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La
ley del amor divino
es
la regla de todos los actos humanos
"Es
claro que no todos pueden dedicarse a la ciencia con esfuerzo y por eso Cristo
ha dado una ley sencilla que todos la puedan conocer y nadie pueda excusarse por
ignorancia de su cumplimiento. Esta es la ley del amor divino: Porque pronta y perfectamente cumplirá el Señor su palabra sobre la
tierra (Rm 9, 28; Is 10, 23)
Esta
ley debe ser la regla de todos los actos humanos. Del mismo modo que sucede en
las cosas artificiales, donde una cosa se dice buena y recta cuando se adecua
a la regla, de la misma manera, pues, cualquier acción del hombre se llama
recta y virtuosa cuando concuerda con la regla divina del amor, mientras que
cuando está en desacuerdo con ella no es ni recta, ni buena, ni perfecta.
Esta
ley, la del amor divino, realiza en el hombre cuatro cosas muy deseables. En
primer lugar es causa en él de la vida espiritual; es claro que ya en el orden
natural el que ama está en el amado, y del mismo modo, también el que ama a
Dios lo tiene al mismo dentro de sí: Quien
permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él (1 Jn 4, 16) Es propio
también naturalmente en el amor que, el que ama, se transforme en el amado; así,
si amamos a Dios nos hacemos divinos: El
que se une al Señor es un espíritu con él (1 Co 6, 15) Y como afirma san
Agustín: «Como el alma es la vida del cuerpo, así Dios es la vida del alma.»
Paralelamente el alma obrará virtuosamente y perfectamente sólo cuando actúe
por la caridad, mediante la cual Dios habita en ella; en cambio, sin caridad, no
podrá actuar: El que no ama permanece en
la muerte. (1 Jn 3, 14) Si alguien tuviera todos los dones del Espíritu
Santo, pero sin la caridad, no tiene la vida. Sea el don de lenguas, sea la
gracia de la fe, o cualquier otro, como el don de profecía, si no hay caridad,
no dan la vida. (1 Co 3) Aunque al cuerpo muerto se lo revista de oro y piedras
preciosas, no obstante siempre estará muerto. En segundo lugar, es causa del
cumplimiento de los mandamientos divinos. Dice san Gregorio que la caridad no es
ociosa: si se da, actuará cosas grandes; pero si no se actúa es que no hay allí
caridad. Comprobamos cómo el que ama es capaz de hacer cosas grandes y difíciles
por el amado, por ello dice el señor: El
que me ama guardará mi palabra. (Jn 4, 23) El que guarda el mandamiento y
ley del amor divino, cumple toda la ley.
Lo
que hace la caridad en tercer lugar es ser una defensa en la adversidad. Al que
posee la caridad ninguna cosa adversa lo dañará, es más, se convertirá en
utilidad: A los que aman a Dios todo les
sirve para el bien (Rm 8, 28); aún más, incluso al que ama le parecen
suaves las cosas adversas y difíciles, como entre nosotros mismos vemos tan
manifiestamente. En cuarto lugar la caridad lleva a la felicidad; únicamente a
los que tienen caridad se les promete efectivamente la bienaventuranza. Todas
las demás cosas, si no van acompañadas de la caridad, son insuficientes.
Además es de saber que la diferencia de bienaventuranza se deberá únicamente
a la diferencia le caridad y no en comparación con otras virtudes."
De los Opúsculos teológicos de santo
Tomás de Aquino, presbítero (In duo praecenta... Ed. J.P. Torrel, en Revue des
Sc. Phil. et Théol. 69 [1985] pp. 26-29)
Oración:
¡Oh Padre!, que en la encarnación de
tu Hijo nos has abierto los tesoros de tu corazón, haz que nuestra vida sea un
canto de alabanza a Ti, permaneciendo siempre en tu amor y en el ejercicio de la
caridad hacia los hermanos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que es Dios
y vive y reina contigo en unidad del Espíritu Santo, por todos los siglos de
los siglos. Amén.
Preparado
por la Pontificia Universidad Urbaniana, con la colaboración de los Institutos
Misioneros
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