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BENEDICTO XVI
REGINA CÆLI
Castelgandolfo Lunes de Pascua,
9 de abril de 2007
Queridos hermanos y hermanas:
Estamos aún llenos del gozo espiritual que las solemnes celebraciones de la
Pascua producen realmente en el corazón de los creyentes. ¡Cristo ha resucitado!
A este misterio tan grande la liturgia no sólo dedica un día —sería demasiado
poco para tanta alegría—, sino cincuenta, es decir, todo el tiempo pascual, que
se concluye con Pentecostés. El domingo de Pascua es un día absolutamente
especial, que se extiende durante toda esta semana, hasta el próximo domingo, y
forma la octava de Pascua.
En el clima de la alegría pascual, la liturgia de hoy nos lleva al sepulcro,
donde María Magdalena y la otra María, según el relato de san Mateo, impulsadas
por el amor a él, habían ido a "visitar" la tumba de Jesús. El evangelista narra
que Jesús les salió al encuentro y les dijo: "No temáis. Id, avisad a mis
hermanos que vayan a Galilea; allí me verán" (Mt 28, 10). Verdaderamente
experimentaron una alegría inefable al ver de nuevo a su Señor, y, llenas de
entusiasmo, corrieron a comunicarla a los discípulos.
Hoy el Resucitado nos repite a nosotros, como a aquellas mujeres que habían
permanecido junto a él durante la Pasión, que no tengamos miedo de convertirnos
en mensajeros del anuncio de su resurrección. No tiene nada que temer quien se
encuentra con Jesús resucitado y a él se encomienda dócilmente. Este es el
mensaje que los cristianos están llamados a difundir hasta los últimos confines
de la tierra.
El cristiano, como sabemos, no comienza a creer al aceptar una doctrina, sino
tras el encuentro con una Persona, con Cristo muerto y resucitado. Queridos
amigos, en nuestra existencia diaria son muchas las ocasiones que tenemos para
comunicar de modo sencillo y convencido nuestra fe a los demás; así, nuestro
encuentro puede despertar en ellos la fe. Y es muy urgente que los hombres y las
mujeres de nuestra época conozcan y se encuentren con Jesús y, también gracias
a nuestro ejemplo, se dejen conquistar por él.
El Evangelio no dice nada de la Madre del Señor, de María, pero la tradición
cristiana con razón la contempla mientras se alegra más que nadie al abrazar de
nuevo a su Hijo divino, al que estrechó entre sus brazos cuando lo bajaron de la
cruz. Ahora, después de la resurrección, la Madre del Redentor se alegra con los
"amigos" de Jesús, que constituyen la Iglesia naciente.
A la vez que renuevo de corazón a todos mi felicitación pascual, la invoco a
ella, Regina caeli, para que mantenga viva la fe en la resurrección en
cada uno de nosotros y nos convierta en mensajeros de la esperanza y del amor de
Jesucristo.
* * *
Después de la plegaria mariana
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en este lunes de la
octava de Pascua, en la cual la tradición y la liturgia invitan de manera
especial a tomar conciencia de que Cristo resucitado ya no muere más, y por ello
exhorta a profundizar en el misterio y el compromiso bautismal. ¡Feliz tiempo de
Pascua!
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Editrice Vaticana
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