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Venido el atardecer, se puso a la mesa con los Doce. Y estando ellos comiendo
dijo: En verdad os digo que uno de vosotros me entregará […] Respondiendo Judas, el que le entregaba, dijo: Soy yo tal vez, Rabí? Dícele:
Tú lo has dicho (Mt 26, 20-25)
“Judas era
uno de los doce hombres que habían tenido el privilegio inaudito, increíble,
de ser los compañeros de Dios en Su venida a la creación. No sólo compañeros,
amigos -como Tú, Jesús, vas a decir en la última cena-, porque iban a ser
ellos recipiendiarios de las confidencias del corazón del Hombre que en Ti
había,
y esas confidencias eran traducción humana de las propias de tu corazón de
Dios.
Más. Estaban destinados a ser ordenados sacerdotes, los primeros sacerdotes.
Estaban destinados a ser los portadores de tu redención a los demás hombres,
los que iban a llevar tu doctrina, tus confidencias a toda la humanidad. Estaban
destinados a estar confirmados en gracia después de tu resurrección y la
venida del Espíritu Santo. Estaban llamados a la gloria inmensa de participar
Contigo en el mismo martirio. Todos estaban llamados a eso.
Y a Judas lo perdió una pequeña, baja pasión -la del dinero, como el mismo
texto sagrado nos lo dice-. Sin duda alguna, tuvo recta intención en algún
momento. Sin duda cuando se acercó a Ti, Jesús, no lo hizo con mala intención.
Qué podías ofrecerle, Tú, de halagueño para su pasión del dinero? Si te
siguió fue sinceramente; por lo menos no nos consta lo contrario. Tú no
hubieras hecho tanto por salvarlo en la última cena, en tus últimos momentos,
si su perversidad hubiera sido antigua, si siempre hubiera sido un infiltrado.
Cómo Judas se anticipa, Jesús, en tu mente y en tu corazón, a tantos hombres
que a través del tiempo y del espacio, por no dominar una pasión, un defecto
cualquiera, habían de terminar haciendo prevalecer ese defecto, esa pasión al
amor, a la valoración, a la gratitud, a la sensatez más elemental respecto de
lo que ya eran, de lo que habían recibido de parte tuya!”
Oración
“Yo te pido, Jesús, en este instante que toques, con un amor semejante al que
mostraste por Judas en la última cena, mi conciencia, que me ilumines, me
enciendas, me muestres mi insensatez, mi desubicación a tu respecto. Que te
aprecie, que te valore, que te responda, ojalá que con amor! Con un amor que no
sea del todo inadecuado al que Tú mereces.”
(Luis M. Etcheverry Boneo, Ejercicios Espirituales, octubre de
1970. Pro-manuscrito. Archivo general de las “Servidoras”, F. Lacroze 2100,
Buenos Aires – Argentina).
Preparado por la Universidad Pontificia Lateranense
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