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BENEDICTO XVI
ÁNGELUS
Domingo 24 de
septiembre de 2006
Queridos hermanos y hermanas:
En el evangelio de este domingo, Jesús anuncia por segunda vez a
los discípulos su pasión, muerte y resurrección (cf. Mc 9, 30-31). El
evangelista san Marcos pone de relieve el fuerte contraste entre su mentalidad y
la de los doce Apóstoles, que no sólo no comprenden las palabras del Maestro y
rechazan claramente la idea de que vaya al encuentro de la muerte (cf. Mc
8, 32), sino que discuten sobre quién de ellos se debe considerar «el más
importante» (cf. Mc 9, 34). Jesús les explica con paciencia su lógica, la
lógica del amor que se hace servicio hasta la entrega de sí: «Quien quiera ser
el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9,
35).
Esta es la lógica del cristianismo, que responde a la verdad del
hombre creado a imagen de Dios, pero, al mismo tiempo, contrasta con su egoísmo,
consecuencia del pecado original. Toda persona humana es atraída por el amor
—que en último término es Dios mismo—, pero a menudo se equivoca en los modos
concretos de amar, y así, de una tendencia positiva en su origen pero
contaminada por el pecado, pueden derivarse intenciones y acciones malas. Lo
recuerda, en la liturgia de hoy, también la carta de Santiago: «Donde existen
envidias y espíritu de contienda, hay desconcierto y toda clase de maldad. En
cambio la sabiduría que viene de lo alto es, en primer lugar, pura, además
pacífica, complaciente, dócil, llena de compasión y buenos frutos, imparcial,
sin hipocresía». Y el Apóstol concluye: «Frutos de justicia se siembran en la
paz para los que procuran la paz» (St 3, 16-18).
Estas palabras nos hacen pensar en el testimonio de tantos
cristianos que, con humildad y en silencio, entregan su vida al servicio de los
demás a causa del Señor Jesús, trabajando concretamente como servidores del amor
y, por eso, como «artífices» de paz. A algunos se les pide a veces el
testimonio supremo de la sangre, como sucedió hace pocos días también a la
religiosa italiana sor Leonella Sgorbati, que cayó víctima de la violencia. Esta
religiosa, que desde hacía muchos años servía a los pobres y a los pequeños en
Somalia, murió pronunciando la palabra «perdón»: he aquí el testimonio cristiano
más auténtico, signo pacífico de contradicción que demuestra la victoria del
amor sobre el odio y sobre el mal.
No cabe duda de que seguir a Cristo es difícil, pero —como él
dice— sólo quien pierde la vida por causa suya y del Evangelio, la salvará (cf.
Mc 8, 35), dando pleno sentido a su existencia. No existe otro camino
para ser discípulos suyos; no hay otro camino para testimoniar su amor y tender
a la perfección evangélica.
Que María, a quien hoy invocamos como Nuestra Señora de la
Merced, nos ayude a abrir cada vez más nuestro corazón al amor de Dios, misterio
de alegría y de santidad.
* * *
Después del Ángelus
El próximo jueves se celebra la Jornada marítima mundial, y
quiero invitaros a todos a orar por los hombres y mujeres de mar, y por sus
familias. Doy gracias al Señor por la obra del Apostolado del mar, que durante
muchos años ha ofrecido apoyo humano y espiritual a los que viven este difícil y
exigente estilo de vida. Apoyo en particular las recientes iniciativas
emprendidas por la Organización marítima internacional para contribuir a la
lucha contra la pobreza y el hambre. Que la Virgen, Estrella del mar, vele con
amor sobre los marineros y sus familias, y sobre todos los que se preocupan por
sus necesidades humanas y espirituales.
© Copyright 2006 - Libreria
Editrice Vaticana
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