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Los grados del conocimiento de Dios
"Quien intente hablar de lo referente a Dios, exponga en primer
lugar los límites de la tierra. Habitas la tierra, pero desconoces los límites
de esta tierra que es tu domicilio: ¿cómo podrás entender a su autor
debidamente en tu interior? Ves las estrellas, pero no a su autor. Enumera
primeramente aquellas que puedes ver y entonces conocerás al invisible, al que
«cuenta el número de las estrellas, y llama a cada una por su nombre» (Sal
147,4). El agua recientemente caída en unas fuertes lluvias nos puso perdidos;
cuenta ahora las gotas caídas en esta ciudad. Pero no digo ya en esta ciudad:
cuenta, si puedes, las que cayeron en tu tejado durante una hora. No, no puedes:
reconoce tu impotencia. De ahí aprenderás el poder de Dios: «El atrae las
gotas de agua» (Job 36,27), las que se derraman en todo el orbe y no sólo en
este sino en todo tiempo. Obra de Dios es el sol, realmente algo grande, pero mínimo
si se le compara con todo el cielo. Pues mira en primer lugar hacia el sol y
busca después, con más curiosidad, al Señor. «No busques lo que es más
profundo ni investigues lo que es más fuerte que tú: limítate a conocer lo
que se te ha mandado» (Ecl 3,22 LXX).
[...]
Alguno dirá: ¿Acaso no está escrito: «Los ángeles (de los
niños) ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos» (cf. Mt
18,10). Pero los ángeles ven a Dios, no como él es, sino en cuanto pueden
captarlo6. Pues el mismo Jesús es quien dice: «No que nadie haya visto al
Padre, excepto el que ha venido de Dios; éste ve al Padre» (Jn 6,46). Lo ven
los ángeles en cuanto son capaces y, en cuanto pueden, los arcángeles y, de
un modo más excelente que los primeros, también los tronos y las dominaciones,
a quienes son aquellos inferiores en dignidad. En realidad, sólo el Espíritu
Santo puede, juntamente con el Hijo, ver a Dios como es. Pues «él lo escruta
todo y lo conoce todo, hasta las profundidades de Dios» (1 Cor 2,10); de manera
que es cierto que incluso el Hijo unigénito, en cuanto conviene, también
conoció al Padre a una con el Espíritu Santo, pues dice: «tampoco al Padre le
conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27). Ve él a Dios, como es debido, y lo revela, con el Espíritu Santo y
por el Espíritu Santo, a cada uno segun su capacidad. Por otra parte, de la
divina eternidad participa también, juntamente con el Espíritu Santo, el Hijo,
el cual «desde toda la eternidad» (2 Tim 1,9) fue engendrado sin esfuerzo y
conoció al Padre, conociendo el engendrador al engendrado. Pero, en cuanto a
los ángeles, siendo limitado su conocimiento —pues como dijimos, es el Unigénito
el que según su capacidad les revela (a Dios) juntamente con y por medio del
Espíritu Santo, que ningún hombre se avergüence de confesar su ignorancia.
Ahora estoy yo hablando y cualquier otro lo hará en su momento, pero no podemos
expresar con palabras cómo sucede todo esto: ¿cómo podría yo explicar a
aquel que nos dio el poder hablar? Tengo yo un alma, pero no puedo aclarar sus
características. A quien me concedió el alma, ¿cómo podré yo explicarlo?
Para nuestra piedad nos basta una sola cosa, saber que tenemos
a Dios: el Dios único, el Dios que existe desde la eternidad, sin variación
alguna en sí mismo, ingénito, más fuerte que ningún otro y a quien nadie
expulsa de su reino. Se le designa con múltiples nombres, todo lo puede y
permanece invariable en su sustancia. Y no porque se le llame bueno, justo,
omnipotente, «Dios de los ejércitos», es por ello variable y diverso, sino
que, siendo uno y el mismo, realiza innumerables operaciones divinas. Y no tiene
más de alguna parte y menos de otra, sino que en todas las cosas es semejante a
sí mismo. No es grande sólo en la bondad, pero inferior en la sabiduría, sino
que es semejante en sabiduría y bondad. Tampoco es que en parte vea y en parte
esté privado de visión, sino que todo lo ve, todo lo oye y todo lo entiende.
No es que, como nosotros, comprenda en parte las cosas y en parte las ignore:
este modo de hablar es blasfemo e indigno de la personalidad divina. Conoce
previamente lo que existe, es santo y ejerce su poder sobre todo; es mejor,
mayor y más sabio que todas las cosas. No se le puede señalar principio ni
forma ni figura. Pues «no habéis oído nunca su voz, ni habéis visto nunca su
rostro», dice la Escritura (Jn 5,37). Por lo cual también Moisés dice a los
israelitas: «Tened mucho cuidado de vosotros mismos: puesto que no visteis
figura alguna» (Dt 4,15). Pues si la mente no puede imaginar algo que se le
parezca, ¿podrá acaso penetrar en lo propio de su persona?"
Cirilo de Jersualén, Catequesis bautismal, 6,4-7
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