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  Pontificio Consejo para la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes

XXI Congreso Mundial del Apostolatus Maris

Observaciones conclusivas*

Arzobispo Agostino MARCHETTO

Secretario del Pontificio Consejo

Es suficiente decir que nuestro XXI Congreso Mundial es el primero de un nuevo Milenio de nuestra era cristiana para comprender su importancia y sus perspectivas. Esto ha sido reafirmado en el tema que hemos elegido, “El Apostolado del Mar en la era de la Globalización”. Debemos tener juntas estas dos realidades: el apostolado (es decir, presencia, encarnación, salvación, evangelización, celebración de la Palabra de Dios y de los sacramentos), y nuestro mundo, nuestra familia humana y universal, que actualmente está más caracterizada por la globalización. En otras palabras, es necesario conservar nuestra especificidad - que encontramos en la Lumen Gentium del Concilio Vaticano II, para la visión de la Iglesia ad intra, y en la Gaudium et Spes en su presentación de la Iglesia ad extra - y tener en consideración el nuevo mundo que está naciendo al inicio de este Tercer Milenio. Yo quisiera exhortarles, en esta perspectiva, a leer nuevamente la Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte.

En el contexto de los documentos del Concilio Vaticano II, el punto de referencia permanece, específicamente, la Carta Apostólica Stella Maris. El valor real de esta Carta es que ofrece una estructura básica para nuestro trabajo y, muy oportunamente, atrae la atención acerca de la llamada fundamental en la que los cristianos, que forman la “Gente del Mar”, pueden vivir su vocación bautismal y ser verdaderamente la Iglesia encarnada en el mundo marítimo.

Por consiguiente, no obstante la ‘novedad’ de nuestro diálogo y de nuestras discusiones, de las estructuras, de la globalización, y del milenio, es importante comprender que existe una continuidad con el pasado, algo que no cambia, que no puede cambiar, y que nosotros no debemos cambiar. Esto es aun más verdadero sí, en la historiografía presente, después de la grande visión de continuidad propuesta por Braudel y por la “Escuela de los Anales”, nosotros hacemos una exaltación del “evento”, como algo del todo nuevo, revolucionario y extraordinario.

Nosotros, especialmente en la Iglesia católica, tenemos que - como yo he dicho - enfatizar la Tradición (con T mayúscula) y, repito, la continuidad.

Continuidad

En efecto, la misión que Jesús confió a sus Apóstoles ha sido, es aún hoy y continuará siendo, la única y misma misión para todos los tiempos y lugares. Nosotros, en virtud de nuestro bautismo, somos enviados a nuestra misión, para vivir la vida de amor y reconciliación que Jesús comparte con nosotros, y para dar testimonio de la ternura y de compasión del Padre.

Debido a esta continuidad, me gustaría aquí subrayar la necesidad que el logotipo del Apostolatus Maris y el nombre tradicional de Stella Maris para nuestros Centros sean mantenidos en todas partes.

Según la Carta Apostólica Stella Maris del Santo Padre Juan Pablo II, la ‘Gente del Mar’ representa la Iglesia en el mundo marítimo, y la plenitud de la Iglesia requiere un Sucesor de los Apóstoles, un Obispo, en la comunión con el Colegio Apostólico, “cum Petro et sub Petro”, y su sucesor hoy, el Papa Juan Pablo II. Pues a nuestro Pontificio Consejo ha sido delegada parte de su solicitud pastoral, de ahí nosotros debemos considerar también el papel específico de los Obispos en el Apostolado del Mar.

Es particularmente gratificante que tantos Obispos hayan venido y tomado parte activa en este Congreso. De hecho, en Roma, inicié mi entrevista sobre él en la Radio Vaticana, atreviéndome a decir que habría sido un pequeño “sínodo”. La Carta Apostólica reconoce el papel del Obispo Promotor del A. M., que es aquel de guiar y vigilar la pastoral marítima en el territorio de su Conferencia Episcopal, a través del Capellán o Director Nacional. Por lo tanto, yo agradezco, a los Obispos Promotores, aquí presentes, como a todos los demás, por sus esfuerzos. El Obispo local - el Obispo del puerto - tiene un papel vital, sobre todo porque él tiene la responsabilidad final de nombrar el Capellán local, que es esencial para el A. M. Naturalmente, nosotros animamos a nuestros hermanos en el Episcopado a exhortar todos los Obispos a reconocer y enfatizar la presencia y la acción del A. M. en sus diócesis, sobre todo en aquellas marítimas porque es evidente la existencia de puertos, algunos de ellos importantes, y enteras regiones, donde el A. M. no existe o existe de una manera poco visible.

Esto es, sobre todo, una realidad en América Latina, y nosotros esperamos que la celebración de nuestro Congreso aquí en Río ayudará la Ecclesia in America a promover nuevamente este servicio eclesial en el mundo marítimo. La presencia aquí, junto a Obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, de un gran número de laicos cualificados me ofrece la oportunidad de enfatizar la importancia de su papel específico en el A. M., “servatis servandis", según la terminología eclesiástica.

Ellos serán siempre más necesarios, debido a la falta, de ordenación de ministros en muchas partes del mundo. Este compromiso creciente en el servicio de evangelización y la promoción humana merece una atención particular, porque ambas están profundamente unidas.

En este contexto, yo deseo agregar, que la Carta Apostólica Stella Maris declara que las relaciones entre el A. M. y las Organizaciones Internacionales con los objetivos similares son de competencia de nuestro Pontificio Consejo.

Unidad en la diversidad

Ciertamente que, el A. M. trabaja en diferentes maneras según la realidad de los países, culturas y situaciones. A nivel mundial, el A. M. no va visto como una pirámide, de manera uniformemente estructurada a todos los niveles y en todos los lugares. Más bien - para utilizar la bella imagen del Card. Cheli al final del último Congreso – “es como una galaxia de estrellas, donde no hay dos precisamente iguales, algunas son más grandes y luminosas, otras más pequeñas y más oscuras, pero, todavía continúan a iluminar y a dar calor. Es como una confederación (o comunión, para decirlo en términos teológicos) de iniciativas diversas de las Iglesias locales y de la Iglesia a bordo, todas animadas por el mismo Espíritu, el Espíritu que procede del Padre y del Hijo, que nos ha sido dado a través de la fe, en el bautismo, compartiendo la única y misma misión”.

En esta misión nosotros no estamos solos. Los Rev. Berend van Dijken y Sakari Lelimuskallio nos han ayudado magníficamente a situarnos en el espíritu de la cooperación ecuménica, esencial para afrontar los desafíos de la globalización, compartiendo, todos, el ministerio pastoral del Sr. Eddie Luceno, de las Srtas. Karen Lai e Maria Terezinha Costa, y del Sr. Tony McAvoy, según su papel específico.

Para terminar esta parte de mi intervención conclusiva, quisiera enfatizar la importancia de la Pastoral Marítima, como lo hice en la 15a Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo de la Pastoral de los Emigrantes e Itinerantes, que se realizó desde el 29 abril al 1° de mayo de este año en el Vaticano, allá se evidenciaron las oportunidades pastorales, pero también los desafíos que emergen del mundo de la movilidad humana, que están íntimamente relacionados con la inmensidad del mar, para dotarse de los medios necesarios para ir al encuentro de estos (ver “People on the Move” N. 88-89).

[El mar

El Santo Padre en su discurso a los participantes a la Asamblea Plenaria nos animó a que reconociéramos las grandes oportunidades para llevar la presencia de Cristo Buen Pastor y su Buena Nueva en las vías terrestres y del mar de la humanidad, como también promover el respeto por la dignidad de las personas, de las familias, del ambiente y las culturas que están unidos al mar.

Entre las conclusiones de la Asamblea Plenaria, quisiera citar las siguientes:

1. La movilidad humana es una característica creciente de la globalización. Debido a esto, hoy existen nuevas barreras y desafíos que hay que enfrentar y el Señor nos ofrece nuevas posibilidades pastorales. La Iglesia debe aceptar estos nuevos desafíos siendo el Buen Samaritano en los caminos y sendas del mar de la humanidad, promoviendo la solidaridad en la migraciones, igualmente a través del ejercicio de caridad.

a) Teniendo en cuenta el tema de nuestra Plenaria, ‘El mundo del mar, mar y migraciones, mar y turismo’, el mar resulta ser el medio de transporte en una nueva era de migración que une a las personas de todos los continentes en la fraternidad, diálogo, y comercio, pero, al mismo tiempo, provoca reacciones xenófobas e incluso racistas, cuando lleva a los emigrantes y solicitantes de asilo, y esconde el drama humano cotidiano de los marineros y pescadores.

b. El Turismo - en las playas y el mar - también está constantemente en aumento, como una característica de la globalización, de nuevo decimos, con aspectos  positivos y negativos para las personas y lugares que acogen a los turistas y para los mismos visitantes.

2. Desde que la movilidad humana es por definición un fenómeno de movimiento y cambio, que se extiende casi en modo ingobernable, en general más allá de los límites trazados, la cooperación y la solidaridad a niveles internacionales y regionales necesitan ser nuevamente enfatizadas. Eso también le concierne a la Iglesia en la cual el Señor llama a cada uno de sus miembros a promover la comunión, la solidaridad y la cooperación, sobre todo en este campo, entre las Iglesias particulares y locales así como en el campo ecuménico e interreligioso.

3. Además la evangelización en el Tercer Milenio, a la cual estamos llamados, pide una planificación pastoral según el texto y el espíritu de la Novo Millennio Ineunte. En el mundo del turismo en aumento esto significa asegurarse la presencia de la Iglesia Peregrina para hacer el turismo más digno de la persona humana, inspirando un nuevo espíritu, ofreciendo ocasiones para nuevos encuentros con Dios y los hermanos y hermanas de otras culturas y religiones. En este modo el turismo contribuirá al diálogo entre las civilizaciones. Esto podría ser considerado un tipo de nueva evangelización, en la cual el fiel laico tendrá responsabilidades especiales, también con la contribución de los movimientos eclesiales.

4. La Iglesia en un mundo globalizado está llamada, de todos modos, a intensificar su papel como promotora y animadora de solidaridad y de respeto por la dignidad humana y los derechos fundamentales, así a menudo amenazados por nuevas formas de esclavitud y explotación. Este papel, además, se extiende al respeto por las culturas y las identidades culturales, los lugares sagrados, incluyendo aquellos de otras religiones, y el ambiente.]

La globalización y el apostolado del mar

Nuestra vocación de testimoniar el bautismo se realiza en un mundo cambiante - como hemos escuchado – donde cambian, aun rápidamente, las circunstancias. En una palabra, todo lo llamamos “globalización”.

Después de la “Presentación del Tema” por nuestro Presidente, escuchamos la intervención del P. Dr. Joël Portella Amado, combinando “Globalización y Fe”. El fenómeno de interés particular durante este Congreso fue examinado y, después presentado por los Coordinadores Regionales del A.M., y completado con una exposición histórica del “Padroado” presentada por el P. Dr. Edvino A. Steckel.

Hemos experimentado profundamente las consecuencias actuales de la globalización que afligen a los marineros y sus familias, a quienes trabajan en la pesca industrial y en la pesca tradicional, sin olvidar la industria del crucero en el rápido desarrollo, en el contexto de las diversas perspectivas de la mundialización. Hemos escuchado las experiencias, estudios y presentaciones excelentes del Sr. Dip. Peter Morris, del Sr. Turner de Jeremy, del Sr. David Ardill, del P. Bruno Ciceri, y de las Srtas. Josette Laharrague, Engracia Micayabas, de los Sres. Antonio Fritz, Claudio Décourt, del P. Thomas X. Kocherry, del Sr. Fé1ix Randrianasoavina, del P. Joao van der Heijen, s.d.v., del Diácono Renato Causa, y de la Dra. Minghua Zhao. Hemos compartido la trágica situación de los marineros abandonados y también hemos sido informados sobre los “permisos de desembarco y los documentos de identidad” gracias al conocimiento de los Sres. Ángel Llorente y Douglas B. Stevenson. A todas estas personas lleguen nuestros sinceros y calurosos agradecimientos.

Una parte muy conmovedora de nuestro Congreso fue el momento de las declaraciones personales y de los testimonios presentados. Podríamos decir: estas son la "gente del mar" que habla de sí misma. Estos testimonios, sobre todo en los talleres (con ocho temas), junto a los informes regionales, han dado frescura y realismo a nuestro análisis. El mundo marítimo es, en primer lugar y sobre todo un mundo de personas - no sólo de pescados, transportes y problemas industriales - sino de personas que se sienten, cada vez más pequeñas y que paulatinamente se sienten aún más pequeñas en un mundo de ‘big business’ y ‘big money’ (el aspecto financiero de la globalización es el más pesado y significativo del fenómeno), y las grandes naves.

Así a menudo, como hemos escuchado, ellos se consideran “pequeños”, insignificantes, marginados, olvidados. Después, a través del sistema de las banderas de conveniencia y de muchas otras maneras, ellos se exponen a la injusticia y a la explotación.

Por esto yo hago un llamado desde este Congreso, a todas aquellas personas que pertenecen al Apostolado del Mar del mundo, para que ellos continúen a acoger, servir y apoyar todos los marineros, sin diferencias de cultura, nacionalidad y religión, a acompañarlos y a ayudarlos, en la solidaridad, en la lucha por la justicia. Ésto será solamente una semilla pequeña para un mundo nuevo, más humano y más fraterno, pero será una semilla importante.

Es maravilloso cuando esto puede ser realizado a través de un Centro Stella Maris o un Centro ecuménico. Pero, quiero decirlo claramente, el trabajo del A. M. no depende solamente de tales edificios y, aún diría más, los edificios no pueden reemplazar lo que es realmente importante: un corazón acogedor. Pueden, pues, formarse equipos pastorales compuestos por miembros de las parroquias de las ciudades portuarias - grandes y pequeñas -, en los pueblos de pescadores y de las comunidades costeras, y así sucesivamente. Estos equipos, con la guía y apoyo del capellán local y del Director Nacional del A. M., pueden vivir plenamente la misión cristiana fundamental, acogiendo y dando la bienvenida a los marineros y a las naves que llegan al puerto. Este deseo y esta exhortación se expresaron hace cinco años durante el XX Congreso y todavía son válidos e importantes. Esperamos que en los próximos cinco años, se lleve a cabo una multiplicación de estos “pequeños” equipos del A. M.

De las “pequeñas” cosas llegamos a las más “grandes”...

Gracias al rápido progreso y a la mejoría de las comunicaciones, a través del facsímil y el correo electrónico, la coordinación y la cooperación (también podríamos decir la “comunión”) entre las organizaciones del A.M. de los diferentes países y regiones resultarán más fáciles. Además, queremos expresar nuestro reconocimiento a los Coordinadores Regionales por su trabajo realizado hasta ahora e, igualmente, en la preparación de este Congreso. Con el transcurrir de los años, el papel y el trabajo de los Coordinadores Regionales serán siempre más importantes. Yo les deseo a ellos valentía y fuerza.

La globalización en general y su “governance”

Aunque si no soy un economista, después de haber considerado la globalización particularmente bajo el aspecto de sus consecuencias negativas para nuestros “hermanos y hermanas del mar” (con una apelación implícita a globalizar la solidaridad), me gustaría animarles a superar la tentación de formular un juicio ideológico acerca de este fenómeno.

Aquí nos puede ser muy útil la enseñanza del Papa Juan Pablo II.

En su discurso a los miembros de la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales, el 27 de abril del año pasado, el Santo Padre dijo: La “globalización, a priori, no es ni buena ni mala. Ésa será lo que las personas harán de ella. Ningún sistema es un fin en sí mismo y es necesario insistir en el hecho que la globalización, como cualquier otro sistema, debe ser al servicio de la persona humana; de la solidaridad y del bien común”. Yo agregaría otro breve pasaje de este mismo discurso que es muy significativo: “la globalización no debe ser un nuevo tipo de colonialismo. Debe respetar la diversidad de las culturas... Cuando la humanidad se encamina en el proceso de globalización, ya no puede prescindir de un código ético común”.

Quisiera citar, además, algunas consideraciones del Magisterio sobre la “governance” de esta globalización.

Al respecto, y dado que yo provengo de Vicenza (Italia), tengo el agrado de iniciar, en primer lugar, con el discurso del Papa Juan Pablo II a los participantes a la reunión organizada por la Fundación “Ética y Política” de Bassano del Grappa. El título que lo sintetiza L'Osservatore Romano me parece bien elegido y significativo: “La globalización de la solidaridad exige una nueva cultura, nuevas normas, nuevas instituciones, a nivel nacional e internacional” (O.R. 18 de mayo del 2001, p.4).

La necesidad de una “autoridad política mundial” ha sido mencionada de este modo por el difunto Cardenal F. X. Nguyen Van Thuân. Él dio énfasis al hecho que la governance no significa automáticamente government.

[He aquí sus palabras: “La governance de la nueva economía tiene necesidad, sin embargo, de las estructuras, jurídicas y políticas, capaces de orientar hacia el bien común las inmensas potencialidades de la nueva economía. Esto se hará en el conocimiento que el hombre, como dice la Centesimus Annus, es al mismo tiempo ‘santo y pecador’. La Doctrina Social de la Iglesia continúa apoyando la necesidad de una ‘autoridad pública mundial’ (Juan XXIII, en Pacem en Terris, 137) mayormente solicitada actualmente dado que los fenómenos  de la nueva economía son, precisamente, mundiales. Pero governance no significa automáticamente government. Los principios de gradación y subsidiariedad implican ambos un realismo con el cual proceder, aumentando los instrumentos internacionales presentes, mejorando su actuación y las relaciones recíprocas, haciendo a los diversos participantes más responsable y autorizándolos actuar. Percibimos la necesidad de aumentar “la coordinación entre los países más poderosos” (Juan Pablo II, Centesimus Annus, N.58), para transferir conocimiento y tecnología a los países pobres, dado que ‘el traslado fácil de recursos y de medios de producción' (Juan Pablo II, Discurso a la Academia Pontificia de las Ciencias Sociales del 25 de abril de 1997, n. 4) hecho posible gracias a las nuevas tecnologías, puede facilitar hoy semejantes procesos de solidaridad subsidiaria, para conectar mejor las iniciativas de las Instituciones Financieras Internacionales con las necesidades auténticas de los Países pobres y con los actores de la sociedad civil de estos Países” (O.R. 9-10 de julio del 2001, p. 8) ].

[Entonces] la dialéctica entre ‘global’ y ‘no global’ es abstracta e ideológica. De hecho, gran parte del debate actual sobre la globalización, sus causas y sus efectos, está deformada por los prejuicios, etimológicamente hablando, que parecen seguir una tradición de mecanismos basados en el análisis dinámico de fuerzas impersonales, [como ha sido afirmado, no hace mucho tiempo, por la Profa. Simona Beretta, a cuyo pensamiento me refiero aquí].

En palabras simples, es como si se confrontaran dos corrientes principales: por un lado, aquella del “laissez-faire” neo-capitalista, que apoya una globalización que está presente en el DNA de los procesos económicos, dónde el “mercado” va más allá de las fronteras nacionales creando grande acumulación de riqueza (y teniendo presente que sólo después de haber creado tanta riqueza como era posible, entonces, podrá ser distribuida), por otro lado, la corriente no global resiste a esta tendencia del mercado en nombre de los objetivos del anti-mercado, porque el mundo no está “a la venta”.

[Se podría decir que estas dos posiciones, y el amplio conflicto entre las dos, siguen los indicios de un antiguo debate entre el “Estado” y el “mercado”.

Estas dos realidades sociales han sido vistas como dos entidades completamente opuestas, cada una dominada por una propia racionalidad, y ambas en una contradicción natural una con la otra. Se decía, entonces, en este debate, que “más Estado” significaba “menos mercado” y viceversa.

Pero ambas posiciones padecen de la misma desventaja mencionada: se confía excesivamente de los mecanismos “asistenciales” (el Estado, para algunos de ellos, y el libre mercado, para los otros), para satisfacer las necesidades de los hombres. Nosotros no sabemos de la existencia de recetas fáciles para realizar éstos deseos que toman forma en condiciones de “fuerte” incertidumbre y no encontramos ninguna respuesta en los mecanismos “asistenciales”. La respuesta sólo podemos encontrarla gracias a la realidad del tiempo y asumiendo el riesgo por aquello que es deseado como algo sobre el cual se apuesta, y realizado con toda libertad y responsabilidad por un “actor” que actúa recíprocamente con otros].

El “laissez-faire” neo-capitalista y el no global se encuentran detrás de barricadas opuestas, pero del punto de vista cultural, son el resultado de una mala antropología y de una misma visión parcial de dinamismos económicos y políticos. [No obstante, “es importante restaurar un principio de realidad: no es verdad que los mercados anónimos e impersonales producen lo mejor del bienestar, porque las transacciones más importantes (concernientes las inversiones y el crédito), tienen que tener en cuenta sea del tiempo así como de la incertidumbre y pueden fácilmente encontrar en una relación personalizada que está destinada a perdurar en el tiempo. Por la misma razón, no es verdad que el Estado produce el máximo de bienestar social: el Estado no tiene toda las informaciones necesarias para cumplir opciones correctas y no está dotado de una inteligencia superior”].

Lo que parece ser una perspectiva más realista es aquella de concentrarse sobre la importancia de las acciones deliberadas de los diversos "actores", en el campo económico, especialmente los más numerosos, sobre las modalidades de la interacción social y las instituciones emergentes y que funcionan. En este escenario podemos determinar tres categorías de “actores” que pueden hacer avanzar u oponerse a los procesos de integración internacional: los Estados nacionales, con los otros “actores” de las políticas domésticas, aquellos de la integración económica; y los “actores” de la participación democrática.

Intentemos perfilar los principios que crean una interacción entre los mercados, gobiernos y la sociedad civil, en los procesos de integración económica. Podemos representarles sintéticamente, con la imagen significativa de un “trío incompatible”. Es como si el actual mundo globalizado fuese puesto ante tres fuerzas diferentes, cada una de ellas se justifica a sí misma, pero no está en armonía con las otras dos (para ulteriores referencias, véase D. Rodrik, “How far will international economic integration go?”, en Journal of Economic Perspective, vol. 14, (2000), N. 1, pp. 177-186).

[La primera de estas fuerzas es la tendencia por parte de los Estados nacionales, (es decir, aquellos que poseen actualmente el poder político y parte del poder económico) de conservar en sus manos la propia soberanía. La segunda fuerza es la tendencia a una integración siempre más profunda de los mercados relacionados con los bienes y servicios, así como de las estructuras y de los factores de producción, y sobre todo de los mercados financieros. Una tercera fuerza importante que puede resumirse bajo el título de “participación democrática” en los eventos económicos y políticos de la globalización, se expresa en modalidades diferentes y múltiples. Éstas varían por la oposición al proceso de la globalización al esfuerzo de guiarlo por medio de un consentimiento general (por parte de la influencia pública, que tiende a ser global) de estos grupos con intereses y necesidades particulares, o mediante la participación de organizaciones no-gobernativas en las decisiones de las instituciones internacionales. Según el principio del “trío incompatible”, estas tres fuerzas pueden encontrar una posición institucionalmente equilibrada si se toman en grupos de dos, pero no las tres juntas, a menos que no sean ayudadas por una conjunción “astral” favorable.

Por ejemplo, la integración económica objetiva, comporta una opción múltiple, realmente doble, que es aquella de conservar la Nación-Estado, que ayudará a reducir su actual influencia económica, gobernando y aprovechando la mayor parte de los recursos domésticos.

La otra alternativa consiste en la sustitución progresiva de una orientación nacional para la regulación de las políticas económicas mediante un sistema de “federalismo global”, caracterizado por una participación política de las masas. La sociedad civil se convierte aquí en el primer interlocutor del gobierno supranacional.

Del mismo modo, un gobierno caracterizado por un gran número de grupos identificado en los varios intereses obligará a elegir entre dos alternativas: o la participación y salvaguardia de los intereses por esos grupos al interno del Estado-Nación, que renuncia a la integración económica (y adopta políticas proteccionistas dónde el daño de los mercados abiertos amenazan los intereses domésticos) o, viceversa, la participación a los procesos de governance mundial con leyes e instituciones que determinan el ámbito de integración del mercado.

De nuevo, si nosotros queremos conservar el Estado-Nación en su área de supremacía económica, podemos elegir entre participación política de las masas e integración económica. De hecho, un País que está bien integrado en los mercados internacionales de los bienes y del capital puede conservar un enérgico control en sus recursos económicos, con tal de que se respeten las “reglas del juego” del mercado global y ése pueda resistir a la oposición de la tercera fuerza representada por aquellos grupos de presión que se sienten amenazados por la integración global de mercados (es decir, los sindicatos de los Países desarrollados o incluso los sectores de la producción doméstica tradicionalmente protegido por políticas nacionales)

¿Qué produce la tendencia a la integración económica en el “modelo del trío” incompatible, después de haber sido introducido por los partidarios de la empresa libre? Eso depende esencialmente de la opción de la fuerza que se ha seleccionado como aliada. En la “primera” globalización, la fuerza aliada, apoyada por empresarios, comerciantes y banqueros, aún claramente “nacional”, era cada Estado nacional. No era casual que sus aliados encontraban la estabilidad institucional debido a una reducción dramática - en aquella época - de las expresiones de la participación democrática (derecho a voto limitado, papel marginal de las organizaciones sindicales). A causa de la dependencia de la fuerza nacional de un estado de una de las empresas nacionales, la situación se había debilitado dada la posibilidad de un conflicto entre los Estados-Naciones, con la finalidad de defender los intereses políticos y económicos (conflictos que realmente aparecían dramáticos). Hoy día, quizás, la tendencia predominante hacia la integración económica, provocada por "actores" unidos ahora en forma velada a un Estado-Nación particular, podría quizás anticiparse un escenario institucional completamente diferente, dónde los Estados-Naciones se encontrarían en competencia de modo que los medios de producción sean localizados en su territorio.

Esto significaría un escenario “hacia abajo deprisa” que aplica normas de trabajo y de ambiente, con la tasación del capital y de las ganancias. ¡Ésto no es particularmente atractivo, sobre todo para los hombres de negocios! Pero, si miramos más lejos, este modelo puede evitarse reforzando los procesos de la governance supranacional y reduciendo el Estado-Nación a un “espacio más pequeño”, mejorando la capacidad, desde un punto de vista organizativo, para respetar el bienestar social].

Por consiguiente, concluyo afirmando que no existe una sola globalización, amada u odiada, según las opiniones neo-capitalistas o no global, y esto vale la pena evidenciarlo.

[Ellos provienen por lo menos de dos maneras elementales diferentes, según la interacción provocada por las tres fuerzas que han sido identificadas.

Quizá, mi análisis acerca de este preocupante argumento es un poco largo y difícil, pero] no es necesario, yo pienso, ser demasiado simplista en nuestra orientación sobre la globalización. Ocurre, además evitar una visión ideológica. Las ideologías, a pesar de todo, han sido superadas, como atesta el siguiente pasaje del Mensaje del Santo Padre para la Jornada Mundial de la Paz, el 1° de enero del 2000. Cito:

“Es especialmente urgente reconsiderar los modelos que inspiran las opciones de desarrollo.

A este respecto, se tendrán que armonizar mejor las legítimas exigencias de eficacia económica con las de participación política y justicia social, sin recaer en los errores ideológicos cometidos en el siglo XX. En concreto, ello significa entretejer de solidaridad las redes de las relaciones recíprocas entre lo económico, político y social, que los procesos de globalización en la actualidad tienden a aumentar.

Estos procesos exigen una reorientación de la cooperación internacional, en los términos de una nueva cultura de la solidaridad. Pensada como germen de paz, la cooperación no puede reducirse a la ayuda y a la asistencia, menos aún buscando las ventajas del rendimiento de los recursos puestos a disposición. En cambio, la cooperación debe expresar un compromiso concreto y tangible de solidaridad, de tal modo que haga de los pobres protagonistas de su desarrollo y permita al mayor número posible de personas fomentar, dentro de las concretas circunstancias económicas y políticas en las que viven, la creatividad propia del ser humano, de la que depende también la riqueza de las naciones.

Ésta es una gran tarea, [expertos, responsables y líderes necesitan valentía para encontrar las oportunidades de las relaciones duraderas, inclusivas e integrantes. Cada empresa económica, así como cada iniciativa política, si debe nacer y crecer, necesita ante todo de una orientación ‘amistosa’, del conocimiento que existen riesgos y que somos nosotros mismos a ponernos en juego. Ésta es la manera de hacer los negocios. Y, de esta manera, la polis - y quizás el mundo - se transformarán en un lugar mejor donde vivir].

¿Hacia dónde vamos?

Pienso que esté aquí, por lo menos en parte, la respuesta a la pregunta que está ahora en nuestros labios: ¿Adónde vamos después de Río de Janeiro?

Creo que durante este Congreso se haya realizado un trabajo muy importante, sobre el cual fundamentar nuestro futuro, sea en el escenario o detrás de éste. Creo que el Espíritu haya soplado aquí en Río durante estos días de análisis, oración, celebración, discusión y diálogo. Creo que las semillas que se han sembrado darán fruto en los próximos años en un Apostolado del Mar más fuerte en todo el mundo.

Hemos recogido mucho pescado, hemos tenido un bello crucero y transportado muchos containers. Regresamos ahora a nuestro trabajo, (todavía con otros peces, transportes y cruceros) a nuestro apostolado, con alegría, satisfacción y un espíritu renovado.

Despedida y agradecimientos

Finalmente, concluyendo, pienso que una palabra especial de saludo y gratitud es necesaria por parte del Pontificio Consejo. Naturalmente, hablo también en nombre de nuestro Presidente, S.E. Mons. Hamao.

Mi primer agradecimiento va a S.E. Mons. Eusebio O. Scheid, a su clero, a las religiosas y  religiosos y a sus fieles, que han contribuido generosamente al éxito de nuestro Congreso, con su tiempo o su  dinero. Un reconocimiento especial va, además, al P. Claudio Ambrozio y a su equipo de  voluntarios por el enorme trabajo que han realizado para nosotros. Ellos son  nuestros amigos y merecen nuestro aplauso.

Y ahora quisiera agradecer a cada uno de vosotros: vosotros sois el Congreso, como un pequeño “sínodo” universal. Vosotros sois el Apostolado del Mar, vosotros sois aquellos que llevarán el Evangelio, la ternura y la compasión del Señor de la Misericordia en el mundo azul.

Nuestra gratitud va también a la Sra. Antonella Farina, al P. Gérard Tronche y al P. Jacques Harel. Son personas extremamente abnegadas que no han ahorrado tiempo ni sacrificios para realizar una tarea tan exigente. Gracias, también al P. Andrea Duczkowski, que nos ha acompañado para ayudar “una tantum” en el aspecto administrativo, y al P. Bruno Ciceri de Taiwán. Nuestros agradecimientos lleguen también a nuestros interpretes porque sabemos cuanto es arduo el trabajo que han debido realizar.

A todos aquellos que han contribuido a hacer nuestras celebraciones litúrgicas en vivos momentos de alabanza a Dios y fuente de estimulo para nuestras almas, queremos decirles un caluroso “gracias”.

No quiero olvidar, finalmente, la dirección y el personal del Guanabara Palace Hotel que han sido tan pacientes y amables en contentarnos. También a ellos un sincero agradecimiento.

Quedamos unidos en la oración y en el amor cristiano, y que Dios omnipotente y misericordioso nos colme generosamente de sus bendiciones. María, Estrella del Mar, nos guíe hacia el puerto eterno del Cielo, porque Ella es la Madre de Dios. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

* Arzobispo Marchetto no leyó los párrafos entre los paréntesis cuadrados.

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