Las admirables obras y los beneficios de Dios a su pueblo se
deben recordar siempre con acción de gracias, de modo especial en los días de
fiesta que recuerdan acontecimientos de suma importancia para la vida de la
Iglesia.
Se acerca el 8 de diciembre, día consagrado a la Inmaculada Concepción de la
santísima Virgen María, en el que se cumplirán cuarenta años desde que el siervo
de Dios Pablo VI, Sumo Pontífice, que ya había proclamado a la Virgen María
Madre de la Iglesia, al clausurar el concilio ecuménico Vaticano II, dedicó
grandes alabanzas a la Virgen, la cual, por ser Madre de Cristo, es Madre de
Dios y Madre espiritual de todos nosotros.
En esta solemnidad, el Sumo Pontífice Benedicto XVI, al rendir homenaje
público en Roma a la Virgen Inmaculada, desea vivamente que toda la Iglesia se
una a él de corazón, de forma que todos los fieles, unidos en el nombre de la
Madre común, se fortalezcan cada vez más en la fe, se adhieran con mayor entrega
a Cristo y amen a sus hermanos con una caridad más ardiente. Como enseñó con
gran sabiduría el concilio Vaticano II, de aquí proceden la misericordia en
favor de los pobres, la observancia de la justicia, la tutela y la búsqueda de
la paz.
Por eso, el Santo Padre, al que interesa mucho que aumenten el amor y la
confianza de los fieles hacia la Virgen Madre de Dios y que su vida, con la
ayuda y el ejemplo de santidad de ella, se adecue fielmente a las sabias
enseñanzas del concilio ecuménico Vaticano II, en comunión jerárquica con él y
con sus obispos, concede benévolamente el don de la Indulgencia plenaria,
que los fieles pueden conseguir con las condiciones acostumbradas (confesión
sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Sumo
Pontífice), con el alma totalmente alejada del afecto a cualquier pecado, en la
próxima solemnidad de la Inmaculada Concepción, si participan en un sagrado rito
en honor de la Virgen, o al menos dan un claro testimonio de devoción mariana
ante una imagen de la Virgen Inmaculada expuesta a la veneración pública,
añadiendo el rezo del Padrenuestro y del Credo, y una invocación a la Inmaculada
(como, por ejemplo, "Toda hermosa eres, María; en ti no hay mancha de pecado
original", "Reina, concebida sin pecado original, ruega por nosotros").
Por último, también los fieles impedidos por enfermedad o por cualquier otra
justa causa, en el mismo día pueden obtener el don de la Indulgencia plenaria
en su casa o donde se encuentren, con tal de que, con el alma alejada de todo
pecado y con el propósito de cumplir las citadas condiciones en cuanto les sea
posible, se unan en espíritu y en deseo a las intenciones del Sumo Pontífice, en
oración a la Virgen Inmaculada, y recen el Padrenuestro y el Credo.
Este decreto sólo tiene vigor en esta ocasión. No obstante cualquier disposición
contraria.
Dado en Roma, en la sede de la Penitenciaría apostólica, el 18 de noviembre de
2005, en la Dedicación de las basílicas de San Pedro y San Pablo, apóstoles.
Cardenal JAMES FRANCIS STAFFORD
Penitenciario mayor
Gianfranco Girotti, o.f.m. conv.
Regente