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BENEDICTO XVI ÁNGELUS
Queridos hermanos y hermanas: Hace veintisiete años, exactamente un día como hoy, el Señor llamó al cardenal
Karol Wojtyla, arzobispo de Cracovia, a suceder a Juan Pablo I, que murió poco
más de un mes después de su elección. Con Juan Pablo II comenzó uno de los
pontificados más largos de la historia de la Iglesia, durante el cual un Papa
"venido de un país lejano" fue reconocido como autoridad moral también por
numerosos no cristianos y no creyentes, como demostraron las conmovedoras
manifestaciones de afecto con ocasión de su enfermedad y de profundo luto
después de su muerte. Ante su tumba, en la cripta vaticana, todavía prosigue
ininterrumpidamente la peregrinación de numerosísimos fieles, y también este es
un signo elocuente de que el amado Juan Pablo II ha entrado en el corazón de la
gente, sobre todo por su testimonio de amor y entrega en el sufrimiento. Podríamos definir a Juan Pablo II como un Papa totalmente consagrado a Jesús por
medio de María, como podía verse con claridad en su escudo: "Totus tuus".
Fue elegido en el centro del mes del rosario, y el rosario que tenía a menudo
entre sus manos se ha convertido en uno de los símbolos de su pontificado, sobre
el que la Virgen inmaculada veló con solicitud materna. En realidad, el rosario no se contrapone a la meditación de la palabra de Dios y a la oración litúrgica; más aún, constituye un complemento natural e ideal, especialmente como preparación para la celebración eucarística y como acción de gracias. Al Cristo que encontramos en el Evangelio y en el Sacramento lo contemplamos con María en los diversos momentos de su vida gracias a los misterios gozosos, luminosos, dolorosos y gloriosos. Así, en la escuela de la Madre aprendemos a configurarnos con su divino Hijo y a anunciarlo con nuestra vida. Si la Eucaristía es para el cristiano el centro de la jornada, el rosario contribuye de modo privilegiado a dilatar la comunión con Cristo, y enseña a vivir teniendo la mirada del corazón fija en él, para irradiar su amor misericordioso sobre todos y sobre todo. Contemplativo y misionero: así fue el amado Papa Juan Pablo II. Lo fue gracias a su íntima unión con Dios, alimentada diariamente por la Eucaristía y por largos tiempos de oración. A la hora del Ángelus, tan querida por él, es grato y justo recordarlo en este aniversario, renovando a Dios la acción de gracias por haber donado a la Iglesia y al mundo un sucesor tan digno del apóstol san Pedro. Que la Virgen María nos ayude a aprovechar su valiosa herencia. Después del Ángelus Mañana se celebrará la Jornada mundial de rechazo de la miseria. La miseria es
un azote contra el que la humanidad debe luchar sin cesar. Estamos llamados a
una solidaridad cada vez mayor, para que nadie quede excluido de la sociedad. Mi
oración se dirige a los pobres que luchan con valentía para vivir con dignidad,
preocupándose por su familia y por las necesidades de sus hermanos. (En español)
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