS
90 (1998), 641-658; cf. Congregatio por Episcopis, Epistolae Praesidibus
Conferentiarum Episcoporum missa, nomine quoque Congregationis pro Gentium
Evangelizatione (21.06.1999): AAS 91 (1999), 996-999. [95]
Cf. Congregatio por Episcopis, Direcotirum
Ecclesiae imago, n. 210; cf. Ioannes
Paulus II, Litterae Ap. Apostolos suos, 5. [96]
Ioannes Paulus II, Litterae Ap. Apostolos
suos, (21.05.1998), 20: AAS 90 (1998), 654. [97]
Ibidem, 21 AAS
90 (1998), 655. [98]
Cf. Idem. [99]
Cf. Ibidem, 22: AAS 90 (1998), 665. [100]
Cf. CCEO c. 110 y 152. [101]
Cf. CCEO, c. 322. [102]
Cf. oannes Paulus II, Litterae
Ap. Apostolos suos, (21.05.1998), 32: AAS 90 (1998), 645. [103]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II,
Const. dog. de Ecclesia Lumen gentium, 22-23, cum notis. [104]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II,
Decretum de Ecclesiis orientalibus catholicis Orientalium ecclesiarum,
9; CCEO, cc. 55-56. [105]
Cf. CCEO cc. 152-153. [106]
Cf. CIC c. 336; 337; 339. [107]
Cf. Congregatio por Episcopis, Normae
In vita Ecclesiae sobre los Obispos que han cesado de su oficio
(31.10.1988); Cf. Pontificium
Consilium por Interpretatione Legum, Responsio (3.12.1991): AAS
83 (1991) 1093.. [108]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II,
Const. dogm. de Ecclesia Lumen Gentium, 23. [109]
S. Cyprianus, Epistola
69,8: PL 4, 418-419: "Unde scire debes Episcopum in Ecclesia esse et
Ecclesiam in Episcopo, et si quis cum Episcopo non sit, in Ecclesiam non
esse". [110]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II,
Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium, 9-13. [111]
Sacra Congregatio pro Episcopis,
Directorium Ecclesiae imago (22.02.1973), 14. [112]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II,
Const. dogm. de Ecclesia Lumen Gentium, 23. [113]
Conc. Oecum. Vat. II,
Decretum de pastorali episcoporum munere in Ecclesia Christus Dominus,
11; cf. CIC can. 368; CCEO can. 177. [114]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II,
Const. dogm. de Ecclesia, Lumen Gentium, 26. [115]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II,
Constitutio de sacra Liturgia, Sacrosanctum Concilium, 10. [116]
Paulus VI, Adhortatio apost. Evangelii
nuntiandi (08.12.1975),62: AAS 68 (1976), 52. [117]
Congregatio Pro Doctrina Fidei, Litterae
Communionis notio (28.05.1992), 8: AAS
85 (1993), 842. [118]
Ibid., 10:
AAS 85 (1993), 844. [119]
Cf. Idem. [120]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II,
Const. dogm. de Ecclesia Lumen Gentium, 9. 13. [121]
Cf. Congregatio Pro Doctrina Fidei,
Litterae Communionis notio (28.05.1992), 9: AAS
85 (1993), 843. [122]
Conc. Oecum. Vat. II, Const. dogm. de
Ecclesia Lumen Gentium, 28. [123]
Ioannes Paulus II, Adhort. apost.
postsyn. Pastores dabo vobis (25.03.1992), 31: AAS
84 (1992), 708. [124]
Cf. Congregatio pro Doctrina Fidei,
Litterae Communionis notio, (28.05.1992), 16: AAS
85 (1993), 847-848. [125]
Cfr. Conc. Vat. II, Decr. de
Presbyt. ministerio et vita Presbyterorum ordinis, 10; Ioannes
Paulus II, Adhort. apost. postsyn. Pastores dabo vobis (25.03.1992), 32: AAS
84 (1992), 709-710; Litterae Encyclicae Redemptoris missio
(07.12.1990), 67: AAS 83
(1991), 329-330. [126]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const.
dogm. de Ecclesia Lumen gentium, 28. [127]
Ibidem. [128]
Cf. Ibidem, 7; cf. CIC c. 495. [129]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II,
Constitutio dogm. de Ecclesia Lumen Gentium, 29. [130]
Cf. Ibidem, 29. 41. [131]
Cf. Ioannes Paulus II, Adhort.
Ap. postsynod. Pastores dabo vobis (25.03.1992), 65: AAS
84 (1992), 770-772. [132]
Cf. Congregatio de Institutione
Catholica et Congregatio Pro
clericis, Declaratio coniuncta Diaconatus permanens
(22.02.1998): AAS 90 (1998), 835-842; Congregatio
de Institutione catholica, Ratio fundamentalis institutionis
diaconorum permanentium, Institutio diaconorum: AAS 90 (1998),
843-879; Congregatio pro clericis,
Directorium pro ministerio et vita diaconorum permanentium Diaconatus
originem: AAS 90 (1998), 879-927. [133]
Ioannes Paulus II,
Adhort. Ap. postsynod. Vita consecrata (25.III.1996), 3: AAS 88
(1996), 379. [134]
Cf. ibidem, 29; Conc. Oecum.
Vat. II, Const. dogm. de Ecclesia Lumen gentium, 44. [135]
Cf. Ioannnes Paulus II, Adhort.
apost. postsyn. Vita consecrata (25.III.1996),
47: AAS 88 (1996), 420-421. [136]
Sacra Congregatio pro religiosis et institutis Saecularibus et Sacra
Congregatio pro Episcopis, Notae directivae Mutuae
relationes (14.V.1978), 9c: AAS 70 (1978), 479. [137]
Cf. Ioannes Paulus II, Adhort.
Ap. postsynod. Vita consecrata (25.III.1996), 84.88: AAS 88
(1996), 461-462. 464. [138]
Cf. ibidem, 48: AAS 88 (1996) 421-422; Sacra
Congregatio pro Episcopis, Directorium Ecclesiae imago
(22.02.1973) 207. [139]
Cf. Ioannes Paulus II, Adhort,
apost. postsyn. Vita consecrata (25.III.1996), 48-49: AAS 88
(1996), 421-423. [140]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const.
dogm. de Ecclesia Lumen gentium, cap. IV ; Decretum de apostol.
laicor. Apostolicam actuositatem ; Ioannes
Paulus II, Adhort. Ap. postsynod. Christifideles laici
(30.12.1988): AAS 81(1989),
393-521; Sacra Congregatio pro Episcopis, Directorium Ecclesiae
imago (22.03.1973), 153-161.208 [141]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II.,
Const. past. de Ecclesia in mundo huius temporis Gaudium et spes, 39. [142]
Cf. Ioannes Paulus II, Adhort.
apost. postsyn. Christifideles laici (30.12.1988), 26: AAS
81(1989), 437-440. [143]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II,
Const. dogma. de Ecclesia, Lumen Gentium, 28. [144]
Cf. Ioannes Paulus II, Adhort.
apost. Catechesi tradendae (16.10.1979), 67: AAS 71 (1979),
1331-1333. [145]
Cf. CIC can. 515. [146]
Cf. Ioannes Paulus II, Adhort.
apost. postsyn. Christifideles laici
(30.12.1988), 27: AAS 81(1989),
442. [147]
Cf. Sacra Congregatio pro Episcopis,
Directorium Ecclesiae imago (22.02.1973), 184-188. [148]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II,
Const. dogm. de Ecclesia Lumen Gentium, 12; Ioannes
Paulus II, Adhort. apost. postsyn. Vita consecrata
(25.III.1996), 62: AAS 88 (1996), 435-437. [149]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const.
dogm. de Ecclesia Lumen gentium, 27. [150]
Ibidem, 25;
cf. Decret. de past. Episc. mun. in Ecclesia Christus Dominus, 12-14;
cf. Sacra Congregatio pro Episcopis,
Directorium Ecclesiae imago (22.02.1973), 55-65. [151]
Cf. CIC can. 386. [152]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const.
past. de Ecclesia in mundo huius temporis Gaudium et spes, 22. [153]
Cf. CIC can. 386 §2. [154]
Cf. S. Iraeneus, Adversus
haereses, IV, 26, 2: PG 7,
1053-1054: "Qui cum episcopali successione charisma veritatis certum
secundum placitum Patris acceperunt". [155]
Cf. Sacra Congregatio pro Episcopis,
Directorium Ecclesiae imago, 59-60. [156]
Cf. Congregatio de Doctrina Fidei,
Instructio Donum veritatis de ecclesiali theologi vocatione
(24.V.1990), 21: AAS 82 (1990), 1559. [157]
Cf. Ioannes Paulus II, Const.
apost. Fidei depositum (11.X.1992), 4: AAS 86 (1994), 113-118. [158]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const.
past. de Ecclesia in mundo huius temporis Gaudium et spes, 33. [159]
Cf. Pontificia Comisión para los
Bienes Culturales de la Iglesia, Carta circular sobre la función
pastoral de los Archivos eclesiásticos (2.02.1997). [160]
Cf. Ioannes Paulus II, Adhort.
apost. postsyn. Ecclesia in Africa (14.09.95), 59-62: AAS 88
(1996), 37-39; Ecclesia in Asia (06.11.1999) 21-22: AAS
92 (2000), 482-487; Vita consecrata (25.03.1996), 80-81: AAS
88 (1996), 456-458. [161]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Decret.
de presbyterorum ministerio et vita Presbyterorum ordinis, 5. [162]
Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de
Ecclesia Lumen gentium, 26. [163]
Ioannes Paulus II, Catequesis del
miércoles (11.11.1992), 1: “L’Osservatore Romano” edición española
(13.11.1992), 3. [164]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const.
dogm. de Ecclesia Lumen gentium, 26 [165]
Cf. S. Ignatius Antioch. Ad
Magn. 7: Patres Apostolici,I, Edidit F-X. Funk, Tubingae 1897,
194-196; Conc. Oecum. Vat. II,
Const. de sacra Liturgia Sacrosanctum concilium, 41; Const. dogm. de
Ecclesia Lumen gentium, 26 ; Decretum de oecumenismo Unitatis
redintegratio, 15. [166]
Conc. Oecum. Vat. II, Const. de sacra
Liturgia Sacrosanctum Concilium, 41. [167]
Cf. Caeremoniale Episcoporum, 42-54. [168]
Cf. Ibid., 42-46. [169]
Cf. Ibid.,47. [170]
Cf. Ibid.,48. [171]
Cf. CE, 50. [172]
Cf. Ibid., 51. 17. [173]
Cf. Ibid., n. 52. [174]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const.
de sacra Liturgia Sacrosanctum concilium, 106; Ioannes
Paulus II, Epistula apostolica Dies Domini, de diei dominicae
santificatione (31.05.1998): AAS 90 (1998), 713-766. [175]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const.
dogm. de Ecclesia Lumen gentium, 11. [176]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const.
de sacra Liturgia Sacrosanctum concilium, 21. [177]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const.
dogm. de Ecclesia Lumen gentium, 4. [178]
Ioannes Paulus II, Litt. encycl. Dominum
et vivificantem (18.V.1986), 66: AAS 78 (1986), 897. [179]
Cf. Paulus VI, Adhort. Ap. Evangelii
nuntiandi (8.XII.1975), 48: AAS 68 (1976), 37-38. [180]
Cf. Catechismus Catholicae Ecclesiae, 1674-1676. [181]
Caeremoniale Episcoporum,
Pars III; De liturgia horarum et celebrationibus Verbi Dei. [182]
Conc. Oecum. Vat. II., Const. dogm. de
Ecclesia Lumen gentium, 27 ; cf. Decret. de past. Episc.
mun. in Ecclesia Christus Dominus, 16. [183]
Ioannes Paulus II, Catequesis del
miércoles (18.11.1992), 2.4: “L’Osservatore Romano” edición española
(20.11.1992), 3. [184]
Cf. CIC can. 383 §1; 384. [185]
Cf. Sacra Congregatio pro Episcopis,
Directorium Ecclesiae imago (22.02.1973), 93-98. [186]
Ioannes Paulus II, Adhort.
Ap. postsynod. Pastores dabo vobis (25.III.1992), 23: AAS 84
(1992) 694. [187]
Cf. Ioannes Paulus II, Discorso
ai Vescovi della Conferenza Episcopale del Brasile della Regione Nord in
visita “ad Limina” (28.X.1995), 5: “L’Osservatore Romano”
(4.XI.1995), 4. [188]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II.,
Decret. de presbyterorum ministerio et vita Presbyterorum ordinis,
17. [189]
Cf. CIC can. 396 §1 ; cf. can. 398. [190]
Sacra Congregatio pro Episcopis,
Directorium Ecclesiae imago (22.02.1973), 166; cf. ibidem 166-170. [191]
Cf. CIC can. 460-468; cf. Sacra
Congregatio pro Episcopis, Directorium Ecclesiae imago
(22.02.1973), 163-165. [192]
Cf. CIC can 212 § 2.3. [193]
Cf. Congr. pro Episcopis et Congr. pro
gentium evangelizatione, Istr. In constitutione apostolica de
Synodis dioecesanis agendis (19.03.1997): AAS 89 (1997) pp. 706-727. [194]
Cf. Ibidem, V, 2.3.4; Cf. CIC c. 466. [195]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const.
past. de Ecclesia in mundo huius temporis Gaudium et spes, 1. [196]
Cf. CIC c. 1752. [197]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II,
Const. past. de Ecclesia in mundo huius temporis Gaudium et spes, 22. [198]
Ibidem, n. 93
; cf. Paulus VI, Litt. Encycl. Ecclesiam
suam, III: AAS 56 (1964), 637-659. [199]
Cf.
Congregatio pro Doctrina Fidei,
Declaratio Dominus Iesus (6.08.200), 20-22: AAS 92 (2000),
761-764. [200]
Cf. Ioannes Paulus II, Litt.
Encycl. Ut unum sint (25.05.1995): AAS 87 (1995), 921-982. [201]
Cf. Pontificio Consejo para la unión
de los Cristianos, Directorio para la aplicación de los
Principios y Normas sobre el ecumenismo (25.03.1993):
AAS 85 (1993),
1039-1119; espec. nn. 37-47. [202]
Cf. Ioannes Paulus II, Litt.
Encyc. Redemptoris missio (07.12.1990) 37: AAS 83 (1991),
282-286. [203]
Ibidem, 31: AAS
83 (1991), 276-277. [204]
Ibidem., 20: AAS
83 (1991), 267-268. [205]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Decretum
de activ. mission. Ecclesiae Ad gentes, 38. [206]
Ibidem; cf. Ioannes
Paulus II, Litt. Encycl. Redemptoris missio, 63: AAS 83
(1991), 311-312. [207]
Ioannes Paulus II, Litt. Encycl. Redemptoris
missio, 11: AAS 83 (1991), 259-260. [208]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Decretum
de activ. mission. Ecclesiae Ad gentes, 9. [209]
Cf. Congregatio pro Gentium
Evangelizatione, Instructio Cooperatio missionalis (1.10.
1998), de cooperatione missionali: AAS 91 (1999), 306-324. [210]
Cf. Ioannes Paulus II, Litt.
Encycl. Redemptoris missio (07.12.1990), 55: AAS 83 (1991),
302-304; cf. Epist. Apost. Tertio millennio adveniente (10.11.1994),
53: AAS 87 (1995), 37. [211]
S. Iustinus, Dialogus cum
Tryphone 11: PG 6, 499; cf. Congregatio
pro Doctrina Fidei, Declaratio Dominus Iesus (6.08.2000),
13-15: AAS 92 (2000), 754-756. [212]
Conc. Oecum. Vat. II., Declar. de
libert. religiosa Dignitatis humanae, 1;
cf. Congregatio pro Doctrina
Fidei, Declaratio Dominus Iesus (6.08.2000), 16-17: AAS 92
(2000), 756-759. [213]
Cf. Ioannes Paulus II, Litt.
Encycl. Redemptoris missio (07.12.1990),
5: AAS 83 (1991), 253-254. [214]
Cf. Secretariado
para la unión de los
cristianos - Secretariado para
los no cristianos - Pontificio
Consejo para la Cultura,
Relación provisoria El fenómeno de las sectas y nuevos movimientos
alternativos (7.05.1986), 10. [215]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const.
past. de Ecclesia in mundo huius temporis Gaudium et spes, 63. [216]
Catechismus Catholicae Ecclesiae,
1818. [217]
Cf. Congregatio pro Doctrina
Fidei, Libertatis conscientia
Instructio de libertate christiana et liberatione, (22.III.1986) 62: AAS
79 (1987), 580-581. [218]
Cf. Ibidem, 60: AAS 79 (1987), 579. [219]
Cf. Ioannes Paulus II,
Discurso para la jornada mundial de oración por la paz en Asís
(27.X.1986), 7: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, IX/2, 1263. [220]
Conc. Oecum. Vat. II., Const. past. de
Ecclesia in mundo huius temporis Gaudium et spes, 40. [221]
Cf. Conc. Oecum. Vat. II., Const.
past. de Ecclesia in mundo huius temporis Gaudium et spes, 76. [222]
Cf. ibidem, 72. 76. [223]
Ioannes Paulus II, Litt. Encycl. Centesimus
annus (1.V.1991), 47: AAS 83 (1991), 851-852. [224]
Conc. Oecum. Vat II, Const. dogmat. de
Ecclesia Lumen gentium, 8. [225]
Cf. Conc. Oec. Vat. II, Const.
past. de Ecclesia in mundo hius temporis Gaudium et spes, 22. [226]
Cf. Jubileo de los Obispos. El Obispo servidor del Evangelio de
Jesucristo para la esperanza del mundo, Roma 6-8 de octubre del 2000: opúsculo
de participación en el Jubileo de los Obispos. [227]
Cf. Ioannes Paulus II, Acto
de consagración a la Beata Virgen María, 3-4: “L'Osservatore
Romano” edición española (13.10.2000), 1. [228]
Conc. Oecum.
Vat. II., Const. dogm. de Ecclesia Lumen
gentium, 68.
Í N D I C E Introducción En la perspectiva de un nuevo milenio En la huella de las precedentes asambleas sinodales Continuidad y novedad Un renovado anuncio del Evangelio de la esperanza Capítulo I Un ministerio de esperanza Una mirada sobre el mundo con los sentimientos del Buen Pastor Bajo el signo de la esperanza teologal Entre el pasado y el futuro Entre luces y sombras en el panorama mundial Entre el retorno a lo sagrado y la indiferencia Un nuevo horizonte de problemas éticos Situaciones eclesiales emergentes Signos de vitalidad y de esperanza Hacia un nuevo humanismo Los frutos del Jubileo Bajo la guía del Espíritu Hacia senderos convergentes de unidad Un fuerte reclamo de espiritualidad Obispos testigos de esperanza Fieles en las expectativas y las promesas de Dios como la Virgen María Capítulo II Misterio, Ministerio y Camino Espiritual del Obispo La imagen de Cristo Buen Pastor I. Misterio y Gracia del Episcopado La gracia de la ordenación episcopal En comunión con la Trinidad Desde el Padre por Cristo en el Espíritu La imagen eclesial del obispo El espíritu de santidad II. La Santificación en el Propio Ministerio La vida espiritual del obispo Una auténtica caridad pastoral El ministerio de la predicación Orante y maestro de la oración Nutrido por la gracia de los sacramentos Como gran sacerdote en medio de su pueblo Una espiritualidad de comunión Animador de una espiritualidad pastoral En comunión con la Santa Madre de Dios III. Camino Espiritual del Obispo Un necesario camino espiritual Con el realismo espiritual del cotidiano En la armonía del divino y de lo humano Fidelidad hasta el final El ejemplo de los santos obispos Capítulo III El Episcopado, Ministerio de Comunión y de Misión en la Iglesia Universal Amigos de Cristo, elegidos y enviados por Él I. El Ministerio Episcopal en una Eclesiología de Comunión En la Iglesia imagen de la Trinidad En una eclesiología de comunión y de misión Unidad y catolicidad del ministerio episcopal En comunión con el Sucesor de Pedro Colaboración en el ministerio petrino Las visitas "ad limina" y las relaciones con la S. Sede Las conferencias episcopales Comunión afectiva y efectiva II. Algunos Problemas Particulares Distintas tipologías del ministerio episcopal Los obispos eméritos Elección y formación de los obispos
Capítulo IV El Obispo al Servicio de su Iglesia La imagen bíblica del lavatorio de los pies: Jn. 13,1-16 I. El Obispo en su Iglesia Particular La iglesia particular Un misterio que converge en el obispo junto a su pueblo Palabra, Eucaristía, comunidad Una, santa, católica y apostólica Una Iglesia con rostro humano Iglesia universal, iglesia particular II. La Comunión y la Misión en la Iglesia Particular En comunión con el presbiterio Una atención particular para los sacerdotes El ministerio y la cooperación de los diáconos El Seminario y la pastoral vocacional En relación a los otros ministerios Solicitud por la vida consagrada Un laicado comprometido y responsable Al servicio de la familia Los jóvenes: una prioridad pastoral para el futuro Las parroquias Movimientos eclesiales y nuevas comunidades III. El Ministerio Episcopal al Servicio del Evangelio 1. El Ministerio de la Palabra Proclamar el Evangelio de la esperanza El centro del anuncio Educación en la fe y catequesis Toda la iglesia comprometida en la catequesis Diálogo y colaboración con teólogos y fieles Testigo de la verdad Tareas para el futuro Cultura e inculturación 2. El Ministerio de la Santificación El obispo como sacerdote y liturgo en su catedral La Eucaristía al centro de la iglesia particular Atención a la oración y a la piedad popular Algunas cuestiones particulares 3. El Ejercicio del Ministerio de Gobierno El servicio del gobierno Ejercicio de auténtica caridad pastoral Un estilo pastoral confirmado por la vida Las visitas pastorales El Sínodo diocesano Un gobierno animado de espíritu de comunión La administración económica Cuestiones prácticas relacionadas con la iglesia particular Capítulo V Al Servicio del Evangelio para la Esperanza del Mundo En Jesucristo el perenne Jubileo de la Iglesia El ministerio de salvación de la Iglesia Una nueva situación religiosa Diálogo ecuménico El anuncio del Evangelio Acción y cooperación misionera Diálogo interreligioso y encuentro con las otras religiones Una atención particular al fenómeno de las sectas Diálogo con personas de otras convicciones Atención a los nuevos problemas sociales y a las nuevas pobrezas Cercano a cuantos sufren Promotor de la justicia y de la paz Custodios de la esperanza, testigos de la caridad de Cristo La legión de los testigos y el ancla de la esperanza Conclusión
|
|