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BENEDICTO XVI

ÁNGELUS

II Domingo de Adviento, 7 de diciembre de 2008

 

Queridos hermanos y hermanas:

Desde hace una semana estamos viviendo el tiempo litúrgico de Adviento: tiempo de apertura al futuro de Dios, tiempo de preparación para la santa Navidad, cuando él, el Señor, que es la novedad absoluta, vino a habitar en medio de esta humanidad decaída para renovarla desde dentro. En la liturgia de Adviento resuena un mensaje lleno de esperanza, que invita a levantar la mirada al horizonte último, pero, al mismo tiempo, a reconocer en el presente los signos del Dios-con-nosotros.

En este segundo domingo de Adviento la Palabra de Dios asume el tono conmovedor del así llamado segundo Isaías, que a los israelitas, probados durante decenios de amargo exilio en Babilonia, les anunció finalmente la liberación: "Consolad, consolad a mi pueblo —dice el profeta en nombre de Dios—. Hablad al corazón de Jerusalén, decidle bien alto que ya ha cumplido su tribulación" (Is 40, 1-2). Esto es lo que quiere hacer el Señor en Adviento: hablar al corazón de su pueblo y, a través de él, a toda la humanidad, para anunciarle la salvación.

También hoy se eleva la voz de la Iglesia: "En el desierto preparadle un camino al Señor" (Is 40, 3). Para las poblaciones agotadas por la miseria y el hambre, para las multitudes de prófugos, para cuantos sufren graves y sistemáticas violaciones de sus derechos, la Iglesia se pone como centinela sobre el monte alto de la fe y anuncia: "Aquí está vuestro Dios. Mirad: Dios, el Señor, llega con fuerza" (Is 40, 11).

Este anuncio profético se realizó en Jesucristo. Él, con su predicación y después con su muerte y resurrección, cumplió las antiguas promesas, revelando una perspectiva más profunda y universal. Inauguró un éxodo ya no sólo terreno, histórico y como tal provisional, sino radical y definitivo: el paso del reino del mal al reino de Dios, del dominio del pecado y la muerte al del amor y la vida. Por tanto, la esperanza cristiana va más allá de la legítima esperanza de una liberación social y política, porque lo que Jesús inició es una humanidad nueva, que viene "de Dios", pero al mismo tiempo germina en nuestra tierra, en la medida en que se deja fecundar por el Espíritu del Señor. Por tanto, se trata de entrar plenamente en la lógica de la fe: creer en Dios, en su designio de salvación, y al mismo tiempo comprometerse en la construcción de su reino. En efecto, la justicia y la paz son un don de Dios, pero requieren hombres y mujeres que sean "tierra buena", dispuesta a acoger la buena semilla de su Palabra.

Primicia de esta nueva humanidad es Jesús, Hijo de Dios e hijo de María. Ella, la Virgen Madre, es el "camino" que Dios mismo se preparó para venir al mundo. Con toda su humildad, María camina a la cabeza del nuevo Israel en el éxodo de todo exilio, de toda opresión, de toda esclavitud moral y material, hacia "los nuevos cielos y la nueva tierra, en los que habita la justicia" (2 P 3, 13). A su intercesión materna encomendamos las esperanza de paz y de salvación de los hombres de nuestro tiempo.


Después del Ángelus

En los días pasados murió el Patriarca de Moscú y de todas las Rusias, Su Santidad Alexis II. Nos unimos en la oración a nuestros hermanos ortodoxos para encomendar su alma a la bondad del Señor, a fin de que lo acoja en su reino de luz y de paz.

En la tarde del próximo jueves, 11 de diciembre, me encontraré en la basílica de San Pedro con los universitarios de los Ateneos romanos, al final de la santa misa que presidirá el cardenal Agostino Vallini. Con ocasión del Año paulino, entregaré a los jóvenes estudiantes la carta a los Romanos del apóstol san Pablo, y tendré la alegría de saludarlos, juntamente con los rectores, los profesores y el personal técnico y administrativo, en esta tradicional cita que prepara para la santa Navidad.

Me alegra saludar en particular a los Clérigos Marianos de la Inmaculada Concepción, que mañana comenzarán el jubileo centenario del renacimiento y de la reforma de su congregación. Queridos hermanos, que la Virgen María os obtenga abundantes gracias y os ayude a ser siempre fieles a vuestro carisma.

(En castellano)
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española presentes en esta oración mariana y a aquellos que se unen a ella a través de la radio y la televisión. En este tiempo de Adviento, la Palabra de Dios nos invita a esperar la venida gloriosa de nuestro Salvador con una conducta santa y religiosa, procurando vivir en paz con Dios, limpios e irreprensibles ante él. ¡Feliz domingo!

(En lengua portuguesa)
Saludo a los peregrinos de lengua portuguesa y a todos los que están unidos a nosotros a través de esta oración a la Virgen María. De modo particular, deseo reiterar mis sentimientos de conmoción por la catástrofe ambiental ocurrida hace pocos días en el Estado de Santa Catarina, causando numerosas víctimas y dejando sin techo a miles de personas. Sobre todos invoco la protección del Altísimo, para que recompense al pueblo brasileño y a las autoridades nacionales y extranjeras por la ayuda prestada a los damnificados en esta hora de profunda consternación. A todos vosotros y a vuestras familias imparto de corazón mi bendición apostólica.

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

 

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