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FIESTA DE LA SAGRADA FAMILIA DE NAZARET

BENEDICTO XVI

ÁNGELUS

Domingo 28 de diciembre de 2008

 

Queridos hermanos y hermanas: 

En este domingo, que sigue al Nacimiento del Señor, celebramos con alegría a la Sagrada Familia de Nazaret. El contexto es el más adecuado, porque la Navidad es por excelencia la fiesta de la familia. Lo demuestran numerosas tradiciones y costumbres sociales, especialmente la de reunirse todos, precisamente en familia, para las comidas festivas y para intercambiarse felicitaciones y regalos. Y ¡cómo no notar que en estas circunstancias, el malestar y el dolor causados por ciertas heridas familiares se amplifican!

Jesús quiso nacer y crecer en una familia humana; tuvo a la Virgen María como madre; y san José le hizo de padre. Ellos lo criaron y educaron con inmenso amor. La familia de Jesús merece de verdad el título de "santa", porque su mayor anhelo era cumplir la voluntad de Dios, encarnada en la adorable presencia de Jesús.

Por una parte, es una familia como todas las demás y, en cuanto tal, es modelo de amor conyugal, de colaboración, de sacrificio, de ponerse en manos de la divina Providencia, de laboriosidad y de solidaridad; es decir, de todos los valores que la familia conserva y promueve, contribuyendo de modo primario a formar el entramado de toda sociedad.

Sin embargo, al mismo tiempo, la Familia de Nazaret es única, diversa de todas las demás, por su singular vocación vinculada a la misión del Hijo de Dios. Precisamente con esta unicidad señala a toda familia, y en primer lugar a las familias cristianas, el horizonte de Dios, el primado dulce y exigente de su voluntad y la perspectiva del cielo al que estamos destinados. Por todo esto hoy damos gracias a Dios, pero también a la Virgen María y a san José, que con tanta fe y disponibilidad cooperaron al plan de salvación del Señor.

Para expresar la belleza y el valor de la familia, hoy se han dado cita en Madrid miles de personas. A ellas quiero dirigirme ahora en lengua española.

Dirijo ahora un cordial saludo a los participantes que se encuentran reunidos en Madrid en esta entrañable fiesta para orar por la familia y comprometerse a trabajar en favor de ella con fortaleza y esperanza. La familia es ciertamente una gracia de Dios, que deja traslucir lo que él mismo es:  Amor. Un amor enteramente gratuito, que sustenta la fidelidad sin límites, aun en los momentos de dificultad o abatimiento. Estas cualidades se encarnan de manera eminente en la Sagrada Familia, en la que Jesús vino al mundo y fue creciendo y llenándose de sabiduría, con los cuidados primorosos de María y la tutela fiel de san José.

Queridas familias, no dejéis que el amor, la apertura a la vida y los lazos incomparables que unen vuestro hogar se desvirtúen. Pedídselo constantemente al Señor, orad juntos, para que vuestros propósitos sean iluminados por la fe y ensalzados por la gracia divina en el camino hacia la santidad. De este modo, con el gozo de vuestro compartir todo en el amor, daréis al mundo un hermoso testimonio de lo importante que es la familia para el ser humano y la sociedad. El Papa está a vuestro lado, pidiendo especialmente al Señor por quienes en cada familia tienen mayor necesidad de salud, trabajo, consuelo y compañía. En esta oración del Ángelus, os encomiendo a todos a nuestra Madre del cielo, la Santísima Virgen María.

Queridos hermanos y hermanas, hablando de la familia, no puedo menos de recordar que, del 14 al 18 de enero de 2009, tendrá lugar en la ciudad de México el VI Encuentro mundial de las familias. Oremos ya desde ahora por este importante acontecimiento eclesial y encomendemos al Señor a cada familia, especialmente a las más probadas por las dificultades de la vida y por las plagas de la incomprensión y la división. El Redentor, nacido en Belén, conceda a todas la serenidad y la fuerza para avanzar unidas por el camino del bien.


Después del Ángelus

Llamamiento en favor de la paz en Tierra Santa

Queridos hermanos y hermanas, la Tierra Santa, que en los días navideños ocupa el centro de los pensamientos y de los afectos de los fieles de todas las partes del mundo, se ve de nuevo azotada por una explosión de violencia inaudita. Me siento profundamente afligido por los muertos, los heridos, los daños materiales, los sufrimientos y las lágrimas de las poblaciones víctimas de esta trágica serie de ataques y represalias. La patria terrena de Jesús no puede seguir siendo testigo de tanto derramamiento de sangre, que se repite sin fin.

Imploro el final de esa violencia, que es preciso condenar en todas sus manifestaciones, y el restablecimiento de la tregua en la franja de Gaza; pido gestos de humanidad y de sensatez en todos los que tienen responsabilidad en la situación; ruego a la comunidad internacional que haga todo lo posible para ayudar a israelíes y palestinos a escapar de este callejón sin salida y —como dije hace tres días en el mensaje Urbi et orbi— a no resignarse a la lógica perversa del enfrentamiento y de la violencia, sino a privilegiar el camino del diálogo y la negociación.

Encomendemos a Jesús, Príncipe de la paz, nuestra ferviente oración por estas intenciones, y digámosle a él, a María y a José:  "¡Oh familia de Nazaret, experta en sufrir, da al mundo la paz!". Dala hoy sobre todo a Tierra Santa.

(En castellano) 
Doy mi bienvenida a los peregrinos de lengua española que participan en el rezo del Ángelus, en este domingo en el que celebramos la Sagrada Familia. Pidamos por todas las familias del mundo para que en sus hogares se viva y transmita  la fe, siendo así testigos del amor en el mundo. ¡Feliz día del Señor!

 

© Copyright 2008 - Libreria Editrice Vaticana

 

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