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DISCURSOS DEL PAPA PABLO VI
A LOS PERIODISTAS QUE SIGUEN EL CONCILIO

Martes 1 de octubre de 1963

 

Apreciados señores:

Nos sentimos dichosos al veros esta mañana y nos es grato recibiros en nuestra casa, al día siguiente de la apertura de la segunda sesión del Concilio Ecuménico. Sed, pues, bienvenidos al Vaticano, que, para muchos de vosotros —y nos es grato destacarlo—, comienza a ser familiar. Son muchas las audiencias que el Papa celebra, pero no puede ocultar la alegría especial que experimenta en gastar unos instantes con los periodistas y reporteros de la radio y televisión.

Nos felicitamos por el interés que demostráis respecto a este gran acontecimiento del mundo actual: el Concilio Ecuménico, y expresamos nuestra gratitud los directores de los periódicos y de las emisoras radiofónicas que han destacado en Roma, para informar sobre las reuniones conciliares, a tantos reporteros, de cuyas cualidades y competencia profesional nos congratulamos.

Ya hemos tenido ocasión de manifestar la estimación en que tenemos a los periodistas, y nuestro convencimiento del lugar tan importante que ocupan en el mundo de hoy, con su indudable poder sobre la opinión pública. Es un puesto de privilegio, y ya sabéis que el honor de vuestra profesión os exige la objetividad en los reportajes y la constante preocupación por la verdad.

Esta preocupación animará las informaciones que vais a prestar de esta nueva sesión conciliar. Tarea difícil, lo comprendemos perfectamente, pues esta imponente asamblea se parece en ciertos aspectos a las manifestaciones colectivas humanas, aunque en realidad es muy distinta. Puede haber la tentación de indagar aquí “esquemas” bien conocidos: nacionalismos, tendencias, partidos, diversidades históricas y geográficas también, por ejemplo, Oriente y Occidente... Si la mirada se detiene en estas apariencias, o si se entretiene en subrayarlas, se altera la realidad, y quizá se falsea.

Pues, todos los obispos tratan de evitar el dar consistencia a estas divisiones, para guiarse, al contrario, por la verdad divina objetiva que profesan y por la caridad fraterna que les anima.

Ciertamente, la discusión es variada y libre en el ámbito conciliar, pero si está marcada, sin ninguna duda, por los medios de origen de los obispos, no está, sin embargo, determinada por mentalidades cerradas y partidistas.

También estamos contentos de que personas inteligentes como vosotros gocen de esta ocasión extraordinaria para observar el “fenómeno-Iglesia”, en su fisonomía humana, ciertamente, pero también con sus notas características, que son motivo de profunda reflexión: su unidad, querida, amada y espontánea; su catolicidad y su universalidad, tan variada y expresiva, reflejando todas las razas y civilizaciones; su apostolicidad o continuidad histórica tan maravillosa a través de las generaciones sucesivas, que la ligan a los apóstoles de Cristo; su espiritualidad y santidad religiosa, propias, aislada de todos los intereses que mueven de ordinario a los hombres.

Sí, la Iglesia tal cual se presenta a vuestras miradas, no puede menos que hacer reflexionar y— ésta es su fuerza apologética— conduciros hasta aquel que le presta su misma vida: Cristo, Jefe invisible de la Iglesia reunida en Concilio.

Ciertamente, el Concilio es un acontecimiento que concierne en primer término a la Iglesia católica. Pero sabéis, apreciados señores, mejor que cualquiera, la resonancia que ha tenido este acontecimiento en el mundo cristiano, que todos los creyentes y todos los hombres de buena voluntad se han unido en espíritu y corazón en esta gran esperanza, preciada herencia de nuestro inolvidable predecesor Juan XXIII.

De vosotros depende, en gran parte, que el mundo entero, que está a la espera, reciba las informaciones que precisa para comprender el desarrollo de esta gran asamblea. Os queremos agradecer el esfuerzo que habéis puesto y pondréis en que todos los hombres de buena voluntad escuchen el mensaje que el Concilio les quiere difundir: “Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.

Conocemos vuestras graves obligaciones: la información en fuentes seguras, el comentario fiel, la presentación objetiva, y la reflexión equilibrada, en tiempo a veces mínimo y en condiciones de trabajo con frecuencia difíciles.

Estad seguros en todo momento que la organización del Concilio se esforzará por favorecer vuestros deseos. Encontraréis siempre la mejor acogida y la más entera disponibilidad en el Secretariado de Prensa del Concilio, cuya dirección hemos confiado a un obispo, nuestro venerable hermano monseñor Martín O'Connor.

Vuestro honor es y será el permanecer fieles a las exigencias de vuestra importante misión, a pesar de las dificultades. Os ganaréis de esta forma el aprecio: por parte de los hombres, y el Señor, no lo dudamos, os bendecirá. En lo que toca a su humilde Vicario aquí en la tierra, dichoso de haber charlado con vosotros y de haber podido confiaros —con demasiada brevedad ciertamente— estas ideas, os asegura su gran interés por vuestro trabajo, su profunda estima por vuestras personas, y su oración por vuestras intenciones. Sí, estimados señores, ¡que el Señor os ayude y que Él os bendiga!

 


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