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VIAJE
APOSTÓLICO
A FRANCIA CON OCASIÓN DEL 150 ANIVERSARIO
DE LAS APARICIONES DE LOURDES
(12 - 15 DE SEPTIEMBRE DE 2008)
BENEDICTO XVI
ÁNGELUS
Prairie, Lourdes
Domingo
14 de septiembre de 2008
Queridos peregrinos,
queridos hermanos y hermanas
Cada día, la oración del Ángelus nos ofrece la posibilidad de meditar
unos instantes, en medio de nuestras actividades, en el misterio de la
encarnación del Hijo de Dios. A mediodía, cuando las primeras horas del día
comienzan a hacer sentir el peso de la fatiga, nuestra disponibilidad y
generosidad se renuevan gracias a la contemplación del “sí” de María. Ese “sí”
limpio y sin reservas se enraiza en el misterio de la libertad del María,
libertad plena y total ante Dios, sin ninguna complicidad con el pecado, gracias
al privilegio de su Inmaculada Concepción.
Este privilegio concedido a María, que la distingue de nuestra condición
común, no la aleja, más bien al contrario la acerca a nosotros. Mientras que el
pecado divide, nos separa unos de otros, la pureza de María la hace
infinitamente cercana a nuestros corazones, atenta a cada uno de nosotros y
deseosa de nuestro verdadero bien. Estáis viendo, aquí, en Lourdes, como en
todos los santuarios marianos, que multitudes inmensas llegan a los pies de
María para confiarle lo que cada uno tiene de más íntimo, lo que lleva
especialmente en su corazón. Lo que, por miramiento o por pudor, muchos no se
atreven a veces a confiar ni siquiera a los que tienen más cerca, lo confían a
Aquella que es toda pura, a su Corazón Inmaculado: con sencillez, sin
fingimiento, con verdad. Ante María, precisamente por su pureza, el hombre no
vacila a mostrarse en su fragilidad, a plantear sus preguntas y sus dudas, a
formular sus esperanzas y sus deseos más secretos. El amor maternal de la Virgen
María desarma cualquier orgullo; hace al hombre capaz de verse tal como es y le
inspira el deseo de convertirse para dar gloria a Dios.
María nos muestra de este modo la manera adecuada de acercarnos al Señor.
Ella nos enseña a acercarnos a Él con sinceridad y sencillez. Gracias a Ella,
descubrimos que la fe cristiana no es un fardo, sino que es como una ala que nos
permite volar más alto para refugiarnos en los brazos de Dios.
La vida y la fe del pueblo creyente manifiestan que la gracia de la
Inmaculada Concepción hecha a María no es sólo una gracia personal, sino para
todos, una gracia hecha al entero pueblo de Dios. En María, la Iglesia puede ya
contemplar lo que ella está llamada a ser. En Ella, cada creyente puede
contemplar desde ahora la realización cumplida de su vocación personal. Que cada
uno de nosotros permanezca siempre en acción de gracias por lo que el Señor ha
querido revelar de su designio salvador a través del misterio de María. Misterio
en el que estamos todos implicados de la más impresionante de las maneras, ya
que desde lo alto de la Cruz, que celebramos y exaltamos hoy, Jesús mismo nos ha
revelado que su Madre es Madre nuestra. Como hijos e hijas de María,
aprovechemos todas las gracias que le han sido concedidas, y la dignidad
incomparable que le procura su Concepción Inmaculada redunda sobre nosotros, sus
hijos.
Aquí, muy cerca de la gruta, y en comunión especial con todos los
peregrinos presentes en los santuarios marianos y con todos los enfermos de
cuerpo o alma que buscan consuelo, bendecimos al Señor por la presencia de María
en medio de su pueblo y a Ella dirigimos con fe nuestra oración:
“Santa María, tú que te apareciste aquí, hace ciento cincuenta años, a la joven
Bernadette, ‘tú eres la verdadera fuente de esperanza’ (Dante, Par.,
XXXIII,12).
Como peregrinos confiados, llegados de todos los lugares, venimos una vez más a
sacar de tu Inmaculado Corazón fe y consuelo, gozo y amor, seguridad y paz. ‘Monstra
Te esse Matrem’. Muéstrate como una Madre para todos, oh María. Danos a
Cristo, esperanza del mundo. Amén”.
© Copyright 2008 - Libreria
Editrice Vaticana
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