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BENEDICTO XVI ÁNGELUS Queridos hermanos y hermanas: Con la celebración eucarística de hoy en la plaza de San Pedro se ha clausurado la Asamblea del Sínodo de los obispos. Al mismo tiempo, se ha concluido el Año de la Eucaristía, que el amado Papa Juan Pablo II había inaugurado en octubre de 2004. A los queridos y venerados padres sinodales, con los que he compartido tres semanas de intenso trabajo en un clima de comunión fraterna, les renuevo la expresión de mi cordial gratitud. Sus reflexiones, testimonios, experiencias y propuestas sobre el tema: "La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia", han sido recogidos para la elaboración de una exhortación postsinodal que, teniendo en cuenta las diversas realidades del mundo, ayude a delinear el rostro de la comunidad "católica", llamada a vivir unida, en la pluralidad de las culturas, el misterio central de la fe: la Encarnación redentora, cuya presencia viva es la Eucaristía.
Además, hoy, como muestran los tapices expuestos en la fachada de la basílica
vaticana, he tenido la alegría de proclamar cinco nuevos santos, que, al final
del Año eucarístico, me complace indicar como frutos ejemplares de la comunión
de vida con Cristo. Son
José Bilczewski, arzobispo de Lvov de los latinos;
Cayetano Catanoso, presbítero, fundador de la congregación de las religiosas
Verónicas de la Santa Faz;
Segismundo Gorazdowski, sacerdote polaco, fundador de
la congregación de las Religiosas de San José;
Alberto Hurtado Cruchaga,
presbítero de la Compañía de Jesús, chileno; y el religioso capuchino
Félix de
Nicosia. Cada uno de estos discípulos de Jesús fue formado interiormente por su
presencia divina, acogida, celebrada y adorada en la Eucaristía. De ese modo, podremos vivir la vocación a la que todo cristiano está llamado, es decir, la de ser "pan partido para la vida del mundo", como nos recuerda oportunamente la Jornada mundial de las misiones, que celebramos hoy. El nexo entre la misión de la Iglesia y la Eucaristía es muy significativo. En efecto, la acción misionera y evangelizadora es la difusión apostólica del amor, que se concentra en el santísimo Sacramento. Quien acoge a Cristo en la realidad de su Cuerpo y Sangre no puede quedarse con este don para sí mismo; se siente impulsado a compartirlo mediante el testimonio valiente del Evangelio, el servicio a los hermanos que atraviesan dificultades y el perdón de las ofensas. Además, para algunos la Eucaristía es germen de una llamada específica a abandonarlo todo para ir a anunciar a Cristo a los que aún no lo conocen. A María santísima, Mujer eucarística, le encomendamos los frutos espirituales del Sínodo y del Año de la Eucaristía. Que ella vele por el camino de la Iglesia y nos enseñe a crecer en la comunión con el Señor Jesús, para ser testigos de su amor, en el que reside el secreto de la alegría. Después del Ángelus Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española que participan en el
rezo del Ángelus, en particular a mis hermanos obispos de Chile, al señor
presidente de la República y altas autoridades, así como a los numerosos
chilenos que han venido para la canonización del padre Alberto Hurtado. Que el
ejemplo del nuevo santo sea un estímulo para los católicos chilenos y también
para los otros países de América Latina a ser portadores de la luz de Cristo en
la sociedad actual. ¡Feliz fiesta para todos! © Copyright 2005 - Libreria Editrice Vaticana
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