|
El Paraíso de Dios es el
corazón del hombre
"Deliciae meae esse cum filiis hominum(Prov. VII, 31). El
paraíso de Dios es, en cierto modo, el corazón del hombre.
¿Dios os ama? Amadlo. (...)
Acostumbraos a hablarle de tú a tú, familiarmente, con confianza y amor, como a
un amigo vuestro, el más querido que tenéis y que más os ama.
Y si es un gran error, como he dicho, tratar con Dios con desconfianza (...)
mayor error será pensar que conversar con Dios sea aburrido y amargo.
No, no es verdad: Non ... habet amaritudinem conversatio illius, nec taedium
convictus illius [pues no causa amargura su compañía, ni tristeza la
convivencia con ella] (Sab. VIII, 16)
Preguntádselo a las almas que lo aman con amor verdadero, y os dirán que en
las penas de sus vidas no encuentran nada mejor ni de más alivio que conversar
amorosamente con Dios.
No es que se requiera de vosotros una aplicación continua de vuestra mente por
la que os olvidéis de todos vuestros deberes y de vuestras distracciones.
Lo único que se os pide es que, sin descuidar vuestras ocupaciones, hagáis a
Dios lo que hacéis en ocasiones a aquellos que os aman y a los que vosotros amáis.
Vuestro Dios está siempre junto a vosotros, es más, dentro de vosotros: In
ipso... vivimus, et movemur, et sumus (Act. XVII, 28).
No hay portero para quien desea hablarle; es más, a Dios le gusta que le tratéis
con confianza.
Tratad con El de vuestros asuntos, de vuestros proyectos, de vuestras penas, de
vuestros temores, y de todo lo que os pertenece.
Hacedlo sobre todo, como he dicho, con confianza y con el corazón abierto,
porque Dios no suele hablar con el alma que no le habla; ya que no estando
habituada a tratar con él, entenderá poco su voz cuando le hablará.
El, sin esperar que vayáis a él, cuando deseáis su amor se os anticipa y se
os presenta, trayendo las gracias y los remedios que necesitáis. No espera sino
que le habléis para demostraros que está a vuestro lado y está dispuesto a
escucharos y a consolaros (...).
Nuestro Dios habita en el alto del cielo, pero no duda en entretenerse
día y
noche con sus hijos fieles y comparte con ellos sus divinas consolaciones, de
las que una sola de ellas supera todas las delicias que el mundo puede dar, y
solo quien no las prueba no las desea: Gustate et videte quoniam suavis est
Dominus (Ps. XXXIII, 9)."
De las “Opere Ascetiche” de San Alfonso María de
Ligorio, (CSSR, Roma
1933, Vol. I, pp. 316-318).
Oración
Jesús mio, ten piedad de mi. Yo te ofrezco éste mi corazón ingrato, pero
arrepentido. Si, mi Redentor, me arrepiento sobre todo de averte despreciado. Me
arrepiento y te amo con toda el alma. Si, mi Salvador, mi Dios, yo te amo, te
amo. Y te ruego, recuérdame tú mismo, siempre, cuánto has sufrido por mi,
para que yo no me olvide de amarte nunca más. (de S. Alfonso M. de Ligorio)
Preparado por el "Movimento de los
Focolares"
|