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BENEDICTO XVI ÁNGELUS
Queridos hermanos y hermanas: El próximo miércoles, 14 de septiembre, celebraremos la fiesta litúrgica de la Exaltación de la Santa Cruz. En el Año dedicado a la Eucaristía, esta fiesta adquiere un significado particular: nos invita a meditar en el profundo e indisoluble vínculo que une la celebración eucarística y el misterio de la cruz. En efecto, toda santa misa actualiza el sacrificio redentor de Cristo. Al Gólgota y a la "hora" de la muerte en la cruz ―escribió el amado Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia― «vuelve espiritualmente todo presbítero que celebra la santa misa, junto con la comunidad cristiana que participa en ella» (n. 4). Por tanto, la Eucaristía es el memorial de todo el misterio pascual: pasión,
muerte, descenso a los infiernos, resurrección y ascensión al cielo, y la cruz
es la conmovedora manifestación del acto de amor infinito con el que el Hijo de
Dios salvó al hombre y al mundo del pecado y de la muerte. Por eso, la señal de
la cruz es el gesto fundamental de nuestra oración, de la oración del cristiano. Después de la consagración, la asamblea de los fieles, consciente de estar en la
presencia real de Cristo crucificado y resucitado, aclama: "Anunciamos tu
muerte, proclamamos tu resurrección. ¡Ven, Señor Jesús!". Con los ojos de la fe
la comunidad reconoce a Jesús vivo con los signos de su pasión y, como Tomás,
llena de asombro, puede repetir: "¡Señor mío y Dios mío!" (Jn 20, 28).
La Eucaristía es misterio de muerte y de gloria como la cruz, que no es un
accidente, sino el paso a través del cual Cristo entró en su gloria (cf. Lc
24, 26) y reconcilió a la humanidad entera, derrotando toda enemistad. Por eso,
la liturgia nos invita a orar con confianza y esperanza: Mane nobiscum,
Domine! ¡Quédate con nosotros, Señor, que con tu santa cruz redimiste al
mundo! Después del Ángelus El próximo miércoles comenzará en Nueva York, en las Naciones Unidas, una cumbre de jefes de Estado y de Gobierno que tratará importantes temas concernientes a la paz mundial, el respeto de los derechos humanos, la promoción del desarrollo y el fortalecimiento de la Organización de las Naciones Unidas. También la Santa Sede ha sido invitada, como de costumbre, y el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado, me representará. Expreso mi ferviente deseo de que los gobernantes allí reunidos encuentren soluciones adecuadas para alcanzar los grandes objetivos prefijados, con espíritu de concordia y generosa solidaridad. En especial deseo que se tomen y se pongan por obra con eficacia medidas concretas para responder a los problemas más urgentes planteados por la pobreza extrema, las enfermedades y el hambre, que afligen a tantos pueblos.
(En inglés)
(En castellano) © Copyright 2005 - Libreria Editrice Vaticana
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