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BENEDICTO XVI
ÁNGELUS
Plaza de San Pedro
II Domingo de Adviento, 9 de
diciembre de 2007
Queridos hermanos y hermanas:
Ayer, solemnidad de la Inmaculada Concepción, la liturgia nos invitó a dirigir
la mirada a María, Madre de Jesús y Madre nuestra, Estrella de esperanza para
todo hombre. Hoy, segundo domingo de Adviento, nos presenta la figura austera
del Precursor, que el evangelista san Mateo introduce así: «Por aquel tiempo,
Juan Bautista se presentó en el desierto de Judea predicando: "Convertíos,
porque está cerca el reino de los cielos"» (Mt 3, 1-2). Tenía la misión
de preparar y allanar el sendero al Mesías, exhortando al pueblo de Israel a
arrepentirse de sus pecados y corregir toda injusticia. Con palabras exigentes,
Juan Bautista anunciaba el juicio inminente: «El árbol que no da fruto será
talado y echado al fuego» (Mt 3, 10). Sobre todo ponía en guardia contra
la hipocresía de quien se sentía seguro por el mero hecho de pertenecer al
pueblo elegido: ante Dios —decía— nadie tiene títulos para enorgullecerse, sino
que debe dar "frutos dignos de conversión" (Mt 3, 8).
Mientras prosigue el camino del Adviento, mientras nos preparamos para celebrar
el Nacimiento de Cristo, resuena en nuestras comunidades esta exhortación de
Juan Bautista a la conversión. Es una invitación apremiante a abrir el corazón y
acoger al Hijo de Dios que viene a nosotros para manifestar el juicio divino.
El Padre —escribe el evangelista san Juan— no juzga a nadie, sino que ha dado al
Hijo el poder de juzgar, porque es Hijo del hombre (cf. Jn 5, 22. 27).
Hoy, en el presente, es cuando se juega nuestro destino futuro; con el
comportamiento concreto que tenemos en esta vida decidimos nuestro destino
eterno. En el ocaso de nuestros días en la tierra, en el momento de la muerte,
seremos juzgados según nuestra semejanza o desemejanza con el Niño que está a
punto de nacer en la pobre cueva de Belén, puesto que él es el criterio de
medida que Dios ha dado a la humanidad.
El Padre celestial, que en el nacimiento de su Hijo unigénito nos manifestó su
amor misericordioso, nos llama a seguir sus pasos convirtiendo, como él, nuestra
existencia en un don de amor. Y los frutos del amor son los «frutos dignos de
conversión» a los que hacía referencia san Juan Bautista cuando, con palabras
tajantes, se dirigía a los fariseos y a los saduceos que acudían entre la
multitud a su bautismo.
Mediante el Evangelio, Juan Bautista sigue hablando a lo largo de los siglos a
todas las generaciones. Sus palabras claras y duras resultan muy saludables para
nosotros, hombres y mujeres de nuestro tiempo, en el que, por desgracia, también
el modo de vivir y percibir la Navidad muy a menudo sufre las consecuencias de
una mentalidad materialista. La "voz" del gran profeta nos pide que preparemos
el camino del Señor que viene, en los desiertos de hoy, desiertos exteriores e
interiores, sedientos del agua viva que es Cristo.
Que la Virgen María nos guíe a una auténtica conversión del corazón, a fin de
que podamos realizar las opciones necesarias para sintonizar nuestra mentalidad
con el Evangelio.
Después del Ángelus
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española aquí
presentes y a cuantos participan en el rezo del Ángelus a través de la radio y
la televisión. ¡Qué María, Estrella de la Esperanza, brille sobre vosotros y
guíe vuestros pasos en este tiempo de Adviento. ¡Feliz domingo!
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Editrice Vaticana
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