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CONSEJO PONTIFICIO DE LA CULTURA
PARA UNA PASTORAL DE LA
CULTURA
INDICE
Introducción: Nuevas
situaciones culturales, nuevos campos de evangelización I. Fe y cultura: líneas de orientación La buena noticia del Evangelio para las Culturas La evangelización
y la inculturación Una pastoral de la cultura II. Desafíos y puntos de apoyo Una época nueva en la historia de la humanidad Nuevos Areópagos y
campos culturales tradicionales Diversidad de culturas y
pluralismo religioso III. Propuestas concretas Objetivos Pastorales prioritarios Religión y « religioso » «
Lugares ordinarios » de la experiencia de la fe, la piedad popular, la
parroquia Instituciones de educación Centros de formación
teológica Los Centros Culturales Católicos Medios de
Comunicación social e información religiosa Ciencia, tecnología,
bioética y ecología El arte y los artistas Patrimonio
cultural, turismo religioso Los jóvenes Conclusión: Hacia una pastoral de la cultura renovada por la fuerza del
Espíritu
INTRODUCCIÓN
Nuevas situaciones culturales,
nuevos campos de evangelización 1.
« El proceso de encuentro y confrontación con las culturas es una
experiencia que la Iglesia ha vivido desde los comienzos de la
predicación del Evangelio » (Fides et Ratio, n. 70), pues « es
propio de la persona humana el no acceder a su plena y verdadera
humanidad sino a través de la cultura » (Gaudium et spes, n. 53).
Así, la Buena Nueva que es el Evangelio de Cristo para todo hombre y
todo el hombre, « al mismo tiempo hijo y padre de la cultura a la que
pertenece » (Fides et Ratio, n. 71), le llega a éste en su propia
cultura, que impregna su manera de vivir la fe y que a su vez es
modelada por ésta. « Hoy, a medida que el Evangelio entra en contacto
con áreas culturales que han permanecido hasta ahora fuera del ámbito de
irradiación del cristianismo, se abren nuevos cometidos a la
inculturación » (ibid., n. 72). Al mismo tiempo, las culturas
tradicionalmente cristianas o impregnadas de tradiciones religiosas
milenarias se tambalean. Se trata, pues, no sólo de injertar la fe en
las culturas, sino también de devolver la vida a un mundo
descristianizado, cuyas referencias cristianas son a menudo sólo de
orden cultural. Estas nuevas situaciones culturales a lo largo del mundo
se presentan a la Iglesia, en el umbral del tercer milenio, como nuevos
campos de evangelización. Ante estos
desafíos de nuestro tiempo, « dramático y al mismo tiempo fascinador » (Redemptoris
missio, n. 38), el Consejo Pontificio de la Cultura desea compartir
un conjunto de convicciones y de propuestas concretas, fruto de
numerosos intercambios, especialmente gracias a la fecunda cooperación
con los obispos, pastores de las diócesis, y sus colaboradores en este
campo apostólico, para una renovada pastoral de la cultura como lugar de
encuentro privilegiado con el mensaje de Cristo. En efecto, « toda
cultura es un esfuerzo de reflexión sobre el misterio del mundo y en
particular del hombre: es un modo de expresar la dimensión trascendente
de la vida humana. El corazón de cada cultura está constituido por su
acercamiento al más grande de los misterios: el misterio de Dios ».(1)
He aquí lo que está en juego en una pastoral de la cultura: « una fe que
no se convierte en cultura es una fe no acogida en plenitud, no pensada
en su totalidad, no vivida con fidelidad ».(2) El Consejo Pontificio de la Cultura quiere así responder a la petición
apremiante que le dirigía el Papa Juan Pablo II: « Debéis ayudar a la
Iglesia a responder a estas cuestiones fundamentales para las culturas
actuales: ¿Cómo hacer accesible el mensaje de la Iglesia a las nuevas
culturas, a las formas actuales de la inteligencia y de la sensibilidad?
¿Cómo puede la Iglesia de Cristo hacerse oír por el espíritu moderno,
tan orgulloso de sus realizaciones y al mismo tiempo tan inquieto por el
futuro de la familia humana? ».(3)
I
FE Y CULTURA: LÍNEAS DE ORIENTACIÓN
2. Mensajera de Cristo, Redentor del
hombre, la Iglesia ha adquirido en nuestro tiempo una nueva conciencia
de la dimensión cultural de la persona y de las comunidades humanas.
El concilio Vaticano II, en particular la Constitución Pastoral sobre la
Iglesia en el mundo contemporáneo y el Decreto sobre la actividad
misionera de la Iglesia, los Sínodos de los Obispos sobre la
evangelización en el mundo moderno y sobre la catequesis en nuestro
tiempo, prolongados por las exhortaciones apostólicas Evangelii
Nuntiandi de Pablo VI y Catechesi Tradendae de Juan Pablo II,
proponen a este respecto un rico magisterio, concretado por las
sucesivas asambleas especiales del Sínodo de los Obispos por continentes
y las exhortaciones apostólicas post-sinodales del Santo Padre. La
inculturación de la fe ha sido objeto de una reflexión en profundidad
por parte de la Pontificia Comisión Bíblica (4) y de la Comisión
Teológica Internacional.(5) El Sínodo Extraordinario de 1985 con ocasión
del vigésimo aniversario de la conclusión del Concilio Vaticano II,
citado por Juan Pablo II en la encíclica Redemptoris missio, la
presenta como « una íntima transformación de los auténticos valores
culturales mediante su integración en el cristianismo y la radicación
del cristianismo en las diversas culturas humanas » (n. 52). El papa
Juan Pablo II en numerosas intervenciones en el curso de sus viajes
apostólicos, así como las Conferencias Generales del Episcopado
Latinoamericano en Puebla y Santo Domingo,(6) han actualizado y
desarrollado esta dimensión nueva de la pastoral de la Iglesia en
nuestro tiempo, para llegar a los hombres en su cultura. El examen atento de los diferentes campos culturales propuestos en este
documento muestra la extensión de lo que representa la cultura,
ese modo particular en el cual los hombres y los pueblos cultivan su
relación con la naturaleza y con sus hermanos, con ellos mismos y con
Dios, a fin de lograr una existencia plenamente humana (cf. Gaudium
et Spes, n. 53). No hay cultura si no es del hombre, por el hombre y
para el hombre. Ésta abarca toda la actividad del hombre, su
inteligencia y su afectividad, su búsqueda de sentido, sus costumbres y
sus recursos éticos. La cultura es de tal modo connatural al hombre, que
la naturaleza de éste no alcanza su expresión plena sino mediante la
cultura. La puesta en juego de una pastoral de la cultura consiste en
restituirlo a su plenitud de criatura « a imagen y semejanza de Dios » (Gn
1, 26), sustrayéndolo a la tentación antropocéntrica de considerarse
independiente del Creador. Así pues, y esta observación es capital para
una pastoral de la cultura, « no se puede negar que el hombre existe
siempre en una cultura concreta, pero tampoco se puede negar que el
hombre no se agota en esta misma cultura. Por otra parte, el progreso
mismo de las culturas demuestra que en el hombre existe algo que las
transciende. Este « algo » es precisamente la naturaleza del hombre.
Precisamente esta naturaleza es la medida de la cultura y es la
condición para que el hombre no sea prisionero de ninguna de sus
culturas, sino que defienda su dignidad personal viviendo de acuerdo con
la verdad profunda de su ser » (Veritatis splendor n. 53). La cultura, en su relación esencial con la verdad y el bien, no brota
únicamente de la experiencia de necesidades, de centros de interés o de
exigencias elementales. « La dimensión primera y fundamental de la
cultura, subrayaba Juan Pablo II ante la UNESCO, es la sana moralidad:
la cultura moral ».(7) « Las culturas, cuando están profundamente
enraizadas en lo humano, llevan consigo el testimonio de la apertura
típica del hombre a lo universal y a la trascendencia » (Fides et
Ratio, n. 70). Marcadas por el dinamismo de los hombres y de la
historia, en tensión hacia un cumplimiento (cf. ibid. n. 71), las
culturas participan también del pecado de aquéllos y requieren por ello
el necesario discernimiento por parte de los cristianos. Cuando el Verbo
de Dios asume en la Encarnación la naturaleza humana en su dimensión
histórica y concreta, excepto el pecado (Heb 4, 15), la purifica
y la lleva a su plenitud en el Espíritu Santo. Revelándose, Dios abre su
corazón a los hombres « con hechos y palabras intrínsecamente conexos
entre sí » y les hace descubrir en su lenguaje de hombres los misterios
de su amor « para invitarlos a entrar en comunión con El » (Dei
Verbum, n. 2). La buena noticia
del Evangelio para las Culturas 3.
Para revelarse, entrar en diálogo con los hombres e invitarlos a la
salvación, Dios se ha escogido, de entre el amplio abanico de las
culturas milenarias nacidas del genio humano, un Pueblo, cuya cultura
originaria Él la ha penetrado, purificado y fecundado. La historia
de la Alianza es la del surgimiento de una cultura inspirada por Dios
mismo a su pueblo. La Sagrada Escritura es el instrumento querido y
usado por Dios para revelarse, lo cual la eleva a un plano
supracultural. « En la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a
hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios » (Dei
Verbum, n. 11). En la Sagrada Escritura, Palabra de Dios, que
constituye la inculturación originaria de la fe en el Dios de
Abraham, Dios de Jesucristo, « las palabras de Dios, expresadas en
lenguas humanas, se han hecho semejantes al habla humana » (ibid.,
n. 13). El mensaje de la revelación, inscrito en la historia sagrada, se
presenta siempre revestido de un ropaje cultural del cual es
indisociable, pues es parte integrante de aquélla. La Biblia, Palabra de
Dios expresada en el lenguaje de los hombres, constituye el arquetipo
del encuentro fecundo entre la Palabra de Dios y la cultura. A este respecto, la vocación de Abraham es ilustradora: « Sal de tu
tierra y de tu patria, y de la casa de tu padre » (Gn 12, 1). «
Por la fe, Abraham, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el
lugar que había de recibir en herencia y salió sin saber a dónde iba.
Por la fe, peregrinó por la Tierra Prometida como en tierra extraña,
habitando en tiendas [...] Pues esperaba la ciudad asentada sobre
cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios » (Heb 11,
8-10). La historia del Pueblo de Dios comienza con una adhesión de fe
que es también una ruptura cultural, para culminar en la Cruz de Cristo,
ruptura por excelencia, elevación de la tierra, pero también centro de
atracción que orienta la historia del mundo hacia Cristo y convoca en la
unidad a los hijos de Dios: « Cuando sea elevado de la tierra, atraeré a
todos hacia mí » (Jn 12, 31). La
ruptura cultural con la cual se inicia la vocación de Abraham, « Padre
de los creyentes », traduce lo que acontece en lo profundo del corazón
del hombre cuando Dios irrumpe en su existencia para revelarse y
suscitar el compromiso de todo su ser. Abraham es arrancado de raíz de
su humus cultural y espiritual para ser trasplantado por Dios, mediante
la fe, a la tierra. Más aún, esta ruptura subraya la fundamental
diferencia de naturaleza entre la fe y la cultura. Contrariamente a los
ídolos, que son producto de una cultura, el Dios de Abraham es el
totalmente otro. Mediante la revelación entra en la vida de Abraham. El
tiempo cíclico de las religiones antiguas ha caducado: con Abraham y el
pueblo judío comienza un nuevo tiempo que se convierte en la historia de
los hombres en camino hacia Dios. No es un pueblo que se fabrica un
dios; es Dios que da nacimiento a su Pueblo como Pueblo de Dios. La cultura bíblica ocupa por ello un puesto único. Es la cultura del
Pueblo de Dios, en cuyo corazón Él se ha encarnado. La promesa hecha a
Abraham culmina en la glorificación de Cristo crucificado. El padre de
los creyentes, en tensión hacia el cumplimiento de la promesa, anuncia
el sacrificio del Hijo de Dios sobre el leño de la cruz. En Cristo, que
ha venido a recapitular el conjunto de la creación, el amor de Dios
convoca a todos los hombres a compartir la condición de hijos. El Dios
totalmente otro se manifiesta en Jesucristo, totalmente nuestro: « el
Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo
semejante a los hombres » (Dei Verbum, n. 13). Así, la fe tiene
el poder de alcanzar el corazón de toda cultura para purificarla,
fecundarla, enriquecerla y darle la posibilidad de desplegarse a la
medida inconmensurable del amor de Cristo. La recepción del mensaje de
Cristo suscita así una cultura, cuyos dos constitutivos fundamentales
son, a título radicalmente nuevo, la persona y el amor. El
amor redentor de Cristo descubre, más allá de los límites naturales de
las personas, su valor profundo, que se dilata bajo el régimen de la
gracia, don de Dios. Cristo es la fuente de esta civilización del
amor, anhelada con nostalgia por los hombres tras la caída del
pecado, y que Juan Pablo II, después de Pablo VI, no cesa de invitarnos
a realizar junto con todos los hombres de buena voluntad. El vínculo
fundamental del Evangelio, es decir, de Cristo y de la Iglesia, con el
hombre en su humanidad es creador de cultura en su fundamento mismo.
Viviendo el Evangelio, —como lo atestiguan dos mil años de
historia— la Iglesia esclarece el sentido y el valor de la vida,
amplía los horizontes de la razón y afianza los fundamentos de la moral
humana. La fe cristiana auténticamente vivida revela en toda su
profundidad la dignidad de la persona y la sublimidad de su vocación
(cf. Redemptor hominis, n. 10). Desde sus orígenes, el
cristianismo se distingue por la inteligencia de la fe y la audacia de
la razón. Son testigos de ello los pioneros, como san Justino o san
Clemente de Alejandría, Orígenes y los Padres Capadocios. Este encuentro
fecundo del Evangelio con las filosofías hasta nuestros días, ha sido
evocado por Juan Pablo II en su encíclica Fides et Ratio (cf. n.
36-48). « El encuentro de la fe con las diversas culturas de hecho ha
dado vida a una realidad nueva » (ibid. n. 70), crea así una
cultura original en los contextos más diversos. La evangelización y la inculturación 4. La evangelización propiamente dicha consiste en el anuncio
explícito del misterio de salvación de Cristo y de su mensaje, pues
« Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento
de la Verdad » (1 Tm 2, 4). « Es, pues, necesario que todos se
conviertan a Él, una vez conocido por la predicación del Evangelio, y a
Él y a la Iglesia, que es su Cuerpo, se incorporen por el bautismo » (Ad
Gentes, n. 7). La novedad que brota incesantemente de la revelación
de Dios « con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí » (Dei
verbum, n. 2), comunicada por el Espíritu de Cristo que actúa en la
Iglesia, manifiesta la verdad acerca de Dios y la salvación del hombre.
El anuncio de Jesucristo, « que es a la vez mediador y plenitud de toda
la revelación » (ibid.), saca a la luz los semina Verbi
escondidos y a veces como enterrados en el corazón de las culturas, y
los abre a la medida misma de la capacidad de infinito que Él ha creado
y que viene a colmar en la admirable condescendencia de su Sabiduría
eterna (Dei Verbum, n. 13), transformando su proyecto de sentido
en un objetivo de trascendencia, y las piedras de espera en puntos de
amarre para la acogida del Evangelio. Mediante el testimonio explícito
de su fe, los discípulos de Jesús impregnan de Evangelio la pluralidad
de las culturas. « Evangelizar
significa para la Iglesia llevar la Buena
Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo,
transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad [...] Se trata
también de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los
criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés,
las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de
vida de la humanidad, que están en contraste con la Palabra de Dios y
con el designio de salvación.
- Lo que importa es evangelizar no de una manera
decorativa, como con un barniz superficial, sino de manera vital, en
profundidad y hasta sus mismas raíces la cultura y las culturas del
hombre, en el sentido rico y amplio que tienen sus términos en la
Gaudium et spes, tomando siempre como punto de partida la persona y
teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con
Dios.
- El Evangelio, y por consiguiente la evangelización,
no se identifican ciertamente con la cultura y son independientes con
respecto a todas las culturas. Sin embargo, el reino que anuncia el
Evangelio es vivido por hombres profundamente vinculados a una cultura y
la construcción del reino no puede por menos de tomar los elementos de
la cultura y de las culturas humanas. Independientes con respecto a las
culturas, Evangelio y evangelización, no son necesariamente
incompatibles con ellas, sino capaces de impregnarlas a todas sin
someterse a ninguna.
- La ruptura entre Evangelio y cultura es sin duda
alguna el drama de nuestro tiempo [...] De ahí que hay que hacer todos
los esfuerzos con vistas a una generosa evangelización de la cultura, o
más exactamente de las culturas. Estas deben ser regeneradas por el
encuentro con la Buena Nueva » (Evangelii Nuntiandi, nn. 18-20).
Para hacerlo es necesario anunciar el Evangelio en la lengua y la
cultura de los hombres.
Esta Buena Nueva se dirige a la persona humana
en su compleja totalidad, espiritual y moral, económica y política,
cultural y social. La Iglesia no duda en hablar de evangelización de las
culturas, es decir, de las mentalidades, de las costumbres, de los
comportamientos. « La nueva evangelización pide un esfuerzo lúcido,
serio y ordenado para evangelizar la cultura » (Ecclesia in America,
n. 70). Si las culturas, cuya totalidad
está constituida por elementos heterogéneos, son cambiantes y caducas,
el primado de Cristo y la universalidad de su mensaje son fuente
inagotable de vida (cf. Col 1, 8-12; Ef 1, 8) y de
comunión. Portadores de esta novedad absoluta de Cristo al corazón de
las culturas, los misioneros del Evangelio no cesan de rebasar los
límites propios de cada cultura, sin dejarse encerrar en las
perspectivas terrestres de un mundo mejor. « Pero como el Reino de
Cristo no es de este mundo (cf. Jn 18, 36), la Iglesia o Pueblo
de Dios, introduciendo este Reino no arrebata a ningún pueblo ningún
bien temporal, sino al contrario, todas las facultades, riquezas y
costumbres que revelan la idiosincrasia de cada pueblo, en lo que tienen
de bueno, las favorece y asume » (Lumen Gentium, n. 13). El
evangelizador, cuya propia fe está ligada a una cultura, ha de dar
abierto testimonio del puesto único de Cristo, de la sacramentalidad de
su Iglesia, del amor de sus discípulos a todo hombre y a « todo cuanto
hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable,
todo cuanto sea virtud y cosa digna de elogio » (Fil 4, 8), lo
que implica el rechazo de todo lo que es fuente o fruto del pecado en el
corazón de las culturas. 5. « Un
problema ulterior nace de la exigencia hoy intensamente sentida de la
evangelización de las culturas y de la inculturación del mensaje de la
fe » (Pastores dabo vobis, n. 55). Una y otra caminan con
igual paso, en un proceso de mutuo intercambio que exige el ejercicio
permanente de un discernimiento riguroso a la luz del Evangelio, a fin
de identificar valores y contravalores presentes en las culturas,
construir sobre los primeros y luchar enérgicamente contra los segundos.
« Por medio de la inculturación la Iglesia encarna el Evangelio en las
diversas culturas y, al mismo tiempo, introduce a los pueblos con sus
culturas en su misma comunidad; transmite a las mismas sus propios
valores, asumiendo lo que hay de bueno en ellas y renovándolas desde
dentro. Por su parte, con la inculturación, la Iglesia se hace signo más
comprensible de lo que es e instrumento más apto para la misión » (Redemptoris
missio, n. 52). « Necesaria y esencial » (Pastores dabo vobis,
n. 55), la inculturación, alejada igualmente del arqueologismo y del
mimetismo intramundano, « está llamada a llevar la fuerza del Evangelio
al corazón de la cultura y de las culturas ». « En este encuentro, las
culturas no sólo no se ven privadas de nada, sino que por el contrario
son animadas a abrirse a la novedad de la verdad evangélica recibiendo
incentivos para ulteriores desarrollos » (Fides et Ratio n. 71). En sintonía con las exigencias objetivas de la fe y la misión de
evangelizar, la Iglesia tiene en cuenta este dato esencial: el
encuentro entre la fe y las culturas se opera entre dos realidades que
no son del mismo orden. Por tanto la inculturación de la fe y
la evangelización de las culturas, constituyen como un binomio que
excluye toda forma de sincretismo.(8) Tal es « el sentido auténtico de
la inculturación. Ésta, ante las culturas más dispares y a veces
contrapuestas, presentes en las distintas partes del mundo, quiere ser
una obediencia al mandato de Cristo de predicar el Evangelio a todas las
gentes hasta los últimos confines de la tierra. Esta obediencia no
significa sincretismo, ni simple adaptación del anuncio evangélico, sino
que el Evangelio penetra vitalmente en las culturas, se encarna en
ellas, superando sus elementos culturales incompatibles con la fe y con
la vida cristiana y elevando sus valores al misterio de la salvación que
proviene de Cristo » (Pastores dabo vobis, n. 55). Los sucesivos
sínodos de obispos no cesan de subrayar la particular importancia para
la evangelización de esta inculturación a la luz de los grandes
misterios de la salvación: la encarnación de Cristo, su Nacimiento, su
Pasión y Pascua redentora, y Pentecostés, que por la fuerza del
Espíritu, concede a cada uno escuchar en su propia lengua las maravillas
de Dios.(9) Las naciones convocadas en torno al cenáculo el día de
Pentecostés no han escuchado en sus respectivas lenguas un discurso
sobre sus propias culturas humanas, sino que se sorprenden de oír, cada
uno en su lengua, a los apóstoles anunciar las maravillas de Dios. Si
bien es cierto que el mensaje evangélico no se puede aislar pura y
simplemente de la cultura en la que está inserto desde el principio, ni
tampoco, sin graves pérdidas, de las culturas en las que ya se ha
expresado a lo largo de los siglos, sin embargo, la fuerza del Evangelio
es en todas partes transformadora y regeneradora (cf. Catechesi
Tradendae, n. 53). « El anuncio del Evangelio en las diversas
culturas, aunque exige de cada destinatario la adhesión de la fe, no les
impide conservar una identidad cultural propia, favoreciendo el progreso
de lo que en ella hay de implícito hacia su plena explicación en la
verdad » (Fides et Ratio, n. 71). « Teniendo presente la relación estrecha y orgánica entre Jesucristo y
la palabra que anuncia la Iglesia, la inculturación del mensaje revelado
tendrá que seguir la "lógica" propia del misterio de la Redención
[...] Esta kénosis necesaria para la exaltación, itinerario de
Jesús y de cada uno de sus discípulos (cf. Flp 2, 6-9), es
iluminadora para el encuentro de las culturas con Cristo y su Evangelio.
Cada cultura tiene necesidad de ser transformada por los valores del
Evangelio a la luz del misterio pascual » (Ecclesia in Africa n.
61). La ola dominante de secularismo que se extiende a través de las
culturas, idealiza a menudo, con la fuerza de sugestión de los medios,
modelos de vida que son la antítesis de la cultura de las
Bienaventuranzas y de la imitación de Cristo pobre, casto, obediente y
manso de corazón. De hecho, hay grandes obras culturales que se inspiran
en el pecado y pueden incitar al él. « La Iglesia, al proponer la Buena
Nueva, denuncia y corrige la presencia del pecado en las culturas;
purifica y exorciza los desvalores. Establece por consiguiente, una
crítica de las culturas... crítica de las idolatrías, es decir, de los
valores erigidos en ídolos, de aquellos valores, que sin serlo, una
cultura asume como absolutos ».(10) Una pastoral de la cultura 6. Al
servicio del anuncio de la Buena Nueva y por tanto del destino del
hombre en el designio de Dios, la pastoral de la cultura deriva de
la misión misma de la Iglesia en el mundo contemporáneo, con una
percepción renovada de sus exigencias, expresada por el Concilio
Vaticano II y los Sínodos de los Obispos. La toma de conciencia de la
dimensión cultural de la existencia humana entraña una atención
particular hacia este campo nuevo de la pastoral. Anclada en la
antropología y la ética cristiana, esta pastoral anima un proyecto
cultural cristiano que permite a Cristo, Redentor del hombre, centro del
cosmos y de la historia (cf. Redemptor Hominis, n. 1), renovar
toda la vida de los hombres, « abriendo a su potencia salvadora los
inmensos dominios de la cultura ».(11) En este campo, las vías son
prácticamente infinitas, pues la pastoral de la cultura se aplica a las
situaciones concretas a fin de abrirlas al mensaje universal del
Evangelio. Al servicio de la
evangelización, que constituye la misión
esencial de la Iglesia, su gracia y su vocación propia, y su identidad
más profunda (cf. Evangelii Nuntiandi, n. 14), la pastoral,
a la búsqueda de « las formas más adecuadas y eficaces de comunicar el
mensaje evangélico a los hombres de nuestro tiempo » (ibid., n.
40), conjuga medios complementarios: « La evangelización, hemos dicho,
es un paso complejo, con elementos variados: renovación de la humanidad,
testimonio, anuncio explícito, adhesión del corazón, entrada en la
comunidad, acogida de los signos, iniciativas de apostolado. Estos
elementos pueden parecer contrastantes, incluso exclusivos. En realidad
son complementarios y mutuamente enriquecedores. Hay que ver siempre
cada uno de ellos integrado con los otros » (ibid., n. 24). Una evangelización inculturada gracias a una pastoral concertada permite a la comunidad cristiana recibir, celebrar, vivir, traducir su
fe en su propia cultura, en « la compatibilidad con el Evangelio y la
comunión con la Iglesia universal » (Redemptoris Missio, n. 54).
Traduce al mismo tiempo el carácter absolutamente nuevo de la revelación
en Jesucristo y la exigencia de conversión que brota del encuentro con
el único salvador: « He aquí que hago nuevas todas las cosas » (Ap
21, 5). He aquí la importancia de la
tarea propia de los teólogos y los pastores para la fiel inteligencia de
la fe y el discernimiento pastoral. La simpatía con la que tienen que
abordar las culturas « sirviéndose de conceptos y lenguas de los
diversos pueblos » (Gaudium et Spes, n. 44) para expresar el
mensaje de Cristo, no puede alejarse de un discernimiento exigente
frente a los grandes problemas que emergen de un análisis objetivo de
los fenómenos culturales contemporáneos. El peso de estos no puede ser
ignorado por los pastores, pues está en juego la conversión de las
personas y, a través de ellas, de las culturas, la cristianización del
ethos de los pueblos (cf. Evangelii nuntiandi, n. 20).
II
DESAFÍOS Y PUNTOS DE APOYO
Una época nueva en la historia de la
humanidad (Gaudium et Spes, n. 54) 7. Las condiciones de vida del hombre moderno en estos últimos decenios
del segundo milenio se han transformado de tal modo que el Concilio
Vaticano II no duda en hablar de « una nueva era de la historia de la
humanidad » (Gaudium et Spes, n. 54). Para la Iglesia es un
kairós, un tiempo favorable para una nueva evangelización, en la que
los nuevos rasgos de la cultura constituyen otros tantos desafíos y
puntos de apoyo para una pastoral de la cultura. La Iglesia en nuestro tiempo toma viva conciencia de ello bajo el
impulso de los Papas que han desarrollado y actualizado la doctrina
social de la Iglesia, de Rerum novarum en 1891 a Centesimus
Annus en 1991. Las Conferencias Episcopales, las federaciones de
éstas, los Sínodos de obispos se inspiran en ella para emprender
iniciativas concretas que correspondan a las situaciones propias de cada
país. En el seno de esta diversidad, sin embargo, destacan algunos
rasgos. En la situación cultural hoy
dominante en diferentes partes del mundo, el subjetivismo prevalece como
medida y criterio de la verdad (Fides et Ratio, n. 47). Se
cuestionan los presupuestos positivistas acerca del progreso de la
ciencia y la tecnología. Tras el fracaso espectacular del
marxismo-leninismo colectivista y ateo, la ideología rival del
liberalismo revela su incapacidad para proporcionar la felicidad al
género humano, en la dignidad responsable de cada persona. Un ateísmo
práctico antropocéntrico, la ostentación de la indiferencia religiosa,
un materialismo hedonista que lo invade todo, marginan la fe como algo
evanescente, sin consistencia ni relevancia cultural en el seno de una
cultura « prevalentemente científica y técnica » (Veritatis splendor,
n. 112). « En realidad, los criterios de juicio y de elección seguidos
por los mismos creyentes se presentan frecuentemente Cen el contexto de
una cultura ampliamente descristianizadaC como extraños e incluso
contrapuestos a los del Evangelio » (Veritatis splendor, n. 88).
El papa Juan Pablo II lo recordaba al celebrar el vigésimo quinto
aniversario de la constitución conciliar sobre la liturgia: « La
adaptación a las culturas exige una conversión del corazón y, si es
necesario, romper con los hábitos ancestrales incompatibles con la fe
católica. Esto requiere una seria formación teológica, histórica y
cultural y un juicio sano para discernir lo que es necesario o útil o
por el contrario, inútil y dañino para la fe » (Vicesimus quintus
annus, n. 16). Urbanización
galopante y desarraigo cultural 8.
Bajo diversas presiones, como la pobreza o el subdesarrollo de zonas
rurales privadas de bienes y servicios indispensables, pero también, en
ciertos países, a causa de conflictos armados que fuerzan a millones de
seres humanos a abandonar su ambiente familiar y cultural, el mundo
asiste a un impresionante éxodo rural que tiende a hacer crecer
desmesuradamente los grandes centros urbanos. A estas presiones de orden
económico y social, se añade la fascinación de la ciudad, del bienestar
y la diversión que ofrece, cuya imagen transmiten los medios de
comunicación social. Por falta de planificación, los alrededores y
periferia de estas megápolis se convierten a menudo en guetos,
aglomeraciones desmesuradas de personas socialmente desarraigadas,
políticamente indigentes, económicamente marginadas y culturalmente
aisladas. El desarraigo cultural, cuyas
causas son múltiples, hace aparecer por contraste el papel fundamental
de las raíces culturales. El hombre desestructurado por la herida o la
pérdida de su identidad cultural se convierte en terreno privilegiado
para prácticas deshumanizadoras. Jamás como en este siglo XX el hombre
ha manifestado tales capacidades y talentos; jamás como en este siglo la
historia ha conocido tantas negaciones y violaciones de la dignidad
humana, frutos amargos de la negación o el olvido de Dios. Una vez
relegados los valores morales a la esfera privada, la vida moral se ve
alterada y la vida espiritual debilitada. El concepto terrible de «
cultura de la muerte », designa una contracultura que evidencia la
siniestra contradicción entre una decidida voluntad de vida y el rechazo
obstinado de Dios, fuente de toda vida (cf. Evangelium Vitae, nn.
11-12 y 19-28). « Evangelizar la
cultura urbana es, pues, un reto apremiante para la Iglesia, que así
como supo evangelizar la cultura rural durante siglos, está hoy llamada
a llevar a cabo una evangelización urbana metódica y capilar mediante la
catequesis, la liturgia y las propias estructuras pastorales » (Ecclesia
in America, n. 21). Medios de
comunicación social y tecnología de la información 9. « El primer areópago del tiempo moderno es el mundo de la
comunicación, que está unificando a la humanidad y transformándola
como suele decirse en una "aldea global". Los medios de comunicación
social han alcanzado tal importancia que para muchos son el principal
instrumento informativo y formativo, de orientación e inspiración para
los comportamientos individuales, familiares y sociales [...] La
evangelización misma de la cultura moderna, depende en gran parte de su
influjo [...] Conviene integrar el mensaje mismo en esta "nueva cultura"
creada por la comunicación moderna. Es un problema complejo, ya que esta
cultura nace, aun antes que de los contenidos, del hecho mismo de que
existen nuevos modos de comunicar con nuevos lenguajes, nuevas técnicas,
nuevos comportamientos psicológicos » (Redemptoris missio, n.
37). El advenimiento de esta verdadera revolución cultural, con el
cambio del lenguaje suscitado en particular por la televisión y los
modelos que propone, implica « la completa transformación de aquello a
través de lo cual la humanidad capta el mundo que la rodea y que la
percepción verifica y expresa [...] En efecto, se puede recurrir a los
medios de comunicación tanto para proclamar el Evangelio como para
alejarlo del corazón del hombre ».(12) Los medios que dan acceso a la
información « en directo », eliminan la perspectiva de la distancia y el
tiempo, pero sobre todo, transforman la percepción de las cosas: la
realidad cede el paso a lo que se muestra. Así, la repetición sostenida
de informaciones seleccionadas se convierte en un factor determinante
para crear una opinión considerada pública. La influencia de los medios que no respetan límite alguno, en particular
en el campo de la publicidad,(13) llama a los cristianos a una nueva
creatividad para llegar a los centenares de millones de personas que
consagran diariamente un tiempo considerable a la televisión y a la
radio. Estos son medios de información y promoción cultural, pero
también de evangelización para aquellos que no tienen ocasión de entrar
en contacto con el Evangelio y con la Iglesia en las sociedades
secularizadas. La pastoral de la cultura da una respuesta positiva a la
pregunta crucial planteada por Juan Pablo II: « ¿Encuentra todavía
Cristo un lugar en los medios tradicionales de comunicación? ».(14) La más sorprendente de las innovaciones en la tecnología de la
comunicación es sin duda la red Internet. Como toda técnica
nueva, no deja de suscitar temores, tristemente justificados por usos
perversos, y demanda una constante vigilancia y una información seria.
No se trata sólo de la moralidad de su uso, sino de las consecuencias
radicalmente nuevas que entraña: pérdida de « peso específico » de la
información, ausencia de reacciones pertinentes a los mensajes de la red
por parte de personas responsables, efecto disuasorio en cuanto a las
relaciones interpersonales. Pero sin lugar a dudas, las inmensas
potencialidades de Internet pueden proporcionar una considerable ayuda a
la difusión de la Buena Nueva, como lo atestiguan ciertas prometedoras
iniciativas eclesiales, que invocan un desarrollo creativo responsable
en este área, « nueva frontera de la misión de la Iglesia » (cf.
Christifideles Laici, n. 44). La
puesta en juego es enorme. ¿Cómo no estar presentes y utilizar las redes
informáticas, cuyas pantallas pueblan hoy los hogares, para inscribir en
ellas los valores del mensaje evangélico? Identidades y minorías nacionales 10. Si la unidad de naturaleza constituye a todos los hombres en
miembros de una única y misma gran comunidad, el carácter histórico de
la condición humana los vincula necesariamente con mayor intensidad a
grupos particulares, desde la familia a la nación. La condición humana
se halla así situada entre dos polos —lo universal y lo
particular—, en tensión vital singularmente fecunda, si se vive en
equilibrio y armonía. El fundamento de
los derechos de las naciones no es otro que la persona humana. En este
sentido, estos derechos no son más que los derechos del hombre
considerados a este nivel específico de la vida comunitaria. El primero
de estos derechos es el derecho a la existencia « Nadie, pues, —un
Estado, otra nación, o una organización internacional— puede pensar
legítimamente que una nación no sea digna de existir ».(15) El derecho a
la existencia implica naturalmente para toda nación el derecho a su
propia lengua y a su cultura. Es a través de ellas como un pueblo
expresa y defiende su soberanía y singularidad. Si los derechos de la nación traducen la exigencias de la
particularidad, es necesario también destacar las de la universalidad,
con los deberes que de ello derivan para cada nación frente a las otras
y frente a toda la humanidad. El primero de todos es sin duda el deber
de vivir en una voluntad de paz, respetuosa y solidaria frente a los
otros. Enseñar a las jóvenes generaciones a vivir su propia identidad en
la diversidad es una tarea prioritaria de la educación para la cultura,
tanto más cuanto que con frecuencia, los grupos de presión no dejan de
utilizar la religión con fines políticos extraños a ella. A diferencia del nacionalismo cargado de desprecio o de aversión incluso
hacia otras naciones y culturas, el patriotismo es el amor y el servicio
legítimos, privilegiados pero no exclusivos, al propio país, igualmente
distante del cosmopolitismo y del nacionalismo cultural. Cada cultura
está abierta a lo universal por lo mejor de sí misma. Está llamada a
purificarse de su participación en la herencia del pecado, inscrita en
ciertos prejuicios, costumbres y prácticas opuestas al Evangelio, a
enriquecerse con la aportación de la fe y a enriquecer la Iglesia
universal con expresiones y valores nuevos (cf. Redemptoris missio,
n. 52 y Slavorum apostoli, n. 21). Al mismo tiempo, la pastoral de la cultura se apoya sobre el don del
Espíritu de Jesús y de su amor que « van dirigidos a todos y cada uno de
los pueblos y culturas para unirlos entre sí a semejanza de la perfecta
unidad que hay en Dios uno y trino » (Ecclesia in America, n.
70). Nuevos Areópagos y campos
culturales tradicionales Ecología, ciencia, filosofía y bioética 11. Se va afianzando una nueva toma de conciencia con el desarrollo de
la ecología. No es una novedad para la Iglesia: la luz de la fe
esclarece el sentido de la creación y las relaciones entre el hombre y
la naturaleza. San Francisco de Asís y San Felipe Neri son testigos y
símbolos del respeto a la naturaleza inscrito en la visión cristiana del
mundo creado. Este respeto tiene su fuente en el hecho de que la
naturaleza no es propiedad del hombre; pertenece a Dios, su creador,
quien le ha encomendado su dominio (Gn 1, 28) para que la respete
y encuentre en ella su legítima subsistencia (cf. Centesimus annus,
nn. 38-39). La divulgación de los conocimientos científicos conduce con
frecuencia al hombre a situarse en la inmensidad del cosmos y a
extasiarse ante sus propias capacidades y ante el universo, sin reparar
en que su autor es Dios. He aquí el desafío para la pastoral de la
cultura: conducir al hombre hacia la trascendencia, enseñarle a recorrer
el camino que parte de su experiencia intelectual y humana, para
desembocar en el conocimiento del creador, utilizando sabiamente los
mejores logros de la ciencia moderna, a la luz de la recta razón. A
pesar de que gracias a su prestigio la ciencia impregna fuertemente la
cultura contemporánea, sin embargo no es capaz de captar lo que
constituye la experiencia humana en su sustancia, ni tampoco la realidad
intrínseca de las cosas. Una cultura coherente, fundada sobre la
trascendencia y la superioridad del espíritu frente a la materia,
requiere una sabiduría en la que el saber científico se despliegue en un
horizonte iluminado por la reflexión metafísica. En el plano del
conocimiento, fe y ciencia no se pueden superponer; conviene no
confundir los principios metodológicos, sino distinguir para unir y
hallar, por encima de la dispersión de sentido en los compartimentos
estancos del saber, la síntesis armoniosa y el sentido unificante de la
totalidad que caracterizan una cultura plenamente humana. En nuestra
cultura fragmentaria, que se esfuerza por integrar la desbordante
acumulación de saberes, los maravillosos descubrimientos científicos y
las admirables aportaciones de la técnica moderna, la pastoral de la
cultura exige como presupuesto una reflexión filosófica que se aplique a
organizar y estructurar el conjunto de los saberes y afirme con ello la
capacidad de la razón y su función reguladora en la cultura. « El aspecto sectorial del saber, en la medida en que comporta un
acercamiento parcial a la verdad con la consiguiente fragmentación del
sentido, impide la unidad interior del hombre contemporáneo. ¿Cómo
podría no preocuparse la Iglesia? Este cometido sapiencial llega a sus
Pastores directamente desde el Evangelio y ellos no pueden eludir el
deber de llevarlo a cabo » (Fides et Ratio, n. 85). 12. Es también tarea de filósofos y teólogos cualificados
identificar con competencia, en el seno de la cultura científica y
tecnológica dominante, los desafíos y los puntos de amarre para el
anuncio del Evangelio. Esta exigencia implica una renovación de la
enseñanza filosófica y teológica, pues la condición de todo diálogo y de
toda inculturación se halla en una teología plenamente fiel al dato de
fe. La pastoral de la cultura tiene igual necesidad de científicos
católicos que sientan como una exigencia aportar su contribución
propia a la vida de la Iglesia, compartiendo su experiencia personal de
encuentro entre la ciencia y la fe. El déficit de cualificación
teológica y de competencia científica hace aleatoria la presencia de la
Iglesia en el seno de la cultura nacida de las investigaciones
científicas y de sus aplicaciones técnicas. Y sin embargo, vivimos un
período particularmente favorable al diálogo entre ciencia y fe.(16) 13. La ciencia y la técnica han demostrado ser medios maravillosos para
aumentar el saber, el poder y el bienestar de los hombres, pero su
utilización responsable implica la dimensión ética de las cuestiones
científicas. Planteadas con frecuencia por los mismos científicos en
busca de la verdad, tales cuestiones ponen de manifiesto la necesidad
de un diálogo entre ciencia y moral. Esta búsqueda de la verdad que
trasciende la experiencia de los sentidos, ofrece posibilidades nuevas
para una pastoral de la cultura orientada al anuncio del Evangelio en
los ambientes científicos. Evidentemente, —su amplitud lo atestigua—, la bioética es
mucho más que una disciplina del saber a causa de sus implicaciones
culturales, sociales, políticas y jurídicas, a las cuales, la Iglesia
otorga la mayor importancia. En efecto, la evolución de la legislación
en el campo de la bioética depende de la elección de los referentes
éticos a los cuales recurre el legislador. La cuestión de fondo sigue
siendo, con toda crudeza: ¿cuáles han de ser las relaciones entre norma
moral y ley civil en una sociedad pluralista? (cf. Evangelium Vitae,
nn. 18 y 68-78). Sometiendo las cuestiones éticas fundamentales a los
sucesivos legisladores, ¿no se corre el riesgo de erigir en derecho lo
que moralmente sería inaceptable? La
bioética es uno de los campos sensibles que invitan a encontrar los
fundamentos de la antropología y de la vida moral. El papel de los
cristianos es irremplazable para contribuir a formar en el seno de la
sociedad, en un diálogo respetuoso y exigente, una conciencia ética y un
sentido cívico. Esta situación cultural requiere una formación rigurosa
tanto de los sacerdotes como de los laicos que trabajan en este campo
crucial de la bioética. La familia y
la educación 14. « La familia,
comunidad de personas, es por consiguiente la primera "sociedad" humana.
Surge cuando se realiza la alianza del matrimonio, que abre a los
esposos a una perenne comunión de amor y de vida, y se completa
plenamente y de manera específica al engendrar los hijos: la "comunión"
de los cónyuges da origen a la "comunidad" familiar » (Carta a las
familias, 1994, n. 7). Cuna de la
vida y del amor, la familia es también fuente de cultura. Acoge la vida
y es escuela de humanidad, donde mejor aprenden los futuros esposos a
convertirse en padres responsables. El proceso de crecimiento que ésta
asegura, en una comunidad de vida y amor, excede el núcleo parental para
constituir, por ejemplo, la gran familia africana. Y cuando la miseria
material, cultural y moral mina la institución misma del matrimonio y
amenaza con extinguir las fuentes de la vida, la familia no deja de ser
lugar privilegiado de formación de la persona y la sociedad. La
experiencia lo demuestra: el conjunto de las civilizaciones y la
cohesión de los pueblos dependen, por encima de todo, de la cualidad
humana de las familias, especialmente de la presencia complementaria de
los dos padres, con los papeles respectivos del padre y la madre en la
educación de los hijos. En una sociedad donde crece el número de los que
no tienen familia, la educación se hace más difícil, así como la
transmisión de una cultura popular modelada por el Evangelio. Las situaciones personales dolorosas merecen comprensión, caridad y
solidaridad, pero en ningún caso se puede presentar como nuevo modelo de
vida social lo que es un trágico fracaso de la familia. Las campañas de
opinión y las políticas antifamiliares o antinatalistas constituyen
otros tantos intentos de modificar el concepto mismo de « familia »
hasta vaciarlo de contenido. En este contexto, formar una comunidad de
vida y amor que una a los esposos asociándolos al Creador, constituye la
mejor aportación cultural que las familias cristianas pueden dar a la
sociedad. 15. Más que en ninguna otra
época, el papel específico de la mujer en las relaciones interpersonales
y sociales suscita reflexiones e iniciativas. En numerosas sociedades
contemporáneas marcadas por una mentalidad « anti-hijo », la carga de
los hijos se considera a menudo como un obstáculo a la autonomía y a las
posibilidades de afirmación de la mujer, lo cual oscurece el rico
significado tanto de la maternidad como de la personalidad femenina.
Fundada sobre el mensaje de la revelación bíblica, promovida a pesar de
los avatares de la historia y la cultura de las naciones cristianas, la
igualdad fundamental del hombre y de la mujer, creados por Dios a su
imagen (Gn 1, 27) e ilustrada por el patrimonio artístico secular
de la Iglesia, invita a la pastoral de la cultura a tener en cuenta la
profunda transformación de la condición femenina en nuestro tiempo: « En
tiempos todavía recientes, ciertas corrientes del movimiento feminista,
con la intención de favorecer la emancipación de la mujer, han intentado
asimilarla en todo al hombre. Pero la intención divina, manifestada en
la creación, haciendo a la mujer igual al hombre por su dignidad y
valor, afirma al mismo tiempo con claridad su diversidad y
especificidad. La identidad de la mujer no puede consistir en ser una
copia del hombre ».(17) La especificidad propia de cada uno de los sexos
se conjuga en una colaboración recíproca de enriquecimiento mutuo en el
que las mujeres son las primeras artífices de una sociedad más humana. 16. « Tarea primera y esencial de toda cultura »,(18) la educación,
que desde la antigüedad cristiana es uno de los más notables campos de
acción pastoral de la Iglesia, tanto en el plano religioso y cultural
como en el personal y social, es más que nunca compleja y crucial.
Depende fundamentalmente de la responsabilidad de las familias, pero
necesita del apoyo de toda la sociedad. El mundo del mañana depende de
la educación de hoy y ésta no se puede reducir a una simple transmisión
de conocimientos. Forma a las personas y las prepara para integrarse a
la vida social, las apoya en su maduración psicológica, intelectual,
cultural, moral y espiritual. Así, el
reto de proclamar el Evangelio a los niños y a los jóvenes desde la
escuela hasta la universidad, requiere un programa de educación
apropiado. La Educación en el seno de la familia, en la escuela o dentro
de la universidad « establece una relación profunda entre el educador y
el educando, y les hace participar a ambos en la verdad y en el amor,
meta final a la cual está llamado todo hombre por parte de Dios Padre,
Hijo y Espíritu Santo » (Carta a las familias, n. 16). Prepara
para vivir las relaciones fundadas sobre el respeto de los derechos y
deberes. Prepara a vivir en un espíritu de acogida y de solidaridad, a
ejercer un uso moderado de la propiedad y los bienes para garantizar
justas condiciones de existencia para todos y en todas partes. El futuro
de la humanidad pasa por un crecimiento integro y solidario de cada
persona: todo hombre y todo el hombre (Cf. Populorum progressio,
n. 42). Así, familia, escuela y universidad son llamados, cada uno en su
orden, a insertar la levadura del Evangelio en las culturas del III
Milenio. Arte y tiempo libre 17. En una cultura marcada por la primacía del tener, la obsesión por la
satisfacción inmediata, el afán de lucro, la búsqueda del beneficio, es
sorprendente constatar, no solamente la permanencia, sino el crecimiento
de un interés por la belleza. Las formas que asume este interés parecen
traducir la aspiración, que no solo no desaparece, sino que se refuerza,
a « algo diferente » que fascina la existencia y, quizá incluso la abre
y la lleva más allá de si misma. La Iglesia lo ha intuido desde el
comienzo, y siglos de arte cristiano lo ilustran magníficamente: la
auténtica obra de arte es potencialmente una puerta de entrada para la
experiencia religiosa. Reconocer la importancia del arte para la
inculturación del Evangelio, es reconocer que el genio y la sensibilidad
del hombre son connaturales a la verdad y a la belleza del misterio
divino. La Iglesia manifiesta un profundo respeto por todos los artistas
sin hacer excepción de sus convicciones religiosas, pues la obra
artística lleva en sí misma como una huella de lo invisible, aun cuando,
como todas las otras actividades humanas, el arte no tiene en sí mismo
su fin absoluto: está dirigido a la persona humana. Los artistas cristianos constituyen para la Iglesia un potencial
extraordinario para acuñar nuevas formas y elaborar nuevos símbolos o
metáforas, en el desencadenamiento del genio litúrgico dotado de una
poderosa fuerza creadora, enraizado desde hace siglos en las
profundidades del imaginario católico, con su capacidad de expresar la
omnipresencia de la gracia. A través de los continentes, nunca faltan
artistas de inspiración cristiana firme, capaces de atraer a los fieles
de todas las religiones, aún a los no creyentes, por el resplandor de lo
bello y lo verdadero. Por medio de los artistas cristianos el Evangelio,
fuente fecunda de inspiración, alcanza a multitud de personas privadas
de contacto con el mensaje de Cristo. Al mismo tiempo, el patrimonio cultural de la Iglesia atestigua una
fecunda simbiosis de cultura y de fe. Ello constituye una fuente
permanente para una educación cultural y catequética, que une la verdad
de la fe a la auténtica belleza del arte (Cf. Sacrosantum Concilium,
nn. 122-127). Frutos de una comunidad cristiana que ha vivido y vive
intensamente su fe dentro de la esperanza y la caridad, estos bienes
cultuales y culturales de la Iglesia siguen siendo capaces de inspirar
la existencia humana y cristiana al alba del tercer milenio. 18. El mundo del descanso, del deporte, de los viajes y del turismo,
constituye sin lugar a dudas junto con el mundo del trabajo, una
dimensión importante de la cultura donde la Iglesia se halla presente
desde hace tiempo. Se convierte con razón en uno de los areópagos de la
pastoral de la cultura. La cultura del « trabajo » conoce profundas
transformaciones con consecuencias para el tiempo libre y las
actividades culturales. Medio, para la mayoría, de procurarse el pan de
cada día (cf. Laborem Exercens, n. 1), el trabajo es también uno
de los recursos para responder al deseo cada vez más afirmado de
realización personal, al mismo nivel que las actividades culturales. Sin
embargo en un contexto de especialización, de fuerte desarrollo
tecnológico y económico, las nuevas formas de organización del trabajo
van frecuentemente paralelas al crecimiento del desempleo en todas las
capas de la sociedad, lo cual no sólo es fuente de miseria material,
sino que también siembra en las culturas duda, insatisfacción,
humillación, incluso delincuencia. La precariedad de las condiciones de
vida y la necesidad de proveer a lo esencial conducen muchas veces a
considerar la cultura artística y literaria como algo superfluo
reservado a una élite privilegiada. Convertido en un fenómeno casi universal, el deporte tiene
indiscutiblemente su lugar en una visión cristiana de la cultura, y
puede favorecer a la vez la salud física y las relaciones
interpersonales ya que establece relaciones y contribuye a forjar un
ideal. Pero puede también desnaturalizarse por intereses comerciales,
convertirse en vehículo de rivalidades nacionales o raciales, dar lugar
a brotes de violencia que revelan las tensiones y las contradicciones de
la sociedad, y convertirse entonces en contracultura. Así, es un lugar
importante para una pastoral moderna de la cultura. Realidad multiforme
y compleja, a la vez cargada de simbolismos y empresa comercial, el
tiempo libre y el deporte, más que una atmósfera crean como una cultura,
una forma de ser, un sistema de referencia. Una pastoral adecuada podrá
discernir ahí los auténticos valores educativos, como un trampolín para
celebrar las riquezas del hombre creado a imagen de Dios y a ejemplo del
Apóstol Pablo, anunciar la salvación en Jesucristo (1 Cor 9,
24-27). Diversidad de culturas y
pluralismo religioso 19. En
nuestros días, la misión evangelizadora de la Iglesia se ejerce en un
mundo caracterizado por la diversidad de situaciones culturales
modeladas por diferentes horizontes religiosos. Mientras se aceleran los
intercambios interculturales e interreligiosos en el seno de la aldea
global, este fenómeno toca todos los continentes y todos los países. La Asamblea especial del Sínodo de los Obispos para Africa lo ha
puesto en relieve. En este continente las religiones tradicionales que
se encuentran, el cristianismo y el islam, siguen teniendo una gran
vitalidad e impregnan la cultura y la vida de personas y comunidades. Si
los valores culturales positivos de estas religiones no fueron siempre
suficientemente apreciados al inicio de la evangelización, la Iglesia,
especialmente después del Vaticano II, promueve aquéllos que están en
armonía con el Evangelio y preparan el camino a la conversión a Cristo.
« Los Africanos tienen un profundo sentido religioso, sentido de lo
sagrado, sentido de la existencia de Dios creador y de un mundo
espiritual. La realidad del pecado bajo sus formas individuales y
sociales, está muy presente en la conciencia de estos pueblos como están
igualmente presentes los ritos de purificación y expiación » (Ecclesia
in Africa, nn. 30-37.42). Los valores positivos transmitidos por las
culturas tradicionales, tales como el sentido de familia, el amor y
respeto por la vida, el respeto por los ancianos y la veneración de los
antepasados, el sentido de solidaridad y de la vida comunitaria, el
respeto al jefe, la dimensión celebrativa de la vida, son apoyos sólidos
para la inculturación de la fe, mediante la cual el Evangelio penetra
todos los aspectos de la cultura llevándolos a su plenitud (Cf. Ibid.,
n. 59-62). De manera inversa, las actitudes contrarias al Evangelio,
inspiradas por estas tradiciones, habrán de ser enérgicamente combatidas
por la fuerza de la Buena Nueva de Cristo Salvador, portador de las
bienaventuranzas evangélicas (Mt 5, 1-12). 20. Inmensas regiones del mundo, particularmente en Asia, país de
antiguas culturas, están profundamente marcadas por religiones y
sabidurías no cristianas, tales como el Hinduismo, el Budismo, el
Taoísmo, el Sintoísmo, el Confucianismo, que merecen una consideración
cuidadosa. El mensaje de Cristo suscita allí escasa respuesta. ¿No será
que el Cristianismo es percibido allí con frecuencia como una religión
extraña, insuficientemente inserta, asimilada y vivida en las culturas
locales? He aquí toda la amplitud de una pastoral de la cultura en este
contexto específico. Multitud de
realidades morales y espirituales, incluso místicas, que se viven en
estas culturas, tales como la santidad, la renuncia, la castidad, la
virtud, el amor universal, el amor por la paz, la oración y la
contemplación, la felicidad en Dios, la compasión, son posibilidades
abiertas a la fe en el Dios de Jesucristo. El Papa Juan Pablo II lo
recuerda: « Corresponde a los cristianos de hoy, sobre todos a los de la
India, sacar de ese rico patrimonio los elementos compatibles con su fe,
de manera que enriquezcan el pensamiento cristiano » (Fides et Ratio,
n. 72). En cuanto expresiones del hombre en busca de Dios, las culturas
orientales manifiestan, a través de las diferencias culturales, la
universalidad del genio humano y su dimensión espiritual (Cf. Nostra
Aetate, n. 2). En un mundo presa de la secularización atestiguan la
experiencia vivida de lo divino y la importancia de lo espiritual como
núcleo vivo de las culturas. Es un
gigantesco desafío de la cultura acompañar a los hombres de buena
voluntad cuya razón busca la verdad apoyándose sobre estas ricas
tradiciones culturales, como la milenaria sabiduría china, y guiar su
búsqueda de lo divino a abrirse a la revelación del Dios vivo que, por
la gracia del Espíritu Santo, se asocia al hombre en Jesucristo, único
Redentor. 21. Otras grandes regiones
—la Asamblea especial para América del Sínodo de los Obispos
lo han puesto a plena luz— viven de una cultura profundamente
modelada por el mensaje evangélico y, al mismo tiempo, son víctimas de
un penetrante influjo de modos de vida materialistas y secularizados,
que se manifiesta especialmente en el abandono religioso en la clase
media y entre las personas de cultura. La Iglesia, que afirma la dignidad de la persona humana, se esfuerza en
purificar la vida social de plagas como la violencia, las injusticias
sociales, los abusos de que son objeto los niños de la calle, el tráfico
de estupefacientes, etc. En este contexto, y afirmando su amor
preferencial por los pobres y los marginados, la Iglesia tiene el deber
de promover una cultura de la solidaridad a todos los niveles de
la vida social: instituciones gubernamentales, instituciones públicas y
organismos privados. Trabajando por una mayor unión entre las personas,
entre las sociedades y entre las naciones, se unirá al esfuerzo
constante de las personas de buena voluntad, para construir un mundo
cada vez más digno de la persona humana. Haciendo esto, contribuirá « a
la reducción de los efectos negativos de la globalización, tales como la
dominación del más fuerte sobre el más débil, en especial dentro del
dominio económico, y la pérdida de los valores culturales locales a
favor de una uniformidad mal entendida » (Ecclesia in America, n.
55). En nuestros días, la ignorancia
religiosa endémica alimenta las diferentes formas de sincretismo entre
antiguos cultos hoy extinguidos, nuevos movimientos religiosos y la fe
católica. Estos males sociales, económicos, culturales y morales sirven
de justificación a las nuevas ideologías sincretistas cuyos círculos
están activamente presentes en diversos países. La Iglesia intenta
afrontar estos desafíos, en especial para con los más pobres, promover
la justicia social y evangelizar tanto las culturas tradicionales como
las nuevas culturas que surgen en las megápolis.(19) 22. Los países penetrados por el Islam constituyen como un
universo cultural con su configuración propia, sin desconocer las
diferencias entre los países árabes y los otros países de Africa y de
Asia. Pues el Islam se presenta indisociablemente como una sociedad con
su legislación y sus tradiciones, que juntas constituyen una vasta
comunidad denominada umma, con su cultura propia y su proyecto de
civilización. El Islam vive actualmente
una fuerte expansión, debido en particular a los movimientos migratorios
que provienen de países con fuerte crecimiento demográfico. Los países
de tradición cristiana, que tienen, a excepción de Africa, una
demografía escasa o negativa, perciben hoy frecuentemente la presencia
creciente de musulmanes como un desafío social, cultural e incluso
religioso. Los inmigrantes musulmanes experimentan, al menos en ciertos
países, grandes dificultades de integración socio-cultural. Por otra
parte, el alejamiento de una comunidad tradicional conduce
frecuentemente —en el Islam como en otras religiones— al
abandono de ciertas prácticas religiosas y a una crisis de identidad
cultural. Una colaboración leal con los musulmanes en el plano cultural
puede permitir mantener —en una efectiva reciprocidad—
relaciones fructuosas tanto en los países islámicos como con las
comunidades musulmanas establecidas en los países de tradición
cristiana. Una semejante cooperación no exime a los cristianos de dar
cuenta de su fe cristológica y trinitaria con relación a otras
expresiones del monoteísmo. 23. Las
culturas seculares ejercen una profunda influencia en diferentes
partes de un mundo marcado por el vértigo y la complejidad creciente de
transformaciones culturales. Surgida en países de antigua tradición
cristiana, esta cultura secularizada, con sus valores de solidaridad, de
afecto gratuito, de libertad, de justicia, de igualdad entre el hombre y
la mujer, de apertura de espíritu y diálogo y de sensibilidad ecológica,
guarda aún la huella de sus valores fundamentalmente cristianos que han
impregnado la cultura en el curso de los siglos. La secularización misma
de estos valores ha aportado fecundidad a la civilización y alimentado
la reflexión filosófica. Al alba del tercer milenio las cuestiones de la
verdad, de los valores, del ser y del sentido, ligados a la naturaleza
humana, revelan los límites de una secularización que suscita, muy a su
pesar, la búsqueda de « la dimensión espiritual de la vida como antídoto
a la deshumanización. Este fenómeno así llamado del "retorno de lo
religioso" no carece de ambigüedad, pero encierra una invitación [...]
También éste es un areópago que hay que evangelizar » (Redemptoris
Missio, n. 38). Cuando la
secularización se transforma en secularismo (Evangelii Nuntiandi,
n. 55), surge una grave crisis cultural y espiritual, uno de cuyos
signos es la pérdida del respeto a la persona y la difusión de una
especie de nihilismo antropológico que reduce al hombre a sus instintos
y tendencias. Este nihilismo que alimenta una grave crisis de la
verdad (Cf. Veritatis Splendor, n 32), « encuentra una cierta
confirmación en la terrible experiencia del mal que marca nuestra época.
Ante esta experiencia dramática, el optimismo racionalista que veía en
la historia el avance victorioso de la razón, fuente de felicidad y de
libertad, no ha podido mantenerse en pie, hasta el punto de que una de
las mas grandes amenazas de este fin de siglo es la tentación de la
desesperación » (Fides et Ratio, n. 91). Devolviendo su lugar a
la razón iluminada por la fe y reconociendo a Cristo como clave de
bóveda de la vida del hombre, es como una pastoral evangelizadora de la
cultura podrá reforzar la identidad cristiana ayudando a las personas y
las comunidades a descubrir razones para vivir, por todos los caminos de
la vida, al encuentro del Señor que viene y para la vida del mundo
futuro (Ap 21-22). Los países
que han recuperado una libertad tanto tiempo reprimida por el
marxismo-leninismo ateo en el poder, han quedado heridos por una
violenta « desculturización » de la fe cristiana: las relaciones entre
los hombres artificialmente cambiadas, la dependencia de la criatura con
respecto a su creador negada, las verdades dogmáticas de la revelación
cristiana y su ética combatidas. A esta « desculturización » ha seguido
un cuestionamiento radical de valores esenciales para los cristianos.
Los efectos reductores del secularismo extendido en Europa Occidental a
fines de los sesenta, contribuyen a desestructurar la cultura de los
países de Europa Central y Oriental. Otros países de pluralismo democrático tradicional, experimentan, sobre
un trasfondo mayoritario de adhesión social religiosa, el empuje de
corrientes en las que se entremezclan secularismo y expresiones
religiosas populares traídas por el flujo migratorio. A partir de aquí,
la asamblea especial para América del Sínodo de los obispos ha suscitado
una nueva toma de conciencia misionera. Sectas y nuevos movimientos religiosos(20) 24. La sociedad en el seno de la cual emerge, bajo las formas más
diversas, una nueva búsqueda de espiritualidad, más que religión, no
deja de recordar una de las tribunas de San Pablo, el areópago de
Atenas (Cf. Hech 17, 22-31). El deseo de encontrar una dimensión
espiritual que sea también fuente de sentido para la vida, así como el
anhelo profundo de reconstruir el tejido de relaciones afectivas y
sociales frecuentemente rasgadas a causa de la inestabilidad creciente
de la institución familiar, al menos en ciertos países, se traducen en
un « redescubrimiento » en el seno del cristianismo, pero también en
construcciones más o menos sincretistas orientadas hacia una cierta
unión global que supere toda religión particular. Bajo la denominación polisémica de sectas pueden catalogarse
numerosos y diversos grupos, unos de inspiración gnostica o esotérica,
otros de apariencia cristiana, otros en ciertos casos, hostiles a Cristo
y a la Iglesia. Su éxito se debe frecuentemente a aspiraciones
insatisfechas. Muchos de nuestros contemporáneos encuentran en ellas un
lugar de pertenencia y de comunicación, de afecto y de fraternidad,
incluso una aparente protección y seguridad. Este sentimiento se apoya
en gran parte en soluciones aparentemente deslumbrantes —como el « Gospel of success »—, pero en el fondo
ilusorias que las sectas parecen aportar a las más complejas
cuestiones; se apoya también en una teología pragmática a menudo fundada
sobre la exaltación del yo tan maltratado por la sociedad.
Frecuentemente las sectas se desarrollan gracias a sus pretendidas
respuestas a las necesidades de personas en busca de sanación, de hijos,
de éxito económico. Esto vale también para las religiones esotéricas
cuyo éxito se afianza gracias a la ignorancia y a la credulidad de
cristianos poco o mal formados. En numerosos países algunas personas
heridas por la vida o menospreciadas experimentan dolorosamente la
exclusión, especialmente en el anonimato característico de la cultura
urbana y están dispuestas a aceptar todo con tal de obtener una visión
espiritual que les restituya la armonía perdida y les dé a experimentar
una sensación de curación física y espiritual. He aquí la complejidad y
el carácter transversal del fenómeno de las sectas que conjuga el
malestar existencial con el rechazo de la dimensión institucional de las
religiones y se manifiesta bajo formas y expresiones religiosas
heterogéneas. Pero la proliferación de
las sectas es también una reacción al secularismo y una consecuencia de
los trastornos sociales y culturales que han hecho perder las raíces
religiosas tradicionales. Llegar a las personas tocadas por las sectas o
en peligro de serlo para anunciar a Jesucristo que les habla al corazón,
es uno de los desafíos que la Iglesia debe afrontar. Verdaderamente, de un continente a otro asistimos al surgimiento « de
una nueva época de la historia humana », ya señalada por el Concilio
Vaticano II. Esta toma de conciencia reclama una nueva pastoral de la
cultura, que afronte estos nuevos desafíos con la persuasión que ha
conducido a Papa Juan Pablo II al crear el Pontifico Consejo de la
Cultura: « de ahí la importancia que tiene para la Iglesia, como
responsable de ese destino, una acción pastoral atenta y clarividente
respecto a la cultura, especialmente a la llamada cultura viva, es
decir, el conjunto de los principios y valores que constituyen el
ethos de un pueblo » (Carta autógrafa, op. cit.).
III
PROPUESTAS CONCRETAS
Objetivos Pastorales prioritarios 25. Los nuevos desafíos que debe afrontar una evangelización inculturada
a partir de las culturas moldeadas por dos milenios de cristianismo y de
los puntos de apoyo identificados en el corazón de los nuevos areópagos
culturales de nuestro tiempo, requieren una presentación renovada del
mensaje cristiano, anclada en la tradición viva de la Iglesia y
sostenida por el testimonio de vida auténtica de las comunidades
cristianas. Pensar todas las cosas de nuevo a partir de la novedad del
Evangelio propuesto de manera renovada y persuasiva, constituye una
exigencia inaplazable. Desde una perspectiva de preparación evangélica,
la pastoral de la cultura tiene como objetivo prioritario insertar la
savia vital del Evangelio en las culturas para renovar desde su interior
y transformar a la luz de la revelación las visiones del hombre y de la
sociedad que conforman las culturas, la comprensión del hombre y de la
mujer, de la familia y de la educación, de la escuela y de la
universidad, de la libertad y de la verdad, del trabajo y del descanso,
de la economía y de la sociedad, de las ciencias y de las artes. Pero no basta hablar para ser escuchado. Mientras los destinatarios se
hallaban fundamentalmente en sintonía con el mensaje por una cultura
tradicional impregnada de cristianismo y al mismo tiempo en una
disposición general favorable respecto a éste gracias a todo el contexto
sociocultural, podían recibir y comprender lo que se les proponía. En la
actual pluralidad cultural, es necesario vincular al anuncio las
condiciones para su recepción. El éxito
de esta gran empresa requiere la exigencia de un continuo discernimiento
a la luz del Espíritu Santo invocado en la oración. Exige también, junto
con una preparación adecuada y una formación apropiada, medios
pastorales sencillos, —homilías catequesis, misiones populares,
escuelas de evangelizaciónÂÂÂÂÂ aliados con los modernos medios de
comunicación para llegar a hombres y mujeres de todas las culturas. Los
sínodos de obispos lo recuerdan con insistencia creciente, siguiendo el
Concilio Vaticano II, tanto a los sacerdotes y religiosos como a los
laicos. A este respecto, las conferencias episcopales encuentran un
instrumento privilegiado en las comisiones episcopales de cultura —que será necesario crear allí donde aún no existan— aptas
para promover la presencia de la Iglesia en los diversos ámbitos donde
se elabora la cultura y para suscitar allí la creatividad multiforme que
nace de la fe, la manifiesta y la sostiene. « Para lograrlo, cada
Iglesia particular deberá contar con un proyecto cultural, como es el
caso de tal o cual país ».(21) Esta es la puesta en juego de una
pastoral de la cultura, quizá más compleja por sus mismas exigencias que
una primera evangelización de culturas no cristianas. Religión y « religioso » 26. En su
misión de anunciar el Evangelio a todos los hombres de todas las
culturas, la Iglesia se encuentra con las religiones tradicionales
especialmente en Africa y en Asia.(22) Las Iglesias locales son
invitadas y animadas a estudiar las culturas y las prácticas religiosas
tradicionales de su propia región, no para canonizarlas, sino para
discernir sus valores, costumbres y ritos susceptibles de favorecer un
arraigamiento más profundo del cristianismo en las culturas locales (Cf.
Ad Gentes, nn. 19 y 22). El «
regreso » o el « despertar » de lo religioso en Occidente exige sin duda
un discernimiento exigente. Si bien se trata, en la mayor parte, más de
un regreso del sentimiento religioso que de una adhesión personal a Dios
en comunión de fe con la Iglesia, no se puede negar por otra parte que
muchas personas en número creciente, vuelven a estar atentos a una
dimensión de la existencia humana que caracterizan, según los casos,
como espiritual, religiosa o sagrada. El fenómeno, que se verifica sobre
todo entre los jóvenes y entre los pobres —lo que constituye una
razón más para prestarle atención—, les lleva tan pronto a regresar
hacia un cristianismo que les había decepcionado, como a volverse a
otras religiones, o incluso ceder a la invitación de las sectas y hasta
a las ilusiones del ocultismo. En todas
partes, un nuevo campo de posibilidades se abre a la pastoral de la
cultura para que el Evangelio de Cristo resplandezca en los corazones.
Numerosos son los puntos sobre los cuales la fe cristiana está llamada a
traducirse y expresarse de manera más accesible a las culturas
dominantes, en razón de la competencia a la que la somete el aumento de
una religiosidad difusa y abundante a su alrededor. La búsqueda de diálogo y la correspondiente necesidad de identificar
mejor lo específicamente cristiano representan un campo cada vez más
importante de reflexión y de acción para el anuncio de la fe en las
culturas. La pastoral de la cultura frente al desafío de las sectas (Cf.
Ecclesia in America, n. 73) se inscribe en esta perspectiva, ya que
éstas producen efectos culturales íntimamente ligados a su discurso «
espiritual ». Esta situación pide una reflexión exigente sobre la manera
de vivir la tolerancia y la libertad religiosa en nuestras sociedades
(Cf. Dignitatis Humanae, n. 4). Sin duda es necesario formar
mejor a laicos y sacerdotes para hacerles adquirir competencia y
discernimiento acerca de las sectas y la razón de su éxito, sin perder
de vista, no obstante, que el verdadero antídoto contra las sectas es la
calidad de la vida eclesial. En cuanto a los sacerdotes, es necesario
prepararles tanto para detectar el desafío de las sectas como para
acompañar a los fieles en peligro de abandonar la Iglesia y de renegar
su Fe. « Lugares ordinarios » de la
experiencia de la fe, la piedad popular, la parroquia 27. En los países de cristiandad, se ha ido elaborando, poco a poco,
todo un modo de comprender y vivir la fe que, con el tiempo, ha acabado
por impregnar la existencia y la vida común de los hombres: fiestas
locales, tradiciones familiares, celebraciones diversas,
peregrinaciones, etc. Se ha constituido así una cultura de la que
participan todos y en la cual la fe entra como un elemento constitutivo,
incluso integrador. Este tipo de cultura se ve particularmente amenazada
por el secularismo. Es importante alentar los esfuerzos auténticos de
revitalización de estas tradiciones, a fin de que no se conviertan en
patrimonio de folcloristas o de políticos, cuyas miras son a menudo
extrañas, cuando no contrarias a la fe, y sí se impliquen en cambio
agentes pastorales, comunidades cristianas y teólogos cualificados. Para llegar al corazón de los hombres, el anuncio del Evangelio a los
jóvenes y a los adultos así como la celebración de la salvación en la
liturgia requieren, no sólo un profundo conocimiento y una experiencia
de fe, sino también de la cultura ambiente. Cuando un pueblo ama su
cultura fecundada por el cristianismo como elemento propio de su vida,
vive y profesa su fe en esa cultura. Obispos, sacerdotes, religiosos,
religiosas, laicos y laicas han de desarrollar su sensibilidad
hacia esta cultura, a fin de protegerla cuando sea necesario y de
promoverla a la luz de los valores evangélicos, especialmente cuando
esta cultura es minoritaria. Esta atención puede ofrecer a los más
desfavorecidos, en su gran diversidad, un acceso a la fe y suscitar una
mejor calidad de vida cristiana en la Iglesia. Personas de fe profunda,
con una educación y una cultura bien integradas, son testigos vivos
gracias a los cuales muchos pueden reencontrar las raíces cristianas de
su cultura. 28. La religión es también
memoria y tradición, y la piedad popular sigue siendo una de las
mayores expresiones de una verdadera inculturación de la fe, pues en
ella se armonizan la fe y la liturgia, el sentimiento y las artes, y se
afianza la conciencia de la propia identidad en las tradiciones locales.
Así, « América, que históricamente ha sido y es crisol de pueblos, ha
reconocido en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, Santa María de
Guadalupe, un gran ejemplo de evangelización perfectamente inculturada »
(Ecclesia in America, n. 11). La piedad popular testimonia la
ósmosis realizada entre el dinamismo innovador del mensaje evangélico y
los componentes más diversos de una cultura. Es un lugar privilegiado de
encuentro de los hombres con Cristo vivo. Un continuo discernimiento
pastoral podrá descubrir sus valores espirituales auténticos para
llevarlos a su cumplimiento en Cristo, « a fin de que esta religiosidad
lleve a un compromiso sincero de conversión y a una experiencia concreta
de caridad » (ibid., n. 16). La piedad popular permite a un
pueblo expresar su fe, sus relaciones con Dios y su Providencia, con la
Virgen y los santos, con el prójimo, con los difuntos y con la creación,
y fortifica su pertenencia a la Iglesia. Purificar y catequizar las
expresiones de la piedad popular puede, en algunas regiones, convertirse
en un elemento decisivo para evangelizar en profundidad, mantener y
desarrollar una verdadera conciencia comunitaria en el compartir la
misma fe, especialmente a través de las manifestaciones religiosas del
pueblo de Dios, como las grandes celebraciones festivas (cf. Lumen
Gentium, n. 67). A través de estos medios humildes al alcance de
todos, los fieles expresan su fe, fortifican su esperanza y manifiestan
su caridad. En numerosos países, un sentido profundo de lo sagrado
permea el conjunto de la existencia y la vida cotidiana. Una pastoral
adaptada ha de saber promover y realzar el valor de los lugares sacros,
santuarios y centros de peregrinación, vigilias litúrgicas y momentos de
adoración, así como también de los sacramentales, los tiempos sagrados y
las conmemoraciones. Ciertas diócesis y centros de pastoral
universitaria, organizan, al menos una vez al año, una jornada de marcha
hacia un santuario, inspirados en el modelo del pueblo judío, que iba
cantando alegre los salmos de las subidas cuando se acercaba a
Jerusalén. Por su misma naturaleza, la
piedad popular requiere una expresión artística. Los responsables de la
pastoral habrán de alentar la creación en todos los campos: ritos,
música, cantos, artes decorativas, etc... y velarán por su buena calidad
cultural y religiosa. La parroquia,
« Iglesia que se encuentra entre las casas de los hombres » (Christifideles
laici, n. 27), es uno de los mayores logros de la historia del
cristianismo y para la inmensa mayoría de los fieles sigue siendo el
lugar privilegiado y ordinario de la experiencia de fe. La vitalidad de
la comunidad cristiana, unida por la misma fe, reunida para celebrar la
Eucaristía, ofrece el testimonio de la fe vivida y de la caridad de
Cristo y constituye un lugar de educación religiosa profundamente
humano. Bajo formas variadas, según la edad y las capacidades de los
fieles, la parroquia proporciona un ejemplo concreto, inculturado, de la
fe profesada y celebrada por la comunidad creyente. Esta primera
formación vivida en la parroquia es decisiva, introduce en la Tradición
y coloca los fundamentos de una fe viva y de un profundo sentido de
Iglesia. En el contexto urbano, complejo
y a veces violento, la parroquia cumple una función pastoral
irreemplazable, como lugar de iniciación cristiana y de evangelización
inculturada, donde los diversos grupos humanos hallan su unidad en la
celebración festiva de una misma fe y el compromiso apostólico, cuya
alma es la liturgia eucarística. Comunidad diversificada, la parroquia
constituye un lugar privilegiado de pastoral concreta de la cultura,
apoyada en la escucha, el diálogo y la ayuda cercana, gracias a
sacerdotes y laicos, religiosa y culturalmente bien preparados (cf.
Christifideles laici, n. 27). Instituciones de educación 29. « El
mundo de la educación es un campo privilegiado para promover la
inculturación del Evangelio » (Ecclesia in America, n. 71). La
educación que guía al niño, después adolescente, hasta su madurez,
comienza en el seno de la familia, que sigue siendo el lugar primordial
de aquélla. Así, toda pastoral de la cultura y toda evangelización en
profundidad se apoyan sobre la educación y toman como punto de anclaje
la familia, « primer espacio educativo de la persona » (ibid.). Pero la familia, frecuentemente enfrentada a las más diversas
dificultades, no es suficiente. De ahí la gran importancia de las
instituciones educativas. En numerosos países, fiel a su bimilenaria
misión de educación y enseñanza, la Iglesia anima numerosas
instituciones: jardines de infancia, escuelas, colegios, liceos,
universidades, centros de investigación. Estas instituciones católicas
tienen por vocación propia el situar los valores evangélicos en el
corazón de la cultura. Para hacerlo, los responsables de estas
instituciones han de extraer del mensaje de Cristo y la enseñanza de la
Iglesia la esencia de su proyecto educativo. Sin embargo, la realización
de la misión de estas instituciones depende en no pequeña parte de
medios a veces difíciles de conseguir. Es necesario rendirse a la
evidencia para apreciar el desafío: la Iglesia ha de consagrar una parte
importante de sus recursos en personal y medios a la educación, para
responder a la misión recibida de Cristo de anunciar el Evangelio. En
todos los casos se mantiene una exigencia: asociar a la preocupación por
una seria formación escolar la de una profunda formación humana y
cristiana.(23) En efecto, multitud de jóvenes que asisten al conjunto de
instituciones de educación en los diversos países, pueden hallarse con
frecuencia, a pesar de la buena voluntad y la competencia de sus
maestros, plenamente escolarizados pero parcialmente desculturizados. En la perspectiva global de una pastoral de la cultura, y sin descuidar
el proporcionar a los estudiantes la formación específica que tienen
derecho a esperar, las universidades, colegios y centros de
investigación católicos habrán de preocuparse por asegurar un encuentro
fecundo entre el Evangelio y las diferentes expresiones culturales.
Estas instituciones podrán contribuir de modo original e irremplazable a
una auténtica formación en valores culturales, como terreno privilegiado
para una vida de fe en simbiosis con la vida intelectual. A este
respecto, conviene recomendar una atención particular a la enseñanza de
la filosofía, de la historia y de la literatura, como lugares esenciales
de encuentro entre la fe y las culturas. La presencia de la Iglesia en la universidad y la cultura
universitaria,(24) con las iniciativas concretas capaces de hacer eficaz
esta presencia, requieren un discernimiento exigente y un esfuerzo
incesantemente renovado para promover una nueva cultura cristiana
nutrida con los mejores logros de todos los campos de la actividad
universitaria. Tal urgencia de
formación humana y cristiana reclama sacerdotes, religiosos, religiosas,
laicos y laicas bien formados. Su trabajo conjunto permitirá a las
instituciones educativas católicas ejercer su influencia tanto sobre los
materiales didácticos como sobre los profesionales de la cultura y
favorecerá la difusión de un modelo cristiano de relaciones entre
profesores y alumnos en el seno de una verdadera comunidad educativa. La
formación armoniosa de la persona es uno de los objetivos mayores de la
pastoral de la cultura. 30. La
Escuela es por definición uno de los lugares de iniciación cultural
y en algunos países y tras muchos siglos, uno de los lugares
privilegiados de transmisión de una cultura forjada por el cristianismo.
Ahora bien, si en algunos países la « instrucción religiosa » encuentra
su lugar, no sucede lo mismo en la mayor parte de los países
secularizados. En una y otra situación, se plantea el mismo problema
fundamental: la relación entre cultura religiosa y catequesis. Se teme,
no sin razón, que la imposición a todos de la asignatura de « religión »
obligue a los que están encargados de impartirlas, a atenerse, en
realidad, a una simple cultura religiosa. De hecho, cuando se reduce el
número de los que han recibido regularmente catequesis, la cultura
religiosa, no asegurada por ningún otro medio, corre el riesgo de
perderse a corto plazo en las nuevas generaciones para un gran número.
De ahí la urgencia de reevaluar la relación entre cultura religiosa y
catequesis y de traducir de una manera nueva la articulación entre la
necesidad de presentar a los alumnos una información religiosa exacta y
objetiva, ausente en ocasiones, y la importancia capital del testimonio
de la fe. De ahí también la indispensable complementariedad entre la
parroquia y la escuela y la afirmación de la necesidad de escoger
profesores aptos para convertir estas instituciones en escuelas de
crecimiento espiritual y cultural. Son las condiciones de éxito de esta
pastoral exigente y prometedora. Centros de formación teológica 31.
Una toma de conciencia se impone. Si en muchos países hasta hace poco
tiempo se daba una adecuada formación religiosa a los hijos de familias
cristianas, hoy un creciente número de jóvenes se encuentran privados de
la misma. Algunos de ellos sienten la necesidad de una sólida formación
teológica. Este nuevo interés es esperanzador, al menos por tres
razones. En primer lugar, porque muchos cristianos dotados de un cierto
nivel cultural, tienen verdaderas posibilidades de fidelidad y de
crecimiento en la fe, sólo si su cultura religiosa está al mismo nivel
de su cultura profana, especialmente en aquello que concierne al campo
de su vida profesional. Después, porque disponiendo de mayores recursos
para el combate de la fe, serán más capaces de ofrecer su colaboración a
las tareas de la Iglesia que la requieran: animación litúrgica,
catequesis escolar, acompañamiento a los enfermos, preparación para los
sacramentos, especialmente bautismo y matrimonio, etc. Finalmente porque
la integración entre su trabajo profesional y su fe cristiana los
capacita para cumplir plenamente su misión como laicos en la ciudad, en
una mejor síntesis entre los dos componentes de su existencia. La necesidad de una seria formación teológica se impone hoy con un vigor
acentuado, teniendo en cuenta los nuevos desafíos que surgen, que van de
la indiferencia religiosa al racionalismo agnóstico. El conocimiento
profundo de los datos de la fe es, en primer lugar, indispensable para
una genuina evangelización. Este conocimiento de orden intelectual,
interiorizado en la oración y en las celebraciones litúrgicas, exige una
asimilación personal inteligente por parte de los fieles, para que sean
testigos de la persona de Cristo y de su mensaje de salvación. En un
contexto cultural, por lo demás, marcado por corrientes
fundamentalistas, una adecuada formación teológica es, sin lugar a
dudas, el mejor medio para afrontar este grave peligro que amenaza la
auténtica piedad popular y la cultura de nuestro tiempo. La pastoral orientada hacia la evangelización de la cultura y la
inculturación de la fe conlleva una doble competencia: en el campo
teológico y en campo que concierne a la pastoral. Inicial y permanente,
general o especializada al punto de permitir la obtención de diplomas
canónicos, una tal formación teológica merece ser ampliamente propuesta
en la Iglesia, según el deseo del Concilio Vaticano II, allí donde
todavía no existe (Gaudium et Spes, n. 62, 7). Es éste, sin
ninguna duda, uno de los mejores lugares de comunicación entre cultura
actual y fe cristiana. Y por tanto, ofrece a ésta inmejorables ocasiones
de impregnar la cultura cuando la formación recibida y la inteligencia
de la fe consolidada por el estudio de la Palabra de Dios y la Tradición
de la Iglesia inspiran la existencia cotidiana. Los Centros Culturales Católicos 32. Los Centros Culturales Católicos, implantados allí donde su creación
sea posible, son una ayuda capital para la evangelización y la pastoral
de la cultura. Bien insertos en su medio cultural, les corresponde
afrontar los problemas urgentes y complejos de la evangelización de la
cultura y de la inculturación de la fe, a partir de los puntos de
anclaje que ofrece un debate ampliamente abierto con todos los
creadores, actores y promotores de cultura, según el espíritu del
apóstol de las gentes (1 Tes 5, 21-22). Los Centros Culturales Católicos presentan una rica diversidad, tanto
por su denominación (Centros o Círculos Culturales, Academias, Centros
Universitarios, Casas de Formación), como por las orientaciones
(teológica, ecuménica, científica, educativa, artística, etc...), o por
los temas tratados (corrientes culturales, valores, dialogo
intercultural e interreligioso, ciencia, artes etc...), o por las
actividades desarrolladas (conferencias, debates, cursos, seminarios,
publicaciones, bibliotecas, manifestaciones artísticas o culturales,
exposiciones, etc...). El concepto mismo de « Centro Cultural
Católico » reúne la pluralidad y la riqueza de las diversas
situaciones de un país: se trata, bien de instituciones vinculadas a una
estructura de la Iglesia (parroquia, diócesis, conferencia episcopal,
orden religiosa, etc...), bien de iniciativas privadas de católicos,
pero siempre en comunión con la Iglesia. Todos estos centros proponen
actividades culturales con la preocupación constante de la relación
entre la fe y la cultura, de la promoción de la cultura inspirada por
los valores cristianos, a través del diálogo, la investigación
científica, la formación, mediante la promoción de una cultura fecundada
inspirada, vivificada y dinamizada por la fe. A este respecto, los
centros culturales católicos son instrumentos privilegiados para hacer
conocer a un amplio público las obras de artistas, escritores,
científicos, filósofos, teólogos, economistas y ensayistas católicos, y
suscitar de esta manera una adhesión personal y entusiasta a los valores
fecundados por la fe en Cristo. « Los
centros culturales católicos ofrecen a la Iglesia singulares
posibilidades de presencia y acción en el campo de los cambios
culturales. En efecto, éstos son unos foros públicos que permiten
la amplia difusión, mediante el diálogo creativo, de convicciones
cristianas sobre el hombre, la mujer, la familia, el trabajo, la
economía, la sociedad, la política, la vida internacional y el ambiente
» (Ecclesia in Africa, n. 103). El Consejo Pontificio de la Cultura ha publicado una lista de estos
centros, a partir principalmente de las informaciones recibidas de las
conferencias episcopales.(25) Esta primera documentación internacional
sobre los centros culturales católicos debería ayudar a establecer
relaciones entre ellos y a favorecer intercambios mutuos, para un mejor
servicio pastoral de la cultura apoyado por los modernos medios de
comunicación. Medios de Comunicación
social e información religiosa 33.
Un hecho llama de manera particular la atención de los responsables de
la pastoral: la cultura se hace cada vez más global por el influjo de
los medios de comunicación y de la tecnología informática. Sin duda, las
culturas en su conjunto y en todos los tiempos, han mantenido relaciones
recíprocas. Sin embargo hoy, incluso las culturas menos extendidas no
están aisladas. Se benefician de los cambios acelerados, y al mismo
tiempo sufren presiones ejercidas por una fuerte corriente
uniformadora, allí donde —ejemplo extremo de la difusión de
formas de materialismo, de individualismo y de inmoralidad— los
mercaderes de violencia y de sexo barato que invaden tanto los
videocasetes como las películas, la televisión o Internet,
amenazan con desplazar a los educadores. Los medios de comunicación
social son vehículo, por otra parte, de una multiplicidad de propuestas
religiosas ligadas a las culturas de origen antiguo o moderno,
radicalmente diferentes, que se encuentran ahora al mismo tiempo y en el
mismo lugar. En el plano de la
comunicación social, las emisoras católicas de televisión y sobre todo
de radio, aun siendo modestas, desempeñan un papel no despreciable en la
evangelización de la cultura y la inculturación de la fe. Llegan hasta
las personas en el lugar habitual de su vida diaria y contribuyen
poderosamente a la evolución de sus modos de vida. Las redes de radios
católicas, allí donde sea posible crearlas, permiten no solamente a las
diócesis sin grandes recursos aprovecharse de los medios técnicos de
otras más favorecidas, sino también estimulan los intercambios
culturales entre comunidades cristianas. El compromiso de los
cristianos, no sólo en los medios religiosos, sino también en los medios
estatales o comerciales es una prioridad, ya que estos medios de
comunicación se dirigen por naturaleza al conjunto de la sociedad, y
permiten a la Iglesia llegar hasta las personas que se encuentran fuera
de su alcance. En ciertos países donde los medios están abiertos a los
mensajes religiosos, las diócesis realizan auténticas campañas y
difunden programas e incluso espacios publicitarios para hacer ver los
valores cristianos que son esenciales para una cultura verdaderamente
humana. Por otra parte, los católicos recompensan a los mejores
profesionales con premios. Estas intervenciones en los medios pueden
contribuir por su calidad y la seriedad del mensaje a promover una
cultura inspirada por el Evangelio. La
prensa diaria y periódica y las editoras tienen su lugar, no sólo en la
vida de la Iglesia local, sino también en la sociedad, porque
testimonian la vitalidad de la fe y la contribución específica de los
cristianos a la vida cultural, después de muchos siglos. Esta
extraordinaria posibilidad de influencia requiere la presencia de
periodistas, autores y editores con amplios horizontes culturales y con
fuertes convicciones cristianas. En los países donde las lenguas
tradicionales se utilizan junto a las lenguas oficiales, algunas
diócesis editan un diario o al menos algunos artículos en la lengua
tradicional, lo que les proporciona una capacidad de penetración sin
igual en multitud de familias. Las
extraordinarias posibilidades de los medios de comunicación social para
hacer irradiar el mensaje evangélico en el mundo y dar un alma a la
cultura requieren la formación de católicos competentes: « Es
fundamental para la eficacia de la nueva evangelización un profundo
conocimiento de la cultura actual, en la cual los medios de comunicación
social tienen gran influencia » (Ecclesia in America, n. 72).
Esta presencia de los católicos en los medios será tanto más fructuosa
si los pastores se sensibilizan con estos medios de comunicación durante
el tiempo de su formación. Su compromiso maduro y responsable es la
única actitud capaz de afrontar los escollos y de responder a los
desafíos propios de los medios de comunicación. 34. La pastoral de la cultura exige una atención particular a los
periodistas de la prensa escrita, de la radio y de la televisión. Sus
preguntas provocan algunas veces perplejidad y desencanto, sobre todo
cuando apenas corresponden al contenido fundamental del mensaje que
debemos transmitir; sin embargo estos interrogantes desconcertantes son
los de la mayor parte de nuestros contemporáneos. Para lograr una mejor
comunicación entre las diversas instancias de la Iglesia y los
periodistas, pero también para conocer mejor los contenidos, los
promotores y los métodos de las redes culturales y religiosas, es
importante que un número suficiente de personas reciba una adecuada
formación en las técnicas de la comunicación, comenzando por los jóvenes
en formación en los seminarios y las casas religiosas. Muchos laicos
jóvenes se orientan hacia los medios. Corresponde a la pastoral de la
cultura prepararlos para estar activamente presentes en el mundo de la
radio, la televisión, del libro y de las revistas, ya que estos vectores
de información constituyen la referencia diaria de la mayoría de
nuestros contemporáneos. A través de medios abiertos y moralmente
convenientes, cristianos bien preparados pueden jugar un papel misionero
de primer plano. Es importante que sean formados y apoyados. Para estimular creaciones de alto nivel moral, espiritual y artístico,
muchas Iglesias locales organizan festivales de cine y de televisión y
crean premios, inspirados en el ejemplo del Premio católico del cine.
Para promover la cualidad de la información a través de una adecuada
formación, algunas asociaciones profesionales y sindicales del
periodismo han elaborado una Carta ética de los medios, un
Código de comportamiento del periodista, e incluso han fundado un
Consejo ético de los Medios. Otros han creado Círculos que reúnen
profesionales de la información para ciclos de conferencias sobre temas
éticos, religiosos, culturales, pero también para jornadas de
espiritualidad. Ciencia, tecnología,
bioética y ecología 35. Después de
siglos y a pesar de incomprensiones, la Iglesia y el conjunto de la
sociedad se han beneficiado de los trabajos cualificados de cristianos
expertos en las ciencias exactas y experimentales. Tras la prueba del
cientificismo, cuyos postulados son hoy frecuentemente descartados, la
Iglesia debe estar atenta tanto a las contribuciones, como a los nuevos
interrogantes y desafíos suscitados por la ciencia, la tecnología y las
nuevas biotecnologías. De manera particular, es importante seguir no
solo la evolución en curso de los paradigmas de la Ars Medica,
sino sobre todo de contar con los trabajos de profesionales reconocidos
y de moralistas seguros, en un campo tan fundamental para la persona
humana. Desarrollar una enseñanza interdisciplinar y coherente ayudará a
crear un medio favorable para el diálogo entre la ciencia y la fe, ya
iniciado en el curso de los últimos decenios. El éxito de una pastoral
de la cultura exige a este respecto: — Una formación de consultores cualificados, tanto en las ciencias
físicas o de la vida, como en filosofía y teología de las ciencias,
aptos para intervenir bien sea en Internet, en la radio o en la
televisión, capacitados para tratar temas de frontera e incluso de
controversia, que no faltan entre la fe y la ciencia: creatio ex
nihilo et creatio continua, evolución, naturaleza dinámica
del mundo, exégesis de la Sagrada Escritura y estudios científicos,
lugar y papel del hombre en el cosmos, relación entre el concepto de
eternidad y la estructura espacio-temporal del universo físico,
epistemologías diferenciadas... —
Una formación inicial de los seminaristas y una formación permanente de
los sacerdotes, que les ayude a responder con competencia a los
interrogantes de los fieles que desean profundizar en su comprensión de
la enseñanza de la Iglesia, para vivir mejor en el contexto cultural
frecuentemente extraño, cuando no hostil. — Redes de comunicación entre los investigadores católicos que
enseñan en institutos superiores católicos, universidades del Estado,
instituciones privadas y centros privados de investigación, así como
entre academias científicas, asociaciones de expertos en tecnología y
conferencias episcopales. — La
creación de Academias de la Vida o grupos de estudio especializados en
este campo, compuestos por católicos reconocidos por sus capacidades
profesionales y su fidelidad al Magisterio de la Iglesia. — Prensa y publicaciones católicas de amplia difusión, que se
aprovechen de la contribución de personas verdaderamente cualificadas en
estos campos. — Librerías
católicas capaces de orientar competentemente en la sobreabundancia de
colecciones, revistas y publicaciones científicas. — Aumentar bibliotecas y videotecas parroquiales abiertas a la
consulta sobre los argumentos que competen a las relaciones entre
ciencia, tecnología y fe. — Una
pastoral apta para suscitar y alimentar una honda vida espiritual entre
los científicos. El arte y los
artistas 36. La articulación del
camino estético con la prosecución del bien y la búsqueda de lo
verdadero, constituye sin lugar a dudas una cantera privilegiada de la
pastoral de la cultura para un anuncio del Evangelio sensible a los
signos de los tiempos. La pastoral de los artistas requiere una
sensibilidad estética unida a una no menor sensibilidad cristiana. En
nuestra cultura, marcada por un torrente de imágenes frecuentemente
banales y brutales diariamente arrojadas por las televisiones, películas
y videocasetes, una alianza fecunda entre el Evangelio y el arte
suscitará nuevas epifanías de la belleza, nacidas de la contemplación de
Cristo, Dios hecho hombre, de la meditación de sus misterios, de su
irradiación en la vida de la Virgen María y de los santos (Cf. Juan
Pablo II Carta a los artistas, 4 abril 1999). En el plano institucional, una diversificación
y fragmentación crecientes exigen un diálogo renovado entre la Iglesia y
las diversas instituciones o sociedades artísticas. De las parroquias a
las capellanías, de las diócesis a las conferencias episcopales, de los
seminarios a los institutos de formación y a las universidades, esta
pastoral promueve asociaciones capaces de entablar un diálogo fructuoso
con los artistas y el mundo del arte. Las Iglesias locales, que algunas
veces han tomado distancia al respecto, saldrán beneficiadas renovando
el contacto gracias a lugares de encuentro apropiados. En el plano de la creatividad. La
experiencia lo muestra: en condiciones políticas desfavorables para la
verdadera cultura, que presupone la libertad, la Iglesia católica ha
actuado como abogada y protectora de la cultura y de las artes, y muchos
artistas han encontrado en su seno un lugar privilegiado de creatividad
personal. Esta actitud y este papel de la Iglesia frente a la cultura y
los artistas son más que nunca actuales, especialmente en los campos de
la arquitectura, de la iconografía y de la música religiosa. Llamar a
los artistas a participar en la vida de la Iglesia es invitarlos a
renovar el arte cristiano. Una relación de confianza con los artistas,
basada en la cooperación, permite valorizar todo aquello que educa al
hombre y lo eleva a un nivel superior de humanidad, mediante una
participación más intensa en el misterio de Dios, belleza soberana y
suprema bondad. Para que sean fructuosas, las relaciones entre fe y arte
no se pueden limitar a acoger la creatividad. Propuestas,
confrontaciones, discernimiento son necesarios, porque la fe es
fidelidad a la Verdad. La liturgia constituye al respecto un medio
excepcional por su fuerza de inspiración y las múltiples posibilidades
que ofrece a los artistas en su diversidad, para poner en práctica las
orientaciones dadas por el Concilio Vaticano II. Es importante suscitar
una expresión indígena propia y, al mismo tiempo, católica
de la fe, respetando las normas litúrgicas.(26) La necesidad de
construir y decorar las nuevas iglesias exige una reflexión profunda
sobre el significado de la iglesia en cuanto lugar sagrado, y el alcance
de la liturgia. Los artistas están invitados a expresar estos valores
espirituales. Su creatividad debería hacer posible el desarrollo de
iconografías y composiciones musicales accesibles a un mayor número de
personas, para revelar la trascendencia del amor de Dios e introducir a
la oración. El Concilio Vaticano II no ha dudado en este punto y sus
orientaciones exigen ponerlo en práctica de manera permanente: « Hay que
esforzarse para que los artistas se sientan comprendidos por la Iglesia
en sus actividades y, gozando de una ordenada libertad, establezcan
contactos más fáciles con la comunidad cristiana. También las nuevas
formas artísticas, que convienen a nuestros contemporáneos según la
índole de cada nación o región, sean reconocidas por la Iglesia.
Recíbanse en el santuario, cuando elevan la mente a Dios, con
expresiones acomodadas y conforme a las exigencias de la liturgia » (Gaudium
et Spes, n. 62, 4). En el plano
de la formación. Una pastoral orientada al
arte y a los artistas presupone una formación adecuada(27) para
comprender la belleza artística como epifanía del misterio. Los
responsables de esta educación artística, asociándola con la formación
teológica, litúrgica y espiritual, podrán escoger los presbíteros y
laicos a los cuales les será confiada la pastoral de los artistas, con
la tarea de emitir juicios iluminadores y formular apreciaciones
motivadas acerca del mensaje de las artes contemporáneas, en el seno de
la comunidad cristiana. Las posibilidades
de acción en este campo son numerosas y variadas. Asociaciones,
cofradías de artistas o de escritores, academias, resaltan el papel
importante de los hombres de cultura católica y pueden favorecer un
diálogo más fecundo entre la Iglesia y el mundo del arte. Diversas
fórmulas como la Semana cultural o la Semana de la cultura
cristiana conjugan un ritmo sostenido de manifestaciones culturales
abiertas al mayor número de personas con propuestas específicamente
cristianas. La fórmula del Festival o del Premio de arte
sagrado, nacional o internacional, permite dar una relevancia
particular tanto a la música sagrada como al cine y al libro religioso. Patrimonio cultural, turismo religioso 37. En el contexto del desarrollo del tiempo libre y del
turismo religioso, algunas iniciativas permiten salvaguardar,
restaurar y dar valor al patrimonio cultural religioso existente, como
también transmitir a las nuevas generaciones las riquezas de la cultura
cristiana,(28) fruto de una síntesis armoniosa entre la fe cristiana y
el genio de los pueblos. Desde esta perspectiva, parece deseable
promover y animar un cierto número de propuestas: — Introducir la pastoral del turismo y tiempo libre y la catequesis
a través del arte entre las actividades específicas habituales de la
diócesis. — Idear itinerarios de
devoción en una diócesis o en una región, siguiendo el entramado de
lugares de la fe que constituyen el patrimonio espiritual y cultural de
ésta. — Hacer de las iglesias
lugares abiertos y acogedores, resaltando los elementos a veces
modestos, pero significativos. —
Prever una pastoral de los edificios religiosos más frecuentados, para
hacer que los visitantes se beneficien del mensaje del que aquéllos son
portadores y publicar documentos simples y claros elaborados por los
organismos competentes. — Crear
organizaciones de guías católicos, capaces de ofrecer a los turistas un
servicio cultural de calidad animado por el testimonio de la fe. Tales
iniciativas pueden también contribuir en la creación de puestos de
trabajo, aunque temporales, para los desempleados jóvenes o menos
jóvenes. — Animar las asociaciones
en nivel internacional, como la E.C.A., la Asociación de Catedrales
de Europa. — Crear y
desarrollar los museos de Arte Sagrado y de Antropología Religiosa, que
seleccionen la calidad de los objetos expuestos y la presentación
pedagógica viva, uniendo el interés por la fe y por la historia,
evitando que los museos se conviertan en depósitos de objetos muertos. — Suscitar la formación y la multiplicación de fondos, incluso de
bibliotecas, especializadas en el patrimonio cultural cristiano y
profano de cada región, con amplias posibilidades de contacto del mayor
número de personas con este patrimonio. — A pesar de las dificultades para la edición y comercialización,
apoyar las librerías católicas e incluso crearlas, sobre todo en las
parroquias, santuarios y lugares de peregrinación, con responsables
cualificados, capaces de aconsejar de manera útil. Los jóvenes 38. La pastoral de la
cultura llega a los jóvenes a través de los diferentes campos de la
enseñanza, de la formación y del tiempo libre, en un proceso que alcanza
a la persona en su intimidad. Si la familia sigue siendo esencial en la
traditio fidei, las parroquias y diócesis, colegios y universidades
católicas, así como los diversos movimientos eclesiales presentes en el
conjunto de los ambientes de vida y de enseñanza pueden emprender
iniciativas concretas para promover: — Lugares donde los jóvenes deseen encontrarse y tejer lazos de
amistad, que constituyan un ambiente para apoyar la fe. — Círculos de conferencias y de reflexión, adaptados a los
diferentes niveles culturales y centrados en los temas de interés común
y de actualidad, para la vida cristiana. — Asociaciones culturales o socio-culturales, con programas
abiertos de actividades recreativas y formativas, que incluyan el canto,
el teatro, el cineclub, etc... —
Colecciones culturales —libros o videocasetes— que permitan
una información y una formación cultural cristiana, como también un
intercambio con los otros jóvenes y los mayores. — Una propuesta de modelos a imitar, pues en definitiva se trata de
formar jóvenes adultos para vivir la fe en su medio cultural, sea en la
universidad o la investigación, el trabajo o el arte. — Rutas de peregrinación que, desde el pequeño grupo de meditación
hasta las grandes reuniones festivas, permitan una irrigación cultural
de vida espiritual en un clima de fervor contagioso. El conjunto de estas iniciativas se inscribe en una pastoral global en
la cual la Iglesia pone en práctica « un nuevo tipo de diálogo que le
permita introducir la originalidad de mensaje evangélico en el corazón
de la mentalidad actual. Hemos de encontrar de nuevo la creatividad
apostólica y la potencia profética de los primeros discípulos para
afrontar las nuevas culturas. Es necesario presentar la palabra de
Cristo en toda su lozanía a las generaciones jóvenes, cuyas actitudes a
veces son difíciles de comprender para los espíritus tradicionales, si
bien están lejos de cerrarse a los valores espirituales ».(29) Los
jóvenes son el futuro de la Iglesia y del mundo. El compromiso pastoral
con ellos, bien sea en el mundo de la universidad que en el del trabajo,
es signo de esperanza, en el umbral del Tercer Milenio.
CONCLUSIÓN
Hacia una pastoral de la cultura
renovada por la fuerza del Espíritu 39. La cultura entendida a la manera del Concilio Vaticano II (Gaudium
et Spes, n. 53-62) en su sentido más amplio se presenta para la
Iglesia, en el umbral del Tercer Milenio, como una dimensión fundamental
de la pastoral, y « una auténtica pastoral de la cultura decisiva para
la nueva evangelización ».(30) Resueltamente comprometidos en los
caminos de una evangelización que alcanza los espíritus y los corazones
y transforma, fecundándolas, todas las culturas, los pastores están
llamados a discernir, a la luz del Espíritu Santo, los desafíos que
surgen de culturas indiferentes, frecuentemente hostiles a la fe, así
como también los valores culturales que constituyen los puntos de apoyo
para anunciar el Evangelio. « Porque el Evangelio conduce la cultura a
su perfección, y la cultura auténtica está abierta al Evangelio ».(31) Numerosos encuentros con obispos y hombres de cultura de diferentes
campos —científico, tecnológico, educativo, artístico— han
puesto de relieve la puesta en juego de esta pastoral, sus presupuestos
y sus exigencias, sus obstáculos y sus puntos de anclaje, sus objetivos
primordiales y sus medios privilegiados. La inmensidad de este campo de
apostolado, en este « vastísimo areópago » (Redemptoris Missio,
n. 37) en la diversidad y complejidad de las áreas culturales, exige una
cooperación en todos los niveles, desde la parroquia hasta la
Conferencia Episcopal, desde una región hasta un Continente. El Consejo
Pontificio de la Cultura, por su parte y de acuerdo con el objetivo de
su misión,(32) trabaja incansablemente para favorecer una tal
cooperación y promover los intercambios estimulantes e iniciativas
adecuadas, especialmente en los Dicasterios de la Curia Romana, de las
Conferencias Episcopales, de los Organismos Internacionales Católicos,
universitarios, históricos, filosóficos, teológicos, científicos,
artísticos, intelectuales, y también de las Academias Pontificias(33) y
de los centros culturales católicos.(34) « Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a
guardar todo lo que yo os he mandado » (Mt 28, 19-20). En el
camino indicado por el Señor, la pastoral de la cultura, estrechamente
unida al testimonio de fe personal y comunitario de los cristianos, se
inscribe en la misión de anunciar la Buena Nueva del Evangelio a todos
los hombres de todos los tiempos, como medio privilegiado de evangelizar
las culturas y de inculturar la fe. « Es ésta una exigencia que ha
marcado todo su camino histórico, pero hoy es particularmente aguda y
urgente [...] requiere largo tiempo [...] Es, pues, un proceso profundo
y global [...] Es también un proceso difícil ». (Redemptoris Missio,
n. 52). En la vigilia del Tercer Milenio, ¿quién no ve lo que está en
juego para el futuro de la Iglesia y del mundo? El anuncio del Evangelio
de Cristo nos impulsa a constituir comunidades vivas de fe,
profundamente insertadas en las diversas culturas y portadoras de
esperanza, para promover una cultura de la verdad y del amor en la cual
cada persona pueda responder plenamente a su vocación de hijo de Dios «
en la plenitud de Cristo » (Ef 4, 13) La urgencia de la pastoral
de la cultura es grande, la tarea gigantesca, las modalidades múltiples,
las posibilidades inmensas, en el umbral del nuevo milenio de la venida
de Cristo, Hijo de Dios e hijo de María, cuyo mensaje de amor y de
verdad llena la necesidad primordial de toda cultura humana, más allá de
toda expectativa. « La fe en Cristo da a las culturas una dimensión
nueva, la de la esperanza en el Reino de Dios. Los cristianos tienen la
vocación de inscribir en el corazón de las culturas esta esperanza de
una tierra nueva y unos cielos nuevos [...] El Evangelio, lejos de poner
en peligro o de empobrecer las culturas, les da un suplemento de alegría
y de belleza, de libertad y de sentido, de verdad y de bondad ».(35) En definitiva, la pastoral de la cultura, en sus múltiples expresiones,
no tiene otro objetivo que ayudar a toda la Iglesia a cumplir su misión
de anunciar el Evangelio. En el umbral del nuevo milenio, con toda su
fuerza, la Palabra de Dios llama a « inspirar toda la existencia
cristiana » (Tertio Millennio Adveniente, n. 36), ayuda al hombre
a superar el drama del humanismo ateo y a crear un « nuevo humanismo » (Gaudium
et Spes, n. 55) capaz de suscitar, en todo el mundo, culturas
transformadas por la prodigiosa novedad de Cristo, que « se ha hecho
hombre para que el hombre se haga Dios »,(36) se renueva a imagen de su
Creador (Cf. Col 3, 10) y « a la medida del crecimiento del
hombre nuevo » (cf. Ef 4, 14) renueva todas las culturas por la
fuerza creadora del Espíritu Santo, fuente inextinguible de belleza,
amor y verdad. Ciudad del Vaticano,
23 de mayo de 1999, en la Solemnidad de Pentecostés
Paul Cardinal Poupard Presidente
Bernard Ardura, O. Praem.
Secretario
NOTAS (1) Juan Pablo II, Discurso ante la Asamblea General de las
Naciones Unidas, Nueva York 5 octubre 1995, nn. 9-10: L'Osservatore
Romano. Edición semanal en lengua española, 27 (1995) 564. (2) Juan Pablo II, Carta autógrafa por la que se instituye el Consejo
Pontificio de la Cultura, 20 de mayo de 1982: AAS 74 (1982) 685.
L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, 9-7-1982. (3) Juan Pablo II, Discurso al Consejo Pontificio de la Cultura, 15 de
enero de 1985: Insegnamenti, VIII1 (1985) 98-99. (4) Pontificia Comisión Bíblica, Fe y cultura a la luz de la Biblia,
Editrice Elle Di Ci, Leumann, 1981. (5)
Comisión Teológica Internacional, La fe y la inculturación.
Documento 1987, n. 11. (6) Puebla:
La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina,
1979, nn. 385-436; Santo Domingo: Nueva evangelización, promoción
humana, cultura cristiana, 1992, nn. 228-286. (7) Juan Pablo II, Discurso a la UNESCO, 2 junio 1980, n. 12.
Enseñanzas al Pueblo de Dios, 1980 Ib. Madrid-Ciudad del Vaticano
1982, p. 848. (8) Cf. Indiferentismo
y sincretismo. Desafíos y propuestas pastorales para la Nueva
Evangelización de América Latina. Simposio, San José de Costa Rica,
19-23 de enero 1992. Celam, Bogotá, 1992. (9) Cf. IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Santo
Domingo, o. c., n. 230. (10) Cf.
III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Puebla, o.c., n.
405. (11) Juan Pablo II, Homilía de
la misa de la solemne inauguración del pontificado, 22 octubre 1978.
Insegnamenti I (1978) 35-41. (12)
Pontificio Consejo de las Comunicaciones Sociales, Instrucción
pastoral « Aetatis Novae » sobre las comunicaciones sociales en el
vigésimo aniversario de Communio et progressio, n. 4. Ciudad del
Vaticano 1992. (13) Pontificio Consejo
de las comunicaciones sociales, Ética en la publicidad, 22
febrero 1997. Ciudad del Vaticano 1997. (14) Juan Pablo II, Mensaje para la XXXI jornada mundial de las
Comunicaciones Sociales, L'Osservatore Romano, Ed. Semanal
lengua española, N. 5, 31 enero 1997, p. 12. (15) Juan Pablo II, Discurso ante la Asamblea General de las Naciones
Unidas, 5 octubre 1995, n. 8. L'Osservatore Romano. Edición
semanal en lengua española, 27 (1995) 564. (16) Cf. AA.VV., Après Galilée. Science et foi. Nouvel dialogue,
DDB, Paris 1994. (17) Juan Pablo II,
Audiencia General, 6 diciembre 1995. Insegnamenti XVIII2
(1995), 1318. (18) Juan Pablo II,
Discurso a la UNESCO, 2 junio 1980, n. 11. Enseñanzas al Pueblo
de Dios, Madrid-Ciudad del Vaticano, 1980 Ib. (1982) 848. (19) Cf. IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano. Santo
Domingo, op. cit., n. 228-286; y la Exhortación Apostólica
post-sinodal Ecclesia in America, 22 de enero 1999, n. 64. (20) 3 Cf. El Consistorio extraordinario celebrado en Roma (4-6 abril
1991); Sectas o nuevos movimientos religiosos. Desafíos pastorales.
L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, 25 mayo
1986, pp. 6-9. (21) Juan Pablo II,
Discurso al Consejo Pontificio de la Cultura, 14 marzo 1997.
L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española, 21 marzo
1997, p. 4. (22) Véanse las dos cartas
del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, « Pastoral
Attention to African Traditional Religions », Bulletin 68 (1988),
XXIII2, 102-106; « Pastoral Attention to Traditional Religion »
ibid., n. 84 (1993), XXVIII3, 234-240. (23) Cf. Congregación para la Educación Católica, El laico católico,
testigo de fe en la escuela, 15 octubre 1982; Juan Pablo II,
Exhortación apostólica post-sinodal Christifideles laici sobre la
vocación y la misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo, n. 44. (24) Cf. Congregación para la educación católica, Consejo Pontificio de
los Laicos, Consejo Pontificio de la Cultura, Presencia de la Iglesia
en la Universidad y en la cultura universitaria, Ciudad del Vaticano
1994. (25) Pontificium Consilium de
Cultura, Centros Culturales Católicos, Ciudad del Vaticano 19982;
Pontificio Consiglio della Cultura-Commissione Episcopale CEI per
l'Educazione Cattolica, la Cultura, la Scuola e l'Università, I
Centri Culturali Cattolici. Idea, esperienza, missione. Elenco e
indirizzi, Roma, Città Nuova Editrice 19982. (26) Congregaciòn para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos, La liturgia romana y la inculturación. IVa Instrucción
para aplicar debidamente la Constitución Conciliar « Sacrosanctum
Concilium » (n. 37-40), Roma 1994. (27) Al respecto, hay que subrayar las iniciativas de ciclos
universitarios dedicados a la formación de los futuros responsables del
patrimonio cultural de la Iglesia, por ejemplo en la Pontificia
Universidad Gregoriana (Roma), en el Instituto Católico de París y en la
Universidad Católica de Lisboa. Cf. Pontificia Comision para los Bienes
Culturales de la Iglesia, Carta circular sobre la formación de los
bienes culturales en los Seminarios, 15 de octubre de 1992. (28) Cf. Juan Pablo II, Discurso a la primera Asamblea plenaria de la
Comisión Pontificia para los bienes culturales de la Iglesia.
Insegnamenti XVIII2 (1995), 837-841. (29) Juan Pablo II, Discurso al Consejo Pontificio de la Cultura,
18 de enero de 1983. Insegnamenti VI1 (1982), 147-154. (30) Juan Pablo II, Discurso al Consejo Pontificio de la Cultura,
14 de marzo de 1997, L'Osservatore Romano. Edición semanal en
lengua española, 21 marzo 1997, p. 4. (31) Ibid. (32) « Instituí el
Consejo Pontificio de la Cultura con la finalidad de ayudar a la Iglesia
a vivir el intercambio salvífico en el que la inculturación del
Evangelio va acompañada por la evangelización de las culturas », Ibid. (33) Creado por el Papa Juan Pablo II, el 6 de noviembre de 1995, el
Consejo de Coordinación de las Academias Pontificias promueve su
contribución conjunta al humanismo cristiano en el umbral del nuevo
milenio. En su primera Sesión pública reunida bajo su presidencia, el 28
de noviembre de 1996, el Santo Padre anunció la creación de un Premio
anual de las Academias Pontificias, destinado a apoyar los talentos y
las iniciativas prometedoras para el humanismo cristiano, sus
expresiones teológicas, filosóficas y artísticas. El Papa Juan Pablo II
entregó este premio por primera vez en la segunda sesión pública de las
Academias Pontificias, el 3 de noviembre de 1997. (34) Cf. la misión y la competencia confiadas al Consejo Pontificio de
la Cultura: Juan Pablo II, Carta autógrafa constituyendo el Consejo
Pontificio de la Cultura, 20 de mayo de 1982, AAS, 74 (1982),
683-688, y Motu Proprio « Inde a Pontificatus », 25 de marzo de
1993, AAS 85, (1993), 549-552. (35) Juan Pablo II, Discurso al Consejo Pontificio de la Cultura,
14 de marzo de 1997, L'Osservatore Romano. Edición semanal en
lengua española, 21 marzo 1997, p. 4. (36) San Atanasio, Sobre la Encaranación del Verbo, 54, 3. (PG
25, 92; Sources Chrétiennes 199, 1973, p. 459. |