CARTA ENCÍCLICA
PACEM DEI MUNUS DEL
SUMO PONTÍFICE BENEDICTO XV SOBRE LA RESTAURACIÓN CRISTIANA DE LA PAZ
1. La paz, este hermoso don de Dios, que, como dice San
Agustín, «es el más consolador, el más deseable y el más excelente de
todos» (1),
esa paz que ha sido durante más de cuatro años el deseo de los buenos y el
objeto de la oración de los fieles y de las lágrimas de las madres, ha
empezado a brillar al fin sobre los pueblos. Nos somos los primeros en
alegrarnos de ello. Pero esta paterna alegría se ve turbada por muchos motivos
muy dolorosos. Porque, si bien la guerra ha cesado de alguna manera en casi
todos los pueblos y se han firmado algunos tratados de paz, subsisten, sin
embargo, todavía las semillas del antiguo odio. Y, como sabéis muy bien,
venerables hermanos, no hay paz estable, no hay tratados firmes, por muy
laboriosas y prolongadas que hayan sido las negociaciones y por muy solemne que
haya sido la promulgación de esa paz y de esos tratados, si al mismo tiempo no
cesan el odio y la enemistad mediante una reconciliación basada en la mutua
caridad. De este asunto, que es de extraordinaria importancia para el bien
común, queremos hablaros, venerables hermanos, advirtiendo al mismo tiempo a
los pueblos que están confiados a vuestros cuidados.
2. Desde que por secreto designio de Dios fuimos elevados a la
dignidad de esta Cátedra, nunca hemos dejado, durante la conflagración
bélica, de procurar, en la medida de nuestras posibilidades, que todos los
pueblos de la tierra recuperasen los fraternos lazos de
unas cordiales
relaciones. Hemos rogado insistentemente, hemos repetido nuestras exhortaciones,
hemos propuesto los medios para lograr una amistosa reconciliación, hemos
hecho, finalmente, con el favor de Dios, todo lo posible para facilitar a la
humanidad el acceso a una paz justa, honrosa y duradera. Al
mismo tiempo hemos procurado, con afecto de padre, llevar a todos los pueblos un
poco de alivio en medio de los dolores y de las desgracias de toda clase que se
han seguido como consecuencia de esta descomunal lucha. Pues bien: el mismo amor
de Jesucristo, que desde el comienzo de nuestro dificil pontificado nos impulsó
a trabajar por el retorno de la paz o a mitigar los horrores de la guerra, es el
que hoy, conseguida ya en cierto modo una paz precaria, nos mueve a exhortar a
todos los hijos de la Iglesia, y también a todos los hombres del mundo, para
que abandonen el odio inveterado y recobren el amor mutuo y la concordia.
3. No hacen falta muchos argumentos para demostrar los
gravísimos daños que sobrevendrían a la humanidad si, firmada la paz,
persistiesen latentes el odio y la enemistad en las relaciones internacionales.
Prescindimos de los daños que se seguirían en todos los campos del progreso y
de la civilización, como, por ejemplo, el comercio, la industria, el arte y las
letras, cuyo florecimiento exige como condición previa la libre y tranquila
convivencia de todas las naciones. Lo peor de todo sería la gravísima herida
que recibiría
la esencia y la vida del cristianismo,
cuya fuerza reside por completo en la
caridad, como lo indica hecho
de que la predicación de la ley cristiana recibe el nombre de "Evangelio de
la paz"(2).
4. Porque, como bien sabéis y Nos
os
hemos recordado muchas veces, la
enseñanza
más repetida y más insistene de Jesucristo a sus discípulos fue la
del
precepto de la caridad fraterna,
porque
esta caridad es el resumen de
todos
los demás preceptos; el mismo
Jesucristo
lo llamaba nuevo y suyo, y
quiso
que fuese como el carácter distintivo
de los cristianos, que los disinguiese fácilmente de todos los demás
hombres.
Fue este precepto el que, al
morir,
otorgó a sus discípulos como
testamento,
y les pidió que se amaran
mutuamente
y con este amor procuraran
imitar aquella inefable unidad que
existe
entre las divinas personas en el
seno
de la Trinidad:
"Que
todos sean uno,
como
nosotros somo uno..., para que también
ellos
sean consumados en la unidad"(3).
5. Por esta razón, los apóstoles, si guiendo
las huellas de su divino Maestro
y formados personalmente en su escuela,
fueron extraordinariamente fieles
en urgir la exhortación de este precepto a los fieles: "Ante todo, tened los
unos para !os otros ferviente caridad"(4). "Por encima de todas estas cosas,
vestíos de la caridad, que es vínculo de perfección"(5). Carísimos, amémonos
unos a otros, porque la caridad procede
de Dios"(6). Nuestros hermanos de los
primeros tiempos fueron exactos seguidores este mandato de Cristo y de los
apóstoles, pues, a pesar de las diversas
y aun contrarias
nacionalidades a que pertenecían, vivían en una perfecta concordia, borrando con
un olvido voluntario todo motivo de discusión. Esta unanimidad de inteligencias y
de corazones ofrecía un admirable contraste con los odios mortales que ardían en
el seno de sociedad humana de aquella época.
6. Ahora bien: todo lo que hemos dicho para urgir el precepto
del amor mutuo vale también para urgir el perdón de las injurias, perdón que
ha urgido personalmente el Señor. "Pero yo os digo: amad a vuestros enemgos;
haced el bien a los que os odian, y orad por los que os persiguen y os
calumnian, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos, que
hace salir el sol sobre malos y buenos"(7). De aquí procede el grave aviso del
apóstol San Juan: "Todo el que aborrece a su hermano es homicida, y ya sabéis
que todo homicida no tiene en sí la vida eterna"(8). Finalmente, ha sido el mismo
Jesucristo quien nos ha enseñado a orar, de tal manera que la medida del
perdón de nuestros pecados quede dada por el perdón que concedamos al
prójimo. "Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros
deudores" (9). Y si a veces resulta muy trabajoso y muy dificil el cumplimiento
de esta ley, tenemos como remedio para vencer esta dificultad no sólo el eficaz
auxilio de la gracia ganada por el Señor, sino también el ejemplo del mismo
Salvador, quien, estando pendiente en la cruz, excusaba a los mismos que injusta
e indignamente le atormentaban, diciendo así a su Padre: "Padre, perdónalos,
porque no saben lo que hacen"(10). Nos, por tanto, que debemos ser los
primeros en imitar la misericordia y la benignidad de Jesucristo, cuya
representación, sin mérito alguno, tenemos, perdonamos de todo corazón,
siguiendo el ejemplo del Redentor, a todos y a cada uno de nuestros enemigos
que, de una manera consciente o inconsciente, han ofendido u ofenden nuestra
persona o nuestra acción con toda clase de injurias: a todos ellos los
abrazamos con suma benevolencia y amor, sin dejar ocasión alguna para hacerles el bien
que esté a nuestro alcance. Es necesario que los cristianos dignos de este
nombre observen la misma norma de conducta con todos aquellos que durante la
guerra les ofendieron de cualquier manera.
7. Porque la caridad cristiana no se limita a apagar el odio
hacia los enemigos y tratarlos como hermanos; quiere, además, hacerles
positivamente el bien, siguiendo las huellas de nuestro Redentor, el cual "pasó
haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el demonio"(11) y coronó el
curso de su vida mortal, gastada toda ella en proporcionar los mayores
beneficios a los hombres, derramando por ellos su sangre. Por lo cual dice San
Juan: "En esto hemos conocido la caridad de Dios, en que El dio su vida por
nosotros, y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos. El que
tuviere bienes de este mundo y viendo a su hermano pasar necesidad le cierra sus
entrañas, ¿cómo mora en él la caridad de Dios? Hijitos, no amemos de palabra
ni de lengua, sino de obra y de verdad"(12). No ha habido época de la historia en
que sea más necesario «dilatar los senos de la caridad» como en estos días
de universal angustia y dolor; ni tal vez ha sido nunca tan necesaria como hoy
día al género humano una beneficencia abierta a todos, nacida de un sincero
amor al prójimo y llena toda ella de un espíritu de sacrificio y abnegación.
Porque, si contemplamos los lugares recorridos por el azote furioso de la
guerra, vemos por todas partes inmensos territorios cubiertos de ruinas,
desolación y abandono; pueblos enteros que carecen de comida, de vestido y de
casa; viudas y huérfanos innumerables, necesitados de todo auxilio, y una
increíble muchedumbre de débiles, especialmente pequeñuelos y niños, que con
sus cuerpos maltrechos dan testimonio de la atrocidad de esta guerra.
8. El que contempla las ingentes miserias que pesan hoy día
sobre la humanidad, recuerda espontáneamente a aquel viajero evangélico(13) que, bajando de Jerusalén
a Jericó, cayó en manos de los ladrones y, robado y malherido por éstos,
quedó tendido medio muerto en el camino. La semejanza entre ambos cuadros es
muy notable, y así como el samaritano, movido a compasión, se acercó al
herido, curó y vendó sus heridas, lo llevó a la posada y pagó los gastos de
su curación, así también es necesario ahora que Jesucristo, de quien era
figura e imagen el piadoso samaritano, sane las heridas de la humanidad.
9. La Iglesia reivindica para sí, como misión propia, esta
labor de curar las heridas de la humanidad, porque es la heredera del espíritu
de Jesucristo; la Iglesia, decimos, cuya vida toda está entretejida con una
admirable variedad de obras de beneficencia, porque «como verdadera madre de
los cristianos, alberga una ternura tan amorosa por el prójimo, que para las
más diversas enfermedades espirituales de las almas tiene presta en todo
momento la eficaz medicina»; y así «educa y enseña a la infancia con
dulzura, a la juventud con fortaleza, a la ancianidad con placentera calma,
ajustando el remedio a las necesidades corporales y espirituales de cada
uno»(14). Estas obras de la beneficencia cristiana suavizan los espíritus y
poseen por esto mismo una extraordinaria eficacia para devolver a los pueblos
la tranquilidad pública.
10. Por lo cual, venerables hermanos, os suplicamos y os
conjuramos en las entrañas de caridad de Jesucristo a que consagréis vuestros
más solícitos cuidados a la labor de exhortar a los fieles que os están
confiados, para que no sólo olviden los odios y perdonen las injurias, sino
además para que practiquen con la mayor eficacia posible todas las obras de la
beneficencia cristiana que sirvan de ayuda a los necesitados, de consuelo a los
afligidos, de protección a los débiles, y que lleven, finalmente, a todos los
que han sufrido
las gravísimas consecuencias de la guerra, un socorro adecuado
y lo más variado que sea posible. Es deseo nuestro muy principal que exhortéis
a vuestros sacerdotes, como ministros que son de la paz cristiana, para que
prediquen con insistencia el precepto que contiene la esencia de la vida
cristiana, es decir, la predicación del amor al prójimo y a los mismos
enemigos, y para que, "haciéndose todo a todos"(15), precedan a los demás con su
ejemplo y declaren por todas partes una guerra implacable a la enemistad y al
odio. Al obrar así, los sacerdotes agradarán al corazón amantísimo de Jesús
y a aquel que, aunque indigno, hace las veces de Cristo en la tierra. En esta materia debéis también advertir y
exhortar con insistencia a los escritores, publicistas y periodistas católicos,
"para que, como escogidos de Dios, santos y amados, procuren revestirse de
entrañas de misericordia y benignidad"(16) y procuren reflejar esta
benignidad en sus escritos. Por lo cual deben abstenerse no sólo de toda falsa
acusación, sino también de toda intemperancia e injuria en las palabras,
porque esta intemperancia no sólo es contraria a la ley de Cristo, sino que
además puede abrir cicatrices mal cerradas, sobre todo cuando los espíritus,
exacerbados por heridas aún recientes, tienen una gran sensibilidad para las
más leves injurias.
11. Las advertencias que en esta carta hemos hecho a los
particulares sobre el deber de practicar la caridad, queremos dirigirlas
también a los pueblos que han sufrido la prueba de esta guerra prolongada, para
que, suprimidas, dentro de lo posible, las causas de la discordia —y salvos, por
supuesto, los principios de la justicia—, reanuden entre sí los lazos de unas
amistosas relaciones. Porque el Evangelio no presenta una ley de la caridad para
las personas particulares y otra ley distinta para los Estados y las naciones,
que en definitiva están compuestas por hombres particulares. Terminada ya la
guerra, no sólo la caridad, sino también una cierta necesidad parece inclinar
a los pueblos hacia el establecimiento de una determinada conciliación
universal entre todos ellos. Porque hoy más que nunca están los pueblos unidos
por el doble vínculo natural de una común indigencia y una común
benevolencia, dados el gran progreso de la civilización y el maravilloso
incremento de las comunicaciones.
12. Este olvido de las ofensas y esta fraterna reconciliación
de los pueblos,
prescritos por la ley de Jesucristo y exigidos por la misma
convivencia social, han sido recordados sin descanso, como hemos dicho, por esta
Santa Sede Apostólica durante todo el curso de la guerra. Esta Santa Sede no ha
permitido que este precepto quede olvidado por los odios o las enemistades, y
ahora, después de firmados los tratados de paz, promueve y predica con mayor
insistencia este doble deber, como lo prueban las cartas dirigidas hace poco
tiempo al episcopado de Alemania(17) y al cardenal arzobispo de París(18). Y como
hoy día la unión entre las naciones civilizadas se ve garantizada y
acrecentada por la frecuente costumbre de celebrar reuniones y conferencias
entre los jefes de los gobiernos para tratar de los asuntos de mayor
importancia, Nos, después de considerar atentamente y en su conjunto el cambio
de las circunstancias y las grandes tendencias de los tiempos actuales, para
contribuir a esta unión de los pueblos y no mostrarnos ajenos a esta tendencia,
hemos decidido suavizar hasta cierto punto las rigurosas condiciones que, por la
usurpación del poder temporal de la Sede Apostólica, fueron justamente
establecidas por nuestros predecesores, prohibiendo las visitas solemnes de los
jefes de Estado católicos
a Roma. Pero declaramos abiertamente que esta indulgencia
nuestra, aconsejada y casi exigida por las gravísimas circunstancias que
atraviesa la humanidad, no debe ser interpretada en modo alguno como una tácita
abdicación de los sagrados derechos de la Sede Apostólica, como si en el
anormal estado actual de cosas la Sede Apostólica renunciase definitivamente a
ellos. Por el contrario, aprovechando esta ocasión, «Nos renovamos las
protestas que nuestros predecesores formularon repetidas veces, movidos no por
humanos intereses, sino por la santidad del deber; y las renovamos por las
mismas causas, para defender los derechos y la dignidad de la Sede
Apostólica», y de nuevo pedimos con la mayor insistencia que, pues ha sido
firmada la paz entre las naciones, «cese para la cabeza de la Iglesia esta
situación anormal, que daña gravemente, por más de una razón, a la misma
tranquilidad de los pueblos»(19).
13. Restablecída así la situación, reconocido de nuevo el
orden de la justicia y de la caridad y reconciliados los pueblos entre sí, es
de desear, venerables hermanos, que todos los Estados olviden sus mutuos recelos
y constituyan una sola sociedad o, mejor, una familia de pueblos, para
garantizar la independencia de cada uno y conservar el orden en la sociedad
humana. Son motivos para crear esta sociedad de pueblos, entre otros muchos que
omitimos, la misma necesidad, universalmente reconocida, de suprimir o reducir
al menos los enorines presupuestos militares, que resultan ya insoportables para
los Estados, y acabar de esta manera para siempre con las desastrosas guerras
modernas, o por lo menos alejar lo más remotamente posible el peligro de la
guerra, y asegurar a todos los pueblos, dentro de sus justos límites, la
independencia y la integridad de sus propios territorios.
14. Unidas de este modo las naciones según los principios de la
ley cristiana, todas las empresas que acometan en pro de la justicia y de la
caridad tendrán la adhesión y la colaboración activa de la Iglesia, la cual
es ejemplar perfectísimo de sociedad universal y posee, por su misma naturaleza
y sus instituciones, una eficacia extraordinaria para unir a los hombres, no
sólo en lo concerniente a la eterna salvación de éstos, sino también en todo
lo relativo a su felicidad temporal, pues la Iglesia sabe llevar a los hombres a
través de los bienes temporales de tal manera que no pierdan los bienes
eternos. La historia demuestra que los pueblos bárbaros de la antigua Europa,
desde que empezaron a recibir el penetrante influjo del espíritu de la Iglesia,
fueron apagando poco a poco las múltiples y profundas diferencias y discordias
que los dividían, y, constituyendo, finalmente, una única sociedad; dieron
origen a la Europa cristiana, la cual, bajo la guía segura de la Iglesia,
respetó y conservó las características propias de cada nación y logró
establecer, sin embargo, una unidad creadora de una gloriosa prosperidad. Con
toda razón dice San Agustín: «Esta ciudad celestial, mientras camina por este
mundo, llama a su seno a ciudadanos de todos los pueblos, y con todas las
lenguas reúne una sociedad peregrinante, sin preocuparse por las diversidades
de las leyes, costumbres e instituciones que sirven para lograr y conservar la
paz terrena, y sin anular o destruir, antes bien, respetando y conservando todas
las diferencias nacionales que están ordenadas al mismo fin de la paz terrena,
con tal que no constituyan un impedimento para el ejercicio de la religión que
ordena adorar a Dios como a supremo y verdadero Señor»(20). El mismo santo
Doctor apostrofa a la Iglesia con estas palabra: «Tú unes a los ciudadanos, a
los pueblos y a los hombres con el recuerdo de unos primeros padres comunes, no
sólo con el vínculo de la unión social, sino también con el lazo del
parentesco fiaterno»(21).
15. Por lo cual, volviendo al punto de partida de esta nuestra
carta, exhortamos en primer lugar, con afecto de Padre, a todos nuestros hijos y
les conjuramos, en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo, para que se decidan a
olvidar voluntariamente toda rivalidad y toda injuria recíproca y a unirse con
el estrecho vínculo de la caridad cristiana, para la cual no hay nadie
extranjero. En segundo lugar exhortamos encarecidamente a todas las naciones
para que, bajo el influjo de la benevolencia cristiana, establezcan entre sí
una paz verdadera, constituyendo una alianza que, bajo los auspicios de la
justicia, sea duradera. Por último, hacemos un llamamiento a todos los hombres
y a todas las naciones para que de alma y corazón se unan a la Iglesia
católica, y por medio de ésta a Cristo, Redentor del género humano; de esta
manera, con toda verdad podremos dirigirles las palabras de San Pablo a los
Efesios: "Ahora, por Cristo Jesús, los que en un tiempo estabais lejos,
habéis sido acercados por la sangre de Cristo; pues El es nuestra paz, que
hizo de los dos pueblos uno, derribando el muro de la separación... dando
muerte en sí mismo a la enemistad. Y viniendo nos anunció la paz a los de
lejos y la paz a los de cerca(22). Igualmente oportunas son las
palabras que el mismo Apóstol dirige a los Colosenses:
"No os
engañéis unos a otros; despojaos del hombre viejo con todas sus obras y
vestíos del nuevo, que sin cesar se renueva para lograr el perfecto
conocimiento según la imagen de su Creador, en quien no hay griego ni judío,
circuncisión ni incircuncisión, bárbaro o escita, siervo o libre, porque
Cristo lo es todo en todos(23).
16. Entre tanto, confiados en el patrocinio de la Inmaculada
Virgen María, que hace poco hemos ordenado fuese invocada universalmente como
Reina de la Paz, y en el de los tres nuevos santos(24) que hemos canonizado
recientemente, suplicamos con humildad al Espíritu consolador que "conceda
propicio a la Iglesia el don de la unidad y de la paz"(25) y renueve la faz de la
tierra con una nueva efusión de su amor para la común salvación de todos.
Como auspicio de este don celestial, y como prenda de nuestra
paterna benevolencia, con todo el corazón damos a vosotros, venerables
hermanos, al clero y a vuestro pueblo la bendición apostólica.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 23 de mayo, fiesta de
Pentecostés de 1920, año sexto de nuestro pontificado.
Notas
1)
San Agustín, De civitate Dei XIX 11: PL 6,637.
(2) Ef 6 15.
(3) In 17 21-23.
(4) 1 Pe 4,8.
(5) Col 3,14.
(6) 1 Jn 4,7.
(7)
Mt 5,44-45.
(8) 1 Jn 3,15.
(9) Mt 6,12.
(10) Lc 23,24.
(11) Hech 10 38.
(12) 1 Jn 3,16-18.
(13) Cf. Lc 10,30ss
(14) San Agustín, De moribus Ecclesiae catholicae I 30: PL
32,336.
(15) 1 Cor 9,22.
(16) Col 3,12.
(17) Carta apostólica Diutuni,
de 15 de julio de 1919 (AAS 11 (1919] 305-306).
(18) Epístola Amor ille singularis, de 7 de octubre de 1919 (AAS
11 [1919] 412-414).
(19) Encíclica Ad beatissimi de 1 de noviembre de 1914 (AAS 6
(1914) 580).
(20) San Agustín, De civitate Dei XIX 17; PL 41,645
(21) San Agusín,
De moribus Ecclesiae catholicae I 30: PL 32,1336.
(22) Ef 2,13ss.
(23) Col 3,9-11.
(24) San Gabriel de la Dolorosa,
Santa Margarita María Alacoque y Santa Juana de Arco.
(25) Secreta de la misa
de la fiesta del Corpus Christi.
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